Part 13
Eché a huir, repito, y me lancé a través del bosque, siguiendo la huella que habíamos dejado y sin atreverme a volver siquiera la vista atrás. Como para embotar las ideas que me acosaban, corrí sin descanso por entre la espesura, por las praderas y por los collados, hasta que al fin, desde lo alto de una roca, el campamento de Biassou, con sus enjambres de negros, apareció ante mis ojos. Allí me detuve. Tocaba en el fin de mi jornada y de mi existencia. El cansancio y la emoción agotaron mis fuerzas; me apoyé a un tronco por sostenerme, y dejé espaciarse la vista por el cuadro que en la vega fatal se ostentaba a mis pies.
Antes de aquel instante me creía haber apurado todo el cáliz de hiel y amargura; pero no conocía aún el mayor de los pesares: el de verse obligado por una fuerza moral, superior a los acaecimientos, a renunciar voluntariamente vivo a la vida y venturoso a la ventura. Pocas horas ha, ¡qué me importaba estar sobre la tierra! Yo no vivía, porque el extremo de la desesperación es una especie de muerte que nos hace desear la muerte verdadera. Pero aquella desesperación había desaparecido: mi perdida María había vuelto a mis brazos; mi felicidad difunta había, por decirlo así, de súbito resucitado; mi antiguo ser se había convertido en mi porvenir; mis eclipsados ensueños habían de nuevo brotado, y ahora más que nunca seductores; la vida, en fin, una vida de juventud, de amor y de delicias, me presentaba radiante la perspectiva de sus infinitos horizontes. Y esta florida senda de la vida podía comenzar a pisarla de nuevo; todo a ello me incitaba, en mi ánimo y en los objetos externos; ningún obstáculo material, ninguna traba aparente; yo era libre, dichoso, y, sin embargo, ¡me era preciso el morir! Apenas había estampado una vez mi huella en aquel paraíso de deleites, cuando no sé qué deber, ni glorioso siquiera, me forzaba a retroceder hacia un suplicio. La muerte es leve cosa para un alma marchita y helada ya por la adversidad; mas, ¡oh, cuán agudo es su golpe, cuán glacial es su mano cuando caen sobre un corazón que lozano crece, fecundado por los goces de la existencia! Yo lo probé. Por un instante salí del sepulcro; me había embriagado en aquel fugaz momento con los placeres más puros y más celestiales de la tierra: la amistad, la libertad, el amor; y ahora tenía de nuevo que hundirme rápidamente en la tumba.
L
Cuando la flaqueza del dolor hubo pasado, una especie de rabia se apoderó de mí, y corrí precipitado hacia el valle, porque sentía la necesidad de abreviar el trago. Me presenté en los puestos avanzados de los negros, y, ¡cosa extraña!, rehusaban admitirme, y aun tuve que rogárselo. Por fin, dos de entre ellos se apoderaron de mi persona y tomaron el cargo de conducirme a la estancia de Biassou.
Entré, pues, en la caverna de aquel caudillo, ocupado en hacer jugar los muelles de varias máquinas de tormento que tenía en torno de sí. Al ruido que hicieron sus guardias introduciéndome, volvió la cabeza y no se manifestó atónito de mi presencia.
--¿Ves?--me dijo ostentando el horrible aparato que le rodeaba.
Yo permanecí sosegado, porque conocía al “_héroe_ de la humanidad” y estaba resuelto a sufrirlo todo con entereza.
--¿No es verdad?--añadió riéndose en tono de escarnio--. ¿No es verdad que Leogrí fué muy afortunado en escapar con la horca?
Le miré sin responder y con ademanes de frío desdén.
--Que le avisen al señor padre capellán--dijo él entonces, dirigiéndose a uno de sus ayudantes.
Por un momento quedamos los dos en silencio, mirándonos cara a cara. Yo le observaba; él me espiaba. En este instante entró Rigaud, como agitado, y conferenció en secreto con el generalísimo.
--Que se mande aviso a todos los jefes de mi ejército--dijo Biassou con sosiego.
Y, al cabo de un cuarto de hora, todos los jefes, con sus diversos y tan extraños adornos, estaban reunidos delante de la gruta. Entonces, Biassou se levantó.
