Años de juventud del doctor Angélico

Part 18

Chapter 184,117 wordsPublic domain

--Gracias, Moro--dijo alargándole la mano--. No merezco esas lágrimas ni puedo pagárselas, pero Dios se las pagará... A mí ya me ha dado lo que merecía.

--Nadie conoce sus designios, Natalia--repuso Moro gravemente--. Confiemos en Él y apresurémonos a hacer lo que esté en nuestra mano para salir de este mal paso.

Sus ojos inteligentes brillaron con firme resolución preparándose al combate. Me invitó a sentarme en la única silla que allí había, salió un momento a pedir otra y acomodándose con enérgica actitud frente a Natalia, que se hallaba sentada sobre el borde del lecho, le dijo con autoridad:

--Necesito saber todo lo que ha pasado: necesito saber también los antecedentes del hecho.

--¿Es necesario que cuente mi historia?

--Sí; es necesario.

--¿Que lo cuente todo?

--Absolutamente todo.

--Pues bien, ustedes saben que después de mi boda estuvimos unos días en Piedra, que volvimos y que poco después embarcamos en Cádiz para Cuba. Por recomendación de papá, Rodrigo en vez de salir al campo de operaciones, se quedó en La Habana a las órdenes del Capitán general. Los primeros meses de mi matrimonio fueron los únicos felices. Mi marido salía poco de casa y casi siempre conmigo: parecía haber abandonado sus hábitos de juego: se mostraba deferente, afectuoso y alegre. Sin embargo, en ciertos momentos aparecía taciturno y respondía a mis preguntas en un tono sarcástico que no dejaba de herirme vivamente. Como duraba poco tiempo, no eran más que leves nubecillas que no lograban empañar mi dicha. Pero estos momentos de mal humor se fueron repitiendo con alguna frecuencia y empezaron a darme que sentir y que pensar. Sobre todo, vuelvo a decir, lo que más me hería y lo que más me ha hecho sufrir toda la vida, aún más que otras cosas peores de que hablaré, era su acento displicente, su actitud despreciativa. Pensando en la manera de remediarlo imaginé ¡pobre de mí! que Rodrigo estaba demasiado habituado a una vida divertida y frívola para soportar fácilmente esta otra un poco monótona de familia. Y yo misma le insté para que se fuese más tiempo con sus amigos y procurase distraerse. No se lo hizo repetir. Comenzó de nuevo a hacer la vida de soltero y calavera. Llegaba tarde a casa y alguna vez con señales de haber bebido en demasía. Pero estaba alegre y me trataba con amabilidad: era suficiente para que yo estuviese contenta. Más tarde quiso que yo también participase de esta vida alegre y me llevó a varias casas donde se bailaba, se cantaba y se jugaba. Pronto advertí que aquella sociedad equívoca no estaba hecha para mí. Se hablaba con una libertad a la cual no estaba acostumbrada; se usaban bromas subidas de color; las señoras fumaban como los caballeros y jugaban a los naipes; los caballeros juraban como carreteros cuando perdían y las damas, en vez de indignarse, reían. A altas horas de la noche se salía algunas veces formando pandilla, se recorría la ciudad y por fin se entraba en cualquier café que estuviese abierto y allí continuaba la jarana hasta que amaneciera...

Me hallaba tan avergonzada de esta sociedad poco honrosa y de esta vida sin recato que a los pocos días le signifiqué a Rodrigo que estaba resuelta a no entrar más en ella. Esto ocasionó el primer altercado serio que habíamos tenido. Me trató con dureza y dejó escapar palabras que me hirieron profundamente trayendo a cuento a mi padre y algunos antecedentes de mi familia. Me mantuve firme y guardé de aquella disputa un resentimiento que con el tiempo fué creciendo. Rodrigo, en vez de apagarlo, le fué echando más leña con su actitud despegada y su conducta libertina. Venía a casa cada noche más tarde; algunas veces no venía hasta la madrugada. Yo me pasaba las horas llorando en una butaca.

