Años de juventud del doctor Angélico
Part 20
--Como hijo que soy de un humilde obrero que a costa de enormes sacrificios ha logrado procurarme un título académico, me he visto necesitado en mi primera juventud a dar lecciones particulares. El general Reyes me llamó para dárselas de francés a su hija. Que he cumplido fielmente mi cometido lo prueba el que jamás me faltó su estimación hasta su muerte. Si hubiera osado poner los ojos en su hija, no sólo no la hubiera obtenido, sino que me hubiera arrojado de su casa. Después de celebrado el matrimonio de la procesada no he vuelto a verla, como me es fácil probar, ni siquiera a tener noticia de ella hasta después de realizado el acto que la ha conducido a la prisión... Por lo demás--añadió con gesto arrogante--si hubiera tenido el honor de hacerla mi esposa no sería ciertamente para infligirla un bárbaro martirio de diez años y concluir ultrajándola villanamente.
«--¡Muy bien! ¡muy bien!»--dijeron algunas voces.
El Presidente agitó la campanilla. Después de las formalidades reglamentarias el Jurado se retiró a deliberar.
No es fácil representarse en qué estado de inquietud y congoja permanecí cuando los jurados hubieron traspuesto la puerta. Mis esperanzas batallaban con mis temores un combate sin tregua. El discurso maravilloso de Sixto, la actitud abiertamente favorable del público me hacía esperar un veredicto absolutorio; pero la corta inteligencia de muchos hombres, el espíritu rutinario, tan poderoso en la sociedad, la falta de valor que nos acomete a todos cuando debemos romper con el derecho constituído y tradicional me hacían temer un fallo condenatorio. Sobre todo, la flecha envenenada que aquel malvado había disparado a la conclusión ¿qué efecto produciría en el ánimo de los jurados?
Transcurrieron diez minutos; transcurrieron quince. Mi angustia había llegado al extremo límite: mis manos y mis pies se movían sin cesar convulsivamente; los compañeros me hablaban y no les oía; en fin, me sentía inundado de sudor y estaba a punto de ponerme enfermo.
En cambio, Moro, con el codo apoyado sobre la mesa y la mejilla sobre la mano, con los cabellos sobre la frente y los estáticos ojos clavados en el vacío parecía la estatua del reposo. ¡Quién hubiera podido sospechar que en tal momento se estaba decidiendo, no sóla la dicha, sino la vida misma de aquel hombre! Natalia, igualmente inmóvil, con la vista fija en el suelo, no acusaba agitación alguna. Eran dos almas del mismo temple.
Transcurrieron veinte minutos; transcurrió media hora. Por fin, la puerta se abrió y apareció el tribunal y tomó asiento. ¡Momento supremo!
El Secretario se puso en pie y leyó el veredicto:
«¿Natalia de los Reyes Giráldez es responsable de haber arrojado un frasco conteniendo ácido sulfúrico al rostro de su marido Rodrigo Céspedes y Sotolongo ocasionándole graves heridas y la pérdida absoluta y definitiva de la vista?
Hizo una pausa, durante la cual se hubiera podido escuchar el vuelo de una mosca en la sala, y dijo con voz recia:
--¡No!
Un aplauso estruendoso, atronador, inmenso, que hizo vibrar los cristales de los balcones y retemblar las paredes acogió este monosílabo. Yo, por un movimiento automático, salté de mi silla y me lancé a abrazar a Moro; pero éste había saltado también de la suya para socorrer a Natalia que había caído desmayada. Fué tan grande la confusión que se produjo que apenas se oyeron las restantes preguntas del veredicto. Un médico que se hallaba en el público acudió a Natalia que fué transportada fuera de la sala. Yo también salí y estuve presente hasta que recobró el conocimiento. Cuando abrió sus ojos extraviados, al tropezar con los míos sonrió dulcemente y me tendió la mano murmurando: «Gracias, Angel». Después paseó la vista por la estancia con inquietud buscando otra persona. Yo le dije al oído: «No puede venir ahora. Espera unos instantes.»
