Part 4
Déjate de fábulas y háblanos de cosas humanas, de asuntos frecuentes en las conversaciones de familia.
FILOCLEÓN.
También estoy fuerte en el género familiar: había en otro tiempo un ratón y una comadreja...
BDELICLEÓN.
«Estúpido e ignorante», como decía furioso Teógenes a un limpia-letrinas. ¿Te atreverás a hablar entre hombres de ratones y comadrejas?
FILOCLEÓN.
¿Pues de qué hay que hablar?
BDELICLEÓN.
Solo de grandezas: por ejemplo, de la excelentísima diputación, en la que fuiste parte con Clístenes y Androcles.[176]
FILOCLEÓN.
¡En diputación! ¡Si jamás he ido a ninguna parte, como no haya sido a Paros, lo cual me valió dos óbolos!
BDELICLEÓN.
Cuenta por lo menos cómo Efudión luchó al pancracio valerosamente con Ascondas,[177] y aunque viejo encanecido, sin embargo conservaba puños y riñones de hierro, robustos costados y una fortísima coraza.
FILOCLEÓN.
Basta, basta; no sabes lo que te dices. ¿Dónde se ha visto luchar al pancracio[178] con coraza?
BDELICLEÓN.
Pues así suelen hablar los sabios. Ahora dime otra cosa. Cuando estés en un festín con extranjeros, ¿qué hazaña de tu juventud preferirás contarles?
FILOCLEÓN.
¡Oh! ¡Ya sé, ya sé! Mi más famosa hazaña, cuando robé a Ergasión[179] los rodrigones.
BDELICLEÓN.
¡Vete al infierno con tus rodrigones! Eso es ridículo. Lo mejor es que hables de tus cacerías de liebres o jabalíes, o de alguna carrera de antorchas[180] en que tomaste parte; en fin, de cualquier hecho que revele tu valor juvenil.
FILOCLEÓN.
Ahora me acuerdo de uno de los más atrevidos: siendo todavía un rapazuelo, demandé a Failo[181] el andarín por injurias, y le vencí por dos votos.
BDELICLEÓN.
Basta; recuéstate ahí para que aprendas la manera de conducirte en los banquetes y conversaciones.
FILOCLEÓN.
¿Cómo me recuesto? Vamos, dime pronto.
BDELICLEÓN.
Con elegancia.
FILOCLEÓN.
¿Así?
BDELICLEÓN.
No.
FILOCLEÓN.
¿Pues cómo?
BDELICLEÓN.
Estira las piernas y déjate caer blandamente sobre los almohadones como un ligero gimnasta: elogia después los vasos de bronce que haya por allí; admira las cortinas del patio.[182] En esto presentan agua para las manos; traen las mesas, comemos; nos lavamos; principian las libaciones...[183]
FILOCLEÓN.
¿Pero acaso estamos cenando en sueños?
BDELICLEÓN.
La flautista preludia: los convidados son Teoro, Esquines, Fano, Cleón, Acestor, y al lado de este otro a quien no conozco. Tú estás con ellos. ¿Sabrás continuar las canciones principiadas?[184]
FILOCLEÓN.
Ya lo creo; mejor que cualquier montañés.[185]
BDELICLEÓN.
Veamos; yo soy Cleón; el primero canta el Harmodio,[186] tú continuarás: «Nunca hubo en Atenas un hombre...»
FILOCLEÓN.
«Tan canalla ni tan ladrón...»
BDELICLEÓN.
¿Eso piensas contestar, desdichado? ¿No ve que te confundirá a gritos y jurará perderte, aniquilarte y expulsarte del país?
FILOCLEÓN.
Pues yo responderé a sus amenazas con esta otra canción: «En tu loca ambición del supremo mando, acabarás por arruinar la república, que ya empieza a vacilar.»[187]
BDELICLEÓN.
Y cuando Teoro, acostado a tus pies, cante cogiéndole la mano a Cleón: «Amigo, tú que conoces la historia de Admeto, estima a los valientes»; ¿qué contestarás?
FILOCLEÓN.
