Part 10
--Pasa por alto tu hoja de servicios--le dijo Rigaud, que encubría en su aparente mansedumbre una crueldad positiva, pero que era feroz con decoro y no podía sufrir las fanfarronadas del crimen.
--Muchos más pudiera alegar--replicó el negro con orgullo--; pero éstos juzgo que se tendrán por suficientes para hacer ver que merezco la categoría de _oficial_ y llevar al hombro una charretera de oro como aquellos compañeros.
Y así diciendo, señaló a los ayudantes y a la plana mayor de Biassou; el generalísimo pareció que meditaba por un momento, y después dirigió al negro con suma gravedad estas palabras:
--Mucho me alegraría de premiarte, porque estoy contento de tus servicios; pero todavía se requiere otra circunstancia a más: ¿sabes el latín?
El forajido, pasmado, abrió los ojos cuanto pudo, diciendo:
--Mi general...
--Eso te pregunto--repuso Biassou sin demora--. ¿Sabes el latín?
--El... latín...--repitió el negro estupefacto.
--¡Sí, sí, sí, el latín! ¿Sabes el latín?--prosiguió el astuto caudillo.
Y desplegando un estandarte en que estaba inscrito el versículo del salmo _In exitu Israel de Ægypto_, añadió:
--Explícame lo que significan estas palabras.
El negro, en el colmo de su asombro, quedábase inmóvil y mudo, restregándose maquinalmente las manos por sus calzoncillos y volviendo atónito la vista, ya de la bandera al general y ya del general a la bandera.
--Vamos, ¿acabarás de responder?--díjole con impaciencia Biassou.
El negro, rascándose la cabeza, abrió y volvió a cerrar repetidas veces los labios, y dejó al cabo salir estas palabras confusas:
--No entiendo, mi general.
El semblante de Biassou cobró de súbito el aspecto de indignación e ira.
--¿Cómo es eso--exclamó--, tunante desvergonzado? ¿Tienes el atrevimiento de querer ascender a oficial y no sabes latín?
--Pero, mi general...--tartamudeó el negro, trémulo todo y confuso.
--Cállate--replicó Biassou, cuyos ímpetus de cólera aparentaban ir en aumento--. No sé por qué no te mando fusilar ahora mismo en justo castigo de tu presunción. ¿Qué te parece, Rigaud, de este donoso oficial, que ni siquiera sabe latín? Escúchame, menguado; ya que no comprendes lo que está escrito en esa bandera, voy a darte la explicación: _In exitu_, ningún soldado; _Israel_, como no sepa latín; _de Ægypto_, puede llegar a oficial. ¿No es así, señor capellán?
El obí hizo un gesto afirmativo, y Biassou continuó:
--Ese hermano, a quien acabo de nombrar verdugo del ejército y de quien abrigas tantos celos, sabe el latín de corrido--entonces se volvió hacia el recién acuñado verdugo--. Dinos, amigo, si no es esto exacto. Para probarle a ese burro que sabes más que él, tradúcele lo que quiere decir _Dominus vobiscum_.
El desgraciado, saliendo al sonido de aquella terrible voz de la tétrica distracción en que estaba sumergido, alzó la cabeza, y aunque tenía aún el ánimo todo conmovido con la imagen del cobarde asesinato que acababa de cometer, la intensidad misma del terror le movió a obediencia. Había algo de extraño en el modo con que aquel hombre procuraba, entre sus ideas de espanto y remordimiento, traer a la memoria los estudios de su juventud, así como en la manera lúgubre que tuvo de proferir esta pueril explicación:
--_Dominus vobiscum_... quiere decir... _El Señor sea con vosotros_.
--_Et cum spiritu tuo_--añadió solemnemente el misterioso obí.
--_Amén_--respondió Biassou.
Y luego, volviendo a sus ademanes airados y mezclando con su cólera fingida algunas frases sueltas de pésimo latín--por el estilo del _médico a palos_--para convencer al concurso de su ciencia, le gritó al negro ambicioso:
--Vuelve a entrar en las filas y ponte a la cola de tu compañía. _Sursum corda!_ No sueñes otra vez en elevarte al rango de tus jefes que saben latín; _orate, fratres_, o te mandaré ahorcar. _Bonus, bona, bonum._
El negro, maravillado y atemorizado a un tiempo mismo, volvió a meterse entre filas cubierto de vergüenza y con la cabeza baja, en medio de la rechifla general de sus compañeros, indignados al ver tan mal fundadas pretensiones y fija la vista con admiración en su docto generalísimo.
