Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto)

Part 10

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Sea el que quiera el número de individuos que formen la partida y cualquiera que fuere el medio de comunicación empleado, a caballo o en coche, y aun contando con que un amigo agradable es mejor que cualquier vehículo, nadie debe soñar con una excursión a pie por España, pues rara vez se encontraría compensación al llegar al término de la jornada, cansado y hambriento, precisamente en el punto mismo en que se debe estar más fresco y dispuesto a saborear los placeres intelectuales. El _deipnosofista_ Ateneo descubrió hace mucho tiempo que en un estómago vacío no cabe el amor a lo sublime y a lo bello; la estética tiene entonces que rendirse ante la gastronomía, y no hay programa más sugestivo en el mundo como una comida y después una _siesta_. El peatón en España, donde las comodidades corporales son raras, comprenderá pronto la causa de que en los diarios de nuestros soldados peninsulares se dé tan poca importancia a los objetos que llaman más la atención del viajero satisfecho. En caso de fatiga corporal excesiva las facultades mentales se empequeñecen para atender a las necesidades meramente físicas, en lugar de engrandecerse para buscar un placer contemplativo o intelectual; el despeado y rendido por el cansancio necesita conforme a

The unexempt condition by which all mortal frailty must subsist, refreshment after toil, ease after pain[32].

Andando es como viajan los animales, que para eso tienen cuatro pies; los bípedos que siguen el ejemplo de los brutos, pronto se convencerán de que se rebajan a su nivel en más de un respecto. Además, como ningún español anda por gusto y nadie emprende una jornada a pie, sino los mendigos y vagabundos, no se comprende que se haga más que por absoluta necesidad. Por esta razón los peatones son mal recibidos u objeto de toda clase de sospechas, pues las autoridades españolas, juzgando a todos por sí mismas, siempre piensan lo peor de los extranjeros, considerándoles culpables mientras no se demuestre lo contrario.

Antes de mencionar los encantos de un viaje a caballo por España, hemos de hacer algunas observaciones respecto a la elección de compañeros.

Los que viajan en vehículos públicos o con arrieros, rara vez corren el riesgo de quedarse solos. El jinete que se interna por comarcas poco frecuentadas es el que siente la necesidad de este importante _ítem_: un compañero de viaje, en cuya elección, como en la de mujer, es bastante fácil dar consejo. El individuo tiene, pues, que valerse por sí mismo, y la selección dependerá, desde luego, del gusto e idiosincrasia de cada uno; las desgraciadas personas que están acostumbradas a hacerlo todo a su gusto, o aquellas otras afortunadas que nunca están más acompañados que cuando están solos, diestros en el arte de hallar recursos en todas partes, encontrarán este plan el mejor, pues, en final de cuentas, _más vale ir solo que mal acompañado_. Un viajero aislado es el menos sujeto a nada. _No tengo padre ni madre, ni perrito que me ladre_: el que está en las condiciones que dice este proverbio puede leer el libro de España como si estuviese en su propio gabinete, deteniéndose donde le plazca y pasando por alto lo que no le interese, como si hojease una guía de Murray.

Cada medalla tiene, sin embargo, su reverso y toda rosa sus espinas. No obstante las citadas y otras ventajas, y la seguridad de que la ocupación, y aun la fatiga, alejan los peligros imaginarios, esta libertad puede pagarse con momentos de depresión, y un sentimiento de tristeza y abandono puede irse apoderando insensiblemente de la imaginación más alegre. No es bueno para el hombre el estar solo; y esta necesidad de sociedad rara vez se siente con más fuerza para un corazón sólido que en un largo y solitario viaje a caballo por las comarcas solitarias de la Península. El sentimiento está en perfecta armonía con la impresión producida por la condición desdichada de la España actual, caída de su antigua altura y casi borrada del mapa de Europa. Silenciosa, triste y solitaria es su superficie, a la que el viajero ha de mirar con demasiada frecuencia: campos de trigo sin un árbol, sin un matorral, limitados solamente por el horizonte; llanuras despobladas e incultas, abandonadas a las flores silvestres y a las abejas, y que resultan aún más melancólicas por los castillos ruinosos, o los pueblos, que parecen blanqueados esqueletos de vidas anteriores. La tristeza de esta abominable desolación se aumenta por la singular ausencia de pájaros cantores y la presencia de buitres, águilas y otras aves de rapiña. El viajero, lejos de su casa y de sus amigos, se siente doblemente extranjero en esta extraña tierra, donde no hay sonrisas para un llegado, ni lágrimas para un despedido; donde su memoria se borra como la de un huésped que se detiene un solo día; donde no se ve nada que delate la vida, si no es la tosca cruz de madera o el montón de piedras que indican el sitio donde algún viajero ha sido acechado, asesinado y enviado a arreglar sus cuentas sin tiempo de purgar sus pecados.

