Part 2
El 12 de noviembre la armada levó áncoras, sacando pedazos de coral pegados á ellas, lo que alegró á los tripulantes y viajeros, despertando grandes esperanzas; pero el Almirante no quiso detenerse, porque se acentuaban sus deseos de llegar á la Española. Soplaron vientos contrarios y el crucero, entorpecido en su marcha, tuvo que llegar de arribada forzosa á SANTA CRUZ, donde surgió el jueves 14 de noviembre, á mediodía. Dispuso el Almirante la captura de algún indígena de AY-AY (Santa Cruz), para saber dónde se encontraba y habiendo ido una barca á tierra apresaron cuatro indias y tres niños. Regresando á las naos encontró la barca una canoa en que iban cuatro indios y una india, los cuales viendo no podían huir bogando, hicieron uso de sus arcos y flechas, hiriendo dos cristianos. Las flechas eran arrojadas con tanta fuerza y destreza, que la india pasó de parte á parte un broquel. La barca, entonces, embistió impetuosamente á la canoa y la volcó; pero los caribes nadando y haciendo pié en los bajos continuaron su defensa hasta que fueron capturados por los veinte y cinco hombres de la embarcación. Partió la escuadra de SANTA CRUZ, el mismo día 14, con rumbo otra vez al noroeste en busca de la Española, inclinando, luego, el derrotero al norte, y entorpecido por un archipiélago de islillas se detuvo frente á VIRGEN GORDA, donde llegó de noche. Al siguiente día, 15 de noviembre, dispuso el Almirante la exploración del archipiélago dicho, resultando más de cuarenta islas altas y peladas, las dejó al norte, intitulando á la mayor SANTA URSULA, y á las otras, las VÍRGENES, y derribó al suroeste. Corrió el crucero estas costas todo ese día, y el siguiente, 16 de noviembre, por la tarde, divisó tierras de BORIQUÉN; navegó por el sur todo el día 17, y por la noche, observaron los pilotos que la isla tenía por aquella banda treinta leguas[26]; continuó la armada su derrotero el 18, y desaparecido el obstáculo de los MORRILLOS DE CABO-ROJO, fijó el rumbo al norte, recurvando, y acercándose á tierra, según las condiciones de mar y viento; viniendo á terminar el costeo de la isla en el último ángulo occidental[27], comprendido entre los cabos SAN FRANCISCO y BORIQUÉN, y dando anclaje el crucero el día 19 de noviembre.
A pesar de que Colón tenía gran interés en arribar cuanto antes á la Española, el aspecto frondoso, y exuberante de la selvática isla, hirió tan vivamente la artística imaginación del genovés marino, que le vemos deponer sus ansias de viaje y hacer que permanezca el crucero hasta la mañana del 22 de noviembre frente á la encantadora é inexplorada BORIQUÉN. Justo era, que después de haber saludado la acantilada é inhospitalaria DOMÍNICA; de sufrir crueles angustias en la antropófaga GUADALUPE; de sentir el corrosivo veneno de las enherboladas flechas de SANTA CRUZ; y de contemplar islas e islotes pelados, que el labio piadoso del Almirante—que hacía cantar todas las mañanas la _Salve Regina_ y todas las tardes el _Ave-María_—bautizaba de continuo con el dulce nombre de la Reina de los cielos, justo era, que aquella tripulación é intrépidos viajeros aspirasen los perfumados efluvios de los aromosos campos de BORIQUÉN y recordara con ellos los cármenes y jardines de Valencia. Y la impresión fué tan dulce y alhagadora que el Almirante apellidó á la isla con el nombre de SAN JUAN BAUTISTA, no tan solo en obsequio al príncipe don Juan, que había tomado á Diego y Fernando como pajes, sino también porque la hermosura de la isla era precursora de ofertas y dones, que el tiempo ha justificado.
