Años de juventud del doctor Angélico
Part 7
Doña Enriqueta nos acogió con gravedad benévola. Era una señora de prócer estatura, cabellos blancos, nariz aguileña, tez pálida y ojos bellos y severos. El conjunto no podía ser más imponente y majestuoso.
--¡Ah! es usted del norte de España--me dijo con sonrisa condescendiente--. Allá en América les tenemos en mucha estima por su honradez y laboriosidad. Es gente que sabe abrirse camino y aprovecha bien las circunstancias para hacerse una posición más o menos brillante. En la Habana hemos tenido dos criados, uno asturiano y otro montañés, tan fieles, que yo les entregaba la llave de la caja de las joyas cuando necesitaba sacar algunas para ir a los bailes de la Capitanía o de los marqueses de la Reunión.
Si he de confesar la verdad, no me sentí muy halagado en aquel momento por el testimonio generoso de la fidelidad de mis paisanos. Hubiera deseado verles en posición más desahogada, aunque su virtud no fuese tan ostensible. Pero esta ligera humillación quedó bien compensada por la satisfacción orgullosa que sentí al verme tan bien acogido de una dama que había brillado en otro tiempo en los salones de los magnates americanos.
Esta satisfacción creció de un modo desmesurado cuando a los pocos momentos me hizo saber que sus años juveniles se habían deslizado en un ingenio de azúcar propiedad de sus papás, donde trabajaban seiscientos esclavos. Cada vez que ella, la más joven de las señoritas de la casa, entraba o salía del ingenio en su coche, aquellos esclavos le hacían una ovación estruendosa. Porque había sabido captarse su cariño y admiración.
Yo asentí con todas mis fuerzas insinuando al mismo tiempo la idea de que aquellos esclavos poseían una perspicacia nada común, muy superior a lo que podía esperarse de su condición y de su raza.
Con esto doña Enriqueta me miró aún con más benignidad.
--En lo que se refiere a la condición es posible que no esté usted equivocado, porque los trabajos a que se dedican les impiden toda instrucción, aún la religiosa. Yo, sin embargo, he trabajado muchísimo y con buen éxito por inculcarles las ideas más necesarias para nuestra salvación eterna. Logré de mi papá que todos los viernes les dejasen una hora de descanso, en la cual yo les explicaba el catecismo. También conseguí que se celebrase los domingos una misa al aire libre para que la negrada la oyese. Yo misma preparaba el altar y lo adornaba con flores que hacía cortar de nuestro jardín... Porque teníamos un jardín... ¡qué jardín, madre mía! Era casi tan grande como el parque del Retiro y mucho mejor cuidado. El jardinero que dirigía los trabajos había estado en Inglaterra al servicio del príncipe de Gales y había logrado cultivar tal número de flores, tan raras y tan hermosas, que no se celebraba ningún baile aristocrático en la Habana sin que viniesen a suplicarnos que les cediésemos algunas cestas de ellas. Pero yo prefería enviarlas a las iglesias y que adornasen el altar de nuestra capilla. Por esta razón, mis hermanas se reían de mí y me llamaban siempre la monjita, aunque mis papás las reprendían; porque yo era la niña mimada de la casa. Mi mamá decía muchas veces: «--Todas vosotras juntas no valéis lo que vale mi Enriqueta.» Y el obispo de la Habana, una vez que vino a visitarnos, me dijo: «--¡Enriqueta, eres un apóstol!»--y me dió particular y especialmente su bendición.
Yo estuve también por dársela y marcharme después de hacerlo; pero como no era obispo y pudiera interpretarse mi conducta como una usurpación de funciones, resolví quedarme quieto.
--En cuanto a la raza, no puedo estar conforme con usted--prosiguió Doña Enriqueta--. Entre la gente de color se encuentran tipos de una inteligencia muy despierta. Las dos doncellas que yo tenía a mi servicio (porque mi papá quería que cada una de sus hijas tuviese dos doncellas) eran mulatas y no puede usted figurarse qué rara penetración la suya. En los ojos me adivinaban los pensamientos. Si observaban que tenía deseos de dormir, bajaban los _estores_ silenciosamente, me ponían un cojín debajo de la cabeza y comenzaban a darme aire con los abanicos; si venía de algún baile un poco agitada, en seguida notaban mi inquietud y a los pocos momentos me servían una tacita de tila con azahar; si comprendían que una visita me era molesta se presentaba una de ellas previniéndome que mi papá me hacía llamar, y de este modo me permitían salir de la habitación...
