Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto)
Part 1
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COSAS DE ESPAÑA
(EL PAÍS DE LO IMPREVISTO)
COLECCIÓN ABEJA
1.--_El tulipán negro_, de A. DUMAS (con un retrato del autor).--6 pesetas.
2.--_La maja y el torero_, de T. GAUTIER (con ilustraciones de Romero Calvet).--4,50 pesetas.
3.--_Emelina_, del CONDE DE GOBINEAU. (Viñetas de Alicia Rey Colaço.)--3,50 pesetas.
4.--_Aventuras de un mayorazgo escocés_, de R. L. STEVENSON (con un retrato del autor).--5,50 pesetas.
5.--_Cosas de España_ (_El país de lo imprevisto_), por RICARDO FORD. Tomo I.--5 pesetas.
6.--_Cosas de España._ Tomo II.--5 pesetas.
COLECCIÓN ABEJA
RICARDO FORD
COSAS DE ESPAÑA
(EL PAIS DE LO IMPREVISTO)
Traducción directa del inglés; prólogo de
ENRIQUE DE MESA
Jiménez Fraud, Editor
_Diego de León, 5.--Madrid_
ES PROPIEDAD QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY
IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO. MENDIZÁBAL, 34, MADRID
PRÓLOGO
El ciudadano inglés Ricardo Ford (1796-1858), en su libro _Gatherings from Spain_--que hoy, vestido a lo castellano, se da a la estampa con el título de _Cosas de España_ (_El país de lo imprevisto_)--, ha mirado con limpios ojos y ha observado, perspicua y sagazmente, los paisajes, tipos, caracteres, usos y costumbres españoles.
No es nuestro propósito--clásico en los prologuistas--discernir al autor prologado el galardón único y la palma y láurea supremas entre cuantos escritores nativos y extranjeros han trasladado a las cuartillas sus impresiones de la Península. Para ello necesitaríamos haber hojeado, cuando menos, los ochocientos cincuenta y ocho relatos que el benemérito hispanista Foulché-Delbosc registra en su nutrida y bien documentada _Bibliografía de viajes por España y Portugal_ (_Revue Hispanique_, tomos III y IV-1-349 y 108-9)[1].
Pero sí queremos notar, sin que el elogio degenere en trasloa, su formidable potencia visiva, el relieve y plasticidad de sus descripciones, la finura de la percepción, la agudeza y gracia de su juicio y aquella noble y honrada sinceridad con que enaltece las virtudes de nuestra raza y declara y fustiga sus defectos.
Claro que una apreciación general sobre el carácter de España, dada la diversidad de sus regiones, tan distintas étnica y climatológicamente, aunque en unión secular por su política y su historia, puede conducir a errores fundamentales.
En este punto es discreto el razonamiento del alemán Víctor Aimé Huber, en sus _Skizzen aus Spanien_ (Gotinga, 1828-30), donde, sin el artificio de una fábula mentirosa, dramatiza por manera originalísima sus recuerdos de la Península. «Según la opinión más generalizada--dice Huber--, los españoles son gente morena, de rostro sombrío, de ojos y cabellos negros; se tocan con sombreros de alas anchas; llevan redecillas y se envuelven con amplias capas pardas; son perezosos, sucios, desharrapados. Este retrato puede, en efecto, convenir a ciertas provincias; pero en otras, por ejemplo, en las provincias vascas, se buscaría inútilmente este tipo. Los vascos españoles son más bien rubios que morenos; no llevan ni sombreros de alas anchas, ni capas, ni redecillas; son, en su mayoría, activos y alegres, y, sin duda alguna, uno de los pueblos más industriosos del mundo».
En justicia, no puede achacarse este vicio a Ford, tan escrupuloso, veraz y concreto en sus aseveraciones. El escritor inglés ni emplea eufemismos hipócritas, ni adulzora con expresiones molitivas la dura acerbidad del juicio. Señala con índice seguro las más enconadas llagas de la entraña española. ¿Y cómo evitar el dolor y la sangre? La sola enumeración de las materias que tratan los capítulos de este libro, basta para percatarse del interés de su relato, donde armónicamente se coordinan y sintetizan detalles y pormenores de la más varia y curiosa erudición sobre costumbres españolas.
