Años de juventud del doctor Angélico

Part 2

Chapter 24,065 wordsPublic domain

En el leve desdén de nuestra huéspeda entraba por mucho, sin duda, el origen humilde de Moro; porque las mujeres hacen siempre gran caso de tal extremo. Moro era hijo de un pobre zapatero de Alcalá de Henares. Tenía dos tíos ebanistas en la misma población, los cuales habían adquirido cierto desahogo con su oficio y poseían allí el mejor almacén de muebles. Estos dos tíos, solteros, entusiasmados con la precocidad de Sixto, pues en la escuela, cuando contaba sólo ocho o diez años, ya pronunciaba discursos y causaba admiración por la facilidad de su ingenio, se encargaron de subvenir a su educación. Primero le enviaron a un colegio muy barato que existía en el Mediodía de Francia. Allí permaneció tres años, y aprendió el francés y a vivir sin comer. Según nos aseguraba, había padecido tanta hambre, que nunca más en su vida pudo quedar saciado. Se hizo luego bachiller, y emprendió en Madrid la carrera de Jurisprudencia, que estaba terminando con singular aprovechamiento. Sus tíos habían depositado en él tales esperanzas, que al mismo Sixto hacían reír.

En cuanto a los primos Mezquita, eran dos seres insignificantes; tímidos y tolerantes para todo el mundo menos para ellos mismos. Es decir, que aceptaban cuanto se les decía y no entablaban jamás disputa con nadie; pero entre sí eran dos fieros contendientes. Uno de ellos se llamaba Bruno; el otro, Manuel. Apenas Bruno sentaba cualquier proposición, ya fuese del orden físico o del espiritual, Manuel se erguía desdeñoso y comenzaba a rebatirla punto por punto. Igualmente cuando Manuel se aventuraba a hacer la más inocente y sencilla afirmación, Bruno saltaba encima de ella como un tigre, y la desgarraba, y la trituraba entre sus dientes. Las disputas que comenzaban en la mesa se proseguían en su cuarto, pues los dos ocupaban uno mismo, y allí se eternizaban.

Pepito Albornoz era un muchacho inteligente y aun pudiera añadirse ingenioso. De vez en cuando tenía ocurrencias felices; pero era tan excesivo y vidrioso su amor propio, que paralizaba su ingenio y le hacía aparecer a menudo como un tonto. Cualquier palabra irónica le desconcertaba, le dejaba incapaz de responder. Fácil es colegir que Moro, al tanto de esta flaqueza, no le escaseaba las burlas y le tenía martirizado y frito.

Se le ocurría al pobre chico cualquier observación graciosa respecto a lo que Moro estaba hablando. Este levantaba la cabeza sorprendido:

--Parece que los pájaros tiran a las escopetas. Ten la bondad de repetir ese chiste, Pepito, para que Doña Encarnación lo envíe a tus papás con las notas de clase.

--Sin embargo, Moro, debes convenir en que la salida de Albornoz ha sido oportuna--apuntó uno de los Mezquita.

--Sí; confieso que en medio de su dulce charla infantil tiene alguna vez ocurrencias felices. Pero no hay que celebrárselas demasiado. Todos los pedagogos están conformes en aconsejar que no se excite el amor propio de aquellos seres que tienen necesidad más tarde de luchar con las agresiones de la sociedad. El de Pepito, ya sabéis que está harto excitado.

Con esto Albornoz se ruborizó fuertemente. Nosotros le miramos y se ruborizó todavía más.

Quedé, pues, instalado en aquella casa muy a mi gusto. Obtuve de los huéspedes tan favorable acogida que, a pesar de mi corta edad, que logré ocultar algún tiempo, pronto me tuteé con todos ellos. La superioridad intelectual de Pasarón y de Moro me causaba admiración.

Estimulado por ella creció el fuego de la sabiduría que me devoraba. Estaba resuelto a instruírme y a libar toda la miel científica que la Universidad Central destilaba en aquella época.

