Bug-Jargal

Part 9

Chapter 93,904 wordsPublic domain

Y sus carcajadas acabaron de explicar con qué atroces suplicios iba a castigar el orgullo de su antiguo dueño. Yo me estremecí; pero Santiago Belin ni aun pestañeó, y, volviéndose, le dijo con jactancia:

--Sí, debo estarte agradecido de algo, pues te vendí por trece pesos, y está visto que saqué de ti mucho más de lo que valías.

Entonces se lo llevaron.

XXXIII

Los otros dos presos habían asistido, más muertos que vivos, a este espantoso prólogo de su propia tragedia. Su actitud humilde y acongojada hacía notable contraste con la entereza, un tanto fanfarrona, del carpintero, y temblaban todos sus miembros.

Biassou los miró a uno después de otro, con su aire de raposa, y luego, entreteniéndose con prolongar su agonía, entabló con Rigaud una conversación sobre las diversas especies de tabaco, asegurando que el de la Habana no era bueno sino para fumar en cigarros, y que para tomar en polvo no había tabaco como el de España, del que Bouckmann le había enviado dos barriles cogidos en casa de M. Lebattu, hacendado en la Tortuga. En seguida, dirigiéndose de golpe al ciudadano general C...:

--¿Qué te parece?--le preguntó.

Esta consulta inesperada desconcertó al ciudadano, que respondió balbuciente:

--Mi general; en ese punto, me fío en el parecer de su excelencia.

--¡Adulación!--replicó Biassou--. Tu sentir es lo que pretendo averiguar, y no el mío. ¿Sabes que haya mejor tabaco de polvo que el de M. Lebattu?

--Por cierto que no, excelentísimo señor--dijo C..., con cuya turbación se divertía Biassou.

--_Mi general, su excelencia, excelentísimo señor_--repuso el caudillo con apariencias de enojo--. ¿Eres tú acaso un aristócrata?

--Nada de eso--exclamó el _ciudadano general_--. Soy patriota de 1791, de los puros, y entusiasta negrófilo...

--¿Negrófilo?--le interrumpió el generalísimo--. ¿Qué quiere decir eso?

--Amigo de los negros--tartamudeó, en respuesta, el ciudadano.

--No basta ser amigo de los negros--replicó Biassou con severidad--; hay que serlo también de los pardos.

Ya hemos manifestado que Biassou era _salto-atrás_.

--De los pardos era lo que quise decir, mi general--repuso humildemente el negrófilo--. Yo estoy relacionado con todos los más famosos partidarios de los negros y de los mulatos...

Biassou, gozoso de poder humillar a un blanco, le volvió a cortar la palabra:

--_¡Negros y mulatos!_ ¿Qué significa eso? ¿Quieres venir a insultarnos con esos nombres odiosos inventados por el desdén de los blancos? Aquí no hay sino negros y pardos, ¿lo entiende usted, señor hacendado blanco?

--Es un mal hábito contraído desde la infancia--respondió C...--; perdonadme: no he tenido intención de ofender a vuestra excelencia.

--Deja tus excelencias, que te repito que no me gustan esas mañas de aristócratas.

C... trató de disculparse de nuevo y empezó en tono balbuciente otra explicación:

--Si me conocieras, ciudadano...

--¡Ciudadano! Pues ¿quién te imaginas que soy?--gritó Biassou enfurecido--. Aborrezco esa jerigonza de los jacobinos, ¡y quisiera saber si eres alguno de ellos! ¡Acuérdate que estás hablando con el generalísimo de las tropas del Rey! _¡Ciudadano!_ ¡Vaya, el insolente!

El pobre negrófilo no sabía ya cómo hablarle a una persona que tanto desechaba el tratamiento de _excelencia_ cuanto el título de _ciudadano_, el lenguaje de los aristócratas cuanto el de los patriotas. Estaba aterrado. Biassou, cuya cólera era fingida, se divertía sobremanera en contemplar sus ahogos.

--¡Ay!--dijo por fin el ciudadano general--, ¡y cuán mal me juzgáis, insigne defensor de los imprescriptibles derechos de una mitad del linaje humano!...

En el apuro de aplicar ningún dictado sencillo a este encumbrado personaje, que aparentaba rehusarlos todos, acudió a una de aquellas perífrasis sonoras de que solían valerse con sumo gusto los revolucionarios para reemplazo del nombre y título de la persona a quien se dirigían.

