Años de juventud del doctor Angélico

Part 17

Chapter 174,084 wordsPublic domain

Cuando salí de Fornos, anochecido ya, al atravesar por la Puerta del Sol vi delante de mí, caminando en la misma dirección, un hombre cuya figura me trajo a la memoria un personaje en el cual hacía tiempo que había dejado de pensar. Me acerqué a él con cierta emoción y le examiné ansiosamente. Vestía aquel hombre un chaquet raído y sobradamente holgado que parecía haber sido hecho para otra persona; sus pantalones estaban deshilachados y no muy limpios, los tacones del calzado gastados y torcidos, el sombrero de fieltro grasiento. En suma, representaba la imagen, bien frecuente en la corte, del caballero decaído y hambriento. Sus cabellos, y esto era lo que me desconcertaba un poco, eran grises y la parte de barba que lograba verle, también.

«Es él, es él», me dije, mientras mi corazón latía agitado. Para cerciorarme avancé unos pasos para adelantarme a él y al pasar le miré de través. Él también volvió un poco la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. En efecto, era él, era aquel antipático sujeto que se llamaba Rodrigo Céspedes.

Cualquiera puede figurarse la impresión que tal encuentro me produjo. Mi pensamiento voló inmediatamente a Natalia, aquella niña a la cual me habían ligado lazos de afección tan estrechos, un cariño casi fraternal, y me representé de improviso cosas terribles que me apretaron el corazón. Comí sin apetito y antes de acostarme no cesé de pensar en ella, imaginando unas veces que estaba muerta, otras que se hallaba sumida en la miseria. De todos modos, vi la necesidad de tener noticias y medité largamente los medios de adquirirlas.

VIII

TRISTES NOTICIAS

Al día siguiente me personé en el ministerio de la Guerra, donde tenía un amigo teniente coronel de infantería. No conocía a Céspedes, ni había oído nunca hablar de él, pero me dijo amablemente:

--Espéreme usted un instante, voy al despacho de Don Santiago Ruiz, que es coronel de caballería, y seguramente podré obtener noticias de ese sujeto.

En efecto, pocos minutos después se presentó de nuevo y sacudiendo la cabeza me dijo:

--Malas referencias puedo dar a usted de ese individuo. Hace años que fué expulsado del ejército en Filipinas, por un negocio sucio de contrabando, y no ha ido a presidio porque el Capitán general había sido amigo de su suegro. Don Santiago le conoce muy bien; fué su compañero de promoción; sabe que ha vivido en Barcelona algún tiempo, luego en Sevilla, siempre del juego y de la trampa, y que desde hace algunos meses se encuentra en Madrid, donde continúa rodando hacia la cárcel entre gente perdida y crapulosa.

Quedé consternado; me apresuré a preguntarle:

--¿Sabe usted si su mujer ha muerto?

--Don Santiago no tiene noticias de ello, pero supone que no.

Mi consternación fué mayor aún. Hubiera deseado que Natalia no existiese.

Di las gracias a mi buen amigo y me retiré más inquieto aún que había entrado.

Aquella noche, al levantarme de la mesa después de comer, el criado me dijo:

--Hay un señor ahí que pregunta por usted.

--Bueno; pásalo a la habitación y enciende la luz.

Me dirigí a mi cuarto y, sin saber por qué, una sospecha cruzó por mi mente. ¿Si será él?

Allí estaba, efectivamente, aquel repulsivo sujeto, arrellanado en una butaca, con las piernas cruzadas, silbando dulcemente una polka de cierta opereta bufa. Su grasiento sombrero descansaba sobre los papeles de mi mesa.

Al verme, se levantó pausadamente y me tendió la mano con impertinente condescendencia.

--¿Cómo va el amigo Jiménez? Supongo que me reconocerá usted.

--¿Céspedes?

--El mismo. Es usted buen fisonomista, porque he cambiado bastante. He saltado de joven a viejo sin sentirlo. Además, la barba...

A su bigotito enhiesto y cuidado habían sucedido unas barbas grises y aborrascadas, que, unidas a la dureza de su fisonomía y a la sordidez de su indumentaria, le daban un aspecto de salteador de caminos.

--¿Y Natalia?--le pregunté reprimiendo mi emoción.

--Buena; gracias--me respondió secamente frunciendo el entrecejo.

