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Comunicación del intendente de San Salvador José María Peinado al capitán general de Guatemala José de Bustamante sobre los sucesos de 1814 (1814) de José María Peinado
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Comunicación del intendente de San Salvador José María Peinado al capitán general de Guatemala José de Bustamante sobre los sucesos de 1814 Comunicación del intendente de San Salvador José María Peinado al capitán general de Guatemala José de Bustamante sobre los sucesos de 1814 1814 José María Peinado
COMUNICACIÓN DIRIGIDA POR EL INTENDENTE DON JOSÉ MARÍA PEINADO AL CAPITÁN GENERAL DEL REINO, DÁNDOLE CUENTA DE LA INSURRECCIÓN EFECTUADA EN LA CIUDAD DE SAN SALVADOR EL 24 DE ENERO DE 1814.
Excmo. Sr.
Con el ordinario de Provincia di cuenta á V. E. el 25 á la madrugada, de la insurrección declarada en la noche del 24, y del estado en que me hallaba. El 26 repetí parte á V. E. con un propio, expresando no haber habido novedad, y que no podía extenderme más; y el 28 con un pasajero, D. Román Pontillo, di cuenta á V. E. de continuar la tranquilidad y prisiones; y sin poder por entonces extenderme más, ofrecí á V. E. hacerlo más adelante.
La multitud de atenciones que de día y de noche sin cesar un momento me rodean, me hace sumamente embarazosa la relación de los hechos, dificultándola también la suma de sus incidencias. Suplico á V. E. que en esta atención, y en la que este oficio se escribirá con cien o doscientas suspenciones, se sirva disimular sus defectos, persuadido de que jamás los habrá en la pureza y realidad de los hechos.
Desde la primera elección de Alcaldes de Barrio, hecha en diciembre último, divisé algunas intenciones que me obligaron á suspender toda explicación, hasta ver alguna otra. Esta me avivó mi sospecha y la vista de todas me la confirmó; porque, ó habían recaído en personas viciosas, ó sospechosas, o nulas, á excepción del Barrio de Candelaria, cuya elección fué á mi gusto.
En vista de eso, mandé hacer de nuevo algunas elecciones, sobre que hubo mil debates y disgustos; y por último, aunque no tan malas, nunca quedaron las elecciones á mi gusto.
En estos tiempos se procuró atacar mi amor propio difundiendo que mi gobierno era muy duro, sin duda para que por temor de desacreditarme, cediese á las injustas solicitudes en que mis cortos conocimientos me hacían temer las miras intencionadas de algún ambicioso.
Igualmente se avivó el odio contra los voluntarios, en términos, que muchos ya débiles, ó ya de opinión dudosa, claramente se negaron al servicio.
En este estado llegó el día del nombramiento de electores y de las elecciones municipales; y el resultado de una y otra junta acabó de confirmar mi sospecha; y penetrado de ellá, me tomé el arbitrio de proveer el Auto que V. E. vió, dirigiendo las elecciones á su superior confirmación; porque entre tanto, corría el tiempo y éste iría descubriendo todo lo que hasta allí sólo sospechaba.
Sin embargo que un sólo momento no he dejado sin estar prevenido, me pareció, cuando ví las elecciones de Barrio, duplicar mis prevenciones; y en efecto llamé á los sargentos Monterrosa y Paredes, y con orden de que á nadie lo revelasen, les entregué 500 cartuchos y 100 piedras de chispa, previniéndoles estuviesen muy vigilantes; y al Sargento de Bandera Argote hice igual prevención.
