Comedias, tomo 1 de 3

Part 3

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Así es que de las once comedias que de él se han conservado, unas son predominantemente políticas, como _Los Acarnienses_, _Los Caballeros_, la _Lisístrata_ y _La Paz_, y se refieren a la guerra del Peloponeso, aconsejan su terminación y atacan rudamente a los ambiciosos demagogos que conseguían captarse el aura popular; otras, como _Las Avispas_, _Las Junteras_ y el _Pluto_, van dirigidas con especialidad contra abusos introducidos en la interna administración de la república por la viciosa organización de los tribunales y las discusiones de la ágora, y tratan de atajar el mal que la predicación de ciertas utopías filosóficas podían llegar a producir; otras, como _Las Fiestas de Ceres_ y _Las Ranas_, son verdaderas sátiras literarias en las cuales el poeta trata de contener la decadencia del arte trágico, iniciada en Eurípides y Agatón; otras, en fin, como _Las Nubes_ y _Las Aves_, atacan la viciosa educación que a la juventud daban los sofistas, o presentan, en el cuadro más animado y pintoresco que ha podido crear la humana fantasía, una especie de resumen de cuantos vicios, abusos y ridiculeces son objeto de especial censura en las demás.

Mas para salir victorioso en esta gigantesca lucha contra la injusticia, las preocupaciones y el error, el poeta hubo de acudir a todos los resortes de su ingenio, y doblegarse a la dura necesidad de dar gusto lo mismo a la parte más sensata de su auditorio, que era naturalmente la menor, que a la multitud ignorante, grosera y afiliada por añadidura a un partido contrario al que Aristófanes se creía obligado a defender. Por eso, sin duda, y teniendo además presente la derrota de Cratino, expulsado del teatro por no haber sazonado su comedia con los inmundos chistes que eran de rigor, nuestro poeta mancha con excesiva frecuencia el espléndido ropaje de su Musa con impúdicas sales, licenciosos cuadros, frases malsonantes, equívocos bajos y pueriles, y recursos escénicos de pésimo gusto y mala ley. Al decir esto, no pretendemos defenderle a fuer de ciegos apologistas; pero sí creemos oportuno advertir, como circunstancia que atenúa notablemente la gravedad de esas faltas, que más que del poeta son de la corrompida sociedad y de la época en que vivió, a la cual, si le indignase el verse pintada tan al vivo y con tan repugnantes colores, pudiera decirse con Quevedo:

Arrojar la cara importa, Que el espejo no hay por qué.

Pues es de notar que entre los méritos que, aparte de los literarios, hacen sobremanera interesante el teatro de Aristófanes, figura en primera línea el de ser un verdadero retrato de la república ateniense en el interesante período de la guerra del Peloponeso, así como el más completo monumento que de las costumbres griegas nos ha legado la antigüedad. Y tan exacto es esto, que se cuenta que deseando Dionisio el Joven conocer a fondo la situación de Atenas, el divino Platón le envió como el libro más adecuado las comedias de Aristófanes; y en nuestros días, para citar un solo testimonio entre mil, el docto Macaulay[29] las prefiere para igual objeto a las admirables historias de Tucídides y Jenofonte.

Entiéndase, por supuesto, que al utilizar los dramas de Aristófanes como documentos históricos, hay que proceder con la necesaria discreción para prescindir de todas aquellas exageraciones, errores y aun calumnias en que el espíritu de partido, la enemistad personal, el amor propio lastimado y otras debilidades humanas hicieron incurrir al poeta, especialmente al ocuparse de Lámaco, Cleón, Eurípides y Sócrates.