--¡Qué lástima!--exclamó Sixto Moro.
--¿Cómo lástima?--preguntó Doña Enriqueta.
--Sí; qué lástima y qué tristeza para aquellos señores el verse privados tan pronto de su presencia.
--Muchas gracias, es usted muy galante--replicó Doña Enriqueta, y prosiguió inmediatamente--. El cochero que yo tenía era cuarterón: un hombre muy notable; un verdadero talento. Ya quisieran aquí en Madrid el Duque de Osuna o el de Fernán Núñez tener un hombre parecido a su servicio. Jamás he sufrido un percance con él, y eso que mi tronco de caballos era de lo más vivo y rozagante que pudiera verse; como que lo había comprado mi papá en Nueva York a un banquero inglés que levantaba su casa y se marchaba a Italia, porque no le sentaba bien el clima de los Estados Unidos. En cambio, dos de mis hermanas han tenido más de un accidente con los suyos... Porque cada una de nosotras tenía su coche y su cochero. Mi papá no quería que hubiese disputas entre nosotras sobre las horas de paseo o de tiendas, y deseaba que cada cual pudiera salir con su doncella cuando quisiese sin verse obligada a esperar por las otras.
--¿Y cuántas eran ustedes, si la pregunta no es indiscreta?--dijo Moro.
--Éramos cuatro hermanas y un hermano. Éste era un calavera deshecho y no sólo tenía coche, sino varios caballos de silla; pero no hacía caso; en vez de usar el suyo se apoderaba de cualquiera de los nuestros, porque se complacía en hacernos rabiar. ¡Qué cabeza! Pero tenía mucho ángel, como aquí se dice: todo el mundo le quería en la Habana; nosotras mismas, a pesar de sus bromitas, le adorábamos. Verdad que era generoso y espléndido como nadie. Cuando nos había enfadado un poco más de lo ordinario, para ponernos contentas nos traía cualquier regalito, una sortija, un relojito de oro, unos peinecillos de concha...
Esta interesante descripción del carácter y costumbres de su único hermano fué interrumpida desgraciadamente por la aparición de un gato que llevaba en la boca un trozo de bacalao. Verlo Doña Enriqueta, exhalar un gemido lastimero, que nos hizo dar un salto, y lanzarse en su persecución fué todo uno.
Pero el gato no estaba en humor de dejarse atrapar y comenzó a saltar de un rincón a otro y por fin se escapó de nuevo a la cocina, que era el paraje mismo donde había perpetrado su crimen.
--Mamá, ¿qué le vas a hacer ya?--exclamó avergonzada Lolita.
--¿Qué le vas a hacer tú, estúpida, cuando te quedes sin cenar?--gritó enfurecida Doña Enriqueta, clavando en su hija una mirada iracunda.
--¡Mamá!--exclamaron a un tiempo las dos niñas.
Entonces Doña Enriqueta hizo un esfuerzo inverosímil sobre sí misma y recobró súbito toda su majestad.
--¡Pobrecito! Dejarle que se regale un poco esta noche... Después de todo no tiene la culpa él, sino yo, que me he olvidado de guardar el pescado.
--Lo mejor que podías hacer--manifestó Lolita, que continuaba ruborizada--es ir a guisarlo.
La mamá alzó la cabeza como hubiera hecho la reina Isabel de Inglaterra en su caso, dirigió una larga y seria mirada a su hija y, por fin, giró lentamente sobre sus talones y salió con dignidad por el foro.
Pocos minutos después se sintió el chirrido del aceite y llegó a nuestra nariz su ingrato olor peculiar.
Por razones de delicadeza que todo el mundo comprenderá, hubiera sido procedente que su familia le enviase uno de los seiscientos esclavos para guisar el bacalao.