--Escuchad, _amigos_; los blancos piensan atacarnos en este punto al amanecer, y como la posición es mala, conviene abandonarla. Pongámonos todos en movimiento al entrar la noche, y nos acogeremos a la frontera española. Tú, Macaya, llevarás la vanguardia con tus negros cimarrones; tú, Padrejan, clavarás las piezas tomadas a la artillería de Praloto, que no pueden llevarse por la montaña. Los valientes de la _Croix-des-Bouquets_ se pondrán en marcha detrás de Macaya. Toussaint irá en seguida con los negros de Leogane y de Trou. Si los griotos y griotas meten ruido, al verdugo del ejército se los encomiendo. El teniente coronel Cloud repartirá los fusiles ingleses recién desembarcados en el cabo Cabrón, y guiará a los mestizos ex libres por los senderos de la Vista. Si quedan prisioneros, que se degüellen; que se masquen las balas; que se envenenen las flechas, y que se arrojen tres toneladas de arsénico en el manantial que da abasto de agua para el campamento; los coloniales pensarán que es azúcar y se la beberán sin recelo. Los batallones del Limbé, del Dondon y del Acul marcharán detrás de Cloud y de Toussaint. Que se embaracen con peñas todas las entradas de la vega; deshaced los caminos e incendiad los bosques. Tú, Rigaud, quédate a mi lado, y tú, Candi, reune a mis guardias. En fin, los negros de Morne-Rouge formarán la retaguardia y no evacuarán el terreno hasta el despuntar del día.
Y luego, inclinándose al oído de Rigaud, le dijo en voz baja:
--Son los negros de Bug-Jargal, y ¡ojalá que los exterminaran aquí! _Muerta la tropa, muerto el jefe._
--Vamos, _hermanos_--añadió incorporándose--. Candi dará el santo y la contraseña.
Los jefes se retiraron.
--Mi general--dijo Rigaud--, sería menester enviar los oficios de Juan Francisco, porque nuestras cosas van mal y quizá podría entretenerse a los blancos.
Biassou los sacó de prisa de su faltriquera.
--Tienes razón en recordármelo; pero hay tantas faltas de gramática, como ellos dicen, que se burlarán de nosotros.
En seguida me presentó el papel.
--Escucha, ¿quieres salvarte la vida? Mi bondad condesciende en preguntárselo otra vez más a tu obstinación. Ayúdame a componer esta carta; yo dictaré las ideas y tú me las pondrás en _estilo blanco_.
Hice con la cabeza un gesto de negativa, y aparentó impacientarse.
--¿Quieres decir que no?--me preguntó.
--No; mil veces no--le repliqué.
Volvió a insistir, y me dijo:
--Reflexiónalo bien.
Mientras tanto, sus ojos procuraban demostrarme los instrumentos del verdugo con que se entretenía.
--Porque lo he reflexionado--le contesté--, me niego a ello. Parece que tienes temores por ti y los tuyos y que confías en esa carta para retardar la venida y la venganza de los blancos. Rehuso, pues, una existencia que pudiera quizá servir para salvar la tuya. Manda luego que empiecen mis tormentos.
--¡Hola, _muchacho_!--respondió Biassou dando un puntapié a los instrumentos de tortura--. Creo que te vas familiarizando con esto, y de veras que siento en el alma no tener tiempo para hacer una prueba. Esta posición es peligrosa, y necesito salir de ella lo más pronto posible. ¿Conque no quieres ser mi secretario? Al cabo, no lo yerras, porque lo mismo te hubiera sucedido después, pues nadie puede vivir sabiendo un secreto de Biassou, y, además, le he dado promesa de tu muerte al padre capellán.
Con esto se volvió al obí, que acababa de entrar en el aposento.
--_Bon per_, ¿está preparada su escolta? El obí hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
--¿Habéis escogido para el servicio negros de Morne-Rouge? Son los únicos del ejército que no están ocupados en los preparativos de marcha.
El obí respondió que sí por otra seña.
Entonces Biassou me señaló la gran bandera negra en que había ya reparado, y que estaba en un rincón de la caverna.
--He aquí lo que anunciará a los tuyos que pueden darle el ascenso de capitán al teniente de tu compañía. Y hablando de eso, una vez que vienes de pasearte por el campo, ¿qué tal te han parecido estos contornos?
--He visto--le respondí con frescura--que hay árboles sobrados para ahorcarte a ti y a toda tu gavilla.
--Pues mira--replicó con un tono de burla forzado--, hay un sitio que sin duda no conoces, y que el bendito _bon per_ se va a tomar la molestia de enseñarte. Adiós, señorito capitán; memorias a Leogrí.