Pues aunque Aristófanes, según él mismo dice y manifiesta, creía obrar siempre a impulsos de un pensamiento generoso, como no era ni un sabio ni un santo, no pudo librarse en todas sus censuras del ofuscamiento de las pasiones y el error. Por eso confundió lastimosamente a Sócrates con aquella muchedumbre de sofistas, corruptores del arte y de la moral y peligrosos maestros de la juventud, y envolviéndole quizá en el profundo aborrecimiento que sentía contra Eurípides, de quien el ilustre filósofo fue amigo, le escarneció en _Las Nubes_, sembrando las calumnias que veinticuatro años más tarde sirvieron de base a su condenación. Fue esta una falta de que no habremos de disculparle, por más que ni seríamos los primeros, ni faltarían razones sólidas que alegar; pero creemos sumamente injusto el que algunos críticos, haciendo solidarios los errores del hombre con los del literato, se ensañen por este motivo contra Aristófanes hasta el punto de negarle, por decirlo así, el pan y la sal, y tratar de expulsarle ignominiosamente del Estado de las letras, sin darle siquiera aquella honorífica corona que Platón concedía a los vates al desterrarlos de su república ideal.

Al hacer esta indicación, bien se comprenderá que nos referimos especialmente a Plutarco[30], que en su violenta diatriba contra Aristófanes en parangón con Menandro, punto de partida de muchas críticas posteriores, aparte de comparar la poesía aristofánica a una vieja e hipócrita ramera, tan insoportable a las personas sensatas como a la más abyecta multitud, llega hasta motejar su estilo, desconociendo aquel aticismo seductor, encanto de San Juan Crisóstomo, y en cuyo honor compuso Platón, autoridad nada sospechosa en la materia, el sabido dístico en que se hace del alma de Aristófanes el indestructible santuario de las Gracias.

Se necesita, en efecto, todo el apasionamiento y ceguedad del autor de un tratado sobre la _Malignidad de Heródoto_ para negar al lenguaje de Aristófanes esa magia indescriptible, ese perfume delicioso que se percibe todavía a pesar del trascurso de tantos siglos, raro conjunto de elocución sublime y familiar, de elegancia y rudeza, de giros graciosísimos mezclados a palabras de incomensurables dimensiones, siempre exacto, puro, flexible, conciso y espontáneo, y siempre encajado por decirlo así, en la pauta de una versificación rica, variada, armoniosa e irreprochable.

Mucho pudiéramos decir todavía sobre el Teatro de Aristófanes y los encontrados juicios a que ha dado lugar, pero creemos que las observaciones apuntadas bastan para preparar el ánimo del que emprenda la lectura de sus comedias con la imparcialidad debida. Solo nos resta, pues, reclamar mucha indulgencia para nuestra traducción, que por ser nuestra y la primera que aparece en lengua castellana, necesariamente debe adolecer de infinitos defectos. Al hacerla hemos seguido el texto de Aristófanes, corregido por Dindorf y publicado en 1867 por Fermín Didot en su _Bibliotheca græca_, habiendo tenido también a la vista, entre otros trabajos, las ediciones de Brunck (Londres, 1823), Boissonade (París, 1826) y Bergk (Leipzig, 1867). Para las notas, que necesariamente han de abundar en un autor todo alusiones, parodias y alegorías, hemos acudido principalmente a los escolios griegos, procurando apartarnos en ellas de todo cuanto pudiera parecer de mera erudición. Y finalmente, en la versión hemos procurado ceñirnos todo lo posible a la letra, adecentando a menudo con el velo de la perífrasis sus obscenas desnudeces, y poniendo al pie la interpretación latina de Brunck, excepto en aquellos pasajes, poco frecuentes por fortuna dadas las costumbres griegas, en que lo nefando del vicio nos ha obligado a suprimirlos o a dejarlos en el idioma original.

LOS ACARNIENSES.

NOTICIA PRELIMINAR.

Cuando se representaron _Los Acarnienses_, hacía ya seis años que la guerra llamada del Peloponeso tenía en conflagración toda la Grecia, y, sembrando por doquiera la discordia, la desolación y la muerte, anulaba el resultado de los épicos combates de Maratón, Salamina y las Termópilas, y preparaba sensiblemente la ruina de la nacionalidad helena. No siendo preciso a nuestro propósito el entrar en minuciosos detalles sobre el particular, remitimos a los que deseen conocerlos a las obras de Tucídides, Diodoro Sículo, Plutarco y otros[31], donde podrán satisfacer su curiosidad cumplidamente, y nos limitaremos a espigar en el vasto campo de sus escritos las noticias más necesarias para la ilustración de _Los Acarnienses_.