Las niñas eran extremadamente simpáticas. Lolita, una linda morena de ojos vivos y picarescos, toda alegría y movilidad. Rosarito, morena también, pero del género sentimental, con grandes círculos azulados en torno de los ojos, lánguidos ademanes y aspecto un poco enfermizo. No era hermosa como su hermana, pero nadie con justicia pudiera llamarla fea.
Naturalmente, Bruno Mezquita, su primo Manolo y Pepito Albornoz cayeron a los pies de la primera, le rindieron pleitesía y le dedicaron una fervorosa adoración, que en Pepito Albornoz adquirió caracteres alarmantes. En el espacio de quince días perdió tres kilos de peso. Verdad que después ganó dos; pero inmediatamente perdió uno y así sucesivamente. Siendo cada vez mayores las salidas que las entradas llegó a fin de curso con la piel y algunas piltrafas.
Doña Encarnación estaba desesperada porque su mamá le había recomendado con lágrimas en los ojos el cuidado de su alimentación. ¿Qué iba a decir al verle llegar tan desnutrido? Pensaría que no le daba de comer más que lechugas. Doña Encarnación maldecía del momento en que había tenido la ocurrencia de presentarle en casa de las bordadoras.
Lolita gozaba recibiendo el incienso de sus devotos, tenía para cada uno una palabrita amable o una bromita salada, pero no acababa de entregar el corazón a ninguno, como un niño que se encuentra enfrente de tres pastelitos y no sabe por cuál optar. Hubiera preferido comerse los tres, claro está, pero comprendía que esto no era posible. Después que Sixto Moro y yo fuimos presentados, tal vez nos hubiera engullido también de buen grado a juzgar por las miradas rapaces que nos dirigía. Esto era más imposible aún, porque repito que Sixto y yo llevábamos ambos clavado en el corazón un dardo envenenado.
Bruno Mezquita, su primo y Albornoz no se sintieron regocijados con nuestra llegada: disimulaban su malestar difícilmente. Los tres pensaban que íbamos a competir con ellos en el corazón de Lolita. Pero el primero se sentía más molesto que los otros porque ejercía en aquellas alturas el monopolio del humorismo. No se hartaba Doña Encarnación de celebrar lo bien que se pasaba allá arriba con sus chistes y sus invenciones felices. Unas veces haciendo juegos de manos, otras con disfraces cómicos, otras narrándoles historias graciosas o haciéndoles reír con dichos agudos, tenía, al parecer, casi siempre en grata suspensión a la tertulia.
Así que aparecimos nosotros se encerró en una hosca reserva, donde se advertía el mal humor y la inquietud. Desde luego que esta actitud no era yo quien la provocaba, sino Sixto Moro, hacia el cual sentía un miedo vecino del terror.
Pasado largo rato sin que dejase advertir su presencia, Moro le clavó una mirada risueña.
--¿Qué es eso, Bruno; cómo no das suelta ya a ese raudal de chistes con que alegras esta tertulia todas las noches?
--Esperamos que tú sueltes el tuyo--respondió de malísimo talante Mezquita.
--Mi ingenio está pasado ya de puro viejo, pero el tuyo es una verdadera novedad, de la cual ni Jiménez ni yo teníamos la menor noticia. Venga, pues, alguna gracia para compensarnos del mucho tiempo que nos has estado privando de ellas.
Bruno Mezquita se enfurruñó todavía más y murmuró algunas frases impolíticas que Moro y yo hicimos ademán de no escuchar.
Rosarito, que era dulce y amable más que su hermana, atajó la disputa.
--Bruno es una persona muy agradable que se esfuerza en hacernos pasar bien un rato sin presunción alguna.
--Todos lo sabemos, señorita--replicó Moro inclinándose--; pero yo sé también por qué sale usted con tal solicitud a su defensa.
--¿Por qué?--dijo la niña ruborizándose.
--Porque la magnetiza.
--Sí que me magnetiza--manifestó Rosarito, ruborizándose todavía más--. ¿Y cómo sabe usted eso?
--Porque Bruno es un hombre excesivamente cargado de flúido y no puede menos.
IX
LOS AMORES DE MI AMIGO PASARÓN, BIBLIÓFILO
Cierto, Bruno Mezquita se dedicaba desde hacía algún tiempo a magnetizar a todos los adultos que se prestaban a ello.