Biassou le miró de fijo y le preguntó:

--¿Conque tanto cariño profesas a los negros y a los pardos de toda especie?

--¿Si les profeso?--exclamó el ciudadano C...--. Soy corresponsal de Brissot y de...

Biassou le interrumpió, soltando su risa acostumbrada.

--¡Ja!... ¡ja!... Mucho me regocijo de encontrarme en ti con un amigo de nuestra causa. ¡En tal caso, habrás de aborrecer a los inicuos hacendados blancos que castigaron nuestra justa insurrección con los suplicios más crueles, y pensarás, como nosotros, que no los negros, sino antes los blancos, son los verdaderos rebeldes, puesto que se ponen en rebeldía contra la humanidad y los dictados naturales! ¡Habrás entonces de abominar a tales monstruos!

--¡Los abomino!--respondió C...

--Pues bien--repuso Biassou--: ¿qué te parecería de un hombre que, para sofocar las postreras tentativas de los esclavos, hubiese puesto cincuenta cabezas de negro a los costados de la alameda de su hacienda?

La palidez de C... llegó a ser horrible.

--¿Qué pensarías de un blanco que hubiese propuesto hacer un cordón alrededor de la ciudad del Cabo con cabezas de negros?...

--¡Perdón! ¡Perdón!--dijo el ciudadano general aterrorizado.

--¿Y en qué te amenazo?--respondió Biassou con suma frialdad--. Déjame acabar... ¿Un cordón de cabezas de negros desde el castillo de Picolet al cabo Caracol? ¿Qué te parece? ¡Responde!

Las palabras _¿en qué te amenazo?_ habían hecho recobrar alguna esperanza a C..., quien pensó que acaso sabría Biassou tales horrores sin tener averiguado su autor; y así, respondió luego con alguna entereza, a fin de disipar cualquier sospecha que le fuese adversa:

--Me parece que son unos crímenes atroces.

Biassou soltó su carcajada.

--¡Bueno va! ¿Y qué castigo le impondrías al culpable?

Aquí el desdichado C... titubeó.

--Vamos--repuso Biassou---, ¿eres amigo de los negros o no lo eres?

Entre ambas alternativas, prefirió el negrófilo la que menor peligro presentaba, al parecer, y no viendo ningún intento hostil contra su persona en el semblante de Biassou, contestóle en voz apagada:

--Merece la pena de muerte.

--Muy bien respondido--dijo Biassou con mucho sosiego, arrojando el tabaco que tenía en la boca para mascar.

En esto, su aspecto de indiferencia había infundido algunos ánimos al infeliz negrófilo, y haciendo un esfuerzo para desvanecer cuantos recelos pudieran abrigarse contra su persona, comenzó una arenga en términos tales:

--Nadie hace votos más ardientes que los míos por el triunfo de vuestra causa. Yo soy corresponsal de Brissot y de Pruneau, de Pomme-Gouge, en Francia; de Magaw, en América; de Peter Paulus, en Holanda; del abate Tamburini, en Italia...

Y proseguía explayándose en esta letanía filantrópica, que estaba pronto siempre a entonar y que le había yo oído recitar en casa del gobernador, en circunstancias diversas y con diverso fin, cuando Biassou le atajó los vuelos:

--¡Y qué se me da a mí de todos tus corresponsales! Dime, y con eso sobra, dónde tienes tus almacenes y tus depósitos, porque mi ejército necesita abastecerse. Muy ricas han de ser tus haciendas y muy fuerte tu casa de comercio si tienes giro con los comerciantes de todo el mundo.

El ciudadano C... se atrevió con timidez a hacer una observación:

--Héroe de la humanidad, no son comerciantes, sino filósofos, filántropos y negrófilos.

--¡Vaya!--dijo Biassou moviendo la cabeza--. ¡Cátense ustedes ahí que vuelve a esos demonios de palabrotas ininteligibles! Pues bien, hombre: si no tienes almacenes ni depósitos que darnos a saquear, ¿para qué sirves?

Semejante pregunta mostraba una vislumbre de esperanza, a la que se asió C... con ahinco.

--Ilustre guerrero--respondió luego--, ¿tenéis en vuestro ejército algún economista?

--¿Qué cosa es eso?--le preguntó el caudillo.