Y luego me saludó con aquella carcajada que me recordaba el ruido de una serpiente de cascabel; hizo un gesto, me volvió la espalda, y los negros me llevaron de allí; el obí nos acompañaba con su velo echado y el rosario en la mano.
LI
Caminé entre medio de ellos sin tratar de hacer resistencia, que hubiera sido enteramente inútil. Subimos a la cima de un cerro situado a poniente de la vega, donde descansamos un breve instante, y eché la última mirada hacia el astro que iba a sepultarse en las ondas para jamás volver a alumbrar mis párpados. Los guías se levantaron, y bajamos a un estrecho valle, que me hubiera encantado en cualquier otro momento. Un torrente lo atravesaba en todo su ancho, fecundizando con su extrema humedad la tierra, y luego, llegado al extremo, se perdía en uno de aquellos azules y cristalinos lagos que con tanta frecuencia hermosean el interior de las cañadas de Santo Domingo. ¡Cuántas veces, en tiempos más felices, me había sentado, para alimentar las ilusiones de mi fantasía, a la orilla de aquellos deliciosos lagos en la hora del crepúsculo, cuando sus azuladas aguas se iban convirtiendo en un manto de plata, salpicado de doradas lentejuelas, donde rielaba en las olas el primer resplandor de los nocturnos luceros! Y pronto llegaría aquella hora misma; pero antes había yo de desaparecer. ¡Qué hermoso me pareció el valle! Allí crecían plátanos con flores de arce, de un vigor y lozanía prodigiosos; allí, espesas enramadas de _mauricias_, especie de palma que no tolera ninguna otra vegetación bajo su sombra; allí, palmas de dátiles; allí, magnolias, con sus enormes flores; allí, inmensas catalpas lucían sus recortadas y brillantes hojas entre los dorados racimos del ébano falso, entrelazados con las azules aureolas de aquella especie de madreselva silvestre que apellidan los negros _coalí_. Frescos cortinajes de bejucos escondían entre su verdor los descarnados peñascos de las vecinas laderas. El aire estaba impregnado de suaves olores, que por dondequiera se exhalaban de este suelo virgen, y formaban un delicioso aroma, cual debió respirarle el primer hombre entre las rosas primeras del paraíso. Así caminábamos, mientras tanto, por un sendero, a lo largo del torrente y contra el curso de sus ondas, hasta que, con sorpresa mía, terminó esta senda en un peñón tajado, a cuyos pies reparé una abertura en forma de arco, por donde brotaban las aguas. Un sordo estruendo y un viento impetuoso salían por aquel respiradero natural. Los negros tomaron a la izquierda, por un camino desigual y tortuoso, que parecía la rambla de un torrente de largo tiempo atrás ya seco. Una bóveda, medio cegada por las zarzas, acebos y espinos silvestres, que crecían y se cruzaban a su boca, se nos apareció entonces, y bajo la bóveda resonaba un rumor semejante al que despedía de sí el arco que vi en el fondo del valle. Los negros me empujaron adentro, y al momento de dar el primer paso por el subterráneo, se me acercó el obí y me dijo con extraño acento:
--He aquí lo que tengo ahora que vaticinarte: dos somos, y sólo uno volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda.
Yo desdeñé responderle, y seguimos avanzando por entre las tinieblas. El rumor sin cesar crecía, y ya no se escuchaba el ruido de nuestros pasos. Supuse que sería el estrépito de una catarata, y no me engañé, en efecto.
Después de andar diez minutos por la obscuridad, llegamos a una especie de terrado interior formado por la naturaleza en las mismas entrañas del monte. La parte principal de este terrado, labrado en forma de medio círculo, estaba inundado por las aguas del torrente, que se despedían con espantoso rugido de las venas de la montaña.
Como cubierta de esta sala subterránea, la bóveda de piedra formaba una especie de cúpula entapizada de hiedra amarillenta, y por encima reinaba en casi toda su anchura una grieta, por donde penetraba la luz del día, y cuyo borde se coronaba de verdes arbustos, dorados en aquel instante por los rayos del sol, ya próximo a su ocaso.
