Cabos sueltos: Literatura y lingüística
Part 3
No sé si llegarán á una docena los términos castellanos que la Academia deriva del eúskera; Unamuno y Múgica dicen que sólo derivan cuatro, y aún se los regatea el segundo de estos autores. El cual añade: «Y vamos ahora á dar un mal rato á los vascófilos españoles, que se empeñan en hacer derivar el castellano del vascuence de esta manera: augurio de agur, báculo de maquila, chapeo de chapela, chiquito de chiquera, chorizo de charri, mutilar de mutil, relincho de irrintzi, vía de videa, etc.» Y en una nota de la _Gramática del antiguo castellano_ pone estas palabras de Unamuno: «El vascuence es inferior al castellano _en todos conceptos_; es más pobre, más obscuro, más embarazoso».
Para desagraviar á la Lingüística básteme apuntar que el Sr. Múgica no conoce el eúskera, que si lo conociera, no se riyera de que á _mutilar_ lo deriven de _mutil_, de donde deriva manifiestamente, ni diría lo de _chiquito_ de _chiquera_. La Academia trae un _cicus_ latino como etimología de _chico_, que tal vez agrade más al Sr. Múgica[8]. Chiquito y chico no sé qué vascófilo ande trayéndolos de ninguna parte, puesto que si sabe vascuence, sabe que ni _chiquera_ es término vascongado, ni _chiquito_ necesita tomar la boína por el sombrero para serlo. Si en esa etimología alude, según creo, á Larramendi, el Sr. Múgica, cegado por la inquina anti-vascófila, no supo leer á Larramendi: «Chico, -ca, es voz vascongada, _chiquia_, _chiquerra_, _tipia_, _mendrea_. Lat. parvus, exiguus». Tal es el texto, en el cual no se lee _chiquera_, ni se trae á _chico_ de _chiquerra_, como no se trae de _mendrea_, ni de _parvus_.
El vascófilo que derive _augurio_ de _agur_ ó _chapeo_ de _chapela_ no merecía ser citado para nada. ¿Son parecidas todas las etimologías que aducen los vascófilos? Hinque, pues, el diente el Sr. Múgica en las que yo haya de traer, que no serán cuatro, sino cuatrocientas y bastantes más. La etimología castellana está envuelta en nieblas impenetrables. No hay lengua en Europa que tenga tales misterios á estas fechas. ¡El fantasma, señores, el fantasma! No parece sino que los más avisados lingüistas, arredrados ante tamaña esfinge, se quedan á competente distancia.
No sé á qué otro motivo atribuir el que el insigne Díez, tratando de la etimología de los romances, pase de largo y se deje en el tintero casi la mitad de las raíces castellanas, sin mentarlas siquiera, como parece lo pedía la empresa acabada con tan feliz suceso, por lo menos para confesar que eran inexplicables. Cuando trae etimologías vascongadas se ciñe á copiar á Larramendi: y así salen ellas.
Pero esta cuestión del iberismo y del influjo del eúskera en el castellano tiene más hondas raíces y he de tratarla despacio, porque la creo de gran momento para el conocimiento de nuestra lengua y de nuestra etimología.
NOTAS:
[2] Tomo I, pág. III.
[3] Tomo I, pág. V.
[4] Tomo I, pág. IX.
[5] Pág. XIII.
[6] Pág. XIX.
[7] _Grammaire des Lang. Romanes_, tomo I, pág. 47.
[8] Para que haya donde escoger nos ofrece _chiqui_ y _exiguus_ en la última edición, y en el _Suplemento_ añade _cicum_.
[Ilustración]
IDOLILLOS DE GRAMÁTICOS
Es todavía muy corriente entre personas no iniciadas en la Lingüística moderna el creer que la gente del pueblo habla mal el castellano, que corrompe los vocablos y pronuncia de cualquier manera. Si esto es verdad, el castellano debe de ser una jerga horrible, puesto que antes de nacer la Literatura y de que ésta influyese en el habla vulgar estuvo nuestra lengua á merced del pueblo. Pueblo eran hasta los más linajudos señores de horca y cuchillo, que encerrados entre sus almenas en invierno y lanza en ristre, cabalgando por las tierras del señor vecino, en verano, estaban tan ayunos de lo negro, que apenas si sabían firmar, si no era con dos palotes en forma de cruz. Y pueblo fueron también los primeros españoles, que pronunciando malamente el latín, digo, pronunciándolo á la española, dieron origen á nuestro romance.
