Años de juventud del doctor Angélico
Part 16
--¡Aquellos hombres libres, aquellos dignos obreros nos aplastaban como animales inmundos por el delito de ganar un pedazo de pan con el sudor de nuestra frente!...
Y cambiando bruscamente de tono me dijo con indiferencia:
--¿No te parece que la tarde ha refrescado? Opino que debemos meternos en el coche. Te dejaré en tu casa.
--En mi casa, no. Déjame en el Suizo.
--Vuelta, y para delante del café Suizo--ordenó al lacayo mientras éste cerraba la portezuela.
Hablamos de cosas indiferentes. Sin embargo, yo estaba distraído y preocupado. Al cabo no pude menos de decirle:
--Perdóname que insista sobre un asunto que debe de ser para ti penoso. No me explico cómo después de las aventuras que acabas de narrarme y que han despertado en ti un justificado desprecio hacia la clase jornalera, te preocupas tanto de ella. Es verdaderamente admirable tu generosidad.
--Nada tiene de admirable--contestó riendo--. Yo estoy persuadido de que Sócrates tenía razón cuando afirmaba que el que obra mal no lo hace creyendo que es mal, sino bien, o lo que es igual, que la maldad no significa otra cosa que falta de discernimiento. Instruír a los hombres es hacerlos mejores. Por eso, más que de curar sus llagas físicas fundando hospitales y asilos, dedico mis esfuerzos como hombre público al cuidado de las escuelas y cuanto dinero puedo gastar a la creación de centros de cultura. Que estén enfermos y se mueran es cosa secundaria. Otros vendrán a reemplazarlos. Pero que siga imperando en el mundo el odio y la barbarie subleva mi corazón y despierta mi actividad. La lucecita de bondad y de justicia que alumbra débilmente a nuestra sociedad es lo único interesante de ella. ¿Qué importan los refinamientos de nuestras máquinas si el corazón del maquinista sigue siendo infame? Llegará un día en que estas máquinas servirán de garras y de dientes para destrozarnos los unos a los otros. El esfuerzo moral, la especulación metafísica, la ciencia teórica, el arte, la poesía, he aquí el fin verdadero de los efímeros mortales. El hombre no ha nacido para nutrirse, vestirse y regalar su cuerpo, sino para asomar un instante su cabeza en el mundo de las ideas.
--¿Y caer después en la nada?
--Ningún sér puede caer en la nada, decía el gran Spinosa... Así lo creo yo... Y después de todo, ¿qué? Más valen unos instantes de conciencia perfecta que una eternidad de inconsciencia bestial. El amor y la belleza pesan más en la balanza del universo que el sueño eterno de las fuerzas físicas.
--¿Cuál es el criterio para admitir esa superioridad?
--No existe. Los criterios son fórmulas, invenciones de nuestro sistema cerebral. Sabemos que el amor vale más que el odio, que la conciencia es superior a la inconsciencia, como sabemos al despertar que ya no dormimos.
Guardamos silencio. El carruaje rodaba ya por las calles, que en aquella hora rebosaban de gente y animación.
--¿A que no sabes--me dijo repentinamente poniéndome una mano sobre la rodilla--qué es lo que yo busco ocupándome tanto de la instrucción popular?
--Si no me lo dices...
--Pues busco un hombre. Estoy convencido, como te he dicho, de que las masas son despreciables. Los hombres, en su inmensa mayoría, casi en su totalidad, viven y mueren en la abyección intelectual, sin pisar el umbral de la conciencia. Inclinados siempre hacia la tierra, como decía Platón, al igual de los animales, los ojos fijos en el pasto, se entregan brutalmente a los placeres sensuales. Pero entre estos hombres aparentes puede surgir uno verdadero, un Sócrates, un Spinosa, un Shakespeare, un Cervantes. Es lo que yo busco. Quiero decir que la instrucción en general sirve de poco. El que nace majadero, morirá majadero aunque los más hábiles maestros del mundo se concierten para educarle. Por muchos granos que arrojes a la tierra si ésta es estéril no fructificarán. Observa cómo los juicios de la inmensa mayoría de los hombres no tienen valor alguno. Pero la simiente puede caer por azar en buen terreno y entonces surge en nuestro planeta el verdadero hombre, el hombre simbólico. Yo daría por bien empleados todos mis esfuerzos y mi dinero si al cabo consiguiera que se produzca en el mundo un hombre original.
No hay duda que mi amigo Pérez de Vargas lo era. Con ingenio y elocuencia siguió desenvolviendo su tesis paradójica hasta que el coche se detuvo delante del café Suizo. Me bajé, y apretándole la mano me despedí de él.