Algunos jóvenes de Atenas, después de haberse embriagado jugando al cótabo, se dirigieron a Megara y robaron a la cortesana Simeta. Los Megarenses, en revancha, arrebataron a Aspasia dos de sus más íntimas amigas[32]. Entonces Pericles, cediendo a las instigaciones de la hermosa y discreta _hetaira_, y más que todo, a la necesidad de sostenerse en el poder por medio de una guerra que le hiciese indispensable y distrajera a los atenienses, hizo aprobar el célebre decreto que castigaba con la pena capital a todo ciudadano de Megara que fuese cogido dentro del territorio del Ática. Los megarenses solicitaron, pero inútilmente, la derogación de este decreto, y vanas fueron también las reclamaciones hechas por los lacedemonios. Pericles se opuso con toda su influencia, y el decreto no se derogó. Tal fue el pretexto de aquella guerra funesta; pretexto decimos, porque la verdadera causa que la hizo completamente inevitable fue, como apunta el perspicaz Tucídides[33], el recelo y justificado temor que a los lacedemonios inspiraba el siempre creciente poderío de Atenas. No dejaba de haber, sin embargo, entre ambas repúblicas otros poderosos motivos de resentimiento; pero Plutarco[34] da por seguro que los espartanos jamás se hubieran puesto a la cabeza de la liga, si el decreto contra Megara hubiera sido revocado, estando acorde en este punto con lo que Aristófanes dice en su comedia.

La mayoría de los atenienses, acostumbrados a vivir hasta entonces en el campo con esa independencia, abundancia y libertad que hacen la vida rústica tan agradable, viéronse obligados a buscar un refugio en la capital con sus mujeres e hijos, enviando sus ganados a la Eubea, y abandonando sus hogares y tierras cuando apenas habían concluido de repararse los estragos causados por las recientes guerras médicas. «Desamparaban llenos de dolor, dice Tucídides[35], las habitaciones y los templos a los cuales una larga posesión parecía ligarles; y al renunciar a su modo de vivir, creían dar un adiós eterno a su pueblo nativo.» La pena que naturalmente les hizo experimentar la concentración se exacerbaba cada día por lo incómodo de los alojamientos que en Atenas pudieron proporcionarse. «Muy pocos, dice el historiador citado[36], hallaron acogida en las casas de sus amigos y parientes; los más se establecieron en los sitios deshabitados de la ciudad, en los lugares consagrados a los dioses y a los héroes, en todas partes, en fin, excepto en la acrópolis, el Eleusinion[37], y otros recintos sólidamente cerrados. El mismo Pelasgicón[38], a pesar del oráculo que a su ocupación se oponía, fue también invadido, e igualmente las torres de las murallas.» Todo esto no era suficiente, sin embargo, para la inmensa afluencia de refugiados, y la mayor parte vivían mezquina y desastrosamente faltos de aire y de luz, sujetos a todo género de privaciones y miserias[39], y expuestos más tarde al furor de la espantosa peste que repetidas veces desoló a Atenas durante el decurso de la guerra. La influencia de esta, como no podía menos, dejose muy pronto sentir, introduciendo perturbaciones en el orden político y social. La discordia tiranizaba las ciudades; todo eran disensiones y atroces venganzas; las ambiciones más bajas y viles tenían espacio abierto donde tender las alas; la codicia era causa y ocasión de enriquecerse en los frecuentes tumultos; la calumnia estaba segura de ser oída y aceptada, no menos que la audacia irreflexiva o criminal de conseguir el favor de la desenfrenada muchedumbre; y a tal extremo llegaron el desorden y la perversión, que se cambió arbitrariamente la acepción de las cosas y palabras. «La inconsiderada temeridad se tuvo por valor a toda prueba; la calma prudente por hipócrita cobardía; la moderación por pretexto de timidez; y una inteligencia poco común por una grande inercia. El ciego arrojo fue el distintivo del valiente; la circunspección, un especioso subterfugio. Al hombre violento se le consideraba como el más seguro; y al que se le oponía, como sospechoso. El colmo de la habilidad era tender asechanzas a sus enemigos, y sobre todo el eludirlas, y en cambio, al que rehuía tan bajos medios se le acusaba de traidor y pusilánime. Los vínculos de la sangre eran más débiles que el espíritu de partido, este, en efecto, ligaba más fuertemente a los hombres, por lo mismo que sus asociaciones no se pactaban bajo el amparo de la ley sino con miras culpables, y en vez de estar sancionadas por el santo temor de los dioses, tenían su sola salvaguardia en la participación del crimen. Se estimaba en más el vengar una ofensa que el no haberla recibido. Los juramentos de paz solo tenían una fuerza transitoria que duraba lo que la necesidad que los había arrancado; en cuanto se ofrecía ocasión no había reparo en atacar al enemigo indefenso, prefiriéndose la vil traición al noble y descubierto combate. Manantial de todos estos males fue el afán de dominar instigado por la codicia y la ambición, envenenado después por las pasiones, despertadas al grito de la rivalidad. Los jefes de partido ostentaban en sus banderas, unos la igualdad de derechos, otros una aristocracia moderada; pero, bajo la máscara del bien general, solo trataban de suplantarse mutuamente. Daban rienda suelta a sus deseos y rencores, y sin más ley que el propio arbitrio, menospreciaban la justicia y el bien común. Llegados al poder, satisfacían sus odios personales a fuerza de sentencias inicuas y descaradas violencias. Ninguno respetaba la buena fe: el dios éxito era el único en cuyos altares se sacrificaba; y el perpetrador de algún negro delito, como supiera encubrirlo con apariencias de honradez, podía estar seguro de la pública estimación. En cambio, los ciudadanos que se mantenían apartados de la política, sucumbían al furor de ambos partidos, ya por negarse a tomar parte en la lucha, ya por envidia a su tranquilidad[40].»