Pero con gran sorpresa mía esta miel se hallaba siempre en vías de fabricación en las cátedras, sin que jamás nos la sirviesen aderezada y apta para nuestra alimentación. Quiero decir, que en todas las clases de la Universidad, lo mismo en la Facultad de Ciencias que en la de Letras o la de Derecho, los profesores en aquella época, que siguió a nuestra gran Revolución, no explicaban la asignatura que les estaba encomendada, sino la _introducción_ a esta asignatura. De tal modo, que pasábamos todos los meses del curso en el zaguán de la ciencia haciendo sonar la campanilla sin lograr jamás franquear la puerta.

Ignoro a qué obedecía esta conducta. Tal vez juzgasen nuestros profesores que convenía tenernos en el portal, temerosos de que la escalera nos hiciese daño.

Yo me creía con pecho bastante fuerte para subirla. Compré libros y leí por ellos con ahinco. Y no sólo en casa, sino en la Biblioteca Nacional, pasaba largas horas entregado con furor al estudio. Pasarón me ayudó muchísimo a orientarme en mis trabajos. Porque este joven maravilloso no sólo había profundizado en la Historia, en la Literatura y en la Filosofía, sino que tenía, asimismo, conocimientos muy vastos en las Ciencias Físicas y Naturales. Particularmente era asombrosa su erudición bibliográfica. Cuando yo necesitaba conocer con alguna mayor extensión cualquier materia, él me señalaba al instante el libro en que la hallaría expuesta con mayor lucidez.

No obstante, al cabo quise entender que su ayuda era más externa que espiritual. Me señalaba los libros, me hablaba de los autores con una riqueza de datos sorprendentes, hacía algunas observaciones críticas de importancia; pero no entraba de lleno en el fondo de los asuntos ni procuraba esclarecerlos. Si he de confesar la verdad, me parecía que le interesaban de un modo secundario.

La filosofía de la Naturaleza, los grandes sistemas metafísicos, la investigación atrevida de las causas esenciales, las ideas que agitaban constantemente mi espíritu y lo tenían anhelante, observé que no le preocupaban. Cuando yo trataba de lanzar nuestra conversación a las alturas y estudiar los hechos capitales de la existencia y decidir de la mayor o menor veracidad de las ideas, en vez de apoyarme o contradecirme solía decir: «--Esa idea que acabas de emitir es _hegeliana_, o ese concepto de la fuerza _cartesiano_, o esa opinión se acerca mucho al _conceptualismo_ de Abelardo.» Pero investigar si lo que yo afirmaba era o no cierto, jamás.

Repugnaba la discusión como no fuese sobre la mayor o menor autenticidad de un dato o de una fecha. En fin, era evidente que le interesaba mucho más la historia de la ciencia que la ciencia misma.

Por eso un día a la hora del almuerzo, que era la de las grandes controversias, Sixto Moro le dijo:

--Pasarón, te pareces a cierto joven que ofreció a sus amigos presentarles en el palacio de un marqués donde se celebraban brillantes bailes y reuniones. Sus amigos creyendo de buena fe que era amigo del marqués y frecuentaba su casa, se pusieron el frac y fueron con él al baile. Suben la escalera, entregan los abrigos a los criados, penetran en el salón y nuestro joven se dirige al dueño de la casa que se hallaba en medio de él, le hace una profunda reverencia y le dice: «--Marqués, tengo el honor de presentar a usted a mi amigo Fulano, capitán de artillería; a mi amigo Zutano, ingeniero de montes, etcétera.» El marqués le mira con asombro, y al fin exclama indignado: «--Está bien, ¿y a usted quién le presenta?» «--A mí, nadie--responde tranquilamente--, yo me retiro.» Y girando sobre los talones, se va del salón. Tú haces lo mismo, nos presentas filósofos y literatos, nos explicas con toda perfección sus opiniones y cuando al cabo preguntamos por las tuyas, te decimos como el marqués: «--¿Y usted quién es?»--«Yo no soy nadie, yo me retiro»--nos contestas.

Era exacto. Sin embargo, no se podía negar a Pasarón una grande y lúcida inteligencia. Su crítica era casi siempre acertada, vigorosa, poseía una rara penetración para aquilatar los méritos de cada escritor, no había cuidado que se dejase engañar por armadijos ni oropeles. Mas ya fuese porque el exceso de conocimientos sofocasen en él toda iniciativa intelectual, o porque su desaforada curiosidad y afición a la Historia le impidiese entrar en sí mismo, es lo cierto que no podíamos averiguar qué ideas germinaban en su mente acerca de los grandes problemas de la filosofía ni las secretas inclinaciones de su espíritu.

