Años de juventud del doctor Angélico

Part 9

Chapter 94,073 wordsPublic domain

Gastaba el dinero y gastaba la vida al mismo tiempo. Su organismo se marchitaba velozmente por la combinación antihigiénica de las comunicaciones carnales y espirituales. De un lado Antonia la Gallega, Paca la Serrana. Del otro, Sócrates y Pedro el Grande. Era imposible resistir a este conjunto de fuerzas tan opuestas. El pobre chico ya no tenía más que ojos en la cara.

Un suceso inesperado, fulgurante, vino a turbar, sino a precipitar, aquella marcha lenta y metódica hacia el cementerio. He aquí cómo se desenvolvió tan extraño acontecimiento, según los datos que el mismo interesado me suministró.

Se hallaba nuestro joven una tarde celebrando su acostumbrada conferencia con Sócrates cuando se le ocurrió preguntar al célebre filósofo si estaba destinado por Dios a ser casado o soltero y en el primer caso quién sería la mujer a la cual había de llamar esposa. La respuesta del filósofo fue terminante: «La primera mujer que veas y te hable, esa será tu esposa.»

Como puede inferirse, este oráculo produjo mucha turbación en el ánimo de Jáuregui. ¿Quién no se sentiría trastornado al saber que la desgracia o la felicidad de su vida se hallaba pendiente de un hilo tan delgado? Por esta razón, Jáuregui se apresuró a repetirla pregunta temiendo no haber comprendido bien. Sócrates respondió con la misma precisión, aunque variando un poco los términos: «La primera mujer a quien vean tus ojos, a esa debes elegir por esposa.»

En aquel mismo instante llamaron con la mano a la puerta de escape de su alcoba. Toda su sangre fluyó al corazón.

--¿Se puede?--dijo una voz femenina desde fuera.

Era la de la criada de su planchadora que solía traerle dos veces por semana la ropa. Jáuregui, sin responder, se precipitó a echar el cerrojo. No llegó a tiempo. La chica, viendo que no la respondían, coligió que el señorito no estaba en casa, como de ordinario acontecía, y empujó la puerta. Al hacerlo tropezó con Jáuregui, que retrocedió espantado.

--¡Celedonia!--exclamó fuera de sí.

Gruesas gotas de sudor frío le resbalaban por la frente.

La muchacha, sorprendida a su vez, dió unos pasos atrás contemplando con espanto la fisonomía descompuesta del joven.

--¡Señorito!

Se miraron ambos con el mismo terror por espacio de algunos segundos. Al cabo, la chica balbució toda confusa:

--Perdone, señorito..., creí que no estaba en su habitación.

--No hay de qué... Pase usted--murmuró Jáuregui con la respiración jadeante, pasando repentinamente del terror a la resignación, mejor dicho, al abatimiento.

Esta Celedonia, criada y aprendiza de su planchadora, era una moza de veinte años, frescachona y razonablemente fea, la boca grande, la nariz ancha, los ojos saltones. Su ilustración al mismo tiempo no dilatada. Sumaba por los dedos bastante bien, pero no había abordado otros misterios de las matemáticas. Hablaba con todos como si estuvieran del lado de allá del río; sus fuerzas, hercúleas; sus discursos, pintorescos; su risa, formidable.

Jáuregui no había podido comprobar estos extremos, porque rarísima vez había hablado con ella; pero Doña Encarnación, que la conocía mejor, los había divulgado.

Por aquellos días hallé a mi elegante amigo hondamente preocupado. Hablaba poquísimo, no reía jamás y parecía huírme. Al fin una noche, encerrado conmigo en su gabinete, me confesó con labio balbuciente lo que acabo de referir.

--¿Y qué es lo que piensas hacer?--le pregunté picado por la curiosidad.

Tardó algunos instantes en responder y al cabo profirió con voz sorda:

--Seguir el camino que los espíritus que me asisten han querido trazarme en este mundo.

--¡Pero hombre!--exclamé en el colmo de la estupefacción.

--¡Es forzoso!--replicó bajando la cabeza.

De sus ojos saltó una lágrima que bajó rodando por sus mejillas.

Yo estaba como quien ve alzarse delante de sí un fantasma.