El fiscal, abrumado por la unanimidad de la opinión, se abstuvo de pedir la revisión del juicio por nuevo Jurado. La sentencia del Tribunal de derecho absolviendo libremente a la procesada quedó firme. Moro consiguió que se diesen inmediatamente las órdenes para ponerla en libertad. Al cabo entró en la estancia donde nos hallábamos. Natalia extendió sus dos manos y sus pálidas mejillas se tiñeron levemente de carmín.
--Gracias, Moro.
--He cumplido con mi deber--respondió éste con noble sencillez.
Esperamos todavía largo rato allí dando tiempo a que el público evacuase el edificio y se llenasen las últimas formalidades necesarias. Yo bajé un momento a la calle para explorar los alrededores y ver si el coche de Moro estaba en su sitio. Cuando pude cerciorarme de que la salida de Natalia no llamaría la atención, subí de nuevo y se lo comuniqué a Moro.
Bajamos, al fin, la escalera. Natalia, entre los dos, apoyada en el brazo de ambos. Sixto hizo montar a Natalia; después, juntándose a ella, gritó al cochero:
--¡A casa!
Los caballos, cual si participasen del gozo y el triunfo de su amo, partieron arrancando chispas de los adoquines. Yo me arrimé a la pared del edificio sofocado por la alegría.
XI
EL CORO DE LAS EUMÉNIDES
No podían ser más felices. Su vida, en los primeros meses, fué un verdadero éxtasis, la apoteosis del amor triunfante. Sixto experimentó una transformación que el más indiferente no dejaría de observar: su marcha era más resuelta, su voz más clara, sus ojos, hasta entonces melancólicos, brillaban siempre risueños. Y como suele acaecer, a esta exaltación feliz de su naturaleza correspondió inmediatamente el resultado exterior de su actitud. El éxito resonante del proceso de Natalia contribuyó no poco a acrecentar su popularidad y la importancia de su bufete. Los negocios fluyeron abundantes y lucrativos; ganaba cuanto dinero quería, y este dinero le parecía aún poco para proporcionar a Natalia una vida opulenta. Vivían con un lujo que me iba pareciendo escandaloso.
Pero la transformación de Natalia fué mucho más visible. Volvieron las rosadas tintas a sus mejillas, volvieron aquellas antiguas redondeces de niña obesa a sus hombros y a sus caderas, volvió aquella dulce expresión infantil a sus ojos, aquella graciosa impetuosidad a sus gestos. La flor de su hermosura se abrió por completo, llegó al apogeo de su atractivo.
Yo les acompañaba algunas veces a almorzar. Sixto me enviaba también con frecuencia un billetito diciéndome el teatro a que pensaban asistir y me reunía con ellos en un palco y pasábamos los tres la noche deliciosamente entretenidos. Otras veces, las menos, porque Sixto trabajaba como un negro, me llevaban de paseo en su coche por los alrededores de Madrid. Natalia huía de la gente; vivía en alejamiento absoluto de la sociedad sin una sola amiga. Esto me causaba pena; me dolía verla separada del mundo como si fuese una réproba, la sentía humillada y pensaba de buena fe que no había motivo para ello. Por eso un día en que Sixto nos dejó solos en el comedor para ir a su despacho, donde le reclamaba un cliente, me atreví a decirle:
--¿Por qué vives tan retirada, Natalia? ¿Por qué no anudas alguno de tus antiguos conocimientos? Debes de tener amigas de colegio. En tu casa entraba en otro tiempo mucha y buena gente. Yo creo que lo que te ha ocurrido y te ocurre no puede deshonrarte a los ojos de ninguna persona que tenga corazón.
Una arruga surcó su frentecita tersa. Quedó unos instantes silenciosa mirando al vacío y me dijo con acento grave:
--Hay desgracias, Angel, que son irremediables: es en vano luchar contra ellas.