El viernes 22 de noviembre, á la hora del alba, hizo rumbo la escuadra al noroeste, y antes de anochecer avistaron los viajeros tierra desconocida; pero por las indias boriqueñas supieron era la Española. El aspecto de la comarca hacía dudar al Almirante y envió á tierra, frente á SAMANÁ uno de los indios naturales de ella, el cual no volvió. Siguió el crucero costeando, y el 26 de noviembre volvió el Almirante á enviar bateles á tierra, y trajeron indios voluntarios, que tocando los jubones y camisas, decian: _camisa_, _jubón_. No quedó duda alguna á los viajeros, que estaban por fin en la Española. Siguió la armada navegando en dirección al fuerte de Navidad y al explorar MONTE CHRISTI, en cuyo punto estuvo el crucero dos días, y en la desembocadura del rio YAQUE[28] encontraron los expedicionarios dos cadáveres, con un lazo al cuello uno, y el otro con la lazada al pié; al siguiente día hubieron otros dos. ¡Terribles presagios! El 27 de noviembre, á media noche, llegó la armada á la entrada de la bahía de Cabo Haity (Punta Santa), viniendo á tomar puerto al oscurecer del siguiente día, frente á la desembocadura del rio GUARICO, hoy rivière Haut du Cap. Al tiro de bombarda respondió un silencio sepulcral.
¡Con cuánta pesadumbre caerían las sombras nocturnales sobre el alma del apesarado genovés! Y en aquella obscuridad impenetrable ¡cómo vería la penetrante mirada del profeta descubridor levantarse tristemente la imagen de la desolación sobre el fuerte de Navidad, revelándole la intuición lo que la palpable realidad le presentara al siguiente día! ¡Con qué tensión nerviosa indagaría el triste fin de Diego de Arana, hermano de la madre de su hijo Fernando, y Alguacil de la Armada, de Pedro Gutierrez, el repostero de estrado del Rey, de Rodrigo de Escobedo, escribano de la Armada, y de los treinta y seis infelices compañeros! Tuvo que aplacar sus ansias y hacerse el diplomático, conteniendo los deseos de venganza de sus compañeros de viaje, principalmente del padre Boil, y contemplar, en silencio, el fuerte incendiado, los pozos cegados, los cadáveres putrefactos é insepultos y los indígenas recelosos y alejados, teniendo que escoger lugar más favorable para iniciar otra vez la colonización.
Fuentes históricas.
Para practicar investigaciones históricas con acierto y utilidad es conveniente concretar los puntos que se van á dilucidar; y respecto á los que motivan la controversia de la llegada de don Cristóbal Colón á Puerto-Rico, y lugar electo para surgidero de la armada, y desembarco de los exploradores viajeros, es necesario esclarecerlos, compulsando los documentos que tenemos del segundo viaje del Almirante.
Interrogar los anales de la historia es seguir cuidadosamente esa senda misteriosa, sobre la cual la imagen de la verdad se va revelando como espiritual aparición. Esto no se obtiene con escudriñar un solo libro. La revelación histórica se ofrece al espíritu investigador como el fruto de largas y serias observaciones. Pretender estudiar un período histórico de cualquier país, ceñido á un solo cronicón, es exponerse á error; porque no consideramos á ningún autor exento de equivocarse. Es necesario, pues, compulsar los cronistas, cotejarlos, someterlos á un careo ardiente, de donde al choque de ideas y narraciones recoja el investigador, á raudales, la luz, la pura luz de la verdad.
El diario ó cuaderno de bitácora del gran Navegante, en su segunda expedición al Nuevo Mundo, se ha perdido; sin que tengamos la suerte siquiera de que se conservara un extracto de él, como el que hizo el padre Las Casas del diario del primer viaje.
También se han extraviado las cartas y el memorial del Visorrey, remitidas por conducto de Antonio de Torres á los Católicos Reyes, y entregadas á los monarcas en Medina del Campo. Afortunadamente se conservan las de los Reyes al Almirante, acusándole el recibo de las suyas y de su memorial.
Como precioso documento histórico, respecto á esta épica empresa del ilustre marino, existe la carta dirigida al Cabildo de Sevilla por el físico de la Armada don Diego Alvarez Chanca, uno de los expedicionarios.