--¡Es forzoso!--replicó con más fuerza--. Para comprobar el mandato de Sócrates acudí a la escritura automática. Con los ojos cerrados y sin pensar en lo que hacía llené un pliego entero de papel. Cuando fuí a mirar lo escrito, hallé repetido noventa y tres veces el nombre de Celedonia. Después consulté todavía al diccionario. Introduje la plegadera en él, lo abrí, miré en la columna y en la línea convenidas conmigo mismo y leí la palabra _lavandera_... Ya ves que la orden de los espíritus es bien clara...

Lo que veía claramente es que aquel pobre joven estaba loco y pensaba vagamente en ir a comunicar la noticia a su tío el marqués de la Ribera del Fresno, cuando él mismo se me adelantó profiriendo con firmeza:

--Mi resolución está tomada. Me caso con Celedonia. Así se lo he comunicado a mi tío.

--¡A tu tío!

--Sí, hoy mismo se lo he participado.

--¿Y qué te ha dicho?

Jáuregui entornó la cabeza hacia otro lado con disgusto, frunció el entrecejo y tardó bastante en responder. Al cabo profirió con entonación colérica:

--Mi tío es un botarate.

--Pero ¿qué te ha dicho?

--Al saber que estaba resuelto a casarme con una planchadora se contentó con decirme: «Hijo mío, vas a proporcionarte un placer muy caro. Vas a comer un bocado exquisito; pero considera que detrás de ese vendrán otros bien amargos... Porque supongo que tu planchadorcita será una preciosidad.» Y sus ojuelos de viejo verde brillaron de un modo perverso. Cuando le dije que Celedonia era fea le acometió tal ataque de risa, que se puso negro. Tuve que llamar al criado; le echamos agua en la cara y al fin logramos que volviese en sí... Lo primero que hizo fué llamarme jumento y echarme a la calle.

Yo disimulé también cuanto pude la risa, que me retozaba en el cuerpo, porque no tenía ganas de ponerme negro ni que me echasen agua, y le dije:

--¿Has consultado el caso con tu novia?

--¿Querrás creer--me respondió levantando la cabeza con asombro--que la he llamado repetidas veces todos los días y jamás ha querido acudir?

--¡Es natural, hombre!... La pobre chica debe de estar celosa.

Calló Jáuregui unos instantes; sus ojos se humedecieron de nuevo y dijo al fin suspirando:

--La verdad es que no tiene motivo alguno para eso. Ella debe saber que sólo me caso por obedecer las órdenes de lo Alto y que llevo a cabo el mayor sacrificio que un hombre puede hacer en esta vida... Mi tío es un iluso. Se le figura que todo es lujuria en este mundo. No tiene idea de nuestro destino inmortal ni menos de la comunicación que existe entre los espíritus encarnados y los desencarnados.

--Pero bien, después de todo no me has dicho si has hablado ya con la planchadora y si te has puesto de acuerdo con ella.

--No la he vuelto a ver--respondió pasándose la mano por la frente con abatimiento--. No quiero dirigirme a ella porque me causa tal vergüenza y repugnancia, que temo no poder llevar a cabo mi sacrificio. Me parece que lo mejor será que tú arregles el asunto...

Di un salto en la silla.

--¿Qué estás ahí diciendo?

--Sí; el medio más adecuado para resolverlo pronto y bien y que yo no tenga que sufrir una serie de humillaciones y tristezas es que tú vayas a hablar con su familia, les expongas mi pretensión y si aceptan y ella me acepta también...

--Date por aceptado--interrumpí.

Jáuregui me miró con infinita tristeza y continuó:

--Que todo se resuelva lo más pronto posible y sobre todo sin ruido. Me propongo marchar el día mismo de mi matrimonio para mi finca de la _Enjarada_ en Alicante.

Quise rehusar aquella misión delicada. No me fué posible. Mi pobre amigo se manifestó tan afligido que llegó a derramar lágrimas. Hay que confesar que las tenía siempre a punto. Por fin me decidí a complacerle siempre con la esperanza de que al cabo por cualquier circunstancia se desbaratase tan descabellado y ridículo proyecto.

