Años de juventud del doctor Angélico
Part 8
A nadie podía ofrecer duda que los dos se hallaban profundamente enamorados. Sin embargo, Bruno Mezquita, que pretendía ejercer el monopolio de la seducción, se autorizaba el dudarlo; sonreía compasivamente cuando se tocaba a este punto, dando a entender con esta sonrisa que, en su opinión, Rosarito se hallaba aún bajo la influencia del sueño hipnótico que él la había comunicado.
¡Falso de toda falsedad! Rosarito no sólo le miraba con profunda indiferencia, sino que se había negado a dejarse dormir por él nuevamente. Si algo lograba magnetizarla ya era el brillo de los lentes de Pasarón. Y si esto no era bastante, ¿cómo escapar al influjo de unos sáficos adónicos y una silva en verso blanco, estilo horaciano, que aquél había compuesto en su honor? En estas composiciones de clásica inspiración la llamaba Lidia en vez de Rosarito y hablaba del fuego de Vesta, de las umbrosas faldas de Helicona, del Pindo, de Febo y de los Dióscoros.
X
EN QUÉ PARÓ EL IDILIO CLÁSICO DE MI AMIGO PASARÓN
Terminamos al fin nuestro curso académico. Todos los huéspedes de la casa de la calle de Carretas salieron airosamente de los exámenes: algunos con extraordinaria brillantez. Pasarón obtuvo el premio extraordinario del doctorado de Letras y Moro el de la licenciatura de Derecho. Luego nos diseminamos marchando cada cual a reunirse con su familia. La del general Reyes se fué a veranear a San Sebastián.
Sin embargo, Pasarón, con pretexto de consultar algunos libros y manuscritos de la Biblioteca Nacional para su discurso del doctorado, permaneció más tiempo en Madrid; pero al cabo también se fué en los últimos días del mes de julio para volver en los primeros de septiembre. En los cuarenta y cinco días que residió en su tierra envió a Rosarito cuarenta y cinco cartas, alguna de las cuales tuve ocasión de ver más adelante. Por el aliño y la galanura de la dicción, tanto como por la nobleza de los pensamientos, estas misivas, aunque del género amoroso, serían si se publicasen de tan sabrosa lectura como las de Plinio el Joven.
Aquel idilio clásico prosiguió tan suave como una égloga de Virgilio y tan vehemente como una elegía de Tíbulo. Pasarón dejaba transcurrir las horas dulcemente al lado de Rosarito viendo cómo sus dedos ágiles imprimían en relieve sobre la batista guirnaldas de hojas y flores. Y cuando los respetos sociales le obligaban a apartarse un mínimo espacio de tiempo, era todavía para sentarse en el comedor al lado del balcón con un libro en la mano, que recibía menos de la mitad de las miradas que la ventana de la bordadora.
Y en verdad que ésta merecía tan rendida pasión. En este punto todos estábamos de acuerdo. Rosarito, por su carácter dulce y humilde, por la bondad que reflejaban sus ojos, por el timbre insinuante y afectuoso de su voz había conseguido cautivarnos a todos. Se empezaba admirando a su hermana y se concluía por prendarse de ella. Por eso nada nos sorprendía el amor de Pasarón; y aunque su manera de expresarlo nos pareciese ridícula, lo aprobábamos de todo corazón y deseábamos que terminase felizmente.
No obstante, Sixto Moro se autorizaba algunas dudas; nos decía riendo que los amores de Pasarón eran una pasión greco-romana y que, más tarde o más temprano, concluiría por la intervención fatal y dolorosa del Destino, como las tragedias clásicas.
Esta broma profética se verificó desgraciadamente. Cuando llegué a casa una tarde a la hora de comer hallé a Doña Encarnación profundamente consternada; la criada también parecía estarlo; en los rostros de los Mezquita, de Albornoz y del mismo Sixto Moro se percibían igualmente señales de mal humor.
--Sabrás--me dijo este último sentándose a la mesa--que nuestro sabio amigo nos ha dejado.
--¿Pasarón se ha ido?--pregunté sorprendido.
--Sí; Pasarón nos ha soltado con la misma indiferencia con que echaría a un lado una edición moderna del _Quijote_ impresa en Barcelona con muchas erratas.
