Años de juventud del doctor Angélico

Part 6

Chapter 63,944 wordsPublic domain

No hacía más que dormir en casa. Almorzaba, según nuestras noticias, en un Círculo de la calle de Alcalá y a la hora del crepúsculo venía a casa, se vestía de etiqueta y salía después a comer en alguna de las muchas residencias aristocráticas que frecuentaba. Cuando le tropezaba casualmente en el corredor o en la sala me hacía un reverente saludo, al cual yo correspondía con idéntica ceremonia. Lo mismo efectuaba con todos nuestros compañeros. Su actitud no podía ser más correcta, pero tampoco más fría.

Pues esta corrección y frialdad era precisamente lo que escocía a los huéspedes de Doña Encarnación. Sospechaban, no sin fundamento, que aquel joven aristócrata se consideraba por encima de nosotros en la escala de los seres vivos, y que si en los órganos externos y visibles parecíamos todos iguales, existía realmente entre su naturaleza y la nuestra un abismo infranqueable. Particularmente los primos Mezquita le habían dedicado un odio africano, como africanos que eran en cierto grado, odio que crecía todos los días al observar las muestras de acatamiento que nuestra patrona Doña Encarnación le prodigaba. Porque si nosotros no estábamos absolutamente ciertos de que Jáuregui estableciese teóricamente una diferencia radical entre su organismo y el nuestro, a nadie ofrecía duda que prácticamente Doña Encarnación la instituía.

Por eso cada vez que se hablaba del _calatravo_ (así se le conocía entre nosotros), los primos Mezquita sonreían con amargura y rechinaban los dientes.

He aquí que un día, al abrir la puerta del gabinete para salir por la sala, como lo hiciese sin ruido acerté a presenciar un espectáculo que me llenó de confusión. El caballero Jáuregui se hallaba en pie frente al espejo ejecutando una serie de movimientos desordenados, de gestos convulsivos que me pusieron en suspensión y espanto. Tenía el sombrero en una mano y lo agitaba frenéticamente y sacudía al mismo tiempo la cabeza con extraño furor, clavando una mirada de extravío sobre su propia imagen pintada en el cristal.

Me detuve un instante estupefacto. No sabía qué hacer; si llamarle la atención, ya que él no me veía, o dar la vuelta y meterme otra vez en el gabinete. Opté por esto último y con rápido ademán cerré la puerta; pero no pude llevarlo a cabo de tal manera que no hiciese algún ruido.

Me dejé caer sobre el sofá y me puse a pensar, no sin inquietud, que mi vecino se había vuelto loco o estaba en camino de volverse. ¿Qué era aquello? ¿Qué significaban tan grotescas maniobras?

No tuve tiempo a hacerme muchas más reflexiones. En aquel momento llamaron suavemente a la puerta.

--¡Adelante!--dije con no poca zozobra, por no dudar un punto de quién era el que llamaba.

Se abrió la puerta. Apareció Jáuregui. Su rostro, ordinariamente pálido, estaba ahora teñido de carmín. Yo me puse al verle más colorado aún que él.

--Perdone usted... Me creo obligado a darle algunas excusas por la situación extravagante en que hace un momento me ha encontrado...

Yo levanté el brazo con un gesto que sin duda aspiraba a significar que aquella situación era, a mi juicio, la más natural del mundo.

--Sí, sí, muy extravagante--prosiguió él sin prestar asentimiento a aquel gesto--. Todo depende de una enfermedad nerviosa que desde hace tiempo padezco y que me obliga a menudo a ejecutar movimientos involuntarios.

Fingí de palabra, como lo había hecho con el gesto, no dar importancia alguna a tales movimientos y haberlos visto sin sorpresa. Luego le expresé mi sentimiento por su dolencia y el deseo de verle pronto restablecido.

Le invité a sentarse. Cedió gustoso y comenzamos a departir amigablemente. Pocos minutos después todas mis prevenciones desfavorables, las prevenciones que me habían infundido mis compañeros, se habían desvanecido por completo. Aquel joven era un dechado de cortesía, de franqueza y cordialidad. Ni sombra del orgullo que le habíamos supuesto. Me habló de la vida cortesana y de sus amistades en un tono de modestia e indiferencia que dejaba suponer que se hallaba lejos de conceder extremada importancia a los timbres de nobleza y a las prerrogativas sociales. Se enteró con visible interés de mi vida y mis estudios y me hizo amables preguntas también sobre mis compañeros. Nos despedimos y nos apretamos la mano como verdaderos amigos.

