Cabos sueltos: Literatura y lingüística

Part 12

Chapter 123,379 wordsPublic domain

Una de las riquezas poéticas del castellano tiene aquí su origen. Apenas habrá animal que no haya servido de punto de comparación á los españoles para concebir las cualidades morales humanas, que de suyo eran tan difíciles de expresar por lo complejas y abstrusas. No creo que haya idioma alguno cuya penetración y fantasía puedan parearse, ni aun de lejos, con la penetración y fantasía de nuestro pueblo. Algunas expresiones parecidas se hallan en todos los idiomas; pero tantas y tan bien apropiadas creo que en ninguno. ¿Hay términos franceses ó latinos, ingleses ó griegos, que pinten y respondan á nuestros verbos _azorarse_ como la garza perseguida por el azor, _amilanarse_ como los pajaritos á la vista del milano, _aconcharse_ como la tortuga ó el caracol, _aturdirse_ como el tordo, _encabritarse_ como el cabrito, _alebronarse_ ó _alebretarse_ ó _alebrarse_ como las liebres, _emporcarse_ como el puerco, _avisparse_ como la avispa, _ratonarse_ como lo comido de ratones, _emperrarse_ como el perro, _atortolarse_ como la tórtola, _pavonearse_ como el pavo, _encapricharse_ como la cabra que se encarama, _acurrucarse_ como la curruca, _enviperarse_ como la víbora, _entigrecerse_ como el tigre, _agazaparse_ como el gazapo, _achicharrarse_ como la chicharra con el calor, _amoscarse_ como el molestado de las moscas, _cotorrear_ como la cotorra, _gatear_ como el gato, _serpear_ como la sierpe, _serpentear_ como la serpiente, _culebrear_ como la culebra, _culebrinear_ como la culebrina, _gallear_ como el gallo, _engatusar_ como el gato, _hormiguear_ como el sitio lleno de hormigas ú hormiguero, _desasnar_ como el estúpido que deja de ser asno, _apolillarse_ como lo roído de la polilla, _caracolear_ dando las vueltas del caracol, _mariposear_ como las mariposas, _mosquear_ como moscas, _potrear_ como el potro, _podenquear_ como el podenco, _torear_ como el toro, _andar aperreado_ como el perro, _ratear_ como la rata, _aborregarse_ el cielo como establo lleno de borregos, _acaballar_ ó _encaballar_ montado como jinete en el caballo, _chinchorrear_ como el _chinchorrero_, que es tan molesto como la _chinche_, _escarabajear_ como el escarabajo, _garrapatear_ como la garrapata, _berrear_ y _emberrenchinarse_ como el verraco, _chotear_ como el choto, _patear_ como el pato, _babosear_ como la babosa, _zanganear_ como zángano, _agusanarse_ como lo lleno de gusanos, _trasconejarse_ como el conejo, _zabullirse_ como el sapo (_zabu_ en éuskera, _zab-uli_ revolcarse como _zabu_), _erizarse_ como el erizo, _achuchar_ como al chucho, _desperdigarse_ como los perdigones, d_espotricar_ como el potro?

En España no parece sino que todos somos zoólogos, y que vivimos en un parque zoológico. Fulano es un chinche, es muy zorro, es un gallina, un puerco, un puercoespín, un pavo, un asno, una sabandija, parla como un chorlito ó como una cotorra, es un avestruz, un borrego, un moscón, una mosquita muerta, un toro, un pichón, una mariposa, un cernícalo, una víbora, un rata, corre más que un galgo ó que una liebre, es más tratable que una paloma sin hiel, canta como una calandria ó como un jilguero, es más listo que una ardilla, más tragón que un tiburón, más intratable que un potro, más escurridizo que una anguila, come como una sanguijuela, tiene más conchas que un galápago, tiene el genio de un toro, se menea más que una lagartija, salta como un gamo, es más cruel que el tigre, no es rana, no morirá de cornada de burro, no se apea del burro, es más pesado que las moscas, lloriquea como un becerro, engorda como un tocino, brama como un toro, es un pollo ó una polla á pesar de sus treinta abriles, tiene un pico de chorlito, unos ojos de besugo, una nariz aguileña, unas orejas de asno, unos pies como pezuñas, un cuello de cisne, unas uñas de cernícalo, más pelo que un oso, es lince como él solo, es muy patudo y muy ganso, viene hecho una merluza, es todo un zángano, tiene un genio de hiena y un cuello toroso, es más bruto que un mulo y más terco que un macho, no sabe más que un buitre, se viste como el grajo de plumas ajenas, se hincha como una rana, cacarea sus cosas como la gallina, se le va la cabeza ó le duele como á una cabra, es un puerco y un cochino y un gorrino de sucio, tiene malas pulgas, gruñe como un cerdo, es necio como un pollino, es una tarasca, un renacuajo de chico, un buey Apis de gordo, un tórtolo de cariñoso, un camaleón de mudable, adelanta como el cangrejo, se pega como una lapa, allega como una urraca, está hecho un bacalao, gorronea como un gorrión, anda de golondros como una golondrina, duerme como un lirón, es más feo que un mico, más vivo que una comadreja, más blanco que un armiño, de más monerías que un mono; es, en fin, un animal por los cuatro costados, con rabo y todo.