Aun cuando confiadamente hayamos contado con nuestras pasadas experiencias, para creer que no era ese nuestro sino, sin embargo, esta especie de piedras miliarias, erigidas como _memento mori_, son muestras evidentes de que la cosa no es completamente imposible. Ello hace que una persona sola cuya vida no esté asegurada, no solamente confíe en Santiago, sino que tenga la pólvora seca y procure siempre que esté dispuesto el pistón. En estas ocasiones, el tropezar con uno de estos naturales, medio beduinos, medio nómadas, es una verdadera ganga; su sociedad es completamente distinta de la de un compañero permanente con el que para bien o para mal estamos ya atados para siempre, pues como es casual tiene la ventaja de que se le puede tomar o dejar, según convenga. Las costumbres de los españoles en camino son completamente de rebaño. El temor común sirve de unión; cuantos más sean, más contentos van.

«¡Hola! ¡Cuánto me alegro de encontrarle, compañero!»; y la alegría del encuentro es una excelente presentación. La escena, cuando se encuentran varios viajeros, parece como si fuera en un barco en el Atlántico: _¡Hola, camará!_ Esta predisposición es la que hace a todos los viajeros escribir tanto y tan bueno sobre las clases bajas españolas, y no ciertamente más de lo que merecen, pues son una raza hermosa y noble. Indudablemente, algo de esto proviene de que en estas ocasiones todo el mundo se encuentra en un pie de igualdad, y este efecto nivelador, que quizá pasa inadvertido, induce a muchos extranjeros, orgullosos y reservados en su casa, a ser afables sin afectación. Tratan a estos conocidos de momento de un modo completamente distinto de cómo tratan a la clase baja de su propio país, que, probablemente, si se viera obsequiada con la misma condescendencia, aparecería en un aspecto muy diferente, aun cuando desde luego es inferior a la española en sus orientales buenos modales, en su exquisito tacto y en colocarse y colocar a los demás en el sitio que les corresponde, sin rebajarse ni asumir vulgarmente una igualdad social o una superioridad física.

No recomendaremos, en modo alguno, una larga caminata a caballo sin compañía; no sería agradable para los amigos o familiares, que se quedan siempre con inquietud, ni es prudente exponerse sin ayuda, a los accidentes a que están siempre sujetos caballo y jinete. Los que tengan un amigo con quien puedan ir, harán bien en hacerlo así. Es una dura prueba, y su éxito es tanto más expuesto cuanto mayores sean las molestias y más escasas las comodidades, causas que agrian la leche de la amabilidad humana y ponen a prueba a los egoístas que sólo miran a su estómago y su bienestar. Con ocasión de una larga jornada y la estancia en una pequeña venta, es como se demuestra lo que vale un amigo. En los más serios trances de la vida, peligros, enfermedades y necesidades, lo único que se desea es un amigo con quien compartir el último bocado y la última copa. La sal del compañerismo, si no obra milagros en cuanto a cantidad, cuando menos convierte un panecillo en un manjar exquisito por el gusto y satisfacción con que se saborea.

Por otra parte, nada cimienta una amistad mejor que una de estas correrías, con tal que no terminen en una reyerta. El mero hecho de haber recorrido España tiene una particularidad que no se concede a los países más vulgarizados de Europa. Cuando se nos presenta una persona que ha visitado estos sitios encantadores, nos parece como si ya la conociéramos. Hay una especie de masonería en haber hecho algo igual, que no es lo común en el mundo. Los que están a punto de incluírse en esta clase última, harán bien en procurar que la compañía no exceda de cinco, tres señores y dos criados, teniendo en cuenta, sin embargo, que para mayor facilidad en acomodarse, mejor será que vayan dos y dos. Con todo, una tercera persona no resultará mal en jornadas fatigosas, como _arbiter elegantiarum et rixarum_, pues aun en las parejas que se entienden mejor suele haber, a veces, discrepancias por parte de alguno que, si tiene en contra mayoría, volverá más fácilmente de su error. Además, siempre _ven más cuatro ojos que dos_.

