Comedias, tomo 2 de 3

Part 3

Chapter 33,910 wordsPublic domain

Esos intrigantes cuando cobran miedo os dan la Eubea y prometen distribuir cincuenta celemines de trigo: nunca te han dado, bien lo sabes, más de cinco celemines, y esos con mil molestias, midiéndolos uno por uno, y exigiéndote previa justificación de no ser extranjero. Ahí tienes por qué te tengo encerrado siempre, deseando mantenerte yo mismo y librarte de insolentes burlas. Resuelto estoy a darte cuanto quieras, menos ese maldito salario.

CORO.

¡Cuán sabio era el que dijo: «No juzgues sin haber oído a ambas partes!» (_A Bdelicleón._) Ahora me parece que tú tienes sobrada razón. Mi cólera se calma, y arrojo estos garrotes. (_A Filocleón._) Cede, cede a sus consejos, colega y contemporáneo nuestro; no seas obstinado, ni hagas alarde de tenacidad inflexible. ¡Ojalá tuviera yo un pariente o amigo que así me aconsejase! Hoy, que se te aparece un dios para socorrerte y colmarte de favores, recíbelos propicio.

BDELICLEÓN.

Sí, yo le mantendré y le daré cuanto un anciano puede desear: ricos puches, blancas túnicas, un fino manto y una cortesana que le frote los riñones.[119] Pero se calla y no dice esta boca es mía. Mala espina me da.

CORO.

Es que recobra la razón en el mismo punto que la había perdido: reconoce su culpa, y se arrepiente de haber desoído tanto tiempo tus exhortaciones. Quizá ahora, más cuerdo, se propone mudar de costumbres y obedecerte en todo.

FILOCLEÓN.

¡Ay de mí!

BDELICLEÓN.

¿Por qué esa exclamación?

FILOCLEÓN.

Déjate de promesas; lo que yo quisiera era estar allí, sentarme allí donde el heraldo grita: «El que no haya emitido todavía su voto, que se levante.» ¡Ah! ¿Por qué no me he de encontrar junto a las urnas y depositar en ellas el último mi voto? ¡Apresúrate, alma mía! Alma mía, ¿dónde estás? «Tinieblas, abridme paso.»[120] ¡Oh! Por Hércules lo juro, mi más vehemente deseo es sentarme hoy entre los jueces y convencer de robo a Cleón.

BDELICLEÓN.

En nombre de los dioses, padre mío, cede a mis ruegos.

FILOCLEÓN.

¿Qué deseas? Pídeme cuanto quieras, menos una cosa.

BDELICLEÓN.

¿Qué cosa es esa? Di.

FILOCLEÓN.

Que no juzgue; antes de consentirlo, Plutón habrá pronunciado mi sentencia.

BDELICLEÓN.

Sea, ya que tanto te gusta administrar justicia; pero cuando menos no acudas ya al tribunal; quédate en casa y juzga a los criados.[121]

FILOCLEÓN.

¿Sobre qué? ¡Tú deliras!

BDELICLEÓN.

Haciendo en casa lo mismo que allí: si la criada abre clandestinamente la puerta, la condenas a una simple multa; es decir, exactamente igual que en el tribunal. Todo lo demás se hará también como allí se acostumbra: cuando caliente el sol, juzgarás desde la mañana sentado al sol; y cuando nieve o llueva, sentado ante el hogar: así aunque te levantes al mediodía, ningún tesmoteta[122] te prohibirá la entrada en el tribunal.

FILOCLEÓN.

Eso me agrada.

BDELICLEÓN.

Además, si un orador habla mucho tiempo, no tendrás que esperar rabiando de hambre a que concluya, con gran tormento tuyo y del acusado que teme tu furor.[123]

FILOCLEÓN.

¿Pero podré lo mismo que hasta ahora conocer perfectamente el asunto, si como en el intervalo?

BDELICLEÓN.

Mejor que en ayunas. ¿No has oído decir a todo el mundo que, cuando los testigos mienten, los jueces solo pueden comprender el asunto a fuerza de rumiarlo?

FILOCLEÓN.

Me has convencido. Mas aún no me has dicho quién me pagará los honorarios.

BDELICLEÓN.

Yo.

FILOCLEÓN.

