Cabos sueltos: Literatura y lingüística
Part 29
El elemento semidemocrático alzóse contra los tiranos Brahmanes, valiéndose de los mismos principios sobre que se levantaba todo su artificioso poder, y con el nombre de Budhismo luchó á brazo partido y se llevó de calle los pueblos orientales. Aquel fué el momento en que los adoradores de Brahma sacaron su Verbo, y el Sanskrit clásico, desenclaustrado, comenzó su era de esplendorosa literatura, reaccionando contra el Budhismo y contra su instrumento el Pali. Tan artificial como el latín clásico, obtuvo el Sanskrit largos siglos la hegemonía; pero las hablas vulgares, que en vez de estacionarse entre los laureles gramaticales de los Paninis ó Quintilianos siguen adelante en su natural evolución, dejaron fosilizada aquella habla divina, hoy sacada de su sarcófago por los indianistas, como de su sarcófago habían sacado al latín literario los del Renacimiento.
Las lenguas románicas no mataron al latín vulgar: fueron sus continuadoras en la Romanía. Pero antes de salir de Italia y conquistar el Mediodía de la Europa occidental, aquella _prisca latinitas_ hubo de recorrer toda la Península, y si logró imponerse y triunfar de las lenguas todas itálicas, no fué sino á costa propia, coloreándose de los matices de todas, enriqueciéndose con sus despojos, al par que perdía algo de su original personalidad.
Es menester no conocer las antiguas lenguas de Italia, no haber hecho el cernido del latín vulgar, ya en sus elementos fonéticos, ya en los lexicológicos, para creer que el latín llevado á las provincias por los conquistadores era el latín puro de la antigua Roma, y mucho menos el de las familias aristocráticas. Conocemos por Tito Livio (XXVII, 9, 10) las colonias latinas que hasta Aníbal (208 antes de J. C.) se habían desparramado por Italia. Desde este momento para el habla de los Romanos hubo de empezar una nueva era. Hasta la guerra social, época en que se extinguen las últimas protestas patrióticas de los pueblos subyugados, y sobre todo hasta Sila, los dialectos meridionales llevan al latín nuevos elementos lingüísticos, y las diversas hablas de Italia se constituyen, todas ellas cual dialectos latinos, pero seguramente matizados por el fonetismo local. Sin admitir la hipotética división de dialectos sugerida por Mohl[23], en general su idea no puede rechazarse; la unidad del latín vulgar, si tal vez llegó jamás á realizarse de una manera completa, á pesar del dicho de Quintiliano de que el latín era en toda Italia sensiblemente uniforme (lo cual puede entenderse del vulgar tanto como del literario), mucho menos se había realizado por aquella época, en que, vivaces aún al dar el último suspiro las lenguas itálicas, no tenían por enemigos la mayor centralización posterior, las escuelas que después en las provincias se establecieron, y la literatura, que aún no había difundido su pujante influencia.
Aún bastante más tarde asevera Quintiliano (_Inst._ I, v. 56) que los italiotas se distinguen en la pronunciación como los metales. Suetonio (_Oct. 88_) habla de un funcionario palatino que disgustó á Augusto por decir isse en vez de ipse: era vulgar, como se ve por las inscripciones de Pompeya, en osco essuf, en úmbrio essu, isoc, eso. En Plinio (_Ep._ IX, 23) se pregunta: «¿Italicus es an provincialis?» La _lex Julia municipalis_, al fijar el latín como lengua oficial de toda Italia, dió el golpe mortal á todas las lenguas de la Península, que desde aquel momento fueron despeñándose más y más y acabaron por fenecer más tarde ó más temprano. Pero en aquella lucha, en que había de vencer, el latín hubo de colorearse con no pocos matices de las lenguas vencidas, tanto más cuanto mayor era el parecido fonético. «Neque solum _rusticam_ asperitatem, sed etiam _peregrinam_ insolentiam fugere discamus», escribía Cicerón (_De Orat._ III, XII, 44).