Tan aflictiva situación veíase además sobremanera agravada, de un lado por la escasez y carestía que se dejaba sentir como era natural después de la devastación del territorio del Ática y el consiguiente abandono de las tareas agrícolas, y de otro por una segunda invasión de la peste que debilitó extraordinariamente a Atenas, arrebatándole cuatro mil cuatrocientos hoplitas, trescientos caballeros, e incalculable número de los demás habitantes[41]. Además, las esperanzas fundadas en alianzas con reyes extranjeros habían menguado mucho, y aun no pocas se habían desvanecido por completo, visto el ningún resultado práctico de las negociaciones entabladas con Sitalces, rey de Tracia, casado con una hermana de Ninfodoro de Abdera, y con los monarcas de Persia y Macedonia. Y para colmo de males, la sabia y moderada influencia de Pericles, víctima de la peste a los dos años y medio de la guerra, se veía sustituida por la del demagogo Cleón, hombre de baja estofa, orador violento y audaz, ídolo entonces del populacho ateniense, cuyos bélicos instintos halagaba incesantemente, excitándole además contra todos aquellos ciudadanos que podían oponerse legítimamente a su poder.

En tal estado de cosas, las gentes honradas y pudientes, hartas de ser juguete de ambiciosos e intrigantes, compadecidas de la miseria pública, previendo el desastroso efecto de la guerra, cualquiera que fuese el vencedor, desconfiando del envío de auxilios extranjeros, anhelando la tranquilidad y el sosiego, se pronunciaron abiertamente por la paz. Aristófanes, haciéndose eco de tales sentimientos, compuso entonces _Los Acarnienses_, comedia cuyo objeto es demostrar las ventajas de la paz, y la conveniencia de reconciliarse con Lacedemonia.

El título de esta pieza, Ἀχαρνῆς, viene de _Acarna_ (Ἀχάρνα), demo del Ática, cuyos moradores, toscos y robustos, ejercían en su mayor parte el oficio de carboneros. No sin razón escogió Aristófanes el coro entre los ancianos de aquella comarca, pues además de estar dotados del belicoso humor que le convenía para el contraste, el territorio de Acarna fue de los primeros invadidos, hasta el punto que Arquidamo, rey de Lacedemonia, contaba con la exasperación de sus habitantes para obligar a los atenienses a una decisiva batalla en los principios de la guerra del Peloponeso. «Creía, en efecto, al tomar posiciones junto a Acarna, que suministrando sus moradores al Estado hasta tres mil hoplitas, no dejarían asolar impunemente su territorio y arrastrarían a todos al combate, o que una vez tolerada la devastación no pondrían igual empeño en defender las haciendas ajenas después de la ruina de las propias[42].» El plan de Arquidamo era acertadísimo. Solo el tacto exquisito de Pericles pudo contener a los acarnienses y evitar el que en una sola partida se decidiese la suerte de Atenas.