En este estado di cuenta á V. E. con una acta que me pasó este Cabildo, y la cual me descorrió el velo, de tal forma, que ya me parecía que sólo faltaba reventase la mina, porque ya todas las medidas me parecía las tenía tomadas. En su consecuencia, desde aquel momento, escribí á V. E., dupliqué mi vigilancia; y una de mis medidas fué afectar una confianza y un descuido tal, que les hice obrar con todo el descaro que yo necesitaba para conocerlos y entenderlos bien. Sucedió como me lo propuse. Tuve una comedia en mi casa y dispuse otra para el domingo siguiente, para el cual tomaron todas sus medidas los insurgentes. El sábado mandé á Argote, poniéndome de acuerdo con el Comandante de Armas D. José Rosi, que á pretexto de hacer ejercicio de fuego, sacase 30 fusiles de la Sala de Armas, y después de haber hecho dos ó tres descargas, los condujese á su cuartel. El domingo previne á Argote se mantuviese acuartelado, y mandé citar todos los voluntarios para dar á reconocer á sus oficiales. Con efecto, concurrieron, y sacadas las armas, mandé marcharan con ellas al cuartel de la Bandera después de haber dado un paseo, y allí los depositasen y viniesen á refrescar á mi casa, como con efecto se ejecutó.
A este momento que eran las oraciones, hice llamar á los Alcaldes, Regidores y Síndico, de uno en uno á mi casa, y venidos les hice refrescar y ver comedia, de cuyo modo me aseguré de ellos, y aunque con varios pretextos se me querían escapar algunos, no lo pudieron conseguir porqué á título de atención les di un asiento determinado, y D. Julián González, D. Manuel Casado y yo, les montamos, se puede decir, la guardia, sin perderlos un instante de vista, sin embargo de haber puesto una guardia de 25 hombres à la puerta de casa, á la cual previne que con ningún título me dejare salir á los Alcaldes ni al Síndico, que eran de los que yo sospechaba.
Concluída la comedia los hice entrar á una sala, en que les manifesté el lamentable estado en que nos hallábamos: les exhorté al cumplimiento de su obligación: les apunté cuanto la discresión me permitía apuntarles, que sabía de sus maldades y maniobras; y por último les dije que estuvieran entendidos que ya me tenían cansado: que yo no había venido á esta tierra á perder mi honor, ni á manchar el antiguo lustre de mi familia: que mi carácter no era el que habían experimentado en dos años: que para ello me había forzado y violentado demasiado: y que si llegaba el momento de la insurrección, tuvieran entendido que yo era terrible, que no me detenía en mis resoluciones, y que no me habían de ver echar un pié atrás. Ellos (esto es, los dos Alcaldes) se hicieron de nuevas: aseguraron que nada había: salieron por garantes de la tranquilidad pública: me rogaron que no me dejara sorprender de chismes y de envidiosos; y concluyeron llenando de improperios al Cuerpo de Voluntarios y á algunos de sus mejores individuos, hasta decir que si se quitaba la casaca al cabo José Meléndez, estaban ciertos que todo el odio á los voluntarios se acabaría. Igual propuesta se me había hecho pocos días antes respecto al sargento Costeño y como tenía por objeto el desaliento de los demás viendo la mala correspondencia que se tenía aun con los más acreditados del cuerpo, en ambas ocasiones contesté lo que debía; y después de haberles presididó la Junta los despedi dadas las doce de la noche, y eché dos patrullas mandadas por oficiales de voluntarios.
Con una de ellas se juntó el Comandante D. José Rosi, que en el día siguiente me dió parte de que á la una de la noche había visto salir de casa del Alcalde 2º Pablo Castillo, al Alcalde del Barrio de los Remedios Domingo Ramos, acompañado de otros tres: habiendo observado que la puerta estaba con llave. Se le quitó para que el Alcalde de Barrio saliera, y luego que este estuvo fuera, se le volvió á echar.
El lunes por la mañana los Alcaldes de Candelaria me dieron cuenta de que la noche anterior andaba el comisario Francisco Campos asociado de otros tres, citando la gente de aquel Barrio, pena de la vida, para que á las doce de aquella noche estuviesen en el puente de Acelhuate á reunir se con los de la Vega; y que examinado el expresado comisario, dijo que lo hacía en virtud de orden del Alcalde de la Vega, lo cual les había sido muy extraño, tanto por la hora, modo y orden, cuanto por no ser costumbre que los Alcaldes de su Barrio citen, cualquiera que sea el motivo á la gente de otro; lo cual probaba la maligna ciencia y complicidad del comisario y sus socios. Con lo que les di por escrito la orden de que los prendiesen, y al mismo tiempo mandé llamar á Domingo Ramos el Alcalde de la Vega, que se decía había dado la orden.