Al extremo norte del terraplén, el torrente se lanzaba con estrépito a un abismo, en lo hondo de cuya sima flotaban, en dudosos cambiantes y sin vencer la obscuridad, las vagas vislumbres que penetraban por la hendedura. Sobre el precipicio se inclinaba un árbol anciano, que mezclaba las ramas de su copa con las espumas y el rocío de la cascada, y asomaba sus nudosas raíces por entre las peñas, como una vara más abajo del borde.
Aquel árbol, bañándose así las sienes en el torrente y alargando, cual un brazo descarnado, sus raíces a través del abismo, estaba tan desnudo de verdor y de hojas que no era posible conocer su especie.
Ofrecía, en verdad, un fenómeno singular: sólo la humedad, que aspiraba sin cesar por el extremo inferior, le impedía perecer, cuando la violencia de la catarata tronchaba sin intermitencia los nuevos vástagos y le obligaba a conservar perpetuamente los mismos ramos.
LII
Los negros se detuvieron en este sitio, y conocí que era llegada la hora de morir.
Entonces, próximo a la sima en donde me arrojaba un acto, por decirlo así, de mi libre albedrío, la imagen de la ventura, a que había breve espacio antes renunciado, vino a acosarme cual un pesar y casi cual un remordimiento. Suplicar era indigno de mí; pero dejé escapárseme una queja.
--Amigos--les dije a los negros que me rodeaban--, ¿sabéis que es cosa triste perecer a los veinte años, cuando se está lleno de robustez y de vida, cuando se goza el amor de los que amamos y cuando se dejan tras sí ojos que no cesarán de llorar hasta cerrarse para siempre?
Una carcajada espantosa acogió mi lamento, saliendo de los labios del obí. Aquella especie de espíritu maligno, aquel ente impenetrable, se me acercó de súbito.
--¡Ja, ja, ja! ¿Conque sientes perder la vida? _¡Alabado sea Dios!_ Mi único temor era que no tuvieses miedo a la muerte.
Eran la misma voz, la risa misma que tanto me habían cansado en vanas conjeturas.
--¿Quién eres, miserable?--le pregunté.
--Vas a saberlo--me contestó con acento terrible.
Y apartando el sol de plata que le adornaba el negruzco pecho, añadió:
--Mira aquí.
Me incliné hacia él, y en el seno velloso del obí había grabados dos nombres en letras blanquecinas, horribles y perpetuas señales que imprime un hierro ardiente en el cutis de los esclavos. Uno de estos nombres era el de _Effingham_; el otro, el de mi tío, el mío propio: _D’Auverney_. Quedé mudo de sorpresa.
--Pues bien, Leopoldo d’Auverney--me preguntó el obí--, ¿no te declara tu nombre el mío?
--No--repliqué, asombrado de oírme llamar así y procurando en vano aclarar mis recuerdos--. Esos dos nombres jamás han estado juntos sino en el pecho del bufón, y el pobre enano ha muerto. Además, fué fiel a nuestra familia; así, ¡tú no puedes ser Habibrah!
--¡El mismo soy!--exclamó con una voz espantosa.
Y, levantando la sangrienta _gorra_, se arrancó el velo. El diforme rostro del enano doméstico se ofreció a mi vista; mas el aire de sandia alegría que le era común se había trocado en una expresión amenazadora y siniestra.
--¡Dios eterno!--prorrumpí, herido de asombro--. Pues qué, ¿todos los muertos reviven? Este es Habibrah, el bufón de mi tío.
El enano llevó la mano al puñal, y dijo en tono sepulcral y apagado:
--¡Sí, su bufón y... su homicida!
Retrocedí, lleno de espanto.
--¡Su homicida! ¡Infame! ¿Así le pagaste tantas bondades?
--¡Bondades! Ultrajes, dirás--me respondió interrumpiéndome.
--¿Y tú, infame--proseguí--; tú fuiste quien le dió el golpe mortal?
--¡Sí, yo fuí!--replicó, dando una horrible expresión a sus facciones--. ¡Yo le clavé el cuchillo tan hondo en el corazón, que apenas tuvo tiempo de salir de los brazos del sueño para caer en los de la muerte! Clamó en voz débil: “Habibrah, ven”, y ya estaba Habibrah a su cabecera.
Su atroz relación, su aún más atroz serenidad, me horrorizaron.
--¡Vil! ¡Cobarde asesino! ¿Así habías olvidado los favores que a ti solo te dispensaba? Tú, que comías junto a su mesa, que dormías junto a su lecho...