Los apodos tomados de objetos inanimados son más difíciles de aclarar. Algunos son tan metafóricos como los anteriores y se refieren á cualidades corporales ó morales. Medio almú se dijo de uno que era pequeño, Botijo del que era tan gordo como un botijo, Cataplasma del pesado, tardo y molesto, Cascarrias del sucio ó del cansado en su trato ó del quisquilloso, Cerote del tímido, Porrón del gordinfla, Mostillo del pegajoso y dulzachón en su trato, Morcillica del larguirucho, Coscarana del huero de cascos, Fregadera del sucio y descuidado, Callejica del corretero y callejero, Mala-lana del que presto se sube á la parra, Chicherre del que se enfada y arde por un quítame allá esas pajas, como Calzones-de-yesca, Peteneras del alegre, Duende del entrometido, Ciclón del vivo y furruña. En esto se ha seguido el tenor que han tenido los españoles en la derivación de vocablos por medio de la metáfora, y en el empleo metafórico de las cosas en refranes y frases hechas, donde podríamos señalar un tesoro tan rico y poético como el zoológico que hemos indicado.

Otras veces el mote se refiere á una muletilla del individuo, ó á un caso particular, cuya historia se conserva entre las gentes del pueblo, ó no se conserva. ¡Cuántos motes no pasan de padres á hijos olvidándose el motivo que los originó! Tal es la fuente de muchos apellidos, y la razón del _de_ ó de la silbante en los patronímicos castellanos. _Juan de Diego_ es un Juan hijo de Diego, Láinez es _el de Laín_, Pérez _el de Pero_ ó Pedro, López _el de Lope_. El hijo del rey Silo se llama en un documento de su época _Siliz, el de Silo_. _Márquez_ es el hijo de Marco, Álvarez el de Álvaro, Domínguez el de Domingo. Pero de los patronímicos, y en general de los apellidos, habría que tratar por separado.

Los apellidos son motes que por su antigüedad han perdido ya la razón de su significado. Por eso el pueblo que gusta de llamar las cosas por sus nombres, quiero decir, no á ciegas, sino por nombres que les convengan, no hace caso de los apellidos é inventa motes de continuo. Los apellidos ahí se quedan para el _Registro_ y para la sociedad, que vive de convencionalismos y rutinas. El pueblo no vive como ella de sangre gastada hasta tomar ese tinte azul de que se paga la nobleza; vive de sangre fresca, bien roja y bullente. Y así como no quiere vocablos de extranjis, que para él es letra muerta, aunque vengan de Roma y Atenas, porque los considera como pelucas y otros armatostes postizos, y como tales los trata, estropeándolos cuando se ve precisado á tomarlos en sus labios, así tampoco hace caso de apellidos, ni nombres, si no son de su hechura y pintan al individuo.

No faltan eruditos que menosprecien toda esa vida, todo ese realismo, toda esa verdad que encierra lo popular, y que prefieran lo que se llama de buen tono, correcto, atildado.

De gustos no disputaremos. Yo tengo por de mejor tono, por más correcto y atildado, el árbol que comienza á echar sus frutos, el joven de quince á veinte años, el modo de decir que espontánea y naturalmente nace en labios del pueblo y que tiene su arraigo en el idioma tradicional y propio, porque ese árbol, ese joven, ese decir, son brotes naturales llenos de savia y de vida. Los viejos robles son mejores para quemados en invierno, que nos den calor; los ancianos son más de respetar y oir como consejeros; los vocablos de la veneranda antigüedad, para leer los autores que los emplearon y para estudiar la psicología de los pueblos que ya pasaron.

