Bug-Jargal

Part 12

Chapter 124,088 wordsPublic domain

Ansiaba yo por quedarme a solas con Pierrot. Su turbación cuando le pregunté por la suerte de María, la insolente ternura con que osaba pronunciar su nombre, habían arraigado aún más los gérmenes de execración y celos que brotaron en mi pecho cuando le vi arrebatar por medio de las llamas en el castillo de Galifet a aquella que apenas podía aún llamar mi esposa. ¿Qué se me daba, pues, de las generosas reconvenciones con que había amonestado al sanguinario Biassou en mi presencia, ni del afán que se tomaba por mi vida, ni de aquel sello extraordinario que se veía impreso en todas sus acciones y palabras? ¿Qué se me daba de aquel misterio que le envolvía, que me le presentaba vivo ante los ojos cuando había presenciado su muerte, que me le ofrecía cautivo de los blancos cuando le vi sepultarse en las aguas del Río Grande, que transformaba al esclavo en Alteza y en libertador al prisionero? De todo este caos incomprensible, la única cosa para mí evidente era el infame rapto de María, un ultraje que vengar, un crimen a que imponer castigo. Los extraños sucesos que había ya presenciado, apenas bastaban para hacerme suspender un tanto el juicio, y aguardaba con impaciencia el momento de obligar a mi rival a explicarse. Este momento llegó al fin.

Habíamos cruzado por entre las triples filas de negros, que, postrados a nuestro paso, exclamaban con asombro, y sin que yo pudiese entender si hablaban de Pierrot o de mí:

--¡Milagro! Ya no está prisionero.

Habíamos traspasado los últimos límites del campamento; habíamos perdido de vista entre los árboles y peñascos los postreros centinelas de Biassou; _Rask_ corría gozoso, adelantándose, y luego volvía a nuestro encuentro; Pierrot caminaba con rapidez; yo, por fin, le detuve entonces y le dije:

--Escúchame ahora, que ya es excusado el ir más lejos. Los oídos que temías ya no están a nuestro alcance ni pueden recoger nuestras palabras; habla, pues: ¿qué has hecho de María?

Una violenta emoción me ahogaba casi la trémula voz; él me miró con dulzura, respondiendo:

--¿Siempre lo mismo?

--¡Sí, siempre, siempre!--exclamé arrebatado--. Te haré la misma pregunta hasta que ambos exhalemos el postrer aliento. ¿Dónde está María?

--¿Conque nada logra disipar tus dudas de mi buena fe? Pronto lo sabrás.

--¡Pronto, monstruo!--le repliqué--. ¡Ahora, ahora mismo quiero saberlo! ¿Dónde está María? ¿Dónde está María?... ¿Me oyes? Respóndeme, o juega tu vida a trueque de la mía. ¡Defiéndete!

--Ya te he dicho que eso no puede ser--prosiguió con tristeza--. El torrente no lucha con su manantial, y mi vida, que has salvado por tres veces, no puede disputarte a ti la vida. Además, aun cuando yo quisiera, es imposible, porque no tenemos más que un cuchillo para los dos.

Y, hablando así, sacó un puñal de su cinto, y alargándomelo:

--Toma--me dijo.

Estaba fuera de mí. Agarré el puñal y le hice brillar sobre su pecho, pero no dió señales de rehuir el golpe.

--¡Infame!--exclamé--. No me obligues a un asesinato. Te envainaré en el corazón este acero si no me dices luego dónde está mi mujer.

Entonces me respondió sin cólera:

--Eres árbitro de hacerlo; pero te suplico de rodillas que me concedas una hora más de vida y que vengas tras mí. Desconfías de quien te debe tres existencias, del que apellidabas tu hermano; pero atiéndeme: si dentro de una hora persistes en tus recelos, eres dueño de matarme; siempre estarás a tiempo, pues ves que no trato de defenderme. Te lo ruego en nombre de María... de tu esposa--añadió con un penoso esfuerzo--; dame una hora más de plazo, y cuando así te imploro, no es por mi bien, créelo, sino por el tuyo propio.

Tenían sus acentos una expresión inefable de persuasión y de pesar. Algo parecía advertirme en secreto de que quizá era sincero; que el apego a la vida no alcanzaba para infundir en su voz aquella penetrante ternura, aquella dulzura en sus ruegos. Cedí de nuevo a aquel imperio secreto que ejercía sobre mí y que me avergonzaba entonces de confesar.