Cuando di cuenta de esta conversación (aunque ocultando su origen) a mis compañeros y les expresé el juicio favorable que nuestro vecino me había merecido, recibieron mis declaraciones con duda y hostilidad. Sin embargo, poco a poco se fueron rindiendo a ellas, y aunque no logré por entonces que se le mostrasen propicios, su ojeriza mermó notablemente.

Mis relaciones con Jáuregui se fueron estrechando. Al principio hablábamos solamente cuando por casualidad nos tropezábamos en la sala o en el pasillo. Después nos fuimos buscando. Me invitó a pasar a su gabinete. Quedé asombrado de la elegancia con que estaba amueblado. Pronto averigüé que ninguno de aquellos preciosos artefactos, ni siquiera el lecho, pertenecían a Doña Encarnación: todo estaba comprado por él. Y a pesar de eso, por lo que pude colegir, pagaba casi tanto por su habitación como yo por la pensión completa. Razón tenía, pues, nuestra huéspeda para mostrarse con él tan reverente.

Jáuregui, aunque haciendo una vida cortesana de placer, era más culto de lo que yo había supuesto. Pero no pude menos de observar en seguida que su cultura se reducía casi enteramente a un ramo, el ramo más extraviado de la ciencia, el que se refiere a la magia y al ocultismo.

--¡Cómo! ¿llama usted ciencia a la magia?--me preguntará cualquiera inmediatamente. No soy yo quien así la llama sino sus adeptos modernos. Actualmente todo tiende a convertirse en ciencia y lo maravilloso reviste apariencia científica. Tiene sus libros, sus Revistas, sus Sociedades sabias y Congresos. Los augures y profetas no visten ya la túnica de estrellas, sino la levita del profesor.

De todos modos Jáuregui poseía una copiosa colección de libros ocultistas que guardaba en un armario de caoba destinado al efecto. Me la mostró con cierto orgullo y de una en otra vino a confesarme que él era un entusiasta espiritista, que había leído y meditado mucho sobre este asunto y que en un viaje que había realizado a París hubo de ponerse en relación con los partidarios más conspicuos de esta teoría y asistió a algunas de sus sesiones prácticas.

¡Cosas sorprendentes, milagrosas, había logrado presenciar! Bajo la influencia del espíritu de Copérnico, había visto escribir páginas brillantes sobre astronomía a un sujeto que ignoraba por completo esta ciencia, y, guiado por el de Abelardo, otro había dibujado la espléndida casa que este filósofo posee en el planeta Venus, donde vive en compañía de Eloísa.

Además, había hablado con adivinos, luciferanos, quirománticos; había presenciado casos milagrosos de materialización de fantasmas; no sólo materialización de manos y brazos aislados que flotaban en el aire y cuyo contacto sintió en el rostro, sino verdaderos fantasmas de sujetos fallecidos hacía mucho tiempo, apariciones increíbles de dos o tres personas al mismo tiempo que marchaban por la sala vestidas con túnicas blancas, mostraban sus brazos desnudos y daban apretones de manos a los circunstantes. Había visto a un famoso _medium_ traer repentinamente a sus manos pájaros y flores de climas apartados, mover los objetos sin contacto, levantar las cortinas y trasladar los muebles; había visto tomar fotografías de los objetos pensados y casos estupendos de transmisión del pensamiento.

Era de noche, a las altas horas de la noche, cuando Jáuregui me contó estas increíbles maravillas. Confieso que me sentí impresionado y aun puedo añadir un poco inquieto y medroso. Aquel joven tan pálido, de ojos tan grandes y negros, narrándome conmovido y con voz temblorosa tales espantos era cosa realmente para aterrar a cualquiera.

--Y usted por sí mismo, ¿no se ha puesto jamás en relación con algún espíritu?--me atreví a preguntarle.