Después vinieron los apuros de dinero. Rodrigo jugaba y cuando perdía transcurrían algunos días sin entregarme ninguno para las necesidades de la casa. Pasaba unos momentos crueles, unas vergüenzas increíbles cuando me veía precisada a pedir prórroga para mis compras. ¡Ay!, después tuve tiempo para acostumbrarme a estas penas, que no son las menos insufribles para una persona decente. Un día Rodrigo se mostró conmigo más afectuoso que de ordinario; al día siguiente igual, al otro lo mismo. Yo acepté aquellas caricias como moneda de buena ley y me puse a imaginar con alegría que había vuelto sobre sí, que estaba arrepentido de su vida disoluta y que para nosotros comenzaba una nueva luna de miel. Pronto vinieron al suelo mis ilusiones. Al cuarto día, con no pocos preámbulos de caricias y palabras melosas, me hizo saber que se hallaba en un compromiso de honor muy apremiante, que había jugado bajo su palabra y que había perdido, que había prometido saldar su deuda en el plazo de dos meses cuando le llegase el dinero que tenía en España y que si no lo hacía quedaría deshonrado y no tenía otro recurso que darse un tiro. «--¿Bien, y qué es lo que quieres de mí?»--le pregunté sospechando inmediatamente de lo que se trataba y apreciando en su justo valor ya las caricias de los días anteriores. Ante esta pregunta se hizo el avergonzado, hasta quiso ruborizarse y me insinuó después de largas vacilaciones que debía escribir a mi padre pidiéndole diez mil pesetas. Me negué rotundamente a hacerlo. Insistió, rogó, se puso de rodillas delante de mí y tanto hizo que al cabo logró ablandarme. Escribí a mi padre con una repugnancia invencible. Yo conocía perfectamente su situación, que su sueldo apenas bastaba a cubrir sus gastos personales y que los de la casa pesaban todos sobre la fortuna de mi madrastra. En efecto, a vuelta de correo me envió una carta severísima doliéndose de que le pusiera en el trance de manifestarme su posición un poco humillante, pues Guadalupe, por estipulaciones matrimoniales, guardaba la libre administración de sus bienes. Le era imposible enviarme un céntimo; apenas tenía para sus gastos de representación; pedir el dinero a su mujer le parecía vergonzoso. Sin decirlo claramente dejaba traslucir que sabía perfectamente a qué se destinaban las diez mil pesetas que le pedía. Presenté la carta a Rodrigo; la leyó con gesto avinagrado, pues veía que no venía letra alguna dentro de ella, y dibujándose en sus labios una sonrisa amarga, me la entregó diciendo con sarcasmo:--Muchas gracias al papá y a la hija.

Desde entonces cambió la decoración. Empezó a tratarme con el mayor desprecio y a hacerme la vida muy dura.

--¿Llegó a maltratar a usted de obra?--preguntó Moro.

--Todavía no, pero me hablaba ya sin consideración alguna, paraba poquísimo en casa, dejaba sobre su mesa para que yo las viese cartas de mujeres. A tal extremo llegó en sus desprecios, que un día hice un paquete de mi ropa y dejándole una carta sobre la mesa de noche salí de la casa y me fuí a la de una amiga, señora de un coronel de artillería a quien había conocido en Madrid. Entonces Rodrigo vino inmediatamente a buscarme, se hizo el sorprendido ante mis amigos de mi decisión, procuró quitar importancia a los agravios, me pidió perdón de ellos y, en fin, se reconcilió conmigo. Todo aquello era pura hipocresía. Temía que el coronel diese publicidad a su conducta, que llegase a oídos de mi padre, el cual era hombre bien capaz de tomar venganza de ella y sobre todo que se enterase el Capitán general, a quien le convenía tener propicio. Volviendo, pues, sobre su acuerdo me trató desde entonces relativamente bien. No logró, sin embargo, disimular lo bastante para que yo no comprendiese que en el fondo de su corazón me guardaba rencor.

