Cabos sueltos: Literatura y lingüística

Part 4

Chapter 43,862 wordsPublic domain

_El pueblo no pronuncia bien._--Aunque someramente, he procurado hacer ver en mis anteriores artículos que los que no pronuncian bien son los eruditos, cuando por mirar al latín se apartan de la pronunciación del pueblo. Las consecuencias de tal manera de pensar son tan graves, que no un artículo, sino un libro, estaría bien empleado en declararlas. Para mí nunca ha tenido sentido el símbolo ó cifra, empresa ó mote de la _Real Academia Española_. No digo que no lo tenga: los claros varones que en las primeras juntas del año 1713 resolvieron que el escudo y sello de la Academia, que con tanto acierto, y tan patriótico interés acababan de fundar, había de tener por cifra _Limpia, fija y da esplendor_, hubieron de saber muy bien lo que se hacían. Veamos si llegamos nosotros también á saberlo. Toda _cifra_ pide se _des-cifre_. El crisol puesto al fuego alude, dice la primera edición del Diccionario (p. XIII) «á que en el metal se representan las voces, y en el fuego el trabajo de la Academia, que reduciéndolas al crisol de su examen, las limpia, purifica y da esplendor, quedando sólo la operación de fijar, que únicamente se consigue apartando de las llamas el crisol y las voces del examen». El crisol es, pues, el examen académico. Pero para que el crisol sea bueno, por lo menos es menester que sea _de barro muy refractario_: lo cual en nuestro caso entiendo que debe ser la fijeza y estabilidad de principios á que atenerse para juzgar y examinar los vocablos. Sin principios fijos el juicio no puede ser certero: quiébrase el crisol, y la materia fundida se derrama sin limpiarse el buen metal ni separarse de su escoria. Pues bien: la pronunciación vulgar va por un lado, la erudita por otro. El pueblo conserva sus vocablos pronunciándolos como los pronunciaron los antiguos españoles ó con las modificaciones debidas á la evolución lenta y natural; los eruditos de un golpe, sin encomendarse á Dios ni al diablo, sino todo lo demás al _Dius Fidius_ de los _Quirites_, quitan ó ponen letras, admitiendo nuevos fonemas que riñen batalla campal en labios del desdichado labriego que se ve precisado á emplearlos. Luego, no hay principios, á no ser que se tengan por tales los del fonetismo latino, que caen tan bien al castellano como el traje romano al que dijimos se fuera á tomar el fresco un rato por la Puerta del Sol. No les bastará, pues, la mejor intención del mundo á los Sres. Académicos para que á lo mejor de la función no se les quiebre el cacharro entre las manos. Por sabios, discretos y bien intencionados que sean (¿y quién pondrá peros á los mejores hablistas castellanos?), tienen que volverse á sus casas sin haber limpiado dos adarmes de idioma castellano. ¿Qué digo? Sin haber logrado llegar á la indispensable fusión: porque faltó cacharro. Aquí sí que viene de perillas aquello de que _No se quiebra por delgado, sino por gordo y mal hilado_, que reza su Diccionario. Lo primero es lo primero, es decir, los principios, que lleven en una ú otra dirección el juicio de los examinadores.

Abro la última edición, en la página 370 leo: «_Dotor_, m. ant. _Doctor_. _Dotrina_, f. ant. _Doctrina_. _Dotrinar_, a. ant. _Doctrinar_». En la primera edición aquellos insignes Académicos pusieron _dotor_, _dotrina_, y no como anticuados, pues así lo pronunciaban ellos y el pueblo y así lo habían pronunciado y escrito los clásicos. Cierro para hacerme cruces con calma y espacio, y ¡para mi santiguada! me digo y pregunto: _dotrino_ no lo hallo, y á buen seguro lo habrán dicho bastantes veces todos los Sres. Académicos; y al volver de la primera esquina oirán, aunque no sea á Luis Taboada: _chica, voy en casa del Dotor_. ¿Por qué se han dejado _dotrino_ en el tintero y han anticuado los Académicos esos nombres que se oyen á cada paso? ¿Por creer que así limpiaban el castellano, convirtiéndolo en latín? No, porque se les quebró el cacharro, y esos nombres, que sin duda les había tocado estar en él, se derramaron por las calles.