¡Cuán distinto era Moro! Para éste no existía la Historia sino la actualidad. Sobre cada asunto que se ofrecía en nuestras pláticas formaba inmediatamente su opinión que expresaba siempre de un modo resuelto, inapelable. La mayor parte de las veces, estas opiniones se apartaban cien leguas de las de los demás; pero esto era cabalmente lo que él ambicionaba. Su satisfacción era ostensible cuando después de emitir una de ellas veía el asombro pintado en nuestros ojos.

Moro vivía en perpetuo estado de rebelión contra todos los principios que pasan por inconcusos en nuestra sociedad. Era lo que hoy han dado en llamar ciertos filósofos un no-conformista. En cuanto se ofrecía ocasión de atacarlos, cerraba furiosamente contra ellos o escaramuzaba ligeramente en torno suyo.

Su ingenio sutil y la afluencia de que estaba dotado le servían admirablemente para apoyar las verdades cuando casualmente tropezaba con ellas; pero desgraciadamente también le ayudaban a sostener los errores cuando alguno de sus frecuentes caprichos le arrastraba a ponerse de su lado. En estos casos se convertía en un famoso prestidigitador de las ideas, hacía juegos malabares con ellas, y si no nos convencía por lo menos nos deslumbraba.

En fin, era un retórico que apuntaba al efecto antes que a la verdad, y que no temía despeñarse en un abismo de paradojas y de absurdos si esto le proporcionaba el gusto de mostrar la flexibilidad de su talento y de inquietar a sus oyentes. Por esto su conversación, siempre brillante, concluía algunas veces por hacerse fatigosa.

III

LA CASA DE MI MENTOR

El general Don Luis de los Reyes fué la persona designada por mi padre para servirme de mentor en Madrid durante la carrera. En consecuencia, me presenté al día siguiente de mi llegada, por la tarde, en su casa.

Ocupaba el General el piso primero de una de las mejores casas del barrio de Salamanca. Me abrió la puerta un criado con librea, quien, al enterarse de mi deseo de ver al General, llamó a otro. Apareció un hombre que, a juzgar por su traje, no era un criado ni tampoco un caballero. Después supe que se llamaba Longinos y era un antiguo asistente del General a quien había hecho su hombre de confianza, una especie de intendente o mayordomo. Al escuchar mi nombre sonrió con benevolencia y no vaciló en llevarme a la presencia de su amo.

Se hallaba éste en su despacho escribiendo, y cuando me anunciaron se alzó precipitadamente del sillón, vino a mi encuentro y me abrazó tan efusivamente, que no pude menos de sentirme profundamente halagado.

--¡Ea, ya tenemos aquí al estudiante! Un buen estudiante, ¿verdad? Si semejas a tu padre por dentro como te pareces por fuera, seremos excelentísimos amigos.

Me recibió con una cordialidad verdaderamente conmovedora. Se enteró minuciosamente de la salud de los míos, y de todo lo que ocurría en mi casa, me dió infinitos consejos y un cigarro habano que se empeñó que fumase en su presencia.

Era Don Luis, lo que se llama en términos vulgares, un real mozo. Alto, corpulento con tendencias a la obesidad, la tez sonrosada, los ojos vivos, la dentadura perfecta, y sólo tal cual hebra de plata entre su barba, que gastaba cerrada y corta. Aunque tenía cuarenta y seis años cumplidos nadie le echaría más de los cuarenta. Se ofreció desde luego a mis ojos como un hombre alegre, cordial, impetuoso, un poco ligero, representando el tipo perfecto del temperamento sanguíneo, tal como acababa de estudiarlo en las nociones de fisiología que cursamos en el último año del bachillerato.

