Bug-Jargal

Part 3

Chapter 34,106 wordsPublic domain

“¡Tiembla, oh, blanca hija de la Española[5]! ¡Tiembla! ¡No sea que todo alrededor tuyo se convierta luego en un huracán y en un páramo sombrío! Entonces llorarás el amor que hubiera podido conducirte hacia mí como el alegre _kata_, el pájaro de amparo en el desierto, guía hasta la cisterna, por los incultos arenales de Africa, al sediento peregrino.

“¿Ni por qué has de despreciar mi cariño, oh, María? Yo soy rey, y mis sienes descuellan entre todas las frentes humanas. Tú eres blanca, y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.”

FOOTNOTES:

[4] Aquí añade Víctor Hugo, en una nota, que le parece inútil copiar el romance español que comenzaba: _¿Por qué me huyes, María?_ Como tal romance o canción en castellano, por supuesto, no existe, habremos de contentarnos con traducir la prosa francesa.--N. del T.

[5] Primer nombre, según sabrán nuestros lectores, que dió Cristóbal Colón a la isla de Santo Domingo, en diciembre de 1492, año del descubrimiento.--N. del A.

VIII

Un prolongado suspiro, que continuó resonando en las cuerdas de la guitarra, acompañó a estas últimas palabras. Estaba yo fuera de mí: “¡Rey! ¡Negro! ¡Esclavo!” Mil ideas incoherentes, despertadas por la inexplicable canción que acabábamos de escuchar, me hervían en el cerebro; un ímpetu violento, una necesidad de aniquilar al ser desconocido que osaba mezclar el nombre de María con sus cánticos de amor y de amenaza, se había apoderado de mi mente. Agarré, frenético, la escopeta y me arrojé afuera; y mientras María, atemorizada, alargaba los brazos para detenerme, estaba ya metido en lo más espeso de la enramada, hacia el punto donde sonó la voz incógnita. Registré la arboleda en todas direcciones, metí el cañón de mi arma por entre los matorrales, di vuelta a los gruesos troncos, sacudí las crecidas hierbas y... en vano; todo, todo en vano. Tan inútil pesquisa, unida a vagas reflexiones acerca de la canción, añadieron cierta vergüenza a mi cólera. ¡Pues qué!, ¿había siempre de escaparse este insolente rival, tanto de mi brazo cuanto a mi comprensión? ¿No podría ni encontrarle, ni adivinar su ser?... En este momento, un ruido de cascabeles vino a sacarme de mi distracción, y al revolverme con rapidez me encontré al lado con el enano Habibrah.

--Buenos días, amo mío--me dijo, haciéndome una reverencia con sumo respeto; pero en su mirada de reojo, que clavó en mí con disimulo, juzgué observar una inexplicable muestra de malicia y un aire de oculto gozo al contemplar el desasosiego estampado en mi frente.

--Habla--le grité con aspereza--y dime si has visto a alguien en este bosque.

--A nadie más que a usted, _señor mío_--me respondió con serenidad.

--¡Pues qué! ¿No has oído una voz?--le repliqué.

El esclavo se quedó por algún breve espacio como pensando qué responderme, y yo, hirviendo en ira, proseguí:

--Vamos, respóndeme pronto, infeliz: ¿no has oído por aquí una voz?

Clavó descaradamente en mí sus ojos, redondos como los de un gato montés, y contestó:

--¿_Qué quiere decir usted_ con eso de una voz, mi amo? Hay voces dondequiera y de cualquier especie; hay la voz de los pájaros y la de las aguas; hay la voz del viento meciéndose entre las hojas...

Le interrumpí dándole una fuerte sacudida y diciéndole:

--¡Miserable bufón! Deja de tomarme por tu juguete o te haré escuchar muy de cerca la voz que sale del cañón de una carabina. Respóndeme en cuatro palabras: ¿has oído en este bosque a algún hombre cantar una canción española?