Entonces levanté la cabeza interrogando con los ojos a Doña Encarnación.
--Esta tarde, poco después del almuerzo, me pidió su cuenta y me dijo que se trasladaba a otra casa donde está de huésped un primo hermano suyo porque su familia así lo quiere. Comprendí que era un pretexto y le pregunté si estaba descontento del servicio o de los huéspedes. Me respondió que no y hasta me aseguró que se marchaba con gran sentimiento, que todos ustedes le eran muy simpáticos, que se hallaba muy satisfecho del trato que yo le daba... Pero, en fin, lo cierto es que se ha ido. Hace un momento que ha venido un mozo de cuerda por su equipaje.
Guardamos silencio todos por unos instantes. Al cabo, Bruno Mezquita profirió en voz baja con señales de irritación:
--La verdad es que la cortesía no parece por ninguna parte.
--La cortesía, amigo Bruno--respondió Moro--, no tiene el mérito de haber estado tres siglos llena de polvo y telas de araña en el archivo de algún convento. Por lo tanto, no hay que hacer caso de ella.
Sin embargo, antes de que hubiéramos terminado de comer, llamaron a la puerta y Doña Encarnación entregó a Moro una carta que para él traían.
--La letra es de Pasarón--dijo éste echando una mirada al sobre--, por lo tanto, le devuelvo la honra que le he quitado.
En efecto, era de nuestro amigo, y aunque venía dirigida a Moro como huésped más antiguo, el contenido estaba dedicado a todos. Se despedía de nosotros con palabras corteses y bien aliñadas. Yo eché de menos en su misiva un poco de cordialidad y franqueza. Pienso que los demás opinaron lo mismo, pero nadie lo expresó en voz alta y se dieron por satisfechos en la apariencia. La prueba mejor de que este sentimiento latía en todos los corazones al mismo tiempo, fué que se habló poquísimo de Pasarón aquel día y en los siguientes casi nada.
Doña Encarnación me comunicó después confidencialmente que había roto bruscamente sus relaciones con Rosarito enviándole una carta fría de despedida como había hecho con nosotros. La pobre niña había experimentado un disgusto tan fiero, que había caído enferma en la cama. En vista de ello no intenté siquiera subir a su cuarto. Bruno Mezquita y su primo, que se aventuraron a hacerlo, no fueron recibidos.
Así transcurrieron algunos días, cuando una mañana al llegar de la Universidad salió a abrirme la puerta la misma Doña Encarnación. Observé en su rostro señales de preocupación. Me tomó de la mano con cierto misterio y hablándome en voz baja, casi imperceptible, me dijo:
--Tiene usted en su cuarto una visita.
--¿Una visita?, ¿quién es?
--Entre usted; ya lo verá.
Seguí por el corredor lleno de curiosidad, abrí la puerta del gabinete y vi sentada en el sofá a Rosarito. Se puso en pie vivamente y una sonrisa de vergüenza y confusión se dibujó en sus marchitos labios. Porque estaba realmente desfigurada. Era cosa asombrosa que unos cuantos días de enfermedad dejasen huellas tan visibles en su rostro.
--Perdone usted esta visita que no podrá menos de importunarle--me dijo con voz apagada.
--Usted no puede importunarme jamás, Rosarito--me apresuré a decirle, apretándole la mano--. Siéntese y dígame en qué puedo servirla.
Se sentó de nuevo y ruborizándose aún más de lo que estaba, empezó a balbucir:
--Ya estará usted enterado de que José Luis...
--Sí, sí; ya sé que se ha portado con usted de un modo bien poco correcto.
--No me quejo. Ningún compromiso formal había contraído conmigo. Nuestras relaciones han sido como las de tantos otros novios que comienzan y se rompen con igual facilidad. Usted ha sido testigo del comienzo de ellas. Me dijo que me quería y yo le entregué mi corazón. Quizá alguno de ustedes me habrá tildado de presuntuosa, porque es evidente que nuestras posiciones son muy distintas. El es hijo de una familia rica, un joven de extraordinario provecho y gran porvenir; yo no soy más que una pobrecita huérfana que necesita vivir del trabajo de sus manos... Pero le juro por la sagrada memoria de mi padre que al aceptar sus relaciones no me ha movido cálculo alguno de interés. Me sentí atraída hacia él desde que le conocí. Luego, su trato tan cortés, tan dulce; su talento, que ustedes mismos admiran, me llegaron a seducir. Le quise entrañablemente... le quise como no es posible querer más..., le quise, le quise y ¿por qué no he de confesarlo si es verdad? ¡le quiero todavía con todo mi corazón...!