Había sido uno de los caudillos afortunados de la revolución de Septiembre. Durante algunos años fué un temible conspirador, amigo íntimo del general Prim y de los demás militares que aspiraban a derrocar el régimen imperante, hombre valeroso y estimado de sus compañeros. Hizo la campaña de Africa donde se señaló mucho, y cuando no había cumplido aún los treinta y cinco años, alcanzó el empleo de coronel. En aquella época se hizo sospechoso al Gobierno, se le quitó el mando del regimiento y se le envió desterrado a mi pueblo natal. Allí permaneció más de un año, y en este tiempo trabó amistad estrechísima con mi padre.

El lazo de unión entre estos dos hombres de profesiones tan diferentes fué la pesca. Cañas, redes, anzuelos, impermeables, botas de agua; yo no veía otra cosa en mi niñez atestando los rincones de mi casa. Poseía mi padre una pequeña lancha con la cual se lanzaba a la mar la mayoría de las veces solo. Esto era causa de zozobras sin cuento para mi pobre madre. Nadie sabía mejor que él guisar una caldereta a la orilla misma del mar con el pescado que acababa de extraer del agua. Era peritísimo para adivinar y predecir las mudanzas del tiempo. Cuando nuestros amigos y vecinos proyectaban cualquier excursión campestre se le venía a consultar, y si él no daba su beneplácito nadie se movía de casa.

El coronel Reyes tenía más afición que práctica en este noble ejercicio. Su afición era verdaderamente loca y superaba aún a la de mi padre. Sin embargo, éste le inició durante aquel año en todos los secretos del arte. No se apartaban sino para dormir, porque aun en las horas que mi padre destinaba al despacho de sus negocios, el Coronel solía estar presente en el escritorio ocupándose ordinariamente en arreglar los aparejos. Su amistad se estrechó tanto, que llegaron a tutearse como si se hubiesen tratado desde la infancia. No tenían secretos el uno para el otro, y cuando un día, burlando la vigilancia de las autoridades, desapareció el Coronel del pueblo, fué mi padre quien le facilitó los medios y quien le sirvió de intermediario para obtener noticias de su hija, que había dejado en Madrid. El coronel era viudo y tenía una niña de poca menos edad que yo, cuyo retrato llevaba siempre en la cartera. Mi madre se deshacía en elogios de la belleza de aquella criatura de tres o cuatro años. Imposibilitado de tenerla consigo a causa de su vida azarosa, la había colocado en casa de una prima suya y más tarde en un colegio dirigido por religiosas; pero su pensamiento estaba siempre con ella, porque era hombre afectuosísimo.

Digo, pues, que un día desapareció de nuestro pueblo, y desde entonces corrió todas las aventuras peligrosas de los conspiradores de aquella época. Se batió el 22 de Junio en las barricadas en Madrid y siguió a Prim en su odisea por los campos de Castilla hasta entrar en Portugal. Mi padre conocía por menudo sus azarosos pasos, y me narraba de sobremesa, con emoción, algunos de ellos.

Al cabo dió con sus huesos en París, donde permaneció los dos años que precedieron al triunfo de la revolución. Allí conoció a una joven viuda, brasileña, de gran fortuna, y se casó con ella. Harto lo necesitaba. El Coronel era uno de los hombre más pródigos que pudieran verse. Mi padre no le reconocía otro defecto. Había disipado el corto caudal de su primera esposa que poseía más timbres de nobleza que hacienda, y sería bien capaz de disipar el de ésta si le dieran tiempo y ocasión para ello. De sus trampas y penurias se disculpaba achacándolo a la política; pero mi padre sabía perfectamente que sólo debían achacarse a su inveterada prodigalidad y no poco le tiene sermoneado para corregirle.

Por fin llegó la hora del triunfo. Reyes desembarcó en Cádiz con los militares revolucionarios, se batió en Alcolea y entró victorioso con ellos en Madrid. Fué nombrado inmediatamente general de división o mariscal de campo, como entonces se decía, saltando sobre el empleo de brigadier. Erale debido, pues llevaba diez años de coronel y había expuesto repetidas veces su vida en aras de la causa revolucionaria. Un año después fué ascendido a teniente general. A la sazón ocupaba un alto puesto en el Ministerio de la Guerra.

--Bueno, ahora que ya me conoces (porque reconocerme, aunque digas lo contrario, es imposible), ahora que sabes que estoy dispuesto a no perdonarte la más mínima infracción de tus deberes (salvo las escapadas que harás sin que yo me entere), es necesario que conozcas a mi familia y que te posesiones de esta casa que es, desde hoy, la tuya.

