Clásicos Castellanos: Libro de Buen Amor

Part 1

Chapter 1 3,440 words Public domain Markdown

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CLÁSICOS CASTELLANOS

JUAN RUIZ ARCIPRESTE DE HITA

LIBRO DE BUEN AMOR

EDICIÓN Y NOTAS DE JULIO CEJADOR Y FRAUCA

EDICIONES DE «LA LECTURA»

ESPASA-CALPE, S. A. BILBAO MADRID RIOS ROSAS, 24 BARCELONA CORTES, 579 1931

Talleres Espasa-Calpe, S. A., Ríos Rosas, 24.--MADRID

INDICE

TOMO PRIMERO

Págs. Introducción VII Oraçión qu'el arçipreste fizo á Dios 1 _Intellectum tibi dabo_ 6 El Açipreste rrogó á Dios que le diese graçia que podiese facer este libro 14 Gozos de Santa María 17 Gozos de Santa María 20 Todo ome entre los sus cuydados se debe alegrar é de la disputaçión que los griegos é los romano en uno ovieron 23 Los omes é las otras animalias quieren aver compañía con las fenbras 36 El Arcipreste ffué enamorado 38 El león estava doliente é las otras animalias lo venían á ver 41 Quando la tierra bramava 46 Todas las cossas del mundo sson vanidat, sinon amar á Dios 48 De lo que acontesçió al Arçipreste con Fernand García 53 De la constelaçión é de la planeta..., del fijo del rey Alcarez 56 El Arçipreste fué enamorado... del ladrón é del mastyn 68 El Amor vino al Arçipreste 73 Del garçón, que quería cassar con tres mujeres 76 De las ranas, en cómo demandavan rey á Don Júpiter 79 Del pecado de la cobdicia 85 Del alano, que llevava la pieça de carne en la boca 88 Del pecado de la ssobervia 89 Del cavallo é del asno 91 Del pecado de la avarizia 93 Del lobo é de la cabra é de la grulla 95 Del pecado de la luxuria 97 Del águila é del caçador 103 Del pecado de la invidia 104 Del pavón y de la corneja 107 Del pecado de la gula 108 Del león é del cavallo 111 Del pecado de la vanagloria 113 Del león, que se mató con yra 116 Del pecado de la acidia 118 Del pleito qu'el lobo é la rraposa, que ovieron ante Don Ximio 120 De la pelea, qu'el Arçipreste ovo con Don Amor (del rezo) 136 De la pelea, que ovo el Arçipreste con Don Amor (de las doncellas recogidas) 149 Del mur topo é de la rana 156 De la respuesta que Don Amor dió al Arçipreste (pintura de la dueña y de trotaconventos) 161 De los dos perezosos, que querian cassar con una dueña 172 Don Pitas Payas 177 De la propiedat qu'el dinero há 182 El Amor castiga al Arcipreste..., de bever mucho vino (cuento del ermitaño) 195 El Amor se partió del Arcipreste..., Doña Venus lo castigó 210 Cómo fué fablar con Doña Endrina el Arcipreste 232 De la abutarda é de la golondrina (y del lobo metido á abad) 260 Doña Endina fué á casa de la vieja é el Arçipreste acabó lo que quiso 293