Heme aquí, pues, en busca de la familia de aquella moza favorita de los espíritus. Fuí a casa de su ama la planchadora y allí me dijeron que la Celedonia habitaba en el Puente de Vallecas y que no tenía más familia que su madre y una tía con las cuales vivía. Con las señas que me dieron me dirigí al día siguiente por la tarde a este punto, indagué dónde estaba la vivienda y me encaminé a ella entre pesaroso y contento de mi cometido diplomático.

La madre y la tía de la Celedonia habitaban en una choza o barraca de madera situada dentro de un solar cercado por tablas.

Vi una mujer delante de la barraca sentada al sol remendando una camisa y me dirigí resueltamente a ella.

--¿Es usted Doña Ramona Fernández?

--No tengo ninguno, señorito. Esta mañana me los han llevado todos--me respondió con acento triste.

Yo la miré estupefacto y ella a mí.

--¿Pero no es usted la madre de una planchadora que se llama Celedonia?

--Sí, señor, sí; pero ya le digo que no me queda ninguno. Esta mañana se ha llevado los que había la criada del teniente de la Guardia civil, porque su ama está bastante malita y no toma más que huevos y leche.

Entonces comprendí y le dije:

--No, señora, no vengo a comprar huevos. Vengo a hablarle de un asunto importante y de mucho interés para su hija Celedonia y para usted.

--¿De mucho interés?--preguntó mirándome con evidente satisfacción.

--Sí, de mucho interés... Vengo comisionado por un amigo que vive conmigo en la calle de Carretas y al cual le lleva la ropa planchada todas las semanas su hija.

--¡Ah, sí!... el marquesito.

--No sé si es quien usted supone. Mi amigo se llama Don Carlos de Jáuregui.

--Sí, señor, sí; el marquesito... ¿Un señorito bien parecido, amarillito él de la cara, que lleva una cruz encarnada sobre el pecho?

--Justamente.

--Pero mi hija nada tiene que ver con la ropa. Si necesita hacer alguna reclamación debe hablar con su ama que vive en la calle de...

--No, no es a propósito de la ropa, sino de otra cosa muy distinta. Verá usted... Mi amigo ha simpatizado con su chica... La encuentra muy agradable... En fin, le gusta mucho... Porque Celedonia... ¡vamos, la verdad... se lo merece todo!...

Yo titubeaba de un modo lamentable. La _señá_ Ramona me miraba con agrado escuchando el panegírico de su heredera.

--Por supuesto--proseguí--, tiene a quien parecerse... Porque usted, señora, debió tener unos diez y ocho años que habría que ver...

La mujeruca sonrió con mayor agrado aún.

--En fin, voy a decírselo de una vez y con toda claridad... A mi amigo Don Carlos de Jáuregui le ha dado golpe Celedonia y si usted no se opone quiere casarse con ella...

La buena mujer me miró unos instantes con los ojos muy abiertos como si no entendiese. Entendió al fin y su fisonomía se contrajo con expresión de cólera. Se levantó del banco donde se hallaba sentada y vino hacia mí furiosa, exclamando con altos gritos:

--¡Cómo! ¿Qué es lo que usted viene a contarme? ¿Que le venda mi hija a ese señorito? ¿Y viene usted para eso a mi casa? ¿Viene usted a insultarme porque somos pobres? Sepa usted que yo tengo tanta vergüenza como la reina de España... ¡Merenciana! ¡Merenciana!

A sus gritos, cada vez más descomunales, salió otra mujeruca de la barraca y viendo a su hermana encolerizada juzgó que debía ponerse al unísono con ella sin saber de lo que se trataba y se dirigió a mí indignadísima llamándome tío silbante y sinvergüenza.

--¡Venir a proponerme que le venda mi hija! Como si yo fuese una cualquier cosa... ¡Una mujer que ha servido diez años en casa de un señor con cuatro títulos!

--¡Señora, tenga usted la bondad de escucharme!--exclamé yo en el colmo de la confusión.

Pero ni ella ni su hermana atendían, cada vez más encrespadas.

--¡Venir a insultarnos porque somos pobres!... ¿Qué se ha figurado usted?

Es cosa averiguada que en España cuando una persona se siente incomodada por lo que otra ha dicho o ejecutado nunca deja de atribuír a ésta una gran fantasía poética y le pregunta con interés qué es lo que se ha figurado.