En su nacimiento y evolución durante muchos siglos, el castellano estuvo á merced de ese pueblo que habla mal, corrompe los vocablos y pronuncia de cualquier manera. ¿Acaso desde que nació la Literatura, el romance vulgar se ha pulido y perfeccionado? ¿Lo ha sacado la Literatura de manos de villanos quitándole esa corrupción con que nació y se crió y esa pronunciación aviesa de los que lo engendraron y criaron? Á mí, por lo menos, se me cae de las manos la Historia de la conquista de Méjico que escribió con mano muy enguantada el atildadísimo Solís, á pesar de lo que el asunto me halaga; y me voy en busca de escritores que tiran á copiar el habla vulgar, del autor de la _Celestina_ y del _Quijote_, de nuestros primeros dramaturgos Juan del Encina, Lope de Rueda y Lucas Fernández. Juan de Mena, que salido del polvo, fué persona de cuenta en la corte, si se hubiera ceñido al habla que aprendió en Córdoba á las faldas de su madre, hubiera sido algo más ameno y castizo de lo que fué en su Laberinto y en su Coronación.
Eso de _subverter muros_, de _Pierio subsidio_, de _ignoto_, de _vecina planura_, de _medios especulares_, de _magnos clarores_, de _templo immoto_, de _gran pudicicia_ ó _inimicicia_, de _docta ductriz_, de _carbasos_, de _nueva pruina_, de _morir sepelidos_, de _rostro jocundo_, etc., etc., sería todo lo jocundo que se quiera para los que creían que fuera del latín no existían más que lenguas bárbaras, las cuales era preciso pulir y ataviar con tales joyas; pero á los ojos de un español todas esas joyas no podían dar gran brillo ni tales terminachos sonar más que cual bronca y desapacible jerga _ignota_, poco _ductriz_ de movimientos y de _clarores_ poéticos.
Pero le dió por saquear el vocabulario latino españolizándolo como pudo. ¡Gran letrado! Sólo que como pronunciaba _mejor que el pueblo_, no supo dar á esos infinitos términos latinos, que incrustó en su lenguaje literario, el corte y la pronunciación genuinamente castellanos. ¿Por qué? Porque lo genuinamente castellano es lo vulgar, la pronunciación castellana es la del pueblo, que fraguó nuestro romance. Juan de Mena pronunciaba, pues, y escribía, no mejor que el pueblo, sino horriblemente mal los términos latinos que nos regaló. Y claro está: cuando el pueblo al terciar con la gente culta se ve precisado á emplear algunos de esos términos, que le han querido regalar los eruditos, los estropea y corrompe. Pero los corrompe, como se corrompe el mosto en el lagar, para trasformarlos en términos castellanos, para darles el corte y la pronunciación que pide el fonetismo del castellano. Y eso sin reflexión ni principios; sólo por lo que se ha llamado _genio particular_ del idioma, por ese carácter fonético propio de cada raza, que lo poseen las gentes que hablan cada idioma, las gentes del pueblo tan bien y mejor que las personas ilustradas. El labriego de tierra de Campos no se ha metido nunca á distinguir una letra de otra en su habla, no sabe si pronuncia _m_ ó _n_ al decir á su mujer que se va _al campo_, ni siquiera ha analizado _campo_ en la raíz _camp_ y en el sufijo _o_. Pero el que tenga buen oído, notará que ese labriego no dice _campo_, sino _canpo_.
Así lo pronunciaron nuestros padres, puesto que _canpo_ escribieron hasta que se le ocurrió á algún erudito que en latín era _campus_, y que, por lo mismo, había que decirse y escribirse _campo_. Si se lo hubiera advertido á nuestro labriego, le hubiera tal vez respondido: «¿Y qué tengo yo que ver, ni qué tiene usted que ver con ese latín y con esos romanos de que usted me habla? ¿Son acaso los _maistros_ que vienen de los Madriles? Porque entonces, bien podrá ser que tengan razón».