Salimos del despacho, atravesamos un pasillo profusamente iluminado, y penetramos en una estancia muchísimo más iluminada aún.

Era un gabinete cuadrado de regulares dimensiones, decorado con un lujo al cual no estaba yo acostumbrado. Las cortinas de raso encarnado sostenidas por galerías doradas; la sillería dorada también y forrada de la misma tela; del techo pendía una artística araña de cristal y en uno de los rincones un gran quinqué sostenido por tallada columna de bronce esparcía también velada claridad. Sobre la chimenea de mármol rojizo había una magnífica escultura de mármol blanco, y sobre dos mesitas chinescas, algunos juguetes de porcelana. Los pies se hundían en la alfombra; una emanación de suavidad extraordinaria llenaba el aire con su perfume. Al través de una puerta se divisaban otros dos salones; el uno azul, el otro gris, iluminados igualmente con preciosas lámparas.

Todo aquel lujo me produjo un gran deslumbramiento. Allá en nuestra ciudad, mi familia vivía con holgura pero con gran sencillez, y jamás había estado en casa alguna que se le pareciese.

Una linda joven saltó de la silla donde se hallaba hojeando un libro, y se colgó del cuello del General dándole dos apasionados besos.

--Aquí os presento a Angelito, cuyo nombre en alas de la fama ha llegado ya a vuestros oídos. Un estudiante modelo, casi un hombre eminente que llegará a serlo por completo si, como espero, cierra los ojos y tapa sus oídos a los encantos de la capital--dijo Reyes mirando al mismo tiempo hacia un rincón del gabinete.

En aquel rincón descansaba sobre una butaquita roja como el resto del mobiliario, otra joven de deslumbrante hermosura.

La primera me alargó risueña su mano, que yo estreché tímidamente. Era una mano de niña, suave y regordeta. En efecto, aquella joven no era más que una niña raramente desarrollada. Por su estatura y corpulencia, semejaba una mujer, pero su rostro tenía la frescura y la inocencia de la infancia. Sus ojos negros y vivos, guardaban gran semejanza con los del General; la tez finísima, sonrosada, brillante; la boca deliciosa, los cabellos negros y ondulados cayendo graciosamente sobre la frente, una frente estrecha y tersa de estatua griega.

--Mi hija Natalia--dijo Reyes besando aquella frente--. Y aquí tienes a la señora de la casa--añadió señalando a la joven que se había levantado de la butaca y venía hacia nosotros.

Esta me estrechó la mano también, y el General exclamó riendo:

--Estréchala con respeto que es la de un sabio.

La bromita del General me iba pareciendo un poco pesada.

Una sonrisa divina se esparció por el rostro de aquella mujer que más parecía una diosa. Era alta, esbelta, admirablemente torneada; pero nada puede dar idea de su rostro amasado con rosas y leche, donde se unían el amor y la gracia, la dulzura y la altivez. Sus ojos garzos tallados en almendra brillaban debajo de sus cabellos rubios con luz tibia y voluptuosa y su boca sonreía como una rosa que se abre dejando ver dos filas de perlas. Aquella cabeza encantadora estaba sostenida por un cuello de alabastro que se unía a su espalda con una curva de indecible elegancia, y su seno se alzaba fiero y majestuoso bajo la tela sutil de su bata azul.

--Si no es un sabio todavía, lo será, ciertamente, con el tiempo.

--Y si intenta desviarse del camino recto, le pondremos orejeras como a los caballos de tiro para que mire siempre hacia adelante.

--No haga usted caso de este rudo soldadote que no piensa más que en tirar la Ordenanza a la cabeza a todo el mundo. Usted seguirá siendo el estudiante modelo de que hace tiempo teníamos noticia sin necesidad de que nadie le señale el camino.

--¡Usted! ¡usted!... ¿Qué significa ese usted? Angelito viene confiado a nosotros, y tú eres desde hoy en Madrid, su única madre.

¿Quién dejará de imaginarse el grato cosquilleo que sintió mi pecho al encontrarme con tan gentil mamá? Su voz entró en mis oídos como una música suave. Mis ojos debieron expresar tanta admiración, que su tez delicada se tiñó de carmín.