Lo siguiente: «Yo no puedo ser zorro y proclamarme amigo de los dos partidos.»
BDELICLEÓN.
A continuación, Esquines, hijo de Selo, hombre docto y único diestro, cantará: «Bienes y riquezas a Clitágora,[188] a mí y a los Tesalios...»[189]
FILOCLEÓN.
«Muchas hemos derrochado tú y yo.»
BDELICLEÓN.
Esto lo entiendes bien; mas ya es hora de ir a cenar a casa de Filoctemon. — ¡Muchacho, muchacho! ¡Criso! Pon nuestra ración en una cesta,[190] hoy queremos beber de largo.
FILOCLEÓN.
No, no; es muy peligroso el beber; después del vino se rompen las puertas y llueven bofetones y pedradas, y al día siguiente, cuando se han dormido los tragos, se encuentra uno que hay que pagar los excesos de la víspera.
BDELICLEÓN.
No temas semejante cosa tratando con hombres honrados y corteses. O te excusan ellos mismos con el ofendido, o tú aplicas a lo ocurrido algún chistoso cuento esópico o sibarítico[191] de los que has oído en la mesa: la cosa se toma a risa, y no pasa adelante.
FILOCLEÓN.
Pues ya merece la pena de aprender muchos cuentos eso de poder librarme con uno de pagar cualquiera daño que cause. Ea, vamos; que nadie nos detenga.
CORO.
Muchas veces he dado prueba de agudo ingenio, y jamás de estupidez; pero me gana Aminias,[192] ese hijo de Selo, perteneciente a la raza copetuda,[193] a quien vi un día ir a cenar con Leógoras,[194] llevando por junto una manzana y una granada, y cuenta que es más hambriento que Antifonte.[195] Ya fue de embajador a Farsalia,[196] pero allí solo se reunía a los penestas,[197] padeciendo él mayor penuria que ninguno.
¡Afortunado Autómenes,[198] cuánto envidiamos tu felicidad! Tus hijos son los más hábiles artistas. El primero, querido de todos, canta admirablemente al son de la cítara, y la gracia le acompaña; el segundo es un autor cuyo mérito nunca se ponderará bastante; pero el talento del último, de Arifrades digo, deja muy atrás al de los otros. Su padre jura que lo ha aprendido todo por sí propio, sin necesidad de maestro, y que solo a su talento natural debe la invención de sus inmundas prácticas en los lupanares. Algunos han dicho que yo me había reconciliado con Cleón porque me perseguía encarnizadamente y me martirizaba con sus ultrajes. Ved lo que hay de cierto: cuando yo lanzaba dolorosos gritos, vosotros os reíais a placer, y en vez de compadecerme, solo anhelabais que la angustia me inspirase algún chiste mordaz y divertido. Al notar esto, cejé un poco y le hice algunas caricias. He ahí por qué «a la cepa le falta ahora su rodrigón.»[199]
JANTIAS.
¡Oh tortugas tres veces bienaventuradas! ¡Cuánto envidio la dura concha que defiende vuestro cuerpo! ¡Qué sabias y previsoras fuisteis al cubriros la espalda con un impenetrable escudo! ¡Ay, un nudoso garrote ha surcado la mía!
CORO.
¿Qué sucede, niño? Porque hasta al más anciano hay derecho para llamarle niño, cuando se deja pegar.
JANTIAS.
Sucede que nuestro viejo es la peor de las calamidades. Ha sido el más procaz de todos los convidados, y cuenta que allí estaban Hipilo, Antifonte, Lico, Lisístrato, Teofrasto, y Frínico; pues sin embargo, a todos los dejó tamañitos su insolencia. En cuanto se atracó de los mejores platos, empezó a bailar, a saltar, a reír, a eructar como un pollino harto de cebada, y a sacudirme de lo lindo, gritándome: «¡Esclavo, esclavo!» Lisístrato, al verlo así, le lanzó esta comparación: «Anciano, pareces un piojo resucitado o un burro que corre a la paja.» Y él, atronándonos los oídos, le replicó con esta: «Y tú te pareces a una langosta, de cuyo manto se pueden contar todos los hilos[200] y a Esténelo[201] despojado de su guardarropa.» Todos aplaudieron, menos Teofrasto, que se mordió los labios como hombre bien educado. Entonces, encarándosele nuestro viejo, le dijo: «Di tú, ¿a qué te das tanto tono, y te las echas de persona? Ya sabemos que vives a costa de los ricos a fuerza de bufonadas.» Así continuó dirigiendo insultos semejantes a todos, diciendo los chistes más groseros, cantando historias necias e importunas. Después se ha dirigido hacia aquí, completamente ebrio, pegando a cuantos encuentra. Mirad, ahí viene haciendo eses. Yo me largo, para evitar nuevos golpes.