--Vamos--le dije--, te concedo esta hora de prórroga y estoy pronto a acompañarte.

Quise devolverle el puñal, pero me respondió:

--No, guárdatelo, porque recelas de mí, y sígueme, sin que perdamos más tiempo en balde.

XLV

Echó con esto de nuevo a andar, y _Rask_, que durante nuestra conversación había hecho varias tentativas de proseguir la jornada, volviéndose luego para mirarnos y como para preguntar por qué nos deteníamos; _Rask_, digo, continuó alegre su camino. Nos enmarañamos a través de una selva virgen, y a la media hora tropezamos con una verde pradera, bañada por las cristalinas aguas de un manantial que brotaba entre las peñas y cercada en torno de frondosos árboles, cuyos gruesos y robustos troncos eran el vivo testimonio de los pasados siglos. Una gruta, cuya cenicienta boca teñía de verde una multitud de enredaderas, clemátides, lianas, jazmines, daba salida al prado; _Rask_ corrió a ladrar a la entrada; pero Pierrot le hizo una seña, y, agarrándome por la mano, sin pronunciar una sola palabra, me introdujo en la gruta.

Una mujer estaba adentro, con la espalda vuelta a la luz y sentada en una estera de juncos; al ruido de nuestros pasos volvió el rostro, y... amigos, era mi María.

Llevaba aún, como el día de nuestra boda, un vestido blanco, y adornaba todavía sus cabellos la corona de azahar, último tocado virginal de la tierna esposa, emblema de pureza que aún no habían desprendido mis manos de sus sienes. Me vió, me conoció, lanzó un grito y cayó entre mis brazos, moribunda de júbilo y de sorpresa; yo estaba fuera de mí mismo.

A este grito, una vieja, llevando un niño en los brazos, acudió de otra estancia en lo más profundo de la gruta: era la nodriza de María, con el más niño de los hijos de mi desgraciado tío. Mientras tanto, Pierrot había ido a buscar agua del manantial, y salpicó con algunas gotas el semblante de María, que, al sentir su frescura, volvió en sí, y, entreabriendo los ojos:

--¡Leopoldo!--dijo--. ¡Leopoldo mío!

--¡María!...--le respondí, y el resto de mis palabras se perdió en el arrullo de un beso.

--¡Oh, siquiera no en mi presencia!--exclamó una voz penetrante.

Alzamos luego la vista, y era Pierrot. Allí estaba, asistiendo a nuestras caricias como a un suplicio. Hinchados los pulmones, respiraba apenas, temblaban todos sus miembros y gruesas gotas de un sudor helado le chorreaban por la frente. De súbito escondió el semblante entre las manos, y salióse huyendo de la gruta, repitiendo en acentos terribles:

--¡Siquiera no en mi presencia!

María se medio incorporó entre mis brazos, y, siguiéndole con la vista, exclamó:

--¡Dios eterno! Leopoldo mío, parece como si nuestros amores le atormentaran. ¿Me amará, por ventura?

El grito del esclavo me había anunciado que era mi rival; la exclamación de María anunciaba que también era mi amigo.

--María--le respondí, y un gozo inefable se derramó en mi alma, a la vez que una mortal pesadumbre--. ¡María! Pues qué, ¿lo ignorabas?

--Y lo ignoro aún--me respondió, cubierta de casto rubor--. ¿De veras? ¿Me ama? Jamás lo hubiera conocido.

La estreché a mi corazón con delirio, exclamando:

--Encuentro a mi esposa y a un amigo; ¡cuán feliz soy y cuán criminal! Había sospechado de él.

--¡Cómo!--prosiguió María con asombro--. ¿Dudabas de él? ¿De Pierrot? ¡Ah, sí, eres muy criminal! Por dos veces le debes mi vida, y aun quizá--añadió, bajando los ojos--le debes más aún. A no ser por su socorro, el caimán del río me habría devorado; a no ser por su socorro, los negros... Pierrot fué quien me arrancó de entre sus manos cuando iban ya, sin duda, a inmolarme como a mi desgraciado padre.

Aquí suspendió la voz para soltar el llanto.

--¿Y por qué razón--le pregunté--no te envió luego Pierrot a la ciudad del Cabo, donde estaba tu esposo?