--Yo pienso que la tuya no lo es.
--Pues no piensas bien. El mundo actualmente me mira con malos ojos. Si pretendiese de nuevo entrar en sociedad, segura estoy de que sería rechazada y humillada. Es posible que no haya motivo para ello como tú imaginas; puede ser que muchas de las mujeres que me rechazasen hayan tenido en su vida faltas menos disculpables que la mía; pero el mundo es así y nosotros no podemos cambiarlo.
--Pienso, Natalia, que son aprensiones tuyas. El público se puso resueltamente de tu lado desde un principio, te ha compadecido, te ha disculpado, te ha estimado. No es posible que ahora te rechace. Aún suenan en mis oídos aquellos aplausos clamorosos, aquellos gritos de entusiasmo con que se acogió tu absolución.
--Sí; los hombres cuando se reúnen son buenos--replicó con sonrisa triste--. ¿No ves lo que ocurre en el teatro? O porque les complazca aparecer justos y nobles ante los demás o porque en realidad se les hiera en la cuerda sensible, que todos o casi todos tenemos, es lo cierto que en las grandes reuniones basta que alguno pronuncie palabras de justicia y de bondad para que los demás aplaudan. Por un momento todos se creen seres nobles, excelentes; en realidad puede que lo sean. Pero se separan, se marcha cada uno a su casa y aquella cuerda delicada deja de vibrar y vuelven a sonar otras muy distintas, la de la vanidad, la de la envidia, la de la crueldad.
--Quizá tengas razón: no está mal observado lo que me acabas de decir. Sin embargo, en este caso hay circunstancias que desvirtúan tu observación, mejor dicho, que se oponen a ella. Sixto es un hombre tan respetado y admirado en Madrid a la hora presente, que su nombre basta para protegerte y te serviría de escudo contra cualquier humillación.
--¡Qué inocente eres, Angelito! Precisamente el nombre y el prestigio de Sixto atraería sobre mi cabeza todas las humillaciones posibles. Parece mentira que no sepas por experiencia que lo más difícil de hacerse perdonar en el mundo es la superioridad de la inteligencia. ¿No has visto las fieras? El domador se impone, se hace respetar; pero es a la fuerza y por el temor. Las fieras rugen de cólera y al menor descuido se arrojan sobre él y le clavan los dientes. Esto mismo pasa con el hombre de genio en nuestra sociedad: se le respeta, se le adula, pero siempre de mal grado y espiando con afán la ocasión de poder tirarle un zarpazo. ¡Cuántos le tirarían a mi querido Sixto, con qué placer aprovecharían la ocasión de humillarle si se atreviese a presentarse en público conmigo!... Es decir, él sí se atreve y me lo ha suplicado muchas veces, pero yo me niego y me negaré siempre, porque antes de exponerle a la más leve molestia me dejaría despedazar resueltamente.
No insistí mucho tiempo porque le daba la razón en el fondo de mi alma.
Así continuaron viviendo tranquilos, gozando de una íntima y envidiable felicidad, que aún vino a acrecerse con el nacimiento de una niña. Sixto estaba loco de alegría; Natalia dejaba traslucir en su rostro la dicha más pura. Yo apenas era menos feliz que ellos. Aquella niña, que se parecía asombrosamente a su madre y se llamó como ella, fué nuestro dulce recreo: pasábamos los tres largos ratos espiando sus progresos con embeleso; cuando empezó a dar los primeros pasos, yo fuí su maestro paciente y asiduo; cuando empezó a balbucear las primeras palabras, también me puse al frente del curso de filología. De tal suerte, que la pequeña Natalia apenas hacía diferencia entre su mamá, su papá y yo: a todos nos quería por igual.