Si un individuo reclama a otro lo que le debe: «¿Qué es lo que usted se ha figurado?», le responde su deudor. Si nos quejamos de las molestias que nos ocasiona un niño, su papá nos pregunta enfáticamente: «¿Qué se ha figurado usted?» Si exigimos que nos dejen el paso libre en un tranvía, algún viajero nos pregunta indignado: «¿Qué se ha figurado usted?» Hasta he oído a un caballero que recibió una bofetada en el teatro preguntar en tono perentorio: «Pero ¿qué se ha figurado usted?», mostrando gran curiosidad por averiguar qué clase de imágenes flotaban en aquel momento por el cerebro de su agresor.

Yo no podía, ciertamente, describir a aquella buena mujer lo que en aquel momento me representaba, porque todo bullía revuelto y caótico en mi mente. No sabía más que decir:

--¡Pero, señora, escúcheme usted!

--¡Venir a proponer una porquería semejante a una mujer que sirvió en la casa de un señor con cuatro títulos! ¿Qué se ha figurado usted?

Repito que no me figuraba nada, pero sí veía las figuras de una porción de chicuelos que se habían encaramado sobre las tablas del cercado del solar para presenciar la disputa. Veía también las cabezas de algunos vecinos asomarse a la puerta que había dejado entreabierta, Estaba consternado. Maldecía interiormente de mi insensato amigo, de sus progenitores hasta la quinta generación y sobre todo del indecente de Sócrates, causante principal de toda aquella perturbación. Los gritos de las dos furias sonaban como martillazos en mis oídos, pero ya no me daba cuenta de lo que expresaban. Sólo entendía claramente que había cometido la mayor sandez de mi vida y juraba por la gloria de mi madre que jamás me pondría al habla otra vez con una señora que hubiera servido en casa de un caballero con cuatro títulos.

Sin embargo, como no hay nada infinito en nuestro universo y todo es deleznable y perecedero, así la cólera de aquellas mujerucas, después de alcanzar su máximum de desarrollo, comenzó a decrecer paulatinamente. Aproveché este momento para sacar del bolsillo las dos cartas que Jáuregui me había dado, una para Celedonia, otra para su madre, y ponerlas en las manos de ésta.

Las olas quedaron sosegadas instantáneamente. Es indudable que el lenguaje escrito ejerce en el vulgo una impresión infinitamente mayor que el hablado.

La buena mujer aceptó el mensaje con muestras de respeto, dió algunas vueltas en la mano a las cartas, se las pasó después a su hermana, que a su vez las hizo girar suavemente entre sus dedos, y se las devolvió al cabo con la misma unción y recogimiento.

La verdad es que ni una ni otra sabían leer, ni tampoco Celedonia, pero tenían un primo hermano carnicero en la calle de las Veneras que leía perfectamente lo mismo lo escrito que lo impreso.

Yo no dudaba que después que este hombre ilustrado se hubiese hecho cargo de ambos mensajes florecería la calma en el seno de esta familia ofendida. Me despedí de ambas disimulando cuanto pude mi irritación, pero así que llegué a casa manifesté a Jáuregui con bastante aspereza que mi intervención en este asunto había cesado por completo sin posibilidad de que se reanudase jamás.

Continuó él sus gestiones, que como puede suponerse obtuvieron un resultado dichoso. Me participó pocos días después con ostensible abatimiento que su matrimonio estaba concertado y fijado para el mes siguiente. Le aconsejé que se trasladase inmediatamente de domicilio, porque la robusta Celedonia había dejado escapar ya su dulce secreto y entre los huéspedes de Doña Encarnación se había declarado un regocijo tumultuoso que pudiera originarle algún disgusto. Aceptó mi consejo, se trasladó a una fonda de la calle del Arenal y no muchos días después vino a rogarme que le sirviese de testigo en la ceremonia de su boda. Estaba tan descaecido, tan marchito de cuerpo y alma, que inspiraba lástima. Era de temer, en verdad, que el hilo de su vida se quebrase antes de verlo anudado al de la hercúlea planchadora.

