Años de juventud del doctor Angélico
Part 21
--Sí lo sé, Natalia mía... ¡lo sé demasiado bien! En cambio, tú ignoras que yo soy mucho más desgraciado que tú; ignoras que mi corazón no late en este mundo por nadie ni por nada más que para ti y que la tristeza de tu alma se propaga a la mía y aquí se ensancha y crece como una bola de nieve que rueda al abismo. Es necesario terminar. Quiero romper esta malla de acero que nos oprime; quiero salir de las tinieblas y volver a la luz. Estás enferma; pero, aunque te obstines en creerlo, tu enfermedad no radica solamente en el espíritu. Nuestras ideas tienen, en efecto, un poder indiscutible sobre nuestro cuerpo, pero nuestro cuerpo envenena también a menudo nuestras ideas. El tuyo se ha debilitado. Cuando otra vez se fortalezca, cuando otra vez una sangre rica y generosa corra por tus venas, entonces esos negros fantasmas que te cercan se desvanecerán como la bruma de la noche a los primeros rayos del sol y la alegría volverá a reinar en tu alma, esa alegría pura, infantil, por donde me he asomado siempre a la transparencia de tu alma. Terminemos de una vez. Huyamos, Natalia, huyamos de estos sitios, de este horizonte donde se espesan las nubes y busquemos otro cielo diáfano, una isla donde puedas olvidar la tormenta pasada. Yo renuncio a mi porvenir, renuncio a mi ambición y a mi trabajo. Tengo el suficiente dinero para vivir tres o cuatro años sin privarnos de ninguna de las comodidades que ahora disfrutamos. Después, Dios me abrirá de nuevo camino.
--No, Sixto mío, tú no puedes renunciar al porvenir de gloria que se alza delante de tus ojos por una pobre mujer a quien imágenes y sueños siniestros enloquecen. Eres grande ya como muy pocos, cabalgas sobre la muchedumbre y nadie duda que serás su amo y la guiarás hacia el norte o hacia el sur, donde te plazca; los próceres se inclinan ya a tu paso, el pueblo te aclama como su redentor y una atmósfera de amor y de respeto envuelve tu persona y la defiende contra las asechanzas de la envidia. No. Sixto mío, yo quisiera ser alfombra para tus pies, no cadena. Sigue tu camino glorioso y deja que esta pobre mujer se extinga tristemente como ha vivido hasta que tú le tendiste una mano generosa.
--¿Es que no sabes, Natalia, que tu muerte sería la mía? ¿Aun no he podido persuadirte de que mi destino se halla unido a tu felicidad y que si ésta perece mis ilusiones y mi existencia misma se irían a pique?
Un rayo de alegría brilló en los ojos de Natalia.
--Pero tienes una hija para la cual debes vivir.
--Mi hija necesita aun más de ti que de mí... No hablemos de morir, Natalia; la flor de la juventud todavía no se ha marchitado en tus mejillas; yo siento en mi corazón hervir la savia de la vida; ninguna herida mortal llevamos en el pecho. Las ideas son humo y se disipan con un soplo. Si tú no puedes combatirlas y vencerlas, yo te las arrancaré a viva fuerza. Mañana mismo huiremos de España y a las pocas horas nuevos paisajes se desarrollarán delante de tus ojos y en tus oídos sonará otro idioma diferente que te hará olvidar estos sitios para ti aborrecidos.
--¡Oh, no sabes el bien que me haces con tus palabras! Cuando te escucho me siento revivir como un pobre pez sacado del agua y vuelto a ella a los pocos minutos. Tú eres mi escudo, tú eres mi defensa, no sólo contra el mundo, sino contra mí misma... Pero ese sacrificio que intentas hacer por mí, lejos de dar la calma a mi corazón, traería sobre él nuevas tristezas...
Moro insistió con todas sus fuerzas; ella resistió con igual obstinación; hablaron, discutieron mucho aquella noche. Al fin vino una transacción: convinieron en que no se expatriarían, sino que saldrían de Madrid para las montañas del Norte, donde esperaban que con una vida absolutamente campestre y una alimentación más sencilla se calmaría la excitación nerviosa de Natalia. Moro iría con ella, la instalaría y no la dejaría en tanto que no la viese aliviada.
