Años de juventud del doctor Angélico

Part 19

Chapter 193,979 wordsPublic domain

La preparación de la defensa no se limitaba solamente a la busca de testigos. Empecé a trabajar también con todas mis fuerzas a fin de crear en el público una atmósfera favorable a mi desgraciada amiga. En los cafés, en los saloncillos de los teatros, en el Ateneo, a todas partes donde iba me esforzaba en poner de nuestra parte a mis amigos y conocidos. Fuí a visitar a todos los que lo habían sido del general Reyes, les pinté la situación de su hija, los martirios que había sufrido, y logré pronto que se convirtiesen en otros tantos ardientes defensores de ella. Pero lo principal, como debe suponerse, era la Prensa. Mis compañeros me dieron prueba en aquella ocasión de un afecto que jamás agradeceré bastante. Hicieron una campaña discreta y formidable. Dios se lo pague.

Dos meses después desembarcó en La Coruña el emisario que Pérez de Vargas había enviado a Cuba, trayendo consigo una negra que había sido doncella de Natalia. Cuarenta días más tarde hizo lo mismo en Cádiz el que había enviado a Manila. Éste traía a dos indios, cochero y cocinero que habían servido en casa de Céspedes. La instrucción del proceso se desenvolvía, a no dudarlo, en sentido favorable.

Todo se hallaba preparado. Llegó por fin el gran día, el día del juicio oral, que yo esperaba a la vez con ansiedad y temor. No podía desechar éste de mi alma. Por más que me representaba las probabilidades de buen éxito con que podíamos contar dada la naturaleza de los testimonios que se ofrecían, el talento y la pericia de Moro, la simpatía que había llegado a inspirar Natalia, no obstante, el hecho brutal estaba allí, imborrable, incontrovertible: una mujer que hiere gravemente a su marido, le desfigura, le deja ciego para siempre. No era fácil dejar esto sin castigo.

Puede inferirse que la noche precedente dormí mal. Me levanté temprano, di algunas vueltas por las calles, y, por fin, me personé en casa de Moro. Estaba durmiendo aún. Volví a pasearme otro rato y cuando presumí que ya estaría levantado llamé de nuevo a su puerta. El criado me dijo que todavía se hallaba en la cama. Entonces, no pudiendo reprimir la impaciencia, tomé sobre mí la responsabilidad de despertarle y me dirigí a su dormitorio. En efecto, Sixto se hallaba sumido en profundo sueño. Cuando abrí las maderas del balcón volvió la cabeza, abrió los ojos y me miró un instante con vaga expresión sin darse cuenta de lo que mi visita significaba. Por fin, comprendiendo, una sonrisa se dibujó en sus labios.

--Perdona que te despierte, pero ya son las ocho... El juicio es a las diez y...

--¿Y qué?--preguntó incorporándose y mirándome con la misma sonrisa.

Yo no sabía qué decir. Me puse a dar vueltas agitadamente por la estancia.

--No puedo reprimir mi inquietud desde ayer, te lo confieso. Temo que ocurra una cosa mala.

--¿Y por qué lo temes?--me preguntó con calma.

--No lo sé, pero lo temo... Francamente, no comprendo tu flema.

--Para vencer, querido Jiménez, es necesario creer en la victoria.

Y dando un salto fuera de la cama se dirigió a su bañera y se dispuso a tomar una ducha.

Yo estaba admirado de aquella calma. Me trajo a la memoria la de Napoleón cuando la noche víspera de la batalla de Austerlitz, después de recorrer las posiciones de sus tropas, sacó el reloj y dijo:--«Voy a dormir cuatro horas.» Y las durmió sin faltar un minuto. ¡Cuánto he admirado siempre a estos hombres dueños de sí mismos! ¡Cuánto me he despreciado a mí mismo y maldecido de mis nervios alborotadores!

--Bueno, ahora mientras me desayuno y preparo mis papeles, te vas a la cárcel, le encargas bien a Natalia que se atenga estrictamente a las instrucciones que le he dado y le infundes ánimo... si es que puedes.