El hipnotismo, recientemente importado del extranjero, se hallaba como novedad en plena boga. En todas les reuniones de la clase media, a falta de otros atractivos, los tertulios se hipnotizaban los unos a los otros; los jóvenes dormían a las jóvenes y hacían con ellas pruebas maravillosas; los maridos dormían a sus esposas y pretendían descubrir sus pensamientos más íntimos.
Era un entretenimiento agradable que a veces no resultaba perfectamente honesto.
Habíamos vuelto a los buenos tiempos del _mesmerismo_. Así que entrábamos en cualquier tertulia no era raro hallar a un joven magnetizador sentado enfrente de la niña de la casa o de cualquiera de sus amiguitas, las rodillas tocando con las rodillas, los ojos fijos sobre sus ojos, las manos sobre el epigastrio, haciendo pases y describiendo semicírculos con los dedos. Esta faena interesante, que provocaba gritos de admiración reprimidos, terminaba algunas veces en la Vicaría, otras, en el juzgado de guardia.
Digo que Bruno Mezquita, atacado de furor hipnótico, se empeñaba en dormir a cuantas personas estaban a su alcance. Había intentado dormir a su primo sin resultado alguno, después a Doña Encarnación, a Pepito Albornoz, a la criada y a mí mismo con idéntico éxito. La criada fué la única persona que pareció ceder un poco a la influencia de su mirada fascinadora. No era extraño, porque se levantaba demasiado temprano. Pero a las preguntas capciosas que Bruno le dirigía con voz insinuante y misteriosa sólo contestaba con ronquidos estridentes. Y no se pudo obtener de ella otra cosa.
Con Rosarito acaeció algo muy distinto. Esta joven, si no era histérica, tenía por lo menos un temperamento neurópata, como se adivinaba fácilmente por su aspecto, y fué un sujeto admirablemente adecuado para la experiencia hipnótica.
Bruno quiso volverse loco de alegría al poder realizar con ella los experimentos que había leído en los libros o había oído en la cátedra. Como hombre de ciencia, sabía a qué atenerse en lo referente al flúido magnético. Esta antigualla estaba desechada. Se conocían en la escuela de San Carlos los trabajos de Faria, de Braid y de otros, y el sueño hipnótico no se producía como el vulgo imaginaba arrojando puñados de flúido a los ojos, sino por la sugestión o por el cansancio de la vista.
Rosarito a los pocos días llegó a dormirse sólo con ponerle la mano sobre la frente y decirle en tono imperativo: «¡Duerma usted!» No solamente contestaba a las preguntas del hipnotizador, sino que obedecía a sus mandatos. Le ordenaba, por ejemplo, frotarse las manos, diciéndole: «No puede usted ya detenerse.» Y la pobre chica continuaba frotándolas sin tregua, a pesar de todos los esfuerzos de su voluntad. Ejecutaba con ella las sorprendentes sugestiones sobre el gusto y el olfato, tan conocidas en el mundo extracientífico, haciéndole morder una patata cruda con la misma delicia que si fuese un fragante albaricoque o dándole a beber agua por jerez. Llegó también a producir con ella durante el sueño hipnótico las aún más sorprendentes sugestiones visuales, verdaderas alucinaciones en que trocaba a las personas, hablando a su madre como si fuese Doña Encarnación o dirigiéndose a Albornoz como si fuese su hermana Lolita.
Pero lo que más nos sorprendía era que ejecutaba las órdenes del hipnotizador no sólo inmediatamente después de despertar, sino a distancia, esto es, uno o dos días después. Le decía Mezquita: «Mañana, a las doce, abrirá usted la ventana y sacará usted la mano fuera para cerciorarse si llueve.» Y en efecto, a la hora indicada y a presencia de nosotros, que la espiábamos desde nuestro comedor, Rosarito abría la ventana y extendía el brazo para ver si llovía, aunque no hubiese una nube en el firmamento.