Llegó por fin el día feliz. ¿Feliz? No para mi pobre amigo, a quien hallé con los ojos enrojecidos por el llanto cuando fuí a buscarle para trasladarnos a la iglesita del barrio de la Celedonia, donde debía efectuarse la ceremonia. Allí nos esperaba un buen golpe de menestrales en traje dominguero. Jáuregui había exigido que no se invitase a nadie. Sin embargo, fué imposible evitar que la _señá_ Merenciana y el señor Indalecio, carnicero de la calle de las Veneras, que eran los padrinos, dejasen de avisar en secreto a algunos de sus amigos más considerables.

Celedonia, radiante de alegría y peinada a la moda de las señoritas, vestía un lindo traje negro que Jáuregui le había mandado hacer, lucía pendientes de perlas, regalo también del novio, mantilla, polvos de arroz en la cara, y guantes blancos. Estaba horrible.

Celebróse la santa ceremonia, durante la cual las lágrimas resbalaban silenciosas por las mejillas de Jáuregui. Cuando terminó, la novia, sonriente, apretaba la mano callosa de sus conocimientos y recibía sus felicitaciones calurosas.

Almorzamos en el piso alto de una taberna de aquel barrio. Como era de rigor, el carnicero, el pollero, el carpintero, el trapero, todos aquellos honrados trabajadores se emborracharon concienzudamente. El bello sexo se alegró también, aunque con más modestia. Celedonia soltaba a cada instante estrepitosas carcajadas que hacían asomar las lágrimas a los ojos de su marido.

El señor Indalecio, carnicero de la calle de las Veneras, me tomó aparte y cogiéndome de la solapa me dijo con lengua estropajosa:

--Estoy muy contento, mucho, de que mi sobrina se haya casado con un caballero... pero, la verdad... temo que no sea feliz... porque ese señorito amigo de usted... perdone que se lo diga... es un grandísimo borracho.

--¿Borracho?

--¡Un pellejo de vino! ¿No ve usted que en cuanto lo prueba se pone a llorar como un becerro? Lo misma le pasaba a un amo que tuve yo en el Arco de Santa María.

Cuando llegó la hora, los novios se esquivaron. Yo les acompañé en un coche a la estación y allí me despedí con un abrazo para siempre de mi lacrimoso amigo. Para siempre, no, porque muchos años después tuve la buena suerte de tropezar con él y reanudar nuestra antigua relación. Pero de tal suceso tendrá conocimiento quien lea hasta el fin estas verídicas memorias.

XII

PROSIGUE EL IDILIO ROMÁNTICO DE MI AMIGO SIXTO MORO

En una de las primeras visitas que hice aquel año a la familia de Reyes, hablando de su estancia cerca de la frontera de Francia, Natalia se dolió de haber olvidado las nociones de francés que había adquirido en el colegio, encontrando dificultad para hablarlo en sus frecuentes excursiones a Biarritz y Bayona.

--Sí, te convendría--dijo su padre--recibir algunas lecciones más, y sobre todo soltarte a hablar con una persona que conociese bien el idioma.

Entonces yo, por súbita inspiración, recomendé para el caso a mi amigo Moro. Había estado tres años en Francia y hablaba el francés a la perfección. Además, lo conocía gramaticalmente y su pronunciación era correctísima.

--Esto es de lo que se trata--manifestó el General--. Yo hablo medianamente el francés: Guadalupe lo habla mejor que yo; pero nuestra pronunciación es defectuosa, sobre todo la mía. Por otra parte, no tengo tiempo para estudiarlo a fondo y Guadalupe repugna el hablarlo entre nosotros.

--Sí--interrumpió aquélla--. Hablar un idioma extranjero en familia, sin necesidad, me ha parecido siempre una afectación.

--Sin embargo, yo creo que tú y Natalia bien pudierais charlar algunos ratitos.

Guadalupe dirigió una rápida mirada a su hijastra y respondió vacilando:

--De nada serviría; yo pronuncio detestablemente el francés.

Natalia quedó seria y en su frente se marcó una arruga. Esto no hizo más que confirmar mi convicción de que las relaciones entre aquellas dos mujeres no eran excesivamente cordiales.

--No dudo que tu amigo será un profesor excelente--manifestó el General--. Es un joven de talento, al parecer, y según nos cuentas es también un orador, ¿Pero crees tú que él se avendrá a desempeñar este papel?

--Yo creo que sí--respondí, sabiendo el enorme interés que Sixto tendría en acercarse al objeto de sus desvelos.