Había cierto aire burlesco en tal escena, la que acabó de inspirarme alto concepto de la habilidad de Biassou. El medio ridículo que había empleado con tan cabal éxito[23] para desconcertar las ambiciones particulares, siempre tan exageradas entre una turba de rebeldes, me dió la medida, tanto de la estupidez de los negros cuanto de la astucia de su caudillo.
XXXVI
En tanto, había llegado la hora del _almuerzo_ de Biassou, y los sirvientes pusieron ante el _mariscal de campo de Su Majestad Católica_ una gran concha de tortuga llena de una especie de _olla podrida_, en que las tajadas del mismo animal hacían el oficio de _carnero_, y las batatas, el de _garbanzos_, todo profusamente condimentado con lonjas de tocino, mientras una enorme col sobrenadaba en el caldo de aquel _puchero_. A entrambos lados de la concha, que servía a la vez de marmita y de sopera, había dos cáscaras de coco convertidas en copas y llenas de pasas, _sandías_, higos y ñames, que servían de _postres_. Un pan de maíz y una bota de vino, con el sabor a pez que le da el cuero, completaban el banquete. Sacó luego Biassou un puñado de ajos del bolsillo, y restregó con ellos el pan, poniéndose a comer sin mandar siquiera que se llevasen el aún tibio cadáver que yacía en su presencia, y convidando a Rigaud para que hiciese lo mismo. El apetito de Biassou tenía en sí algo de espantoso.
El obí no participó de sus manjares, y comprendí que, cual todos los de su calaña, jamás comía en público, para persuadir a los negros que era de una esencia sobrenatural y que vivía sin alimento.
Al tiempo propio de almorzar mandó Biassou a uno de sus ayudantes que hiciese empezar la revista, y la turba de sus secuaces comenzó a desfilar en buen orden por delante de la gruta. Los negros de Morne-Rouge pasaron los primeros, en número como de algunos cuatro mil, divididos en apiñadas mitades bajo la guía de sus oficiales, quienes iban, según ya he dicho, adornados con unos calzoncillos o un cinto color de grana. Estos negros, casi todos robustos y de alta estatura, llevaban fusiles, hachas y sables, aunque muchos, a falta de otras armas, se habían provisto de arcos y flechas y azagayas. No tenían cubierta la cabeza y marchaban silenciosos, con aspecto de desconsuelo.
Al desfilar de esta escuadra inclinóse Biassou al oído de Rigaud, y le dijo en francés:
--¿Cuándo acabará la metralla de los blancos de quitarme el estorbo de estos forajidos de Morne-Rouge? ¡Los aborrezco porque casi todos son congos! Y, además, no saben matar sino en la pelea, siguiendo el ejemplo de su imbécil caudillo, su ídolo Bug-Jargal, ese muchacho necio, que quisiera echarla de magnánimo y generoso. ¿Tú no le conoces, Rigaud? Pues entonces confío en que te quedarás para siempre sin conocerle, porque los blancos le han hecho prisionero, y me libertarán de él, así como lo hicieron con Bouckmann.
--A propósito de Bouckmann--respondió Rigaud--; ahí vienen los cimarrones de Macaya, y veo pasar entre sus filas al negro que envió Juan Francisco para anunciarnos su muerte. ¿Sabes que ese hombre podría destruir todo el efecto de las profecías del obí acerca del fin de aquel jefe si contara que le habían detenido media hora en las avanzadas y que me había participado su noticia antes que le mandaras entrar?
--¡Qué diablo!--dijo Biassou--. ¡Y razón que te sobra, amigo! Es preciso buscar un medio de taparle a ese hombre la boca. Aguarda...
Entonces, alzando la voz, llamó a Macaya.
El comandante de los negros cimarrones se aproximó, presentando, en señal de acatamiento, su trabuco de boca ancha.