Estos últimos experimentos hicieron surgir en la mente de Sixto Moro la idea de dar una broma a nuestro amigo Pasarón. Era el único de los huéspedes que no había subido aún a casa de las bordadoras. Se lo habíamos propuesto diferentes veces, pero siempre se negó a ello resueltamente, a mi entender no sólo porque esto podía distraerle de sus estudios incesantes, sino porque, como la mayoría de los sabios, era de una extremada timidez con las mujeres.
Ignoro cómo Moro se arregló para convencerle, pero el hecho fué que al cabo cedió a ser presentado. Designóse para tal ceremonia la noche de un sábado, pues alguna que otra vez, no siempre, Pasarón se autorizaba en estas noches apartarse algunos momentos de sus libros y dar una vueltecita por las calles.
Una vez fijado el día, Moro hizo que Bruno Mezquita durmiese a Rosarito y le ordenase lo siguiente: Cuando mañana sea presentado en esta casa nuestro amigo José Luis Pasarón, usted al verle entrar se levantará de la silla, se dirigirá a él, le tenderá la mano y le dirá: «Buenas noches, señor Pasarón. ¡Cuánto me alegro de ver a usted por aquí! Es usted el joven más guapo y más simpático de la casa.»
Aprovechamos un momento en que Doña Enriqueta se ocupaba en freír algo allá en la cocina para que Bruno durmiese a Rosarito y le intimase la orden. Lolita quiso protestar, pero la argüimos que era una inocente broma sin consecuencia alguna y la permitió, no sin haberle prometido descubrirla después al mismo Pasarón.
Subió éste por fin, con poquísima gana, al cuartito de las bordadoras. Veíamos claramente que necesitaba hacer un esfuerzo grande sobre sí mismo para vencer su imponderable timidez. Es seguro que en el fondo le halagaba la visita, porque asomadas a las ventanas y de refilón en los pasillos de la casa había tenido ocasión de ver aquellas lindas muchachas, y al fin era hombre y tenía pocos años; pero la idea de verse frente a frente de ellas le sobrecogía.
Moro y yo subimos con él. Ya estaban en la salita acompañando a las bordadoras y a su magnífica mamá nuestros amigos los Mezquita y Albornoz.
Cuando entramos yo clavé mis ojos en Rosarito, que se hallaba sentada al lado de su madre, y observé con viva curiosidad que se ponía fuertemente colorada. Después la vi agitarse en la silla, bajar la cabeza, levantarla, mirar con ojos extraviados a todas partes; por último, como movida por un resorte, alzóse del asiento, y tendiendo la mano al nuevo visitante repitió con voz alterada las palabras mencionadas.
Pasarón se puso aún más rojo que ella, lo que realmente parecía imposible, y balbució algunas palabras que no pudimos entender. Pero Doña Enriqueta se irguió como si la hubiesen pinchado, se puso en pie desplegando su majestuosa figura, que nos dominaba a todos, y sacudiendo a su hija por un brazo profirió con voz irritada.
--¡Cómo! ¿Qué palabras son esas? ¿Te parecen dignas de una joven bien educada? ¿Dónde está la modestia y el recato que te ha enseñado tu madre? Si mi papá te hubiera escuchado en este momento te hubiera enviado a la _Piñata_ lo menos por ocho días... Pida usted ahora mismo la bendición... ¡y a la cama!
Rosarito, en un estado de alteración indescriptible, cruzó los brazos sobre el pecho y pidiendo la bendición a su mamá, en la forma que al parecer usan los niños en Cuba, se retiró a la alcoba sollozando perdidamente.
Lolita, roja también y alterada, nos dirigió una mirada suplicante de angustia y se llevó el dedo a los labios implorando nuestro silencio. Se lo concedimos de buen grado porque comprendimos que la broma no era tan inocente como habíamos imaginado y podía traer consecuencias enfadosas. Doña Enriqueta se hallaba fuertemente excitada, y necesitó hacer un gran esfuerzo sobre sí misma para saludar a Pasarón. De todos modos lo hizo tan fríamente y en actitud tan altanera, que aquél, confuso y tembloroso, dirigía miradas ansiosas a la puerta mostrando vivos anhelos de emprender la fuga.