En esto llegó la fatal noticia de la muerte de papá. El Capitán general y todo el elemento militar de la Habana me dieron en aquella ocasión pruebas inolvidables de aprecio. Mi dolor fué tan vivo que quise volverme loca. Yo quería a mi padre apasionadamente, pero desde que advertí el despego de Rodrigo le quise mucho más. Ahora entendí bien que me hallaba verdaderamente sola en el mundo: este pensamiento me dejó abatida, aniquilada. Pronto vino a añadirse un nuevo dolor a este abatimiento. El Capitán general estaba perfectamente enterado de la conducta disoluta de Rodrigo, de sus escándalos y sus trampas. Hasta entonces había cerrado los ojos por respeto a mi padre; pero tres meses después de la muerte de éste le llamó a su despacho y le intimó la orden de volver a la Península. Fué necesario obedecer. Vinimos destinados a Barcelona. Como no había cumplido el plazo reglamentario en Ultramar para consolidar su ascenso, Rodrigo volvió a ser capitán. Yo estaba ya encinta de mi hijo Luisito. La vida volvió a ser muy dura para mí; teníamos escasísimos recursos: Rodrigo estaba siempre de un humor endiablado. Como ustedes presumirán, todas mis joyas habían desaparecido ya desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, conservaba colgado al cuello siempre un retrato de mi madre orlado de perlas y brillantes que papá me había regalado el día de mi primera comunión. Rodrigo me lo pidió, primero con muy amables súplicas, después con amenazas. Me negué a dárselo. Entonces se desató en injurias y por fin me dio un fuerte empellón que me hizo caer sobre la chimenea hiriéndome en la cabeza...

--¿Ha habido testigos de ese acto?--preguntó Moro.

--En aquel momento no había allí nadie, pero la patrona de la casa de huéspedes donde nos hallábamos estaba escuchando la disputa y acudió al grito que yo di y me restañó la sangre recriminando duramente a mi marido, porque yo estaba embarazada de siete meses.

Moro sacó la cartera y apuntó las señas de la casa y el nombre de la huéspeda.

--Yo me hallaba tan preocupada con mi estado y era tan feliz con la esperanza que ya casi había perdido, de tener un hijo, que no di gran importancia a aquel acto. Nació mi niño y poco después Rodrigo fué destinado a Filipinas y ascendió otra vez a comandante. Allí pasamos algunos años. No me trataba bien, pero sólo en contadas ocasiones puso la mano sobre mí. Por otra parte, las caricias de mi niño me compensaban de todas mis desdichas. Pero llegó un momento en que se mezcló en cierto asunto muy sucio de contrabando y sólo el recuerdo de mi padre, que el Capitán general guardaba religiosamente, le salvó del presidio. Se contentaron con expulsarle del ejército: quedamos a la gracia de Dios; salimos de Filipinas; vinimos a Barcelona donde Rodrigo tenía amigos de su misma calaña. Desde entonces mi vida fué un verdadero martirio. Rodrigo, agriado por la miseria, viviendo entre gente crapulosa, sirviendo de crupié en las casas de juego: pasé hambre algunas veces porque mi hijo no la pasara; estuve encerrada en casa temporadas porque no tenía zapatos que ponerme. Fuimos a Sevilla y mi vida aun fué peor... No tengo fuerzas en este momento para contar los malos tratos que sufrí de ese hombre. Fuí golpeada, humillada, privada de alimento y de ropa con que abrigarme...

--¿Por qué no has huído de su lado?--exclamé yo--. Más valía para ti morir en la calle.

--No huí porque me amenazó con que en ese caso se apoderaría de mi hijo, a lo cual le daba derecho la ley, y le haría sufrir a él los martirios que estaban destinados para mí.

Moro dejó escapar un rugido; saltó de la silla y se puso a dar vueltas por la estancia como si estuviera loco, mesándose los cabellos, rechinando los dientes.

Por fin se sentó otra vez y dijo con voz ronca:

--Siga usted.

Natalia le clavó una mirada de asombro y reconocimiento que él no pudo sostener. Bajó la cabeza y observé que sus manos temblaban.

--No quiero entrar en los detalles de las maldades con que me ha atormentado.

--¡Es necesario!--profirió Sixto.

--Dispénseme usted... No puedo en este momento... Me encuentro muy excitada. Acaso más adelante... El amor de mi hijo me ha sostenido en esas duras pruebas. Pero hará pronto tres meses que este ángel subió al cielo comprendiendo que aquí no le aguardaban más que desdichas.