Hasta ahí llega la docilidad de nuestro pueblo, que da la razón á cuantos llegan de los Madriles ó ven que manejan la pluma ó que saben por lo menos leer. El sacristán, á quien acudían en tiempo de Sancho Panza para que les redactasen una carta, era un sabio profundo. ¿No lo había de ser, si sabía de letra? Y lo cierto es que los que tienen razón son ese nuestro labriego y los demás plebeyos, que os escucharán con la boca un palmo, y con movimientos afirmativos de cabeza, siempre que les habléis en nombre de los sabios, aunque esos sabios sean de los que saben muy á ciencia cierta que _campo_ debe pronunciarse y escribirse con _m_ y no con _n_. ¡Herejía ortográfica! Y dígame usted, por vida de los romanos, que bien podridos y repodridos estén en tierra, ya que no en gloria: ¿Usted pronuncia realmente _campo_ con _m_? Repare un momento y pronúncielo usted con _m_, á buen seguro que se echa usted á reir. Como que tendrá usted que cortar el vocablo y decir _cam po_. Lo cual si es muy castellano, venga el labriego y lo diga, ó vengan los romanos, que son los que para usted tienen más voto en la _materia_.
Recuerdo que un tío, que tenía alguna confianza conmigo, en cierta ocasión, habiéndome oído pronunciar esta misma frase, se me quedó mirando sin pestañear, y luego murmuró entre dientes: _¡materia! ¡materia!_ Él no entendía por _materia_ más de lo que sale de un dedo enconado ó de otra apostema por el estilo. Y eso porque los médicos han llevado el vocablo hasta las alcobas de los últimos barrios; que antes, digo, cuando los primeros españoles oyeron á los romanos el término _materia_ aplicado á los materiales de construcción, les sonó á _madera_, y tal lo pronunciaron. Así corrompieron los españoles el latín, formando el castellano, y, según he dicho al principio, _madera_ será vocablo mal pronunciado. Lo es ciertamente: latinamente, no castellanamente hablando. Los médicos, como gente sabiada, no han querido corromper tan feamente la _materia_ latina al cogerla del Diccionario latino para expresar el _pus_, ni los literatos para expresar el asunto de una obra literaria. Pero el caso es que _madera_, si no es tan latino como _materia_, es en cambio más castellano. Toda _t_ latina entre dos vocales sonó en España como _d_: _lado_ de _latus_, _pedir_ de _petere_, _amado_ de _amatus_, _verdad_ de _veritatem_, _miedo_ de _metus_.
Tal es el ingenio fonético de nuestro romance. Los médicos y literatos tienen más ojo al ingenio latino: he ahí por qué después nos dicen que el pueblo corrompe los vocablos. Los corrompe, claro está, para mudarlos de latinos, como ellos se los traen, en castellanos. Pronuncia, no de cualquier manera, sino á la castellana; mientras que ellos quieren pronunciar á la romana. Pronunciar á la castellana llaman ellos corromper, echar á perder el habla. Tienen grandísima razón: es corromper, echar á perder el habla _latina_; pero ellos corrompen y echan á perder el habla castellana, pretendiendo que hablemos medio en latín y con pronunciación latina. Total, que el pueblo pronuncia mal para los que tienen por ideal el latín. Es chistosísimo: el ideal del idioma castellano debe ser el latín. ¿Y por qué no ha de ser el ideal del latín, que ellos nos traen, nuestro castellano? ¿Los muertos han de vencer y señorear á los vivos? ¿En la ley general de la lucha por la existencia sólo el lenguaje ha de andar patas arriba, quedando vencidos los sobrevivientes y vencedores los que sucumbieron? Eso es querer resucitar á los difuntos y matar á los vivos.