--Procuraré tenerlo.

Volvió a mirarme sonriente y me apretó la mano.

--Hasta luego, poltrón.

Hallé a Natalia serena y confiada como él. Procuré, como había prometido, hacerme el valiente y me desbordé en palabras de aliento que sobre ser innecesarias debían de sonar a falso. Cuando llegó el momento de separarnos para ir a la Audiencia, mi mano, al estrechar la suya, temblaba. Natalia me miró con sorpresa.

--¿Tiemblas, Angel?... No temas, amigo mío. Venceremos probablemente, pero si no vencemos marcharé al presidio tranquila porque hay todavía en el mundo algunos corazones que se interesan por mí.

Me volví rápidamente para ocultar la emoción que me embargaba. Bajé a la calle y esperé su salida. La vi montar en el coche de la cárcel. Yo monté en el mío de punto y la hice seguir. Cuando llegamos al palacio de la Audiencia, donde debía efectuarse el juicio quise hablar con ella, pero me lo impidieron. La llevaron a la estancia reservada desde donde pasaría a su tiempo a la sala. Yo me introduje en ésta, que se hallaba ya llena. El proceso había despertado vivo interés. No sólo muchos señores de la alta sociedad, sino también un gran número de damas habían solicitado y obtenido entradas para presenciar el juicio y ocupaban los mejores puestos. Yo lo tenía especial por mi condición de periodista. Encontré ya sentados a algunos de mis compañeros. Éstos conocían el interés que yo tenía por la procesada y se mostraban desde luego partidarios resueltos de ella, expresando sus sentimientos en voz alta y con poca discreción. Tuve que llamarles alguna vez al orden porque temía que comprometiesen el éxito del negocio.

Se constituyó el Jurado después de las formalidades acostumbradas. Moro ocupó su puesto y el fiscal el suyo. Todo el mundo sabía que éste pedía para Natalia la pena de doce años de presidio. Era un funcionario de los que juzgan que su deber es mostrarse en toda ocasión, con razón o sin ella, implacables acusadores del procesado y hacen cuestión de amor propio el que sea condenado. Yo le temía porque era hombre influyente y hábil.

Se declaró abierto el juicio y apareció Natalia. Todas las miradas se clavaron sobre ella con intensa curiosidad. Vestía el mismo traje negro y la misma pobre mantilla con que la había visto la primera vez en la calle. Su semblante estaba pálido, pero sus hermosos ojos brillaban sobre él dulces y serenos sin arrogancia y sin confusión.

Hubo en el público un movimiento de simpatía. «--¡Qué hermosa es! ¡qué hermosa es!», oí repetir en voz baja a los que estaban cerca.

Se sentó en el banquillo de los acusados y un guardia se colocó en pie detrás de ella. Desgraciadamente, casi al mismo tiempo se presentó Céspedes. Un ujier le conducía y fué a sentarle en el sitio que le estaba designado. Tenía el rostro horriblemente desfigurado por las quemaduras: los ojos habían casi desaparecido. Un rumor producido por el horror y la compasión se esparció por toda la sala. Yo temblé y miré a Natalia. Ésta bajó la vista y ni por casualidad volvió a mirar a su marido mientras duró el juicio. Después volví los ojos a Moro: éste tenía clavados los suyos en el verdugo de su adorada con expresión de odio.

Fueron examinados los testigos de la acusación. No eran más que tres o cuatro vecinos de la casa que habían escuchado los gritos de Céspedes y habían presenciado la huída de Natalia.