Un viaje de varios meses de duración y de algunos miles de millas de recorrido debe hacerse, según la regla más elemental, en un mismo caballo, el cual, al fin de la jornada, se hallará tan fresco como el jinete, y, si está bien cuidado, dispuesto a emprender de nuevo la marcha. La época que conviene escoger es aquella en que los días son largos y la Naturaleza se ha despojado de sus galas de invierno. El buen tiempo es la alegría del viajero, y no hay nada tan mudable como el aspecto de los pueblos españoles, según el tiempo sea bueno o malo; lo mismo que ocurre en Oriente, donde las lluvias de invierno convierten el país en un fangal inmundo y, en cambio, en cuanto luce el sol, todo es alegría y luz. Es exactamente igual que la sonrisa que ilumina la expresión generalmente triste de las españolas. El bendito rayo de luz alegra la misma pobreza, y su acción, estimulante y vigorizadora, hace al hombre capaz de luchar contra los males morales, a los cuales las comarcas más favorecidas por el clima--sin duda, por compensación--están más expuestas que aquellas en que el cielo es triste y los vientos fuertes y helados.

Como en nuestros regimientos de caballería, donde el ganado ha de prestar un verdadero servicio, se debe escoger un animal perfecto: una yegua mejor que un capón; pero como en España es muy general el uso de caballos enteros, también puede elegirse uno de éstos. La jornada diaria oscilará, según las circunstancias, entre veinticinco y cuarenta millas. Se debe emprender el camino antes de amanecer, cuidando de que el caballo haya comido, por lo menos, una hora antes, en cuyo espacio los españoles, si pueden, van a la iglesia, porque profesan la teoría de que nunca se pierde el tiempo que se emplea en oír misa, o en comer, o dar de comer a los caballos; lo confirman en un proverbio que dice: _misa y cebada no estorban jornada_.

La hora de partir, desde luego, depende de la distancia y la comarca que se piense recorrer, teniendo en cuenta que cuanto antes mejor, porque _el que al diablo quiere engañar, muy temprano levantarse ha_. Es una gran cosa para el viajero llegar adonde haya de pernoctar lo más pronto posible, pues siempre los que llegan primero son los mejor servidos; más vale, pues, tomar una hora de la mañana que dejarla para la noche, porque si se pierde esta hora al salir, no se podrá ganar en todo el día. Además, en verano es agradable y conveniente estar en marcha y con camino recorrido antes de que el sol pique demasiado, pues el calor se hace insoportable y el extranjero está expuesto a coger un _tabardillo_, enfermedad que, aunque en menor grado, ocasiona en España más enfermedades de lo que parece, y especialmente entre los ingleses que se aventuran al sol sin precauciones por ignorancia o temeridad. Se debe llevar la cabeza cubierta con un pañuelo de seda, anudado en forma de turbante, como lo llevan los naturales del país; además de lo cual, nosotros, siempre forrábamos el sombrero con papel de estraza doblado. En Andalucía, durante el verano, los arrieros viajan de noche y descansan las horas de calor fuerte, pero este sistema no tiene nada de agradable, como no sea para los que no tienen interés en ver nada. Nosotros nunca le adoptamos. Las mañanitas, y los anocheceres, y las tardes frescas, son siempre preferibles, mientras que para el artista las espléndidas horas de la salida y la puesta del sol, las siluetas de las montañas que se destacan marcando las formas con las enormes sombras, son artísticas y bellas sobre toda ponderación. En estas regiones, casi tropicales, cuando el sol está alto se pierde el efecto de la sombra y todo parece plano y sin ningún relieve.

La jornada debe dividirse en dos partes, haciendo la primera la más larga: el paso debe calcularse en unas cinco millas por hora, para no tener al caballo en pie inútilmente; se le puede llevar al trote algunos ratos, incluso al subir pendientes suaves, pero siempre se le llevará al paso cuesta abajo, y si se le lleva de la mano, tanto mejor, con lo cual saldrán ganando jinete y cabalgadura. Es sorprendente el terreno que se gana con un paso sostenido: _chi va piano, va sano e lontano_, dicen los italianos; _paso a paso se va lejos_, se repite en Castilla. El final de la jornada diaria se debe determinar antes de salir por la mañana, y de este modo se tendrá la seguridad de llegar al anochecer. Los españoles no son aficionados a llegar apresuradamente a sitios donde nadie les espera; ni tampoco se consigue nada tratando de dar prisa a hombres o a animales en España: tanto valdría apremiar a una cancillería de Corte. Los caballos deben descansar, si es posible, cada cuatro días, y no se deben utilizar durante la estancia en poblaciones, a menos que ésta exceda de tres días.