Aquí Rosarito rompió a sollozar. Yo, fuertemente impresionado, traté de calmarla.
--Tranquilícese usted, Rosario... Acaso no sea más que una mala inteligencia... Seguramente harán ustedes las paces.
--Perdóneme usted... Comprendo que le estoy molestando... No, no espero nada. Estoy segura de que hemos concluído para siempre... Y después de todo ¿qué tiene de particular? ¿Qué importa que una pobre chica se enamore de un hombre, y que este hombre no le corresponda y que sufra, y que llore, y que enferme? Es cosa que se está viendo todos los días.
--Importa mucho, Rosario. Los empeños del corazón deben ser más sagrados aún para el hombre que los que están amparados por la ley. Yo he sido testigo de sus amores como lo han sido mis compañeros; todos sabemos que José Luis entraba en casa de ustedes como un prometido oficial, como una persona de la familia...
--Es cierto; yo había depositado en él toda mi confianza y mamá le consideraba ya como un hijo... Pero yo estaba ofuscada y mamá lo estaba también. ¿Cómo hemos podido tan pronto hacernos la ilusión de que un joven de la posición y del mérito de José Luis iba de buenas a primeras a ligar su suerte a la de una pobrecilla desvalida, a una miserable artesana?
--¡Rosario, es usted exageradamente humilde!
--Nada, nada; ha sido una verdadera aberración por nuestra parte... Pero no se trata ahora de eso. Un sueño es un sueño y la claridad del día lo disipa. Lo único que me importa en este momento es saber si la ruptura de nuestras relaciones ha sido por su parte una resolución espontánea o si ha sido inducido a ella por alguna falta que yo haya cometido sin darme cuenta o por algo que contra mí le hayan dicho. En el primer caso me resigno con mi suerte. Que no se me hable, que se me deje tranquila y Dios me dará fuerzas para soportar mi dolor...
Otra vez Rosarito volvió a romper en sollozos, mostrando claramente que Dios todavía no le había concedido el don de la fortaleza. Al cabo de unos momentos levantó de nuevo la cabeza, se secó las lágrimas y prosiguió:
--Pero si puede quejarse de mí por algún motivo o alguien se lo ha hecho creer, me parece que tengo derecho a saberlo.
--¿No se lo ha preguntado usted por carta?
--Sí; me ha contestado con cuatro líneas. No es bastante. Quiero saberlo de un modo más claro. Ese favor vengo a pedir a usted suplicándole me perdone el atrevimiento. Me dirijo a usted con preferencia a los demás amigos, porque me inspira usted más confianza que ninguno. Además, me consta, porque se lo he oído muchas veces, que José Luis le estima a usted de veras y estoy segura de que le escuchará con respeto y satisfará a sus preguntas.
--Agradezco mucho su confianza, que me esforzaré en merecer, pero se me figura, Rosarito, que padece usted un error. José Luis no es hombre pródigo de estimación y no creo que haya malgastado demasiado en mí. Sin embargo, para dar a usted una prueba de la afectuosa amistad que me inspira, estoy dispuesto a conferenciar con Pasarón a riesgo de sufrir algún desaire.
--¡Dios se lo pague!--exclamó la pobre niña estrechando fuertemente mi mano.
Pocas más palabras hablamos. Rosarito, enternecida de nuevo, lloraba.
--¿Sabe usted, Rosario--la dije al cabo--, que si su mamá se enterase del paso que acaba de dar la enviaría a usted lo menos por quince días a la _Piñata_?
Rosarito levantó la cabeza y sonriendo al través de sus lágrimas, exclamó:
--¡Pobre mamá!