TOMO SEGUNDO

Págs. Del castigo qu'el Arçipreste da á las dueñas é de los nonbles del Alcayueta (el león, el asno y la zorra) 7 De la vieja que vino al Arçipreste é de lo que le contesció con ella 26 De cómo el Arçipreste fué á provar la sierra é de lo que le contesçió con la sserrana 29 Cantica de serrana 32 De lo que le contesçió al Arçipreste con la sserrana 40 Cantica de sserrana 45 De lo que contesçió al Arçipreste con la sserrana 48 Cantica de serrana 50 De lo que contesçió al Arçipreste con la sserrana é de las figuras della 54 Cantica de sserrana 60 Del ditado qu'el Arçipreste offreçió á Santa María del Vado 67 De la pasión de nuestro señor Jhesuxristo 69 De la pasión de nuestro señor Jhesuxristo 73 De la pelea que ovo don Carnal con la Quaresma 76 De la penitencia qu'el flayre dió á don Carnal é de cómo el pecador se deve confessar é quién há poder de lo absolver 97 De lo que se faze Miércoles corvillo é en la Quaresma 110 De cómo don Amor é don Carnal venieron é los salieron á rresçebir 124 De cómo clérigos é legos é flayres é monjas é dueñas é joglares salieron á recebir á don Amor 132 De cómo el Arçipreste llamó á su vieja, que le catase algund cobro 171 De cómo el Arçipreste fué enamorado de una dueña, que vido estar faziendo oraçión 173 De cómo Trotaconventos conssejó al Arçipreste que amase alguna monja é de lo que le contesçió con ella 176 Enxienplo del ortolano é de la culuebra 184 Enxienplo del galgo é del señor 186 Enxienplo del mur de Monferrado é del mur de Guadalhajara 189 Enxienplo del gallo que falló el çafir en el muladar 193 Enxienplo del asno é del blanchete 198 Enxienplo de la raposa que come las gallinas en la aldea 199 Enxienplo del león é del mur 202 Enxienplo de la rraposa é del cuervo 205 Enxienplo de las liebres 207 Enxienplo del ladrón que fizo carta al diablo de su ánima 209 De las figuras del Arçipreste 218 De cómo Trotaconventos fabló con la mora de parte del Arçipreste é de la respuesta que le dió 225 En quáles instrumentos non convienen los cantares de arávigo 228 De cómo morió Trotaconventos e de cómo el Arçipreste faze su planto, denostando é maldiziendo la Muerte 231 El petafio de la ssepultura de Urraca 244 De quáles armas se deve armar todo xristiano para vençer el diablo, el mundo é la carne 245 De las propiedades que las dueñas chicas han 252 De don Ffurón, moço del Arçipreste 255 De cómo dize el Arçipreste que se ha de entender su libro 257 Gozos de Santa María 259 Gozos de Santa María 262 De cómo los scolares demandan por Dios 265 Del Ave María de Santa María 266 Cantica de loores de Santa María 269 Cantica de loores de Santa María 271 Cantica de loores á Santa María 273 Cantica de loores de Santa María 275 Cantica de los clérigos de Talavera 277 Cantar de çiegos 287 Otro cantar de çiegos 291 Indice de voces 295 Indice de refranes 323

INTRODUCCIÓN

Quod nostri factum non recte, noli silere: Ne videare malos imitari tacendo.

(_Disticha_ CATONIS.)

El libro que tiene en sus manos el curioso lector es el libro más valiente que se ha escrito en lengua castellana. Nuestra literatura ofrece tres cimas, que se yerguen hasta las estrellas y sobresalen entre las obras más excelsas del ingenio humano. El _Quijote_ en el género novelesco, _La Celestina_ en el dramático, _El Libro de Buen Amor_ en el satírico, en el lírico, en el dramático, en todos los géneros, porque todos los confunde la reventazón creadora de un poeta solitario, que alza su voz poderosa en el silencio de una sociedad medio guerrera y medio bárbara.

Pero en reciura de músculos, en volubilidad de meneos, en fuerza de rugiente vida, en desenfadada sinceridad y abertura de pecho, el Arcipreste de Hita se adelanta a todos los artistas del mundo.

Este hombre es el gigantazo aquel, llamado Polifemo, que nos pintó Homero, metido a escritor. Los sillares con que levanta su obra son vivos peñascos, arrancados de la cumbre de las montañas y hacinados sin argamasa ni trabazones convencionales de las que no pueden prescindir los más celebrados artistas.

"¡Qué lástima--dice benditamente Martínez de la Rosa--que un hombre de tanto ingenio naciese en un siglo tan rudo!" ¡Acaso, digo yo, naciendo en el que nacisteis, hubiera sido de vuestra atildada escuela! Porque, ¿quién sabe si vuestro ingenio académico, puesto en el siglo XIV, hubiera volado tan sin pihuelas como el del Arcipreste?

Su boca dice todo lo que encierra su pecho, y el pecho de este poeta primitivo es grande como el universo. ¡Una verdad tan sin tapujos, que tumba de espaldas al más arrojado! ¡Un realismo tan cimarrón, que ciega y acobarda al más atrevido!

Tan grande, tan colosal es el Arcipreste de Hita que, soprepujando a toda previsión y escapándose de toda medida, se les ha ido de vuelo a los críticos más avizores y de más firme mirar. El Greco se queda corto en pintura, para lo que en literatura es Juan Ruiz. Su obra, repito, es el libro más valiente que se halla en esta literatura castellana de escritores valientes y desmesurados sobre toda otra literatura.