En la misma página: «_Doy_ (Contracc. de _de hoy_), adv. t. ant. De hoy, desde hoy». No es antiguo. En el habla vulgar se evitan este y otros hiatus. Sólo que los antiguos escribían como hablaban, que es lo que dicen se debe hacer, nada menos que Valdés y Nebrija y... todos los Académicos; y hoy queremos inventar una nueva lengua cuando escribimos, lengua que bien pudiéramos llamar _culta-latiniparla_, ya que no podamos llamarla española, por el hecho de apartarnos en ella del habla de los españoles.

No exagero: en toda la página siguiente (371) no hay más que una palabra de uso vulgar, _dragón_. Lo cual no quiere decir que se hayan de borrar las demás del Diccionario. El habla, como todos los organismos, necesita alimentarse durante su vida, el neologismo y el arcaísmo son condiciones indispensables de su existencia, son los materiales de su asimilación y desasimilación. Pero si el vegetal se mantiene de principios minerales y el animal de vegetales, el lenguaje tiene su mantenimiento apropiado, cada cual el suyo. Los términos antes de asimilárselos cada idioma los digiere dándoles el colorido fonético que le es propio. _Doctor_, _doctrina_ son indigestos; _dotor_, _dotrina_ dijeron y escribieron todos nuestros autores que tenían uso de razón y dice todo español que no ha sido tocado de esta enfermedad ya endémica. Claro está que _doctor_ y _doctrina_ diré y escribiré yo, como todo el que hoy escribe y habla cultamente. Pero convengamos en que los que trajeron esta epidemia, hoy convertida en endemia, hicieron mucho daño, puesto que dividieron en dos el idioma antes único, lo partieron por el eje. Los sabios Académicos ¿qué habrán de decidir entre tan encontrados principios? Atenerse á lo que yo, á lo culto y poner un _anticuado_ á lo que no lo es. Esto significa más de lo que parece: es matar oficialmente, no sólo cuatro palabras, _dotrino_, que se omite, y _dotor_, _dotrina_, _dotrinar_, que se jubilan, sino el fonetismo castellano que es evitar _ct_. Y como el que á hierro mata á hierro muere, al portarse así con indefensos individuos, aunque sean golfos sin hogar lujoso y culto, se dan muerte á sí mismos: desechan ese principio fonético que les serviría para limpiar, fijar y dar esplendor, y se hallan metidos de cabeza en medio de un Babel: nosotros diremos _doctor_, el pueblo dirá _dotor_, pese á quien pese, y pueblo y nosotros diremos _dotrino_. Eso no es fijar, sino poner en danza unas y otras variantes; no es limpiar, sino revolver el cotarro; no es dar esplendor, sino oscuridad y vaguedad al idioma.

La primera edición del Diccionario dice que uno de los capítulos de su plan era «desterrar las voces nuevas, inventadas sin prudente elección, y restituir las antiguas, con su propiedad, hermosura y sonido mejor que las subrayadas: como por _inspeccionar_, _averiguar_». Nuevo es _inspeccionar_, como todos los que comienzan por la preposición _in_, que en castellano se hizo _en_, _an_, _añadir_ de _inaddere_, _entender_ de _intendere_, _antruejo_ de _introitus_, _amparar_ por _imparar_. Ese amontonamiento de consonantes en _inspeccionar_, tan parecido al de _doctor_, pugna con la sonoridad propia y natural que distingue al castellano entre todas las lenguas de Europa. Y esa sonoridad no es hija de la reacción latina, sino del fonetismo vulgar. Entre esas dos tendencias ¿á cuál nos atendremos? Á la más bárbara. Hoy todo el mundo progresa, que es una barbaridad.