Vinieron los de la defensa. Sus testimonios fueron terribles, abrumadores: los malos tratamientos de Céspedes allí relatados despertaron viva indignación en la asamblea. La sevicia quedaba perfectamente probada; yo volví a recuperar la calma. Sin embargo, el fiscal hizo lo posible por desvirtuarlos dirigiendo preguntas insidiosas a los testigos, procurando ponerlos en contradicción, hasta mostrando hacia algunos ostensible desdén a causa de su raza, pues los de Filipinas eran indios y la doncella de Cuba, negra. Con Natalia también se mostró desconsiderado y duro. Felizmente, ésta supo manifestarse tan serena y animosa que no logró poco ni mucho turbarla: su modestia, el acento sincero de sus palabras, su voz insinuante y dulce, causaron grata impresión en el público. Por otra parte, Moro dirigió hábiles preguntas a Céspedes. Éste respondió a ellas en forma tan altanera, con aquel tono sarcástico en él congénito, que en un instante perdió la simpatía que su lamentable estado inspiraba. Todo el mundo quedó persuadido de que aquel hombre era bien capaz de cometer las maldades que se le atribuían.

El juicio tomaba un giro evidentemente favorable para mi amiga. Sin embargo, a medida que se desenvolvía aumentaba mi agitación. ¡Oh los nervios! ¿Quién sabe lo que podía ocurrir? Cierto que Natalia había sufrido crueles tratamientos, pero al mismo tiempo era evidente que había cometido un delito y que a este delito no fué empujada por una necesidad irremediable. Por otra parte, las inteligencias de los hombres son tan diversas, pesan sobre ellas móviles tan varios... En fin, mi imaginación daba tantas vueltas que concluí por sentirme mareado.

El informe del fiscal vino todavía a turbarme y afligirme más. Fué despiadado, cruel: parecía que advirtiendo las simpatías que Natalia había despertado ponía empeño en contrariarlas y desvanecerlas. Pintó a la acusada como una joven frívola, caprichosa, que habiendo sido demasiado mimada por su padre como hija única y dotada por la Naturaleza de un carácter altanero había contraído hábitos insufribles de dominación. Forzosamente tenía que chocar con su marido, hombre de temperamento rudo y violento. Cierto que éste se había excedido en los medios de corrección; pero debía tenerse presente que era un militar y que en éstos ciertos actos de violencia no son tan vituperables como en los civiles por lo mismo que la férrea disciplina del ejército y los excesos de la guerra los prepara para ellos. Por otra parte, su mujer, por todas las leyes divinas y humanas, estaba obligada a respetarle y obedecerle. ¿Lo había hecho siempre? No; por el contrario, se complacía en contrariar sus gustos y aficiones. El delito que había cometido era odioso, repugnante y sobre todo injustificado. Si se sentía maltratada ¿por qué no daba parte a la autoridad? ¿Por qué no huía de su marido? Se dice que estaba retenida a su lado por el amor de su hijo. ¿Y después de muerto éste? Por el contrario, en vez de abandonar el domicilio conyugal se pone a meditar friamente su venganza.

«¡Vedla ahí!--exclamaba--. Ved ahí a esa perversa mujer marchando solapadamente a comprar el frasco de vitriolo, guardándolo un día entero en su seno, esperando como el tigre pacientemente a que la víctima se mueva para caer sobre ella, ejecutando, al fin, ese acto inconcebible de crueldad y de barbarie que priva de la luz del sol y deja para siempre desfigurado al hombre a quien había jurado fidelidad y amor ante el altar.»

Natalia, al escuchar estas palabras, se puso horriblemente pálida y comenzó a sollozar. Una voz gritó en el público:

--¡Eso es indigno!

Yo conocía bien aquella voz. Se alzó un fuerte rumor. El presidente, airado, convulso, tartamudeando por la cólera, gritó:

--¡Inmediatamente! Inmediatamente los guardias detendrán al sujeto que ha dado esa voz y lo pondrán a disposición de mi autoridad.

Los guardias y los ujieres se lanzaron con solicitud a buscarlo, pero no lograron dar con él, mejor dicho, nadie quiso denunciarlo. Sin embargo, el mismo Pérez de Vargas, que no era otro el delincuente, se entregó voluntariamente y fué trasladado al interior. Allí hizo valer su calidad de diputado y fué puesto inmediatamente en libertad. Pocos días después se envió al Congreso por el irritado presidente un suplicatorio para procesarle, que fué denegado.

La interrupción había producido fuerte conmoción en el público y desconcertado un poco al fiscal, quien terminó su discurso al cabo pidiendo que se declarase culpable a la procesada y se le impusiera la pena por el código señalada.