Jáuregui vaciló un instante y balbució algunas palabras de excusa. Después, súbitamente resuelto, me declaró con toda franqueza que hacía ya mucho tiempo que se hallaba en estrecha comunicación con el mundo de los espíritus. Había tenido un trato muy íntimo con Napoleón, Felipe II y Pedro el Grande de Rusia, si bien hacía tiempo que no hablaba con ellos por negligencia; pero así que los evocaba, inmediatamente acudían a responderle. Yo no pude menos de hacerle observar la gran diferencia que existía entre el mundo de los espíritus encarnados y el de los desencarnados; porque era bien seguro que aquellos señores, en vida, no se hubieran dignado concederle una audiencia, cuanto más acudir a las suyas.

--Cierto, cierto--manifestó Jáuregui gravemente.

--Además, prueba que en el otro mundo los reyes y emperadores andan muy desocupados cuando pueden venir a conferenciar con cualquiera que les llame en éste.

--Exacto--volvió a murmurar Jáuregui.

Sin embargo, a pesar de tan sorprendentes prerrogativas, no estaba satisfecho. Jamás había logrado materializar a un espíritu y esto le tenía desalentado y triste. Desde hacía largo tiempo apenas se comunicaba con otros que con el de Sócrates y el de su novia, una novia que se le había muerto tísica hacía dos años. A estos dos espíritus les había hecho los consultores y guías de su existencia. Con ellos conferenciaba todos los días por medio de un veladorcito rotativo con abecedario parecido a una ruleta donde una aguja movida por impulso inconsciente de sus dedos señalaba las respuestas. Esta mesita giratoria la guardaba misteriosamente en su armario y me la mostró con gesto solemne.

También me hizo ver unos cuadernos donde se ejercitaba en la escritura automática escribiendo con los ojos cerrados bajo el soplo de la inspiración. Tenía asimismo un diccionario con el cual se consultaba: fijaba de antemano con el pensamiento la columna y la línea en que había de hallar la respuesta, abriéndolo después al azar por medio de una plegadera. Me narró casos sorprendentes. En cierta ocasión, escribiendo automáticamente, estampó más de cien veces una sola palabra, la palabra veneno. Aquella misma tarde se envenenó con una gaseosa. Otra vez abrió el diccionario para averiguar la enfermedad que padecía una de sus parientas y se encontró con la palabra _vapor_, que nada significaba. Pocos días después, no obstante, el médico diagnosticó que lo que aquella señora padecía eran _vapores_.

Naturalmente, con tales maravillas Jáuregui se hallaba absolutamente persuadido de la verdad de la teoría espiritista que para él era una verdadera religión. Pero, sobre todo, estaba entusiasmado con la acertada dirección que Sócrates imprimía a la conducta de su vida y la manera airosa con que le sacaba de todos los atolladeros que en ella se le presentaban.

--Claro está--hube de manifestarle--; como que Sócrates está reputado lo mismo en la antigüedad que en la edad moderna por el hombre más juicioso que ha existido. Y en verdad que es caso asombroso y digno de toda alabanza el que un filósofo tan glorioso venga a departir amablemente con una persona cuyos méritos no desconozco, pero que no ha alcanzado celebridad en el mundo.

--¿No es cierto?--exclamó Jáuregui con los ojos brillantes de triunfo y alegría--. Pues casi todos los días se está dos horas lo menos conmigo. Por cierto--añadió bajando la voz y sonriendo--que la otra noche nos ocurrió un lance singular y bastante cómico. Verá usted. Nos hallábamos charlando hacía un rato largo y yo le consultaba sobre ciertas materias delicadas, cuando de pronto, ¡zas!, oigo un chasquido en el aire. Quiero continuar mi conferencia, pero Sócrates no responde. Le llamo repetidas veces, y nada. Al día siguiente, cuando acudió a mi llamamiento me confesó que su mujer Jantipa le había sorprendido en conversación conmigo y le había dado una bofetada.

--¡Una bofetada!--exclamé en el colmo del asombro--. ¿No decía usted que jamás había logrado obtener una materialización? Pues ahí la tiene usted... Porque me parece que una bofetada es algo bien material.

--¡Sí, pero no la he visto!--exclamó con aflicción.