Justamente hacía pocos días que Moro había ganado un pleito de enorme importancia a cierto marqués que poseía un viejo palacio en plena montaña próximo a la villa de R..., en la provincia de Santander. Moro se lo pidió en alquiler: el marqués se lo cedió gratuitamente; aquella misma tarde, hechos apresuradamente los preparativos de viaje, salieron de Madrid llevando consigo a su niña, la cocinera y una doncella.
El palacio montañés era una antigua casa solariega de piedra amarillenta y carcomida, situada en el paraje más bello y pintoresco que puede imaginarse. Ocupaba la parte más elevada de una pequeña aldea de quince o veinte vecinos, a tres kilómetros de la villa de R... en el corazón mismo de la sierra que separa la provincia de Santander de las llanuras de Castilla. La planta baja estaba habitada por un casero que llevaba en arrendamiento las tierras y praderas que la circundaban; el piso alto, reservado para el marqués cuando viniese, que no venía nunca; era un viejo solterón enamorado de la vida placentera de Madrid; sólo en su juventud iba alguna vez a cazar por aquellos sitios.
Como Sixto pudo cerciorarse inmediatamente, no ofrecía comodidad alguna: los muebles eran viejos, los pisos estaban deteriorados, las paredes con grietas, las puertas no encajaban, algunos cristales rotos y todos polvorientos y sucios.
Sin embargo, por caso extraño, Natalia encontró todo aquello agradable desde el primer día y comenzó alegremente a dar disposiciones para el arreglo y a tomar ella misma en él parte activa. Y cuando a la mañana siguiente de llegar se asomó al viejo corredor de madera y derramó su vista por aquel grandioso panorama, una emoción profunda se pintó en su rostro. Permaneció inmóvil en muda admiración largo rato dejando que la hermosura de aquella naturaleza incomparable entrase como una ola en su alma y la refrescase. No mucho tiempo después, percibiendo en el patio un pozo, se fué a él y comenzó a sacar agua tirando de la cuerda con tanto ahinco, que sus mejillas se tiñeron al instante de carmín. Cuando levantó sus ojos a Sixto, expresaban tan pura, inocente felicidad, que éste sintió dilatarse su corazón y no pudo menos de decirse: «Hemos acertado; aquí se curará.»
Fueron a Santander; trajeron de allí ropa y algunos objetos indispensables, no muchos, porque Natalia se obstinaba en vivir de la manera más rústica posible; se pasearon algunos días por los contornos admirando aquellos encantados lugares. Era un anfiteatro de montañas cuyas crestas aún se hallaban nevadas; algunos pueblecillos aparecían como colgados en los repliegues de ellas, medio ocultos entre el follaje de robles y castaños; torrentes espumosos, praderas esmaltadas de florecillas blancas y amarillas, ganados pastando sobre ellas, cencerreo de esquilas, balidos de ovejas, mugidos de vacas; todo este conjunto pastoril tenía hechizada a Natalia.
--Mira, puedes irte cuando quieras--dijo a Sixto a los tres o cuatro días--. Estoy curada por completo.
--¿De modo que pasarás aquí el verano sin inconveniente?
--¡Y toda la vida!
Moro soltó una carcajada.
--Bien, pues, te vestirás de pastorcita, te compraré un rebaño de ovejas, te regalaré un cayado adornado con lazos; yo me calzaré las abarcas, compraré algunos bueyes, aprenderé a tocar la flauta y representaremos aquí una vez más el idilio de Dafnis y Cloe.
--No, tú tienes que trabajar mucho en aquellas tierras tristes, pobrecito, para que comamos nosotras. Me contento con que vengas a vernos cada mes y nosotras te daremos de una vez todos los besos que debiéramos darte en los treinta días que has estado ausente.
En efecto, Moro se fué a los ocho días después de haberlas dejado instaladas lo más cómodamente posible; marchó loco de alegría prometiendo escribir todos los días y haciendo prometer a Natalia lo mismo.