El embarazo de todos era grande. Moro, principal responsable de aquella escena, supo no obstante disiparlo al cabo iniciando una conversación indiferente que pronto, con sus habituales donaires, se convirtió en jocosa. Doña Enriqueta permaneció todavía algún tiempo silenciosa y enfoscada, sin querer tomar parte en ella. Pero Moro, como profundo psicólogo que era, logró, cuando menos se esperaba, desarrugarla por medio de una pregunta habilísima.
--Diga usted, Doña Enriqueta (y perdone si la pregunta es indiscreta), ¿la _Piñata_ es una prisión de la Habana?
La poderosa y alta señora, al escuchar tal disparate, se dignó sonreír levemente y respondió con graciosa condescendencia.
--No, querido, la _Piñata_ no es una prisión. La _Piñata_ era un ingenio de poca importancia, pues no trabajaban en él más de doscientos esclavos, que mi papá poseía bastante lejos de la Habana. Era el sitio donde acostumbraba a confinarnos cuando alguna de nosotras cometía alguna falta que mereciese castigo. Nos enviaba a allá con algunos criados y nos tenía varios días desterradas sin gozar de ninguna de las diversiones de la capital. Para nosotras era un castigo terrible, sobre todo cuando sucedía que por aquellos mismos días hubiese un baile en la Capitanía o en el palacio de los marqueses de la Reunión.
Por qué ocultos y silenciosos pasos, a partir de esta escena, se introdujo el amor en el alma erudita y bibliográfica de nuestro amigo Pasarón, es cosa que nunca podrá saberse. Fué un hecho averiguado pronto por todos nosotros, por nuestra patrona Doña Encarnación, por la misma Doña Enriqueta, cuya cabeza a larga distancia de la tierra parecía traspasar las mismas nubes y vivir solamente en relación con sus alcázares flotantes. Pero fué asimismo una sorpresa para todos.
Pasarón comenzó a subir a la buhardilla con notable regularidad, con la misma asiduidad que si allí existiese una biblioteca de veinte mil volúmenes y entre ellos algunos raros y preciosos. Y sin embargo, en aquel cuartito yo no había visto más libros que dos novelas sentimentales con la pasta deteriorada y las hojas grasientas. Si se forzase la cerradura de los cajones de la cómoda que existía en la alcoba de las niñas y la del viejo armario de Doña Enriqueta, seguro estoy de que no se encontraría tampoco ningún incunable, sino tal vez tres o cuatro devocionarios y la novena de Santa Rita de Casia.
No sólo ejecutaba estas maniobras, que contrastaban con sus antiguos hábitos de estudio y retiro, sino que ponía en práctica aun otras más insólitas entrando y saliendo infinitas veces en el comedor, desde cuyos balcones se veían las ventanas de las bordadoras y espiando a éstas por detrás de los visillos.
En suma, a los pocos días Pasarón había conquistado el corazón de Rosarito y ésta era señora absoluta del albedrío de Pasarón. Pocas veces se había visto unos novios más tiernos y acaramelados; pero pocas también más grotescos.
Pasarón, por completo ignorante de los artificios con que el amor se vela y de los usos consagrados por todos los novios que hasta ahora han sido en el mundo, se mostraba tan extravagante en sus pasos y ademanes, que nos hacía reír a carcajadas. Era ridículo como un salvaje del Africa del Sur, que para saludar a sus amigos se arroja al suelo y se palmotea las nalgas.
Si Pasarón a la vista de Rosarito no hacía otro tanto, poco le faltaba. Causaba risa, sin duda, pero compasión también ver a aquel joven de tan superior inteligencia colocado en tan ridículas actitudes. Aunque si bien se hurgase en el fondo de nuestra alma quizá se hallasen huellas de cierta malévola alegría. Porque en el fondo de casi todos, sino de todos los seres humanos, se alza un grito más o menos clamoroso contra la superioridad ajena y nos place verla humillada.
Era cosa divertida contemplar a nuestro sabio amigo departiendo en un rincón con Rosarito. Aquellos vivos colores que habían nacido en las mejillas de ambos en el punto en que se conocieron allí habían quedado fijos. Lo único que hacían era cambiar un poco de intensidad, pero siempre compensándose. Unas veces eran las mejillas de Rosarito donde el rojo se ostentaba más brillante, otras eran las de Pasarón.