La Academia Española no pudo mostrarse más modesta, discreta y avisada en esta solemne declaración. «El poner estas autoridades (en el Diccionario) pareció necesario, porque deseando limpiar, purificar y fijar la lengua, es obligación precisa que la Academia califique la voz...: pues con este método muestra la moderación con que procede, y desvanece las inventadas objeciones de querer constituirse maestra de la lengua...: que la Academia no es maestra, ni maestros los Académicos, sino jueces...; sólo da censura á las que por anticuadas, nuevas, supérfluas, ó bárbaras la necesitan». ¿_Dotor_ es palabra anticuada? Ya hemos visto que no. ¿_Doctor_ es nueva? Por lo menos para el pueblo, _penes quem_..., y para nuestros clásicos, que decían _dotor_. ¿Es _doctor_ supérflua? Supongo que sí, habiendo _dotor_. ¿Es bárbara? Sí, aunque sea muy romana, y por el mismo caso de serlo. Bárbaro no es lo no latino, sino lo no idiomático en cada lengua. Barbarismo sería decir en castellano _collocare_ por _colgar_, como decir en latín _colgar_ por _collocare_. No hay, pues, reglas fijas. Repito que el cacharro se quiebra, y los Académicos no pueden limpiar ni fijar nada, mientras no desechemos esas prevenciones añejas, y estudiando bien el ingenio del castellano tengamos principios ciertos á que bandearnos.

¿Qué ingenio es ese del castellano? Si aquellos primeros Académicos, á pesar de su autorizado saber y juicioso aviso, declaran que no son maestros, menos lo soy yo. Ni es fácil, por lo demás, declararlo en unos artículos. Con todo, algo pudiera apuntar escudriñando y poniendo en claro esa misma pronunciación vulgar tan menospreciada. Si la sangre popular dicen los sociólogos que es la que renueva y vigoriza siempre la masa gastada de las clases altas, los lingüistas por su parte afirman que el habla popular ha de llevar siempre nueva vida, nuevos bríos, al lenguaje erudito y literario, so pena de quedar éste convertido en una lengua muerta entre los papeles de los literatos. Tal sucedió al griego y al latín clásicos desde el momento que dejaron de arraigar en los dialectos vulgares, y tal sucedería á nuestra lengua, si fuera creciendo esa divergencia entre el lenguaje escrito y el habla del pueblo español.

[Ilustración]

LOS ORÍGENES DE LA LENGUA CASTELLANA SEGÚN UN LIBRO RECIENTE

_La Gramática y Vocabulario de las obras de Gonzalo de Berceo_, obra premiada en público certamen por la Real Academia Española, acaba de salir publicada á sus expensas. Su autor, D. Rufino Lanchetas, no ha menester nuevos elogios. Bien conocido como uno de los buenos filólogos españoles, y como el que mejor ha comprendido la fonética del verbo castellano, en esta monumental obra de 1.042 páginas ha vertido todos sus conocimientos y erudición lingüística acerca de las evoluciones de nuestra lengua.

No conociéndose los códices manuscritos que tuvieron á la vista el P. Sarmiento y D. Tomás Sánchez, y no habiéndose hecho la edición crítica de las obras del poeta riojano, trabajo indispensable que debiera haber precedido al de su estudio lingüístico, ha debido acogerse á las tres conocidas colecciones de los Sres. D. Tomás Sánchez, don Eugenio de Ochoa y D. Florencio Janer y á otras obras particulares por otros publicadas, llenando en cuanto ha podido esta falta de texto crítico y depurado con los conocimientos teológicos y bíblicos necesarios para interpretar á un poeta erudito-religioso, que en medio de las guerras y glorias nacionales de su época no salió de su rincón de la Rioja, tratando con los monjes como uno de ellos, aunque sólo fuera sacerdote seglar, y ocupado solamente en cantar el sentimiento religioso por sus dos caras, positiva ó del bien, y negativa ó del mal, de la gracia y del pecado, del cielo y del infierno. Pero, en lo literario, nos ha dado á conocer á Berceo D. Marcelino Menéndez y Pelayo en el tomo II su Antología de poetas líricos castellanos tan cumplidamente, que en pocas páginas al poeta castellano más antiguo que conocemos nos lo ha hecho ya familiar y agradable por la suavidad y delicada unción mística, por el realismo de la narración, por el candor del estilo, no exento de cierta socarronería é inocente malicia, y por la armonía con que supo combinar y disponer las palabras de su lengua, como dijo Puymaigre.