Por eso á otros causará risa; á mí me sabe á poco el siguiente cuento que trae Polo y Peyrolón, que ni siquiera lo es, porque yo mismo lo he presenciado, _mutatis mutandis_, y lo habrá presenciado cualquiera que sea un poco observador de las costumbres populares. Reunidos en cierta ocasión los cofrades de San Roque en la casa rectoral del pueblo de Tramacastilla para celebrar una junta, quiso el párroco cerciorarse de la puntual ó escasa asistencia de los asociados, y al efecto tomó el libro de los cofrades y fué leyendo, uno por uno, sus nombres y apellidos. La sala estaba llena, y nadie, sin embargo, decía esta boca es mía.

--Hombre, muchos faltan--observó el señor cura, dejando de leer.

--¡Ca! No, señor--contestó el maestro de escuela.--Déme usted ese libro.

Nada comprendió el párroco, pero obedeció.

--_Cuquita_--voceó el maestro, principiando la tarea.

--Presente.

--_Goticaaceite._

--Presente.

--_Mediamisa._

--Presente.

--_Perotes._

--Presente.

Y al punto contestaron, uno tras otro, á sus respectivos apodos, los que momentos antes permanecieron mudos al oir sus nombres y apellidos. No es cuento el que muchos ignoren su apellido: es un hecho que yo he tocado con las manos. Los apellidos son nombres muertos que yacen en el _Registro_ y con los que se entretienen las personas de sociedad. El pueblo no gusta de autopsias ni de manipular cadáveres: quiere nombres vivos, que son los motes por él dados, y muy bien dados.

[Ilustración]

Á PROPÓSITO DE UN LIBRO

Don Francisco Rodríguez Marín es uno de los más apasionados cervantistas, un verdadero ratón de archivos y bibliotecas, un estilista que gusta de remozar el viejo y castizo lenguaje de los clásicos y, por reciente elección, un Académico de la Lengua. Si hemos de dar crédito y aceptar por buenas ciertas voces que por ahí andan repitiéndose ya más de lo que las gentes serias y sosegadas pueden oir con paciencia, todos esos, al parecer títulos suficientes y sobrantes para ser tenido y estimado en la república de las letras, son en el credo literario de ciertos pensadores y publicistas otras tantas razones para que se le tenga por un elemento nocivo á las letras, á la cultura moderna, á la misma memoria de Cervantes, á la Academia, al habla castellana, y no sé á cuántas cosas más. Porque todos estos y otros infinitos cargos se llevan y traen, se dicen y oyen, y aun se celebran y acogen como verdades de un nuevo evangelio literario. Y con todo, si por los frutos se conoce el árbol, algo muy distinto ha de pensar y decir del escritor sevillano cualquiera persona formal que lea su último libro sobre _Rinconete y Cortadillo_. Y cuenta que, si en alguno, en éste caen tan de lleno esas mazas de Fraga, que de ser cierto el dicho de que _sacan polvo debajo del agua_, habían de dejarlo triturado, hecho trizas y polvo cual á ningún otro. Porque el _Rinconete y Cortadillo_ de Rodríguez Marín es un libro cervantino por el asunto, que contiene un texto de Cervantes, un comentario del mismo y un discurso preliminar donde corren á las parejas los hallazgos de bibliotecas y archivos con las palabras y estilo de los clásicos.

Aquí hay, pues, un problema que merece estudiarse y resolverse. La cuestión la juzgo grave y de interés para las letras españolas. No da esas voces un loco de atar, ni las echa al viento un D. Quijote entre las risas de los que le escuchan; salen envueltas en ciertas teorías filosóficas, ó que filosóficas parecen, se proclaman en estilo sugestivo, sentencioso y halagador, escúchanlas con aplauso y se las apropian con cariño no pocos jóvenes, entusiastas de lo nuevo y apasionados por una cultura novísima, que se imaginan entrever para gloria de la patria en el horizonte arrebolado, juntamente con toda una nueva filosofía del arte, una no menos flamante evolución del pensamiento. Repito que es cuestión de gravedad. Forma parte de eso que llaman modernismo, proteo inasequible que, en resumidas cuentas, no parece ser otra cosa más que una nueva manera de pensar y de ver las cosas, que en el actual momento histórico no ha acabado de tomar forma concreta ni color bien definido, por hallarse todavía en fermentación. En este estado evolutivo del pensamiento, en el cual luchan ideas antiguas é ideas modernas y andan barajados problemas de diversa índole, literarios, filosóficos, económico-sociales, religiosos, según sean los ingredientes que los más avisados ó los más atrevidos echen en la cuba, así habrá de resultar un vino de una ú otra calidad, de inesperado color, fuerza y dejo, suavísimo néctar al paladar de los dioses, ó emponzoñado brebaje para nuestros tristes nietos.