--Haz salir de tus filas--repuso Biassou--a aquel negro que va allí y que no debiera.
Era el mensajero de Juan Francisco. Macaya le condujo a presencia del general, quien cobró de súbito en el semblante aquella expresión de cólera que sabía fingir con tanto acierto.
--¿Quién eres?--le preguntó al negro sobrecogido.
--Mi general, soy un negro.
--_¡Caramba!_ ¡Eso ya lo veo! Pero ¿cómo te llamas?
--Mi sobrenombre de guerra es Vavelan; mi protector entre los bienaventurados es San Sabeo, diácono y mártir, que se conmemora veinte días antes de la Natividad...
Biassou le interrumpió:
--¿Y con qué cara te atreves a presentarte en la parada, en medio de espingardas relucientes y de tahalís blancos, con el sable sin vaina, los calzones desgarrados y los pies cubiertos de lodo?...
--Mi general--respondió el negro--, no es culpa mía. El gran almirante Juan Francisco me encargó de traer el parte de la muerte de Bouckmann, comandante de los cimarrones ingleses; y si mis vestidos están destrozados y los pies sucios, es porque he corrido, sin descansar ni tomar aliento, a fin de llegar antes con la nueva; pero me detuvieron a la entrada del campamento, y...
Biassou arrugó el ceño.
--¡No se trata de eso, _gabacho_, sino de tu desvergüenza en asistir a la revista tan desaliñado! Encomienda el alma a tu santo patrón, San Sabeo, diácono y mártir, y anda que te fusilen.
Aquí tuve nueva prueba del poderío moral que ejercía Biassou sobre los rebeldes. El infeliz, a quien se ordenaba ser él mismo portador de la orden de su muerte, no se atrevió ni aun a dar quejas. Bajó la cabeza, cruzó los brazos al pecho, hízole un triple saludo a su implacable juez, y, después de haberse arrodillado ante el obí, que le dió una absolución compendiada, salióse de la cueva. ¡Algunos minutos después, una descarga le anunció a Biassou que el negro había obedecido y había muerto!
Libre ya el caudillo de todo recelo, se volvió hacia Rigaud, brillándole los ojos de contento, y con una expresión sarcástica de triunfo que parecía decir: “¡Admírame!”
FOOTNOTES:
[23] Más adelante se valió Toussaint-Louverture de igual recurso, obteniendo idéntico ventajoso resultado.--N. del A.
XXXVII
Seguía, empero, la revista, y aquel mismo ejército que, en desorden, me había presentado pocas horas antes un espectáculo tan extraordinario, no parecía menos extravagante ahora y sobre las armas. Eran ya algunos negros, completamente desnudos, y pertrechados de mazos, machetes y macanas, marchando al compás de un cuerno como los salvajes; ya batallones de mulatos equipados a la española y a la inglesa, con buenas armas y buena disciplina, arreglando sus pasos al toque de los tambores; catervas, luego, de negras y negrillos, con horquillas y garfios, o de viejos inútiles cargados con fusiles antiguos e inservibles, sin cañón o sin llave; griotas, en fin, con sus vestidos de botarga, o griotos con horribles contorsiones y gestos, entonando canciones incoherentes, con acompañamiento de guitarra, de balafo o de platillos. Interrumpían a veces esta extraña procesión bandadas heterogéneas de mulatos, cuarterones, salto-atrás y toda clase de mestizos libres; o ya catervas errantes de negros cimarrones, con el ademán soberbio y carabinas relucientes, que arrastraban entre filas sus carretones henchidos de despojos, o algún cañón arrebatado a los blancos, menos cual arma ofensiva que trofeo, cantando a toda voz los himnos rebeldes de _Gran-Pré_ y _Oua-Nassé_. Por encima de tanto y tan diverso concurso tremolaban banderas de todos colores y con todas divisas: blancas, rojas y tricolores, adornadas con flores de lis y con el gorro de la libertad, y llevando por lema: _Mueran los sacerdotes y los aristócratas_, _¡Viva la religión!_, _¡Libertad e igualdad!_, _¡Viva el Rey!_, _¡Muera la metrópoli!_, _¡Viva España!_, _¡No más tiranos!_, etcétera, etc.; extraña mescolanza y claro indicio de que las fuerzas de los rebeldes eran un tropel sin objeto determinado, y de que no menor desorden que en los hombres reinaba en las ideas.