--¿Está en Madrid?

--Pues, ¿dónde quiere usted que esté?--me respondió con un acento insolente que me dejó confuso.

Me explicó en seguida que, a consecuencia de un choque que había tenido con el coronel de su regimiento, se había visto obligado a dejar el ejército hacía ya algunos años. Se encontró sin bienes de fortuna: no halló trabajo decoroso: sus parientes le abandonaron miserablemente: sus amigos, viéndole pobre, le volvieron la espalda.

--¿Será usted uno de ellos?--me preguntó clavándome una mirada que queriendo ser humilde guardaba el reflejo sarcástico y agresivo que siempre le había caracterizado.

Yo podía replicar que jamás había sido amigo suyo; pero estaba tan avergonzado, tan dominado por aquella increíble desfachatez, que me incliné haciendo un signo negativo.

Terminó pidiéndome cien pesetas, que le di sin vacilar pensando solamente en Natalia.

Para colmo de desgracia, añadió después de darme las gracias como si le ofreciese un cigarrillo, el único hijo que había tenido, un hermoso niño de siete años, se les había muerto aquí en Madrid hacía dos meses.

--¡Pobre Natalia!--exclamé.

--Sí; no cesa de llorar desde entonces. Yo le digo que si había de ser tan desgraciado como su padre más vale que haya dejado este mundo.

Tan bribón debió decir. Quise hacerle algunas preguntas acerca de ella, pero las rehusó contestando en un tono tan displicente, que estuvo a punto de hacer estallar mi cólera. Se apresuró a despedirse apretándome la mano sin mirarme, como si fuese yo quien le acabase de sacar cien pesetas. Cuando iba a trasponer la puerta le pregunté fingiendo indiferencia:

--Hasta otro rato. ¿Dónde vive usted?

Vaciló un instante y respondió:

--En la calle del Olivar, número diez.

Comprendí que mentía. Aquel bandido no quería que viese a Natalia. Sin embargo, fuí al día siguiente a la calle que me indicó con un resto de esperanza. Pronto se disipó: en aquella casa no conocían a semejante sujeto ni habían oído su nombre.

Pero yo estaba bien resuelto a conocer su domicilio y a ver a Natalia. No se necesitaba ser muy avisado para sospechar que vendría otra vez a sacarme dinero. En efecto, no se pasaron quince días sin que me hiciese otra visita. Me pidió diez duros.

--Aguarde usted un instante--le dije--; no tengo en este momento dinero, pero voy a pedírselo al dueño del hotel.

Busqué al chiquillo que limpiaba las botas y hacía los recados en la fonda y le dije:

--Cuando salga el individuo que está en mi cuarto le sigues con todo disimulo, y si averiguas dónde vive te doy un duro.

Hasta bien entrada la noche no tuve noticia alguna. Al pobre chico le había costado un trabajo enorme averiguar aquellas señas. Antes de restituirse a su domicilio, Céspedes había recorrido tres o cuatro _tertulias_ de café donde se juega, y mi muchacho se vió necesitado a esperarle pacientemente a la puerta en todas ellas. Por último hacía un momento que había ido a su casa. Vivía en la calle de Toledo, número...

Al día siguiente, antes de las nueve de la mañana, me dirigí a esta calle, y ocultándome en un portal me puse a espiar el de la casa citada. Tenía una miserable apariencia que me contristó. ¡Pobre Natalia, dónde había venido a parar! Y me representé la suntuosa y elegante mansión donde hacía doce años la había conocido.

No quise por el momento preguntar por ella ni hablar con la portera. Temía que cualquier indiscreción por mi parte le pudiera acarrear un disgusto: preferí aguardar a que saliese, pues tenía por probable, si no seguro, que lo hiciese a estas horas y no por la tarde. Nada conseguí. Se pasó una hora, se pasaron dos y ninguna persona salió del portal que se pareciese a ella.

Al otro día fuí una hora antes. Me situé, como el anterior, en un lugar donde pudiera acechar sin ser notado. Pocos minutos después de estar allí vi salir de la casa una mujer enlutada. La reconocí en seguida, aunque había cambiado bastante. Estaba mucho más delgada; pero su rostro demacrado guardaba siempre aquel sello de inocencia infantil que tanto seducía. Dirigió una mirada a un lado y a otro de la calle. Había en sus ojos, hermosos como siempre, tanta humillación y tristeza que las lágrimas saltaron a los míos.