Bueno, así recibiré yo solo mi paga, y no en compañía de otro: porque hace poco ese bufón de Lisístrato[124] me jugó la más mala pasada que puede imaginarse. Había recibido un dracma para los dos, y fuimos a la pescadería, donde lo cambio en monedas de cobre;[125] luego, en vez de darme mi parte, me puso en la mano tres escamas; yo, creyendo que eran tres óbolos, las escondí en la boca; pero ofendido por el olor las arrojé en seguida y le cité a juicio.

BDELICLEÓN.

¿Y qué dijo?

FILOCLEÓN.

¿Qué dijo? Que yo tenía estómago de gallo. «Digieres fácilmente el dinero», repetía riéndose.

BDELICLEÓN.

¿Ves cuánto vas ganando hasta en esto?

FILOCLEÓN.

No poco, es verdad. Pero, anda, haz lo que has prometido.

BDELICLEÓN.

Espera un momento; en seguida vuelvo aquí con todo.

FILOCLEÓN.

¡Mirad cómo se cumplen los oráculos! Yo había oído que llegaría día en que cada ateniense administraría justicia en su propia casa, y construiría en el vestíbulo un pequeño tribunal, como esas estatuas de Hécate que se colocan delante de las puertas.

BDELICLEÓN.

Heme aquí: ¿qué tienes que decir? Traigo todo lo que te dije y mucho más. Este bacín puede colgarse a tu lado para cuando lo necesites.[126]

FILOCLEÓN.

¡Feliz ocurrencia! ¡Excelente remedio para preservar a un viejo de la retención de orina!

BDELICLEÓN.

Aquí traigo además un hornillo con una escudilla llena de lentejas, por si se te ocurre comer.

FILOCLEÓN.

Muy bien, muy bien; de modo que cobraré mi salario, aunque tenga calentura, y podré comer lentejas sin moverme de aquí. Mas ¿para qué me traes ese gallo?

BDELICLEÓN.

Para que si te duermes durante la defensa de una causa, te despierte cantando encima de ti.

FILOCLEÓN.

Solo echo de menos una cosa; todo lo demás me satisface.

BDELICLEÓN.

¿Cuál?

FILOCLEÓN.

¿Si pudieras traer la estatua de Lico?[127]

BDELICLEÓN.

Hela aquí; parece el mismo héroe.

FILOCLEÓN.

¡Oh, héroe mi señor! ¡Cuán terrible es tu aspecto! Es el retrato de Cleónimo.

SOSIAS.

Por eso, aunque es un héroe, no tiene armas.[128]

BDELICLEÓN.

Si te sientas, someteré en seguida a tu decisión una causa.

FILOCLEÓN.

Venga al punto: hace cien años que estoy sentado.

BDELICLEÓN.

Veamos; ¿por qué causa principiaremos? ¿habrá faltado alguno de los criados? ¡Ah! Trata,[129] que hace poco se dejó quemar el puchero...

FILOCLEÓN.

¡Eh! detente: me has puesto al borde del abismo. ¿Cómo pretendes que actúe el tribunal sin balaustrada? Precisamente es para nosotros lo más sagrado.

BDELICLEÓN.

Es verdad, por Júpiter. Corro a casa y la traigo volando. ¡Lo que es la costumbre!

JANTIAS.

¡Diantre de animal! ¿Es posible que demos de comer a semejante perro?

BDELICLEÓN.

¿Qué pasa?

JANTIAS.

Nada, que Labes,[130] tu perro, ha entrado en la cocina, ha robado un magnífico queso de Sicilia, y se lo ha engullido.

BDELICLEÓN.

Ya tenemos la primera causa en que ha de entender mi padre. (_A Jantias._) Comparece tú como acusador.

JANTIAS.

Yo no, por vida mía; otro perro dice que presentará la acusación, si se instruye el proceso.

BDELICLEÓN.

Bueno; tráete acá los dos.

JANTIAS.

Es lo que hay que hacer.

FILOCLEÓN.

¿Qué es eso?

BDELICLEÓN.

La gamella de los cerdos consagrados a Vesta.[131]

FILOCLEÓN.

¿Osas poner sobre ella tus sacrílegas manos?

BDELICLEÓN.