Al pasar, a su vez, por la gruta, las escuadras rendían sus banderas, y Biassou devolvía el saludo. A cada batallón le dirigía algunas palabras de reprensión o de elogio, y cada palabra severa o halagüeña que caía de sus labios era acogida por sus secuaces con fanático respeto y una especie de temor supersticioso.
Pasó al cabo aquella inundación de bárbaros, y confieso que, si al principio sirvióme de distracción, llegó por último a serme penosa la vista de tanto forajido.
Mientras tanto, la tarde declinaba, y, cuando los últimos hombres desfilaron, el sol teñía débilmente de un rojo cobrizo la frente granítica de las montañas de oriente.
XXXVIII
Biassou parecía meditabundo, y cuando, terminada la revista y dadas sus órdenes postreras, se retiraron los rebeldes a sus chozas, me dirigió al fin la palabra en tales términos:
--Ya has podido juzgar a tu despacio, joven, de mi ingenio y poderío, y he aquí llegada la hora de que vayas a participárselo a Leogrí.
--No ha consistido en mí que tarde tanto--le respondí con indiferencia.
--Razón tienes--replicó Biassou.
Y aquí se detuvo un instante, como para observar qué efecto iban a producir en mí las siguientes palabras:
--Y, además, de ti penderá el que nunca llegue.
--¿Cómo es eso?--exclamé pasmado--. ¿Qué quieres tú decir?
--Sí--prosiguió Biassou--; en tus propias manos tienes tu vida, y si quieres, puedes salvarla.
Este arrebato de clemencia, el primero y el último, sin duda alguna, que Biassou haya jamás sentido, me pareció un prodigio. El obí, como yo, lleno también de sorpresa, saltó del asiento donde por tan largo rato había permanecido inmóvil y en actitud extática, al estilo de los _faquires_ indios. Se puso frente a frente del generalísimo y alzó la voz lleno de ira:
--_¿Qué dice el excelentísimo señor mariscal de campo?_ ¿No se acuerda de lo que me ha prometido? Ni él ni el _bon Giu_ pueden ya disponer de esta vida, que me pertenece.
En aquel momento, al oír su acento de cólera, juzgué de nuevo tener algún recuerdo de aquel maldito hombrecillo; mas fué una sensación vaga y pasajera, que no me iluminó el entendimiento.
Biassou, sin alterarse, se levantó, habló con el obí en voz baja, señalándole a la bandera negra en que ya había yo reparado, y, tras algunos minutos de conversación, meneó el zahorí la cabeza de arriba abajo, cual en señal de consentir, y los dos recobraron sus antiguos puestos y actitudes.
--Escucha--me dijo entonces el generalísimo, sacando del bolsillo los otros despachos de Juan Francisco, que tenía allí metidos--. Nuestros negocios van mal. Bouckmann acaba de morir en un encuentro; los blancos han exterminado en la comarca de Cul-de-Sac a dos mil negros levantados; las tropas de la colonia siguen atrincherándose y cubriendo todos los llanos de puntos fortificados, y, por culpa nuestra, hemos desaprovechado una ocasión de apoderarnos del Cabo, que no se volverá a presentar tan de pronto. Por el lado de Levante, el camino principal está cortado por un río, y los blancos, para defender el paso, han establecido una batería flotante sobre pontones y dos reductos, a cada orilla. Al Sur hay otro camino real, que atraviesa ese país montañoso llamado el Haut-du-Cap, y lo tienen también cuajado de tropas y de artillería. Por la parte de tierra, la posición está asimismo bien fortificada, con parapetos en que han trabajado todos los habitantes, con añadidura de buenos caballos de frisa. Por consiguiente, el Cabo se halla al abrigo de nuestras embestidas. La emboscada en las gargantas de Doma-Mulatos no produjo el éxito que nos prometíamos, y a tantos reveses se junta la fiebre de Siam, que devasta el campamento de Juan Francisco. Así que el gran almirante de Francia opina[24], y yo participo de su sentir, que sería conveniente entrar en tratos con el gobernador Blanchelande y la Asamblea colonial. He aquí la carta que sobre este particular vamos a remitir a la Asamblea; escucha:
“SEÑORES DIPUTADOS:
“Grandes infortunios han afligido a esta rica e importante colonia, en los que nos hemos visto nosotros envueltos, y nada más nos queda que alegar por excusa. Algún día vendrá en que nos haréis toda la justicia que nuestra situación se merece. Debemos quedar comprendidos en la amnistía general que el Rey Luis XVI ha proclamado para todos indistintamente.