--¡Como un perro!--dijo Habibrah con ímpetu--. ¡Sí, _como un perro_! ¡Ah, demasiado me acuerdo de tales favores, que eran otras tantas afrentas! Pero me vengué de él, y ahora voy a vengarme de ti. Escúchame. ¿Te imaginas acaso que porque sea mulato, enano y feo, no soy yo un hombre? ¡Ah! También tengo un alma, y un alma más enérgica y más grandiosa que esa alma de tímida doncella que voy a arrancarte ahora del cuerpo. Me dieron de regalo a tu tío como un mico, y yo servía para sus placeres y para dar pábulo a su desprecio. Me quería, sí, ya lo has dicho. Ocupaba yo un lugar en su corazón entre su mona y su papagayo, ¡hasta que me abrí otro hueco más espacioso con mi puñal!
Yo me estremecí al escuchar tales palabras, y el enano prosiguió:
--¡Sí, yo soy, yo mismo: mírame bien a la cara, Leopoldo d’Auverney! Bastantes veces reíste de mí, y ahora puede haber llegado la hora de estremecerte. Y dime: ¿tú me recuerdas la vergonzosa predilección de tu tío hacia el ente a quien llamaba su bufón? _¡Bon Giu!_ ¡Qué predilección! Si entraba en vuestro aposento, me acogían mil risas desdeñosas: mi estatura, mi deformidad, mis facciones, mi ridículo ropaje, todo, hasta las lastimosas debilidades de mi naturaleza, todo era objeto de escarnio y mofa para tu execrable tío y sus execrables amigos. Y a mí, ni siquiera me era lícito callarme. _¡Oh, rabia!_ ¡Tenía que mezclar mi risa con las carcajadas que yo excitaba! Respóndeme, ¿crees tú que humillaciones semejantes sean un título al agradecimiento de criatura alguna humana? ¿No confiesas tú que tanto valen como los tormentos de los otros esclavos, como el trabajar sin descanso, los ardores del sol, las argollas de hierro y el látigo de los capataces? ¿No te imaginas que alcanzan para hacer brotar en el corazón de un hombre las simientes de un odio ardiente, implacable, eterno, como el sello de infamia que mancilla mi seno? ¡Oh!, para tamaño padecer, ¡cuán breve y fugaz fué mi venganza! ¡Oh! ¡Y por qué no pude hacerle padecer a mi odioso tirano cuantos tormentos renacían para mí a cada hora de cada día que volaba! ¡Por qué no pudo, antes de morir, conocer la amargura del orgullo herido y sentir cuán abrasadora huella dejan las lágrimas de vergüenza y despecho en un rostro condenado a perpetua risa! ¡Ay, y cuán duro es haber estado aguardando por tan largo espacio la hora del castigo, y contentarse al cabo con una puñalada! ¡Si siquiera hubiese podido saber cuál brazo le hería! Pero tenía demasiado anhelo por escuchar su postrer estertor, y le clavé demasiado pronto el cuchillo; murió sin conocerme, y el ímpetu de mi furor dejó burlada mi venganza. Esta vez, al menos, será más completa. Tú me ves, y bien, ¿no es cierto? Verdad que te costará trabajo distinguirme bajo el nuevo aspecto en que me presento a tus ojos. Siempre me habías visto risueño y satisfecho, y ahora, que nada le impide a mi alma retratarse en mis facciones, en nada debo asemejarme. Tú no me conocías sino de máscara: ¡he aquí mi rostro!
Y era espantoso.
--¡Monstruo!--exclamé--. ¡Te equivocas! ¡Aún queda algo del saltimbanco en la atroz fealdad de tu semblante y de tu alma!
--¡No hables de atrocidad!--me dijo Habibrah--. Recuerda las crueldades de tu tío.
--¡Infame!--le contesté indignado--. Aun cuando fuese cruel, ¿éralo, por ventura, contigo? Te condueles de la suerte de los infelices esclavos; pues ¿por qué ejercías contra tus hermanos el influjo que te daba la debilidad hacia ti de tu señor? ¿Por qué no trataste jamás de ablandarle en sus arrebatos ni de interceder por los tuyos?
--¿Ablandarle? Mucho lo hubiera llorado. ¿Impedirle yo a un blanco que se manchara de un crimen? ¡Oh, no, no, a buen seguro! Al contrario, le incitaba a redoblar sus malos tratamientos hacia los esclavos, para adelantar la hora de la rebelión, para que el exceso de opresión provocase al fin la venganza. Aparentando injuriar a mis hermanos, los favorecía.
