Bug-Jargal

Part 2

Chapter 24,102 wordsPublic domain

--Aunque nací en Francia, desde muy tierna edad me enviaron a Santo Domingo, en casa de un tío hacendado, muy rico, de aquella colonia, con cuya hija estaba resuelto mi enlace por la familia. La habitación de mi tío estaba situada a las inmediaciones del castillo de Galifet, y sus fincas se extendían por casi toda la vega del río Acul; y aun cuando el relato de tales circunstancias lo tengan ustedes quizá por menudencias insignificantes, de ello dimana principalmente la ruina total de mi familia.

Ochocientos negros se ocupaban en la labranza de las inmensas fincas de mi tío, y debo confesar que los males inherentes a la triste condición de esclavos subían aún mucho de punto por la dureza del carácter de su amo. Mi tío se contaba entre el número, por fortuna muy escaso, de aquellos criollos a quienes la práctica prolongada de un despotismo sin límites había llegado a embotar la sensibilidad del ánimo. Acostumbrado a verse obedecido al primer indicio de su voluntad o capricho, castigaba con sumo rigor la menor tardanza o leve muestra de duda por parte de un esclavo, y a menudo las súplicas interpuestas de sus hijos servían tan sólo para encender su cólera. Así, pues, teníamos que contentarnos las más veces con suavizar en secreto los males que no estaba a nuestro alcance el impedir.

--¡Vaya, y qué bonito está eso!--dijo a media voz Enrique, inclinándose al oído del oficial más vecino--. Espero que el capitán no dejará pasar las desdichas de los _ex negros_ sin hacer una disertacioncita acerca de los deberes que nos impone la humanidad, etcétera, etcétera. Lo que es en la sociedad patriótica de _Massiac_[1] no escapábamos a menos.

--Gracias, Enrique, por el aviso, que me excusa ponerme en ridículo--respondió con frialdad D’Auverney, que lo había oído, y en seguida prosiguió su relación--.

Entre todos sus esclavos, uno solo había conseguido congraciarse con mi tío, y éste era un enano español, mulato o de los que llaman cuarterón, que le había regalado lord Effingham, gobernador de la Jamaica. Mi tío, que había residido por muchos años en el Brasil, había contraído los hábitos portugueses y gustaba de rodearse de cierto fausto proporcionado a sus riquezas. Numerosos esclavos, adiestrados al servicio doméstico como los criados europeos, daban en cierto modo a su casa un aire de magnificencia cual la de un gran señor, y para que nada faltase, había conferido al esclavo de lord Effingham el título de su _bufón_, imitando así a aquellos antiguos barones feudales que mantenían un _gracioso_ entre el séquito de su corte. Es preciso en este punto confesar que la elección había sido en extremo acertada. El mulato Habibrah--que así se llamaba--era uno de aquellos entes cuya conformación física es tan extraña, que nos horrorizarían como monstruos si no moviesen antes a risa. Este espantoso enano era bajo, rechoncho y panzón, y se movía con suma agilidad y rapidez, sostenido en un par de piernecillas tan sutiles y diminutas que, cuando al sentarse las encogía, se asemejaban a las patas de una araña. Su enorme cabeza, macizamente enterrada entre los hombros, estaba cubierta de un pelo rojizo y crespo y adornada de tan enormes orejas que solían decir sus compañeros le servían de paño para enjugarse las lágrimas. Su rostro estaba sin cesar desfigurado por un gesto, sin que jamás el mismo se repitiese; extraordinaria movilidad de facciones que por lo menos confería a su fealdad el mérito de ser variada. Mi tío se le había aficionado a causa de esta poco común deformidad y de su inalterable alegría, y así, Habibrah era su favorito. Mientras que los esclavos restantes gemían, sobrecargados de trabajo, toda la faena de Habibrah estaba reducida a andar detrás de su amo con un inmenso abanico de plumas para oxear los mosquitos y demás insectos. Mi tío hacía que comiera a sus pies, sentado en una estera de juncos, y solía darle en su propio plato los restos de algún manjar preferido. Verdad es que en pago se mostraba Habibrah muy agradecido a tales bondades; no ejercía sus privilegios de bufón ni su derecho a hacerlo todo y a decirlo todo, sino con el objeto de divertir a su amo con mil ridículos dichos mezclados con extravagantes contorsiones, y al menor gesto de mi tío, acudía volando con la agilidad de un mono y el aspecto sumiso de un perro.