Pero he aquí que cuando contaba ya poco más de un año y correteaba por la casa sin necesidad de ayuda y pronunciaba con mediana corrección hasta docena y media de palabras comencé a observar con inquietud un cambio en el carácter de su madre. Se hizo más seria, la encontré más triste. Ella, cuyas carcajadas fluían de su boca tan frescas y espontáneas que provocaban en cuantos la escuchaban la gana de seguirle el humor, rara vez nos las dejaba oír: le agradaba estar sola; aun de mí parecía retraerse: a menudo observé en sus ojos señales de haber llorado.
Sixto observaba como yo y con mayor pena, como era natural, tales modificaciones, pero se abstenía de comunicarme sus inquietudes. Aparentaba no darles importancia. Si con tal motivo había tenido con ella alguna explicación yo no lo supe. Una vez me dijo, sin embargo, que Natalia sufría del sistema nervioso, que acaso estuviese débil y que desde luego no le convenía seguir lactando a la niña. En efecto, dejó de hacerlo, lo cual no causó a ésta quebranto alguno porque ya tenía quince meses. La madre tomó algunos tónicos; pero su tristeza y decaimiento, a pesar de todo, fueron en aumento. Yo sospechaba algo de su causa, pero no me atreví a insinuarlo a Sixto. Al fin, éste se espontaneó un día conmigo.
--Pienso, Jiménez, que la enfermedad de Natalia es de naturaleza psíquica y pienso también que no radica en las facultades superiores de su espíritu, sino en el psiquismo inferior. Tú sabes que fué educada en un convento por monjas. En esa edad recibió inspiraciones religiosas, ideas de perfección, anhelos místicos que se fueron depositando en su cerebro y quedaron almacenados en aquella región donde, según los psicólogos, se localiza nuestra actividad inconsciente. Dormidos por largo tiempo, cualquier incidente, que yo ignoro, ha venido a despertarlos, se alzaron con nuevo vigor, hicieron irrupción en su actividad consciente y la trastornaron por completo. Mi tarea (y espero que tú me ayudarás en ella) es contrarrestar esos impulsos ciegos que parten del lugar oscuro donde se alojan los escrúpulos. Natalia es una mujer sensata y si se la hace ver la vanidad de ellos su razón volverá a recobrar el imperio que ha perdido.
--Querido Sixto--le respondí con un poco de amargura--, esa explicación que acabas de dar es, en efecto, la más flamante, la de última hora, la que está a la moda entre los sabios en estos momentos. Pero mañana vendrá otra, y después otra... Y a pesar de todo, tratándose de la vida del alma, el misterio se alzará siempre delante de nosotros como un muro infranqueable.
--Pero ésta es la explicación más natural.
--Para mí nada hay natural en este mundo; todo es sobrenatural, porque todo es incomprensible. ¿Qué es esa actividad inconsciente? ¿Qué es la actividad consciente? ¿Dónde está el lazo que las une? Nuestra alma, una e indivisible, existe siempre. Lo que hay es que muchos la ignoran, viven cerca de ella como al lado de un ser extraño sin conocerla. Pero los vaivenes incesantes de la vida les sacuden un día con más rudeza; la muerte de un ser querido, una enfermedad peligrosa, una separación, una lectura, un espectáculo... Y de repente el alma despliega sus alas, las bate sobre ellos y les grita: «¡Aquí estoy! ¡aquí estoy!...» Por el contrario, otros viven cerca de ella en íntimo consorcio, son seres buenos, amables, virtuosos... Pero en un instante aciago cometen una acción reprobable, hieren, desgarran aquella misma alma con la cual vivían dulcemente unidos y entonces ésta se retira, gimiendo, al fondo más obscuro y misterioso de su sér.
--¿Qué quieres decir con eso?--profirió alzando vivamente la cabeza y mirándome con ojos irritados.
Yo comprendí inmediatamente mi indiscreción. Me apresuré a tranquilizarle. La dolencia de Natalia, aunque tuviese una procedencia psíquica, no había duda que radicaba en un estado momentáneo de debilidad.
¿No había duda? ¡Ay! para mí sí la había.
Moro bajó la cabeza nuevamente y permaneció un rato silencioso; después profirió sordamente:
--De todos modos, mi corazón está triste, muy triste, y vivo agitado por negros presentimientos.