--Es--dijo el prisionero, con tanto énfasis cuanto su terror le permitía--, es un hombre necesario por excelencia; el único que sabe tasar en su respectivo valor los recursos materiales de un imperio, clasificarlos por el orden de su importancia, beneficiarlos y acrecentarlos combinando sus orígenes y resultados, y distribuirlos con tino cuales otros tantos arroyos fecundantes, que aumentan los caudales del río de la utilidad general, el que viene, a su vez, a confundirse en el mar de la prosperidad pública.

--¡Caramba!--dijo Biassou, inclinándose hacia el obí--. ¿Qué diantres quiere decir con esa cáfila de vocablos, ensartados unos detrás de otros como las cuentas de tu rosario?

El obí se encogió de hombros en ademán de persona que no entiende y que desprecia. Sin embargo, el ciudadano C... proseguía así la relación:

--Yo he estudiado... dignaos escucharme, valeroso caudillo de los valientes regeneradores de Santo Domingo; yo he estudiado a los grandes economistas, a Turgot, a Raynal y a Mirabeau, el amigo del pueblo. He puesto su teoría en práctica, y poseo la ciencia indispensable para el gobierno de las monarquías o de los Estados cualesquiera.

--El economista no es económico en cuanto a palabras--dijo Rigaud con su sonrisa suave y burlona.

Biassou exclamó mientras tanto:

--Y dime, hablador descomunal, ¿tengo yo Estados que gobernar, por ventura?

--Todavía no, hombre grande--replicó C...--; pero puede venir el caso, y, además, mi ciencia se humilla, sin mengua de su dignidad, a entrar en los pormenores necesarios para la administración de un ejército.

--Yo no administro mi ejército, señor hacendado, sino lo mando--dijo el generalísimo, interrumpiéndole de nuevo con viveza.

--Pues está muy bien--expuso el ciudadano--; vos haréis de general y yo de intendente militar. Tengo conocimientos especiales en el ramo de la cría del ganado vacuno...

--¿Y te imaginas tú que nosotros criamos ganados?--replicó Biassou en su tono sarcástico--. Cuando se nos acabe el de la colonia francesa, cruzaré los cerros de la frontera e iré a recoger los bueyes y carneros que se crían en los grandes hatos de los inmensos llanos de Cotuy, de la vega, de Santiago y en las márgenes del Yuna, y si necesario fuere, también iré a buscar los que pacen, en la península de Samana y en las vertientes de la Sierra de Cibos, desde la embocadura del río Neibe hasta más allá de Santo Domingo. Además, tendré un gozo verdadero en ir a castigar a esos malditos españoles que entregaron a Ogé. Ya ves que no ando escaso de víveres ni tengo para qué valerme de tu ciencia, _necesaria por excelencia_.

Tan decisiva declaración desconcertó al pobre economista, que se agarró, sin embargo, a la postrer tabla de salvación.

--Mis estudios--dijo--no se limitan a la cría del ganado, y tengo otros varios conocimientos especiales que podrán ser de sumo provecho: enseñaré el método de beneficiar el alquitrán y las minas de carbón de piedra.

--¡Qué me importa eso!--contestó Biassou--. Cuando me hace falta carbón, mando quemar tres leguas enteras de monte.

--También explicaré para qué objetos es más adecuada cada especie de madera--prosiguió el prisionero--. El chicarón y la sabieca, para las quillas; las yabas, para los cascos; el níspero, para los palos; los guayacos, los cedros...

--_¡Que te lleven todos los demonios de los diez y siete infiernos!_--exclamó en español Biassou, ya impacientado.

--¿Qué se le ofrece a mi bondadoso protector?--dijo, todo trémulo, el economista, que no entendía achaque de español.

--Escúchame--repuso Biassou--; yo no tengo necesidad de buques, y en toda mi comitiva no queda más que un empleo vacante, que no es siquiera el de _mayordomo_, sino el de ayuda de cámara. Vea, pues, el _señor filósofo_ si le conviene. Estas son las condiciones. Me servirás de rodillas, me traerás la pipa y el _calalú_[18] y andarás tras de mí con un abanico de plumas de pavo real o de papagayo, como los dos pajes que estás viendo. ¿Eh?, responde. ¿Quieres servirme de ayuda de cámara?

El ciudadano C..., que sólo pensaba en salvar la vida, hizo una reverencia, inclinándose hasta el suelo con infinitas muestras de agradecimiento y gozo.

--¿Conque lo aceptas?--preguntó Biassou.