Y, sin embargo, yo no podía vencer la repugnancia que me inspiraba aquel esclavo. Había algo de demasiado rastrero en su condición servil: porque si la esclavitud no deshonra, el servicio doméstico envilece. Sentía yo como una especie de benévola compasión hacia aquellos negros, a quienes veía trabajar todo el día sin descanso y sin que apenas una miserable vestidura encubriese sus grillos; pero el disforme saltimbanco, el esclavo holgazán, con su ridículo ropaje, entreverado de galones y matices y salpicado de cascabeles, no me inspiraba sino desprecio. Además, el enano no aprovechaba como buen compañero el favor que le granjeaban sus bajezas. Nunca había implorado un perdón del amo, que con tanta frecuencia y severidad castigaba; y aun cierto día que se creyó a solas con mi tío, se le oyó exhortarle a que redoblase su rigor contra los infelices negros. Con todo, los otros esclavos, que hubieran debido mirarle con celos y desconfianza, no le daban muestras de odio, sino antes bien les inspiraba una especie de temor respetuoso que en nada se asemejaba a enemistad; y cuando le veían pasar por entre sus chozas, con su gorra en hechura de cucurucho, adornada en la punta de cascabeles y toda pintorreada de estrambóticas figuras trazadas con tinta roja, decían entre sí y a media voz: “Es un _obí_[2].”

Estos pormenores, sobre los cuales llamo ahora su atención, señores, me ocupaban muy poco en aquella época. Entregado por entero a las puras emociones de un amor, a que nada debiera, al parecer, poner obstáculo; de un amor nacido desde la infancia, y también desde ella correspondido por la mujer que me estaba destinada, apenas concedía una mirada indiferente a cuanto no era María. Acostumbrado desde la más tierna edad a considerar como mi futura esposa a aquella que en cierto modo era ya mi hermana, se había establecido entre nosotros una especie de tierno cariño, cuya índole no se podrá comprender aun cuando diga que nuestro amor era una mezcla de fraternal abnegación, de exaltadas pasiones y de conyugal confianza. Pocos hombres han sido más felices que yo en sus primeros años; pocos han sentido abrirse el capullo de su alma a las emociones de la vida bajo una atmósfera más serena; pocos en tan deliciosa armonía, de placer para el momento presente y de halagüeñas esperanzas para el porvenir. Rodeado, casi desde la cuna, de cuantos deleites procuran las riquezas y de cuantos privilegios confiere un elevado nacimiento en aquellos países donde basta con el color del cutis para poseer tal dignidad; pasando mis días enteros al lado de la mujer en quien cifraba mi amor; viendo este amor mismo favorecido por nuestros deudos, únicos que hubieran podido ponerle estorbo; y todo esto en una edad en que la sangre hierve, en un país donde el estío es perpetuo, donde la naturaleza es hermosa, ¿qué más pudiera combinarse para inspirarme ciega confianza en mi feliz estrella?, ¿qué más se requiere para poder repetir que pocos hombres fueron más felices que lo fuí yo en mis primeros años?

El capitán se detuvo por un instante, cual si le faltase aliento para aquellos recuerdos del pasado deleite, y en seguida añadió con acento melancólico:

--Verdad es que, en cambio, tengo ahora el derecho de afirmar que nadie pasará en mayor amargura sus últimos momentos.

Y como si hubiese sacado fuerzas del íntimo convencimiento de sus desgracias, continuó con acento sereno.

FOOTNOTES:

[1] Nuestros lectores habrán olvidado, sin duda, que el club _Massiac_, citado por el teniente Enrique, era una sociedad de _negrófilos_ que se instituyó en París a principio de la Revolución, y que provocó la mayor parte de las insurrecciones que estallaron entonces en las colonias.