El encargo de conferenciar con Pasarón acerca de este delicado asunto no era placentero. En primer lugar, yo no tenía derecho alguno a mezclarme en él, puesto que no era pariente de Rosarito ni me ligaba con José Luis una amistad muy íntima. Verdad que vivíamos en la misma casa y nos tratábamos con bastante familiaridad, pero nuestra intimidad era puramente accidental e impuesta por las circunstancias. No estudiábamos la misma Facultad, no éramos paisanos, y sobre esto Pasarón me llevaba tres o cuatro años de edad y muchos grados de superioridad intelectual.
Además, debo confesarlo, Pasarón era un joven de trato fácil y correcto; pero no lograba inspirar confianza. Sus palabras y ademanes eran suaves y afables; rara vez contradecía y cuando se veía obligado a hacerlo era siempre guardando excesivos respetos: aun en las más vivas discusiones con Moro jamás se descomponía. Y sin embargo, todos advertíamos secretamente que le faltaba cordialidad. Fuese por virtud de un temperamento nativamente frío o por la distracción que engendraba en él su absorbente pasión por el estudio, no hallábamos en él ese gracioso abandono que en la edad juvenil hace tan grata y tan firme la amistad. No parecía que en esta reserva tuviese parte su reconocida superioridad, porque repito que era un hombre afable y modesto, pero se echaba de ver pronto su indiferencia hacia las personas y su desdén por los asuntos que no tocasen directamente a sus estudios.
Me dirigí, pues, a su casa con poca gana y solamente arrastrado por la promesa que había hecho, quizá demasiado ligeramente, a mi afligida vecinita. Cuando ya iba a tirar del cordón de la campanilla, abría Pasarón la puerta para salir a la calle.
--¿Tú por aquí?--me dijo mostrando alegría y apretándome afectuosamente la mano.
--Veo que la visita es importuna.
--Nada de eso. Si quieres entraremos y pasaremos a mi cuarto. No tengo prisa.
Como esto debía contrariar sus planes le respondí:
--No; mejor será que te acompañe hasta el sitio donde te dirijas y así podremos charlar unos momentos; te haré la visita al aire libre... Por supuesto, en el caso de que esto no sea una indiscreción...
--Ninguna--replicó satisfecho--. Voy solamente al almacén a dejar estos libros.
Llevaba un paquete de ellos en la mano. Salimos, pues, a la calle, que era la de la Montera, y siguiendo la de Jacometrezo y pasando por la plaza de Santo Domingo entramos en la de San Bernardo, donde se hallaba el almacén que había mencionado. Entonces me enteré de que un comerciante de productos alimenticios paisano suyo y muy relacionado con su familia le había cedido una habitación en el sótano de su casa para guardar los muchos libros que ya tenía.
Llegamos a la tienda sin que yo me hubiese decidido a tocarle el asunto objeto de mi visita. Cuando ya no vi otro remedio, esto es, cuando comprendí que íbamos a separarnos traté de detenerle a la puerta.
--Pasa conmigo--me dijo poniéndome amablemente la mano sobre el hombro--. Te mostraré mi biblioteca.
Entramos en la tienda, me presentó a su dueño y bajamos acto continuo por una estrecha escalera al sótano. Había allí un olor asfixiante a chocolate; como que era el sitio donde se fabricaba. Sacó Pasarón una llave del bolsillo y penetramos en una gran estancia bastante bien esclarecida por algunas claraboyas. Las cuatro paredes estaban revestidas de estantería de pino donde se apilaba una cantidad enorme de libros. Me produjo admiración; pues aunque tenía noticia de que mi amigo adquiría muchos, no podía imaginar que fuesen tantos.
Pasarón gozó un momento de mi sorpresa y paseando una mirada de propietario satisfecho por los estantes me preguntó:
--¿Qué te parece mi biblioteca?
--¡Asombrosa! ¿Cuántos volúmenes hay aquí ya?
--Cerca de cuatro mil.
--No comprendo cómo has podido llegar a esta cifra, si no dispones de más recursos que los que solemos poseer los estudiantes.
--Todas mis economías están aquí. Me he privado durante la carrera de muchas cosas, he engañado algunas veces a mi familia, he fingido enfermedades, hasta he simulado vicios, he sacrificado en fin a esta biblioteca todos los goces de la juventud.