El presidente concedió la palabra al abogado defensor. Moro comenzó a hablar en medio de una gran expectación.

»Si alzo mi voz en este momento no es para añadir algo nuevo al proceso ni para esclarecerlo, sino para dar cumplimiento a uno de los trámites que la ley determina en estos casos. Después de lo que acaba de oír, por boca de los testigos, el Jurado quedará convencido de que el delito se halla perfectamente probado, un delito que se ha perpetrado por espacio de diez años y que ha terminado por el castigo del culpable sin intervención de las leyes, por la misma mano de Dios, de la cual sólo ha sido instrumento la desgraciada mujer que por caso extraño hoy se sienta en el banquillo de los acusados.

»En un día nefasto ese hombre, que la ira de Dios ha cegado, condujo al altar a una niña de diez y seis años. ¿Qué es lo que ese hombre aportaba a esa niña en cambio de su amor, de su inocencia, de su belleza, de la alta posición que ocupaba en el mundo? Un corazón gastado, una vejez prematura labrada por los vicios y por toda fortuna un honroso uniforme que ya deshonraba. Arrebatada por las dulces ilusiones de un corazón que se abre al primer llamamiento del amor como una rosa de abril al primer rayo del sol de la mañana, esa niña inocente abandona gozosa los tibios regalos de una casa espléndida, los placeres que la sociedad brinda a los que se hallan en su cima, las lisonjas y el aplauso de los salones, las caricias de un padre noble y apasionado para seguir al través de los mares la fortuna precaria y compartir las estrecheces de un modesto oficial del ejército. Todo para ella era nada; los peligros, los azares de la vida militar, las molestias de los viajes, la sordidez del hospedaje, la escasez de recursos; todo era alfombra de flores porque en su tierno corazón reía y cantaba el primer amor con delirio de alegría. La fuerza del amor es superior a los embates de la mar y a la amargura de sus olas, convierte en fragantes azucenas los abrojos de la tierra. ¡Ay! no tardó mucho tiempo en despertar de su mágico sueño de oro. Hay un cuento titulado _El Lobo y Caperucita_ que muy pocos habrán dejado de leer en su infancia. Una niña tropieza en el bosque con un lobo el cual la engaña con palabras melosas, la lleva a su madriguera con promesa de regalarle juguetes y golosinas y concluye por devorarla. Pues bien, esta Caperucita también había encontrado su lobo. En los primeros tiempos los ojos de la fiera eran dulces, atractivos: Caperucita se dejaba guiar por ellos llena de fe y entusiasmo. Poco a poco comienzan a tornarse burlones y sarcásticos, y, por fin, se hacen feroces. Pero aun no había llegado la hora de saciarse en su sangre. Aquella fiera era como todas, cobarde: temía la venganza de un padre irritado y poderoso. Si el bravo general Don Luis de los Reyes contase entre los vivos es bien seguro que ese hombre no se sentaría hoy delante de nosotros.

»En los primeros tiempos se limitó a degradar a su inocente esposa introduciéndola en una sociedad de hombres viciosos y mujeres frágiles, haciéndola presenciar los desórdenes de una vida crapulosa y a compartir los apuros y miserias que el vicio arrastra consigo. Exige de ella que escriba a su padre pidiéndole dinero y porque el General lo niega como era justo sabiendo a lo que se destinaba, la injuria, la hiere en sus más caros sentimientos de familia, de tal modo que, indignada y aterrada a la vez, corre a refugiarse en casa de una amiga, esposa de un pundonoroso jefe del ejército. Otra vez la fiera vuelve a poner los ojos dulces, se muestra arrepentida y logra que la perdonen. No le convenía que aquellas injurias fuesen a oídos del general Reyes ni menos que se enterase el Capitán general de la isla de Cuba a cuyas órdenes se hallaba. Pero llega por fin, en medio de estas tristezas y penalidades, la noticia del fallecimiento del general Reyes. Su desgraciada hija, privada de tal protección, queda a merced del abominable monstruo que la fatalidad le había dado por compañero. La última paletada de tierra echada sobre los restos inanimados del héroe fué la señal del comienzo de su martirio.»