Lo primero que debe hacerse al llegar a los sitios de etapa, es mirarles los remos, limpiárselos perfectamente y examinar cuidadosamente los cascos y las herraduras, para ver si están como es debido: esta inspección ha de constituír un hábito. No hay que lavar las patas demasiado pronto, pues el frío repentino puede producirles fiebre; conviene dejarlos refrescarse y luego limpiarlos y engrasar bien los cascos; después se les puede lavar cuanto se quiera. Lo mejor, sin embargo, será dar de comer al caballo, desde luego, antes de proceder a su _toilette_, pues la marcha le habrá abierto el apetito, y la fatiga necesita inmediata reparación. Si a un caballo se le abruma con limpieza, es fácil que se aburra y no haga caso del pienso: después que ha comido se le puede limpiar, prepararle la cama como para por la noche, cerrar la cuadra y dejarle completamente tranquilo, cuanto más tiempo mejor: darle otro pienso una hora antes de salir a la jornada de la tarde, y a la llegada, por la noche, hacer con él exactamente lo mismo que por la mañana. La comida debe regularse con arreglo al trabajo: cuando éste es mucho, puede dársele cebada a manos llenas y no abusar de la hierba, pues lo que se necesita es acumular resistencia, no por cantidad, sino por calidad. Los españoles dicen que un bocado de carne vale por diez de patatas. Si vuestro caballo es inglés, bueno será recordar que ocho libras de cebada equivalen a diez de avena, porque contienen menos pellejo y más fécula, cosa que saben muy bien nuestros tratantes en ganado cuando necesitan rehacer a un caballo; dar de comer con exceso a un animal en el clima de España, lo mismo que hacerlo con el jinete, es predisponerlos a fiebres y congestiones, enfermedades más comunes en Gibraltar que en ninguna otra parte de España, porque nuestros compatriotas hacen la misma vida que si estuvieran en su país.

De todos modos, se debe alimentar bien al caballo, _ya sea con una cosa, ya con otra_; si no, vuestro escudero español, al estilo de Sancho Panza, os atormentará con proverbios como: _tripas llevan pies_; _de paja o heno_, _el vientre lleno_, etc., etc. Los españoles permiten que sus caballos, cuando van de camino, beban en todos los ríos y arroyos, diciendo que no hay nada que siente mejor que el agua batida, y ellos dan el ejemplo, pues en todos los regatos se echan de bruces y, como dice el refrán, beben agua como un buey, y cuando se tercia vino, lo mismo que un rey. Si se lleva, pues, un caballo español que esté acostumbrado a este continuo beborrotear, será bueno dejarle, pues si no, hasta puede tener fiebre. Si el animal es cuidado a la inglesa, esto es, bebiendo solamente después de cada pienso, el sistema español le perjudicaría en extremo, pues podría hacerle romper en sudores que le debilitarían mucho. Si llega muy cansado, le sentará muy bien unas gachas templadas hechas con harina de avena, y si no la hubiere, de harina cocida. Por la noche es conveniente que esté sobre estopa húmeda o estiércol de caballo, pues el de vaca es muy difícil de encontrar en España, donde las cabras producen la leche, y los holandeses, manteca.

Los remos deben estar siempre muy cuidados, pues como un caballo tiene doble que una persona, necesita también doble atención; y ¿de qué sirve un cuadrúpedo que no puede sostenerse sobre una pata? Esto es una cosa muy sabida y tenida en cuenta por los comerciantes, que son los únicos que hoy viajan a caballo en Inglaterra. Las herraduras hacen o estropean a los caballos, y ninguna persona sensata en España o fuera de España, que tenga un cuadrúpedo o siete pesetas, dejará de poseer la admirable obra _Miles on the Horse’s Foot_. «Todo caballero andante--dice don Quijote--debe saber herrar a su _Rocinante_». (_Rocín_ es la palabra árabe para caballejo). Por lo menos debe saber cómo se hace este calzamiento. Como norma general debe seguirse la costumbre de llevar el caballo al herrador, el cual hará las herraduras para sus cascos, pues de ningún modo se le deben poner herraduras hechas de antemano. Si se tiene en algo la comodidad y el bienestar del animal, _se le sujetarán las herraduras delanteras con cinco clavos, a lo sumo, en la parte de afuera, y con dos sólo en la interior, y éstos, cerca de la pezuña_. De ninguna manera se le pondrán clavos a todo alrededor que formen un inflexible cerco de hierro muerto a un casco vivo que tiende a desarrollarse; convendrá acordarse siempre de llevar a prevención alguna herradura con clavos y un martillo, porque por falta de un clavo puede perderse una herradura, y la falta de una herradura puede producir al jinete una descalabradura. En algunas partes de España donde no existen caminos modernos, se puede ir con la cabalgadura casi desherrada, como lo hacían los antiguos y se hace en algunas partes de Méjico; pero un casco no protegido no puede soportar el continuo desgaste y la limadura de una carretera moderna.