“Si no, como el Rey de España es un Rey bueno, que nos trata muy bien y que _nos manifiesta recompensas_[25], seguiremos a su servicio con celo y lealtad.
“Vemos que, con arreglo a la ley de 28 de septiembre--de 1791--, la Asamblea nacional y el Rey os conceden facultad para decretar definitivamente acerca del estado de las personas no libres y de la condición política de los hombres libres de color. Nosotros defenderemos los decretos de la Asamblea nacional y los vuestros, si están revestidos de los requisitos legales, hasta derramar la última gota de nuestra sangre. Sería conveniente que _declararíais_ por un decreto, sancionado por el señor general, que formáis intento de ocuparos en la suerte de los esclavos. En sabiendo, por conducto de sus jefes, a quienes daríais noticia de estos trabajos, que son el objeto de vuestras tareas, quedarían satisfechos, y en breve tiempo se recuperaría el equilibrio roto.
“No contéis, sin embargo, señores representantes, en que consintamos en armarnos por el beneplácito de asambleas revolucionarias. Nosotros somos súbditos de tres reyes. El Rey del Congo, señor natural de todos los negros; el Rey de Francia, que representa a nuestros padres, y el Rey de España, que representa a nuestras madres. Estos tres reyes son los descendientes de los tres reyes magos que, guiados por una estrella, vinieron a adorar el Dios-hombre. Si sirviéramos a las Asambleas, tal vez nos veríamos arrastrados a hacer la guerra contra nuestros hermanos, los súbditos de estos tres reyes, a quienes hemos jurado fidelidad.
“Además, no sabemos lo que se quiere decir por la voluntad de la nación, puesto que _desde que el mundo reina_ no hemos ejecutado sino la de un rey. El príncipe de Francia nos quiere y el de España no cesa de darnos socorro. Les ayudamos y nos ayudan: ésta es la causa de la humanidad. Y luego, aun cuando nos faltaran estas Majestades, pronto habríamos _tronado un Rey_.
“Tales son nuestras intenciones, mediante las cuales consentiremos en hacer la paz[26].--Firmado, _Juan Francisco_, general; _Biassou_, mariscal de campo; _Desprez_, _Manzeau_, _Toussaint_, _Aubert_, comisionados _ad hoc_.”
--Ya ves--añadió Biassou, concluída que fué la lectura de este documento de la diplomacia negra, que se me quedó estampado en la memoria palabra por palabra--; ya ves, digo, que estamos de paz. Ahora bien: esto es lo que pretendo de ti. Ni Juan Francisco ni yo nos hemos educado en las escuelas de los blancos, donde se aprende a charlar bien; sabemos pelear, pero no escribir, y, sin embargo, no quisiéramos que hubiera en nuestra carta a la Asamblea nada que pudiese excitar la _burla_ orgullosa de nuestros antiguos dueños. Tú me parece que has aprendido esta frívola ciencia que a nosotros nos falta; así, pues, corrige en nuestro oficio cuantas faltas hicieran reír a los blancos, y a este precio te concedo la vida.
Había en este empleo de corrector de las faltas de ortografía diplomática de Biassou algo de demasiado repugnante a mi orgullo para que yo titubease un solo momento. Y, además, ¿qué se me daba de la vida? Rehusé, pues, su oferta.
Pareció sorprenderse.
--¿Cómo es eso?--exclamó--. ¿Prefieres morir a hacer unos cuantos garabatos con la pluma en un pedazo de pergamino?
--Sí--le repliqué.