--Sí, señor--me replicó, sin parecer conmovido--; y también oí la letra de la música. Atención, amo mío, que voy a contarle cierta cosa. Me iba yo paseando por las cercanías de este bosque, escuchando lo que me decían al oído los cascabeles de la _gorra_, cuando el viento vino de repente a añadir a semejante concierto algunas palabras de esa lengua que usted llama el español, la primera que tartamudearon mis labios cuando mi edad se contaba, no por años, sino por meses, y cuando mi madre me llevaba colgado de su cuello con fajas de bayeta roja y amarilla. Yo amo esa lengua porque me recuerda el tiempo en que yo era chiquito y aún no era enano, en que era un niño y no un bufón imbécil; me acerqué, pues, y escuché el fin de la canción.

--¿Y qué?--repuse yo impaciente--. ¿Es eso todo cuanto alcanzas?

--Sí, señor, amo _hermoso_; pero si usted quiere, le diré quién era el hombre que cantaba.

Creí que iba a abrazar al enano.

--¡Habla, habla, Habibrah! ¡Ahí tienes mi bolsa, y diez bolsas aún más llenas serán tuyas si me enseñas a ese hombre!

Tomó la bolsa, la abrió y se sonrió.

--¡_Diez bolsas_ más llenas que ésta! ¡Qué _demonio_! ¡Eso haría una _fanega_ llena de pesos con el retrato _del rey Luis quince_, tantos cuantos bastarían para sembrar las tierras del mágico de Granada Altornino, que poseía la ciencia de hacer crecer _buenos doblones_! Pero, vamos, no se incomode usted, señorito, que allá voy al grano. Acuérdese usted, _señor_, de las últimas palabras de la canción: “Tú eres blanca y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.” Ahora bien: si la canción dice la verdad, el mulato Habibrah, su humilde, esclavo, nacido de un blanco y de una negra, es más hermoso que usted mismo, _señorito_. Yo soy el producto de la unión del día y de la noche; yo soy la aurora o la tarde de que habla la canción española, y usted no es más que la luz del día. Luego yo soy más hermoso que usted, _si usted lo quiere_; yo soy más hermoso que un blanco...

Y el enano mezclaba con tan extrañas digresiones grandes carcajadas de risa. Volví entonces a interrumpirle, diciendo:

--¿Adónde vas a parar con tales extravagancias? ¿Acaso nada de lo que hablas puede indicarme quién era el hombre que cantaba en el bosque?

--Exactamente, mi amo--repuso el bufón con una mirada maliciosa--. ¡Claro está que el _hombre_ que llegó a cantar tales _extravagancias_, como usted las llama, ni podía ser ni es sino un loco como yo! Así me gané _las diez bolsas_.

Ya tenía el brazo levantado para castigar la insolente bufonada del esclavo emancipado, cuando de repente resonó en el bosque un grito agudo hacia el lado de la glorieta: era la voz de María. Me lancé en aquella dirección, corrí, volé, soñando en la nueva desgracia que pudiera amenazarme, y llegué a la glorieta falto de aliento. Allí, un espectáculo horrible me aguardaba. Un enorme caimán, con el cuerpo medio escondido entre los juncos de la orilla, asomaba la monstruosa cabeza por los arcos de verdes ramas que sostenían el techo del cenador. Su boca, entreabierta y medrosa, amenazaba a un negro, joven y de estatura colosal, que con un brazo sostenía a la amedrentada doncella, mientras con el otro metía con arrojo el hierro de un hacha de carpintero entre las aceradas quijadas del monstruo. El caimán luchaba enfurecido contra aquella mano audaz y robusta que le tenía sujeto. Al instante de aparecer yo en el umbral de la glorieta, soltó María un grito de júbilo, se arrancó de los brazos del negro y vino a caer a mis plantas, exclamando:

--¡Ya estoy salva!

A este movimiento, a estas palabras de María, el negro se volvió con ímpetu, cruzó los brazos sobre el hinchado seno y, clavando sobre mi esposa prometida una mirada de dolor, se quedó inmóvil y como sin apercibirse de que el caimán, cerca de él y desembarazado ya del hacha, iba a devorarle. Perdido estaba sin recurso el intrépido negro si, poniendo con prontitud a María en brazos de su nodriza, que más muerta que viva permanecía sentada en el banco, no me hubiese yo aproximado al monstruo y le hubiera descargado en la boca, que tenía abierta, el tiro de mi carabina. El animal, herido, abrió y cerró por dos o tres veces aún las quijadas llenas de sangre y los ojos empañados; pero esto no fué más que un movimiento convulsivo, y de repente se tendió con gran estrépito sobre el lomo, estirando sus patas gruesas y escamosas, y quedó muerto. El negro, a quien acababa de salvar tan felizmente, volvió la cabeza y contempló los últimos estremecimientos del monstruo; clavó en seguida los ojos en tierra, y alzándolos despacio hacia María, que había acudido a refugiarse en mis brazos para disipar el vestigio de sus temores, me dijo, en un tono de voz que indicaba aún más que la desesperación:

--_¿Por qué le has muerto?_

Y luego se alejó precipitado, sin aguardar mi respuesta, y se ocultó entre la espesura de los árboles.

IX

Aquella terrible escena, aquel extraordinario desenlace, las emociones de toda especie que habían precedido y acompañado a mis inútiles pesquisas en el bosque, se combinaron para lanzar en el caos mi fantasía. María estaba aún con los sentidos paralizados por el susto, y largo tiempo se pasó antes de que pudiésemos manifestarnos nuestros incoherentes pensamientos, a no ser en miradas y abrazos. Al cabo, yo rompí el silencio diciendo:

--Ven, María; salgamos de este lugar, que tiene algo de funesto.

Ella se levantó con ansia, cual si solo hubiera aguardado mi permiso, y, cogiéndome del brazo, nos alejamos de allí. Entonces le pregunté cómo le había llegado el socorro milagroso de aquel negro en el momento del horroroso peligro que acababa de correr, y si sabía quién fuese aquel esclavo, pues el grosero vestido, que apenas tapaba su desnudez, anunciaba bien claro su ínfima condición.

--Ese hombre--respondió María--es, sin la menor duda, alguno de los esclavos de mi padre que estaba trabajando a orillas del río cuando apareció el caimán y me hizo arrojar el grito que te dió aviso de mi peligro. Lo único que sabré decir es que en aquel mismo instante se lanzó del bosque para acudir en mi ayuda.

--¿Y de qué lado vino?--le pregunté.

--Del opuesto al lado de donde salía la voz un momento antes, y por donde acababas tú de meterte entre los árboles.

Esta circunstancia contrariaba el enlace, que no había podido menos de buscar mi ánimo, entre las postreras palabras en español que me dirigió el negro y la canción en el mismo idioma que cantaba mi rival desconocido. Otros puntos de semejanza se me habían ya igualmente presentado a la memoria. Aquel negro, de estatura casi gigantesca y dotado de fuerzas tan prodigiosas, podía muy bien ser el robusto adversario que me venció en la lucha de la noche anterior; la circunstancia de estar medio desnudo se convertía así en un indicio evidente. El cantor de la selva había dicho: “Yo soy negro...”, nueva prueba. Se había anunciado por rey, y éste no era más que un esclavo; pero recordé, no sin asombro, el aire de fuerza y majestad grabado en sus facciones, en medio de los signos característicos de la raza africana; el brillo de sus ojos; la blancura de los dientes, que tanto resaltaba en su piel azabachada; lo ancho de su frente prodigiosa, sobre todo para un negro; la soberbia desdeñosa que lucía en el espesor de sus labios y narices, y que inspiraba a sus facciones tanta fiereza y poderío; la nobleza de su porte; la belleza de sus formas, que si bien adelgazadas y abatidas con el cansancio de un trabajo cotidiano, todavía ostentaban un desarrollo casi hercúleo; recordé, repito, en su conjunto grandioso, el aspecto de este esclavo, y conocí que bien pudiera convenirle a un rey. Entonces, cavilando sobre esta porción de indicios, mis conjeturas se fijaban con ira en el insolente negro y quería mandarle buscar para castigarle... y luego todas mis dudas renacían. A decir verdad, ¿cuál era el fundamento de mis sospechas? Como la isla de Santo Domingo pertenecía en gran parte a España, resultaba de aquí que infinitos negros mezclaban en su lenguaje el idioma español, ya que hubiesen pertenecido primitivamente a colonos de Santo Domingo, ya que hubiesen nacido en su territorio. Y porque aquel esclavo me hubiese hablado unas cuantas palabras en la misma lengua, ¿era esto suficiente, por ventura, para darle por autor de una canción que exigía, a mi entender, un grado de cultura enteramente desconocido de los negros? En cuanto a la singular queja que profirió porque hubiese yo muerto al caimán, anunciaba, es verdad, hastío de la vida; pero nada más fácil de comprender en la condición de un esclavo, sin acudir, a buen seguro, a la hipótesis de un amor imposible hacia la hija de su propio amo. Su presencia en la arboleda de la glorieta pudo muy bien ser casual, y su fuerza y estatura distaban mucho de ser señales suficientes para cerciorarme de su identidad con mi antagonista nocturno. ¿Y por tan débiles indicios había de cargarle ante mi tío de tan terrible acusación y de entregar al implacable encono de su orgullo a un mísero esclavo que mostró tanto valor por defender a mi María...? En el momento que semejantes ideas iban apaciguando mi cólera, María las disipó enteramente diciéndome con aquella voz tan dulce a mis oídos:

--¡Leopoldo mío! ¡Cuánta gratitud debemos a ese buen negro! Sin él estaba perdida, y hubieras llegado tú demasiado tarde.

Estas pocas palabras tuvieron un efecto decisivo. No alteraron mi intento de buscar al negro que había salvado a María; pero cambiaron, sí, el objeto de mis pesquisas: antes fuera para imponer castigo; ahora, para dar una recompensa.

Mi tío supo de mí que debía a uno de sus esclavos la vida de su hija, y me prometió su libertad si lograba reconocerle entre el tropel de tantos desgraciados.

X

Hasta aquel instante, la índole de mi carácter me había alejado de los lugares donde estaban los negros al trabajo, porque me era demasiado penoso ver padecer a mis semejantes sin poder aliviarlos; pero cuando, a la mañana siguiente, me propuso mi tío acompañarle en su visita de ronda, lo acepté con ansia, en la esperanza de encontrar entre los trabajadores al libertador de mi adorada María.

En este paseo alcancé a conocer cuán poderosa es la mirada del señor sobre su esclavo; pero, al mismo tiempo, ¡cuán caro se compra todo este poderío! Los negros, trémulos al aspecto de su amo, redoblaban en nuestra presencia su actividad y sus esfuerzos; mas ¡oh, y qué de odio no se encubría bajo aquel temor!

De condición irascible, estaba ya mi tío próximo a irritarse de que le faltara pretexto para ello, cuando Habibrah, su asiduo compañero, le hizo reparar en un negro que, rendido de cansancio, dormía a la sombra de unas palmas. Mi tío corrió luego hacia aquel desgraciado, le despertó con aspereza y le mandó volver a su tarea sin demora. El negro se levantó asustado, y al levantarse dejó ver un rosal de Bengala, que mi tío cuidaba con esmero, y sobre el cual se había acostado por olvido. El delicado arbusto estaba perdido, y el dueño, ya irritado de la pereza, como él decía, del esclavo, se puso furioso con esta nueva vista. Frenético, tomó el látigo armado de correas con puntas de hierro, que llevaba siempre en sus paseos a la cintura, y alzó el brazo contra el infeliz negro, postrado de rodillas. No descargó, empero, el golpe; jamás podré olvidar aquel momento. Otra mano robusta detuvo de repente la mano del blanco, y un negro--el mismo que yo buscaba--, le dijo en francés:

--Castígame, pues acabo de ofenderte; pero no hagas daño a mi hermano, que tan sólo tocó a tu rosal.

La intervención inesperada del hombre a quien debía yo la salvación de María, su gesto, sus miradas, el eco imperioso de su voz, me hirieron cual un rayo. Pero su generosa imprudencia, lejos de hacer avergonzarse a mi tío, sirvió tan solo de acrecentar su cólera y traspasarla del delincuente a su defensor. Exasperado, se soltó de brazos del negro gigante, y, colmándole de amenazas, alzó de nuevo el látigo para azotarle. Esta vez le arrancaron el látigo de la mano. El negro rompió el mango lleno de clavos como puede romperse una paja, y holló bajo sus pies aquel vil instrumento de venganza. Estaba yo inmóvil de sorpresa, y mi tío, de ira; era para él una cosa inaudita el ver su autoridad así menospreciada: los ojos estaban como prontos a saltar de su órbita, y los lívidos labios se estremecían con un movimiento convulsivo. El esclavo le contempló un instante con sosiego, y en seguida, alargando con dignidad una hoz que empuñaba en sus manos:

--Blanco--le dijo--, si deseas pegarme, toma siquiera esta hacha.