FILOCLEÓN.[202]
Dejadme: marchaos. Voy a dar que sentir a algunos de los que se obstinan en perseguirme. ¿Os largaréis, bribones? Si no, os tuesto con esta antorcha.
BDELICLEÓN.
A pesar de tus baladronadas juveniles, te juro que mañana nos has de pagar tus atropellos. Vendremos en masa a citarte a juicio.
FILOCLEÓN.
¡Ja, ja! ¡A citarme! ¡Qué vejeces! ¿No sabéis que ya ni puedo oír hablar de pleitos? ¡Ja, ja! Ahora tengo otros gustos: tirad las urnas. ¿No os vais? ¿Dónde esta el juez? Decidle que se ahorque. (_A la cortesana._) Sube, manzanita de oro, sube agarrada a esta cuerda; cógela, pero con precaución, que está algo gastada; sin embargo aún le gusta que la froten. ¿No has visto con qué astucia te he sustraído a las torpes exigencias de los convidados? Debes probarme tu gratitud. Pero no lo harás, demasiado lo sé; ni siquieras lo intentarás; me engañarás y te reirás en mis narices como lo has hecho con tantos otros. Oye, si me quieres y me tratas bien, cuando muera mi hijo me comprometo a sacarte del lupanar y tomarte por concubina, amorcito mío. Ahora no puedo disponer de mis bienes; soy joven y me atan corto: mi hijito no me pierde de vista; es gruñón, insoportable y tacaño hasta partir en dos un comino y aprovechar la pelusilla de los berros. Su único miedo es el que me eche a perder, pues no tiene más padre que yo. Pero ahí está. Se dirige apresuradamente hacia nosotros. Hazle frente. Coge esas teas. Voy a jugarle una partida de muchacho, como él a mí antes de iniciarme en los misterios.
BDELICLEÓN.
¡Hola, hola, viejo verde! Parece que nos gustan los lindos ataúdes. Mas lo juro por Apolo, no harás eso impunemente.
FILOCLEÓN.
¡Ah! tú te comerías a gusto un proceso en vinagre.
BDELICLEÓN.
¿No es una indecencia burlarme de ese modo, y arrebatar su flautista a los convidados?
FILOCLEÓN.
¿Qué flautista? ¿Has perdido el juicio, o sales de alguna tumba?
BDELICLEÓN.
Por Júpiter, esa dardaniense[203] que está contigo.
FILOCLEÓN.
¡Ca! Si es una antorcha encendida en la plaza en honor a los dioses.[204]
BDELICLEÓN.
¿Una antorcha?
FILOCLEÓN.
Sí, una antorcha.[205] ¿No ves que es de diversos colores?
BDELICLEÓN.
¿Qué es eso negro que tiene en medio?
FILOCLEÓN.
La pez que se derrite al quemarse.
BDELICLEÓN.
Y eso en la parte posterior. ¿No es su trasero?
FILOCLEÓN.
No, es el cabo de la antorcha que sobresale.
BDELICLEÓN.
¿Qué dices? ¿Cuál cabo? Vamos, ven acá.
FILOCLEÓN.
¡Eh, eh! ¿Qué intentas?
BDELICLEÓN.
Llevármela y quitártela: estás ya gastado e impotente.
FILOCLEÓN.