Lanchetas se ha ceñido á la parte lingüística. Para mí, lo más original, fuera de las doctrinas que ya conocíamos por su tratado del Verbo castellano, es el Apéndice que versa sobre la versificación de Berceo. Parece que para los postres ha querido reservarnos el mejor plato. El asunto es difícil y cuya solución nunca podrá pasar las lindes de cierta probabilidad; pero creo que el autor, enterado, como pocos en España, en los secretos de la Métrica antigua, y encariñado con esta cuestión, la ha aclarado cual ninguno. No hay que pensar en el pentámetro al querer buscar el origen del alejandrino. De ritmo dactílico, por su naturaleza y origen, puesto que derivó del epos ó exámetro, este metro exigía necesariamente la base de la versificación antigua, la cantidad prosódica. No sé cómo Sánchez, Amador de los Ríos y Revilla pensaron y se detuvieron en él. El dímetro yámbico cataléctico, compuesto de dos dipodias yámbicas, la segunda incompleta, con los golpes fuertes propios de los yambos en la segunda parte de cada uno de los pies, y precediendo el golpe más fuerte al que lo es menos, fué muy usado en los himnos eclesiásticos, por ser de los que mejor se acomodaban al principio de la nueva versificación, basada solamente en el acento espiratorio. Reunidos de dos en dos estos dímetros yámbicos, que rimaban por pares como el romance, es decir, que eran versos heptasílabos de rima consonante alternada en los pares, resultó la serie de alejandrinos. Desdoblando un cuarteto alejandrino, resulta, por el contrario, una octavilla de rima consonante en los pares:

Dabán olór sabéio Las flóres bién oliéntes. Refréscabán en ómne Las cáras é las miéntes. Manában cáda cánto Fuentés clarás caliéntes, En véranó bien frías, En yviernó caliéntes, (_Milagros_, 3).

Compárese ahora con el Θέλω λέγειν 'Aτρείδας | Θέλω δε Κἁδμον ᾅδειν en dímetro yámbico cataléctico de la conocida anacreóntica, y con el himno _ante Somnum_ de nuestro Prudencio:

Adés Patér supréme Quem némo vídit únquam, Patrísque sérmo Chríste, Et Spíritús benígne.

Los hemistiquios esdrújulos alejandrinos corresponden naturalmente al dímetro yámbico acataléctico completo: «El fruto de los árboles» (_Mil._, 15), y «A sólis órtu cárdine» (Himno de la Virgen). El paralelismo no puede estar más claro. Lanchetas ha desenvuelto, pues, y redondeado la doctrina ya emitida por Bello y Benot, y la ha declarado con todo el aparato de la técnica métrica de Christ (_Metrik d. Griech. und Römer_).

Este autor emplea el término griego θέσις en el sentido etimológico en que lo emplearon los griegos, en el de golpe fuerte, que correspondía al bajar de la batuta ó dar un golpe con el pie en el suelo, conforme al tecnicismo de la música y de la orquéstrica, de donde tomaron sus términos los poetas. Lanchetas llama á ese golpe fuerte _arsis_, siguiendo á Bentley y Hermann, que lo tomaron de los gramáticos latinos posteriores (S. ISIDORO, _Orig._, I, 16), los cuales confundieron los dos vocablos _arsis_ y _thesis_, dándoles opuesta significación á la que entre los griegos habían tenido. Es lo único que tengo que advertir, además de los dos deslices siguientes que noto en este apéndice. En el final del verso, dice en la página 1.027, está la norma de nuestra versificación, «así como el de la metrificación clásica estaba _en el comienzo de ellos_» (de los versos). Y en el final, que es el que daba precisamente el tono. En la página 1.038 dice que el pentámetro «pasó de Grecia á Roma, donde se le usó también con el exámetro, pero destinado casi exclusivamente á los asuntos de carácter triste. De aquí el llamarlo también _pentámetro elegíaco_». Este nombre viene de elegos, que era el propio del dístico, compuesto de exámetro y pentámetro, fuera del cual nunca se empleó. Por lo demás, el _elegos_ se usó en todo linaje de poesías, que nada tenían de tristes, tanto en Grecia como en Roma.