También podrá chocar la ligereza un poco atrevida con que el joven teniente se burla de los _filántropos_ que aún reinaban en aquella época por la gracia del verdugo. Mas es preciso recordar que antes, durante y después del Terror, la libertad de pensar y de hablar se había refugiado en los campamentos. Tan noble privilegio costaba de cuando en cuando la cabeza a un general, pero libra de todo reproche la resplandeciente gloria de aquellos soldados que los denunciantes de la Convención llamaban “los _señores_ del ejército del Rhin”.

[2] Hechicero en el dialecto de los negros.--N. del A.

V

--En medio de tales ilusiones y de tan ciegas esperanzas, llegué a los veinte años de mi edad, que debían cumplirse en agosto de 1791, para cuya misma época había fijado mi tío la consumación de mi enlace con María. Fácil les será a ustedes comprender que la idea de una felicidad tan cercana absorbía todos mis pensamientos, y cuán vagos, por consiguiente, han de ser los recuerdos que me quedan de las discusiones políticas que de dos años a aquella parte estaban agitando nuestra colonia. No hablaré, pues, ni del conde de Peinier, ni de M. de Blanchelande, ni del desgraciado coronel Mauduit, cuyo fin fué tan trágico. No pintaré la rivalidad entre la asamblea _provincial_ del Norte y aquella otra asamblea _colonial_ que usurpó el título de _general_, juzgando que la palabra _colonial_ olía demasiado a esclavitud. Estas mezquindades, que conmovían a la sazón todos los ánimos, no despiertan ahora el menor interés, a no ser por los infortunios a que dieron margen. En cuanto a mí, si tenía alguna opinión tocante a los celos mutuos que reinaban entre el distrito del Cabo y el de Puerto Príncipe, debía ser, naturalmente, a favor del Cabo, donde residíamos, y asimismo a favor de la asamblea provincial, en que mi tío tenía asiento.

Tan sólo una vez me sucedió tomar parte algo activa en los debates a que daban origen los asuntos del día, y fué a propósito de aquel funesto decreto expedido en 15 de mayo de 1791 por la Asamblea Nacional de Francia, por el que se admitía a la libre gente de color a la participación de iguales derechos políticos que ejercían los blancos. En un baile que dió el gobernador de la ciudad del Cabo, muchos criollos jóvenes hablaban con vehemencia contra esta ley, que tan profundamente hería el amor propio, quizá fundado, de los blancos. No me había mezclado yo aún en la conversación, cuando se acercó al corro un hacendado rico, pero a quien los blancos admitían con mucha dificultad entre sí y cuyo color equívoco daba que sospechar sobre su estirpe. Entonces me adelanté hacia aquel sujeto, y le dije en alta voz:

--Siga usted adelante, caballero, porque aquí oiría cosas desagradables para los que, como usted, tienen sangre mestiza en sus venas.

Esta acusación le irritó a tal extremo que me llamó a un desafío, en el cual ambos quedamos heridos. Confieso que obré mal en provocarle; pero lo que se llama las preocupaciones del color no hubieran bastado para empujarme a este paso. Mas aquel hombre había manifestado la audacia de elevar sus pensamientos hasta mi prima, y en el momento mismo que le insulté de manera tan inesperada acababa de bailar con ella.

De todos modos, veía yo con embriaguez adelantarse el momento que iba a hacerme dueño de María, y permanecía cada vez más ajeno a la efervescencia, siempre en aumento, que hacía delirar a cuantos estaban a mi alrededor. Fijos los ojos en mi dicha que se aproximaba, no hice alto en los terribles y obscuros nubarrones que iban encapotando todo el ámbito de nuestro horizonte político, y cuyo ímpetu debía, al descargar, desarraigar todos nuestros destinos. No que aun los ánimos más perspicaces e inclinados a augurar mal tuvieran ya serios temores de una revolución de los esclavos, pues se despreciaba demasiado a esta raza para que inspirase susto; pero existían sí, entre los blancos y los mulatos libres, gérmenes de un odio más que suficiente para que al estallar este volcán, por tanto espacio de tiempo comprimido, envolviese a la colonia entera entre sus escombros.