Comparecidos todos, les hice sus respectivos cargos, y convencidos de su certeza y malicia, envié los cuatro de Candelaria, y el Alcalde despojado de su vara, á la cárcel. Hicele cargo á éste de qué salía de hacer á la una de la noche de casa del Alcalde constitucional Castillo y me contestó que había ido á tomar orden, porque sólo tres hombres llevaba. Le repliqué no ser aquella hora de tomar orden, y me reservé el que sabía que andaba con trece hombres; pues aunque Rosi y González le habían visto salir con tres, el sargento Monterrosa que andaba divirtiéndose con los comediantes, y creo que el sargento Mariona por otro lado, se los había contado, y conocieron entre ellos, hombres de los que no podían acompañar por razón de ronda, uno de ellos el tuerto Alcalde del año pasado, llamado José Obispo.
Puestos estos en la cárcel, los Alcaldes constitucionales y sus principales cómplices, temerosos de que se les iba á descubrir, mandaron á citar toda la gente de los barrios por ministerio de sus cómplices; de suerte que desde las diez del día lunes 24 ya se halló esta ciudad en insurrección declarada. Yo seguí con firmeza mis disposiciones para aclarar los hechos, y siendo la parte principal lo que dijo la Reina Catalina á Enrique 3º en un caso semejante, de que para tentar el panal es menester cubrirse la cara, y el del otro político muy profundo de que no se ha de ofender al que no se ha de destruir; llamé al Comandante de Armas y le encargué doblase la guardia del Cabildo y la montase oficial y tambor; igualmente al sargento de Bandera, Argote, le pre- vine tuviese acuartelada su gente: hiciese en el día toda la cantidad de cartuchos que pudiese, y tuviese todos los fusiles listos, cargados y compuestos, para que á su tiempo se repartiesen como conviene. Mandé asimismo llamar à mis sargentos que estuviesen prontos al toque de generala y que de todo el cuerpo esengiesen cuarenta hombres de valor y resolución, con los cuales se me presentasen á las oraciones, para cuya hora cité también á toda mi oficialidad, en cuyas disposiciones llegaron las dos de la tarde.
A esta hora vino mi Teniente Letrado don Juan Miguel Bustamente con muchas noticias que tenía de las citaciones de gentes, que se las había enviado con mil temores uno de los Alcaldes del Barrio de San José, aconsejándome la soltura de los presos, porque la efervescencia era muy grande y nos íbamos á perder. Y le contesté que no los soltaba, y esta fué siempre mi contestación á pesar de lo respetable que me es su dictamen por experiencia de su acierto; pero en esta vez no me acomodaba, y por ello, aunque siempre continuó instándome hasta las siete de la noche, nunca en este tiempo pudo recabar de mi la soltura de los presos. A las cuatro de la tarde entró el Alcalde constitucional Rodríguez, solicitando hubiese un cabildo extraordinario y este fuese abierto y con mi asistencia. Yo contesté que si era para darme gracias por la prisión de aquellos hombres, que podían hacerlo al día siguiente. Entonces me significó que era para tratar de la quietud del pueblo que se hallaba muy alterado por estas prisiones, pues temian se continuaran (los Alcaldes eran los del temor y los que causaban la inquietud.) A esto le dije por toda contestación que me era extraño que el cabildo intentase tomar parte en mis providencias, ni en las prisiones de unos hombres de la más baja clase, y que no se me volviera á hablar sobre el particular, que si el pueblo se alteraba, yo lo sugetaría, y que aunque al parecer, débiles, mis brios suplirían lo que faltase para eso, y para mucho más; pero conociendo Bustamante que yo estaba muy incómodo, medió y quedó dispuesto que el cabildo se hiciera en mi casa á las siete de la noche.