La obra del Arcipreste es toda suya, personal, originalísima. ¿Que glosó una comedieta latina, que engarzó en su libro fábulas orientales, de todos conocidas entonces, que tomó de la literatura francesa algún fabliau y el tema del combate entre D. Carnal y D.ª Cuaresma? Esos son materiales en bruto, que el poeta labró, pulió, vivificó con aliento nuevo y no soñado por los autores que tales materiales le ofrecieron.

Levántase el Arcipreste entre dos épocas literarias, sin pertenecer a ninguna de las dos, aunque con dejos de la que le precedió: la de los apólogos sentenciosos y últimos vagidos del mester de clerecia, que fué lo que hasta entonces se había escrito, y el renacimiento de torpe y retorcido decir de D. Enrique de Villena y el Marqués de Santillana, que vino a poco, seguido de la lírica postiza y desleída de los cortesanos de don Juan el II.

¡Increíble parece que, resonando todavía y retiñendo en lo hondo de los corazones aquel metal de voz de un tan verdadero vate como Juan Ruiz, tuvieran valor de chirriar, no uno ni una docena de afeminados boquirrubios, sino toda aquella cáfila y enjambre de ahembrados poetillas, cuyas ñoñeces nos conservó Baena en su _Cancionero_, cerrando la procesión de tan almibarados donceles el por luengos años de más estruendo y más enrevesado y menos delicado y natural poeta que conozco, el famosísimo Juan de Mena!

Pasados los tiempos heroicos de la épica castellana con sus gestas, de las cuales nos ha quedado el más acabado modelo en el cantar de _Mio Cid_, nació en los comienzos del siglo XIII un género de poesía, ni épica ni lírica, que los mismos poetas llamaban _mester de clerecia_. Clérigos eran, efectivamente, por la mayor parte, porque apenas si la cultura y las letras alcanzaban más que a los clérigos. Fruto de la erudición latino-eclesiástica, por medio de la cual les llegaba por una cierta manera mitológica algo de la antigua historia y de sus héroes, eran aquellos poemas para leídos por monjes y estudiantes de las nacientes universidades; sus voces no llegaban a las mesnadas de guerreros, a las cortes de los reyes ni a las fiestas y regocijos populares.

Así era de prosaico y didáctico el tono de aquellas leyendas devotas y poemas de Berceo, del _Alexandre_, del _Libro de Apolonio_ y otros, a vueltas de cierta candidez y color de primitivos, que si no enardece y levanta los pensamientos, agrada, y, sobre todo, contentaba a sus poco leídos lectores y más a sus autores, los cuales despreciaban la verdadera poesía del pueblo, que llamaban _mester de juglaria_.

Pero la cultura arábiga, fomentada por Alfonso el Sabio, trajo a España el saber grave, diluído en apólogos y sentencias, y de él se alimentó la prosa castellana, llevada a la legislación, a la historia y a la ciencia por el sabio rey. A poco la corriente lírica gallega se derramó por toda la Península, escribiéndose nuestra primera lírica en aquella dulce lengua, y desaparece el pesado alejandrino, substituyéndole la riqueza métrica de aquellos cantares cantables y ligeros de la musa, ya erudita, ya popular, venida de Galicia. La sociedad medioeval se transformaba a la par de caballeresca en burguesa, y el empuje realista del popular pensar y sentir no pudo menos de llegar a la literatura. Estos cambios se verificaron en el siglo XIV, en que vivió el Arcipreste de Hita. El añejo _mester de clerecia_ se coloreó no poco con estas novedades, y a él pertenecen en el siglo XIV el Rabí D. San Tob de Carrión y el Canciller Pero López de Ayala. No menos pertenece a él nuestro Arcipreste por la intención moralizadora de su libro y por la doctrina y fábulas orientales de que lo entreveró; pero no menos, antes mucho más, ha de tenerse por poeta popular del _mester de juglaria_, como él mismo francamente lo proclama sin desdeñarse por ello (c. 1633):

Señores, hevos servido con poca sabidoría: Por vos dar solás a todos fablévos en jograría.