--Eso acontece casi siempre con las bofetadas: se las oye, se las siente... pero no se las ve venir.

Después de esta conferencia tuvimos otras varias y entramos en gran intimidad. Casi todas las noches, cuando ya la gente de la casa reposaba, me hacía pasar a su gabinete y charlábamos un rato más o menos largo. Al cabo me propuso que nos tuteásemos, a lo cual, como es de suponer, cedí con el mayor gusto.

En realidad, aquel joven aristócrata, con su erguida cabeza y su imponente cruz de Calatrava, era lo que suele llamarse _un infeliz_. Yo llegué pronto a cobrarle afecto, pero no logré que mis otros compañeros le concediesen su simpatía. Verdad que Jáuregui seguía mostrándose con ellos tan frío y ceremonioso como antes y sólo conmigo abandonaba su empaque.

Pues después que yo me iba a la cama, porque debía madrugar, todavía él, que no estaba obligado a hacerlo y podía dormir a su sabor la mañana, solía quedarse largo tiempo en conferencia con los espíritus.

Una noche, cuando me hallaba sumido ya en el más profundo sueño, oigo llamar a mi puerta con fuertes golpes.

--¿Quién va?--pregunté, incorporándome despavorido.

--¡Jiménez! ¡Jiménez!

Era la voz de Jáuregui.

--Entra. ¿Qué ocurre?

Jáuregui se presentó en mi alcoba con la palmatoria en la mano, tembloroso, el rostro descompuesto, los cabellos erizados.

--Pero ¿qué pasa?--exclamé yo, asustado también.

--¡Una cosa horrible!

Y colocó la palmatoria sobre mi mesa de noche y se dejó caer sobre una silla sin acertar a articular más palabras. Yo llené un vaso de agua, que tenía al alcance de mi mano, y se lo di a beber. Se calmó un poco y profirió velozmente:

--He logrado materializar a mi novia.

--¡Anda!--exclamé yo súbitamente tranquilizado--. ¿Y por eso te asustas? Pues, al contrario, debías estar muy satisfecho.

--Es que... ¡es que tú no sabes!... Se me presentó en una forma espantosa, envuelta en un sudario blanco, los cabellos sueltos, el rostro amarillo, los ojos inflamados...

--No tiene nada de particular, porque la has cogido desprevenida y no ha tenido tiempo a arreglarse... Pero ya verás más adelante cómo se te presentará en traje más adecuado.

Me dirigió una mirada recelosa. Yo permanecí serio. Al fin se tranquilizó por completo.

Pocos momentos después se alzó de la silla y se retiró, pidiéndome perdón por haberme despertado de tan dramática manera. Me volví del otro lado y no tardé muchos segundos en quedar de nuevo profundamente dormido.

VIII

LOS ÁNGELES DE LA BUHARDILLA

Acaeció que en los últimos meses del curso académico vino a instalarse en el cuarto cuarto de aquella misma casa una modesta familia compuesta de una mamá, dos niñas ya casaderas y un chico de catorce o quince años. Bien modesta necesitaba ser, porque aquel cuarto cuarto, si se le despojase de su tarjeta de visita, se llamaría sencillamente buhardilla.

No tenía vistas a la calle, sino tan sólo tres ventanas al patio, enfrente y un poco más altas que las de nuestras habitaciones interiores. En estas habitaciones alojaban Moro y los primos Mezquita. Así que éstos se dieron cuenta de la llegada de aquellas jóvenes, se sintieron cada día más y más apegados a la vida sedentaria. Y comenzó el imprescindible tiroteo de miraditas, señas y sonrisas. Las niñas eran lindas y trabajaban la mayor parte del día arrimadas a una de las ventanas. Y los primos Mezquita, acometidos súbitamente de un ansia irresistible de saber, estudiaban casi las mismas horas pegados a la suya.

Pronto supimos todos en la casa que una de las niñas, la más bella y pizpireta, se llamaba Lolita; la otra, Rosarito; el chico, Perico, y la mamá, Doña Enriqueta. Era ésta viuda de un comandante de infantería fallecido hacía ya algunos años y se sostenía con la módica pensión que le quedara y con el trabajo de sus hijas. Las dos eran bordadoras, ocupación mal recompensada como todos saben. Para ganar lo indispensable, nada más que lo indispensable, necesitaban las pobrecitas aplicarse duramente todas las horas del día y quizá también algunas de la noche.