--Muchas gracias, Martín. Casi de acuerdo contigo.
--¿Nada más que casi?--me preguntó riendo.
--Nada más que casi.
VI
ÚLTIMAS OPINIONES DE UN SABIO
Un día en la Redacción me dijeron que Pasarón se hallaba seriamente enfermo.
--¿Qué es lo que tiene?--pregunté.
--Se trata, al parecer, de algo grave. Se dice que está afectado de una tuberculosis pulmonar. Hace ya dos meses que no asiste a cátedra ni sale de casa.
Esta noticia me impresionó dolorosamente. Si mi cariño hacia este amigo no era apasionado, la estimación que le guardaba era profunda. Nuestra amistad era a la sazón lo que siempre había sido, cordial y familiar aunque sin gran calor. Le veía de tarde en tarde porque girábamos en órbitas distintas, pero cuando nos encontrábamos departíamos un rato alegremente. Recordábamos los buenos tiempos de nuestra convivencia en la casa de la calle de Carretas. Yo me abstenía, sin embargo, de aludir a las lindas bordadoras, nuestras vecinitas, a las cuales, por otra parte, había perdido de vista hacía largo tiempo. Me enviaba con amable dedicatoria sus libros y yo le pagaba citando su nombre siempre que hallaba ocasión, y hasta cuando no la hallaba, en el periódico acompañado de los epítetos más lisonjeros.
Resolví visitarle para enterarme de la verdad de su estado. Habitaba en un piso primero bastante espacioso, pero tétrico, de una casa situada en una calle estrecha del viejo Madrid.
El criado que me abrió la puerta no puso dificultad para introducirme cerca de su amo. Me condujo al través de algunos oscuros corredores tapizados por ambos lados de libros, y entré en una gran sala tan pobre y sórdidamente alhajada que quedé maravillado. El suelo vestido de estera de cordelillo, los balcones provistos de visillos descabalados, los unos cortos, los otros largos, un sofá, dos sillones y algunas sillas, forrado todo de rica tela tan deteriorada por el polvo que apenas se reconocía su color. Las paredes cubiertas casi enteramente de libros colocados en altos armarios de pino barnizados de negro. Pero sobre todo lo que impresionaba más desagradablemente era la suciedad y abandono que se advertía en aquella estancia, lo mismo que en los pasillos que había atravesado.
Pasarón había heredado a sus padres, que en su provincia pasaban por ricos. Unido su patrimonio al sueldo de catedrático y al dinero que le producían sus libros, debiera proporcionarle recursos para vivir con holgura si no con lujo. ¿Por qué tal ausencia de elegancia y aun de decoro en su casa? Algunos lo achacarían a tacañería. Yo pensé más bien que aquella deficiencia era hija del exclusivismo que había reinado siempre en su espíritu. Este hombre no veía en el mundo otra cosa más que libros. Muebles elegantes y tapices y cortinas, adornos bonitos, esmero, limpieza, comodidad, todo esto era para él tan indiferente que apenas si se daba cuenta de que tales cosas existían en el mundo.
El gabinete, donde el criado me hizo entrar después de haberme anunciado, no ofrecía mejor aspecto que la sala. Libros, muchos libros, sillas deterioradas, igual estera de cordelillo, mesa de pino barnizado llena de papeles. Allá en el fondo de la alcoba un sencillo catre de hierro y sobre él colgado un crucifijo. Parecía la celda de un monje.
Pasarón estaba sentado en un sillón y departía con un conocido catedrático y académico que se despidió cuando yo entré. En su rostro la enfermedad traidora que le minaba aparecía ya de un modo bien ostensible. Nos apretamos las manos y yo observé en la suya un calor de mal agüero.
--Me han dicho que estabas un poco delicado de salud, que no sales de casa desde hace ya algún tiempo y he querido hacerte compañía unos instantes. ¿Qué es lo que tienes?
--Lo bastante, querido Jiménez, para dejar este mundo a toda prisa--me respondió sonriendo tristemente.
--¡Qué idea! Veo que estás lleno de aprensión.
--No es aprensión; es una verdad evidente. Y lo peor del caso es que no muero tranquila y valerosamente como un sabio sino como un pusilánime ignorante. Sí; te confieso que me aterra, que me desespera dejar esta vida a los treinta y dos años, cuando aun no he tenido tiempo a gustarla ni a disgustarme de ella.
Hablaba con voz tan apagada y triste que me sentí conmovido. Hice un esfuerzo sobre mí mismo y le respondí procurando dar a mis palabras una entonación alegre.