Hice lo posible por disiparlos, aunque yo participara abundantemente de ellos y no pudiese menos de pensar que la felicidad de aquellos dos seres para mí tan queridos había concluído.
«La alegría que proviene de que imaginemos que el objeto aborrecido ha sido destruído o alterado de algún modo, no viene jamás sin mezcla de tristeza.»
Una vez más este sublime teorema de Spinosa quedó demostrado en el corazón de un sér humano. Sixto me confió más adelante cómo se fué desarrollando. Aquellas fatales Euménides que atormentaron a Orestes después del asesinato de su madre vinieron también tumultuosas, aullantes, con la pupila sangrienta, agitando en sus manos el látigo, a torturar el alma de Natalia. Orestes, al sacrificar a Clitemnestra para vengar el asesinato de su padre, había obedecido las órdenes del dios Apolo, pero ella sólo había obedecido al odio y este dios infernal jamás deja una rama de olivo en las almas por donde pasa.
Comenzó por una vaga tristeza que se iba mezclando a los placeres de su vida, una secreta amargura que los envenenaba todos. Nada se representaba en los primeros tiempos: sólo le acometía repentinamente en los momentos álgidos de diversión y alegría. Por eso se retrajo obstinadamente del teatro y de todo otro recreo, encerrándose exclusivamente en la vida de familia, en el amor de Sixto y de su hija, donde se veía segura y pensaba estarlo para siempre. Pero aquellas implacables sacerdotisas del Destino, olfateando su presa no tardaron en seguirla allí también. Su tristeza se fué acentuando; se hizo profunda, mezclándose hasta en las caricias de su hija. Y una voz de lo profundo comenzó a argumentar: «¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías necesidad de ello? ¿No pudiste haber huído?»
Sus noches eran agitadas. En el lecho, en los momentos que preceden al sueño se le aparecían repentinamente cabezas gesticulantes haciéndole muecas espantosas, escuchaba voces estridentes. Se estremecía, dejaba escapar un grito que asustaba a Sixto ya dormido y después permanecía largas horas despierta sin poder conciliar el sueño. Con esto su salud descaecía a ojos vistas; empezó a sufrir del estómago y las consultas y remedios con que Sixto pretendió atajar la enfermedad sirvieron de muy poco.
Una cosa la trastornaba profundamente: la presencia de un ciego. Cuando la casualidad le deparaba alguno en sus paseos se la veía ponerse pálida, la voz se le alteraba y no acertaba a coordinar sus palabras. Moro procuraba llevarla por sitios donde no tropezase con ninguno. Inútilmente: la fatalidad se los presentaba siempre delante. Entonces se fué encerrando más y más en casa y Moro ya no insistió mucho en hacerla salir.
Afligido hasta lo más hondo de su alma y no sabiendo ya qué remedio poner a aquel estado de cosas que acibaraba su existencia y amenazaba concluir con la de Natalia, ideó y llevó a cabo prontamente el alquilar una casita en las afueras de Madrid, en pleno campo ya. El sitio era de lo más ameno que podía verse en los alrededores de la capital, donde ciertamente no abundan las bellas perspectivas. La casa, en forma de _chalet_, tenía un jardín poblado de árboles, regado por un fresco arroyo; había un rústico cenador guarnecido de jazmín y madreselva; en fin, la casa misma era de reciente construcción y, aunque pequeñita, ofrecía comodidad y aspecto risueño.
Natalia se trasladó allí con la niña y la servidumbre necesaria. Sixto pasaba el día en su bufete, comía en un restaurán y venía a cenar y dormir en el _chalet_. Nada logró, sin embargo, con aquel sacrificio. Allí también, en aquel dulce, lejano retiro, vinieron pronto aullando las crueles Euménides a perseguir a su víctima. Aquellas perras vengadoras, como las llama el poeta, giraban en torno suyo repitiendo sin cesar: «¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías necesidad de ello? ¿No pudiste haber huído?»