Doña Encarnación, nuestra patrona, no tardó en hacer conocimiento con ellas. Se hallaron primero en la escalera. Doña Encarnación era exageradamente comunicativa. Subió después a su cuarto; bajó doña Enriqueta al nuestro; por último, las bellas ninfas, sus hijas, también se dignaron descender envueltas, como diosas que eran, en una espesa nube que las ocultó a nuestras miradas profanas. Acaso no sería la nube. Acaso aprovecharan astutamente el momento en que todos los huéspedes nos hallásemos en la calle. De todos modos, el hecho fué que no logramos verlas. En otras de sus apariciones celestiales sucedió lo mismo.

Los primos Mezquita se torcían las manos, se mesaban los cabellos, se dejaban caer desfallecidos sobre las sillas, pensaban vagamente en el suicidio cuando al llegar a casa adquirían conocimiento de tan sublime epifanía. Aspiraban después con delicia el aire embalsamado por las bellas y tocaban con respeto los objetos donde ellas habían puesto sus torneadas manos.

Doña Encarnación, sonriente, implacable, coadyuvaba a su desesperación relatando minuciosamente los incidentes de la aparición: cómo se habían presentado, si peinadas o con el cabello suelto, los lindos pies calzados o solamente con babuchas, qué palabras habían pronunciado, qué risas divinas habían fluído de sus rosados labios. Doña Encarnación gozaba cruelmente como una divinidad infernal con la aflicción de sus huéspedes.

El cerebro del hombre apretado por las circunstancias puede engendrar ideas muy fecundas. La que brotó de la mente de uno de los Mezquita en esta ocasión fué maravillosa. Nada menos se le ocurrió que despedirse en voz alta de Doña Encarnación cada vez que salía a la calle, dejar la puerta entornada, volverse desde la escalera, penetrar de nuevo en la casa y encerrarse traidora y solapadamente en su cuarto espiando como un sátiro la entrada en escena de las ninfas de la buhardilla.

Repetida esta maniobra diferentes veces, al fin aquéllas cayeron en el lazo. Se hallaban en el comedor holgándose alegremente en compañía de Doña Encarnación, narrando los dulces incidentes de su vida poética, inmarcesible, engullendo al mismo tiempo algunas galletitas con que aquélla las obsequiaba, cuando aparece repentinamente por la puerta Bruno Mezquita. El impostor tuvo la audacia de fingirse sorprendido, de balbucir algunas frases de excusa y hasta de intentar retirarse. Pero no lo hizo, ¡ya lo creo que no lo hizo! Venía solamente a participar a Doña Encarnación que se le había caído un botón del chaleco y a suplicarle que tuviese la amabilidad de pegárselo.

¡Un botón! ¡Qué pretexto ridículo y prosaico! Sin embargo, aquellas preciosas niñas se ruborizaron como si entrase cantando una trova de amor. Y después de todo, aquel botón, bajo su sórdida apariencia, no era otra cosa que un madrigal. El que no lo reconozca así no dará pruebas de gran perspicacia.

Doña Encarnación salió en busca de los enseres necesarios para realizar la operación que se le encomendaba. Bruno Mezquita quedó solo unos instantes con aquellas ninfas, y si no las abrazó y las besó y las arrastró por la fuerza al paraje más sombrío del bosque como un sátiro que era, no fué porque le faltasen deseos de hacerlo.

Llegó Doña Encarnación al punto de impedirlo. Traía en la mano la aguja y la hebra de seda; pero en el momento de colocar el botón en su sitio observó con disgusto que le faltaban las gafas. Trató de ir a buscarlas, pero Lolita, la primera y más bella de las dos divinidades, se ofreció con graciosa condescendencia a pegar el botón con sus manos inmaculadas.

Entonces le tocó al primo Mezquita ruborizarse. Lo hizo como si fuese un tierno colegial y no un sátiro empedernido. El botón quedó pegado al instante con perfección inimaginable. Bruno Mezquita se hubiera arrancado de cuajo todos los que tenía en su ropa, a riesgo de quedar desnudo, por sentir tan cerca de sí más tiempo las manos de la deidad.