No pude menos de pensar que aquella colección de libros no merecía tan enorme sacrificio, porque estaba lejos de sentir tan furiosa pasión hacia ellos; pero me guardé de expresarlo advirtiendo el deleite, la extraña voluptuosidad con que Pasarón los contemplaba.
Me mostró con orgullo algunas ediciones raras de libros famosos. Su adquisición era un poema de habilidad, de paciencia, de esfuerzos heroicos. Al narrarme las peripecias de aquellas jornadas en busca y captura del ambicionado vellocino de oro, las manos de Pasarón temblaban y su voz se alteraba por la emoción.
Confieso que todo aquello me producía un efecto casi cómico. No comprendía su significado interior, que era el de una victoria personal, el recuerdo de una lucha tenaz por la posesión de un objeto para él precioso.
Por otra parte, deseaba llenar mi cometido, cumplir el encargo de Rosarito. Estaba inquieto, impaciente; no sabía por dónde ni cómo embocar el asunto. Y como sucede casi siempre en estos momentos de ansiedad empecé de la peor manera posible.
--Amigo Pasarón--le dije repentinamente--, ayer he hablado con Rosarito.
--¿Rosarito?--me respondió mirándome al través de los lentes con sus ojos apagados, como si aquel nombre no despertase en él recuerdo alguno.
--Sí, con Rosarito. Tu repentino traslado de casa y el modo perentorio con que has cortado las relaciones la ha llenado de estupor. No acierta a comprender qué pudo haberte empujado a esa resolución que no ha tenido preparativo alguno, pues el día anterior a tu marcha nada pudo hacerle sospechar en tus palabras ni en tu actitud que ibas a tomarla. Aparte del sentimiento natural que esto le ha producido, pues tú no puedes dudar de que te quiere, se encuentra en un estado triste de agitación y de duda; toda se vuelve hacer cálculos sobre los motivos que habrás tenido para tan brusca y misteriosa ruptura.
Pasarón cerró el libro que me estaba mostrando y fué silenciosamente a colocarlo de nuevo en su sitio. Temí haberle ofendido con mi repentina interpelación y le dije:
--Comprendo que no tengo derecho alguno a mezclarme en tus asuntos y así se lo hice entender a Rosarito; pero ésta se empeñó en que te hablase fiando demasiado en la buena amistad que siempre me has mostrado... Si te he de confesar la verdad, acepté el encargo por la compasión que me inspira... Está verdaderamente afligida y desea con anhelo saber si te ha ofendido en algo.
--Absolutamente en nada--contestó resueltamente sin volver la cabeza.
--Si tienes alguna duda de su fidelidad.
--Ninguna.
--Si alguien te ha insinuado cualquier especie que la desacredite.
--Nadie me ha hablado de ella.
--Entonces... a la verdad, no comprendo...
Pasarón guardó silencio y siguió examinando con atención los lomos de los libros. Yo comencé a sentirme embarazado y aún corrido de aquel silencio y tomé la resolución de despedirme bruscamente. Pero Pasarón se volvió de pronto, vino hacia mí y poniéndome una mano sobre el hombro me dijo con grave expresión:
--Escucha, Jiménez; los hombres siguen caminos muy diferentes en el curso de su vida y el de cada cual se halla trazado por su naturaleza misma. Cuando nos apartamos de él sufrimos las consecuencias enfadosas que acompañan a la violación de toda ley natural. El mío se me ofreció bien determinado desde que llegué a la adolescencia. Nadie en el seno de mi familia ni entre las personas que me rodeaban ha dudado de mi vocación. Yo he nacido para esto (_apuntando a los libros_) y a esto he consagrado mi juventud y consagraré mi vida en adelante. Hasta ahora he marchado derecho a mi objeto y a él he sacrificado, como acabo de decirte, los goces que más nos seducen a los jóvenes; porque bien sabes que si las sirenas cantan dulcemente en todas las edades de la vida, en la nuestra cantan aún con acentos más melodiosos. Ulises, el más sabio y prudente de los helenos, necesitó que le amarrasen con cuerdas y cadenas al mástil del barco para no acercarse a sus praderas esmaltadas