Con estas palabras, y mucho más con su libro, sus cantares y "cántigas de dança e troteras, para judíos e moros e para entendederas, para ciegos y escolares, para gente andariega" (c. 1513, 1514) alzó bandera revolucionaria en el campo de la literatura erudita, injertándole la savia popular, la única que suele y puede engrandecerla. El fué quien enterró _el mester de clerezia_, desgarrándose de la tradición latino-eclesiástica; él quien rompió todos los moldes de erudiciones trasnochadas, de ritmos apesadumbrados y de entorpecidos andares; él quien supo aprovechar como nadie en sus apólogos la manera pintoresca y sentenciosa de la literatura oriental, harto mejor que en sus prosas D. Juan Manuel, su contemporáneo; él quien dió vida a la sátira moral, harto mejor que el Canciller y el Rabí; él quien llevó a la literatura castellana las cantigas, las villanescas y las serranillas gallegas; él quien zanjó para siempre el realismo de nuestra literatura; él, en una palabra, quien dió vida de un golpe y en un solo libro a la lírica, a la dramática, a la autobiografía picaresca y, sobre todo, a la sátira en todos sus matices.

El Arcipreste de Hita no puede ser encasillado, como no pueden serlo los pocos altísimos ingenios, que se levantan sobre la muchedumbre de los poetas y escritores comunes, por sobresalientes que algunos de ellos sean. Fuelo, sin duda, el infante D. Juan Manuel, el único cuya voz puede oírse mientras canta el de Hita; pero entre uno y otro hay un abismo. Porque nuestro Arcipreste, no sólo es el primer poeta de su siglo, sino de toda la Edad Media española, y fuera de España tan sólo el Dante puede con él emparejar.

¿Quién fué este hombre tan extraordinario? Fuera de lo que nos pueda decir su _Libro de Buen Amor_ no sabemos ni una palabra; y este libro es tan naturalmente artístico y tan irónico y socarrón y en castellano tan viejo y poco conocido escrito, que él y su autor siguen siendo hasta hoy una verdadera quisicosa, un enigma, aun para las personas más doctas. Para Menéndez y Pelayo fué el Arcipreste "un clérigo libertino y tabernario"; para Puymaigre, "un libre pensador, un enemigo de la Iglesia"; para José Amador de los Ríos, por el contrario, fué "un severo moralista y clérigo ejemplar, que si es cierto que cuenta de sí propio mil picardías, lo hace para ofrecerse como víctima expiatoria de los pecados de su tiempo, acumulándolos sobre su inocente cabeza" (MENÉNDEZ Y PELAYO, _Antología_, III, página LXII). Si con tan encontradas opiniones se juzga del hombre, de esperar es que con las mismas se juzgue de su obra, que no ha faltado quien la llamase nada menos que _Libro de alcahuetería_.

Bien es verdad que todos convienen en tenerle por extraordinario poeta. Pero, ¿puede ser poeta tan extraordinario un hombre que va contra el sentir de toda la sociedad cristiana en que vive, como lo supone Puymaigre? Los grandes poetas que conocemos sobresalieron entre sus contemporáneos; pero fueron la voz de toda la sociedad en que vivían, y eso les hizo ser grandes. ¿Puede ser extraordinario poeta un poeta "clérigo, libertino y tabernario; un escolar nocherniego, gran frecuentador de tabernas; un clérigo de vida inhonesta y anticanónica", como dice de él Menéndez y Pelayo? Yo concederé que entre tales hombres pueda darse un poeta; jamás un extraordinario poeta. Los más encumbrados pensamientos y los sentimientos más delicados no andan por las tabernas y lupanares. Si alguien puede creer lo contrario, respeto su opinión; pero me guardo la mía en todo contraria. Si otros creen que un desalmado sin conciencia y sin religión, en un siglo religioso sobre todo, puede ser poeta excelso, de los de gran talla, de los pocos que se levanten a lo más alto, como yo tengo fué el Arcipreste, tampoco me ofenderé; pero seguiré creyendo que esos altísimos ingenios jamás se dieron sin una honda creencia religiosa en el corazón, fuente la más pura y abundante de la sublime poesía. Pero todo esto es opinar. Lo que en limpio de todo ello se saca es que el valer del Arcipreste y de su libro sigue en balanzas, que el _Libro de Buen Amor_ es todavía un enigma aun para los más doctos y discretos.

Descifrar el enigma, poner en claro el libro, que puedan leerlo, entenderlo y juzgarlo doctos e indoctos era empresa digna de acometerse y de que alguien fuera el primero en acometerla. Acaso el mal sino del Arcipreste haya sido el que fuera yo el primero que la acometiese; ello es que yo he sido, y hubiera deseado encuadrar esta _sátira maravillosa de la clerecia y aun de toda la sociedad del siglo XIV_, que a esto se reduce el libro, en un marco digno, que pintase y pusiese ante los ojos del lector aquella corrompida edad del _cautiverio babilónico_, como se ha llamado por la sustracción del Papa a la ciudad de Roma, llevado con miras políticas a Aviñón por los reyes de Francia.