--Lo ha intentado--me replicó--; pero no fué posible. Teniendo que recelarse tanto de los negros como de los blancos, era dificilísima empresa. Además, ignorábamos lo que era de ti. Algunos decían que te habían visto caer muerto; pero Pierrot me aseguraba que no era así, y no estaba bien convencida, porque, en tal caso, algún indicio secreto me lo hubiera avisado, y si la muerte te hubiese alcanzado, también yo hubiera muerto en el instante mismo.

--¿Y Pierrot te condujo a este lugar?

--Sí, Leopoldo mío; él único era sabedor de esta gruta solitaria, y como había salvado a la par que a mí a los restos de mi familia, mi pobre nodriza y mi hermanito, nos trajo aquí escondidos. Te aseguro que es una estancia muy agradable, y si no fuese por los estragos de la guerra, para quien no hay asilo secreto, me alegraría ahora, que estamos arruinados, de vivir aquí contigo, y Pierrot proveería a nuestras necesidades. Venía él a menudo a visitarme; traía una pluma rojiza en la cabeza, y siempre me consolaba y me hablaba de ti, y me aseguraba que volvería a verte. Con todo, como no le había visto en tres días, ya comenzaba a tener inquietud, cuando volvió contigo. ¡Pobre Pierrot! ¿Conque fué a buscarte?

--Sí--le respondí.

--Pero, entonces, ¿cómo es dable--repuso ella--que esté enamorado de mí? ¿Estás seguro?

--¡Ahora lo estoy!--repliqué--. Él es quien, a punto de clavarme el puñal, se dejó vencer por el temor de afligirte; él quien te entonaba cánticos de amor en la glorieta del río.

--¡De veras!--prosiguió María con inocente sorpresa--. ¡Conque es tu rival! ¡Aquel tunante de las flores se ha convertido en el buen Pierrot! No puedo creerlo. Tenía conmigo un aire tan humilde, tan respetuoso, ¡más aún que cuando era esclavo! Verdad es que solía mirarme a veces con un aire muy extraño; pero no era más que de tristeza, y yo lo atribuía a mis desgracias. ¡Si supieras con qué apasionado ardor hablaba de mi Leopoldo! Su amistad era casi tan vehemente como mi amor.

Estas explicaciones de María me colmaban a la vez de júbilo y de pena.

Recordé con cuánta crueldad había tratado al generoso Pierrot, y sentí toda la fuerza de sus tiernas y mansas quejas: “¡No soy yo el ingrato!”

En este mismo instante volvió a entrar Pierrot; su fisonomía tenía un aspecto sombrío y doloroso. Parecía como un reo que le traen del potro, pero que regresa triunfante. Se adelantó hacia mí con paso mesurado, y, señalándome al puñal que tenía en el cinto, me dijo con acento grave:

--Se pasó la hora.

--¡La hora! ¿Qué hora?--le pregunté.

--La que me habías concedido de plazo, porque la necesitaba para conducirte aquí. Entonces te supliqué que me perdonases la vida, y ahora imploro de ti que me la arranques.

Las más dulces emociones del corazón, el amor, la amistad, la gratitud, se reunían en el momento mismo para destrozarme el pecho, y caí a los pies del esclavo sollozando amargamente, sin poder proferir una palabra. Él me levantó con precipitación, y

--Qué haces?--me dijo.

--Tributarte el homenaje que te mereces: ya no soy digno de una amistad como la tuya. Tu agradecimiento no puede llegar al colmo de perdonar mi ingratitud.

Duró por algún tiempo en sus facciones una expresión de aspereza, y parecía como que estaba experimentando una violenta lucha; dió un paso hacia mí, y luego echóse atrás; abrió los labios y guardó silencio. Mas este intervalo fué breve, y extendió los brazos, diciendo:

--¿Puedo ahora llamarte hermano mío?

No le respondí sino estrechándome contra su corazón; él añadió, tras una corta pausa:

--Tú eres bueno; pero la desdicha te había vuelto injusto.

--Encontré a mi hermano--le respondí--, y ya no seré por más tiempo desdichado; pero soy muy criminal.

--¡Criminal! Hermano, yo lo he sido también, y más que tú. ¡Pero tú ya no eres desgraciado, y yo... yo lo seré para siempre!

XLVI

El gozo que los primeros transportes de la amistad habían hecho brillar en sus mejillas se desvaneció, y su fisonomía cobró un aspecto de tristeza tan singular cuanto enérgico.

