Cabos sueltos: Literatura y lingüística
Part 28
Veo me he alargado en demasía, sin haber hecho más que arañar y escarbar la haza. Querer penetrar más, fuera enredarme en asuntos prolijos, cansar al lector, malusar de la licencia que se me ha dado y quitar espacio y lugar á otras mejor cortadas plumas que la mía. Y así pondré aquí punto, y no habremos poco logrado si con este solo pensamiento de recrearnos en la inimitable naturalidad y verdad de la Madre Teresa, que, dejando caer de su pluma al desgaire y sin el menor asomo de pretensión ni pedantería las mismas sencillas palabras y candorosas frases que salían de su boca en la familiar plática de vieja castellana, nos remonta á los más encumbrados conceptos de la unión del alma con Dios, y nos desentraña las más recónditas delgadeces y sutilezas de la teología mística, nos alentamos á leer y releer sus maravillosos escritos, veneros que siempre serán de altísima doctrina y ejemplar no sobrepujado de la más cendrada y varonil elegancia en lengua castellana.
[Ilustración]
EL LATÍN Y LA EVOLUCIÓN DEL CASTELLANO
I
No derivan los radicales castellanos de las formas clásicas, sino de sus similares del habla vulgar de los romanos. Autores hay que parten de formas latino-vulgares; pero, no siendo éstas más que fórmulas hipotéticas, en las que se han condensado los resultados del estudio comparativo de los vocablos románicos correspondientes, paréceme en demasía sistemático y poco científico el procedimiento.
Voy á decir cuatro palabras acerca del intrincado problema del latín vulgar en cuanto se relaciona con el origen del castellano, problema que hoy por hoy sigue todavía sin resolver. Cualquiera que conozca el espíritu de los antiguos sabe de sobra que para las personas cultas de aquellos tiempos no había más latín que el literario. Á nadie se le ocurrió jamás escribir en aquella jerga vulgar, que se consideraba como una degeneración del latín culto, torpemente desfigurado y estropeado en labios de la gente plebeya. Tal es la causa de que las únicas noticias que tenemos del latín vulgar las debamos á la investigación científica, que por medios indirectos ha llegado á rastrear algunos datos: de ahí la dificultad del problema. Y aquí ocurre una observación crítica de la mayor importancia. Ese menosprecio y extravagante manera de considerar el habla vulgar se mantuvo aún después de fenecido el Imperio. Hasta bien avanzada la Edad Media, las personas instruídas no se pusieron á escribir en romance por creerlo indigno instrumento para la literatura; mas antes del siglo XII todos creían que su habla era latín, bien que estropeado. Sólo así se explica que los escritores modificaran el romance vulgar, acercándolo en su ortografía al latín cuanto podían, y que emplearan todos los términos latinos que les venían á la cabeza con sólo darles un ligero tinte castellano. De aquí esa dualidad lingüística en un mismo autor, que emplea, no sólo términos desconocidos del vulgo, sino aun los vulgares con una ortografía semilatina ó etimológica y semifonética. Es imposible que en tiempo de Berceo sonara de tres maneras el mismo verbo: dannar, danpnar, damnar. Estas variantes ortográficas respondían á dañar, que era como únicamente se decía entonces, lo mismo que ahora. Pero hubieran creído estropear el latín si lo escribían tal como lo pronunciaban. Tenían un lenguaje para escribir, y creían echarlo á perder al hablar su _román paladino_. Y aquí han tropezado no pocos, aduciendo esas variantes ortográficas como formas que realmente sonaron tal como están escritas, y que, por consiguiente, eran las formas comprobantes intermedias de la evolución, en las cuales vemos convertirse el latín en castellano, vemos nacer á nuestro romance.
Esta observación crítica se aplica lo mismo á los escritos latinos que á los castellanos de aquellos tiempos, y es de tal importancia para la investigación de la etimología y origen del castellano, que voy á descender á casos concretos.