Cuando oí la solicitud del Alcalde, presumí que se dirigía á embarazarme el tiempo; más después he sabido que era red en que se me iba á coger, y que ya estaban los barrios convocados; bien que esto sólo hubiera anticipado el suceso y causado una extraordinaria carnicería; pues de lo primero que me acordé fué del apoteosis de Rómulo y de Julio César, y consiguiente á esto hubiera dado mis órdenes antes de entrar sin que hubieran podido advertirlo.
Se me olvidaba decir á V. E. que desde por la mañana. previne al Comandante de Armas, que á más de los veinticinco dragones de la guardia del Cabildo, escogieran otros tantos para dos patrullas á la noche y que éstos se reunieran á la oración. Estos cincuenta, los cuarenta voluntarios con algunos oficiales, y sesenta y cinco de la Bandera, es toda la fuerza efectiva con que podía contar.
Toda aquella tarde se mantuvo en aflicción este vecindario distinguido y de gentes buenas, no sólo por la conmoción general del pueblo, sino por el afectado descuido que me advertían en medio de una tormenta que se preparaba con los más terribles anuncios. De este modo entró la noche y á las siete de ella el Alcalde Rodríguez se me presentó para decirme que respecto á que el siguiente día era martes, se había tenido á bien dejar para él el Cabildo; con lo que se evidencian las perversas miras de su primera solicitud, y entonces volvió á instarme para la soltura de los presos, sobre la cual había estado también el Diputado Don Manuel José Arce á hablarme, y le había contestado que no los daba; pero en esta ocasión Bustamante volvió á estrecharme; y llamándome aparte, me recordó una cláusula de V. E. entre la necesidad de disimular á los particulares en el caso de temerse conmoción general, y este respecto me hizo vacilar, y entrando con él á la sala en que estaba mi eficialidad, oído Bustamante, opinaron que convenía soltar los presos, y en su consecuencia los mandé entregar al Alcalde, quien me besó la mano materialmente y salió á excarcelarlos lleno de gozo, y dejándome á mí lleno de una rabia que apenas podía disimular. Sin embargo, porque no se me conociese, mandé á los niños de casa, que todas las noches se entretienen en cantar junto á mi aposento, lo hiciesen como siempre, pues no había un motivo para estar triste.
A las oraciones llegó D. Agustin Cisneros que venía de su hacienda, diciéndome que mucha gente caminaba de los campos para esta Ciudad, y que la habían mandado á citar diciendo que yo iba á prender á los PP. Aguilares. Esto se divulgó aquella tarde, y también que iba a poner preso, al Cabildo, y también que V. E. había señalado al Sr. Barroeta para que fuese á España, por desairar esta ciudad. Estas son las tres bolas que se echaron á rodar aquella tarde. Desde las cinco de ella empezó á juntarse mucha gente en la Parroquia, y con eso á las seis encargué al Diputado Arce les pasase à decir que se fueran á sus casas, y á las siete mandé con el Alcalde Rodríguez, expresándoles que si no lo hacían, iría yo mismo á obligarles á que lo hicieran; pero jamás volvió con la respuesta. Al Alcalde Castillo, aunque lo mandé buscar en el día lunes, no se le halló en su casa, ni en el juzgado, ni por la mañana, ni por la tarde, por lo que en todo el día no lo ví.
Llegadas las diez de la noche despedí á mis oficiales que fueran á acostarse y estuvieran prontos al toque de generala, y me quedé sólo con mi familia y una guardia de diez hombres y un cabo, con su tambor, que me puso el Comandante, y después de haber dado la orden á las dos patrullas de voluntarios, mandé cerrar mi puerta.