Me quedé atónito al contemplar tan profunda combinación, hija del odio.
--Pues bien--añadió el enano--: ¿te parece que he sabido calcular y llevar a cabo? ¿Qué juzgas del necio Habibrah, del bufón de tu tío?
--Acaba lo que tan bien empezaste--le respondí--. Mátame, pero date prisa.
Se puso a pasear por el terrado, restregándose las manos de gozo.
--¿Y si no quiero darme prisa? ¿Y si busco saborear a mi despacio tus angustias? Mira: cuando te vi prisionero en el campamento de los negros, me debía Biassou toda mi parte de botín en el último saqueo, y yo no le pedí en pago sino tu vida. Me la concedió gustoso, y ahora me pertenece y me entretengo en jugar con ella. No te apures, que pronto irás a hacer compañía a las ondas de la cascada en lo profundo de ese abismo; pero antes tengo que darte una nueva. He descubierto el asilo en que se hallaba escondida tu mujer, y hoy le he sugerido a Biassou la idea de incendiar el bosque, que estará ya ardiendo. Así, tu familia yace aniquilada. Tu tío pereció a hierro, tú vas a morir en el agua y tu María a perecer en el fuego.
--¡Infame, infame!--exclamé, haciendo ademán de arrojarme sobre él.
Entonces se volvió a los negros, diciendo:
--¡Atadle, pues se adelanta a sí mismo su hora!
Empezaron luego los negros a atarme en silencio, con cuerdas que traían prevenidas, cuando de repente se me figuró oír los ladridos lejanos de un perro, si bien achaqué el ruido a una ilusión nacida del rugir de la cascada. Los negros acabaron de atarme y me acercaron al borde de la sima en que iba a hundirme; el enano, con los brazos cruzados, me contemplaba rebosando en gozo y triunfo su hórrido semblante, y yo levanté los ojos a la grieta en el techo de la caverna para evitar su odiosa presencia y para ver por una vez aún la luz pura del cielo. En este instante mismo resonó un ladrido más fuerte y más distinto, y la enorme cabeza de _Rask_ apareció por la hendedura. Me estremecí; el enano gritó:
--¡Vamos!
Y los negros, que no habían hecho alto en el ladrido, se prepararon a lanzarme en el abismo...
LIII
--¡Camaradas!--clamó una voz de trueno.
Todos se volvieron: era Bug-Jargal, de pie, erguido al borde de la grieta, con una pluma roja ondeándole en la frente.
--¡Camaradas!--repitió--. ¡Deteneos!
Los negros se postraron, y él prosiguió:
--Yo soy Bug-Jargal.
Los negros golpearon el polvo con sus frentes, lanzando gritos cuyo intento y significado era difícil en extremo discernir.
--¡Desatad al preso!--gritó el caudillo.
Entonces el enano pareció despertar del estupor en que le había sumido tan súbita e inesperada aparición, y detuvo con empeño el brazo de los negros, próximos a cortar mis ligaduras.
--¿Cómo?--exclamó--. _¿Qué quiere decir eso?_
Y luego, alzando la cabeza hacia Bug-Jargal, le preguntó:
--Caudillo de Morne-Rouge, ¿qué te conduce a este lugar?
Bug-Jargal respondió:
--Vengo a dar órdenes a mis hermanos.
--En efecto--dijo el enano con rabia reconcentrada--, negros de Morne-Rouge son los que hay aquí. Mas ¿con qué derecho--añadió--vienes a dictar órdenes sobre mi prisionero?
El caudillo repitió:
--Yo soy Bug-Jargal.
Y los negros golpearon con sus frentes el pavimento.
--Bug-Jargal--repuso Habibrah--no puede deshacer lo que Biassou dispone. Biassou me ha regalado este blanco; yo quiero que muera, y morirá. _Vosotros_--dijo volviéndose a los negros--obedecedme. Lanzadle en el abismo.
A la voz poderosa del obí se incorporaron los negros y dieron un paso adelante; en aquel instante vi segura la muerte.
--¡Soltad al preso!--exclamó Bug-Jargal.
Y con la rapidez de un relámpago me encontré libre. Mi sorpresa era igual a la rabia del obí, que quiso abalanzárseme, pero los negros le detuvieron. Entonces desahogó su encono en imprecaciones y amenazas.