Está tan lejos de ser cierto que en los escritos medioevales se vea nacer el castellano, que, por el contrario, lo que se ve nacer en ellos es el latín. El castellano aparece la primera vez que se le encuentra escrito, como una lengua robusta y acabada, y los vocablos sueltos que aparecen en los documentos latinos más antiguos son tan castellanos como hoy día. Antes bien, las formas que aparecen antes son las más castellanas, y poco á poco se van acercando más á las latinas. Es que los escritores iban sabiendo mejor el latín conforme avanzaban los tiempos. Por ej., _linde_ se encuentra en el Fuero de Évora el año 1166 (_M. P. Leges_, p. 392): «Qui _linde_ alieno crebantaverit, pectet quinque solidos et septem ad Palacio». En la segunda recensión, Fuero de Abrantès en 1179, y de Corucha en 1182 (ibid., p. 419 y 427): «Qui _limde_ alienum quebrantaverit». En la tercera, F. de Palmella en 1185 (ibid., p. 430): «Qui _limede_ (al. _limide_) alieno crebantar...» En la cuarta, F. de Covilhan del 1186 y de Centocellas del 1194 (ibid., p. 457 y 487): «Qui _limitem_ alienum fregerit...». En la quinta, F. de San Vicente de Beira en 1195 (ibid., p. 495): «Qui _limidem_ alienum fregerit». Á la verdad, aquí no se ve nacer el castellano, sino diríase que el latín: _linde_, _limde_, _limede_, _limitem_, _limidem_. Otro tanto sucede con el término _azor_ y el _azorera_, que aparecen antes que _acetore_ y _aceptore_. De las formas _arroyo_, _arroio_ y _arrogio_, la primera es la más antigua, del año 841, en la donación de Alfonso _el Casto_ á la catedral de Lugo. En la era 916 hallamos _quoto_: «factum est in supradicto quoto 8 idibus junias»; y después en las eras 937, 940 y 983, _cautum_; y en la de 984, _cautamus_. No parece sino que el castellano va á convertirse otra vez en latín; y es que la cultura adelantaba, y lo único que pretendían era escribir en latín, haciéndolo cada vez mejor. Siendo para ellos el habla vulgar un latín corrompido, lo saqueaban latinizándolo en sus escritos: abatire de abatir, abadagium, acampanare, acannizare, alcanzare, advescit = consuevit (_Glos. got. Card._) de avezar, «dña Thereysia mea _ama_», del ama castellano, attondus (er. 1100, _Arch. Arlam._) ó atuendo en ablativo (ch. Ferdin. I, SOTA), del bascuence atondo, «terras cultas vel _barbatas_» de vervactun = barbecho (c. Adeph. imper., era 1117, _Arch. Naj._), campidator de campeador, campear (ch. Adeph., 1111, SOTA), cargas de feno, carnerus, cavalcator, cerrus de cerro, collacius de collazo, collata, ganare, ganatus, autero de otero, heretarius de heredero, ingamno de engaño, quadrare, quitare, sacare, spolas. Sería insensatez figurarse que tales formas latinas hayan existido jamás en el habla: son vocablos castellanos, sin origen latino muchos de ellos, pero latinizados por los pendolistas de aquellos tiempos. El que sin criterio quiera amontonar los términos intermedios entre los castellanos y los latinos, los hallará todos en los documentos; pero no son términos medios de la evolución natural del latín hasta hacerse castellano, sino muchas veces, al revés, es la latinización cada vez más perfecta del habla vulgar. Por ejemplo. En Berceo hallamos miraculo (_Mil._, 46), miraclo (íd. 869) y miraglo (_S. Dom._, 315). «Berceo nos conserva tres de las cinco formas por que ha pasado miraculum para fijarse en milagro», dice Lanchetas. Si esto fuera verdad, en tiempo de Berceo aún no había nacido el castellano, ni aun siquiera el latín vulgar, pues el miraclo del vulgar latino es posterior al miraculo de Berceo. Lo que hay es que, menospreciándose entonces el romance vulgar, los escritores creían que debían escribirlo lo más parecido al latín, única lengua literaria para ellos; de modo que en vez de escribir siempre miraglo, que es como se decía en el pueblo, escribían á veces miraclo por acercarse al latín, y aun miraculo, tomado del latín clásico, del cual no había salido miraglo, sino del vulgar miraclo. Siempre la reacción literaria corrigiendo el habla vulgar.