Escucha un momento. Asistía yo a los juegos olímpicos cuando Efudión,[206] aunque viejo, luchó valerosamente con Ascondas, concluyendo el anciano por hundir de un puñetazo al joven. Sírvate de aviso, por si se me ocurriese reventarte un ojo.
BDELICLEÓN.
¡Por Júpiter! Conoces bien a Olimpia.
* * * * *
UNA PANADERA. (_A Bdelicleón._)
Socórreme, en nombre de los dioses. Ese hombre me ha arruinado; al pasar, agitando a tontas y a locas su antorcha, me ha echado a rodar por la plaza diez panes de a óbolo, y además otros cuatro.
BDELICLEÓN.
¿Ves lo que has hecho? Tu dichoso vino nos va a llenar de pleitos la casa.
FILOCLEÓN.
No lo creas; un cuentecillo alegre lo arreglará todo: verás cómo me reconcilio con esta.
LA PANADERA.
Te juro por las dos diosas[207] que no te reirás impunemente de Mirtia, hija de Ancilión y de Sóstrata, después de haberle echado a perder sus mercancías.
FILOCLEÓN.
Escucha, mujer: voy a contarte una fábula muy chistosa.
LA PANADERA.
¿Fabulitas a mí, viejo chocho?
FILOCLEÓN.
Al volver una noche Esopo de un banquete le ladró atrevida cierta perra borracha: «¡Ah perra, perra, le dijo entonces, si cambiases tu maldita lengua por un poco de trigo, me parecerías más sensata!»
LA PANADERA.
¡Cómo! ¿Te burlas de mí? Pues bien; quienquiera que seas, te cito ante los inspectores del mercado,[208] para que me indemnices daños y perjuicios. Querefonte,[209] que está ahí, será mi testigo.
FILOCLEÓN.
Pero, por mi vida, oye a lo menos lo que voy a decirte: quizá te agrade más. Laso[210] y Simónides tenían en cierta ocasión un certamen poético, y Laso dijo: «Poco me importa.»
LA PANADERA.
¡Muy bien! Como tú, ¿verdad?
FILOCLEÓN.
¿Y tú, Querefonte, vas a ser testigo de esa mujer amarilla,[211] de esa Ino[212] precipitándose desde una roca a los pies de Eurípides?
BDELICLEÓN.
Ahí se acerca otro: según parece, también a citarte, pues viene con un testigo.
* * * * *
UN ACUSADOR.
¡Qué desdichado soy!... Anciano, te demando por injurias.
BDELICLEÓN.
¿Por injurias? ¡Ah, no, por piedad, no lo demandes! Yo te pagaré cuanto pidas, y aun así te quedaré agradecido.
FILOCLEÓN.
Yo también quiero reconciliarme con él: confieso francamente que le he pegado y apedreado. (_Al acusador._) Pero acércate más: ¿me permites que yo solo señale la cantidad que debe dársete como indemnización, y que en adelante sea amigo tuyo, o prefieres fijarla tú?
EL ACUSADOR.
Habla tú, pues detesto los pleitos y negocios.
FILOCLEÓN.
Cierto Sibarita se cayó de un carro y se infirió una grave herida en la cabeza: es de advertir que no entendía gran cosa de equitación. Acercósele entonces uno de sus amigos, y le dijo: «Ejercítese cada cual en el arte que sepa»; por tanto, corre a curarte en casa de Pítalo.[213]
BDELICLEÓN (_A Filocleón._)
Persistes en tus costumbres.
EL ACUSADOR (_Al testigo._)
Acuérdate de su respuesta.
FILOCLEÓN.
Oye, no te vayas. En cierta ocasión rompió una mujer en Síbaris el cofre de los procesos...
EL ACUSADOR (_Al testigo._)
También te tomo por testigo de lo que dice.
FILOCLEÓN (_Al acusador._)
...El cual cofre hizo atestiguar el hecho; pero la Sibarita le contestó: «¡Por Proserpina, déjate de testigos y cómprate cuanto antes una ligadura; eso tendrá más sentido común!»
EL ACUSADOR (_A Filocleón._)
¡Búrlate! ¡búrlate! ¡Ya veremos cuando el arconte mande traer a la vista tu causa!