--Escúchame--dijo en tono de frialdad--: mi padre era rey en el Kakongo; administraba justicia a sus súbditos en el umbral de su morada, y a cada fallo bebía, según es costumbre de los reyes, una copa colmada con el vino de sus palmas. Allí vivíamos felices y poderosos. Pero vinieron los europeos, y me enseñaron esos fútiles adornos del saber que te causaron tal sorpresa. Su caudillo era un capitán español que le prometió a mi padre Estados más vastos y mujeres blancas; mi padre le siguió con toda su familia... ¡Hermano, nos vendieron!

Se le hinchó al negro el pecho de cólera, y sus ojos brotaban chispas; tronchó maquinalmente un tierno arbolillo que estaba a su lado, y después continuó, sin parecer ya dirigirse a mí:

--El señor del país del Kakongo tuvo un dueño, y su hijo se afanó trabajando como esclavo en los surcos de Santo Domingo. Para domarlos con mayor facilidad separaron al padre anciano del león mancebo. Arrancaron a la esposa del lado de su esposo para sacar más ganancia uniéndolos con otros. Las tiernas criaturas buscaban a la madre que las crió a sus pechos, al padre que las bañaba en el torrente, y no encontraron sino a tiranos y bárbaros, y durmieron revueltas entre los perros.

Calló, y sus labios seguían moviéndose sin hablar; sus miradas andaban desatentadas. Por fin me agarró del brazo con violencia.

--Hermano, ¿lo oyes? Me han vendido, he pasado de un dueño a otro como un vil animal. ¿Te acuerdas del suplicio de Ogé? Pues en aquel día volví a ver a mi padre, pero entre los martirios de la rueda.

Yo me estremecí, y él prosiguió:

--¡Mi esposa la prostituyeron a los blancos! Escucha, hermano: ha muerto y me ha pedido venganza. ¿Te lo confesaré?--continuó titubeando y bajando los ojos--. He sido criminal: he amado a otra... Pero sigamos adelante.

Todos los míos me instaban por que los libertase y me vengara; _Rask_ era el confidente que me traía sus mensajes.

Yo no podía satisfacerlos, porque también me encontraba en los calabozos de tu tío. El día en que obtuviste mi perdón, salí para arrancar a mis hijuelos de las garras de un amo feroz; llegué, hermano, y el postrero de los descendientes del rey del Kakongo acababa de expirar bajo el azote de un blanco; los otros le habían precedido en la misma jornada.

Aquí cortó el hilo de su discurso y me preguntó con indiferencia:

--Hermano, ¿qué hubieras tú hecho?

Este terrible cuento me había helado de horror y no pude responder a su pregunta sino por un gesto de amenaza. Él me comprendió, se sonrió con amargura y prosiguió en estos términos:

--Sus esclavos se levantaron contra el amo y castigaron el asesinato de mis hijos. Me eligieron por cabeza, y ya tú bien sabes los destrozos que ocasionó esta rebelión. Supe que los esclavos de tu tío se preparaban a seguir el ejemplo, y llegué al Acul la noche misma en que la insurrección se aproximaba. Tú estabas ausente; tu tío yacía en su lecho cosido a puñaladas; los negros iban ya incendiando las haciendas, y no pudiendo aplacar su furor porque creían vengarme quemando la morada de tu tío, hube de contentarme con salvar lo que subsistía de tu familia. Entré en el castillo por el boquete que tenía dispuesto, y entregué a los cuidados de un negro fiel a la nodriza de tu mujer. Más afanes pasé por salvar a tu María: había corrido hacia la parte incendiada de la fortaleza en busca de su hermano el más niño, único que escapó de la matanza, y estaba rodeada de negros próximos a darle muerte. Me presenté y les mandé que me dejaran tomar venganza por mis propias manos: obedecieron y se retiraron; agarré a tu mujer en los brazos, confié el niño a _Rask_ y los conduje a entrambos a esta gruta, de cuya existencia y sendero era sabedor yo solo. Hermano, he aquí mi crimen.

Más y más penetrado a cada vez de arrepentimiento y de gratitud, quise volver a arrojarme a los pies de Pierrot; pero él me contuvo, como ofendido.

--Vamos--me dijo tras un momento de silencio y agarrándome de la mano--; toma a tu mujer y echemos a andar los cinco.

Yo le pregunté con sorpresa adónde quería conducirnos.

--Al campamento de los blancos--me respondió--. Este asilo ya no es seguro, porque mañana, al amanecer, van a atacar los blancos las posiciones de Biassou, y no hay duda de que incendiarán el bosque. Y, además, no tenemos un momento que perder, porque diez cabezas están pendientes de la mía; podemos darnos prisa, porque tú estás libre; lo debemos, porque yo no lo estoy.