No se pueden tomar sin discernimiento todas las formas que hallamos escritas en los autores: la más vulgar es la única fehaciente; las otras son préstamos eruditos del latín y no reflejan el castellano hablado. Mixtura por mezcla en Berceo (_Duel._, 40), es de origen muy posterior respecto de mesturar por mezclar y de mesta por cosa mezclada, así como lo es misto. La x de mixtura denuncia un préstamo del latín; hoy ya ha pasado misto al pueblo, pero ha perdido la x, que ni los romanos pronunciaban, cuanto menos los riojanos del tiempo de su poeta Berceo. Modrar (_S. Mill._, 271), aunque erudito de origen, ya ha perdido la e; la reacción posterior originó el moderar, calcándolo sobre moderare. Como modrar no se usaba entre el pueblo, desapareció ante moderar. Aquí se ve cómo la lengua erudita vive en parte enteramente divorciada del habla vulgar, puesto que en cada época ha tomado los vocablos latinos modificándolos, no según el fonetismo castellano, sino conforme al uso que los eruditos tenían en la adaptación, mayor ó menor, según las épocas, á ese mismo fonetismo. Hoy la reacción latina es mayor, y lo ha sido cada vez más desde el Renacimiento. Hoy no nos parece bien se quite la e á moderare, y decimos moderar, con sólo quitarle la e final, para que quepa dentro de la turquesa de los infinitivos. No se atrevían á tanto los clérigos del siglo XIII, y decían modrar; pero ambas formas han flotado y flotado sobre el habla vulgar, sin penetrar en ella, como escoria erudita que va y viene y se cambia, conforme al capricho de los que la emplean en sus escritos, y aun en la conversación. El mismo Berceo emplea ya modulado: «Odi sonos de aves dulces e _modulados_» (_Mil._, 7); pero ese préstamo es posterior al que convirtió modulus en molde, que también es erudito, pero de época anterior, de mod(u)lus, perdida la u, que nunca sonó en el latín vulgar, y con la metátesis común que afectaron los eruditos más antiguos al trascribir vocablos parecidos, como tilde, si viene de titulus, espalda de spat(u)la. Hoy no nos atreveríamos á derivar con tales metátesis, porque nos picamos de mejores latinistas y tenemos menos cariño al fonetismo nacional. ¿Quién se atrevería hoy á decir motral junto á mortal, como se atreve Berceo? Muebda por movida, es de formación erudita de aquel tiempo (_S. Dom._, 119), como debda de debita; mover, movido, á ser vulgares, hubieran perdido la v. También existe mueda = causa motiva (_S. Mill._, 387), ya más castellanizado, como muedo por modo (_Mil._, 29), que nadie se atrevería hoy á decir, aunque es conforme al cambio sin excepción de ŏ acentuada en ue, lo mismo que muesso por mordisco (_Lor._, 77) de morsus, perdida la r según ley. En cambio multo (_Mil._, 259) es una condescendencia por multum, que hoy nadie la tendría, como no diría nadie nodicia, que dice Berceo (_S. Mill._, 164) suavizando legítimamente la t de notitia, ni nudrir ó nodrir por nutrire (_S. Dom._, 59, 528). No creo que odir ni udir se dijeran en tiempo de Berceo, juntamente con oir, aunque él escriba de estas tres maneras (_Sacr._, 56, _S. Dom._, 312, _Duel._, 209); la d es por reacción erudita, como en odiendo por oyendo. Tampoco creo sonara palomba, como escribe junto á paloma (_S. Or._, 40, 46), sino que la b era otra condescendencia de escritor hecha al latín. Toda cautela es poca, cuando de los escritos queremos deducir lo que realmente debemos atribuir al romance hablado, separándolo de lo que los escritores añadían de su cosecha, por la preocupación de que sólo el latín era un lenguaje digno de escribirse, y de que el romance, no siendo más que un mal latín, debía purificarse lo más posible para hacerlo digno de emplearse en los escritos, y que se podía y aun debía echarse mano de todo el vocabulario latino, por ser latín lo que se escribía y no ser más que una misma lengua la hablada y la escrita. Tal es el poder de una lengua literaria, cuando ha pertenecido á un gran imperio y á una gran civilización. Esas mismas preocupaciones indican que el romance no nació de un golpe, sino que fué, sin solución de continuidad, el mismo latín, que hablado en España en tiempo de los romanos, había ido evolucionando insensiblemente, hasta el punto de no cambiar de nombre.