No es Ford un viajero poltrón, ni un espíritu vulgar, siervo del prejuicio. Sabe ver, en la más desolada sequedad espiritual española, los verdinales de la poesía soterraña. A lomos de su _jaca cordobesa_, recorre toda España por los más ásperos y huraños caminos de herradura. Lleva colgada del arzón de la silla la bota de vino, la que luego, en el cuarto de estudio de su patria, le recuerda, con un dejo de su aroma, el rubí de fuego de Toro, el jugo áspero y peceño de la Mancha. ¡Y con qué delicioso humorismo--ironía y añoranza--la coge entre sus manos, y la acaricia, y acerca hasta sus bordes rojos los labios que aun saben de la sed española!
Al cruzar la llana manchega evoca la escuálida figura de nuestro gran loco, neta y sobria, sin paracrónicos arambeles de ópera moderna, y junto al fuego de las ventas, en el corro de arrieros y trajinantes, va atesorando, para sazonar su prosa, los proloquios, adagios y sentencias de cualquier Sancho refranero y malicioso. Digamos de pasada que el paladar británico de Ford no se aviene a los quesos españoles. En este punto, nosotros, conformes en cuanto el viajero dice respecto al clero, la milicia, la política y la realeza, no podemos suscribir sus juicios, pues el sustancioso queso que encellan los pastores de la Mancha, demás de sernos gratos al gusto, evoca en nuestro espíritu aquellos sabrosos companages de nuestra novela inmortal, sin más sazón ni salsa que el hambre castellana de amo y mozo.
Uno de los comentadores ingleses de Ford, Tomás Okey, nos suministra datos muy interesantes respecto a su nacimiento, educación, cultura, y nos relata la laboriosa gestación de su obra literaria.
«Ricardo Ford--dice Okey--, que con el prosaico título de _Guía del viajero en España_, compuso uno de los mejores itinerarios publicados en lengua inglesa, nació en Chelsea el año 1796. Era el hijo mayor de un hombre conspicuo, sir Ricardo Ford, el amigo de Pitt, y durante algún tiempo subsecretario de Estado del _Home Department_, pero más conocido aún como el juez de _Bow Street_, que creó la policía montada de Londres. Ford pasó por todos los grados de instrucción de un inglés distinguido en una de las tradicionales «escuelas públicas» y en la Universidad; hizo en Oxford la licenciatura de Leyes, y en 1824 casó con la bella Harriet Capel, hija del conde de Essex. Seis años más tarde, el estado de salud de su mujer les obligó a trasladarse a un clima templado, y en el otoño de 1830 se embarcó para Gibraltar, acompañado de «tres niños y cuatro mujeres». A los veinte días de viaje desembarcaron felizmente, y poco después se instalaba la familia en Sevilla, con intención de pasar allí el invierno. Desde esta población y desde Granada (donde se alojó entre los ruinosos esplendores de la Alhambra) hizo esos viajes a todo lo largo y lo ancho de la Península, que le dieron asunto para las páginas de su _Guía_ y para las _Notas sobre España_.
«Ford era un viajero ideal. En su casa vivió siempre en una atmósfera de arte y literatura, pues su madre, Lady Ford, era una mujer de educación muy amplia y refinada; pintaba muy bien y tenía gran afición a los cuadros de todos gustos y escuelas. La colección de la familia contenía magníficos ejemplares de los maestros italianos, ingleses y holandeses, y era el encanto del joven Ricardo, que llegó a dominar el arte pictórico de manera que, de dedicar a él más atención, hubiese seguramente conseguido muchos triunfos. Algunos de los mejores dibujos de los _Picturesque Sketches in Spain_, de David Robert, fueron tomados del cuaderno de apuntes de Ford; cuatro de los cuadros de Telbin, en el popular «Diorama de las campañas del duque de Wellington», están inspirados en originales de Ford, y en muchos otros, repartidos en los _Anales del paisaje_, de aquel período, y en ediciones del _Childe Harold_ y de las _Baladas Españolas_, de Lockhart, pueden encontrarse admirables dibujos suyos. Pero, aparte de estos accidentes de su educación, Ford tenía condiciones naturales que le preparaban para ser un modelo de viajeros; poseía un oído maravilloso y gran facilidad para estudiar idiomas y dialectos; un espíritu firme y resuelto, al mismo tiempo que bondadoso y amable; una resistencia física extraordinaria y un temperamento ecuánime. Si bien es cierto que tenía todos los prejuicios religiosos y sociales de un inglés de buena familia, nunca los dejó traslucir en sus relaciones con los españoles, que, siendo especialmente sensibles al orgullo de raza, quedaban encantados con sus amables y elegantes modales y su constante cortesía, que le hacía ser igualmente bien recibido por aldeanos, nobles u oficiales rebeldes.