Los acarnienses, pues, habían sido los más castigados por la guerra: seis años hacía que habían abandonado sus fértiles campos cubiertos de viñedos y los frondosos bosques donde ejercían la industria carbonera. No fue sin motivo, por consiguiente, el elegirlos para formar el coro en una comedia cuyo fin era aconsejar la paz, y el sacar de entre ellos el protagonista.

Diceópolis, identificado, como indica su nombre (δíκαιος, _justo_, πóλις, _ciudad_), con la idea de lo que debe ser una república bien administrada, acude al lugar de la Asamblea decidido a promover una discusión sobre la conveniencia de la paz. A pesar de lo grave de la situación de Atenas, encuentra el Pnix desierto, y distingue a los ciudadanos y a los pritáneos muy distraídos en la ágora con pláticas insustanciales. El buen viejo recuerda con amargura su vida pasada y su situación presente, y se confirma más y más en sus proyectos pacíficos. Ábrese al fin la sesión, y Anfiteo, que usa el primero la palabra, en cuanto propone la paz con Lacedemonia es arrojado de la Asamblea. Preséntanse después los embajadores de Atenas al rey de Persia, acompañados de Pseudartabas, el _Ojo del Rey_, y luego Teoro, enviado a la corte de Sitalces, rey de Tracia. Diceópolis descubre sus farsas y mentiras, y exasperado por el robo de su frugal desayuno y la ineficacia de sus esfuerzos, hace levantar la sesión y encarga a Anfiteo que pacte para él y su familia una tregua particular con los lacedemonios.

A su vuelta de Esparta, Anfiteo es sorprendido y perseguido por un grupo de ancianos acarnienses, y sin tiempo más que para entregar a Diceópolis su tratado, huye precipitadamente. El furioso tropel encuentra a Diceópolis cuando se disponía a solemnizar con un sacrificio su regreso al campo. La bilis acarniense, _inflamable como una encina seca_, se desata contra él y tratan de matarle a pedradas; pero el astuto viejo les contiene amenazando hundir su puñal en el seno de un inocente saco de carbón. Los acarnienses, enternecidos por la desgracia que amenaza a un compañero querido, admiten parlamento. Diceópolis, comprendiendo lo apurado del trance, acude a Eurípides en busca de un traje a propósito para producir el patético. El poeta trágico accede benévolo a las súplicas del viejo socarrón, y le da a elegir los andrajos de Eneo, Fénix, Filoctetes y Belerofonte. Diceópolis escoge por último los de Telefo, que en el guardarropa de Eurípides se hallaban entre los de Ino y Tiestes. Con su disfraz de mendigo heroico, arenga al coro Diceópolis y logra convencer a varios de sus compatriotas de que no todas las injusticias han sido cometidas por los lacedemonios. El resto del coro, indignado, llama en su auxilio a Lámaco, general ateniense, que es también blanco de las burlas de Diceópolis. Este acaba por abrir su mercado a megarenses y beocios, con los cuales estaba entonces prohibida toda relación mercantil. Llega un megarense y da a conocer la espantosa miseria a que su país estaba reducido. Obligado por el hambre, se propone vender sus dos hijas disfrazándolas al efecto de puercos, lo cual da lugar a una multitud de equívocos maliciosos. Un sicofanta o delator sobreviene durante la corta ausencia del protagonista, que al fin le obliga a callarse. Acude luego un beocio, inundando el mercado de todo género de comestibles, legumbres, caza, aves, anguilas y otros deliciosos manjares de que hacía tiempo estaba privada Atenas. La venta es interrumpida por Nicarco, otro delator, que acaba por ser empaquetado como una vasija en castigo de su insolencia. Diceópolis, hechas sus provisiones, se prepara a celebrar alegremente la fiesta de las Copas. Un sirviente de Lámaco, que se presenta a comprar para su dueño algunos tordos y anguilas, es rechazado entre graciosas burlas; pero la petición de una recién casada es benévolamente acogida. El coro pondera las ventajas de la paz y la felicidad de Diceópolis, y un afligido labrador contribuye a ponerlas de relieve con la relación de sus miserias. En esto, una repentina invasión obliga a Lámaco a partir, no obstante lo crudo del temporal. Con tal motivo hay una graciosísima escena abundante en contrastes cómicos entre los preparativos guerreros de Lámaco y los aprestos culinarios de Diceópolis. Parten por fin ambos y vuelven a poco, el primero herido y magullado, arrojando lastimeros gritos, y el segundo sostenido por dos lindas muchachas, bien comido y bien bebido. Por último, las lamentaciones del asendereado general son ahogadas por las aclamaciones del coro en honra de Diceópolis, dichoso vencedor en la fiesta de las Copas.