La lengua que primero y más decisivamente influyó en la antigua rusticitas del Lacio fué el úmbrio, por el mayor parecido en sus tendencias con aquel latín vulgar y por las circunstancias históricas en las que se fusionaron. Conquistada y colonizada la Umbría desde el s. IV ant. de J. C, sus habitantes fueron siempre amigos de los romanos y de los más favorecidos en todos los derechos políticos. Siguió hablándose el úmbrio, pero influyendo en el latín y perdiendo cada día terreno. Abandonóse el alfabeto nacional, que era el etrusco, hacia el s. III ant. de J. C., conservándose tan sólo en los escritos rituales. En el s. I por la ley Julia todo se latiniza y el úmbrio sólo queda como lengua religiosa. Así se escribieron las _Tablas Eugubinas_ con letras etruscas y con letras latinas, sirviendo el texto latino para el uso ordinario y el otro como documento testificativo y religioso de la venerable antigüedad. Fuera de las II y IV, todas las tablas son del reinado de Augusto, de modo que los documentos úmbrios que poseemos datan del II ó I siglos antes de J. C. y del I después de J. C. La parte escrita con caracteres latinos no puede por su epigrafía ponerse antes del principio del s. I después de J. C. El latín vulgar, influído poderosamente por el úmbrio, fué el núcleo del latín hablado de Italia. El Osco y demás dialectos del Sur de la Península influyeron menos y tenían tendencias más parecidas á las del latín literario que no á las de la antigua rusticitas.
Si el úmbrio influyó sobre el latín hablado, el osco parece debió influir más bien sobre el latín literario. Según Tito Livio (IX, 36), el etrusco era todavía la lengua literaria de los romanos cuando los pueblos de lengua osca recibieron los primeros establecimientos de los vencedores en el siglo IV, Capua en 342, Luceria en 320, Venusa en 290. La cultura de estas ciudades era muy superior á la de los entonces toscos romanos, merced á la influencia helénica; el osco, tras un glorioso pasado, llegaba á lo sumo de su apogeo literario, y pudo educar la naciente literatura latina. Ennius, Pacuvius, Lucilius eran naturales de países donde se hablaba el osco; un samnita hacía tragedias griegas en Catana (PLUT., _Timol._ 31, 1); un orador lucano peroraba en Siracusa (DION CRISOST., _Or._ II, pág. 113); había filósofos samnitas discípulos de los griegos (CIC., _Senect._, 41). El latín apenas adelantó un paso en la Italia meridional hasta la época de la guerra social, en que la fuerza venció todas las resistencias patrióticas. Por lo demás, las vocales, los diptongos, las consonantes del osco convenían casi enteramente con los sonidos latinos, y su fonetismo fué el fonetismo que distinguió al latín literario del latín vulgar. El osco, refractario á la contracción de diptongos y á la debilitación de i en e, de u en o, fenómenos propios del úmbrio y del latín vulgar, se opuso á que éste, modificado ya por aquél, pasase al Sur de la Península. En el siglo I después de J. C. todavía se empleaba el osco en las actas oficiales, nada menos que en Nápoles, cuando ya el úmbrio sólo se conservaba entre literatos y sacerdotes, y siguió hablándose durante el Imperio en las ciudades y en los campos. En el latín de Cartago es donde más influjo tuvieron las lenguas de la Italia meridional. El osco tuvo que empezar á perder terreno desde la guerra social, sobre todo cuando, despoblado casi el Samnium y traídos habitantes de otras regiones además de las colonias militares romanas, echó Sila las bases de la latinización completa de Italia, abandonando la antigua política romana de dejar la administración y la lengua indígenas en los países conquistados. Esta política de Sila fué la que siguieron después Augusto y sus sucesores en las provincias, originando así la uniformidad mayor ó menor del latín hablado en todo el Imperio, ayudándose mutuamente, como suele suceder, la unidad política y la unidad de idioma.