Tales palabras acrecentaron mi sorpresa, y le pedí aclaración.

--Pues qué--contestó con ademán de impaciencia--, ¿no has oído decir que Bug-Jargal estaba prisionero?

--Sí; mas ¿qué tienes tú que ver con ese Bug-Jargal?

A su vez pareció sorprendido, y respondió con gravedad:

--Yo soy Bug-Jargal.

XLVII

Estaba, por decirlo así, acostumbrado a ver y oír prodigios respecto de aquel hombre. No sin gran extrañeza acababa de contemplar un minuto antes al esclavo Pierrot transformarse en monarca africano, y ahora llegó mi admiración a su colmo al reconocer en él al terrible y magnánimo Bug-Jargal, cabeza de los rebeldes de Morne-Rouge. Entonces comprendí de dónde provenía el homenaje que los negros todos, incluso el mismo Biassou, tributaban al caudillo Bug-Jargal, al rey del Kakongo.

Parecía como que no observaba la impresión que en mí hicieron sus palabras postreras, y prosiguió hablando:

--Me habían dicho que también tú, por tu parte, estabas prisionero en el campamento de Biassou, y vine a libertarte.

--¿Por qué me decías, pues, que no estabas libre?

Miróme como para tratar de adivinar el motivo de pregunta tan natural, y:

--Escucha--me dijo--; esta mañana estaba prisionero entre los tuyos, cuando oí anunciar que Biassou había declarado su intención de dar muerte antes de la puesta del sol a un cautivo joven llamado Leopoldo d’Auverney. Entonces reforzaron las guardias de mi prisión, y supe que mi suplicio se seguiría al tuyo, y que, en caso de evasión, diez de mis compañeros responderían por mí. Ya ves que estoy de prisa.

Volví a detenerle, preguntando:

--¿Pero te has escapado?

--¿Pues cómo había de estar aquí? ¿No era preciso salvarte? ¿No te debía yo la vida? Pero, vamos, sígueme: estamos a una hora de distancia, tanto del campamento de los blancos cuanto del de Biassou. Mira: la sombra de los cocoteros se va alargando, y su cogollo aparece en la hierba del prado cual el enorme huevo de un cóndor. Dentro de tres horas, el sol se habrá ya puesto; anda, hermano, que el tiempo nos urge.

_Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto_; estas sencillas palabras me helaron de terror, cual un fúnebre espectro, porque me recordaron la fatal promesa que le había hecho a Biassou. ¡Ay! ¡Volviendo a ver a María había olvidado nuestra separación próxima y eterna! Embriagado de júbilo, tantas emociones me arrebataron la memoria, ¡y no recordé la muerte en brazos del placer! Las palabras de mi amigo me trajeron de súbito la imagen de mi infortunio. _¡Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto!_ Y necesitaba una entera para llegar al campamento de Biassou. Mis deberes estaban imperiosamente prescritos: el infame tenía mi palabra, y antes morir mil veces que dar a semejante bárbaro derecho para menospreciar la única cosa en que, al parecer, tenía aún fe: el honor de un francés. La alternativa era terrible, y elegí lo que elegir debía; pero habré de confesarlo, señores, que titubeé por un momento. ¿Fuí, acaso, tan de culpar?

XLVIII

Al cabo, lanzando un suspiro, agarré con una mano las de Bug-Jargal, y con la otra las de mi pobre María, que contemplaba con inquietud el sombrío aspecto de mis facciones.

--Bug-Jargal--dije haciendo un esfuerzo--; Bug-Jargal, hermano, te recomiendo la guardia del único ser en el universo a quien amo más que a ti: la guardia de María. ¡Volved sin mí al campamento, porque yo no puedo seguiros!

--¡Dios eterno!--exclamó María pudiendo respirar apenas--. ¡Alguna nueva desdicha!

Bug-Jargal se había estremecido, y una dolorosa sorpresa se pintó en sus ojos.

--Hermano, ¿qué nos dices?

El terror que oprimía a María a la sola idea de una desdicha que su previsor cariño demasiado bien parecía adivinar, me obligó a ocultarle la realidad y excusarle tan horrorosa despedida. Inclinéme, pues, al oído de Bug-Jargal y le dije en voz baja:

--Estoy prisionero. Le he jurado a Biassou entregarme en sus manos dos horas antes de terminarse el día: he prometido morir.