Del Vocabulario, lo que podemos decir es, que para los estudios lingüísticos del castellano nos hacía muchísima falta; bastantes etimologías habría que corregir; pero, por no entrar ahora en menudencias, lo dejaré para hacerlo en otra ocasión. Tampoco me detendré en particularidades tocantes al estudio gramatical del autor. Sólo sí me parece debo hacer notar algunos conceptos poco apurados vertidos en la Fonología, por ser de consecuencia y tocar al método.

El que mira una lengua extraña al través de un Diccionario y de una Gramática, natural es que se forme un concepto inexacto de esa lengua. El tal Diccionario es para él un almacén donde se guardan los términos; y la Gramática, un inventario donde, por orden de clases, se describen las particularidades de los mismos términos; esa lengua es una colección de objetos, determinados en número, hechos y acabados, que no admiten retoque. Semejante concepto del lenguaje es, sencillamente, una niñería. Un idioma no es más que un conjunto de temas y de sufijos; pero la infinidad de combinaciones de estos elementos no está ya hecha de una vez. El pueblo que lo habla lleva en su cabeza tantos conceptos generales como son esos temas, y tantas clases de relaciones como son esos sufijos; pero de la combinación de esos conceptos entre sí, y de esas relaciones entre sí, y de esos conceptos con esas relaciones surge un mundo ideal sin riberas, al cual responde otro mundo fónico tan sin cabo de vocablos que, al brotar cada nuevo concepto, lo viste de una forma sonora, resultando una nueva palabra, una nueva frase. Es, pues, el idioma, no un almacén de cosas contadas é inventariadas, sino una herramienta que puede fabricar, ó un campo que puede dar de sí cuanto necesite la mente. Es tan imposible que en un Diccionario puedan inventariarse todas las palabras, como que puedan almacenarse en un lugar, por grande que se le suponga, los géneros que pueden salir de una fábrica bien organizada. Además, renovándose las ideas de la sociedad continuamente, á la continua se renuevan las calidades de esos géneros.

Por eso, ó yo no entiendo este párrafo de Lanchetas, ó la idea que él tiene del lenguaje no es la que acabo de exponer. «Berceo floreció, dice, en un tiempo en que la lengua castellana no tenía para las transformaciones más freno que el de la comprensión de los que con él hablaban la misma lengua»; de donde infiere un dualismo lingüístico en el poeta riojano. Ese único freno de la comprensión, si freno ha de llamarse, lo ha habido siempre en el habla, sin que empezca para que los idiomas sean algo uno y bien trabado, sin esa dualidad lingüística, un verdadero sistema fónico.

Yo veo en esas palabras el efecto de otra ilusión óptica del que mira el castellano antiguo como algo ya muerto, y lo coteja con el actual. Parécele que aquellos sufijos y aquellas formas, que hoy no tienen ya vida, eran como dañinos chupones en el tronco, que una Academia hubiera podido y debido podar. Los fenómenos lingüísticos del castellano de entonces, por no parecerse á los del actual, se le antojan como sin norma ni principios, cual excrescencias irregulares. Es otra ilusión: ésos son géneros que producía en aquel momento histórico la misma fábrica que hoy produce los que nos parecen más regularizados. No es mucho extrañemos los trajes y modas pasadas; pero lo mismo extrañarán mañana los de hoy nuestros nietos. Ni en Berceo ni en el habla vulgar de su tiempo se dió tal dualismo lingüístico; el que sí se dió y se da hoy es el apuntado después por el Sr. Lanchetas, y que el mismo Berceo da bien á entender: el del habla erudita, tomada del latín, que contrasta con el habla vulgar. Pero aquella habla vulgar, como la de hoy, créame Lanchetas que era muy regular, y tan sistemática en sus principios como cualquier otro idioma. Los dialectos literarios y eruditos, que en parte arraigan en el habla vulgar y en parte se les estira hacia otra lengua, como el castellano escrito hacia el latín, ésos son los que llevan en su seno la dualidad lingüística, la disparidad de tendencias, la hibridez de sistemas.