El caballo estará probablemente en tales condiciones al poco tiempo del viaje que no necesitará más medicinas que su propio amo; sin embargo, un terrón de sal gema y un trozo de cal puesto por la noche en el pesebre, le harán un efecto tan beneficioso como al jinete un vaso de agua de Epsoms y soda. Se debe lavar muy bien la larga cola y las crines, que son el orgullo de los caballos españoles, tanto casi como un hermoso pelo en una mujer, con agua y soda, pues el álcali, combinado con la grasa del animal, forma un astringente muy beneficioso. Un gran remedio para los accidentes a que un caballo está expuesto durante el viaje, tales como coces, cortaduras, distensiones, etc., son los fomentos de agua caliente, que se deben aplicar bajo la vigilancia del jinete mismo, para que no lo hagan mal o dejen de hacerlo, pues el agua caliente, según la familia lacayuna, se ha hecho para recibir algo más fuerte. La baticola y el pretal son indispensables cuando se ha de andar subiendo y bajando por montañas. El _mosquero_ da mucha comodidad al caballo, pues como está en constante movimiento y lo lleva colgado delante de los ojos, le espanta las moscas; el cabezal de cuadra no debe quitársele nunca, sino que se arrollará durante el día sujetándole a un lado de la cara. La cola también se les suele atar cuando los caminos están llenos de lodo, y se les ata en la forma en que nuestros marineros y guardas montados usaban llevarla.

Capítulo IX.

El traje y demás avíos del jinete son muy dignos de tener en cuenta. Lo que se debe procurar es pasar inadvertido entre la multitud o ser tomado por _uno de nosotros_, _uno de la familia_; para ello lo mejor será adoptar el traje que usan comúnmente los naturales del país cuando viajan a caballo, o valiéndose de cualquier otro medio de comunicación, entre los cuales no se cuentan los _mails_ y diligencias anglo-francesas. Los españoles de todas clases sociales, al trasponer las puertas de la ciudad, se visten como la gente del campo. Huyen deliberadamente de los trajes y costumbres de población, que sólo sirven para llamar la atención y exponerlos al ridículo o a las groserías de los campesinos, arrieros y demás gente que son dueños de los caminos, odian las novedades y se atienen a las maneras y modas de sus abuelos. El sombrero más propio es el _calañés_, que se parece mucho al que usan en Astley los bandidos: es de forma cónica y va ribeteado de terciopelo negro y adornado con borlas de seda, y resulta tan bien puesto en un _cockney_[33] como en un hacendado de Devonshire. La chaqueta puede ser la universal _zamarra_, hecha de piel negra de oveja o de cabritilla, cuando pueda costearse; no se olvidará la faja, que es más útil de lo que puede suponerse, pues abriga los riñones y el vientre y preserva de los cólicos, tan generales en España, manteniendo un calor igual en el abdomen; así que ir bien envuelto, al modo de Homero, es tener ya ganada la mitad de la batalla para el que viaja por la Península.

La _capa_ o la _manta_ y las _alforjas_ son absolutamente indispensables y se deben poner sujetas a la perilla de la silla; de este modo dan menos calor al caballo que si van colgando a los lados, y, además, estarán así más a mano para usarlas de repente, pues en este país de valles y montañas el jinete está constantemente expuesto a rápidas variaciones de tiempo, cuando Eolo y Febo se disputan su capa, como en las fábulas de Esopo, y las cataratas del cielo se desatan sobre él en cuanto al dios del fuego le parece que está suficientemente horneado.

Nada más conveniente, oriental y clásico que las _alforjas_; constituyen el verdadero _bagsman_ y han dado su nombre a nuestros viajeros a caballo. Son el _Sarcinae_ de Catón el Censor, el _Bulgae_ de Lucilio, que les compuso un epigrama:

«Cum _bulga_ coenat, dormit, lavat, omnis in unâ. Spes hominis _bulga_ hâc devincta est caetera vita»[34],

lo cual, en inglés, puede decirse, aludiendo a lo muy necesarias que son para el español moderno:

«A good roomy bag delighteth a Roman, he is never without this appendage a minute; in bed, at the bath, at his meals, in short no man should fail to stow life, hope, and self away in it.»

Los paisanos de Sancho Panza, cuando van de camino, hacen el mismo uso de sus alforjas (exceptuando el lavarse) que los romanos; constantemente las llevan encima, encerrando en ellas su corazón, al mismo tiempo que el pan y el queso.