No sufría tal espacio y vagar el estilo y tamaño de los libros de esta biblioteca de CLÁSICOS CASTELLANOS, y he debido ceñirme a sus límites, aunque creo haber sacado en limpio el texto, haber aclarado su sentido literal de manera que cualquiera persona medianamente instruída llegue a entenderlo, y haber apuntado las suficientes noticias para que se conozca el ser y costumbres de aquel siglo.

Del libro, bien estudiado, se sacan las pocas noticias siguientes, tocantes al extraño personaje de su autor: Llamóse _Juan Ruiz_ (c. 19 y 575). Nació en Alcalá de Henares (c. 326, 1510). Fué _Arcipreste de Hita_, villa en la provincia de Guadalajara. Cargo era éste de importancia, como entonces todos los eclesiásticos, y el primero de la villa, puesto que el Arcipreste es cabeza de todos los demás clérigos. Era ya muerto, probablemente, a no ser que hubiera dejado el arciprestazgo, el año 1351, pues en escritura que cita Antonio Sánchez era arcipreste allí y aquel año un tal Pedro Fernández; todavía parece más probable que hubiese muerto para el año 1348, como deduzco por cierta conjetura de la copla 326 (véase mi nota). Acabó de componer su libro el año 1343 (c. 1634), siendo ya viejo (c. 1692) y estando preso en Toledo por mandado del Arzobispo de aquella ciudad D. Gil de Albornoz (c. 1671, 1709).

Compuso, por consiguiente, el libro en los últimos años de su vida, preso y lleno de angustias, agraviado e injustamente puesto en prisión, "por _causas meramente curiales_", dice Menéndez y Pelayo, muy probablemente por falsas delaciones sobre que hablaba contra el Arzobispo, llevadas de parte de los clérigos de Talavera, fuertemente enojados por la sangrienta sátira que contra ellos escribió (c. 1690).

Fué persona leída y entendida en Sagrada Escritura, Derecho civil y canónico, en la erudición latino-eclesiástica de su siglo y en los libros de D. Juan Manuel y demás obras que hasta entonces se habían escrito en lengua vulgar.

La biblioteca del Arcipreste debió de ser harto menguada. Por su libro se saca que conocía la _Biblia_, varias obras canónicas y jurídicas, que menciona en la copla 1152; las _Decretales_ (c. 1148); el _Decreto_ (introducción); el _Especulo_ (c. 1152); el _Libro de las tafurerias_ (c. 556); el _Conde Lucanor_, del cual sacó el asunto de algunas fábulas; el poema de _Alexandre_, al cual imita (c. 1266); algún _Isopete_, del que sacó el de otros apólogos;[A] el _Pamphilus_, que glosó; los _Aforismos de Caton_ (introducción y c. 44, 568). A Aristóteles cita en la copla 71, a Tolomeo en la 124 y a Hipócrates en la 303; pero sin duda de segunda mano.

No tenía ningún clásico latino ni menos griego, pues aunque cita a Ovidio (429, 446, 612, 891), para él y sus contemporáneos Ovidio Nason era principalmente el _Pamphilus_ medioeval, obra de un monje imitador del verdadero Ovidio. Tampoco trae nada su libro de la _Disciplina clericalis_ del judío converso español Pedro Alfonso ni del _Libro de los engaños_ o _Sendebar_, mandado verter al castellano por el infante D. Fadrique, obras ambas que pudiera muy bien haber aprovechado por la comunidad de asuntos y que acaso leyó; pero que es extraño no hayan dejado la menor huella en el _Libro de Buen Amor_. De la poesía francesa debió de conocer algo, aunque no tanto como creyó Puymaigre, pues el cuento de _Pitas Pajas_ probablemente fué español de origen, si no fué invento del mismo Arcipreste (474), y las serranillas tenían su abolengo en la lírica popular.[B] No habiendo conocido el _Roman de la Rose_, derramado por toda Europa y de asunto tan parecido al de su libro, ¿qué otra obra francesa iba a conocer?

Pero este maravilloso poeta, si no tenía libros, tampoco los necesitaba. Fué un vidente de la naturaleza, de las almas, de la sociedad en que vivía; un verdadero vate, que estaba por cima de los libros y calaba adonde los libros no alcanzan.