Rodríguez Marín es un cervantista. Los cervantistas han echado á perder á Cervantes, han hecho de su persona un ídolo intangible y de sus obras un Corán envuelto en sedas, oculto entre la balumba de comentarios, propiedad exclusiva de algunos iniciados y libro sellado para el pueblo. Todas estas sandeces se han dicho; y á no serlo, sino cargos justificados, Rodríguez Marín sería uno de los sacerdotes de autorizadas ínfulas, de mirar severo y melancólico, que con cara de pocos amigos se encierra allá, en lo más recóndito del santuario, y con refinado egoismo roba á los demás lo que es de todos, gozando á su sabor y á sus solas lo que debiera ser propiedad de los profanos. Pero Rodríguez Marín lo que hace es purificar una novela de Cervantes, explicarla con notas que aclaren las expresiones en que el lector pudiera tropezar, engastar el lindo lienzo en un marco de oro, cuyos bajos relieves son escenas de la vida sevillana, del ambiente que da luz á las escenas de la novela, y entregar á los profanos todo ello, diciendo: leed y entended á Cervantes; asimilaos, los artistas, su estética, su manera, su visión de la naturaleza, su estilo, su lenguaje; disfrutad, los no artistas de profesión, de una de las joyas del arte literario más español y más exquisito, y... dejaos de novedades ultrapirenaicas, que ni de estuche digno pudieran servirle.

Y para componer este libro se metió Rodríguez Marín á ratón de bibliotecas y archivos. Figurarse que una obra de arte sale de la cabeza del artista, cual Minerva, armada de todas armas, de la cabeza de Júpiter, es hacerse una muy triste figura por empresa quijotesca de sus ideales literarios. La _Iliada_ no nació como aislada seta en el otero, por más que nada sepamos del arte que le precedió. Toda obra de arte arraiga en la tradición literaria y tiende su follaje hacia el cielo del porvenir. No hay dar un paso adelante sin avanzar el pie derecho; pero tampoco sin afianzar atrás el izquierdo. Toda obra literaria es producto á medias del ingenio inventivo de su autor, á medias del ambiente y de la tradición literaria. Toda literatura tiene su arraigo en la tradición, y en el ambiente tradicional de ella brota toda obra artística. Tener potencia visiva bastante á ahondar hasta el alma de la literatura nacional y saberse apoderar de esa alma, y hacerse dueño del ingenio característico que vivificó sus obras, es condición no menos indispensable que el poseer la necesaria inventiva para producir algo que sea nuevo. La creación espontánea es una quimera, que ahora parece sueñan en resucitar algunos naturalistas. La materia preexistente, de la cual ha de fraguar algo nuevo el artista, no se limita al mármol, á la pluma y papel, ni siquiera al lenguaje recibido, sino que se extiende al mundo de las ideas tradicionales, de los sentimientos de la raza, del alma nacional.

Y he aquí la genuina noción del loable casticismo en el lenguaje, y de la filología, ó conocimiento del pasado para penetrar en el alma de la raza. El ratón de bibliotecas y archivos es el que rebusca y entresaca de los empolvados papeles y cartapacios ese casticismo del hablar, del pensar, del sentir, para provecho propio y de los demás: ese ratón se llama _filólogo_. Rodríguez Marín lo es de todo en todo. Ese sentir, ese pensar, ese hablar castizamente españoles, esa alma española, palpita en todas sus obras, y más en la última de _Rinconete y Cortadillo_.