No parece, pues, tan cierto que el pueblo corrompa los vocablos y pronuncie de cualquier manera. Los que corrompen la pronunciación castellana y pronuncian de cualquier manera el castellano son los que, por pruritos de erudición, pero pruritos morbosos que exigirían una nueva soba ó un francesísimo _masaje_, pretenden que dejando el ingenio propio del fonetismo idiomático del habla de los españoles, resucitemos el ingenio fonético del latín, que murió hace ya una buena porción de días. La cultura literaria debe servir para elaborar rotundos períodos, si á alguno le gustan, ó abrillantar con vistosos epítetos y cortar y recortar de mil maneras la frase, y sobre todo para crear obras artísticas encarnando ideas peregrinas en el material lingüístico que el lenguaje ya hecho le ofrece. Pretender dar nuevo natural y otro colorido fónico á ese lenguaje, es mucha altanería y mayor insensatez. El pueblo, que labra y remuda el habla, hace uso instintivamente de una sabiduría tan honda, que desconcierta á cuantos se paran un momento á estudiar lo que un idioma cualquiera significa. Pero me llevaría demasiado lejos este nuevo punto de vista, y lo dejaré para otro día.
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Al decir en mi anterior artículo que el lenguaje formado por el pueblo encierra profunda filosofía, no me refería á esa filosofía vulgar de dichos y refranes, que de ordinario más tienen de gramática parda que de filosofía moral ó metafísica, y que se deben al fin y al cabo á la reflexión, á algún individuo particular que tuvo una buena salida ó que supo cifrar en breve fórmula una verdad de experiencia, que ya estaba en el ánimo de todos.
Donde se descubre esa profunda filosofía es en el mismo lenguaje que inconscientemente elabora el pueblo, concurriendo todos á la vez, sin creer nadie que concurra en particular. Nosotros mismos, que al parecer conservamos el idioma castellano como nos lo entregaron nuestros padres, lo estamos sin saber trasformando, y no lo entregaremos á nuestros sucesores tal como lo recibimos. Compárese el habla del siglo XVI con la actual, prescindiendo de los escritos, pues la letra puede ser la misma cambiando la pronunciación: las diferencias saltan á los ojos. Hemos reducido al actual sonido _j_ los dos sonidos franceses de _j_ en _jamais_ y de _ch_ en _chat_, que ellos tenían y que hemos perdido, y á la actual _z_ los dos sonidos, que ellos pintaban por _ç_ y _z_, y que se distinguían entre sí y ninguno se pronunciaba mordiéndose la lengua. ¿Vamos á ser nosotros los primeros que podamos oponernos á la corriente que va trasformando incesante, aunque inconscientemente, el habla?
Ni cien Academias, ni todos los literatos juntos, podrían lograr que los españoles digan _obscuro_ con _b_, _Septiembre_ con _p_. Los mismos literatos y Académicos, cuando hablan como españoles, dicen _oscuro_, _Setiembre_, y los que mejor pronuncian dicen _escuro_.--¡Eso es del pueblo bajo!--Y... de Granada, León y Cervantes. Y no es que en esto haya evolucionado el castellano. En esto habrá evolucionado la reacción erudita, como en decir _afuera_ por el _ajuera_ vulgar, ó el _ahuera_ del siglo XVI, que sonaba casi lo mismo; en decir _fué_ por el _jué_ vulgar ó _hué_ antiguo; en decir _fuerza_ por el _juerza_ de la gente del campo y de nuestros literatos de antaño; en decir _indigno_ por _endino_ é _indino_, como los tíos de hoy y Calderón y Cervantes. Pero el habla castellana en nada de eso ha evolucionado, porque sería esa la evolución del cangrejo, sería volver al latín, cosa en que los españoles no tienen gran comezón por seguir á los eruditos.