Mi tío, fuera de sí, hubiera sin duda accedido a la súplica, y se precipitaba sobre el instrumento de muerte, cuando yo intervine a mi vez. Me apoderé con prontitud de la hoz y la arrojé en el pozo de una noria vecina.

--¿Qué haces?--preguntó mi tío con arrebato.

--Ahorrarle a usted--le respondí--el pesar de injuriar al defensor de su hija. Este es el esclavo a quien le debemos la salvación de María, y para el que tengo obtenida promesa de libertad.

El momento no era a propósito para recordar promesas semejantes, y mis palabras apenas hicieron el menor efecto en el ánimo enconado de su autor.

--¡Su libertad!--me replicó con aire sombrío--. Sí, merece el término de su cautiverio. ¡La libertad! Ya veremos de qué especie es la que le concede el consejo de guerra.

Tan fúnebres palabras me helaron de espanto, y en vano María y yo reunimos nuestros ruegos. El negro que por su descuido había ocasionado esta escena fué azotado, y a su defensor le condujeron a los calabozos del castillo de Galifet, inculpado de alzar la mano contra un blanco, crimen que del esclavo a su señor trae consigo la pena capital.

XI

Ya podrán ustedes imaginarse, señores, hasta qué grado habían avivado mi interés y curiosidad tales circunstancias. Empecé a hacer indagaciones respecto del preso, y el resultado me proporcionó relaciones a lo sumo extrañas. Dijéronme que todos sus compañeros manifestaban el mayor respeto hacia aquel joven, y que esclavo él mismo, le bastaba una mínima señal para hacerse obedecer. No había nacido en la hacienda, ni se le conocía ni padre ni madre, y aseguraban que pocos años atrás había aportado en un buque negrero a las playas de Santo Domingo. Esta circunstancia hacía aún más notable el imperio que ejercía sobre todos sus compañeros, sin exceptuar siquiera a los negros _criollos_, los que, como ustedes sabrán quizá, profesan por lo común el más profundo desprecio hacia los negros _congos_, expresión, impropia por lo demasiado general, con la que se designaba en la colonia a todos esclavos traídos del Africa.

Aun cuando parecía absorto en excesiva melancolía, su fuerza extraordinaria, junto a su habilidad maravillosa, le hacían un ente inapreciable para las faenas de la finca. Andaba a la noria por más tiempo y más de priesa que el mejor caballo y a veces le sucedió despachar en un solo día la tarea de diez de sus camaradas, por libertarlos del castigo a que estarían sujetos o por indolencia o por cansancio. Así es que era adorado por los esclavos; pero la veneración que le tributaban, muy diversa del terror supersticioso que les infundía el bufón Habibrah, parecía que dimanaba de alguna causa secreta: era una especie de culto.

--Lo que hay de más extraño--me decían--es el verle tan blando y llano de condición con sus iguales, que se glorian de obedecerle, como altivo y orgulloso con los _capataces_ de nuestras cuadrillas.

Justo, por otra parte, será el decir que estos esclavos privilegiados, eslabones intermedios que en cierto modo ligaban entre sí la cadena de la servidumbre y la del despotismo, reuniendo a la ruindad de su condición la insolencia de su autoridad, se tomaban un placer maligno en colmarle de trabajo y de vejaciones. Parece, sin embargo, que no podían dejar de respetar el sentimiento de orgullo que le arrastró a cometer el ultraje contra mi tío. Ninguno de ellos había osado imponerle castigos humillantes, y si por ventura le habían amenazado, veinte negros se levantaban luego para sufrir en su lugar la sentencia, y él, inmóvil, presenciaba aplicarles la pena, como si en ello no hubiese hecho más que cumplir con sus deberes. Este hombre extraordinario era conocido en la hacienda con el nombre de _Pierrot_.