Y Moro, con calma aterradora, comenzó a referir uno por uno los tratamientos crueles que Céspedes infligió a su esposa en Filipinas, en Barcelona y en Sevilla sin omitir un detalle por repugnante que fuese. Su voz acusadora resonaba con eco profundo en la sala y la frialdad implacable de su gesto comunicaba frío y terror a cuantos le escuchaban. Los hombres arrugaban la frente y apretaban los dientes; las señoras se llevaban el pañuelo a los ojos para secarse las lágrimas.

Cuando terminó el relato hizo una pausa, permaneciendo algunos instantes con la cabeza baja mirando a la mesa. De pronto la levanta, sacude su melena como un león que advierte el peligro y se dispone a defender a sus cachorros. Entonces dió comienzo la oración más fogosa y elocuente que se ha escuchado en el foro español. ¡No la olvidaremos, no, los que hemos tenido la fortuna de oirla; no olvidaremos aquellas palabras vibrantes que sin rozarse jamás caían como gotas de fuego sobre nuestras cabezas! Su lógica era abrumadora, sus imágenes deslumbrantes. ¿Cómo es posible que con tal pasión y vehemencia en el alma las palabras fluyan de los labios artísticas, formando períodos de una belleza acabada? Es un misterio de la oratoria; es un privilegio del cielo.

Cerca de una hora nos tuvo pendientes de sus labios, maravillados y seducidos por aquel terso y luciente manantial de generosa elocuencia. La misma Natalia, olvidando su situación, le miraba estupefacta con los ojos muy abiertos, arrebatada a los intereses de su vida por el mágico poder del arte.

«¿Por qué esa mujer odiosamente maltratada no se substraía a sus tormentos? ¿por qué no huía de una vez del domicilio conyugal?, nos preguntaba el representante del ministerio fiscal. ¡Que respondan por mí las madres que en este momento me hacen el honor de escucharme! Ese monstruo había prometido a su infeliz esposa proseguir en su hijo los martirios que a ella le infligía si algún día le abandonaba. Y ésta no era una vana amenaza ¡no! Ella sabía bien de lo que era capaz porque ya se había asomado al abismo de su corazón y conocía sus negruras.»

Después, aludiendo al acto criminal que le había expulsado del ejército, decía:

«Si todo el peso de la ley cayera en aquella ocasión sobre ese hombre hubiera quedado en el presidio con una cadena al pie y su víctima no gemiría todavía largos años bajo el tormento de sus crueles tratamientos. Mas por un sarcasmo de la suerte el recuerdo venerado del general Reyes le arrancó del calabozo donde debería purgar su delito. El padre desde la tumba protegía al verdugo de su hija.»

Y cuando llegó a la escena final que dió origen al acto de Natalia tuvo frases aceradas que impresionaron hondamente al auditorio.

«En este momento aparece el rufián, el hombre de los diamantes en los dedos, que después de una noche de crápula viene todavía babeando de lujuria a comprar de ocasión la honra de una desgraciada mujer. Y el vendedor está allí, solícito, risueño, obsequioso, tratando de sacar el mejor partido de su mercancía. El ceñudo mercader de Damasco cuando lleva la esclava al mercado se desarruga, se muestra blando con ella para hacerla subir de valor. El comprador la examina atentamente mientras se come, se bebe y se fuma y al final desliza en los dedos del hediondo traficante algunos billetes que son el precio del honor de aquella mujer que un día, revestida del blanco velo de las vírgenes, ceñidas sus cándidas sienes con la corona de azahar, le hizo entrega de su cuerpo inmaculado y de su inocente corazón ante el altar.»