No; principiando por sacrificar a Vesta,[132] trituraré a mi adversario.

FILOCLEÓN.

Vamos, vamos, principia pronto la acusación; yo ya sé cuál castigo ha de imponerse.

BDELICLEÓN.

Deja que te traiga las tablillas y el estilo.

FILOCLEÓN.

¡Oh! ¡Me mueles y me asesinas con tus dilaciones! Lo mismo me era escribir en la arena.

BDELICLEÓN.

Ten.

FILOCLEÓN.

Cita, pues.

BDELICLEÓN.

Ya estoy.

FILOCLEÓN.

¿Quién es ese primero?

BDELICLEÓN.

¡Oh, qué memoria la mía! Esto es atroz. ¿Pues no se me han olvidado las urnas de los votos?

FILOCLEÓN.

Eh, tú, ¿a dónde vas?

BDELICLEÓN.

A por las urnas.

FILOCLEÓN.

Es inútil; me serviré de estos cacharros.

BDELICLEÓN.

Muy bien; ya tenemos todo lo necesario, excepto la clepsidra.

FILOCLEÓN.

¿No puede pasar por clepsidra este bacín?

BDELICLEÓN.

Eres ingenioso para proporcionarte los útiles precisos y acostumbrados. Pronto, traed fuego, mirtos e incienso para que principiemos por invocar a los Dioses.

CORO.

Durante vuestras libaciones uniremos nuestros votos a los vuestros, congratulándonos de que una reconciliación tan generosa haya seguido a vuestras disputas y querellas.

BDELICLEÓN.

Principiad, pues, por guardar un silencio religioso.

CORO.

¡Oh Febo! ¡Oh Apolo Pitio! Haz que el negocio que va a resolverse delante de esa puerta, sea para bien de todos nosotros, libres ya de nuestros errores. ¡Oh Peán!

BDELICLEÓN.

¡Oh Dios poderoso, Apolo Agieo que velas ante el vestíbulo de mi casa![133] Acepta este nuevo sacrificio que te ofrezco para que te dignes suavizar el humor áspero e intratable de mi padre. ¡Oh rey! endulza con algunas gotas de miel su avinagrado corazón; que sea en adelante clemente con los hombres; más compasivo con los reos que con los acusadores; sensible a las súplicas, y que pierda su carácter esa furia, dolorosa para el que se acerca, como las ortigas.

CORO.

Nosotros unimos a los tuyos nuestros votos en favor del nuevo magistrado. Pues te queremos, Bdelicleón, desde que nos has dado a conocer que amas al pueblo como ningún otro joven.

BDELICLEÓN.

Si hay algún juez fuera, que entre; pues en cuanto se principie la vista no se dejará entrar a nadie.

FILOCLEÓN.

¿Quién es ese acusado? ¡Qué condena le aguarda!

BDELICLEÓN[134] (_Como acusador_).

Oíd el acta de acusación.[135] La suscribe un perro cidatenense contra Labes de Exona, al que acusa de haberse comido él solo, contra toda razón y derecho, un queso de Sicilia. La pena, una argolla de higuera.

FILOCLEÓN.

O la muerte canina si se le prueba.

BDELICLEÓN.

Aquí está Labes el acusado.

FILOCLEÓN.

¡Ah, maldito! ¡Qué traza de ladrón tienes! ¿Si creerá que me va a engañar apretando los dientes?

BDELICLEÓN.

¿Dónde está el querellante, el perro cidatenense?[136]

EL PERRO.

¡Guau! ¡Guau!

BDELICLEÓN.

Aquí está.

FILOCLEÓN.

Ese es otro Labes, bueno solo para ladrar y lamer ollas.

BDELICLEÓN[137] (_Haciendo de heraldo_).

Calla y siéntate. Tú (_A Jantias_), sube y acusa.

FILOCLEÓN.

Vamos, en tanto voy a servirme y sorberme las lentejas.

JANTIAS (_Acusador_).

Ya habéis oído, oh jueces, el escrito de acusación que he presentado contra Labes: ha cometido contra mí y los marinos la más indigna felonía; se metió en un rincón oscuro, robó un enorme queso de Sicilia, y atracándose en las tinieblas...[138]

FILOCLEÓN.