XII

Todos estos pormenores exaltaron mi imaginación juvenil, mientras María, llena de gratitud y compasión, participaba y aplaudía mi entusiasmo; y de tal manera se granjeó Pierrot nuestra simpatía, que me determiné a verle y servirle de ayuda. Empecé, pues, a pensar en los medios de hablarle.

Aunque en extremo joven, era yo, como sobrino de uno de los hacendados más opulentos del Cabo, capitán de milicias en la parroquia del Acul. El castillo de Galifet estaba entregado a nuestra custodia y a la de un destacamento de dragones amarillos, cuyo jefe, por lo común un suboficial, tenía el mando de la fortaleza. Sucedió cabalmente que el comandante a la sazón era hermano de un hacendado pobre, a quien tuve la fortuna de poder hacerle importantes favores, y pronto, por lo tanto, a sacrificarse por mí...

En esto, todo el auditorio interrumpió a D’Auverney, nombrando a Tadeo.

--Lo han adivinado, señores--repuso el capitán--; y ahora les será fácil comprender que no me costó trabajo lograr que me diera entrada en el calabozo del negro. Como capitán de milicias, tenía yo derecho para visitar el castillo; pero, a fin de no inspirar sospechas a mi tío, encendido aún en cólera, tuve cuidado de ir a la hora en que dormía su siesta. Los soldados, también con excepción de los centinelas, estaban entregados al sueño, y sin que nadie nos observara, llegué, guiado por Tadeo, a la puerta del calabozo. Tadeo la abrió y se retiró, y yo me entré adentro.

El negro estaba sentado porque su estatura no le permitía permanecer erguido, y no se hallaba solo, pues un enorme perrazo se levantó en seguida y vino hacia mí gruñendo.

--_¡Rask!_--gritó el negro.

Y el cachorro calló y volvió a echarse a los pies de su amo, donde acabó de devorar algunos miserables alimentos.

Yo iba vestido de uniforme, y la luz que difundía en el reducido calabozo una claraboya era tan escasa que Pierrot no alcanzaba a distinguir quién yo fuese.

--Estoy pronto--me dijo con tono sereno.

Y al acabar estas palabras se medio incorporó, y volvió a repetir:

--Estoy pronto.

--Yo creía--le dije, sorprendido con la soltura de sus movimientos--que tenías grillos.

La emoción me puso la voz trémula, y él pareció no reconocerla. Entonces empujó con el pie algunos escombros, que dieron un sonido metálico, y respondió:

--¡Los grillos! Los he roto.

Y había en el acento con que pronunció tales palabras algo como que daba a entender: “No he nacido para arrastrar cadenas.”

Yo repuse:

--Tampoco me habían dicho que tuvieses un perro.

--Yo le he dado entrada--replicó.

A cada paso crecía mi admiración. La puerta del calabozo estaba cerrada por la parte exterior con triples cerrojos, y la claraboya, que apenas tendría seis pulgadas de ancho, estaba resguardada con dos barras de hierro. Pareció como que comprendía mis cavilaciones, porque, levantándose en cuanto la bóveda, demasiado baja, se lo permitía, movió de su puesto sin esfuerzo un enorme sillar, situado debajo de la claraboya; arrancó las rejas, enclavadas en la pared por encima de esta piedra, y abrió de esta manera un boquete por donde podían entrar dos hombres sin estorbo, y que estaba al andar de una arboleda de plátanos y cocoteros, que cubre el morro adonde el fuerte estaba adosado.

La sorpresa me dejó mudo, y, en esto, un rayo de luz, entrando por la abertura, iluminó de súbito mi semblante. El preso dió un salto como si hubiese puesto por azar el pie sobre una serpiente, y golpeó con la frente las piedras de la bóveda. Una mezcla indescifrable de mil encontrados afectos, una muestra extraña de odio, de cariño y de doloroso asombro, lucieron rápidamente en sus ojos; pero recobrando por un esfuerzo repentino el dominio sobre sus pensamientos, la fisonomía, cuando más no fuera, volvió en menos de un instante al anterior sosiego, y, clavando su vista en la mía, me contempló cara a cara como a un desconocido, diciendo:

--Puedo vivir aún dos días sin comer.