El latín que las legiones romanas llevaron á sus primeras conquistas fué el latín vulgar, no influído todavía por el literario, y cargado en cambio de los arcaísmos de la antigua rusticitas[24] é impregnado ya con toda suerte de elementos itálicos. Tal es el primer fondo del latín vulgar de España y de Cerdeña, que contiene rasgos arcaicos y dialectales itálicos, no hallados en las demás provincias. Conviene recordar el orden en que fué introducido en éstas el latín: Italia, Cerdeña (siglo III antes de J. C.), España (siglo II), Cisalpina, África, Iliria, Provenza (125), Galia septentrional, Rethia, Dacia. En lo que se refiere á España, Artemidoro de Éfeso, que escribía hacia la época de la guerra social, dice en un fragmento de su _Periplo_ que algunas tribus españolas de las costas hablaban, no el latín, sino la lengua de los italiotas: «γραμματιχῆ δὲ Χρῶνται τᾗ τῶν Ὶταλῶν οἱ παρἀ θάλασσαν οἱχουντες των Ὶβήρων» (Cfr. SCHUCHARDT, _Vok._ 1, 93). Era, sin duda, el latín cargado de umbrismos de la Italia central, que entonces empezaba á bajar también hacia el Sur de la Península italiana.
Naturalmente, cuanto antes fué colonizada una provincia, tanto más arcaico hubo de ser el latín que formó la primera base del romance. Los autores de glosarios y compiladores de arcaísmos son africanos, precisamente porque allí se usaban tales términos: Nonius, Fulgencio, Placido, que escribió en África ó tal vez en España, Charisio, de origen africano, el mismo Apuleyo de Madaura, en África. Estos autores hicieron lo que nuestro S. Isidoro, cuando recogía los términos característicos del habla vulgar de España. El comienzo de la colonización de nuestra patria fué á fines de la República por colonos italiotas, con muchos auxiliares pelignianos, marrucios, campanos, samnitas. El italismo aparece aquí antes que en ninguna parte. Sertorio quiso tal vez formar una nueva Italia en España, en la que todos los de nacionalidad italiana gozasen de los mismos derechos. Su senado constaba de 300 miembros después de habérsele unido Perpenna el año 77, tanto de italiotas como de romanos. Escipión el africano fundó en 204 á Itálica famosa, favoreciendo la colonización de los mismos italiotas. Sus habitantes, coloni italicenses, formaban parte de la tribu Sergia. Eran, pues, políticamente romanos; pero italiotas de origen, sabinos, faliscos, marsos, oscos; y sin duda entre los vencidos en la guerra social no faltarían quienes vinieran á buscar aquí una nueva patria.
Tal es la causa de que el castellano contenga bastantes elementos de la antigua rusticitas del Lacio y de las lenguas itálicas, elementos procedentes de los siglos II y I antes de J. C. Por ej., cueva de cova, ñūdo por nōdus, por la ū del osco, del sabino, en vez de la ō latina. Varron dice del coenaculum falisco, que se empleaba por comedor en Faleria, Lanuvio y _Córdoba_. Ya hemos visto que isse por ipse era dialectal, y que en úmbrio se decía essu y eso: es nuestro ese, eso, que sin duda viene del úmbrio, pues en Cerdeña es usadísimo (issu, su), y en España se encuentra (ipse) en las inscripciones, en vez de los demás demostrativos. La contracción de au átono en o, excepto delante de sílaba con u, procede del úmbrio, y era propia del antiguo latín vulgar; el influjo literario restauró después en gran parte el au. La 3.