Al llegar a este punto rompió de nuevo en sollozos. Cuando se hubo serenado prosiguió de esta manera:

--Con la muerte de mi hijo todo concluyó. Rodrigo sabía perfectamente que éste era el único lazo que me ligaba los pies. No le convenía que yo me marchase; le era necesaria. Así que desde entonces se abstuvo de maltratarme; aun más, comenzó a mostrarse conmigo deferente, respetando mi dolor: parecía interesarse por mi salud; me trajo algunos medicamentos para la anemia que según él padezco. Por fin anteayer domingo por la mañana me dijo con acento cariñoso: «--¿Quieres que pasemos hoy el día en el campo? A ti te conviene respirar el aire puro, distraerte un poco.»--Como ya todo me tenía sin cuidado en este mundo y lo mismo me importaba quedarme en casa que salir, le dije que sí. Tomamos el tranvía y nos fuimos a la Moncloa, nos paseamos, nos sentamos después sobre el césped. Rodrigo se durmió: yo mientras tanto pensaba en mi hijo y lloraba. Cuando despertó me propuso ir a almorzar a uno de los restauranes de la Bombilla, pues había ganado el día anterior algún dinero. Entramos, pues, en uno de ellos y Rodrigo me hizo elegir amablemente en la carta lo que más me apetecía. Antes de concluir de almorzar se presentó por allí un caballero que vino a saludar muy afectuosamente a mi marido. Este me lo presentó como uno de sus mejores amigos. Era un hombre joven todavía, grueso, no mal parecido, pero de aspecto ordinario; vestía bien y lucía en el dedo meñique un enorme brillante, uno de esos brillantes que llamamos «de jugador». No era otra cosa, al parecer, aquel sujeto. Se sentó a nuestro lado, charló mucho, se mostró galante conmigo, bebió dos copitas de cognac y regaló a mi marido con algunos cigarros. Cuando nos levantamos de la mesa observé que se dirigió al mozo y pagó todo el gasto que habíamos hecho. Esto me sorprendió y me ofendió: se lo dije por lo bajo a mi marido; él se echó a reír diciendo: «--¡Déjale, es rico!» Este sujeto nos acompañó después en el paseo y por último nos dejó en el tranvía. Rodrigo continuó mostrándose conmigo amable. Por la noche después de cenar, en vez de salir, como siempre, se quedó en casa charlando. De pronto me dice sonriendo: «--¿Te gusta Manolo López?» «--¿Quién es Manolo López?»--le respondí, aunque sabía perfectamente a quién se refería. «--Anda, pues el amigo con quien hemos paseado esta tarde.» «--¡Ah! sí, se me había olvidado su nombre... Ni me gusta ni me disgusta.» «--Pues tú a él le has chiflado.» «--¡Qué raro! ¿Cuándo te lo ha dicho?» «--Pues en un momento en que tú estabas distraída.» Yo callé porque algo extraño y terrible comenzaba a moverse en mi corazón. Guardamos silencio algunos minutos y al cabo Rodrigo comenzó a decir como si hablase consigo mismo y no para mí: «--Manolo López ha heredado hace algunos meses un millón de pesetas de un tío prestamista. Manolo López es generoso: si quisiera podía sacarnos de apuros. ¿Y por qué no había de querer? ¡Vaya si quiere! Bastaría con que una personita que yo conozco hiciese una seña para que todo su dinero se pusiese a nuestra disposición.» Una ola de fuego subió a mi cara en aquel momento. Me levanté de la silla como si me hubieran pinchado. «--¡Ni una palabra más, Rodrigo!» Pero él se obstinó en hablar y entonces yo perdí la razón y le cubrí de denuestos. El los sufrió mientras supuso que con la blandura podría conseguir algo; pero una vez convencido de que todo era inútil se volvió a mostrar lo que siempre ha sido, una hiena. Me insultó con las palabras más inmundas y me golpeó bárbaramente. Entonces yo juré interiormente que no volvería a poner la mano sobre mí. Por la mañana en cuanto salí a la calle compré en la droguería un frasco lleno de vitriolo y lo guardé en mi seno. Cuando tú me has encontrado ayer, Angel, lo llevaba ya. Rodrigo no me dirigió la palabra en todo el día. Por la noche llegó temprano, contra su costumbre; se conocía que le pedía el cuerpo reyerta; estaba despechado, furioso: los planes que, sin duda, había trazado, se le venían abajo. Comenzó por dirigirme indirectas y burlas y concluyó por insultarme. Yo le respondí, porque estaba resuelta a no sufrirle más: él me dió una bofetada que me batió contra la pared; entonces yo le grité: «--¡No me tocarás más en tu vida, malvado!» Y sacando el frasco del pecho se lo arrojé con todas mis fuerzas a la cara. Se hizo mil pedazos en ella y Rodrigo cayó al suelo dando gritos horribles. Yo me di a la fuga instintivamente, sin saber lo que hacía; abrí la puerta del cuarto y me precipité por la escalera. Cuando estaba en el portal todavía llegaban a mis oídos sus gritos. Salí y emprendí por las calles una carrera loca: recorrí calles, muchas calles ¡muchas! y por fin salí al campo; seguí una carretera: estaba muy oscura; al poco rato salió la luna y pasé junto a unas casas; había algunos hombres delante de una de ellas que me chichearon y viendo que yo no les respondía me insultaron. Seguí la carretera que estaba llena de polvo; después atravesé un puente: el río era poco caudaloso, más bien un arroyo; me detuve un instante a mirarle y tuve intención de tirarme; pero comprendí que no conseguiría privarme de la vida, sino herirme. Seguí mi marcha anhelante por la carretera; volví a encontrar algunas casas; salí de nuevo al campo; me sentí al fin tan abatida como si fuese a morir; me dejé caer debajo de un árbol y me quedé dormida. Cuando desperté, la luna se había ocultado de nuevo; estaba muy oscuro: no sabía dónde me hallaba. El pensamiento de lo que había hecho me asaltó de pronto; volvieron a sonar en mis oídos los gritos desgarradores de mi marido. Otra vez corrí desalada y otra vez caí rendida al cabo de unos instantes. Me levanté en cuanto me fué posible y seguí marchando aunque más lentamente. Al fin tropecé con casas elevadas, vi una calle alumbrada con faroles y me sentí más tranquila porque comprendí que había llegado a un pueblo. Seguí aquella calle, luego otras y otras. Por fin, cuando ya rayaba el día me encontré a la puerta de mi casa. Un guardia me apresó, me llevó primero a la Inspección y después a esta cárcel.