BDELICLEÓN (_A Filocleón._)
¡Por Ceres, no estarás aquí más tiempo! Voy a llevarte a la fuerza.
FILOCLEÓN.
¿Qué haces?
BDELICLEÓN.
¿Qué hago? Llevarte adentro. De otro modo no va a haber testigos suficientes para los infinitos que te demandan.
FILOCLEÓN.
Un día los de Delfos...[214]
BDELICLEÓN.
Poco me importa.
FILOCLEÓN.
...Acusaron a Esopo de haber robado un vaso de Apolo; entonces él contó que una vez el escarabajo...[215]
BDELICLEÓN.
¡Oh, vete al infierno! Me matas con tus escarabajos.
(_Bdelicleón se lleva a su padre._)
CORO.
Envidio tu felicidad, anciano. ¡Qué cambio en su áspera existencia! Siguiendo prudentes consejos, va a vivir entre placeres y delicias. Quizá los desatienda, porque es difícil cambiar el carácter que se tuvo desde la cuna. Sin embargo, muchos lo consiguieron; consejos ajenos han logrado modificar a veces nuestras costumbres, ¡Cuántas alabanzas no alcanzará por esto, en mi opinión y en la de los sabios, el hijo de Filocleón, tan discreto y cariñoso con su padre! Jamás he visto un joven tan comedido, de tan amables costumbres. Ninguno me ha regocijado como él. En todas las respuestas que daba a su padre resplandecía la razón y el deseo de inspirarle más decorosas aficiones.
* * * * *
JANTIAS.
¡Por Baco! Sin duda algún Dios ha revuelto y embrollado nuestra casa. El viejo, después de haber bebido y haber oído largo rato tocar la flauta, ebrio de placer, repite toda la noche las antiguas danzas que Tespis[216] hacía ejecutar a sus coros. Pretende demostrar, bailando incesantemente, que los trágicos modernos son todos unos lelos sin sustancia.
FILOCLEÓN (_Declamando_).
¿Quién se sienta a la entrada del vestíbulo?[217]
JANTIAS.
La calamidad se aproxima.
FILOCLEÓN.
Apartad las vallas. Va a principiar el baile...
JANTIAS.
Mejor dirás la locura.
FILOCLEÓN.
...Que aligera mi pecho con su impetuosidad. ¡Cómo mugen mis narices! ¡Cómo suenan mis vértebras!...
JANTIAS.
Bien te vendría una toma de eléboro.[218]
FILOCLEÓN.
Frínico[219] se asusta como un gallo...
JANTIAS.
Pongámonos en salvo.
FILOCLEÓN.
...Que agita sus patas en el aire.
JANTIAS.
¡Eh! mira dónde pisas.
FILOCLEÓN.
¡Con flexibilidad juegan todos mis miembros!
JANTIAS.
Nada, está visto, es una verdadera locura.
FILOCLEÓN.
Ahora desafío a todos mis rivales. Si hay algún trágico que se precie de danzar bien, venga por acá y tendremos un certamen coreográfico... ¿Se presenta alguno?
BDELICLEÓN.
Este solo.
FILOCLEÓN.
¿Quién es ese desgraciado?
BDELICLEÓN.
El hijo segundo de Carcino.[220]
FILOCLEÓN.
Pronto lo anonadaré; voy a molerle a puñetazos acompasados; pues no entiende una palabra de ritmos.
BDELICLEÓN.
Pero, ¡infeliz!, ahí viene su hermano, otro trágico carcinita.
FILOCLEÓN.
Voy haciendo provisiones para el almuerzo.
BDELICLEÓN.
Sí, pero solo de cangrejos;[221] por que ahí llega un tercer hijo de Carcino.
FILOCLEÓN.
¿Qué es eso que se arrastra? ¿Es una araña o una vinagrera?[222]
BDELICLEÓN.
Es un cangrejillo; el más pequeño de la familia. También poeta trágico.
FILOCLEÓN.