Ésta revivía en aquella atmósfera saludable, se entregaba a todas las ocupaciones de una perfecta aldeana. Trabó relación estrecha con los caseros del marqués y éstos le proporcionaron los medios de hacer la vida rústica que tanto apetecía. Lavaba la ropa en los arroyos y se descalzaba para llevar a cabo esta tarea, aprendió a amasar la harina y a cocer el pan, corría por los alrededores rebuscando leña para el fuego, apacentaba el ganado con las hijas del colono, y hasta se empeñó en que éstas le enseñasen a ordeñar las vacas. ¡Cuán dichosa fué en aquellos días!
Delante de la casa y cercada por una vieja pared deteriorada había una gran corraliza donde la pequeña Natalia, o Lalita como todos la llamaban, correteaba con los niños del colono, que eran muchos. Natalia se complacía en darles de merendar, en fabricar para ellos golosinas y en hacerlas traer de R... Allí se reunían no sólo los chicos de la casa, sino casi todos los de la aldea y Natalia jugaba con ellos como si hubiera vuelto a los catorce años. Y en realidad su espíritu jamás había pasado de esta edad, aunque las penas la hubiesen envejecido. Volvieron a sonar aquellas frescas carcajadas, volvieron los mimos y los caprichos infantiles, volvieron aquellas fugaces y graciosas cóleras que tanto hacían reír a Sixto. Alguna vez le decía besándola paternalmente en la frente: «Niña te he conocido, niña eres y niña morirás aunque llegues a los noventa años.»
Un día, veinte después de la partida de Moro, a Natalia, que sólo paseaba por los alrededores en compañía de su niña, se le ocurrió hacer una excursión más larga: quería ir hasta una aldehuela que se veía allá a lo lejos como un nido de palomas posado en la falda de la montaña. Le dijeron que estaba más lejos de lo que parecía, que era necesario caminar muchas vueltas y que se fatigaría seguramente. No quiso atender a ningún reparo; se vistió una falda corta de alpinista, se puso unas botas fuertes y altas, tomó un cayado y después de almorzar se lanzó alegremente a su caprichosa excursión dejando bien recomendada a su hija, no sólo a la doncella, sino a la mujer del casero.
Anduvo cerca de dos horas por trochas y senderos unas veces, otras por angostas callejuelas guarnecidas de zarzamora gozando de la frescura de la montaña y del aroma embriagador de las praderas. Marchaba enajenada, dichosa, sin pensar en nada, dormida en ese estupor delicioso que nos causa la hermosura de la Naturaleza. De pronto, al doblar un repliegue del terreno, se encontró frente a una iglesia. Era pequeñita, rústica, con exiguo campanario de espadaña y un pórtico sostenido por viejas columnas de madera. Estaba aislada y sumergida en un bosquecillo de añosos árboles ya vestidos de follaje con la llegada de la primavera. Era, a no dudarlo, la iglesia de la aldea que iba a visitar. Aquella en que Natalia habitaba no tenía iglesia: pertenecía como parroquia a la villa de R... adonde los vecinos iban a misa los domingos.
Quedó repentinamente inmóvil; la miró largo rato pensativa. Desde su proceso no había vuelto a poner los pies en un templo. Cada vez que pasaba por delante de alguno en Madrid experimentaba un sentimiento de confusión que le obligaba a volver los ojos a otro lado. Sin embargo, en dos ocasiones intentó penetrar en una iglesia: las dos veces hubo de retroceder desde la puerta, porque sintió la impresión de una mano invisible que se apoyaba en su pecho y la empujaba hacia atrás. Desde entonces no volvió a intentarlo. Tampoco oraba ya en su casa: sus rodillas se negaban a doblarse como si fuesen de acero; sus labios no podían articular una sola plegaria.
Ahora quedó inmóvil, como dije, y así permaneció por largo espacio en intensa contemplación. ¿Qué pasó por su mente en aquellos instantes? Muchos y graves pensamientos sin duda. Lo cierto es que tomando al cabo una resolución avanzó hasta la puerta, que se hallaba entornada, la abrió y penetró en la iglesia. Con inefable sentimiento de alegría advirtió que aquella temerosa mano que en las dos ocasiones anteriores le había expulsado del templo no vino ahora a apoyarse sobre su pecho.