Hay ciertos principios fonéticos que rigen la idiosincrasia de cada idioma, y que arraigan en lo más hondo de la fisiología y de la psicología de la raza, contra los cuales las Academias nada pueden, si no es mostrar á veces un tremendo desconocimiento de las leyes y principios del lenguaje. De esos principios arrancan las leyes fonéticas que se observan dentro de cada idioma con una filosofía y regularidad que pasman. Contra esas leyes pretende levantarse el dómine, henchido de toda la arrogancia que le presta el nombre romano. El lenguaje no es la manifestación del pensamiento y de la razón individuales, ni aun de la prepujante arrogancia del dómine que se nos viene encima con todo el peso del Imperio cesáreo; es la manifestación de la razón y del pensamiento de una raza, de la raza española, que no es lo mismo que la raza latina. No es el lenguaje la voz de un individuo, aunque ese individuo se llame Cervantes ó Calderón, es la voz de la sociedad entera, mejor dicho, es la voz de raza.
El idioma es la propia é inmediata creación de un pueblo. Es el mundo ideal, en el cual viven las inteligencias de todos sus individuos, y cuya atmósfera común lleva á todos los pensamientos de todos, armonizando en íntima unidad el pensar y el sentir de los particulares, y haciendo latir de la misma vida espiritual todas las inteligencias. En sí mismo, el lenguaje es algo impalpable, que no vive en uno ó en otro individuo, sino en el conjunto de todas las inteligencias, en la fusión íntima del pensamiento, del espíritu de un pueblo con el material fónico de su idioma. El mayor talento queda aniquilado, cual gota echada en el océano, ante la potencia intelectual de toda la raza, acumulada en su idioma. Las tendencias fonéticas, que hacen evolucionar la pronunciación, siguen los mismos pasos, obedecen á los mismos principios, son tan producto de raza como el habla en su elemento ideal.
No pronuncian, pues, á capricho y de cualquier manera los tíos que hacen reir al erudito inconsiderado. No hay fenómeno en la naturaleza que no tenga su razón de ser; el acaso es la receta con que se consuelan el ignorante ó el perezoso. Esa pronunciación del rústico, que al gramático se le antoja corrompida, no es sino muy regular, harto más regular que la que él quiere enseñarle, aprendida del latín: obedece á leyes fonéticas tan ciertas y regulares como el movimiento de los astros, puesto que son producto, no del capricho individual, sino del carácter y de las tendencias fisiológico-psíquicas de toda la raza durante centenares de generaciones. ¡Cuán ridículo no aparece el gramático que, pagado de su latín, mejor ó peor aprendido, pretende dar una lección de pronunciación al pueblo! ¿Qué vale ese átomo de reflexión gramatical ante los principios de raza que le hacen pronunciar al rústico de una manera instintiva é inconsciente?
Se ha disputado y sigue disputando entre los partidarios de la Lingüística novísima y los de la antigua escuela de Bopp y Schleicher, sobre si las leyes fonéticas son leyes sin excepción. No basta para llevar la negativa el considerar la variedad fonética que distingue á los dialectos, la cual llega á veces hasta diferenciar el habla de dos poblaciones vecinas. Eso no arguye más que una cosa, que los factores han sido distintos en naturaleza ó en intensidad, y que á veces nos es difícil averiguar esos factores y la potencia con que concurrieron al efecto total.
Esa debatida cuestión de la universalidad de las leyes fonéticas tiene una solución clarísima, que sólo puede descontentar á los que se empeñan en buscar tres pies al gato. Por cuanto acabo de decir, el fonetismo de un idioma ha sido producto inconsciente de toda la raza. No se convirtió el latín _materia_ en _madera_ porque así se le ocurrió pronunciarlo á Juan ó á Pedro, como se le ocurre pronunciar un vocablo latino á un erudito, cuando lo trae por primera vez al léxico castellano. Si así fuera, á Antonio y á Esteban se les hubiera ocurrido pronunciar ese término _materia_ de otra manera, lo cual no sucedió. La prueba es manifiesta: en castellano toda _t_ intervocal se ha hecho _d_: luego no hubo tales ocurrencias individuales para que resultase _madera_ y resultase _mudo_ de _mutus_, y _boda_ de _vota_, etc., etc. El individuo es impotente; los cambios fónicos resultan de toda la masa de la nación, provienen de causas comunes y generales, que arraigan en la fisiología y psicología, no del individuo, sino del pueblo, puesto en tales circunstancias y con su carácter y civilización propias. Pero, así como en un fenómeno físico entran á veces como factores muchas leyes físicas, hasta el punto de no poderse deslindar el influjo de cada una de ellas en la resultante total, y de que mucho menos se pueda prever un efecto determinado puestas varias causas, por ignorarse las que pueden intervenir en esta colisión y lucha de leyes y fuerzas, así es difícil llegar á conocer todas las leyes que intervienen en la producción de un fenómeno fonético, y mucho más el poder predecir de antemano la resultante de varias leyes fonéticas.