ª p. plural -unt, legunt, substituyó durante el Imperio por reacción erudita á la itálica antigua -ent del osco-úmbrio stahint, benurent; pero se conservó donde ya había echado hondas raíces, en Cerdeña y en España: elien, fachen y piden, abren, cogen. La preposición per en vez de prō se encuentra en todos nuestros documentos más antiguos, como en el testamento de Odoar del año 747: «_Per_ suis terminis»: es el per úmbrio empleado con ablativo, tota-per, nomne-per, como περί, empleado por el antiguo latín, de donde el per italiano, el per del antiguo castellano, del cual derivan pero, para y por. Conocida es la -i del plural italiano, que colorea con este timbre delgado toda aquella lengua. Ni en España ni en Cerdeña existe. Ninguna lengua itálica formó el nominativo plural en -ī excepto el latín: aun en las inscripciones antiguas latino-itálicas se ven formarse nominativos como filios, vireis, scalas. En úmbrio la 1.ª declinación lleva -as en el nom. plural, urtas, anglar por rotacismo, en vez del -ai latino, musai. Lo mismo en osco: pas exaisc-en ligis scrif_tas_ set = qu_ae_ hisce legibus script_ae_ sunt. En la 2.ª decl. el úmbrio lleva -us, prinuvatus; el osco lo mismo, Abellanus; mientras que el latín -i, domini. Sólo, pues, por la reacción erudita del tiempo del Imperio se explica esa -i italiana; pero esa reacción nada pudo en Cerdeña ni en España. El dativo pronominal uī, eī de formación reciente, masc. illuī, fem. illeī, por el epiceno illī, existe en todas las románicas, y aparece en las inscripciones italianas desde los primeros siglos del Imperio. Sólo falta en castellano-portugués y en sardo; en España y África no aparece ni en una sola inscripción.
Estos hechos prueban varias cosas. En primer lugar, el influjo de la antigua rusticitas y del úmbrio en el latín de España y en el castellano. En segundo lugar, que la reacción erudita no fué tan poderosa en España como en Italia, contra lo que asevera Mohl, el cual parece que con insistir en esta aseveración ya da satisfacciones cumplidas á los defensores de la unidad del latín vulgar y á los que dicen que las lenguas indígenas no influyeron en las románicas. Cuanto más distanciadas estaban, dice Mohl, estas lenguas del latín, tanto más puro se habló el latín, tanta mayor influencia tuvo la reacción literaria y tanto mejor se olvidaron los idiomas indígenas; y por eso, aunque el latín viniendo á España antes que á otras provincias hubo de traer elementos arcaicos y dialectales itálicos y el castellano hubo de evolucionar antes que las otras románicas; pero la reacción literaria, mayor aquí, niveló pronto el latín de España con el resto del Imperio. Tal parece discurrir, ó debe de discurrir, á mantener el dogma de la unicidad del latín vulgar. Pero los hechos desmienten este razonamiento y prueban que los elementos arcaicos y dialectales subsistieron en España, sin que la reacción erudita pudiera borrarlos, y que, por lo mismo, si el latín de toda la Romanía fué esencialmente el mismo, en concreto existieron diferencias dialectales de tanta monta como las que acabamos de ver y otras que irán insinuándose, sin contar con el elemento ibérico. Sólo añado por ahora la no existencia en España, demostrada por el mismo Mohl, del hic y del dativo reaccionario, que dió lui y leur á casi toda la Romanía, pero que no entró en España. La verdad es que no acabo de entender la última decisión de Mohl cuanto á la doctrina de la unicidad del latín vulgar: los hechos se la hacen negar unas veces, otras la opinión general le arrastra tras sí.