La seguí procurando no ser notado. Vestía una pobre falda negra y una mantillita deslustrada por el uso: llevaba en la mano un pequeño cesto. Entró en el mercado de la plaza de la Cebada, situado no muy lejos de su casa y realizó algunas compras para la alimentación, que me parecieron bien reducidas. Después, salió de allí por otra puerta, y con paso rápido se dirigió a la iglesia cercana y penetró en ella.

Sin vacilar, como quien está habituado a hacer todos los días lo mismo, fué derecha al altar de la Virgen del Carmen y se dejó caer de rodillas. Su oración duró larguísimo tiempo. Mientras tanto, yo, detrás de uno de los pilares, con la vista clavada sobre ella, me entregaba a un sin fin de pensamientos melancólicos y de proyectos locos.

Al fin se levantó y vi sus ojos enrojecidos por el llanto. Maniobrando rápidamente salí antes que ella de la iglesia y la esperé. Cuando puso el pie en la calle me planté delante y le dije:

--Buenos días, Natalia.

Me miró estupefacta sin conocerme; fué un instante.

--¡Angelito!

Y al alargarme su mano, bajó la cabeza y rompió a llorar. Los sollozos la ahogaban. Entonces la arrastré hasta el portal más próximo para que no llamase la atención de los transeuntes. Aguardé a que se calmase apretándole la mano en silencio, pues comprendía que ninguna palabra sería oportuna en aquella ocasión.

Al cabo alzó la frente, se secó los ojos y me preguntó:

--¿Me has encontrado por casualidad?

--No; te he venido a buscar.

--¿Cómo has sabido que estaba en Madrid?

--Por tu marido.

Le expliqué que éste no había querido darme sus señas y me había valido de una estratagema para averiguarlas.

--¿Dónde le has visto?

--Ha venido a visitarme.

Una gran inquietud llameó en sus ojos.

--¿Para pedirte dinero?

--Una cosa insignificante.

Se puso roja.

--¿Y se lo has dado?

--¿Pues qué iba a hacer?

Bajó los ojos y dijo sordamente:

--No se lo des más.

--Pero si me dice que estáis pasando grandes apuros, que apenas tenéis que comer, que no tiene dinero para comprarte unas botas...

--No importa, no se lo des más--replicó con resolución.

--Eso es fácil de decir; pero yo no puedo tolerar que pases hambre y que vayas descalza mientras me queden unas pesetas en el bolsillo. Tú eres para mí una hermana.

--Gracias, Angel--profirió conmovida apretándome la mano.

Guardó unos instantes silencio y después haciendo un esfuerzo sobre sí misma y como si le costase enorme trabajo pronunciar las palabras, comenzó a decir:

--No se lo des más porque... desgraciadamente tu dinero no serviría para aliviar nuestras necesidades sino para alimentar sus vicios. Jugaría, se emborracharía y en vez de darme unas botas me daría un mal rato.

--Pero, ¿es que te maltrata?--pregunté con voz alterada.

No me respondió. Al cabo exclamó con vehemencia:

--¡He sido muy desgraciada, mucho, muchísimo!... pero todas mis desgracias no eran nada, no serían nada si Dios me hubiese dejado aquel hijo de mis entrañas que acabo de perder.

Al pronunciar estas últimas palabras rompió de nuevo en sollozos.

Cuando se hubo calmado un poco comenzó a hablarme de su niño muerto: una criatura de siete años, hermoso como un ángel, de una inteligencia tan precoz que ya se daba cuenta de las penas de su madre y la consolaba prodigándole palabras tan cariñosas y apasionadas que no podía recordarlas ahora sin que se le partiese el corazón: «--Mira, mamita, cuando yo sea grande trabajaré y ganaré mucho dinero y te compraré bonitos trajes y viviremos en una casa mejor que ésta y tú no lavarás la ropa porque tendremos criadas como antes. Yo no me casaré nunca más que contigo.»

Me describió su enfermedad con todos los pormenores imaginables. Me repitió sus últimas palabras:

«Mamá, estoy viendo el cielo. Hay una señora muy hermosa, muy hermosa que se parece a ti. Muchos niños la rodean... ¡Mira, mira cómo me hacen señas para que me vaya con ellos!... Dame la mano... Yo no quiero separarme de ti, mamita. Ven conmigo, mamita,..»