Las leyes obran sin excepción cuanto pueden. Si después su acción queda neutralizada por otras más ó menos opuestas, ¿llamaremos excepción á la resultante que no se atiene enteramente á las leyes que creíamos nosotros que únicamente intervenían? Llámense, si se quiere, excepciones: en este supuesto, la naturaleza es un caos, un montón de excepciones, no es un _cosmos_, un _mundo_ ordenado. Pase ese término, como hijo de nuestra ignorancia; pero en la pura y cabal inteligencia del universo, ese término carece de sentido.
El rústico que dice _madera_ hace uso de harto más profunda filosofía, bien que inconsciente, que el necio gramático que pronuncia _materia_. El gramático está solo con su capricho, con el capricho de pronunciar el castellano á la latina, que es capricho tan respetable, ciertamente, como el de aquellos ostrogodos que les daba por servirse de cráneos de difuntos para beber en sus festines. Ese gramático será un gran latino, pero también es un gran ostrogodo. En cambio el rústico se apoya sobre el inquebrantable cimiento de las leyes de la naturaleza, y tiene tras sí la masa imponente de toda la raza.
El infeliz se ve un día precisado á llamar al médico para que vea á su hijo que se le muere: _señor Dotor_, le dice. Y al grave _Doctor_ con _c_ se le escapa una doctorísima sonrisa. Durante diez y nueve siglos han evitado pronunciar todos los españoles el grupo _ct_, hasta lo evitaron los mismos eruditos del Renacimiento. No sé desde cuándo las personas cultas han dado en pronunciarlo diciendo _Doctor_ en vez de _Dotor_. ¿Quién es el necio? En su primera evolución castellana _ct_ dió _ch_, _pecho_ de _pectus_, _lecho_ de _lectus_, _hecho_ de _factus_, _lechuga_ de _lactuca_. Cuando después los eruditos trajeron nuevos términos latinos con _ct_, al llegar al pueblo, y aun entre los mismos eruditos, dejóse siempre la _c_ y sonaban _Dotor_, _dotrina_ y _dotrino_, _afeto_, _bendito_, _maldito_, y no _bendicto_, _maldicto_. Hoy día es tal la fuerza de la cultura, que aprovechándose de ella, los nuevos eruditos han conseguido que _Doctor_, _doctrina_, _afecto_, etc., lleguen á pronunciarse así á la latina, contra el ingenio del castellano, en la clase elevada y en la clase media; sólo quedan _doto_ y _afeto_, ó _afeuto_ (ó lo que ustedes quieran, con tal de no decir _afecto_) para el ínfimo pueblo, cuando se ve necesitado á emplear estos terminajos, que á nada les suenan, y sólo sí les descerrajan los oídos.
La costumbre es una segunda naturaleza; no me extrañará, pues, que aquí el gramático erudito vuelva á su tema: _Eso, por más que digan, es corromper los vocablos_. Corromper es un término muy vago, propio de épocas ignorantes en cosas de química: hoy se prefieren los términos mudarse ó evolucionar, ú otros más conformes á los nuevos conocimientos. Repito que eso es corromper los vocablos latinos, pero que también el mosto tiene que corromperse, si hemos de seguir saboreando el vino en nuestras mesas. Convendría que esos tales gramáticos, sin tener en cuenta la evolución que ha sufrido el vestido, se echaran la túnica y la toga, en vez de las prendas que acostumbren llevar, y se marcharan muy satisfechos _en pernetas_ á la Puerta del Sol. Otras consecuencias, no ya vestuarias, sino puramente gramaticales, las dejo para otro día.
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