Como joya de igual valía que la anterior, se guarda en el Museo Naval de Madrid, la Carta náutica—sustraída de España y vuelta á recuperar—de Juan de la Cosa: carta de la parte correspondiente á la América, levantada por el famoso piloto, en el segundo viaje del descubridor genovés, y en la Expedición de Alonso de Ojeda en dicho año. Entre las diez y siete naves de la armada, que verificó la segunda empresa del Almirante, volvía á recorrer el mar tenebroso la simpática carabela NIÑA, la que tuvo la gloria de llevar á España la buena nueva del descubrimiento; y en ella venía Juan de la Cosa, como Maestre de hacer cartas náuticas.
De la epístola y mapa de estos dos testigos presenciales de la célebre navegación del gran Ligur haremos un estudio especial.
Ahora bien, ¿debemos prescindir de los demás cronistas por no haber ido en la Expedición?—De ninguna manera. Rechazar á cualquier historiador de este viaje por no ser testigo ocular, es reñir con los preceptos de la Retórica en la composición de narraciones históricas.
El padre Nazario[29] toma únicamente por guía á Chanca en el bojéo del Archipiélago antillano, se ciñe á él, y prescinde de los demás cronistas. Creemos está en un error el ilustrado presbítero. Y vamos á probárselo, sacando nuestro argumento del rico arsenal de la Iglesia católica.—Cuatro son los evangelistas que nos han legado la historia del Mártir del Gólgota. Dos _de visu_: San Juan y San Mateo; dos _de auditu_: San Marcos y San Lucas. ¿Hay quién se atreva á rechazar á éstos, porque no fueron contemporáneos de Jesucristo?—No!—Pues hay que aceptar algo más todavía. San Marcos, que escribió su evangelio en griego y no en latín, como pretende Baronio, da detalles que no se encuentran en San Mateo: en la relación de los milagros y las parábolas del Redentor, es más completo que los otros evangelistas. San Lucas, escribió en Acaya, dirigió su obra en griego á Teófilo, y se considera su evangelio, redactado en 24 capítulos, más completo que los de los otros apóstoles. Y sin embargo, San Juan era el predilecto de Jesucristo, y San Mateo era hombre instruido, pues desempeñaba el cargo de perceptor de impuestos romanos, cuando el Salvador le dijo: Sígueme.
Don José Amador de los Ríos, en la Vida y escritos del capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1851), dice en uno de los párrafos de tan interesante biografía: “Tenía entonces Oviedo quince años, y ya había aprendido, que no debe la verdad histórica recogerse en una sola fuente.” Fieles á tan preciosa divisa hemos procurado no atenernos, en los hechos que tratamos de dilucidar, á un solo cronicón.
Además de la carta del médico sevillano y el mapa del famoso mareante, viene en segundo orden la interesante carta de Pedro Mártir de Anglería al vizconde Ascanio Sforcia, cardenal canciller. Esta epístola fué escrita en latín por el célebre Consejero de Indias para enterar á Su Santidad el Papa de la marcha de los descubrimientos del ligurio Cristóforo Colombo. Para redactar tan precioso documento, Mártir de Anglería se asesoró minuciosamente de los viajeros retornantes, y especialmente de Antonio de Torres, comandante de las doce naves que volvieron á Cádiz. La Corte estaba en Medina del Campo, y allí fué el jefe de la flota de regreso á rendir á los Reyes cuenta del viaje, y á entregarles las cartas y memorial del Visorrey. Y prueba de que Pedro Mártir de Anglería es un fiel traslado de Antonio de Torres son las siguientes palabras en la carta al Canciller: “Te contaré, por darte gusto, lo que, preguntándoles yo por orden, me refirieron él (Antonio de Torres) y también los demás hombres fidedignos; pues yo tomé lo que me dieron, y lo que me dieron helo aquí”[30]. Mayor sinceridad no puede exigirse en un narrador. De manera que hablar Pedro Mártir de Anglería del segundo viaje del Almirante es lo mismo que si dijéramos, habla Antonio de Torres.