La infeliz no dejaba de llorar mientras me narraba estas historias. Algún transeunte al cruzar la miraba con sorpresa, pero viéndola enlutada, comprendía que estaba hablando de algún ser desaparecido y apartaba los ojos con respeto.

Sin embargo, yo tenía clavada en el alma una sospecha que me atormentaba. Bruscamente le repetí:

--Pero dime, ¿tu marido te maltrata?

Sus ojos se secaron, adquiriendo una expresión dura.

--No hablemos de eso. Al morir mi niño concluyó todo... Y te juro que no volverá a empezar.

No pude menos de recordar, observando su acento resuelto y la expresión colérica de su mirada, a la Natalia de otros días, a aquella niña tan viva, tan impetuosa, tan seductora.

No quise insistir; pero le dije:

--De todos modos deseo que sepas que no estás sola en el mundo y que estoy dispuesto a hacer por ti todo cuanto puede hacer un hermano.

Me miró con tal expresión de gratitud y de afecto que largo tiempo después, todavía al recordar aquella mirada, me sentía conmovido.

--¿Tu padre no tenía una hermana?

-Sí; la tía Leocadia. Se ha muerto un año después que él.

--¡Pobre Don Luis!--exclamé--. ¡Quién le había de decir!...

--Cuando se recibió la noticia en La Habana acababa yo de dar a luz a Luisito. Me lo ocultaron mucho tiempo hasta que me puse buena... ¡Pobre papá!... Su sino era malo como el mío.

Guardó silencio y yo también. Los dos pensábamos en lo mismo, pero el nombre que palpitaba en nuestros labios no se llegó a pronunciar. Ni yo tenía ganas de pronunciarlo ni ella seguramente de oírlo.

Nos apretamos de nuevo la mano para despedirnos Yo me decidí a preguntarle:

--¿Necesitas dinero? Cuanto tengo es tuyo.

Hizo un gesto negativo.

--Aunque lo necesitase no podría aceptarlo porque _él_ lo advertiría bien pronto.

--¡Es bien triste! Sin embargo, yo no me separo de ti sin que me prometas que en un caso de apuro, lo mismo de dinero que de otra cosa, acudirás a mí. Vivo en la calle del Arenal, en el hotel de... ¿Me lo prometes?

--Te lo juro.

--¿Podré verte alguna vez?

--Sí; ven a esta misma hora a la iglesia... No muchas veces... Ya comprenderás que pudieran observarnos y sospechar otra cosa.

La vi alejarse con su pobre cestita pendiente de la mano. Me sentí tan melancólico, tan preocupado, que en todo el día no pude apartarla de mi imaginación.

Me guardé bien de comunicar con Moro estas nuevas. No harían otra cosa que inquietar su vida y entristecerla aún más que la mía. Continué viendo a Natalia cada ocho o diez días al salir de la iglesia y hablando con ella algunos minutos. No me fué posible obtener que aceptase el más corto obsequio. En estas breves conferencias lloraba siempre. Sin embargo, alguna vez la hice sonreír recordando algunos incidentes cómicos del tiempo pasado.

--¿Te acuerdas de Sixto Moro, tu profesor?--le pregunté un día repentinamente.

Observé una leve turbación en su fisonomía.

--¿Continuáis siendo tan amigos?--me replicó en un tono que se esforzaba en aparecer indiferente.

--¡Ya lo creo! Nos vemos con mucha frecuencia. Pero el amigo Sixto ha hecho gran carrera desde que le has perdido de vista. Es actualmente uno de los primeros abogados de Madrid, gana mucho dinero, se le conoce, se le respeta, es diputado y será pronto cuanto se le antoje.

--Todo se lo merece: es un hombre muy inteligente y muy simpático--me dijo ya con perfecta tranquilidad.

Pero desvió inmediatamente la conversación hacia otro asunto, sin mostrar curiosidad por conocer más detalles. Sin embargo, cuando nos despedimos, al darme la mano me dijo con alguna vacilación.

--¿Sabes, Angelito?... No digas a Moro que estamos aquí.

--Pierde cuidado. Nada sabrá.