--¿Y podía poner siquiera en duda mi generoso amo que yo titubeara un momento ante tan insigne favor cual el de servirle en su persona?

A semejante respuesta, el diabólico sarcasmo de Biassou cobró un aire de triunfo. Cruzó los brazos, se puso erguido, respirando orgullo, y repeliendo con el pie la cabeza del blanco postrado ante sus plantas, exclamó en alta voz:

--¡Quería probar hasta dónde llega la vileza de los blancos después de haber presenciado hasta dónde alcanza su crueldad! A ti, ciudadano C..., te debo el doble ejemplo. ¡Bien te conozco! ¿Cómo has podido ser tan necio que no lo percibieras? Tú fuiste quien presidió en las justicias de junio, julio y agosto; tú, quien plantaste cincuenta cabezas de negros en la entrada de tu hacienda; tú, quien quería degollar a los quinientos esclavos que después de la rebelión tenías aprisionados, y colocar un cordón de cabezas de esclavo en la ciudad, desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol. Tú, si hubieras podido, habrías hecho un trofeo de mi cabeza, y ahora te considerarías por muy dichoso si yo quisiese admitirte de criado. No, no; quiero cuidar de tu honor más que lo haces tú mismo, y no te impondré tal ultraje. ¡Prepárate para la muerte!

Hizo un gesto, y los negros pusieron junto a mí al desgraciado negrófilo, que, sin poder proferir una sola palabra, había caído ante sus pies como herido del rayo.

FOOTNOTES:

[18] Guiso de los criollos.--N. del A.

XXXIV

--A ti te toca--dijo el caudillo, volviéndose hacia el último de los prisioneros, el hacendado a quien acusaban los blancos de tener la sangre no muy limpia, y que me había provocado a desafío por decirle tal injuria.

Un clamor general entre los rebeldes ahogó la respuesta del hacendado:

--¡Muera, muera! _Mort! Death! Touyé! Touyé!_--gritaban todos, cada cual a su manera, rechinando los dientes y amenazando con el puño cerrado al infeliz cautivo.

--Mi general--dijo un mulato que se expresaba con mayor facilidad que el resto--, es un blanco, y es preciso que muera.

El pobre hacendado, a fuerza de gestos y de gritos, logró hacer que le oyeran algunas palabras:

--No hay tal cosa; no hay tal cosa, señor general; no, hermanos míos, ¡yo no soy blanco! Eso es una abominable calumnia. Soy mulato, de sangre mixta, como vosotros; hijo de una negra, cual vuestras madres y vuestras hermanas.

--¡Miente, miente!--decían los negros enfurecidos--. Es un blanco, y siempre ha aborrecido a los negros y a los pardos.

--¡Jamás!--respondió el prisionero--. Los blancos son a quienes detesto, porque soy uno de vuestros hermanos y siempre he dicho, como vosotros: _Negré ce blan, blan ce negré_[19].

--¡Nada de eso, nada de eso!--clamaba la muchedumbre--. _Touyé blan!, touyé blan!_[20].

El infeliz respondía, lamentándose de un modo lastimero:

--¡Soy mulato! ¡Soy de los vuestros!

--¿La prueba?--dijo con frialdad Biassou.

--La prueba--respondió el otro, desatentado--, es que siempre me despreciaron los blancos.

--Eso puede muy bien ser verdad--replicó Biassou--, porque eres un insolente.

Un mulato joven dijo con empeño, encarándose con el hacendado:

--Tienes razón, los blancos te despreciaban; pero tú, en cambio, afectabas despreciar a la gente de color, entre quienes te contaban aquéllos, y hasta me han dicho que en cierta ocasión desafiaste a un blanco porque te echó en cara pertenecer a nuestra casta.

Un murmullo universal se alzó de entre el indignado concurso, y los gritos de muerte sofocaron con redoblada violencia las disculpas del acusado, quien, echándome con disimulo una mirada de súplica, repetía lloroso:

--¡Eso es una calumnia! Yo no tengo más dicha ni más orgullo que el pertenecer a los negros. Yo soy mulato.

--Si fueses mulato de veras--observó Rigaud con aparente sosiego--, no te valdrías de semejante palabra[21].

--¡Ay de mí! ¿Acaso sé siquiera lo que me digo?--repuso el miserable--. Señor general en jefe, la prueba de que soy de sangre mestiza está en esta raya negra alrededor de las uñas[22].

Biassou rechazó la mano que alargaba con súplica.