Basta, basta; el hecho está probado: el gran canalla acaba de soltar junto a mis narices un eructo que apesta a queso.

JANTIAS.

...Se negó a darme la parte que le pedía. Ahora bien; ¿podrá prestaros servicio alguno quien no da nada a vuestro perro leal?

FILOCLEÓN.

¿No ha dado nada?

JANTIAS.

¡Nada a mí, a su compañero!

FILOCLEÓN.

Se conoce que el mozo tiene los cascos tan calientes como estas lentejas.

BDELICLEÓN.

Por favor, padre mío; no sentencies antes de haber escuchado a los dos.

FILOCLEÓN.

Pero, querido, si la cosa está clara; si está clamando justicia.

JANTIAS.

No le absolváis: es el perro más egoísta y voraz; recorre en un instante todo el molde de un queso, y se engulle la costra que le recubre.[139]

FILOCLEÓN.

Ni siquiera me ha dejado con que cerrar las grietas de mi urna.

JANTIAS.

Castigadle; una sola casa no puede mantener dos ladrones; yo no quiero ladrar con el estómago vacío; castigadle, pues, o dejaré de ladrar.

FILOCLEÓN.

¡Oh! ¡Oh! ¡Cuántas maldades! El mozo es ladrón de veras. ¿No te parece lo mismo, gallo mío? ¡Ah! sí, se adhiere a mi opinión. ¡Eh, tesmoteta! ¿Dónde estás? Dame el bacín.

BDELICLEÓN.

Cógelo tú, que yo estoy llamando los testigos. Testigos de Labes, compareced: son un plato, una mano de mortero, un cuchillo, unas parrillas, una olla y otros utensilios medio quemados. ¿Acabas de hacer aguas? ¿O no vas a sentarte nunca?

FILOCLEÓN.

Aún no; pero creo que ese pasará hoy a mayores.[140]

BDELICLEÓN (_A Filocleón_).

¿Serás siempre duro o intratable con los reos? ¿Cebarás siempre en ellos tu furor? (_Al acusado._) Sube y defiéndete. ¿Por qué te callas? Habla.

FILOCLEÓN.

Parece que no tiene nada que alegar.

BDELICLEÓN.

Sí que tiene, pero se me figura que le pasa lo que a Tucídides[141] en otra ocasión, cuando la sorpresa le cerró la boca. Retírate: yo me encargo de tu defensa. Ya comprenderéis, oh jueces, lo comprometido que es defender a un perro acusado de crimen tan atroz. Hablaré no obstante. En primer lugar, es valiente y ahuyenta los lobos.

FILOCLEÓN.

Pero es ladrón y conspirador.

BDELICLEÓN.

No, por Júpiter; es el mejor de los perros, capaz de guardar el rebaño más numeroso.

FILOCLEÓN.

¿Qué importa si se come el queso?

BDELICLEÓN.

Pero en cambio te defiende, te guarda la puerta, y tiene otras inmejorables cualidades. Si cometió algún hurto, hay que perdonárselo. ¿No ves que es un ignorantón que ni aun tocar la lira sabe?

FILOCLEÓN.

¡Ojalá tampoco supiera escribir! Así no hubiera redactado su defensa.

BDELICLEÓN.

Oye, honrado juez, a mis testigos. Acércate, buen cuchillo, y declara en voz alta. Tú eras entonces pagador. Responde claro. ¿No partiste las porciones que debían ser distribuidas a los soldados? — Dice que sí las partió.

FILOCLEÓN.

Pues miente el bellaco.

BDELICLEÓN.

¡Oh compasivo juez, ten piedad de su infortunio! El infeliz Labes siempre come espinas y cabezas de pescados; no para un momento en un sitio: ese otro solo sirve para guardar la casa,[142] y ya sabe lo que se hace; así reclama una parte de todo lo que traen, y al que no se la da, le clava el diente.

FILOCLEÓN.

¡Ah, estoy enfermo! ¡Se me figura que blandeo! ¡Oh desgracia! ¡Yo enternecido!

BDELICLEÓN.

Yo te lo ruego, padre mío, compadeceos de él, no le condenéis.[143] ¿Dónde están sus hijos? Acercaos, infelices. Aullad, suplicad, llorad sin consuelo.