En los primeros días de aquel mes de agosto, invocado por mis más ardientes votos, cierto extraño incidente vino a mezclar una inquietud imprevista con mis tranquilas esperanzas.

VI

Había mi tío mandado levantar a las orillas de un precioso riachuelo, que bañaba sus tierras, una glorieta de enramada en medio de una espesa arboleda. Allí solía venir María todas las tardes a respirar la pura brisa del mar, que se alza diariamente en Santo Domingo durante la estación más calurosa, y cuya frescura aumenta o disminuye con el ardor mismo del día; y yo tenía cuidado de adornar todas las mañanas este asilo con mis propias manos y de depositar en él las más hermosas flores. Un día María corrió hacia mí, llena de susto, para anunciarme que, habiendo entrado en la glorieta como de costumbre, encontró, con terror y sorpresa, arrancadas y pisoteadas por el suelo cuantas flores había yo colocado por la mañana; y en su vez, un gran ramo de caléndulas silvestres y recién cogidas puesto en el lugar mismo donde solía ella sentarse. No había vuelto aún de su sorpresa cuando oyó el sonido de una guitarra entre los árboles vecinos, y después una voz, que no era la mía, empezó a entonar con acento suave una canción que le había parecido española, pero de la cual su turbación, y quizá el pudor virginal, no le habían permitido entender otra cosa que su nombre, con frecuencia repetido. Entonces acudió a una huída precipitada, sin que por fortuna encontrara estorbo.

Este relato me llenó de indignación y celos. Mis primeras sospechas se dirigieron al _mestizo_ con quien acababa de tener tan serio altercado; pero en la perplejidad en que me veía, determiné no dar paso alguno de ligero, y consolé a la pobre María, prometiéndole vigilar por su seguridad sin descanso hasta que llegara el momento, ya próximo, en que me fuera lícito protegerla sin disfraz.

Suponiendo, pues, que el atrevido, cuya insolencia había asustado a María a tal extremo, no habría de contentarse con aquella primera tentativa para declararle lo que adiviné ser su amor, resolví aquella misma noche, en cuanto se hubiesen entregado todos al descanso, ponerme de acecho junto a la porción del edificio donde descansaba mi prometida. Escondido en la espesura de las cañas de azúcar y armado de un puñal, me puse en espera y no aguardé largo tiempo en vano. Hacia la media noche, un preludio melancólico y mesurado, que turbó de repente el silencio, a pocos pasos de mí, fijó desde luego mi atención. Semejante ruido obró en el ánimo como una sacudida eléctrica: ¡era una guitarra y estaba bajo las mismas ventanas de María! Furioso y blandiendo el puñal, me lancé hacia el sitio de donde salían los sonidos, rompiendo con mis pisadas los frágiles tallos de las cañas, cuando de repente me sentí agarrar por una fuerza, a mi parecer prodigiosa, y vine a tierra; el puñal me le arrancaron de las manos y le vi brillar sobre mis sienes. Al tiempo mismo, dos ojos encendidos relumbraron entre la obscuridad pegados a los míos, y dos andanadas de dientes, blancos como el marfil, que pude entrever a través de las tinieblas, se abrieron para dejar escapar en acento de cólera estas palabras: _Te tengo, te tengo_[3].

Más atónito aun que temeroso, forcejeaba yo en vano con mi formidable adversario, y ya la punta del puñal penetraba por mis vestiduras, cuando María, sobresaltada en su sueño por el sonido de la guitarra y el tumulto de nuestros pasos y clamores, apareció de súbito a la ventana. Reconoció mi voz, vió brillar un puñal y lanzó un grito de dolor y de angustia. Aquel grito penetrante paralizó en cierto modo el brazo de mi victorioso antagonista; se contuvo cual si le hubiese vuelto estatua algún hechizo; recorrió incierto por algunos instantes la superficie de mi pecho con el puñal, y al cabo, arrojándolo de sí, exclamó en francés:

--No, no, que lloraría ella demasiado.

Al concluír estas palabras, desapareció por entre las cañas, y antes que yo, magullado por aquella lucha tan extraña y desigual, tuviese tiempo de incorporarme, ningún rumor, ningún vestigio indicaban o su presencia o el rastro de sus huellas.