¡Oh Carcino, padre feliz de tan hermosa familia! ¡Qué banda de reyezuelos[223] desciende sobre mí! Fuerza es, ¡ay triste!, que me bata con ellos. Preparad la salmuera, por si salgo vencedor.
CORO.
Ea, apartémonos un poco, para que puedan hacer sus pruebas delante de nosotros.
Ea, ilustres hijos de un habitante del mar,[224] hermanos de los langostinos, danzad sobre la arena en la orilla del estéril piélago. Moved en círculo vuestros pies; levantad las piernas como Frínico, y al verlas en el aire, lanzarán gritos de asombro los espectadores.
Gira sobre ti mismo, da vueltas; levanta la pierna hasta el cielo; trasfórmate en un torbellino. Ahí se adelanta el mismo rey del mar, el padre de tus rivales, orgulloso de sus hijos. Mas si tenéis gusto en danzar, hacednos salir cuanto antes, pues nunca hasta ahora se ha visto terminar la comedia con un baile del coro.[225]
FIN DE LAS AVISPAS.
LA PAZ.
NOTICIA PRELIMINAR.
Cleón y Brásidas, generales de Atenas y Lacedemonia, murieron en un mismo combate; aquel al retirarse fugitivo, y este en brazos de la victoria. «Después de la derrota de los atenienses ante Anfípolis, dice Tucídides,[226] y de la muerte de Brásidas y Cleón, los más ardientes partidarios de la guerra, el primero porque le debía sus triunfos y su gloria, y el segundo porque no dejaba de prever que en tiempos normales serían más patentes sus prevaricaciones y menos atendidas sus calumnias, los hombres que en ambas ciudades aspiraban a desempeñar el principal papel, Plistoánax, hijo de Pausanias, rey de Esparta, y Nicias, hijo de Nicerato, el general afortunado como ninguno, se declararon en favor de la paz. Pactose está por cincuenta años tras largas negociaciones, aunque la reconciliación de las dos repúblicas enemigas siempre tuvo más de aparente que de real.» Alcibíades, cuya desmedida ambición era un continuo peligro, pues aspiraba no menos que a recoger la herencia de Pericles, y atropellando por todo, trataba de comprometer a su patria en una nueva guerra, atizó con sus intrigas los enconados odios que en el corazón de ambas ciudades se revolvían; y tal maña se dio que en el año 420 antes de nuestra era, decimotercio de la guerra del Peloponeso, era ya inminente una nueva ruptura de hostilidades. Para contener, si era posible, tan espantoso mal, escribió _La Paz_ Aristófanes, comedia cuyo objeto, idéntico al de _Los Acarnienses_, es inspirar al pueblo profunda aversión a una guerra desastrosa y funesta, y confirmarle en el amor a las dulzuras del estado pacífico, que apenas había empezado a saborear. Para lograr tan levantado fin, acude el poeta tanto a su inagotable imaginación como a la audaz energía de que tan elocuente muestra son sus _Caballeros_, pues a un tiempo que pinta con poético colorido las ventajas de la paz y da existencia y vida a las más inanimadas abstracciones, levanta con atrevida mano el hipócrita velo con que se encubrían los enemigos del reposo público, mostrando al desnudo sus miras interesadas, sus bajas intenciones y su sospechosa ambición. Los dos partidos que entonces dividían a Atenas aparecen en _La Paz_ tras una alegoría transparente: el populacho, los demagogos, las gentes que no teniendo nada que perder se agrupaban alderredor de Alcibíades, en aquella jarcia de comerciantes de lanzas, cascos y escudos; y las personas sensatas y sinceramente amantes de su país, en el noble coro de labradores que ayuda al audaz Trigeo en la peligrosa tarea de libertar a la patria. Veamos cómo desarrolla Aristófanes la acción.