En los últimos tiempos del Imperio, verificada ya la fusión de razas, cuando las provincias, adquiridos todos los derechos de los antiguos ciudadanos de Roma por el edicto de Caracalla (212), se tuvieron por tan romanas como la misma ciudad de Rómulo, despertando el espíritu patriótico de la nacionalidad romana ante los pueblos bárbaros ó extranjeros que por todas partes rondaban las fronteras, el adjetivo _romanus_, aplicado antes á solos los habitantes y cosas de Roma, hubo de generalizarse á todo el Imperio en oposición al de _barbarus_. Orosio llamó _Romania_ á todo el conjunto de razas y países comprendidos dentro del Imperio, como se llamaban Hispania, Britannia, Graecia, Gallia cada uno de ellos. Lo más propio de la Romanía, su idioma, llamóse, por lo mismo, _lengua romana_, hablar en _román_, _romanice_, _en romance_ era hablar el lenguaje de la Romanía, del Imperio romano, era lo mismo que hablar en _latín_. El tipo de esa habla era naturalmente el latín literario y oficial de la administración, que era el que más se acercaba al literario; pero el habla vulgar de las provincias no se creía ser más que ese mismo latín, bien que algo estropeado. Ese mismo latín siguió hablándose por varios siglos; pero ¡qué diferencias no había causado la evolución incesante! Virgilio Cordobés, citado por Sarmiento[18], escribía en el siglo IX: «Ille est vituperandus qui loquitur _latinum circa romancium_, maxime coram laicis, ita quod ipsimet intelligunt totum... Et ita debent omnes clerici loqui _latinum suum obscure_ in quantum possunt et non _circa romancium_». En este notable pasaje se traslucen algunos hechos históricos de la mayor importancia. En aquel mismo siglo (842) se redactó el convenio entre Carlos _el Calvo_ y Luis de Alemania en francés ó romance del Norte de la Galia, el primer monumento que poseemos en lengua vulgar[19], del cual dice Sarmiento que lo podrían entender los gallegos sin necesidad de versión. Los clérigos hablaban _su latín_--dice el autor cordobés--, es decir, un latín de cocina, que distaba bastante por una parte del latín clásico, y por otra del habla vulgar, puesto que les aconseja que lo empleen entre sí delante de la gente lega, cuando conviene que ésta no les entienda. Por donde se verá el craso error de Martínez Marina al sostener que sólo á principios del siglo XII pudo hablarse de tal manera que se tuviese el romance por distinto de la lengua latina.
Por lo mismo, cuando se querellaba[20] Álvaro Cordobés de que el _latín_, habla de los cristianos, lo hubiesen olvidado los españoles que andaban entre los moros, teniendo en mayor estima la lengua arábiga, puesto que se refiere al pueblo español, trata del romance vulgar español, llamado por él latín por las razones antes apuntadas; no trata del latín clásico, que sin género de duda hacía siglos sólo habían conocido algunos privilegiados eruditos, ni siquiera del latín vulgar, que para el siglo IX ya había desaparecido. Les dice, pues, Virgilio que hablen su mal latín, _latinum suum_, lo menos parecidamente al habla vulgar, _obscure et non circa romancium_. Ese _circa romancium_ ó _romance_, ya no era el _romano_ ó habla romana y latina de la Romanía, y con todo conserva el nombre.