Muy difícil me fuera explicar lo que pasó por mí al volver de mi primer asombro entre los brazos de María, para quien me había perdonado la existencia el mismo individuo que amenazaba disputarme su tesoro. Más que nunca me sentía irritado contra este inesperado rival, y corrido de deberle la vida. En el fondo del negocio--me decía mi amor propio--, a María es a quien exclusivamente se la debo, pues que el imperio de su voz fué lo que hizo caer el puñal; pero, con todo, no podía ocultárseme a mis propios ojos que había algo de generoso en el sentimiento que movió a mi desconocido rival al perdonarme. Mas ese rival, ¿quién era? Me confundía en sospechas, que se desvanecían las unas a las otras. No podía ser el mestizo en quien se fijaron primero mis celos, porque estaba muy lejos de poseer aquella fuerza extraordinaria, y, además, su voz era diferente. El individuo con quien luché se me figuró que iba desnudo hasta la cintura, y esta especie de traje no lo usaban en la colonia sino los esclavos; pero no podía ser un esclavo. Sentimientos cual los que le habían inducido a arrojar el puñal no juzgaba que pudiesen pertenecer a un ente de esta clase, y, además, me repugnaba bajo todos conceptos la idea de tener a un esclavo por rival. ¿Quién sería, pues? Determiné callarme y observar.

FOOTNOTES:

[3] Víctor Hugo, que posee y aprecia en cuanto valen el lenguaje y la literatura castellana, emplea a menudo en esta obra voces y frases en español, a cuya categoría pertenecen las que van aquí en letra bastardilla y cuantas de la misma se encuentren más adelante. Sin embargo, como hablar un idioma extranjero con propiedad dista mucho de ser fácil empresa, el autor suele cometer incorrecciones, según es dado al lector reconocer; pero movidos del deseo de conservar a la historia su colorido original en cuanto posible fuere, nos hemos resuelto a conservar dichas frases excepto en aquellos casos donde la irregularidad de expresión era demasiado chocante. Sirva esto de aviso en general para lo sucesivo--N. del T.

VII

María había despertado a la anciana nodriza, que le había servido siempre de madre, a quien perdió en la cuna; así, pasé el resto de la noche a su lado, y en cuanto llegó el día, dimos parte a mi tío de tan inexplicable acontecimiento. Su asombro fué extremado; pero tanto su orgullo como el mío no pudo avenirse con la idea de que fuese un esclavo el amante incógnito de su hija. La nodriza recibió órdenes de no separarse de María; y como las sesiones de la asamblea provincial, la inquietud que inspiraba a los principales hacendados el aspecto, cada día más sombrío, de los negocios coloniales; el cuidado, en fin, de sus haciendas, no dejaban a mi tío momento alguno de descanso, me autorizó para que acompañara a su hija en todos sus paseos, mientras llegaba el 22 de agosto, época de nuestro enlace. Al tiempo mismo, empeñado en la creencia de que el nuevo adorador había por fuerza de ser forastero, mandó que se hiciese guardia por todos los confines de sus tierras, de día y de noche, y con mayor vigilancia que jamás anteriormente.

Tomadas tales precauciones de concierto con mi tío, quise yo hacer por mí un ensayo, y así, me encaminé a la glorieta, arreglé cuanto había quedado en desorden la víspera y la adorné con las mismas flores que tenía de costumbre ofrecer a María.

Cuando llegó la hora en que ella solía acudir a aquel retiro, cargué con bala mi escopeta y propuse a mi prima acompañarla al mismo sitio; la nodriza vino con nosotros.

María, sin saber que yo hubiese enmendado los destrozos del día anterior, entró primero en la glorieta.

--Mira, Leopoldo--me dijo--, todo está aquí en el mismo desorden que lo dejamos ayer; mira tu trabajo deshecho, tus flores arrancadas y marchitas; pero lo que me asombra--añadió, cogiendo el ramo de caléndulas silvestres--, lo que me asombra es que este odioso ramo no se haya ajado desde ayer acá; mírale, Leopoldo mío, y dime si no parece acabado de coger.