de flores. Grandes, colosales esfuerzos de voluntad he necesitado hacer yo, pobre niño arrojado desde los diez y seis años en la corte, para sustraerme a sus instancias. ¡Cuántas veces pasando por delante de los cafés atestados de gente bulliciosa y alegre, contemplando los escaparates repletos de tantos manjares sabrosos al paladar y de objetos preciosos a la vista, mirando iluminadas las puertas de los teatros y a la muchedumbre penetrar regocijada por ellas, cuántas veces sentí mis fuerzas flaquear! Y sin embargo, apartando la vista de aquellas alegrías tan contagiosas y que estaban a mi alcance iba a depositar mis pobres pesetas en algún puesto de libros y a encerrarme en mi oscuro cuarto de estudiante para pasar la noche con la cabeza bajo el hediondo quinqué de petróleo... Pero llegó un día, amigo Jiménez, tú lo sabes bien, en que las sirenas hicieron sonar en mis oídos un canto celestial, un canto al cual ni los mortales ni los inmortales han podido resistir jamás. Y mi corazón se estremeció, la brújula de mi existencia comenzó a dar saltos cual si se le aproximasen raspaduras de acero, todas mis ideas se trastornaron de golpe. El Amor es fuerte como la muerte. Ni hombre ni dios ni su misma madre la hermosa diosa de Chipre han estado jamás a cubierto de sus flechas de oro. El mismo Júpiter, que pretendió aniquilarlo al nacer previendo todo el mal que al universo haría este rapazuelo, se rindió al cabo a sus encantos y le recibió en el Olimpo entre los dioses patricios. ¡Qué mucho que yo me entregase a él atado de pies y manos! Vosotros todos pudisteis apreciar los efectos que en mí causó aquel sueño... Desgraciadamente, los sueños no son de mucha duración. Desperté y en medio del camino de mi vida me hallé como el Dante en una floresta oscura. Me sentí extraviado, perdido, comprendí que aquella pasión me alejaba del polo magnético hacia donde había orientado mi existencia y que jamás conseguiría alcanzar el objeto hacia el cual han tendido mis esfuerzos hasta ahora. Tuve el valor de volverme atrás y buscar de nuevo el sendero que había perdido. No puedes siquiera sospechar la violencia que he tenido que hacerme para ello, cuánta batalla librada en mi cerebro, cuánta noche de insomnio, cuanto desfallecimiento, cuánta lágrima... Pero al fin he vencido. Vuelvo a ser lo que era. Necesito aprovechar el tiempo que he perdido. Mis estudios hasta ahora no han sido verdaderamente serios. Tengo en perspectiva las oposiciones a una cátedra en Madrid, y para conseguir la victoria a mi edad se necesita un esfuerzo casi sobrehumano... Y ahora, amigo Jiménez--añadió después de una larga pausa--, te ruego encarecidamente que no hablemos una palabra más de este asunto. Deploro el disgusto que ha producido mi momentáneo extravío, pero hay que apartar los ojos y el pensamiento de lo que ya no tiene remedio.
Comprendí que era inútil insistir y me callé. Seguimos hablando de libros y al poco rato me despedí de él.
¡Pobre Rosarito!
XI
CÓMO LOS ESPÍRITUS JUGARON UNA MALA PARTIDA A MI AMIGO JÁUREGUI
Mi amigo Jáuregui gastaba el dinero a manos llenas. Su tío el marqués de la Ribera del Fresno era un viejo escéptico, volteriano, que se había ocupado poco de él mientras estuvo bajo su tutela. Ahora, que desde hacía algunos meses había salido de ella, no se ocupaba poco ni mucho.
Era por naturaleza espléndido, y como yo le había entrado por el ojo derecho se complacía en hacerme cada pocos días un regalito: una caja de jabones, una boquilla, un bastón y otras chucherías por el estilo. Cuando alguna vez íbamos juntos al café era imposible que yo pagase el servicio. Casi a diario tenía a la puerta un coche del Círculo aristocrático donde almorzaba y a menudo me llevaba en él de paseo a la Castellana. En estas ocasiones le veía hacerse señas con las beldades libres más a la moda y, por lo tanto, más caras. Las propinas que vertía en manos de los cocheros y los mozos de café eran escandalosas por lo crecidas.