Esta comedia es una de las más notables de Aristófanes y la tercera que compuso, según la más acreditada opinión que la coloca después de _Los Detalenses_ y _Los Babilonios_[43]. En toda ella se observa una alegría siempre creciente, y verdadera plétora de aquellas sales áticas que tan sabrosa hacen la poesía aristofánica. Las escenas entre Eurípides y Diceópolis y este y Lámaco son de mano maestra en su género, como el lector podrá juzgar por sí mismo, a pesar de lo mucho que con la traducción se desfigura. La pintura viva y animada de las ventajas de la paz debió sin duda hacerla apetecible a los más belicosos. Pero el carácter inconstante y voluble, que Aristófanes echa en cara a los atenienses, hizo sin duda ineficaces sus saludables consejos. ¡Tanta influencia ejercía entonces hasta sobre ciudadanos víctimas de los horrores de la guerra la audaz y arrebatada oratoria de los demagogos!

Esta comedia se representó el año 425 antes de Jesucristo, como lo indican varios pasajes de la misma[44]. Calístrato estuvo encargado del papel de Diceópolis, y la representación tuvo lugar en las fiestas Leneas, que se celebraban en el mes Gamelión (enero-febrero) y ofrecían la particularidad de no admitirse extranjeros a sus espectáculos.

PERSONAJES.

DICEÓPOLIS.

UN HERALDO.

ANFITEO.

UN PRITÁNEO.

EMBAJADORES DE ATENAS, de regreso de Persia.

PSEUDARTABAS.

TEORO.

CORO DE ACARNIENSES.

UNA MUJER, esposa de Diceópolis.

UNA JOVEN, hija de Diceópolis.

UN CRIADO de Eurípides.

EURÍPIDES.

LÁMACO.

UN MEGARENSE.

MUCHACHAS, hijas del Megarense.

UN DELATOR.

UN BEOCIO.

NICARCO.

UN CRIADO DE LÁMACO.

UN LABRADOR.

UN PARANINFO.

MENSAJEROS.[45]

LOS ACARNIENSES.

DICEÓPOLIS[46].

¡Cuántos pesares me han roído el corazón! ¡Qué pocas, poquísimas veces, cuatro a lo más, he sentido placer! Pero mis penas son innumerables como las arenas del mar; veamos, si no, qué cosas me han causado verdadero júbilo. Nunca recuerdo haber gozado tanto como cuando Cleón[47] vomitó aquellos cinco talentos. ¡Qué alegría! Desde entonces amo a los caballeros, autores de esta acción, digna de Grecia[48]. En cambio, experimenté un dolor verdaderamente trágico, cuando después de esperar con tanta boca abierta la aparición de Esquilo[49], oí gritar al Heraldo: «Teognis[50], introduce tu coro.» ¡Golpe mortal para mi corazón! Otra vez gocé mucho cuando a seguida de Mosco[51], ejecutó Doxiteo[52] un aire beocio; pero este año pensó morir víctima del más cruel martirio, viendo a Queris[53] disponerse a cantar al modo ortio[54].