¿Qué habla fué la de la Romanía, es decir, qué fué el llamado latín vulgar? Por las dichas preocupaciones, nadie escribió en ese latín, no tenemos ni el menor documento redactado verdaderamente en esta lengua: de ahí la dificultad del problema. Se trata de reconstruirla por el estudio comparativo de las lenguas románicas, sus sucesoras; por el estudio del latín vulgar antiguo, sólo conocido en los arcaísmos y vulgarismos de Plauto y otros autores y en las escasas inscripciones latinas de la época republicana; por el estudio de los dialectos itálicos, el úmbrio, el osco, el falisco, el volsco, etc., que sin duda modificaron el latín de los conquistadores antes de llevarlo éstos á las demás provincias; por los defectos que á los lapidarios se les escapaban en las inscripciones de la época imperial, á causa de las diferencias entre el habla vulgar y el latín oficial en que las redactaban; por las correcciones de los gramáticos latinos, en las que enmiendan defectos de pronunciación y ortografía debidos al habla común y popular; por los glosarios vulgares coleccionados algo posteriormente, sobre todo por autores africanos y españoles, en los que hicieron notar las diferencias dialectales de estas provincias[21]. Pero todas estas fuentes de información, ó no bastan, ó no se han estudiado á la vez con el único empeño de sacar á luz el latín vulgar. Los romanistas, que son los que más interesados están en hacer ese estudio, ocupados en el de las mismas románicas, tienen que formarse para su propio uso un sistema é idea particular de esa lengua problemática, encomendando su investigación exprofeso á los indo-europeistas. Estos en cambio la dejan para los romanistas, por verse atareados con las antiguas lenguas de nuestra familia. Resultado: que sólo tenemos datos sueltos, algunos jalones cronológicos y geográficos; pero que nos falta conocer, no sólo esa lengua, pero hasta su cronología y su geografía, los dos ojos que nos la permitirían ver. Estoy, pues, muy lejos de pretender hacer yo la historia del latín vulgar; sólo propondré algunas ideas, algunos datos indispensables para conocer el fonetismo latino-castellano.
Sabemos con toda certeza que además del latín escrito, que conocemos por las obras literarias, existió el habla de los romanos, algo distinta de ese latín literario y distinta en las diversas épocas. Á esa habla se refieren los mismos autores latinos, cuando mientan los términos vagos de _sermo vulgaris_, _plebeius_, _usualis_, _cottidianus_, _inconditus_, _proletarius_, _prisca latinitas_, etc., etc., en oposición á los de _sermo urbanus_, _eruditus_, _perpolitus_, etc. Unos y otros desaparecieron de hecho con la caída del Imperio, ahogados y puestos en olvido por las lenguas románicas, que habían ido formándose insensiblemente en las provincias al evolucionar el habla vulgar romana entre razas tan distintas, que habían hablado antes sus idiomas indígenas y tenían sus particulares tendencias fonéticas y semánticas, efecto de la idiosincrasia fisiológica y psicológica de cada raza.