Mi determinación pareció como que le desagradaba, y, después de meditar por un breve espacio, me dijo:
--Escúchame, muchacho atolondrado; quiero ser menos terco que tú y te concedo de plazo hasta mañana por la tarde para que te resuelvas a obedecerme. Mañana, al ponerse el sol, volverán a traerte a mi presencia, y piensa en complacerme. Adiós, que la almohada es fuente de buenos consejos. Acuérdate que entre nosotros recibir la muerte es algo más que el morir.
El sentido de estas últimas palabras, acompañadas de una horrenda carcajada, no era, por cierto, equívoco, y los tormentos que Biassou acostumbraba inventar para sus víctimas acababan de explicarlas.
--Candi--prosiguió Biassou--, llévate al prisionero y entrégale a la custodia de los negros de Morne-Rouge, porque quiero que aún vea asomar por una vez el sol, y mis soldados quizá no tendrían tanta paciencia como para aguardar que pasasen veinticuatro horas.
El mulato Candi, comandante de sus guardias, me mandó atar los brazos a la espalda, y, agarrando un soldado el cabo de la cuerda, nos salimos de la cueva.
FOOTNOTES:
[24] Ya se ha dicho que Juan Francisco se daba este título.--N. del A.
[25] Esta frase carece a propósito de sentido para dar una idea de falta semejante en el original francés.--N. del T.
[26] Parece que, en efecto, se le remitió a la Asamblea esta carta, tan ridículamente característica.--N. del A.
XXXIX
Cuando acaecimientos extraordinarios, angustias y catástrofes estallan de súbito en medio del sosiego de una existencia feliz y deliciosamente uniforme, estas inesperadas emociones, estos golpes de fortuna cortan atropelladamente el letargo del alma que estaba adormecida en la monotonía de su próspero destino. Mas, sin embargo, en los infortunios que así llegan no nos parece que despertamos, sino que soñamos. Para quien siempre fué feliz, las desdichas empiezan por atontecerle. La adversidad imprevista se asemeja a la conmoción eléctrica del torpedo, que nos sacude, pero al mismo tiempo nos pasma los miembros, y el espantoso resplandor que arroja de súbito ante nuestros ojos nos deslumbra, pero no ilumina. Los hombres, los objetos y los sucesos nos pasan por delante con un aspecto en cierto modo fantástico, y se mueven cual en un ensueño. Todo ha cambiado en el horizonte de nuestra vida: la perspectiva y la atmósfera; pero largo tiempo transcurre antes que se borre de los ojos aquella cual luminosa imagen de la dicha pasada, que nos persigue, y que, interponiéndose entre ellos y la lúgubre realidad de lo presente, desfigura los colores y comunica no sé qué tinte engañoso a la verdad misma. Entonces, lo que efectivamente es nos parece imposible y absurdo, y apenas tenemos fe en nuestra propia existencia, porque no encontrando alrededor de nosotros nada de cuanto componía nuestro ser, no alcanzamos a concebir cómo todo aquello pudo desaparecer sin arrastrarnos consigo y por qué de toda nuestra vida nosotros quedamos aislados por único vestigio. Si esta posición violenta del alma se prolonga, destruye el equilibrio del pensamiento y se torna en demencia, estado quizá de dicha en que la vida es para el infeliz una visión tan solo, en la que él mismo aparece cual un fantasma.
XL
No sé, a decir verdad, señores, a qué expongo semejantes ideas, pues no son de aquellas que se comprenden o se explican, sino que es necesario haberlas sentido. Yo las probé. Tal era el estado de mi mente en el momento en que los guardias de Biassou me entregaron a los negros de Morne-Rouge, y como me parecían espectros que me pasaban a manos de otros espectros, dejé sin asomo de resistencia que me atasen por la cintura al tronco de un árbol. Trajéronme por alimento algunas batatas cocidas en agua, y comí por aquella especie de instinto maquinal que la bondad divina concede al hombre sumido en la amargura de sus pensamientos.
Había, por fin, llegado la noche, y mis guardias se retiraron a sus chozas, excepto cinco o seis que permanecieron junto a mí de vigilantes, sentados o tendidos alrededor de una hoguera que tenían encendida para guarecerse del frío nocturno. Al cabo de algunos breves instantes, quedaron todos sumidos en profundo sueño.