Yo me había quedado inmóvil de cólera y sorpresa, porque, en efecto, mi tarea de la mañana estaba allí deshecha delante de mis ojos; y aquellas melancólicas y amarillentas flores, cuya frescura extrañaba mi pobre María, habían usurpado con insolencia el puesto de las rosas por mí colocadas.

--Sosiégate--me dijo ella, que percibió mi turbación--; sosiégate, que es una cosa ya pasada, y ese insolente no se atreverá, sin duda, a volver. Arrojemos tales cuidados como yo hago con este odioso ramo.

Tuve buen cuidado de no disipar sus ilusiones, por temor de asustarla, y sin decirle que el que _nunca volvería_ había ya vuelto, le dejé pisotear las caléndulas en su inocente indignación; y luego, creyendo que era llegada la hora de conocer a mi misterioso rival, la hice sentarse en silencio entre su nodriza y yo.

Apenas nos habíamos, en efecto, colocado en nuestro puesto, cuando María se llevó de repente el dedo a la boca, porque un leve son, debilitado entre el susurro del viento y el murmullo de las aguas, acababa de llegar a sus oídos. Púseme a escuchar, y era el mismo preludio lento y melancólico que en la noche anterior había despertado mi ira. Quise lanzarme del asiento; pero un gesto de María me contuvo.

--Detente, Leopoldo--me dijo a media voz--; repara en que va a cantar y a decirnos así probablemente quién sea.

Y no se equivocó María, porque una voz armoniosa, cuyos acentos respiraban a un tiempo mismo algo de varonil y de lastimero, salió en breve de entre lo más espeso de la arboleda y mezcló con los sonoros tonos de una guitarra cierta canción española, que bebieron mis oídos palabra por palabra, con tal ardor que se quedaron éstas grabadas en mi memoria y puedo aun ahora repetir todas sus expresiones[4]:

“¿Por qué huyes de mí, oh, María? ¿Por qué huyes de mí, oh, tierna doncella? ¿De dónde nace ese espanto que hiela tu ánimo cuando me escuchas? ¡Tan terrible aparezco, yo que sé amarte, padecer y cantar!

“Cuando a través de los erguidos cocoteros y de las frondosas alamedas, que baña el río, contemplo deslizarse tus formas puras y aéreas, la vista se me empaña, oh, María, cual si mirase pasar alguna visión celeste.

“Y si escucho, oh, María, los hechiceros y melodiosos acentos que se exhalan de tu boca, juzgo que el corazón acude a latir en mis oídos y mezcla un murmullo lastimero con tu voz armoniosa.

“¡Ay! Tu voz es más suave para mí que el canto mismo de los pajarillos que vuelan libres por la bóveda de los cielos y que vienen de las regiones de mi patria.

“¡De mi patria, donde yo era rey; de mi patria, donde yo era libre!

“¡Libre y rey, oh, doncella! Y todo esto lo olvidaría por ti; olvidaríalo todo: ¡trono, familia, deberes y venganza! Sí, hasta la venganza; aunque ha llegado el instante de madurar ese fruto amargo y delicioso, que tan tardo crece.”

La voz había cantado las estrofas que anteceden, haciendo pausas repetidas y melancólicas; mas al llegar a las últimas palabras, cobró un acento de terrible energía.

“¡Oh, María! Tú eres como la esbelta palma que a los soplos del aura se mece ufana con blando movimiento, y te miras en los ojos de tu amante cual la palma se mira en las cristalinas ondas de la fuente.

“¡Pero qué! ¿Tú lo ignoras por ventura? ¿No sabes que suele alzarse en el desierto un huracán envidioso al contemplar el bien de la fuente preferida? Mírale que llega, y que el aire y la arena se confunden al batir de sus espesas alas; mírale que envuelve al árbol y al manantial en sus abrasadores remolinos. Y la fuente se agota, y siente la palma marchitarse el círculo galano de sus hojas al influjo de aquel mortífero aliento, y se ve despojada de su brillante adorno, majestuoso cual una real corona y elegante cual una verde caballera.