Por eso es un libro que se lee con gratísimo placer, que se saborea como una sabrosísima fruta del cercado propio, del huerto nacional, del huerto de casa. No andan en él envueltas las ideas en nebulosidades septentrionales, ni hastían los sentimientos, cual los de literaturas artificiales y gastadas, ni rechinan las palabras cual guijarros esquinudos, arrancados á otra lengua de ritmo y fonetismo más rudos y ásperos que á lo que estamos hechos. Todo es de casa, y de cuando nuestra casa estaba bien en pie y se bastaba á sí misma y aun le sobraba para dar á los vecinos.

Las cosas más soberanas se prestan más á ponerse en ridículo. Con dos cornados de jengibre y pimienta de la abacería de enfrente, un mediano escritor espolvorea al filólogo y lo presenta ante las gentes convertido en ratón de biblioteca.

Pero estudiemos ese ratón, despolvoreándolo de la pimienta y del jengibre.

Hay dos castas de literatos. Unos rebuscan la tradición, la estudian, la dan á conocer: son los filólogos (no confundirlos con los lingüistas, que sólo tratan del lenguaje y de los idiomas como objeto final de investigación). Otros se aprovechan de esos sudores de los filólogos, elaboran la materia prima y cosechan los frutos de lo que otros sembraron: son los artistas de la palabra. Sin los primeros, los segundos no tendrían qué segar. Y aún hay segadores que después de coger á manos limpias su cosecha se enfurruñan y menosprecian á los que se lo sembraron. Vense más raras veces literatos que son ambas cosas: Goethe no era un Zorrilla, había estudiado y apropiádose honda y extensamente el arte clásico. Menéndez y Pelayo, contra quien he oído pullas medio enmascaradas y aun descubiertas, es un maestro, el único maestro que tenemos: es filólogo y artista de la palabra. Rodríguez Marín es de la misma cepa, discípulo del maestro, que será maestro á su debido tiempo. Portentosa es la cantidad de hallazgos y novedades literarias con que nos regala en _Rinconete y Cortadillo_; y no menos portentosa la habilidad con que ha sabido valerse de esos sillares extraídos de bibliotecas y archivos para volver á reconstruir y levantar ante nosotros la ciudad de Sevilla del siglo XVI, en su físico y en su moral, con sus antiguos edificios y las costumbres y lenguaje de sus habitantes. No apreciarán la obra del artista los que con ese nuevo módulo de vaga é incierta medida sólo quisieran un arte entrecrepuscular, cual en noche oscura sueña la despierta fantasía castillos aéreos medioevales, de abigarrado conjunto, de no medibles torres, sombreados los cimientos por boscajes de trópico, y escondidas las almenas entre nubes de dudoso presagio; ó cual llegan á nuestros oídos voces semisonoras de una lejana música, revueltas con el rumor confuso de las hojas de la selva, de las ondas del riachuelo y de otros mil susurros de la naturaleza. Poesía adormecedora, que arrulla sentimientos vagos, y que confieso me halaga, cuando brota de la lira de un buen poeta; pero que no pondrá jamás en olvido ese otro arte español, sevillano, cervantino, de colores soleados por el radiante sol de Andalucía, de aristas bien salientes, de vida bullente y meridional. El idealismo soñador y romántico no apagará con sus nebulosidades los destellos del naturalismo sano, que brilla en nuestra más castiza literatura.

Tampoco verán con buenos ojos la labor erudita y filológica de Rodríguez Marín los que creen trabajo infecundo esa tarea oscura entre viejos papeles, que da poco brillo y pesa menos en la balanza crematística del que busca juntamente con la honra el provecho. Quizá el temor al trabajo, la mancillosa pereza, sea la que dicte ese fallo desde el fondo del corazón, y quién sabe si la envenenada y envenenadora envidia retuerce á la par allá adentro su ensortijada cola. Todo pudiera ser, y de menos nos hizo Dios, y almas agusanadas hay en todas partes, como entre las manzanas de la pomarada al caer del verano.

Canten, pues, cuanto quieran y como quieran las perezosas cigarras, y dejen al ratón en su biblioteca, no roer papeles, sino comerse la polilla que los pudiera gastar. El día que no haya ratones no habrá cigarras. Esos graves maestros que desentierran los monumentos de la venerable antigüedad, son los que dan consistencia y estabilidad al movimiento literario, para que en alas de la vivaracha juventud no se lo lleve el viento de la novedad; ellos son el contrapeso grave de la balanza, el Senado ante el Congreso, el elemento conservador ante el revolucionario. Y todo hace falta: entre dos polos opuestos gira el globo y voltean todas las cosas humanas.