No hay que darle vueltas: el hombre es una gran cosa, sus obras son una grandísima cosa, pero la naturaleza es algo más grandísima cosa. Todo lo artificial es un juguete que remeda toscamente, y hasta de una manera visible, como un muñeco, á la naturaleza; y el habla natural es el habla del pueblo, y los muñecos que la remedan, todos esos pegotes de la erudición.

Es que se considera el idioma cual si fuera un artificio tan hechizo como la Literatura, distando de ella cien leguas. La Literatura, hablo de la erudita, como la Pintura y todas las demás artes, son, al fin y al cabo, muñecos, bebés, carrillos, toros, caballos de cartón, de madera, de cualquier otra cosa, menos de carne y hueso. Á la verdad que son juguetes de personas de edad, con los que muy honestamente podemos entretenernos. Pero no por eso hemos de parear, y aun preferir, los cartones pintados, los ojos de vidrio y aun el serrín embutido en el bebé, á un angelito que sola la naturaleza supo fraguar en el seno de una inconsciente é ignorante mujer. Sólo que, como cada cual alaba sus agujetas, desde que hay hombres, con todas sus necedades metidas en el cuerpo, se han forjado la candorosa opinión de que los muñecos que él se fabrica para su honesto solaz ó para sus apremiantes menesteres son más hermosos y acabados que los de la madre naturaleza. Por eso llama artes, cultura, civilización, progreso, á esos juguetes y á su manufactura, dejando para los salvajes primitivos el cielo estrellado y los prados vestidos de verdura. El niño se regocija y embebece con un caballo de cartón y se estremece ante un caballo que, sin darle cuerda, puede y sabe relinchar; la niña besuquea un burujo de trapos pintados y riñe con su hermanito chiquito. El habla vulgar es la expresión natural en la que vierte un pueblo sus ideas; el habla erudita, en cuanto de esa habla vulgar se aparta, son trapos y cintajos con los que, por un pudor mal entendido, queremos encubrir la belleza natural de las formas. Otrosí: el _cake-walk_ parece tan saleroso y bonito danzado por estirados ingleses, como el latín que han traído los eruditos, pronunciado por un manchego. Pero quede aquí esta digresión.

Es un crasísimo error el creer que las lenguas tienen un período de formación en el que domina la anarquía; otro de perfección, y otro de caduca vejez. En cualquier momento histórico que se le considere, un idioma es un sistema único y, por consiguiente, acabado en su género; un instrumento de expresión no sistematizado, sino en plena anarquía, no ha existido jamás, porque no serviría para el caso, y porque el idioma no es una mesa que los bárbaros del Norte puedan desvencijar de un par de hachazos y dejarla coja; sino un instrumento de expresión que va evolucionando en mejor ó peor dirección, pero que está sistematizado y organizado en todas sus piezas, en cualquier momento histórico que se considere. Mirándolo en aquel momento hacia atrás, parece que aún se hallaba informe y sin acabar, y para cada época el idioma en las épocas precedentes se halla en vías de formación. De ahí todos esos epítetos que se derrochan contra las antiguas maneras de ser del idioma: Cicerón llamaba informe, bronco y rudo al latín de Enio; León lo repetía respecto del castellano del siglo XIV; Salvá respecto del del siglo XVI y XVII, y en el siglo XXI lo repetirán de nuestro castellano de hoy. Son ilusiones. Claro es que cada estado del idioma es preparación para los que le han de seguir, y en este supuesto puede decirse que se halla en un estado informe; pero tan acabado está en una época como en otra. Algo de esto parece tenía en la cabeza Lanchetas, cuando en la página 34, al describir la historia del castellano, llama á sus tres períodos _Morfológico_, en el cual se forma; de _Perfeccionamiento fonético_, y de _Fijación_. Lo más chusco en esta clasificación falsa, si las ideas anteriores no lo son, está en ese último término de _Fijación_. Ni el castellano ni ningún otro idioma llega á _fijarse_ jamás; el día que se plante, es porque hay que cantarle sin remedio el _gori, gori_.