--Deja esas imaginaciones lúgubres, hijas de una pasajera depresión nerviosa. Tú no padeces más que un catarro que desaparecerá en cuanto cambie este endiablado tiempo. Aun tienes que leer y escribir muchos libros.
--¡Sí; libros, libros... siempre libros!--murmuró en un tono fatigado y desdeñoso que me sorprendió.
--Supongo que en este confinamiento temporal que sufres serán tus mejores amigos.
--¡Los aborrezco!
Yo me reí.
--Eso decía Herder en los últimos años de su vida, y un amigo que lo supo replicaba: «--¡Y sin embargo, qué hermosos libros escribe!»--Lo mismo digo yo ahora de ti.
Pasarón hizo una mueca de desdén.
--Hace cuatro meses que no abro uno solo por prescripción facultativa. Y en estos cuatro meses he meditado más que en todos los años de mi vida. Ocupado en fisgar lo que pasaba en el cerebro de los demás no he tenido tiempo a pensar en el mío, como un hombre dedicado toda su vida a recorrer palacios suntuosos sin descansar jamás en su propio y modesto hogar. A los libros he sacrificado no sólo mi propio pensamiento, sino lo que es peor, los alegres días de mi juventud y por fin mi vida entera puesto que me muero. ¿Merecen este sacrificio? No; el hombre no es un cerebro solamente. Tiene un cuerpo que le pide a gritos la felicidad, ejercicio, aire puro, alimentos sabrosos, vinos que fortifican y alegran, el aroma de las flores, la caricia de las aguas transparentes: tiene un alma que se nutre de amor como el cuerpo de oxígeno, que desea abrirse como una flor al rayo de una dulce pasión, que nos pide la ternura de la familia, los encantos infantiles, el abandono de una amistad generosa, que quiere, en suma, sentirse vivir. ¿Hay algo más horrible que no sentir su alma?
--Sin embargo, Pasarón, los filósofos afirman que la inteligencia pura es quien nos proporciona placeres sin mezcla de daño. Así que interviene el sentimiento o la voluntad, con sus mezquinas aspiraciones, comienza para nosotros la era de los enojos, nos sentimos arrastrados a la región de la desgracia, de la agitación y el hastío.
--¡Falso! La inteligencia por sí sola no nos proporciona placer ni pena; es un frío contemplador del universo. Para que exista uno u otro es necesario que se mezcle de algún modo la emoción a ella. Kepler saltó de gozo al descubrir la forma elíptica de la órbita de los planetas; pero no fué el descubrimiento en sí mismo lo que le infundió alegría, sino el orgullo de ser el primero entre los mortales que lo había averiguado. Arráncale esa satisfacción de amor propio y hubiera contemplado la órbita de Marte con la misma frialdad que tú contemplas la forma elíptica de un macizo de flores en el Retiro... Repaso mi vida en estas largas horas de ocio, y me persuado de que mis goces, descubriendo noticias sepultadas en los archivos o adquiriendo libros raros, semejan bastante a los de los coleccionadores de sellos o porcelanas.
--No, José Luis; el pesimismo que aporta siempre consigo la enfermedad no te deja ver claro. Tú no eres un coleccionador de sellos; eres un hombre glorioso que honra a nuestra nación.
--¡La gloria, la gloria!--repitió con dejo amargo--. _Flatus vocis!_ La gloria es una palabrilla que deja escapar un hombre descuidadamente en la conversación y que el interlocutor recoge con más ligereza aún; es un adjetivo que la Prensa arroja a la publicidad entre otros millones de adjetivos. ¿Hay algún hombre sensato que cifre en ello la alegría de su vida? Pero aun suponiendo que fuese real y no vana esta alegría, para sentirla es necesario vivir. Después que me hayan cerrado en el sepulcro, todas las trompetas de la fama sonando a un tiempo, no lograrán hacer vibrar una parte mínima de mi sér. Además, si existe la gloria y si vale algo debe estar reservada a los que hayan pensado algo por sí mismos, no a los que como yo han pasado el tiempo estudiando lo que pensaron los demás. Concibo que un poeta o un filósofo sienta cierta satisfacción durante su vida imaginando que sus ideas o sus imágenes despierten en las futuras generaciones admiración y deleite, aunque el tiempo que esto dure siempre será muy limitado; pero es altamente ridículo que un crítico como yo sueñe con la gloria.
--Acaso tengas razón en lo que opinas de la gloria. Acaso no sea en el fondo otra cosa que una de las infinitas manifestaciones de la infinita vanidad humana. Pero hay algo, querido Pasarón, que está por encima de la gloria y es la satisfacción que experimenta un hombre honrado cumpliendo con su deber en este mundo.