FILOCLEÓN.

Baja, baja, baja, baja.[144]

BDELICLEÓN.

Bajaré, aunque esa palabra «baja» ha engañado a muchos. No obstante, bajaré.

FILOCLEÓN.

¡Vete al infierno! ¿Por qué habré comido esas lentejas? ¿Pues no he llorado? Creo que esto no me hubiera sucedido si no me hubiera atracado de esas malditas lentejas.

BDELICLEÓN.

¿Será, pues, absuelto?

FILOCLEÓN.

No he dicho tal cosa.

BDELICLEÓN.

Vamos, padrecito mío, sé más humano. Coge tu voto; da un paso atrás; échalo en la segunda urna,[145] cerrando un poco los ojos. Absuélvelo, padre mío.

FILOCLEÓN.

No: tampoco yo sé tocar la lira.

BDELICLEÓN.

Ven, te llevaré yo mismo.

FILOCLEÓN.

¿Es esta la primera urna?[146]

BDELICLEÓN.

Esa.

FILOCLEÓN.

Pues aquí echo mi voto.

BDELICLEÓN.

Cayó en el lazo, y lo absolvió sin saberlo.[147]

FILOCLEÓN.

Veamos; vuelve la urna. ¿Cuál es el resultado?

BDELICLEÓN.

Míralo. Labes, has sido absuelto. Padre, padre, ¿qué te pasa? ¡Agua, agua! vamos, recóbrate.

FILOCLEÓN.

Dime, ¿de veras ha sido absuelto?

BDELICLEÓN.

Sí.

FILOCLEÓN.

¡Ah, soy perdido!

BDELICLEÓN.

Valor, padre mío, no te aflijas.

FILOCLEÓN.

¿Cómo podré resistir la pena de haber absuelto a un criminal? ¿Qué va a ser de mí? ¡Oh santos dioses, perdonadme; lo hice a pesar mío; esa, ya lo sabéis, no es mi costumbre!

BDELICLEÓN.

No lo tomes tan a pecho, padre mío; yo te daré una vida regalada; te llevaré a cenas y convites; vendrás conmigo a todas las fiestas, y pasarás dulcemente el resto de tu existencia: ya no se burlará de ti Hipérbolo. Pero entremos.

FILOCLEÓN.

Haz lo que gustes.

* * * * *

CORO.

Id alegres a donde queráis. Escuchad, en tanto, innumerables espectadores, nuestros prudentes consejos, y procurad que no caigan en saco roto: esa falta es propia de un auditorio ignorante; vosotros no la podéis cometer.[148]

Ahora, si amáis la verdad desnuda y el lenguaje sin artificios, prestadme atención, oh pueblo. El poeta quiere haceros algunos cargos. Está quejoso de vosotros, que antes le acogisteis tan bien, cuando imitando unas veces al espíritu profético oculto en el vientre de Euricles,[149] hizo que otros poetas os presentasen muchas comedias suyas,[150] y afrontando otras cara a cara el peligro dirigió por su mano sin ajeno auxilio los vuelos de su Musa. Colmado por vosotros de gloria y honores, como ningún otro vate, no creyó, sin embargo, haber llegado a la cúspide de la perfección, ni se enorgulleció por ello, ni recorrió las palestras para corromper a la juventud deslumbrada por sus triunfos.[151] Noblemente resuelto a que las Musas que le inspiran no desciendan jamás al oficio de viles alcahuetas, ha desoído las reclamaciones del amante, quejoso de ver ridiculizado el objeto de su torpe pasión. Ya en el extremo de su carrera dramática no luchó con hombres, sino que manejando intrépido la clava de Hércules, hubo de atacar a los mayores monstruos. Principió[152] por acometer audazmente a aquella horrenda fiera, de dientes espantosos, ojos terribles, flameantes como los de Cinna,[153] rodeado de mil infames aduladores que a porfía le lamen la cabeza; de voz estruendosa como la de destructor remolino; de olor a foca y de partes secretas, que por lo inmundas recuerdan las de los camellos[154] y las lamias.[155] A la vista de semejante monstruo el miedo no le arrancó regalos para apaciguarle; al contrario, sintió aumentarse su valor para defenderos. Así, el año último dirigió de nuevo sus ataques contra esos vampiros[156] que, pálidos, abrasados por incesante fiebre, estrangulaban en las tinieblas a vuestros padres y abuelos, y acostados en el lecho de los ciudadanos pacíficos enemigos de cuestiones, amontonaban sobre ellos procesos, citaciones y testigos, hasta el punto de que muchos acudieron aterrados al Polemarca.[157] Esto no obstante, el año pasado abandonasteis al denodado defensor que puso todo su ahínco en purgar de tales males a la patria, y le abandonasteis precisamente cuando sembraba pensamientos de encantadora novedad, cuyo crecimiento impedisteis por no haberlos comprendido bien;[158] el autor, sin embargo, jura a menudo entre estas libaciones a Baco, que jamás oísteis versos cómicos mejores que los suyos. Vergonzoso es que no entendieseis de seguida su intención profunda; pero al poeta le consuela el no haber desmerecido en la opinión de los doctos, aunque se haya estrellado su esperanza por vencer en audacia a sus rivales.