--Yo no poseo la ciencia del señor capellán, que adivina por las manos quién o qué sea cualquier persona. Escúchame, pues: los soldados te acusan, los unos de ser blanco, los otros de ser hermano traidor, y, si tal fuere, en ambos casos deberás morir. Tú afirmas que perteneces a nuestra casta y que jamás renegaste de ella. Un medio sólo te queda de probar tus asertos y de salvarte.

--¿Cuál, mi general? ¿Cuál es?--preguntó el hacendado con suma ansia--. Estoy pronto.

--Hele aquí--contestó Biassou con frialdad--. Agarra este cuchillo y da por tu propia mano de puñaladas a esos dos prisioneros blancos.

Así hablando, señaló hacia nosotros con la mano y con la vista; el hacendado se echó atrás ante la daga que Biassou, con sonrisa infernal, le ofrecía.

--¿Cómo es eso?--dijo el generalísimo--. ¿Conque titubeas? Pues era el único medio de probarnos, al ejército y a mí, que no eres blanco, sino de los nuestros. Vamos: resuélvete pronto, que me haces perder el tiempo.

Tenía el preso los ojos desencajados; dió un paso hacia el puñal, y luego se detuvo, dejando caer los brazos y volviendo hacia atrás la cabeza, mientras un estremecimiento involuntario le hacía temblar en todo su cuerpo.

--¡Vamos!--prorrumpió Biassou en tono de impaciencia y cólera--, ¡que estoy de prisa! Escoge: o matarlos tú mismo o que te maten con ellos.

El infeliz permanecía inmóvil, como petrificado.

--Está muy bien--repuso Biassou volviéndose hacia los negros--; pues que no quiere hacer de verdugo, hará el papel de víctima, porque ya conozco que es un blanco. Sacadle vosotros de aquí...

Los negros se adelantaron para echarle mano, y este movimiento decidió de su suerte entre matar o morir. El exceso de cobardía tiene también su especie de valor. Se abalanzó al puñal que le alargaba Biassou, y en seguida, sin tomarse tiempo de reflexionar en lo que iba a hacer, el miserable le saltó encima, cual un tigre, al ciudadano C..., que se hallaba recostado junto a mí.

Comenzó luego una horrenda lucha. El negrófilo, sumido en tétrica y estúpida desesperación por el desenlace que tuvo el interrogatorio con el cual le había Biassou atormentado, contempló toda la escena posterior con la vista fija, y tan embebido en el terror del suplicio ya cercano, que aparentaba no haberla comprendido; mas al ver lanzarse sobre sí al hacendado y relampaguear el acero por encima de sus sienes, lo inminente del peligro le arrancó con sobresalto de su letargo. Púsose entonces en pie, y, deteniéndole el brazo a su asesino, dijo en tono lastimero:

--¡Misericordia! ¡Misericordia! ¿Qué pretende usted conmigo? ¿Qué le he hecho para ofenderle?

--Llegó la hora de la muerte, caballero--replicó el mestizo, procurando soltarse el brazo y clavando sobre su víctima la vista desatentada--. No me estorbe usted, que no le haré daño.

--¡Morir a manos de usted!--clamaba el economista--. ¿Y por qué? ¡Perdóneme usted! ¿Me guarda usted rencor porque dije en algún tiempo que no era de sangre limpia? Pues déjeme usted la vida, y le prometo reconocerle por blanco. Sí, usted es blanco, y lo diré por dondequiera... ¡pero misericordia!

El negrófilo había elegido con poco tino sus medios de defensa.

--¡Cállate, cállate!--gritó su rival, enfurecido y temeroso de que oyesen los negros semejante declaración.

Mas el otro clamaba con toda su fuerza que le conocía por blanco y de excelente estirpe. El mulato hizo un postrer esfuerzo para acallarle, y apartando con violencia entrambas manos, que le detenían, metió el puñal por entre las vestiduras del ciudadano C... Sintió el desdichado la punta del acero, y mordió rabioso el brazo que lo clavaba.

--¡Monstruo! ¡Malvado! Que me asesinas...--dijo.

Y volviéndose hacia Biassou, añadió:

--¡Defendedme, vengador de la humanidad!...

Pero el matador apretó ya frenético la hoja de la daga, y un grueso chorro de sangre, que brotó entre sus dedos, vino hasta salpicarle el rostro. Dobláronse entonces de súbito las rodillas del negrófilo, flaqueáronle los brazos, empañáronse sus ojos, lanzaron sus labios un débil gemido y cayó el cuerpo a tierra, convertido ya en exánime cadáver.