«La mejor prueba del notable poder de observación y asimilación que poseía Ford está en el hecho de que sólo pasó tres años en España. En diciembre de 1833 estaba de regreso en Inglaterra, y, después de una corta estancia en Exeter, donde empezó a escribir sus observaciones sobre España, se instaló con su familia en el verano de 1834 en Heavitree, una encantadora casa isabelina cerca de la ciudad, donde se dedicó a la jardinería, «entre libros y flores», dando de mano a sus trabajos literarios. La obra comenzada en Exeter no llegó a ver la luz. Hizo leer algunos capítulos a Addington, y la crítica severa de éste le desanimó por completo. «Su carta--le escribía--ha dejado mi pecho sin aliento y sin tinta mi pluma». Y con renovado celo volvió a dedicarse a la jardinería.
«En 1838, un artículo publicado en _Quarterly Review_ sobre las corridas de toros en España llamó la atención del mundo literario, y al año siguiente fué invitado a comer por John Murray, el cual le rogó que le indicara quién podría hacer una _Guía de España_. Ford se ofreció, por broma, a hacerlo, pero luego desistió. En 1840 volvió a relacionarse con Murray, y en septiembre de este mismo año escribía a Addington: «Voy a hacer una _Guía de España_ para Murray». El libro debía terminarse a los seis meses, pero durante cerca de cinco años fué el goce y la pesadilla de su vida. Mr. Prothero hace un retrato maravilloso del famoso viajero, escribiendo sobre unos manchados tablones de pino, en el invernadero, cubierto de hiedra y de mirto, de la casa de Heavitree, vestido con una negra zamarra de pastor, rodeado de estantes llenos de infolios y libros en 4.^o, de pergamino, y de casilleros abarrotados de notas, que poco a poco se esparcían por encima de las sillas y por el suelo. En noviembre escribe a Addington: «La _Guía_ va despacio; no adelanto nada, y a veces estoy tentado de dejarla». En febrero de 1841 dice: «Estoy decidido a dar un avance a la _Guía_, y ya tengo en prensa cuarenta páginas». En abril se lamenta de la «mala impresión y del mucho original que lleva cada página». En noviembre aparece más animoso y cree que en mayo o junio siguientes estará terminada. Una quincena después está «hastiado» de la _Guía_, y para refrescar la imaginación vuelve a repasar la obra de Borrow _Los gitanos en España_[2], y da algunos consejos a su autor sobre su nuevo libro _La Biblia en España_. Ford era entusiasta admirador de su compatriota, y advirtió a Murray que Borrow era una _mina_, y que si quería coger huevos de oro, no tenía mas que poner un poco de sal en la cola de Borrow. Luego volvió nuevamente a su trabajo, y en julio de 1843 pudo escribir a Addington: «La _Guía_ está _escrita_», y en enero de 1844: «La _Guía_ está en prensa». Pasaron cuatro meses y los trabajos y molestias del autor no se vieron compensados; se queja de que «el _mañana_ español había infectado hasta Albemarle Street». Sin embargo, el retraso no se debía a abandono. El libro pareció demasiado digresivo, y por consejo de Addington hubo que variar todo, y el pobre Ford sufrió una pérdida de quinientas libras esterlinas. En diciembre de 1844 tenía corregidas 64 páginas, y en febrero de 1845 escribe a su amigo y confidente: «Estoy decidido a rehacer por completo la _Guía_, omitiendo todo lo relativo a discusiones políticas, militares y religiosas y sin hacer mención de nada desagradable, y hacerlo sólo suave y atractivo». Finalmente, en el verano de 1845 apareció una obra en dos volúmenes, 1.064 páginas en total, titulada _Guía para los viajeros en España y los lectores de nuestra patria_. A pesar de su extensión y de su alto precio, se vendieron 1.389 ejemplares en tres meses, y Borrow, Prescott, Lockhart, y otras eminencias literarias, alabaron la obra con gran entusiasmo. Parte de