Debí haber añadido: «Por lo que a mí se refiere». Porque Sixto lo averiguó casualmente por sí mismo. Un día que fuí a almorzar a su casa le hallé pensativo y serio: antes de saludarme me dijo:

--¿Sabes a quién he visto ayer?

--Sí; a Rodrigo Céspedes.

--¿Sabías que estaba aquí?

--Lo he averiguado hace unos días.

--El traje que llevaba era deplorable. Parece hallarse en mala situación. ¿No pertenece ya al ejército?

--Ha sido expulsado hace tiempo.

--¿Y su mujer?--preguntó con voz levemente alterada.

--Su mujer vive y está aquí.

--¿La has visto?

--No, no la he visto. Rodrigo, con quien hablé unos instantes en la calle, ha evitado el darme las señas de su casa.

Me pareció que debía mentir en aquella ocasión. ¿Qué ventaja podía resultar de que supiese que hablaba con Natalia? Al contrario, para ésta y para él acaso hubiera peligro.

Guardó silencio obstinado largo rato, almorzó con poco apetito y le observé distraído y meditabundo mientras permanecí en su casa.

Otro tanto me acaeció pocos días después al entrevistarme con Natalia a la puerta de la iglesia. La hallé terriblemente seria: había en sus ojos una gran inquietud: un pliegue profundo surcaba su frente.

Le pregunté si se sentía mal, si había tenido algún disgusto, Me respondió secamente que se encontraba bien de salud y que nada le ocurría. Hablamos pocos minutos y se apresuró a despedirse. Sin embargo, al tiempo de separarnos volvió sobre sus pasos, me tomó la mano de nuevo y apretándola con extraordinaria fuerza me dijo con un sollozo reprimido:

--Pide a Dios por mí..., porque nunca lo he necesitado más que hoy.

Y se alejó rápidamente. Corrí detrás de ella.

--Dime, dime; ¿qué es lo que te pasa?

Pero ella, sin volverse, me hizo seña de que no la siguiese.

IX

LA DELINCUENTE HONRADA

Sobre las once de la mañana me desperté. Había llegado tarde del teatro: todavía me quedé dormido algunos minutos. Al fin, dominando la pereza, me planté de un salto fuera de la cama, hice las abluciones acostumbradas; me vestí y me dirigí al comedor para almorzar.

El periódico estaba, como siempre, al lado de mi plato. He tenido toda mi vida la antihigiénica costumbre de leer los periódicos a la hora de las comidas. Lo recorrí lentamente mientras masticaba distraído lo que me ponían delante, y ya iba a soltarlo cuando entre los _sucesos del día_, colocados al final y que rara vez leo, tropezaron mis ojos con un epígrafe en letra grande que decía: «Las vitrioleras».

«Ayer noche se desarrolló en la casa de la calle de Toledo, número..., una escena que, por desgracia, se repiten con alguna frecuencia. Natalia de los Reyes, de veintiséis años de edad, después de una acalorada disputa con su marido Rodrigo Céspedes, de cuarenta y cinco, le arrojó al rostro un frasco lleno de ácido sulfúrico, que le produjo graves heridas. El herido fué llevado a la Casa de Socorro y desde allí al hospital. La esposa criminal huyó del domicilio y hasta la hora presente no pudo ser habida.»

Quedé sin gota de sangre en las venas. Dejé caer el periódico sobre la mesa y mi consternación fué tal, que permanecí largo tiempo inmóvil sin acertar a levantarme de la silla. Por fin tomé de nuevo el papel entre las manos y volví a leer la noticia, imaginando vagamente que pudiera haberme equivocado en los nombres. No, no; eran bien exactos: Natalia de los Reyes, Rodrigo Céspedes. Seguí leyendo, sin saber lo que hacía, y al final de la columna me encontré con otra noticia referente al mismo asunto.

«Al cerrar nuestra edición tenemos noticia de que la autora del atentado de la calle de Toledo, Natalia de los Reyes, se ha entregado voluntariamente a la autoridad esta madrugada. Según hemos podido averiguar los protagonistas de este drama son personas de buena sociedad que por reveses de fortuna han llegado casi a la indigencia. Natalia de los Reyes es hija del difunto general Don Luis de los Reyes, que hace años representó un papel importante en la milicia y la política. Su marido es un antiguo oficial del ejército, separado de él hace tiempo. Tendremos a nuestros lectores al corriente de las fases de este suceso, que por tratarse de personas conocidas llamará seguramente la atención pública.»