Calló. Nos hallábamos tan conmovidos que no pudimos decir una palabra. Después de un corto silencio, Moro levantó la cabeza y con resuelto ademán profirió:

--Por hoy basta. Lo importante ahora es la salud de usted. De lo demás que necesito saber tenemos tiempo a hablar más adelante.

Y se puso a hablar de la salud de Natalia como si estuviese en visita, haciéndole minuciosas recomendaciones, proponiéndole remedios preventivos. En cuanto se fuese hablaría con el médico de la cárcel y le enviaría también el suyo. Estaba muy excitada: luego vendría la depresión: era necesario prevenirse contra ella. Y después de haberla animado con afectuosas palabras haciéndole comprender que había obrado con perfecto derecho y en legítima defensa de su honor y de su vida dió con extremada habilidad otro giro a la conversación; habló de los países donde Natalia había vivido; le pidió noticias, hizo observaciones jocosas; en suma, logró distraerla hasta el punto de que por un momento la joven se olvidó de donde estaba y lo que había hecho.

Sin embargo, era necesario separarse. Moro se alzó de la silla bromeando. La visita había sido demasiado larga. ¡Buena cansera le habíamos dado! Y le tendió la mano sonriente como si se despidiese en una visita ordinaria. Natalia se la apretó y se la retuvo unos momentos sonriente también. Ambos se miraron a los ojos con una larga, intensa mirada en que sus almas se besaron.

Pero Natalia volvió bruscamente la cabeza, se llevó las manos al rostro y estalló nuevamente en sollozos. Moro volvió también la suya para ocultar las lágrimas y se precipitó fuera de la estancia.