Lo primero que echa de ver el que ha estudiado comparativamente las lenguas indo-europeas, es que el latín antiguo vulgar, tal cual se trasparenta en las inscripciones, en los mismos autores clásicos que afectan arcaísmos, y en los más viejos documentos, se allega más en el fonetismo á las demás lenguas de la familia y á las otras lenguas itálicas en particular, que no el latín clásico de la época de Cicerón y de Augusto. Luego veremos algunos casos prácticos que lo demuestran palpablemente: baste decir en general que e, o del antiguo latín, de muchos dialectos itálicos y de las demás I E, toman en el latín literario un timbre más estable, i, u; que los antiguos diptongos debidos al refuerzo ó guna, por el que deico es paralelo á δείχ-νυμι etc., etc., se contraen en latín literario en i, u, etc. No menos manifiesto es que las tendencias del literario van formando y dando carácter cada vez más idiomático á esta lengua semioficial conforme adelantan los tiempos, pues se les ve apuntar en los más antiguos escritores y ya generalizarse en la época clásica. De modo que en sus principios el literario no se distingue apenas del vulgar; pero poco á poco cada una de estas lenguas, evolucionando conforme á sus particulares tendencias, van diferenciándose más y más. Con todo, al paso que crece la potencia del literario, por ser habla oficial é imponerse por la administración central, por el establecimiento de escuelas, por el mismo influjo del esplendor de la literatura, la reacción, por decirlo así, oficial y erudita, entabla lucha mortal con el habla ordinaria del Imperio, y llega en la época del mayor esplendor literario y político, desde Augusto á los Antoninos, á influir poderosamente en esa habla ordinaria. Pero declinando el poder imperial, enflaquecida esa fuerza impuesta, el latín vulgar prosigue su camino, arrolla al literario y lo vence, haciéndole desaparecer de la escena. Tenemos, pues, una _prisca rusticitas_, más conforme al indo-europeismo, y que encerraba en germen las tendencias que después se desenvolvieron, dando su carácter analítico y aun su fonetismo á las románicas; y junto á ella un latín _literario_, que tomando otra dirección se desarrolla, y apoyado en la fuerza de la política y de la literatura trata de matar el habla común, sucesora de la _prisca rusticitas_, influye en ella, pero á su vez vencida y avasallada al faltarle el apoyo oficial, muere á sus manos. Esta victoria del elemento democrático sobre el aristocrático podría dar margen á largas y profundas consideraciones en el terreno sociológico y en el lingüístico; pero no me detendré más, y paso adelante.
Aquella _prisca rusticitas_, verdadero representante romano del habla aria en Roma, siguió su camino desenvolviendo sus tendencias analíticas, como siguieron desenvolviendo las mismas tendencias las germánicas y el griego vulgar en Europa y las lenguas ario-iranias en la India, en la Persia y en la Armenia, pasando sobre los cadáveres de las lenguas literarias, que buscaron su sepultura en el efímero engalanamiento del artificio de un día. La naturaleza sola es duradera; lo artificial, momentáneo. El latín literario, una variante del verdadero ó antiguo latín vulgar, por haberse separado de éste para acomodarse á las modas de unos cuantos literatos y al modo de ser extranjerizo del griego, atrofiado en manos de los mismos literatos y helenizantes, fosilizado en las brillantes oraciones ciceronianas, el autor más clásico y el ápice del latín literario, hubo de fenecer con la misma literatura y pinchado en la misma lengua del orador romano. La diferenciación había comenzado probablemente con la formación de la misma ciudad y pueblo de Roma[22]. Sus dos clases de puros latinos, que fueron luego el patriciado, y de sabelios y otras gentes itálicas, oriundas, sobre todo de la montaña, y de los demás elementos allegados de la llanura ó Campania, llevaban en sus labios todos los gérmenes de idiomas algún tanto diversos. Esta divergencia fué agrandándose, cual se separan los dos lados de un ángulo, ya por la natural tendencia de la aristocracia á distinguirse de la plebe, ya por el prurito, poco después avasallador, de helenizarlo todo, mayormente desde que Andrónico llevó á Roma el culto artístico de los helenos. Verdadero dialecto del latín común, y distinguiéndose apenas del habla popular en un principio, fué separándose cada vez más, quedando enteramente fijado por los autores del siglo de Augusto. Pero como el lenguaje no puede detenerse en su curso, so pena de quedar petrificado como la mujer de Loth, esa sanción literaria le condenó á muerte. La historia suele repetirse, y un mismo sol alumbró en distanciadas regiones dos acontecimientos gemelos. El idioma védico siguió al pasar el Ganjes su evolución; pero los himnos de los antiguos Richis se refugiaron en los conventos, donde toda la civilización del Sapta-Sindhu, encerrada cual crisálida en su capullo, había de convertirse en la esplendente civilización brahmánica. Allí nació Brahma, endiosamiento del lenguaje, de los Vedas, y allí entre las glosas, prātiçākhyas y casuismos gramaticales, políticos y religiosos de los monjes guardadores del depósito sagrado, nació el habla perfecta, el sanskrit, que pudo consignarse después por escrito cerca ya de la Era cristiana en un alfabeto tan divino como le correspondía, en la escritura devanāgarī.