En adelante, queridos atenienses, amad y honrad más a los poetas que procuran deleitaros con nuevas invenciones: recoged sus pensamientos y guardadlos en vuestras arcas como manzanas olorosas. Si así lo hiciereis, vuestros vestidos exhalarán todo el año un suave perfume de sabiduría.

En otro tiempo éramos infatigables en la danza, infatigables en la guerra, infatigables, sobre todo, en las lides amorosas. ¡Todo, todo ha pasado! La blancura de nuestros cabellos vence ya a la del cisne; fuerza será, sin embargo, reanimar en estos restos el vigor juvenil; pues mi vejez, según creo, vale más que los rizos, adornos y disolutas costumbres de muchos jovenzuelos.

Espectadores: si alguno de vosotros se asombra al vernos vestidos de avispas y no comprende el objeto de nuestro aguijón, fácilmente disiparé su ignorancia. Nosotros, a quienes veis así armados por detrás, somos la gente ática única verdaderamente noble y autóctona; raza valerosísima que tan insignes servicios prestó a la república cuando el bárbaro, ganoso de arrojarnos de nuestras colmenas, invadió este territorio llevando delante de sí el incendio y la desolación. Al punto corrimos a su encuentro, y armados de escudo y lanza,[159] le atacamos. La ira hervía en nuestros pechos; nos tocábamos hombre con hombre; nos mordíamos los labios de coraje, y una nube de dardos oscurecía el cielo:[160] por fin, con ayuda de los Dioses los derrotamos a la caída de la tarde. Antes del combate una lechuza había pasado sobre nuestro ejército.[161] Después les perseguimos, clavándoles nuestro aguijón como furiosos tábanos; ellos huían y nosotros les picábamos las mejillas y la frente; así es que para los bárbaros nada hay ya tan temible como la avispa ática.

Terribles éramos en aquel tiempo: nada nos amedrentaba: a bordo de las trirremes exterminamos los enemigos. No nos cuidábamos entonces de perorar elegantemente, ni de calumniar a nadie; toda nuestra ambición se cifraba en ser el mejor remero. De este modo ganamos a los persas muchas ciudades.[162] Y a nuestro valor se deben principalmente esos tributos que hoy derrochan los jóvenes.[163]

Si nos miráis con detención, observaréis que somos semejantes a las avispas en nuestras costumbres y modo de vivir. En primer lugar, cuando se nos irrita no hay animal más colérico e intratable; y en todo lo demás hacemos lo que ellas. Reunidos en enjambres nos repartimos en diferentes avisperos: unos vamos a juzgar con el Arconte,[164] otros al Odeón,[165] otros con los Once,[166] y otros, pegados a la pared[167] con la cabeza baja y sin moverse apenas, nos parecemos a las larvas encerradas en su capullo. El procurarnos la subsistencia nos es sumamente fácil, pues nos basta para ello picar al primero que se presenta. Pero hay entre nosotros zánganos desprovistos de aguijón, que se comen sin trabajar el fruto de nuestros afanes. Y es doloroso, ciudadanos, que quien nunca peleó, quien nunca se hizo una ampolla manejando el remo o la lanza en defensa de la república, se apodere así de nuestro salario. Por tanto, opino que en adelante quien no tenga aguijón no cobre el trióbolo.