En el despacho del director convinimos los medios conducentes para hacer más llevadera a nuestra amiga su posición. Aquél nos prometió proporcionarle todas las comodidades compatibles con el Reglamento. Moro dispuso que se le sirviesen las comidas de un restaurán próximo. Cuando iba a decir que los gastos corrían por su cuenta, yo le toqué en el brazo con disimulo. Comprendió bien lo que mi seña significaba. Natalia no hubiera aceptado de su parte estos regalos. Bajó tristemente la cabeza y me dejó la iniciativa y el privilegio de costearlo todo.

Nos retiramos tristes y silenciosos de aquel paraje. La alegría que en los últimos momentos habíamos mostrado era una comedia destinada a divertir de su aflictiva situación el espíritu de nuestra amiga. Cuando nos despedimos a la puerta de su casa me estrechó la mano con fuerza y me dijo:

--Hasta mañana. Tengo la seguridad de que Natalia será absuelta... Pero si no fuese, procuraría hacer mejor la puntería que la vez pasada.

X

EN QUE SE DECLARA EL JUICIO DE LOS HOMBRES.

Aquellas palabras de mi amigo me inquietaron bastante. No soy un optimista convencido; la vida nunca me demostró que debía serlo. Era justo que Natalia fuese absuelta; ¿pero se impone la justicia en este mundo?

De todos modos comenzamos con gran ardor la preparación de la defensa. Rodrigo se hallaba en el hospital. Me informé de los médicos; las heridas eran gravísimas: quedaría ciego y desfigurado. Tales noticias me aterraron porque hacían peligrosa la situación de Natalia. En cambio a Sixto le impresionaron agradablemente. Nadie quede sorprendido: así como su amor por Natalia era mayor que el mío, el odio que profesaba al malvado de su marido era cien veces más vivo.

Pocos días después hice un viaje a Barcelona con instrucciones de Moro para obtener el testimonio de la patrona en cuya casa se hospedaron los esposos en otro tiempo. Fuí dichoso en mis investigaciones; no sólo adquirí este testimonio y la promesa de venir a Madrid cuando el juez la llamase, sino también el de otras dos personas que habían presenciado las violencias de Rodrigo. Sixto hizo otro viaje a Sevilla, también afortunado.

Pero lo que había acaecido en Cuba y Filipinas era igualmente de gran importancia. En este último punto algunas escenas habían sido particularmente repugnantes. Los testigos eran criados. ¿Cómo averiguar su paradero? ¿Cómo hacerles venir a España?

En esta ocasión la Providencia quiso ayudarnos por modo maravilloso. Un día recibí una tarjeta de mi amigo Pérez de Vargas invitándome a almorzar. Durante el almuerzo, que se efectuó en completa intimidad, esto es, entre su esposa, él y yo, me manifestó que estaba interesadísimo en el proceso de Natalia, no sólo porque yo lo estaba y por la parte que tomaba en él un hombre a quien admiraba tanto como Moro, sino por la simpatía y la compasión que le inspiraba la procesada, a cuyo padre había conocido. Por lo mismo quería contribuír en la forma que pudiese, con su influencia y con su dinero, al buen éxito del asunto y se ponía desde luego a nuestra disposición. Entonces yo viéndole tan propicio le hice saber nuestro embarazo. Testigos muy importantes y que podían influír notablemente sobre el Jurado se hallaban en Filipinas. Apenas hube pronunciado la última palabra exclamó:

--¡Cosa resuelta! Yo me encargo de buscar a esos testigos aunque se escondan en el centro de la tierra.

Fuimos juntos a ver a Moro; celebramos algunas conferencias. Pocos días después dos hombres hábiles y de toda confianza salían embarcados el uno para Filipinas el otro para Cuba con amplios poderes y todo el dinero necesario. Costase lo que costase era necesario traer a Madrid los testigos que Moro les había designado.

La confianza de éste seguía siendo absoluta. Y sus ojos no sólo expresaban la confianza, sino una secreta y concentrada fecilidad que yo sabía bien de donde manaba. Esta misma expresión dulce y expansiva la advertía en el rostro de Natalia cada vez que iba a visitarla una vez por semana. Moro celebraba con ella frecuentes conferencias prevalido de su cualidad de abogado defensor. Yo no podía dudar de lo que acaecía en el alma de estos dos seres para mí tan caros y esto me causaba una mezcla de alegría y de inquietud que no podría bien definir.