las cuartillas suprimidas en la _Guía_, convenientemente aderezadas y unidas a algunos pasajes de ésta, se publicó en 1846, con el título de _Notas sobre España, por el autor de la Guía de España, entresacadas en especial de esta obra y aumentadas notablemente_. Este libro tuvo también un gran éxito, y Ford pudo escribir a Addington: «He ganado doscientas diez libras con un trabajo hecho en dos meses». Entonces se rehizo por completo la _Guía_, y en 1847 se publicó nuevamente, reducido a un solo volumen de 645 páginas. Aun se hizo otra tercera edición más compendiada en 1855, tres años antes de la muerte de su autor. En el _British Museum_ existe una copia de la primitiva _Guía_, con una nota de puño y letra de Ford, que dice: «De esta edición sólo existen veinte ejemplares, y yo sólo he dado cinco, uno de ellos éste. Octubre de 1846».
A los jaleadores de un falaz _casticismo_ que se basa en la perduración de la rutina, la pobreza y la cerrilidad nacionales, les escocerán algunos de los latigazos del viajero inglés, cuya visión, menos alborotada y colorida que la de los franceses, pero, sin duda, más sagaz y verídica, no se detiene en la haz de las cosas, sino que penetra hasta los entresijos de la psicología hispana.
¡Triste sino el de España, esclava acariciadora de su propia laceria por miedo al lancetazo! ¡Aciaga suerte la suya, condenada a sufrir a sus explotadores, que se abroquelan en las palabras representativas de las ideas y sentimientos más caros a sus nativos! La patriotería empercalinada y de bullanga, la contumacia lugareña, prorrumpen en un «¡viva España!» sin sentido, siempre que un bien intencionado observador o pensador, propio o extraño, luego de estudiar nuestras costumbres, nota los errores y lacras.
Con el cegador señuelo del patriotismo, la turba parasitaria y cínica, que realiza sus logros a favor del desbarajuste político y del caos administrativo, deslumbra a la muchedumbre de papanatas, esclavos de su propia ignorancia.
Cuando los españoles de esta laya flamean el punto de la honra, a buen seguro que tratan de celar, encubrir o cohonestar una acción deshonrosa; cuando las Cortes celebran alguna de las mal llamadas _sesiones patrióticas_, en que conviven y se aúnan los que desgobiernan o aspiran a desgobernar el país, sin duda lo que allí se acuerda contribuye a la ruina material o moral de la patria...
Quien esto escribe, español del siglo XX, ha recorrido, lleno de amor a España, llanos y sierras de su tierra vernácula por polvorientos caminos reales y angostas veredas de cabreros; ha padecido sed, frío y hambre en las ventas de los páramos y en los míseros e inhóspites burgos y aldeorrios de Castilla; ha admirado, como Ford admiraba, la honrada condición, la cortesía hidalga, la _caballerosidad_ de los terrazgueros españoles; ha llorado calladamente ante las piedras rotas y las almas muertas...
Quizá por lo mismo pueda suscribir conscientemente lo que anotara un viajero inglés allá por los años de 1830.
ENRIQUE DE MESA
_A LA_
_HONORABLE MRS. FORD_
_dedico estas páginas, que tan amablemente ha leído y aprobado, con la esperanza de que sigan su ejemplo otras bellas lectoras._
_Su amantisimo esposo y servidor_,
_RICARDO FORD._
PREFACIO
Muchas señoras, algunas de las cuales incluso proyectan un viaje por España, se han dignado significar al editor su sentimiento porque la _Guía_ estuviese impresa en una forma que hacía molesta y difícil su lectura. El autor, al tener noticia de esta señalada fineza, se ha apresurado a someter a la indulgencia de sus lectoras algunos extractos y trozos escogidos que puedan poner de manifiesto el carácter y las costumbres de un pueblo por todo extremo interesante, y más en estos momentos, en que de nuevo ve amenazada su existencia por un vecino astuto y agresivo.