Aunque es fuerza confesar que existen en el mundo seres tan egoístas que no agradecen o agradecen débilmente los servicios que se les presta, no fué este el caso del primo Mezquita. Al contrario, dió las gracias de un modo tan apasionado y vehemente, que todo su cuerpo se retorció al hacerlo como si repentinamente hubiera caído en un ataque epiléptico. Doña Encarnación no pudo menos de preguntarse con inquietud si su huésped iba a experimentar la dislocación de alguno de sus miembros más importantes.

Al fin quedó asegurada con gusto de que esta seria calamidad no se efectuaría. Bruno se calmó, y después de dar algunas docenas más de gracias anunció su intento de subir a la mansión cerúlea de su bienhechora para ponerse a los pies de la autora de sus días, en el caso de que ésta consintiera en recibir la visita de un mortal tan desprovisto de mérito. Lolita manifestó que su mamá era toda afabilidad, toda benevolencia, y, por lo tanto, acogería la visita con el mayor agrado.

La visita se efectuó al día siguiente. Bruno Mezquita nos lo hizo saber por la noche a la hora de la cena y nos hizo su relación con exasperante prolijidad. Exasperante para su primo Manuel, que empalideció de envidia. En cuanto al pequeño Albornoz, que secretamente alimentaba ya una pasión incurable por Lolita, quedó anonadado.

Por espacio de algunos días el más anciano de los Mezquita tronó y relampagueó solo en lo alto de la buhardilla sin que nadie osara hacerle la competencia. Poco tiempo le bastó para adquirir gran confianza en aquella región luciente. Iba y venía con pasmosa frecuencia llevando y trayendo recaditos para Doña Encarnación, subiendo unas veces periódicos de modas, bajando otras algún dibujo de bordado, un pañuelo olvidado, una novela prestada, etc. Doña Encarnación enviaba por su conducto de vez en cuando a aquellos ángeles algunas almendras y galletas que cercenaba de nuestro postre y hasta hubo sospechas de que en una ocasión no tuvo reparo en hacer cargar a Bruno con una fuente de arroz con leche. Pero tal extremo nunca se pudo esclarecer por completo; aunque Pepito Albornoz lo daba por seguro y lo contaba con una sonrisa amarga que revelaba su despecho.

Todo tiene su fin en este mundo. Aquella odiosa dictadura terminó cuando Manolo Mezquita, guareciéndose bajo el manto protector de Doña Encarnación, que gustaba de extenderlo sobre todos los desesperados, se hizo presentar en la morada gloriosa a la imponente divinidad que la regía.

Doña Enriqueta acogió con benignidad los homenajes del nuevo devoto, como no tardó en hacérnoslo saber el mismo interesado. Pepito Albornoz, que ardía en ansias de obtener el mismo honor, alentado por estos precedentes, no tardó mucho en conseguirlo, merced igualmente a la graciosa intervención de nuestra patrona. Por último, ésta, en un rapto de su inagotable caridad, encarándose con Sixto Moro y conmigo, nos dijo:

--¿Qué es eso? ¿No quieren ustedes que les presente en casa de mis amiguitas como a estos señores?

Sixto Moro y yo nos miramos y en los labios de uno y otro se esbozó la misma sonrisa. Porque admirábamos la belleza de aquellas niñas, sobre todo la de Lolita, que era en realidad quien lo merecía, mas sus gracias no habían logrado causar un efecto mortífero en nuestro corazón. Sixto Moro tenía el suyo prisionero en otra parte, y el mío yacía también por los mismos parajes maltrecho y ensangrentado.

Nos mostramos, sin embargo, agradecidos, dimos nuestro asentimiento, y, en efecto, a la noche siguiente fuimos presentados en el casto asilo de las bordadoras con toda la solemnidad que el caso requería.

Era un verdadero nido de golondrinas, una casa de muñecas. Se componía de una salita de regulares dimensiones, dos alcobas para la mamá y las niñas, un comedorcito, en él un pequeño agujero para el chiquillo, y una cocina.