La ciudad se hallaba ocupada de esta forma. El Alcalde Castillo con más de 150 hombres en varios puntos de la Parroquia; y en mi solar vacío y cercado que está detrás de ella, calle de por medio, otro depósito de hombres algo mayor. Estos dos puntos están al Oriente, y desde ellos al Norte y al Sur seguían unas líneas gruesas de comunicaciones para otros depósitos mucho mayores. Tomaré, pues el Norte para demarcar la circunvalación. Siguiendo la linea de la Parroquia á San Francisco, allí tenía un depósito de como mil hombres. Seguía la línea todavía para el Norte y como cien varas más abajo del convento, cruzaba la pla zuela de la Presentación en que había un depósito mayor que el de San Francisco. Seguía la línea para el Poniente como de 300 varas y luego cruzaba buscando al Sur y salía á la plazuela de Santo Domingo en que había un depósito como el anterior. Pasada esta plazuela y otras cien varas hacia el Sur, cruzaba la línea para el Oriente é iba á terminar en el gran depósito que era la Merced y el puente de Acelhuate. Esta línea pasaba por mi casa, a cuyo respaldo y esquina del Comandante de Armas, había como sesenta ú ochenta hombres puestos. No contentos con cercarnos de esta forma, libró el Alcalde Castillo aquella noche á las ocho, una multitud de órdenes á todos los pueblos de la circunferencia para que tapasen los caminos, y de forma que no permitiesen salir á nadie y que no se obedeciesen mis órdenes, ni las de mi Teniente Letrado; y á las once de la misma noche el Alcalde Rodríguez libró otras para que toda la gente de los pueblos entrase inmediatamente armada en esta ciudad, y á sus órdenes.
En este estado se dirigió á las doce de la noche para San Francisco la patrulla comandada por el Ayudante don Benito Martínez. Luego que la vieron los insurgentes, le dieron el quién vive, y contestando que era la patrulla de voluntarios, gritaron todos guerra, guerra. El Comandante de la patrulla les gritó que se contuviesen; pero como venían furiosos, tirándole de machetazos y hasta coger la bayoneta al Sargento Paredes un zambo, gran insurgento, llamado Faustino Anaya, mandó que hiciera fuego la primera fila, con el cual murieron este y otro, y quedaron varios heridos. Esto los contuvo y dió tiempo á que la patrulla se retirara á la plaza, conforme á la orden.
Luego que oyó el fuego, el Comandante que se había ido á la guardia de la plaza desde las diez, mandó tocar generala, á que respondieron Argote y mi guardia. Inmediatamente salí á la puerta de la calle; y pareciéndome que habían atacado el cuartel de la Bandera, porque oía un ruido extraordinario en él, mandé mi guardia para allá con orden de atacar á los insurgentes por la espalda, y enseguida me fui con mi criado para la plaza. Inmediatamente cubrí la Casa Real en que estaba la Sala de Armas, con 25 hombres, y dejando en el cuartel de Blanquillos 20 porque allí había depositado el mayor número de fusiles, me puse á esperar la suerte en la Plaza con 50 dragones, 40 voluntarios, algunos 25 blanquillos y los oficiales que por su inmediación pudieron ocudir. De este modo pasamos aquella noche, y llegado el día, dí de mi bolsa y la de otros, una paga doble á la gente y mandé desalojar los pelotones, entre los cuales hubo uno que hizo frente, y en él un hombre que llegó á arrancar el bastón de las manos al Comandante, para lo cual est menester mucha pujanza, y atrevimiento. Inmediatamente se procedió á las prisiones y causas y es en lo que en el día se está trabajando.
Entre los presos se hallaban don Miguel Delgado, el Alcalde 1º don Juan Manuel Rodríguez, el Regidor Crisogono Pérez y el Síndico don Santiago Celis. Estos son los más notables.