* * * * *

FILOCLEÓN.

No, jamás mientras viva dejaré de llevar este manto, al que debí la salvación en aquella batalla cuando el Bóreas se desencadenó furioso.[168]

BDELICLEÓN.

¿No deseas tu comodidad?

FILOCLEÓN.

¡Por vida de Júpiter, no hay más que hacerse hermosos trajes! El otro día me ensucié tanto atracándome de peces fritos, que tuve que pagar tres óbolos al quita-manchas.

BDELICLEÓN.

Una vez que te has puesto en mis manos, ensaya este nuevo género de vida, y déjame cuidarte.

FILOCLEÓN.

Bueno, ¿qué quieres que haga?

BDELICLEÓN.

Quítate ese manto ordinario, y ponte en su lugar este más fino.

FILOCLEÓN.

Valía la pena de engendrar y criar hijos para que este pretenda ahora asfixiarme.[169]

BDELICLEÓN.

Ea, póntelo y calla.

FILOCLEÓN.

Por los dioses, ¿qué especie de vestido es este?

BDELICLEÓN.

Unos le llaman pérsida, otros pelliza.[170]

FILOCLEÓN.

Yo creí que era una manta[171] de las que hacen en Timeta.

BDELICLEÓN.

No es extraño; como nunca has ido a Sardes. Si no, ya la hubieras conocido.

FILOCLEÓN.

¿Yo? No, por Júpiter; pero se me figura que a lo que más se parece es al saco peludo de Móricos.[172]

BDELICLEÓN.

Ni por pienso: esto se teje en Ecbatana.

FILOCLEÓN.

¿Hay, pues, allí intestinos de lana?

BDELICLEÓN.

No, hombre, no, esto lo fabrican los bárbaros sin perdonar gasto. Quizá en esta túnica haya entrado un talento de lana.

FILOCLEÓN.

Entonces debía llamársela _pierde-lana_, más bien que pelliza.

BDELICLEÓN.

Vamos, padre mío, estate quieto un instante y póntela.

FILOCLEÓN.

¡Oh! ¡Qué calor tan horrible me da esta maldita túnica!

BDELICLEÓN.

¿Te la pones o qué?

FILOCLEÓN.

No, por piedad; prefiero, si es preciso, que me metas en un horno.

BDELICLEÓN.

Vamos, ya te la pondré yo: ven acá.

FILOCLEÓN.

Coge siquiera ese gancho.

BDELICLEÓN.

¿Para qué?

FILOCLEÓN.

Para sacarme antes de que me derrita.

BDELICLEÓN.

Quítate esos infames zapatos, y ponte este calzado lacedemonio.

FILOCLEÓN.

¡Cómo! ¡Yo sufrir en mis pies unos zapatos hechos por mis enemigos!

BDELICLEÓN.

Entra el pie y aprieta firme a la suela lacedemonia.

FILOCLEÓN.

No está bien que me obligues a poner el pie en suelo enemigo.

BDELICLEÓN.

Entra ahora el otro.

FILOCLEÓN.

De ninguna manera: uno de estos dedos aborrece a los lacedemonios como el que más.

BDELICLEÓN.

No hay otro remedio.

FILOCLEÓN.

¡Infeliz de mí, no voy a tener sabañones en la vejez!

BDELICLEÓN.

Vamos pronto; ahora imita el paso afeminado y muelle de los ricos... Así, como yo.

FILOCLEÓN.

Sea. Di, ¿a quién de los ricos me parezco más en el andar?

BDELICLEÓN.

¿A quién? A un divieso cubierto de un emplasto de ajos.[173]

FILOCLEÓN.

¡Ah, cuánto deseo pasear moviendo las caderas!

BDELICLEÓN.

Veamos otra cosa: ¿sabrás seguir una conversación seria delante de hombres doctos y bien educados?

FILOCLEÓN.

Sí por cierto.

BDELICLEÓN.

¿De qué hablarás?

FILOCLEÓN.

De muchas cosas. Primero, de cómo Lamia, al verse cogida, produjo un ruido sospechoso.[174] Después, de cómo Cardopión[175] y su madre...

BDELICLEÓN.