--Bien, pues desde ahora no dudes que aquí estás en tu casa y que todos tendremos un placer en que nos trates y consideres como tu familia.

Hablaba mi buena mamá bastante bien el español, aunque que con cierto dejo portugués, alargando un poco los labios, lo cual hacía su discurso suave y mimoso.

--Ven a tomar una copita de Jerez--me dijo entonces Natalia tuteándome ya también con la mayor franqueza.

Y cogiéndome de la mano me arrastró fuera del gabinete.

--¡Eso es! Has tenido una idea feliz--exclamó el General--. Dale un buen latigazo de Jerez y di a Juan que ponga un cubierto más en la mesa porque este buen mozo se queda hoy a comer con nosotros.

Natalia me llevó al través de los dos salones, azul y gris, hasta otra gran pieza donde dos magníficos aparadores de roble tallado se hallaban adosados a la pared cubierta de tapices que representaban escenas campestres. En el medio, debajo de una lámpara donde el gas brillaba amortiguado por la pantalla verde, estaba ya la mesa puesta. Un centro de plata adornado de flores perfumaba la estancia. Natalia se dirigió al criado que, con corbata y guantes blancos, estaba allí esperando.

--Sirve una copa de Jerez a este señor.

¿Por qué a esta niña encantadora se le ocurrió tan repentinamente darme una copa de Jerez? He aquí un problema que no se presentó entonces a mi espíritu. La bebí como si fuese algo que estuviese en el orden de la creación, y di las gracias.

Volvimos al gabinete, nos sentamos todos, y el General tornó a hacerme preguntas acerca de mi familia y de los conocidos que había dejado en el pueblo. Inútil me parece decir que sintiéndome escuchado por tan gentil auditorio, procuré dar a mis discursos la forma más ingeniosa y amena de que era capaz mi cerebro.

El General me hizo narrar las impresiones de viaje. No pude menos de confesar que algunas distaron de ser agradables. En cierta estación subió a nuestro coche un caballero que se condujo conmigo del modo más grosero que cualquiera puede imaginarse. Sacó violentamente mi maleta de la rejilla y me la arrojó sobre las rodillas. Decía que tenía derecho a un sitio para la suya. ¿Por qué no sacó la de cualquiera otro viajero? Porque yo era un muchacho y no podía hacerle frente. ¿No les parece una cobardía? Después se echó a roncar y puso los pies sobre mí con unas botazas sucias que daban asco.

--¿Por qué no le rompiste la cabeza a ese indecente?--exclamó Natalia con una impetuosidad que nos hizo sonreír--. ¡Sí! ¿Por qué no le dejaste caer una maleta sobre la cara cuando estaba durmiendo?

El General soltó una carcajada.

--¡Niña, eso es ya demasiado fuerte! ¿No comprendes que una maleta por poco que pesase le dejaría chato para toda la vida?

--¡Qué lástima! Yo le hubiera dejado sin narices.

El General, sin dejar de reír, acarició el rostro de su hija, diciendo:

--Sosiégate, hija mía. Eres una polvorilla que se inflama con la más leve chispa.

--Tiene a quien parecerse--apuntó Guadalupe sonriendo.

--¡Verdad!--replicó el General acariciando también la mano de su esposa--. ¡Cuánto daría por ser dueño de mí siempre como lo eres tú! Se vive más tranquilo, y, sobre todo, se deja vivir tranquilos a los otros, lo cual es más importante.

--¡Qué sé yo!--exclamó Natalia haciendo un gesto de desdén--. Por lo menos a nosotros dos no se nos podrá tachar de hipócritas.

--¿Se me tacha a mí?--preguntó Guadalupe dirigiéndole una mirada de reconvención cariñosa.

--Nadie podrá siquiera imaginarlo--se apresuró a decir el General respondiendo por su hija--. La tranquilidad del alma no excluye la lealtad. Sabes guardar tus sentimientos y haces bien, porque siendo puros los verías muchas veces profanados.

Al pronunciar estas palabras, el General clavó en su esposa una mirada de intenso cariño que la obligó a ruborizarse.