Antonio de Torres, hermano de la nodriza del príncipe don Juan era un experimentado piloto; fué nombrado por la Corona para llevar á Cádiz la armada de retorno; é iba á ser éste, el primer viaje que se efectuaba, á través del mar tenebroso, sin que lo dirigiese el gran Navegante. La empresa de Torres fué feliz, pues regresó al punto de partida, la bahía gaditana. En aquella época se ignoraba la necesidad que hay de hacer rumbo al Septentrión para encontrar los vientos del oeste, que facilitan á los nautas el retorno á Europa; era, pues, preciso ser experimentado marino para pilotear un buque en estas latitudes. Torres trajo inmediatamente á la Española al adelantado don Bartolomé Colón con tres naos aprovisionadas, que SS. AA. enviaban al Virrey; y regresó otra vez á España, conduciendo á don Diego Colón, hermano del Descubridor, para desvanecer en la Corte los informes del padre Boil y Mosén Pedro de Margarit, contrarios al Almirante; además, portaba las cuatro naves cargadas de indios prisioneros, que se habían capturado en las últimas rebeliones, y llevaba también oro, palo de Brasil y productos curiosos. En carta dirigida por los monarcas á don Cristóbal Colón, desde la villa de Medina del Campo—15 de junio de 1497—llaman, el Rey y la Reina, á Antonio de Torres: “Contino de nuestra Casa.” Cuando caído en desgracia el Almirante llega á Cádiz, preso y aherrojado, entrega á Alonso Martín, maestre de la nave que le condujo, una carta para doña Juana de Torres, nodriza que había sido del príncipe don Juan: carta que se conserva en el CÓDICE COLOMBO AMERICANO, y donde se ve lo favorecida que era la hermana de Antonio de Torres por la Reina Católica. Además tenía nuestro ilustre piloto un hermano llamado Pedro de Torres, Secretario de S. A.—Cuando los sucesos de la España se complicaron con la prisión del Visorrey y enseñoriamiento de Bobadilla, Antonio de Torres fué el electo por los Monarcas para conducir prontamente al Comendador Ovando á la Colonia perturbada y traer en las mismas naves al osado Bobadilla. A las cuarenta y ocho horas de haber partido la escuadra se desarrolló un terrible huracán; quedó arrasada la villa de Santo Domingo, que reposaba entonces en la banda oriental del río Ozama, y pereció en el naufragio de la flota el Comandante Antonio de Torres. A quien ostentaba tan brillante hoja de pilotaje en el mar de las Antillas, y conocía al dedillo el antiguo derrotero que llevaban y traían las naves, justo es concederle, que sabría perfectamente cuál era “el último ángulo de occidente de Boriquén” donde se hizo aguada, en el segundo viaje del Almirante.
Corresponde turno de preferencia también, en nuestras fuentes históricas, á don Fernando Colón, el hijo natural del Almirante. En la Colección de libros raros y curiosos, que tratan de América, publicados por Tomás Minuesa, está la Historia del Almirante escrita por su hijo don Fernando[31]. Y dice el prologuista: “La figura de don Fernando Colón es de una magnitud colosal en la historia de nuestros descubrimientos. El padre fué el héroe. El hijo el historiador. La epopeya es del padre. La historia, del hijo. El uno realizó, y el otro escribió la Odisea de sus viajes y el poema de sus descubrimientos.”—Colón, al darse á la vela para su segunda empresa, fué acompañado por sus hijos Diego y Fernando á Cádiz. Quedaron los hijos del Descubridor, de pajes del príncipe don Juan, y al regresar el Almirante hallóles en el palacio de dicho Príncipe, que á la sazón celebraba sus bodas con doña Margarita, hija del Emperador Maximiliano. Colón, á la par que pudo abrazar allí á sus hijos, contribuyó á dar esplendor á las fiestas con cuantas curiosidades y riquezas había logrado atesorar. Lógico es suponer, que el insigne marino narrase su expedición segunda, y que el hijo, su futuro biógrafo, se empapase de sus aventuras: máxime, habiendo podido estar después el Almirante en la grata compañía de sus hijos más de un año, que tardó en efectuar el tercer viaje. Además, don Fernando acompañó á su padre en el infortunado cuarto viaje; y á la muerte del Almirante, acaecida en Valladolid tuvo en su poder los papeles del gran Navegante, siendo el fundador de la gran Biblioteca colombina. En 1509, acompañó á su hermano don Diego á tomar posesión del Vireinato y de 1512 á 1520 efectuó otro viaje al Nuevo Mundo.—Estaba, pues, debidamente autorizado para escribir la historia de su padre y tratar de asuntos de las Indias Occidentales.