Avanzó con decisión. La iglesita, completamente solitaria, inspiraba dulce y melancólico recogimiento; el silencio era absoluto; la luz, cernida por los cristales polvorientos de altos ventanos, esfumaba todos los objetos; allá en el fondo una lámpara de metal colgada con cadena del techo ardía delante del altar mayor esparciendo tenue claridad en torno.
Natalia tardó algún tiempo en ver claro. Al fin, a su derecha percibió un altarcito, se acercó y vió sobre él la imagen de San José. Era su santo más venerado, el santo que en más de un instante aciago la había salvado de la desesperación. Se dejó caer de rodillas ante aquella bendita imagen y plegando las manos le dirigió una ferviente oración. Mas ¡oh prodigio! al alzar sus ojos a la imagen vió con horror que los de ésta se cerraban. Se puso en pie vivamente, la miró con ansiosa atención: los ojos de la imagen continuaron cerrados. Un escalofrío corrió por su cuerpo; toda su sangre fluyó al corazón. Miró en torno suyo con espanto y percibiendo a su izquierda un gran crucifijo ensangrentado se fué a postrar delante de él. Cristo crucificado cerró también los ojos.
Una angustia indescriptible se apoderó de ella; pensó que en aquel momento iba a expirar. Se puso en pie de nuevo; se ahogaba; quiso salir del templo. Sus ojos aterrados tropezaron al fin con la imagen de la Virgen sobre otro altar humilde. La Madre de Dios extendía sus brazos representando la ternura y el perdón. Corrió hacia ella y postrándose profirió acongojada: «¡Madre mía, sálvame!»
La Virgen sagrada cerró los ojos. Natalia dejó escapar un grito de espanto; se lanzó a la puerta como una loca. Luego se dió a correr por los campos en furiosa carrera. Cuando llegó a casa cayó rendida sobre su lecho y fué acometida de una violenta fiebre. Las fatales Euménides que habían perdido su pista, volvieron a encontrarla aquella noche. Con los ojos inyectados de sangre, la cabeza erizada de serpientes y las manos armadas de látigos hicieron irrupción en la región montañosa y de nuevo volvieron a torturar a su desgraciada víctima.
--Señorita, he enviado a un chico a llamar al médico. Pero es necesario avisar también al señorito--le dijo su doncella a la mañana siguiente.
--No te apures, Elvira. Estoy mejor. El señorito debe de llegar dentro de pocos días y sería proporcionarle un disgusto inútilmente.
El médico de R... no dió importancia a aquella fiebre producida según él por la fatiga; recetó un calmante y la ordenó permanecer en la cama.
En efecto, la fiebre desapareció; pero Natalia quedó en un estado de languidez alarmante. Se levantó de la cama a los dos días, deshecha como si hubiera permanecido quince; perdió el apetito; no quiso salir de casa; pasaba las horas reclinada en una butaca, con los ojos muy abiertos en un estado de estupor del cual apenas lograban arrancarla momentáneamente las gracias infantiles de su hija.
Una tarde se hallaba de este modo reclinada e inmóvil emboscada en sus meditaciones ansiosas. Acababa de mirarse al espejo y se decía con mortal tristeza: «¡Dios mío, qué cambiada estoy! ¡Pobre Sixto, qué disgusto va a recibir cuando llegue!» Sentía más el dolor de aquel sér tan querido que el suyo propio.
De pronto llegaron a sus oídos los sonidos de un violín. Su cuerpo se estremeció como si una intensa corriente eléctrica le hubiese atravesado; quedó rígida como un cadáver; se alzó después, y lívida, desencajada, marchó tambaleándose hasta el balcón y lo abrió. Un ciego tocaba el violín allá abajo en la carretera rodeado de chiquillos. Una voz cantó:
Mal haya la ribera del Yumurí.
Natalia cayó al suelo privada de conocimiento. Su doncella, que se hallaba en la habitación contigua, sintió el golpe, entró apresuradamente en la estancia, la alzó del suelo, llamó en su auxilio a la casera y entre las dos lograron que recobrase el sentido. Lo primero que hizo fué lanzarse de nuevo al balcón. En la carretera ya no había nadie. Elvira pensó que aquel movimiento extraño obedecía aún al extravío; hizo lo posible por calmarla; trató de desnudarla para que se metiese en la cama, pero Natalia rehusó obstinadamente.