La teoría generalmente admitida entre los romanistas es que los romances provienen de un latín vulgar, idéntico en todo el Imperio, entre los siglos II y IV después de J. C., es decir, después de la conquista de la Cisalpina en el s. II, y sobre todo durante la romanización de la Transalpina. Esta teoría supone que sólo el celtismo pudo influir en ese latín vulgar, y que no influyeron ni el latín antiguo (antiqua rusticitas), ni las lenguas itálicas. En esta época fué realmente cuando el latín hablado llegó en todo el Imperio á ser más uniforme y á parecerse más al latín literario y oficial, por razón de la mayor unificación y centralización política y del mayor apogeo de la literatura. De aquel latín vulgar común provienen los caracteres comunes de todas las románicas y cuanto se encuentra de común en todas ellas. Es más, de entonces data el trasiego de vocablos y radicales á todas las regiones de la Romanía, los cuales eran indígenas de una ó de otra exclusivamente. El léxico románico, compuesto de radicales latinos y no latinos, se fundió entonces y se generalizó en todo el Imperio románico. En esta doctrina se apoyan los romanistas para inventar una forma latino-vulgar que explique cualquiera otra forma de cualquier romance. De tales formas latinas bien se puede repetir lo que dijo Sittl: «Das Vulgärlatein, mit welchem die Latinisten operieren, ist ein Phantasiegebilde» (_Jahresb. Fortsch. Klass. Altert._, t. LXVIII, p. 526-540): es un latín de pura fantasía. Seduce la precisión matemática con que se reconstruye de esta manera el léxico latino y con que se deducen de tales formas forjadas todo un sistema de leyes fonéticas, que después se aplican mejor ó peor á otros vocablos. Y como para que quepan todas las variantes románicas no hay más que ensanchar la fórmula latina, el negocio es fácil, no hay más que poner fórmulas generales. Se trata, dice Mohl, de explicar la contradicción entre el it. orzo y el cast. orzuelo ante el prov. ordi y fr. orge. Se dice que en latín vulgar -di- en hiato después de consonante todavía no había consonantizado la i, que en todo el Imperio se pronunciaba *ordĕu ú ordĭu. Con esto las formas modernas provienen de aquella época, lo mismo que las antiguas: en la fórmula caben todas ellas. Es lo que hacen los indo-europeistas al explicar todas las formas de las lenguas indo-europeas, sin tener en cuenta la cronología ni la evolución particular de cada una de ellas.
Tal es el sistema _comparativo_, cuando á la vez no es _histórico_: se exagera y convierte en teórico y ultrametafísico. Si el latín vulgar no es más que lo que podamos deducir de las románicas, ese latín siempre será una lengua típica y formularia, que explique las románicas, y nada más, una lengua de abstracciones. Y claro está, no teniendo en cuenta la investigación histórica, prescindiendo de la cronología de las formas, la ilusión de rigor científico que presenta este procedimiento teórico arrastra y satisface. Pero la realidad es harto más compleja. Cuando se nota la predilección en España por los pronombres iste, ipse, y lo esporádico de hic, y la ausencia completa de huic, huius en toda nuestra epigrafía, mientras se menudea tanto en otras partes, no puede menos de ocurrir la sospecha de que el latín de España en algo difería del de Francia é Italia, y que es una ilusión pretender poner como tipos del latín vulgar general hic, huic, illuī, illūius, que en España no aparecen jamás. Los elementos arcaicos que no pueden menos de confesarse, se tratan de explicar como formas aisladas y de acarreo, con tal de que subsista en pie la unidad del latín vulgar. Pero las tesis deben desaparecer, cuando los hechos claman contra ellas. Además esta tesis lleva prácticamente á querer hallar un vocablo latino para cada vocablo románico, como si las románicas no tuvieran formas debidas á su propia evolución. Este elemento idiomático, originado dentro de la vida de los romances, es precisamente el más interesante para cada uno de ellos, y es el que con mayor empeño pretendo yo que resalte en mis estudios acerca del castellano, sin negar nada de lo que legítimamente ha de atribuirse á la lengua común latino-vulgar.