Pero, por si hay quien nos juzgue apasionados de esta fuente histórica, oigamos lo que dice Muñoz, Navarrete é Irving de la obra de don Fernando Colón.—Dice Muñoz[32]: “Este libro es el más importante para el tiempo de que tratamos, pues conserva todo lo sustancial de los papeles del descubridor, y á la letra varios fragmentos escogidos con pulso y delicadeza. Confieso deberle mucho, y debiérale más á no haber adquirido buena parte de lo que él disfrutó, ya íntegros, ya en relación prolija.”—Navarrete[33] anota: “Don Fernando llegó á ser hombre docto y curioso, manejó con mucho tino y discernimiento los libros y documentos de su padre para escribir la Historia de su vida y de sus gloriosas empresas. Habló con verdad y exactitud.”—Y el historiador Irving[34] califica el libro de don Fernando de “obra preciosa y piedra fundamental de la Historia del Mundo Americano.”
Viene en pos del hijo del Descubridor, como fuente histórica en los asuntos que ventilamos, el capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, con su monumental obra[35]. Oviedo fué en su juventud mozo de cámara del príncipe don Juan, en cuya época trató con intimidad á los pajes Diego y Fernando, los hijos del Almirante, y presenció la entrada triunfal de Colón en Barcelona; fué soldado en Italia y familiar del rey don Fadrique; secretario en España del gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba; veedor de las fundiciones de oro, y más adelante, regidor y teniente del Darién en Tierra-firme; gobernador electo de la provincia de Cartagena; primer Cronista de Indias; Alcaide de la fortaleza y regidor de la ciudad de Santo Domingo, donde estaba avecindada su familia y donde escribió su imperecedera obra. Refiriéndose al segundo viaje de Colón y á sus compañeros, dice: “y á todos los más de los principales dellos los ví y conoscí. Y algunos al presente hay vivos en estas Indias y en España, aunque son ya muy pocos los que quedan dellos.” Y respecto al conquistador y poblador de Puerto-Rico, añade Oviedo: “capitán, hombre de bien é hidalgo llamado Johan Ponçe de León: el qual yo conosçí muy bien, é es uno de los que passaron á estas partes con el almirante primero D. Chripstóbal Colón, en el segundo viaje que hizo á estas Indias.” Conoció á Juan de León, el que mató al cacique principal boriqueño GUAYBANÁ de un tiro de arcabuz. En 1549 fué nombrado Regidor perpetuo de la ciudad de Santo Domingo y murió á la avanzada edad de 79 años. La obra de Oviedo es un manantial inagotable en todo lo que se refiere á las primeras colonias de América, y con justicia lleva el dictado de primer cronista de Indias.
Y nos han facilitado provechosa enseñanza además, Fray Bartolomé de las Casas[36], cuyo padre y tío, vinieron con Colón en el segundo viaje, y él en compañía de Ovando; don Juan Bautista Muñoz[37], que en trabajos preparatorios para escribir su obra invirtió trece años, coordinando datos y compulsando documentos; Andrés Bernáldez, cura de los Palacios[38], que introduce en su historia una relación de los viajes de Colón; Antonio de Herrera[39], el protegido de Felipe II; Navarrete[40], en su magna obra de compilación; Francisco López de Gómara[41], que en 1552 dedicó su obra al emperador Carlos V, editada en Zaragoza, y coleccionada por Rivadeneyra en su Biblioteca de autores españoles; nuestro compatriota Alejandro de Tapia y Rivera[42], infatigable enciclopedista; Fray Iñigo Abbad[43], que para redactar su obra verificó un viaje de estudio y exploración por toda la Isla, trabajo que llevó á efecto el erudito benedictino, por disposición del conde de Floridablanca, en el reinado de Carlos III, y cuyo manuscrito presentó al Ministro en 1782.