Trigeo o _viñador_, condolido de los males que afligen a su patria, se propone subir al Olimpo en demanda de la Paz; el único medio que para ello se le ocurre, es alimentar un enorme escarabajo, recordando la fábula de Esopo en que aquel animalejo consigue llegar hasta el regazo del padre de los dioses. Caballero en el nuevo Pegaso, lánzase atrevidamente a los aires, desoyendo las advertencias de su atribulada familia. Llega por fin al cielo, donde Mercurio, después de un recibimiento descortés, se aviene a indicarle el modo de desenterrar a la Paz. Aparécese en esto la Guerra acompañada del Tumulto, y pone a la vista sus violencias majando en un inmenso mortero ciudades y regiones, mientras la Paz permanece relegada al fondo de una caverna, obstruida por enormes peñascos. Trigeo trata de darla libertad y convoca al efecto a ciudadanos de todos los países, principalmente labradores, que aparecen armados de cables y palancas. No todos ponen, sin embargo, igual ahínco en la consecución de la obra, pues mientras los atenienses y lacedemonios tiran con todas sus fuerzas, los de Mégara blandean por el hambre, y los de Argos y Beocia tratan, fingiendo ayuda, de anular sus esfuerzos con ánimo de obtener durante la guerra pingües subsidios de todos los beligerantes. Por fin la cautiva aparece, y con ella Opora y Teoría, personificaciones de la abundancia y de las fiestas anejas a la Paz. En medio del mayor júbilo se ofrece a la deidad rescatada un sacrificio, turbado solo por las pretensiones de Hierocles, sacerdote famélico, y las quejas de los vendedores de armas, a los que el nuevo orden de cosas va a arruinar.
La comedia concluye con las bodas de Trigeo y la Abundancia, celebradas por un alegre y estrepitoso canto de Himeneo.
Adolece esta pieza de un defecto capital, y es que la ficción admirablemente sostenida hasta que la Paz sale de la caverna, decae desde este momento y se arrastra lánguidamente hasta el final. Ni los más picantes chistes, ni multitud de encantadores detalles, parecidos, como dice Pierron,[227] a islotes de pura poesía sobrenadando en un mar de obscenidades y bajezas, ni el diálogo siempre intencionado y vivo bastan para disimular la pobreza de la acción, que desde el verso 520,[228] es decir, mucho antes de la mitad de la comedia, queda reducida a los preparativos necesarios para el ofrecimiento de un holocausto y la celebración de unas bodas. A esto se agrega, observa Brumoy,[229] el hallarse llena _La Paz_, más que otras comedias, de enigmas, alusiones, metáforas y figuras de toda especie, cuyo gusto, aunque no lo podamos apreciar con la debida precisión, sin embargo, no era de los más selectos, pues fue ya objeto de acerbas críticas por parte de los contemporáneos de Aristófanes,[230] hasta tal punto que este, según la opinión más probable, los corrigió en una segunda edición, en la cual la Paz, personaje mudo en la conservada, debía de intervenir en el diálogo y la acción con su compañera la Agricultura.
_La Paz_ se representó el año 13 de la guerra del Peloponeso, 420 antes de nuestra era, cuya fecha fija suficientemente Aristófanes en el verso 998 de la misma,[231] y obtuvo en el certamen el segundo lugar. «Quizá, observa un discreto intérprete,[232] al negarle los jueces la primera corona, quisieron castigar al poeta por haber tenido razón contra la ceguera popular.»
PERSONAJES.
DOS ESCLAVOS DE TRIGEO. TRIGEO. MUCHACHAS, HIJAS DE TRIGEO. MERCURIO. LA GUERRA. EL TUMULTO. CORO DE LABRADORES. HIEROCLES, adivino. UN FABRICANTE DE HOCES. UN FABRICANTE DE PENACHOS. UN VENDEDOR DE CORAZAS. UN FABRICANTE DE TROMPETAS. UN FABRICANTE DE CASCOS. UN FABRICANTE DE LANZAS. UN HIJO DE LÁMACO. UN HIJO DE CLEÓNIMO. LA PAZ. } OPORA O LA ABUNDANCIA. } Personajes mudos. TEORÍA. }
* * * * *
La acción pasa al principio delante de la casa de Trigeo.
LA PAZ.
ESCLAVO PRIMERO.
Vamos, vamos, trae pronto su pastelito al escarabajo.
ESCLAVO SEGUNDO.