Por fin terminó su discurso con estas palabras que quedaron grabadas a buril en mi cerebro:

«Algunos de vosotros, señores jurados, tendrán o habrán tenido la dicha de ser padres. Vuestro corazón habrá saltado de gozo cuando al trasponer la puerta de casa escucháis la voz adorada de una niña que con gritos de alegría corre a recibiros; la levantáis en vuestros brazos, cubrís de apasionados besos su rostro amasado con rosas y leche, la sentáis sobre vuestras rodillas, acariciáis sus cabellos murmurando en su oído palabras de amor mientras ella os tiene pendientes y embelesados con su charla infantil y os hace olvidar por algunos instantes vuestras penas y cuidados. Allí está vuestro tesoro. Ninguna vigilancia os parece suficiente, ningún trabajo duro, ningún sacrificio bastante grande para asegurar a aquel ángel un porvenir dichoso... Pues bien, señores jurados, pensad por un momento que ese ángel caerá tal vez mañana en las garras de un sér diabólico que va a satisfacer sobre ella sus feroces instintos de crueldad, pensad que aquel afectuoso corazón, en vez de saltar de alegría como ahora al escuchar el ruido de la puerta se estremecerá de terror, pensad que aquellas cándidas mejillas donde tantos besos habéis depositado serán cobardemente abofeteadas, que aquellas tiernas manos que se introducían en vuestra barba acariciándola se verán cubiertas de sangrientos cardenales, que aquellos celestiales ojos en que os miráis retratados nunca dejarán de estar enrojecidos por el llanto, que de aquellos labios donde fluían frescas carcajadas que os inundaban de placer ya no saldrán más que gemidos. Y cuando esa criatura llegando al término de sus sufrimientos ya no pueda más, cuando un día impulsada por el instinto de conservación, que no abandona jamás a los seres vivos, pues hasta las aves más tímidas del cielo se defienden con su inofensivo pico, cuando un día sedienta de justicia arme su brazo con el arma de los débiles para inutilizar a su verdugo, entonces como un vulgar criminal se verá arrastrada a la cárcel y el representante de la justicia pública pedirá para ella la pena infamante del presidio... Pues bien, señores jurados, esa inocente criatura que os recibía con gritos de alegría, que saltaba sobre vuestras rodillas y acariciaba con sus dedos de rosa vuestras mejillas y gorjeaba en vuestros oídos palabras de amor, esa hermosa niña que en un día de ofuscación entregasteis a un miserable indigno de poseerla, esa joven escarnecida, martirizada, ultrajada de cuantos modos es posible, ya ha sido arrastrada a la cárcel, ya está en vuestro poder... Ahí la tenéis (_apuntando a Natalia_). ¡Condenadla!»

Un escalofrío corrió por toda la sala cuando sonaron estas vehementes palabras. El público guardó un silencio profundo y los ojos de todos se clavaron con ansiedad en los jurados. Estos, inmóviles y pálidos, tenían los suyos en el suelo. A mi lado oí murmurar a mis compañeros: «¡Está salvada, está salvada!» El corazón me dijo también: «¡Está salvada!»

--¿Tiene alguna otra cosa que alegar la acusada?--preguntó el Presidente.

--Nada, señor Presidente--respondió Natalia.

--Yo soy el que tengo algo que decir todavía--profirió una voz áspera, estridente, la voz de Céspedes.

Todas las miradas se volvieron con sorpresa hacia él.

--¿Qué es lo que usted tiene que decir?

--Tengo que decir que ese señor que de tal manera me acaba de insultar ha sido novio de mi mujer y ahora es su amante.

Se produjo un fuerte rumor en la sala, casi un tumulto. Moro y Natalia empalidecieron. Yo sentí que toda mi sangre fluía al corazón. «¡Está perdida!», me dije pasando en un instante de la alegría a la desesperación.

El Presidente hizo sonar la campanilla.

--¿Puede usted probar la acusación que acaba de formular?

--No puedo probarla, pero es cierta.

El Presidente se encogió levemente de hombros.

--Señor Presidente, deseo decir solamente unas palabras--manifestó Moro irguiéndose fieramente.

--El señor Abogado defensor no necesita responder a una acusación que no trae aparejada prueba alguna. No obstante, puede hablar, aunque brevemente.