Desde la guerra social el latín oficial y literario lucha contra el latín hablado y contra todas las tendencias dialectales que había ido recogiendo al través de Italia y en su marcha triunfante por las provincias. Esta reacción erudita va creciendo á la par que el poder y la centralización oficial romana hasta Augusto y sus primeros sucesores. Las escuelas, la administración oficial, el arte literario son sus principales palancas. Desde los Antoninos en el s. III la lengua literaria y oficial comienza á decaer vencida en toda la línea y á principios del s. IV desaparece. Las provincias más tardíamente conquistadas recibieron, por consiguiente, un latín más parecido al literario, Portugal ó Lusitania y el Norte de la Galia. Mientras en España _conocer_ y en Italia _conoscere_ provienen del antiguo y vulgar _conōscere_, en Portugal el erudito _cognōscere_ dió _conhecer_, en Francia _conoistre_ con _n_ por _gn_; pero al Sur _conoscere_ junto á _cognātus_, prov. _conhat_, cast. _cuñado_. El latín hablado en todo el Imperio adquiere en esta época su mayor unidad, coadyuvando poderosamente el continuo trasiego de las legiones que pasan de un punto á otro llevando á todas partes las variantes dialectales de todas.
En algunos centros españoles el latín literario debió reaccionar poderosamente. Conocida es la completa latinización de parte de Andalucía: las escuelas de Córdoba fueron famosas, más todavía que las de Narbona, fundadas para romanizar la Provenza. Sólo en Provenza y en España existe el pluscuamperfecto, que era rarísimo en latín vulgar, y cuyo empleo en estas dos regiones parece deberse al influjo literario. Otro tanto se diga de los tipos del perfecto de subjuntivo, fuerim, habuerim, cantaverim, que no existen ni en Cerdeña: fuere, hubiere, cantare, en portugués fôr, houver, cantar, no vienen del vulgar latino, sino de la reacción literaria. Pero no es completamente exacto el dicho de Mohl: Sin el latín literario no se hubiera uniformado el latín vulgar, y los romances hubieran aparecido cuatro siglos antes. ¿Acaso el latín se plantó en España sin evolucionar, aguardando á que se le llevara á las últimas provincias conquistadas? ¿Ó tuvo tal poder la reacción literaria que deshizo todo lo producido evolucionando durante ese lapso de tiempo? No desaparecieron los arcaísmos y dialectalismos itálicos, ni se volvió atrás en su evolución el latín de España: por consiguiente, siempre hubo de tener algunos caracteres que le fueron propios.
Hay, pues, en nuestro romance una mezcla de elementos eruditos con otros arcaicos, debidos á que cuando vino por primera vez el latín vulgar el literario todavía no estaba del todo fijado ni había influído sobre el habla vulgar, llena de italianismos. Este doble carácter distingue á nuestro romance de todos los demás, conviniendo con el sardo en el elemento arcaico y diferenciándose de él en el literario, que en Cerdeña dejó muy pronto de influir en la época imperial. Cadiello viene del katel úmbrio, como catellus en Reichenau, no del catulus. El influjo úmbrio dominó durante el Imperio extendiendo _-el_ de nominativo á los demás casos, haciendo olvidar el _-olo_, lat. _-ulus_, _-ulum_: catel, acus. catello (úmbrio katlu): de aquí el vulgar _-ello_, cast. _-iello_, luego _-illo_, cuchiello, cuchillo de cultellus, preferido con vitellus por Plauto á los clásicos catulus, vitulus. Estas huellas itálicas deben de subsistir más claras y en mayor número en los patois italianos, donde siempre debieron de existir dialectos rústicos del latín vulgar: al finalizar el Imperio se hablaba mejor el latín en algunas poblaciones de España y Provenza que en Italia. La lucha entre el latín literario y el vulgar termina en el s. III, en el que vence el vulgar en los autores cristianos; en el s. IV Claudiano y los puristas versifican ya en un idioma literario muerto. El latín de Dacia ó su descendiente el rumano merece especial interés, pues nos presenta el latín que hablaban las legiones imperiales en los siglos II y III, ya que pronto quedaron allí los colonizadores como separados del resto de la Romanía y nunca hubo especial influencia literaria.