Recuerdo que un domingo después de almorzar con ellos salimos al jardín para tomar café. Nos sentamos a una mesa rústica. La tarde de primavera era tibia, el cielo estaba limpio de nubes: frente a nosotros, allá en los confines del horizonte, se extendía la crestería del Guadarrama envuelta en un vapor azulado. Reinaba la alegría en todo aquel campo que el sol matizaba; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; las notas de un pianillo lejano llegaban a nuestros oídos, mezcladas con los gritos de alegría de unos niños que jugaban en un jardín vecino. Yo me sentía impresionado tan gratamente por aquella escena campestre, que olvidaba completamente los motivos tristes por los cuales allí estábamos reunidos, gozaba de su encanto y juzgaba felices a mis amigos. De pronto, Natalia se inclinó a mi oído y me dijo en voz baja:
--Qué feo es todo esto, ¿verdad, Angel?
Yo levanté la cabeza estupefacto.
--¿Qué estás diciendo, Natalia? Este es uno de los sitios más alegres que he visto en mi vida.
--Yo lo encuentro horrible--repuso ella con un suspiro, bajando la cabeza.
Quedé consternado y no pude menos de dirigir una mirada de compasión a Sixto, que se hallaba en aquel momento distraído arreglando las flores de una maceta. ¡Pobre amigo mío!
Transcurridos algunos días después de esto, entró Sixto en su despacho una tarde después de haber estado ausente algunas horas. El criado le dijo que la señorita había estado allí hacía poco. Quedó sorprendido de que no le esperase para irse juntos. Impulsado por un vago presentimiento, se dirigió a su mesa de noche, abrió el cajón y quedó yerto al observar que faltaba un pequeño revólver que allí estaba siempre. Natalia no había venido desde su instalación en el _chalet_; tampoco se lo había anunciado aquella mañana al despedirse. Tembloroso y acongojado pidió de nuevo el coche, aunque todavía no era la hora en que acostumbraba a trasladarse al _chalet_, y ordenó al cochero que partiese a toda velocidad.
La noche estaba cerrando. Un poco antes de llegar a la casita, Sixto hizo parar y despidió el coche. Se acercó jadeante a la puerta del jardín y lo inspeccionó con ojos ansiosos. La calma volvió a su corazón cuando vió blanquear entre los árboles la figura de Natalia. Estaba sola, sentada en una butaca de mimbre y se hallaba inmóvil y profundamente absorta en sus pensamientos. No sintió abrirse la puerta enrejada de hierro y Moro pudo avanzar sin ser notado. Cuando al cabo percibió sus pasos levantó vivamente la cabeza y en sus ojos se pintó un espanto singular; pero inmediatamente hizo un esfuerzo para sonreír, se alzó con presteza y le echó los brazos al cuello como tenía por costumbre.
--Hoy has venido más temprano. ¿Y el coche?
--Como la tarde estaba apacible y me hallaba mareado quise venir a pie y refrescar un poco la cabeza.
--Sí; trabajas demasiado y te hace falta un poco de reposo y del aire puro que a mí me prodigas en demasía. ¿Por qué afanarse tanto, Sixto? Yo sé que en medio de tus pesados trabajos no piensas más que en tu hija y en mí, pero nosotras seríamos tan felices viviendo contigo más humildemente, aunque fuese en una choza donde reinase la paz... ¡La paz, sí!--añadió con un dejo de amargura que no pasó inadvertido para Moro.
Este guardó silencio unos instantes. Después, besándola en las sienes, le dijo al oído muy quedo:
--Devuélveme el revólver que guardas en el bolsillo.
Natalia se estremeció y comenzó a temblar tan fuertemente, que se escuchaba el castañeteo de sus dientes. Dejó caer la cabeza sobre el pecho de su amante exclamando:
--¡Perdón! ¡Perdón!... ¡Tú no sabes lo desgraciada que soy!