Con el manejo y estudio de estas obras, y de cuantos historiadores extranjeros han llegado á nuestras manos, como Irving[44], Prescott[45], Robertson[46], Dutroulau[47], Rochefort[48], Dutertre[49], Labat[50], Charlevoix[51], Le Blond[52], Moreau de Jonnés[53], Humboldt[54], Lyell[55], Cronau[56], y Dahlmann[57]; y modernos trabajos históricos de Jozon[58], Sanchez Calvo[59], Lubbock[60], Ratzel[61], Chil[62], Leyva[63], Castelar[64], Montojo[65], Ernesto Restrepo[66], Unión ibero-americana[67] y Bertillon en unión de una sociedad de sabios franceses[68], hemos formado nuestra humilde opinión de la prehistoria regional de la antigua BORIQUÉN y sus habitantes, y del segundo viaje del inmortal Descubridor de las Indias Occidentales.
Diego Alvarez Chanca.
Hemos descrito el segundo viaje de Colón tal como nosotros creemos le llevara á efecto. Hemos presentado también nuestras fuentes históricas. Y ahora vamos á ocuparnos del célebre médico sevillano que era, por mandato de los Monarcas, uno de los expedicionarios compañeros del gran Navegante. Al llegar á la Española aprovechó Chanca el retorno de Antonio de Torres para enviar al presidente y señores del Cabildo de Sevilla una relación de la segunda gloriosa empresa del Ligurino.
El padre Nazario[69] considera á Chanca como notario, además de médico, y su célebre carta de referencia como un documento oficial; por ende, le asigna mayor veracidad que como historiador, y se le forja casi infalible.
Aparte de que los notarios están expuestos á equivocarse como todos los humanos, por aquello de _hominum est errare_, consideramos al doctor Diego Alvarez Chanca, únicamente, como encargado de la Sanidad de la Armada y de velar por la salud de los primeros colonizadores. El médico sevillano era una de las personas más distinguidas, que acompañaban al ilustre genovés en esta empresa; no sólo por el título universitario que llevaba, sino también por sus conocimientos generales.
Que desempeñaba únicamente el cargo de físico, lo probamos con un apartado del Memorial, que el Virrey entregó en la ciudad de Isabela al piloto Antonio de Torres para los Católicos Reyes. Si Chanca hubiera tenido el cargo de escribano y gozado sueldo de tal[70], buen cuidado hubiera tenido el bondadoso Colón al impetrar de los Monarcas aumento de sueldo para su amigo el facultativo, de manifestar, que una y otra retribución,—la de médico y escribano—no satisfacían á Alvarez Chanca. Esto, dejando á un lado que para aquella época, ya estaban completamente deslindadas estas dos profesiones. He aquí el párrafo de referencia:
“Item: Diréis á sus Altezas el trabajo que el doctor Chanca tiene con el afruenta de tantos dolientes, y aún la estrechura de los mantenimientos é aún con todo ello, se dispone con gran diligencia y caridad en todo lo que cumple á su oficio, y porque sus Altezas remitieron á mí el salario, que acá se le había de dar, porque estando acá es cierto quel non toma ni puede haber nada de ninguno, ni ganar de su oficio como en Castilla ganaba, ó podría ganar estando á su reposo é viviendo de otra manera, que acá no vive; y así que como quiera que él jura que es más lo que allá ganaba allende el salario que sus Altezas le dan, y non me quise extender más de cincuenta mil maravedís por el trabajo que acá pasa cada uno año mientras acá estoviere; los cuales suplico á sus Altezas le manden librar con el sueldo de acá y eso mismo, porque él dice y afirma, que todos los físicos de vuestras Altezas, que andan en reales ó semejantes cargos que estos, suelen haber de derecho un dia de sueldo, en todo el año, de toda la gente: con todo he seido informado, y dícenme, que como quier que esto sea, la costumbre es darles cierta suma tasada á voluntad y mandamiento de sus Altezas en compensa de aquel día de sueldo. Suplicaréis á sus Altezas, que en ello manden proveer, así en lo del salario como de esta costumbre, por forma que el dicho Doctor tenga razón de ser contento.”