--Gracias a Dios que mañana llega el señorito, si no ahora mismo iba a R... a ponerle un telegrama.
Al fin no tuvo más remedio que acostarse: una fiebre altísima se declaró de nuevo. La doncella ordenó al colono que montase a caballo inmediatamente y fuese a buscar al médico.
--El médico, no; un sacerdote--profirió ansiosamente Natalia al escuchar la orden.
--¡Señorita!
--¡Un sacerdote!--repitió con energía la enferma.
--Pues que vengan los dos.
En efecto, poco más de una hora después llegaron en el carricoche del médico, éste y el párroco de R...
El médico no pudo nada. El sacerdote lo pudo todo. Después de una larga y fervorosa confesión, Natalia quedó tranquila, aunque en un estado de postración de mal agüero.
Moro debía llegar por la mañana. Fueron a esperarle a la estación el colono del marqués y un labrador vecino, los cuales le enteraron del estado de la señorita, aunque procurando atenuarlo ¡Qué golpe para el desgraciado! Montó tembloroso en el coche que le esperaba y en pocos minutos llegaron a la aldea. Entró pálido como un muerto en la habitación. Natalia le sonrió dulcemente.
--No te asustes. Esto no será nada.
Sin embargo, cuando quedaron solos le dijo besándole las manos:
--¡Me muero, Sixto; no hay remedio para mí!
Y le narró los fatales incidentes que habían provocado aquella terrible crisis. Moro quedó anonadado. Hizo telegrafiar a Santander para que de allí viniesen los dos mejores médicos. Llegaron éstos por la tarde, pero no lograron que la enferma reaccionase favorablemente. Se fué extinguiendo sin sacudidas, dulcemente, como una luz que se apaga.
Al amanecer llamó con voz débil a Sixto, que toda la noche la había velado.
--¡Adiós, Sixto mío!--le dijo tomándole una mano--. Después de muerta no me dejes aquí... Llévame a Madrid, donde puedas ir a visitarme y dejarme algunas flores de vez en cuando... Te entrego a mi hija... vela por ella. Si la das otra madre, cuida de que sea buena para ella. Que Dios te haga feliz como tú me has hecho... ¡Nadie, nadie te querrá como te ha querido Natalia!
Pocos minutos después expiraba aquella criatura tan noble y hermosa como desgraciada. Moro se abrazó estrechamente a sus restos inanimados y así estuvo largo tiempo hasta que él mismo cayó medio muerto al suelo.
--Se puede morir de remordimiento en este mundo--me decía algún tiempo después en Madrid--; pero no se muere de pena. Natalia ha sido un ejemplo de lo primero y yo de lo segundo.
XII
ISLA DE REPOSO
Seis años más.
Las horas fugaces batiendo sus alas sobre la frente de mis amigos Sixto Moro y Pérez de Vargas habían dejado ya caer algunos leves copos de nieve. Yo mismo encontraba cada pocos días una nueva hebra de plata en mi cabellera lacia.
¡Dejadme de periodismo! Hacía ya tiempo que había escapado de esta sima donde se hunden y desaparecen los talentos más claros y las más nobles intenciones. Y sin embargo, no me pesa de haberle consagrado una parte considerable de mi vida. Los grandes escritores pueden ufanarse de atravesar montados en el corcel de su gloria las fronteras de la inmortalidad; pero el oscuro soldado debe morir satisfecho sobre el campo de batalla porque ha luchado para ennoblecer el alma de su patria. ¡Tejed coronas para esos pobres héroes anónimos de la literatura y reservad una hojita de laurel para mí, que he escrito muchos artículos combatiendo al ministerio!
Vivía la mayor parte del tiempo en mi pueblo, pero pasaba largas temporadas en Madrid. Durante ellas frecuentaba el trato de Moro y Pérez de Vargas, que no cesaban de darme pruebas de cariñosa amistad. La que a ellos les ligaba entre sí se había ido estrechando más y más en los últimos años, no sólo por la simpatía personal y la afinidad de ideas, sino por otra causa aún más eficaz. La hermosa señora de Pérez de Vargas se había encariñado tanto con la chiquita Natalia, que ésta vivía más tiempo en el palacio de aquél que en su propia casa. Me sentía hondamente impresionado al ver con qué ternura atenta trataban a la pobre huerfanita. No había en Madrid golosinas bastante delicadas para regalarla, ni juguetes costosos para divertirla. Si su desgraciada madre podía contemplarla desde el cielo, bien satisfecha estaría de aquellos nuevos amigos.