FOOTNOTES:

[19] Proverbio familiar entre los negros rebeldes, que se traduce literalmente así: _Los negros son los blancos, los blancos son los negros._ Diciendo: _los negros son los dueños y los blancos son los esclavos_, se explicaría mejor el sentido.--N. del A.

[20] ¡Matad al blanco! ¡Matad al blanco!--N. del A.

[21] Hay que recordar que los pardos rechazan con ira este nombre, inventado, según ellos, por el desdén de los blancos.--N. del A.

[22] Suelen muchos mestizos tener, en efecto, este signo en el nacimiento de las uñas, el que se desvanece con los años, pero renace en sus hijos.--N. del A.

XXXV

Tal escena, y en la que pronto me aguardaba desempeñar un papel, me tenía helado de espanto. _El vengador de la humanidad_ había presenciado con aspecto impasible la lucha entre sus dos víctimas, y cuando hubo concluído, dijo, volviéndose hacia sus aterrorizados pajecillos:

--Traedme más tabaco.

Y se puso a mascarlo en sosiego. El obí y Rigaud permanecían inmóviles, y aun los negros parecían horrorizados del espectáculo que su caudillo acababa de ponerles ante los ojos.

Un solo blanco quedaba por despachar aún, y éste era yo; de modo que conocí haberme llegado mi vez. Eché, pues, una mirada sobre el asesino que iba a ser mi verdugo, y causóme lástima el verle. Tenía los labios amoratados y rechinábanle los dientes; un movimiento convulsivo agitaba sus trémulos miembros, capaces apenas de sostenerle; pasábase sin cesar, y como maquinalmente, la mano por las sienes para limpiar las manchas de sangre, y con aire de insensato contemplaba el cuerpo humeante que yacía a sus pies, sin apartar de su víctima los espantados ojos.

Así aguardaba yo el momento en que diera remate a su tarea con mi muerte, y por cierto que mi posición con respecto a aquel hombre era bien extraña: una vez había ya estado para matarme por decir yo que no era blanco, y ahora, para probar que era mulato, iba a convertirse en mi asesino.

--Vamos, amigo, estoy satisfecho de ti--le dijo Biassou.

Y luego miróme y añadió:

--Por ahora te excuso de acabar con el otro. Anda, que te declaro por buen hermano y te confiero el empleo de verdugo de mis ejércitos.

A estas palabras del general salió un negro de entre filas, y, tras hacer a Biassou tres humildes reverencias, prosiguió diciendo en su jerigonza lo que traduciré para que mejor se entienda:

--¿Y a mí, mi general?

--Vamos, ¿qué pretendes tú decir?--preguntó Biassou.

--¿No haréis nada por mí, mi general?--dijo el negro--. Ahí se le da un ascenso a ese perro blanco, que asesina para darse por nuestro, ¿y no lo ha de haber para mí también, que soy un negro bueno?

Tan inesperada súplica puso a Biassou en aprieto. Bajóse hacia Rigaud, y el caudillo de las catervas de los Cayos le dijo en francés:

--No se puede acceder a su demanda, y conviene buscar algún medio de eludirla.

--¿Conque pretendes un ascenso?--contestó entonces Biassou volviéndose hacia el _negro bueno_--. Con mucho gusto lo haré si me dices el grado que apeteces.

--Quiero ser _oficial_.

--¡Oficial!--replicó el generalísimo--. Vamos, dime cuáles son tus méritos para pretender las charreteras.

--Yo--repuso el negro con ahinco--fuí el que incendió el ingenio de Lagoscette desde principios de agosto, y quien mató al hacendado Clement, y quien paseó la cabeza de su mayoral en la punta de una pica. Yo degollé a diez mujeres blancas y a siete niños, por prueba que uno de ellos les sirvió de bandera a las tropas de Bouckmann. Después achicharré cuatro familias de los amos blancos en un aposento del castillo de Galifet, cerrándolo con llave antes de pegarle fuego. A mi padre lo rompieron en la rueda en el Cabo; a mi hermano lo ahorcaron en Rocrou, y a mí propio estuvieron para fusilarme. He abrasado tres cafetales, seis sembrados de añil y doscientas cuadras de caña; he matado a mi amo M. Noé y a su madre...