Mi muerte estaba resuelta y mi cabeza se ofrecía como un espectáculo cierto y grato. A las doce de la noche se trasladó el Alcalde Castillo, de la Parroquia á San Francisco, y anunciando que ya me dejaba preso en el Cabildo, se le victoreó y entonces declaró que había reservado mi persona para tener la satisfacción de ser él el verdugo de ella. Los PP. de San Francisco, que á sus insultos habían abierto la Portería, se afligieron y le rogaron con mucha instancia me perdonara. Entonces pidió que le dieran vino, aunque se le dijo que no había más que el necesario para el Santo Sacrificio, repitió su instancía, y después de haberlo bebido, confirmó su sentencia diciendo: lo dicho, dicho.
Aquella noche se alentaba á la gente con el saco del día siguiente; pero éste y el degüello casi general, estaba decretado.
No sólo antecedente, ni motivo; pero ni aun pretexto siquiera aparente ha habido para este acaecimiento. Ha sucedido porque debía suceder, porque se perdió Acapulco, y porque así estaba en los planes de los insurgentes; V. E. lo verá mejor en los documentos que le incluyo en copia. El número 1 está firmado por D. Miguel Delgado, don Juan Manuel Rodriguez y D. Santiago Celis; y el 2 y 3 aunque no tienen firma, se han hallado entre los papeles de D. Miguel Delgado y son de letra de D. Juan Manuel Rodriguez; y las elecciones, como tengo informado á V. E. se dispusieron para un caso semejante.
El lunes en la noche, dijo Rodriguez à Bustamante mientras yo salí de mi sala: á la hora de esta, están en iguales apuros en Chalatenango. Es de advertir que à principios de año mandé prender por insurgente al Alcalde Antonio Valle en aquel pueblo, y como esta es una cadena de malvados, los unos apoyan á los otros, y por eso Rodriguez dijo esto; pero acordándome yo de ello en la Plaza, puse carta al Alcalde constitucional y al comandante de aquellos voluntarios, y con el Capitán D. Domingo Viteri mandé recado luego que el día aclaró, al Padre Cura. Así lo ejecutó a la mayor brevedad, tan oportunamente, que cuando llegó á aquel Partido, se hallaban los buenos en la mayor consternación, y los malos y el poblacho en gran conmoción; pero con la noticia del buen suceso de la justa causa en ésta, se cambió la suerte, respiraron los buenos, y se amedrentaron los malos.
También habían minado en Cojutepeque; pero á tiempo se cortó, y queda siguiéndose la causa, para la cual ha pedido el subdelegado 25 hombres de auxilio á San Vicente.
Acabo de saber que un tal Gregorio Melara, que se dice que es intimo de Rodríguez, estaba aquí en los días de la revolución. La intentó en Usulután, para lo cual tenía bastante conmovido el Pueblo; pero que ya queda preso; y he escrito encargando se le siga su causa á la mayor brevedad, y se indaguen muy particularmente las relaciones y órdenes que tenga de este corifeo.
También en Jucuapa, de Chinameca, se difundieron en aquellos días noticias falsas del ventajoso resultado de la operación de los insurgentes, lo cual había influido mucho, en los ánimos de los inquietos, que en ninguna parte faltan; pero por fortuna un pasajero impuso de lo cierto al Padre Cura, quien inmediatamente lo publicó, y se restableció la tranquilidad.
Aunque yo despaché pronto correos à todas partes, y para mayor brevedad á unas partes daba orden de comunicar la noticia á otras, como los insurgentes tenían su prevención de falsedades anticipada, nunca pudo llegar la verdad con más ligereza, aunque sí llegó á todas partes oportunamente. Así es que en Ilobasco llegó un tal Mariona, de esta ciudad, contando que yo perseguía á Castillo sin culpa: que á los que murieron los mandé matar de la misma forma, y que uno y otro había sido por darles las varas á los chapetones, y que toda la revolución de aquí se había originado de haberme yo apoderado de la plaza con los chapetones y querer establecer leyes nuevas; pero que los PP. Aguilares decían que ellos daban la cabeza por la ley de Dios. Este también está preso, y siguiéndosele su causa; y no dude V. E. que si la suerte hubiera sido contraria, tiene efecto el plan de los insurgentes.