Al oírme bramaba de cólera, y su voz cobró un acento terrible:

--¡Oh, monstruo! He aquí por qué me pidió hablarte en secreto para arrancarte esta promesa. ¡Yo debiera haberme recelado del inicuo Biassou! ¿Cómo no me sospeché algún acto de perfidia? ¡Oh! ¡No es negro, es un mulato!

--¿Qué significa eso? ¿Qué promesa? ¿Qué perfidia? ¿Quién es ese Biassou?--dijo María atemorizada.

--Cállate, cállate--le repetí en secreto a Bug-Jargal--; cállate, no la asustemos.

--Pero bien--me preguntó con tono sombrío--, ¿cómo consentiste en hacer tal promesa? ¿Por qué se la diste?

--Te creía ingrato, creía perdida a mi María; ¿qué me importaba el vivir?

--Pero una promesa verbal no puede obligarte con ese infame.

--Le empeñé mi palabra de honor.

Se quedó recapacitando, como para procurar comprenderme.

--¡Tu palabra de honor! ¿Qué es eso? ¿Habéis bebido en la misma copa? ¿Habéis roto entre los dos un anillo o tronchado una rama de arce con sus flores rojizas?

--No.

--Pues bien, ¿qué es lo que quieres decir? ¿Cómo has podido ligarte?

--Mi honor--le repliqué.

--No sé lo que eso significa; nada hay que te empeñe con Biassou: ven con nosotros.

--No puedo, hermano; lo he prometido.

--No, no lo has prometido--prorrumpió con arrebato.

Y luego, alzando la voz:

--Hermana, júntate a mí e impide que tu marido nos abandone. Quiere volverse al campamento de los negros, de donde le he sacado, bajo pretexto de que le ha ofrecido morir a su caudillo, a Biassou.

--¿Qué has hecho?--exclamé.

Pero era demasiado tarde para cortar este arranque generoso, que le llevaba a implorar el socorro de la mujer que amaba para salvarle la vida a su mismo rival, y rival favorecido. María se había lanzado a mis brazos con un grito de desesperación, y, colgada de mi cuello por sus manos entrelazadas, se dejaba caer sobre mi corazón, sin fuerza y sin aliento apenas.

--¡Oh!--decía sollozando, en voz apagada--. ¿Qué es lo que dice, Leopoldo mío? ¿No es verdad que me engaña y que tú, en el momento de reunirnos, no quieres volver a alejarte de mi lado y a separarte para morir? Respóndeme, o yo seré la que muera. ¡Tú no tienes derecho para abandonar tu vida, porque no debes sacrificar la mía! ¿Quieres separarte de mí para no volver jamás a verme?

--María--contesté--, no le creas; tengo que alejarme, es cierto, pero también es preciso, y nos volveremos a encontrar en otros lugares.

--¡En otros lugares!--prosiguió ella con espanto--. ¡En otros lugares! ¿Adónde?...

--¡En el cielo!--le respondí, falto de fuerza para engañar a aquel ángel.

Se desmayó otra vez; pero ahora era de dolor. El tiempo urgía, y yo la coloqué en los brazos de Bug-Jargal, cuyos ojos rebosaban en lágrimas.

--¿Y nada puede detenerte?--me dijo--. Nada añadiré a lo que estás viendo. ¿Cómo puedes resistir a María? Por una sola de las palabras que te ha dirigido le hubiera yo sacrificado el orbe, ¡y tú no quieres hacerle el sacrificio de vivir!

--¡El honor!--le respondí--. Adiós, hermano; adiós, Bug-Jargal; te la encargo.

Me agarró de la mano; estaba pensativo y apenas parecía escucharme.

--Hermano, hay en el campamento de los blancos uno de tus parientes, y a ése le entregaré a María. Por lo que a mí hace, no cabe aceptar tu confianza.

Y señaló a las cumbres de un monte vecino, cuya cima dominaba toda la comarca.

--¿Ves ese peñón? Cuando la señal de tu muerte aparezca en él, el pregón de la mía no tardará en resonar. Adiós.

Sin hacer alto en el sentido incógnito de estas palabras, le abrazé, sellé con un beso la pálida frente de María, que, gracias al cuidado de su nodriza, empezaba a reanimarse, y eché a huir con precipitación, temeroso de que su primera mirada, su primer lamento, desarmasen mi fortaleza.

XLIX