Estos amigos, espléndidos y caritativos, después de haber erigido escuelas y remediado muchas necesidades, acababan de alzar en una de las playas de Levante un Sanatorio de niños, tan completo y suntuoso, que ningún otro existía en España que pudiera comparársele. La señora, para dar aún más firme testimonio del afecto que profesaba a la hija de Moro, quiso que llevase el nombre de Natalia. Faltaba muy poco para quedar terminado. Comenzaba a hablarse de la inauguración y se hacían preparativos. Los fundadores querían que fuese solemne y tenían intención de llevar a varios significados amigos de Madrid.
En esta ocasión recibí una carta que me causó sorpresa y placer al mismo tiempo. Era de Bruno Mezquita, aquel estudiante andaluz magnetizador que había vivido conmigo en la famosa casa de huéspedes de la calle de Carretas. Ninguna noticia directa había tenido de él hasta entonces. Sólo sabía por vagas referencias que era médico en uno de los pueblos de la provincia de Sevilla. El objeto de esta carta era solicitar mi influencia con el Conde del Malojal para que éste le nombrase director facultativo del Sanatorio que estaba construyendo en la provincia de Alicante. Deseaba salir del pueblo, donde hacía años ejercía su profesión, no solamente porque sus ganancias eran cortas, sino principalmente por ciertos desabrimientos que había tenido con algunos próceres de la comarca.
Como debe inferirse, le recomendé con mucha eficacia. Pude obtener que Pérez de Vargas se informase de su competencia por medio de sus compañeros de profesión. Estos informes resultaron muy satisfactorios y, por consiguiente pude darme el gusto de ofrecer a mi antiguo compañero la ambicionada plaza.
Una cosa me había llamado la atención en su carta, y es que al final me decía: «Mi mujer te envía muy afectuosos recuerdos.» Yo no conocía a su mujer. No pude menos de sonreír. ¡La exageración andaluza!
Transcurrieron algunos meses, y quedó fijado el día de la inauguración. Algunos antes fuí con el secretario de Pérez de Vargas al Sanatorio para arreglar ciertos extremos, avistarme con Mezquita y disponer los preparativos necesarios para recibir a las personas de calidad que habían de ir desde Madrid. Llegamos a Alicante y allí tuve el más famoso encuentro que cualquiera puede imaginarse.
Me hallaba solo en la habitación del hotel donde alojábamos cuando acerté a escuchar viva disputa en la contigua.
--Le digo a usted que es verdaderamente escandaloso hacerme pagar tres pesetas cincuenta céntimos por siete tazas de café cuando en todos los establecimientos de Alicante cuestan un real la taza y en Madrid mismo cuarenta céntimos.
Lo que respondía a esta alocución la persona a quien se dirigía no pude oírlo porque hablaba quedo; pero la voz irritada replicó:
--¡Sí, sí, ya conozco esos reglamentos! El primer artículo del reglamento de estas casas es dejar pelados a los viajeros... Y vamos a ver, ¿por qué no me descuenta en la nota el almuerzo de anteayer que no he hecho en el hotel?
Murmullo indescifrable por parte del otro interlocutor.
--Ya sé que se trata de una pensión, pero podía usted guardarme algunas consideraciones, y, puesto que me cobra usted el almuerzo, rebajarme la botella de agua de Mondariz que he pedido ayer.
Otro murmullo indescifrable.
--Sí, puede usted. Diga usted que no quiere. Vamos, amigo Don Paco, ya sabe usted que soy un buen cliente y que todos los años me tiene usted en su casa unas cuantas veces... Quedamos, pues, en que queda rebajada la botella, ¿verdad?
Aquella voz era para mí conocida, pero no podía recordar a quién pertenecía. Excitado por la curiosidad, salí al pasillo y me coloqué a la puerta de mi cuarto esperando que saliesen los interlocutores que había escuchado.