No obstante, después que salí de la casa con el encargo de hablarle me acometieron algunas dudas. Moro había terminado su carrera y a la sazón trabajaba como pasante en el bufete de un famoso abogado. El sueldo que éste le había asignado era cortísimo: apenas si con él podría subvenir a sus más perentorias necesidades; no le vendría mal, por lo tanto, un pequeño suplemento mensual.

Pero su carácter era altivo, y la humildad de su posición le había hecho aún más susceptible. Temí, pues, que no acogiese la proposición con el regocijo que en un principio había imaginado.

Para endulzársela un poco le di cuenta de nuestra conversación y de la manera oportuna que hallé para recomendarle como profesor. Sus mejillas se tiñeron de rojo bajo el golpe de la emoción.

--Pero bien, ¿cómo voy a hablar con ella en francés?... ¿Como profesor remunerado?

--Me parece que así debe ser--repliqué un poco confuso--. De otro modo es más que probable que el General no aceptase este servicio... Porque hasta ahora tú no eres su amigo.

El encarnado desapareció de las mejillas de Moro. En su rostro se dibujó una sonrisa sarcástica, la mala sonrisa de los instantes de cólera.

--¿Es decir, que voy a ser un maestrillo de los que se pagan a tanto la hora? Perdona, querido... Si he de entrar en la domesticidad, prefiero ser lacayo; porque al cabo alguna vez podría tocarme la grata tarea de anudar las cintas de su zapato.

--No hablemos más del asunto--repliqué a mi vez despechado--. Les diré, a tu elección, que no has querido o no has podido aceptar.

--Yo lo dejo a la tuya--respondió secamente.

Ni una palabra más volvimos a hablar de este asunto. Durante aquel día observé en Sixto cierta preocupación que hacía esfuerzos por disimular. Quedaba en ciertos momentos silencioso y pensativo; después se manifestaba excesivamente alegre y bullicioso.

Al día siguiente nos tropezamos en el pasillo cuando nos dirigíamos a almorzar y me dijo rápidamente sin mirarme a la cara:

--Puedes decir al general Reyes que estoy a su disposición.

--Perfectamente, y también se lo diré a Natalia, que se alegrará mucho seguramente--le respondí en la forma que más pudiera halagarle.

Pocos días después fuimos juntos a casa de Reyes, que le acogió con la afectuosa franqueza que le caracterizaba y amablemente le hizo comprender que ya tenía noticia de su talento y que lo estimaba en lo que valía. Moro se sintió aliviado de un gran peso. En su rostro leí la satisfacción que experimentaba. Sin embargo, cuando se llegó a tocar el punto de la remuneración volví a encontrarlo turbado y vacilante. Pero supo desenredarse con habilidad.

--Mi General--dijo imitando el tono resuelto de éste--, yo no soy profesor de francés, ni pienso serlo jamás, porque mis proyectos son otros distintos. Por lo tanto, dejo esta cuestión completamente a su arbitrio. Para mí es un honor que usted me crea digno de prestarle un servicio tan insignificante.

El General tuvo la delicadeza de no insistir. Después nos dirigimos los tres al gabinete donde se hallaban Guadalupe y Natalia. Allí fué distinto. Aunque no hubo necesidad de presentación, porque Moro ya las conocía, se mostró tan tímido y embarazado, que consiguió embarazarme a mí mismo. Me parecía estar leyendo en los ojos de las dos mujeres que adivinaban el secreto de mi amigo y la ayuda que yo le prestaba.

Pura aprensión, sin embargo. Ni a una ni a otra se les pasó por la mente que aquel joven humilde hasta el exceso abrigase en su pecho pasión tan atrevida. Le acogieron con bondadosa protección, que no produjo en él tan buen efecto como la franqueza del General. Tuve ocasión de advertirlo allí mismo y comprobarlo más tarde cuando salimos de la casa. Me habló con extraordinaria animación del carácter simpático de Reyes y de la grata impresión que causaba su rudeza militar impregnada de benevolencia. En cuanto a su esposa, se mostró más reservado y hasta me dió a entender que le parecía su carácter un tanto disimulado, si no falso. Como debe suponerse, le atajé inmediatamente subiendo hasta las nubes la dulzura y constante afabilidad del que continuaba siendo ídolo de mi existencia.