Recordé la actitud extraña en que había hallado a Natalia y sus palabras enigmáticas en el día anterior y comprendí que alguna nueva infamia de Céspedes había venido a llenar la medida de su paciencia. Mi primer pensamiento fué volar a la cárcel y hacer por mi desgraciada amiga cuanto humanamente me fuese posible.

Cuando bajaba la escalera del hotel la subía Sixto Moro. Nuestras miradas se cruzaron y nos entendimos. Nos estrechamos las manos en silencio.

--¿Vas a la cárcel?--me preguntó.

--En este instante.

--Tengo el coche a la puerta. Vamos juntos.

Mientras rodábamos por las calles le expliqué lo que sabía y lo que sospechaba de las relaciones de Natalia con su marido y le referí las últimas conmovedoras palabras que habían salido de su boca cuando nos despedimos el día antes.

En la cárcel nos dijeron que Natalia se hallaba incomunicada por orden judicial.

--Vamos a ver al juez: es mi amigo--dijo Sixto.

Y de nuevo, más tristes e impacientes todavía, volvimos a rodar por las calles.

El juez nos recibió atentamente, y nos manifestó que la incomunicación sólo duraría hasta que tomase nueva declaración al herido. Sixto le dijo que él se encargaba de la defensa de la procesada. Yo le hice saber que era redactor de un periódico importante. En vista de ello nos dió un permiso escrito para que pudiéramos verla particularmente una vez levantada la incomunicación.

Cuando lo logramos era ya cerca de la noche. El jefe de la prisión se mostró cortés en extremo con nosotros, nos hizo pasar a su despacho y él mismo fué a informar a Natalia de mi visita. Le rogamos que nada dijera de la presencia de Moro. Este se quedó en el despacho con él mientras yo, guiado por un dependiente, llegué hasta la celda. Al abrirme la puerta, Natalia salió a mi encuentro con las manos extendidas. Sentí mi corazón tan oprimido al estrechárselas, que me saltaron las lágrimas a los ojos.

--No llores, Angel. Por mala que sea mi situación en este momento, era peor la que antes ocupaba.

Tenía los ojos secos, las mejillas encendidas y en su mirada había un cierto extravío de locura.

Yo no podía hablar.

--No vayas a creer que estoy arrepentida--profirió sacudiéndome las manos--. Nada de eso. ¡Estoy contenta, contentísima!

Y bruscamente, atropellándose para hablar, me dió cuenta de la forma en que había llevado a cabo su acto. Le había arrojado el frasco entero de vitriolo, ¡zas!, a la cara y se había hecho pedazos en ella.

--¡No estoy arrepentida, no! Cien veces volvería a hacer lo mismo con ese miserable.

Comprendí que se hallaba presa de una gran excitación nerviosa y traté de calmarla. Cuando le dije que Sixto Moro se había ofrecido a ser su abogado defensor quedó repentinamente paralizada. Guardó silencio unos instantes y dijo al cabo con voz demudada:

--Pero ¿es verdad lo que dices?

--Tan verdad, Natalia, que está ahí fuera esperando que yo le llame para entrar.

--¡Oh, no, por Dios!--exclamó tapándose la cara con las manos--. ¡Qué vergüenza!

--Sí, sí, Natalia, debe entrar. Lo está deseando ardientemente y va a ser tu salvación.

Y sin más esperar me apresuré a salir de la estancia, fuí al despacho del jefe y traje a Sixto conmigo. Antes de entrar éste se llevó la mano al pecho y me dijo:

--Déjame un instante. Mi corazón parece que quiere salir de su sitio.

Cuando entramos Natalia estaba tan roja que daba miedo. Se adelantó sonriente hacia Moro, que casi estaba tan rojo como ella. Pero al estrecharle la mano le sucedió lo que a mí, no pudo reprimir las lágrimas. Entonces Natalia, lanzando un grito sofocado, se dejó caer sobre el pobre lecho que tenía cerca y estalló en sollozos. Fué una crisis terrible de lágrimas. Sixto quería salir para llamar al médico; pero yo le retuve.

--Déjala; este llanto le ha de venir muy bien.

En efecto, pocos minutos después se incorporó. Su fisonomía se había serenado por completo: tenía otra vez aquella inocente expresión infantil que la hacía tan adorable.