Al arreglar estos trozos para enviarlos a la imprenta, ha habido necesidad de añadir algo que supliese lo que se omitía; pero con objeto de no hacer demasiado pesada la narración, el autor ha aligerado el libro de mucho aparato científico, y no ha vacilado en echar por la borda a Estrabón y aun al mismo San Isidoro. El progreso está a la orden del día en España, y su marcha es tanto más rápida cuanto mayor era su atraso con relación a otras naciones. Puede decirse que el país se halla en un período de transición y que el ayer deja su sitio al mañana. La inexorable marcha de la inteligencia europea aplasta muchas flores naturales que, sin otro mérito que su color y su aroma, han de verse arrancadas de raíz antes de que se construyan las fábricas de hilados y se cambien los cultivos. Muchos rasgos típicos de trajes y de costumbres van ya desapareciendo: ¡ya se han ido los frailes y, ¡ay!, las mantillas también se están yendo!
Con los cambios ocurridos últimamente, muchas cosas y muchos sitios que aquí se presentan al público serán pronto objeto de curiosidad histórica y arqueológica. Los trozos reunidos en este libro no se incluirán en la próxima edición de la _Guía_, a la que estas páginas pueden servir de complemento; su principal objeto ha sido proporcionar un rato de entretenimiento y de instrucción a los que permanecen en su hogar, y si el intento es acogido favorablemente por las bellas lectoras, el autor soportará con resignación verdaderamente española cualquier género de censuras que tengan a bien descargar sobre él los barbudos críticos de aquende o allende el mar.
Capítulo primero.
El reino de España, que aparece tan compacto en el mapa, se compone de varias regiones distintas, cada una de las cuales formó un reino independiente en tiempos pasados; y a pesar de que ahora están unidas por matrimonios, herencias, conquistas y otras circunstancias, las diferencias originales, tanto geográficas como sociales, continúan sin alteración. La lengua, trajes, costumbres y carácter local de los habitantes son tan varios como el clima y las producciones del suelo. Las cadenas de montañas que atraviesan toda la Península y los profundos ríos que separan algunas partes de ella han contribuído durante muchos años, como si fuesen murallas y fosos, a cortar la comunicación y a fomentar la tendencia al aislamiento, tan común en los países montañosos, donde no abundan los buenos caminos y los puentes. Una circunstancia semejante hizo que el pueblo de la antigua Grecia se dividiese en pequeños principados, tribus y familias. Asimismo, en España, el hombre de una comarca, siguiendo el ejemplo de la Naturaleza de que está rodeado, tiene poco de común con el de la comarca vecina; y estas diferencias se han aumentado y perpetuado por los antiguos celos y las inveteradas malquerencias que han persistido tenazmente en regiones pequeñas y contiguas.
El término general «España», conveniente para geógrafos y políticos, parece hecho para despistar al viajero, pues sería muy difícil afirmar una cosa por sencilla que fuese de España o los españoles que pudiera ser aplicable a todas sus heterogéneas partes. Las provincias del noroeste son más lluviosas que Devonshire, mientras que las llanuras del Centro son más secas que los desiertos de Arabia, y los litorales del Sur y Levante semejan totalmente a Argelia. El rudo agricultor gallego, el industrioso artista catalán, el alegre y voluptuoso andaluz, el taimado y vengativo valenciano, son tan esencialmente distintos entre sí como otros tantos personajes de una mascarada. Será más conveniente en todo caso al turista estudiar cada provincia aislada y analizarla en detalle, prosiguiendo las observaciones de sus particularidades, sus características sociales y naturales o la idiosincrasia de cada región, en particular, que la distingue de sus vecinas. Los españoles que han escrito su geografía y estadísticas, los cuales, lógicamente pensando, habrán de conocer perfectamente su país y sus instituciones, han encontrado prudente admitir este sistema, teniendo en cuenta la imposibilidad de tratar a España (donde la unidad no es unión) como un conjunto.