--Esa misma satisfacción la puede sentir un carretero sin necesidad de estropearse el estómago y los pulmones. Si yo he cumplido con mi deber no hay más remedio que confesar que lo he hecho con poca prudencia. ¿Qué opinarías de un piloto a quien se confía una máquina y que al poco tiempo la devuelve estropeada, con los resortes gastados y algunas piezas rotas? Dirías que era un mal mecánico, pues toda máquina debe producir el máximum de su rendimiento y para ello es menester manejarla con cuidado, hacerla trabajar con las debidas precauciones. Pues eso mismo he sido yo. Un deplorable piloto. No he cuidado para nada de mi pobre cuerpo; le he tenido años enteros en una quietud enervante, respirando el polvo de los archivos en vez del aire puro de los campos, no lo he refrescado cambiando de ambiente, no he dado reposo a mi cerebro, no he alimentado mi corazón con sentimientos fortificantes, he dejado transcurrir mi vida sin los placeres que la hacen amable, que nos dan aliento para continuar la marcha y nos vuelven el equilibrio perdido. ¡Qué gran estupidez! Si hubiese economizado mis fuerzas y endulzado mi existencia es verosímil que llegase a viejo y entonces tal vez pudiera ofrecer al mundo algo no enteramente desprovisto de mérito.
Quise disuadirle de aquellas aprensiones que le atormentaban, pero no me fué posible. Parecía conocer con certeza la enfermedad que le minaba y hallarse persuadido de su próxima muerte.
Hablamos todavía largo rato. A fin de distraerle llevé la conversación a los asuntos que más pudieran alegrarle, a los incidentes cómicos y divertidos de nuestra común estancia en la casa de la calle Carretas; hablamos de los Mezquitas, de Albornoz, de Sixto Moro y discurrimos acerca de su carácter y logré hacerle sonreír.
Al fin no tuve más remedio que despedirme. Cuando me alcé de la silla volvió a pintarse en su rostro la tristeza. Me apretó la mano con toda la fuerza que le consentía su gran debilidad y me dijo:
--Adiós, Jiménez. No seas un iluso como yo lo he sido. ¡Diviértete, diviértete!
Un mes después los periódicos anunciaban con grandes letras capitales el fallecimiento del insigne catedrático gloria y esperanza de las letras patrias.
Fué un día de duelo para todos los españoles cultos. Yo sentí una mortal tristeza. Era el primer amigo que veía morir. Aquella memorable conversación que con él había tenido no se apartaba de mi mente.
Corrieron los años, y como él había previsto, su nombre se fué borrando de la memoria de los hombres. Ahora sólo aparece de vez en cuando en los libros de algún erudito.
Pero aquella tan prematura muerte dejó en mi cerebro huella indeleble. Cuando arrastrado de mis aficiones científicas me excedo un poco en el trabajo, permanezco demasiado tiempo delante de los libros y me siento fatigado, se alza delante de mis ojos la imagen de Pasarón, doy un salto en la silla y me levantó exclamando:
«¡No seas un iluso, Jiménez! ¡Diviértete, diviértete!»
Y salgo corriendo a tomar un billete para los toros.
VII
UN AMIGO QUE SE VA Y UN ENEMIGO QUE APARECE
Moro experimentó igualmente vivo dolor con la muerte de Pasarón. No le frecuentaba mucho tampoco: ya he dicho que su aplicación obstinada y exclusiva, su natural retraído y ¿por qué no decirlo? un poco frío le alejaba del trato de sus amigos. Pero no podía menos de recordar con placer, como yo, los días de la casa de huéspedes, nuestras disputas, nuestras bromas y constante regocijo. Sólo en la edad juvenil se forman sólidas amistades, porque quizá solamente entonces intervenga en ellas el corazón.
Vino a buscarme en su coche y ambos acompañamos el cadáver de nuestro amigo, unidos a un cortejo no muy numeroso, pero sí selecto. Formaban en él profesores, literatos, artistas. Cuando llegamos al cementerio experimenté la agradable sorpresa de encontrar entre los pocos que asistieron al sepelio a mi buen amigo Pérez de Vargas. Me aproximé a él, nos saludamos como siempre efusivamente y me dijo:
--No era amigo de Pasarón: sólo una vez le he hablado en mi vida; pero he querido rendirle este testimonio de consideración, porque era un hombre que honraba a su patria.
Terminada la triste ceremonia le presenté a mi amigo Moro. Se saludaron con visible satisfacción como hombres que sin tratarse personalmente se conocían hacía tiempo y se estimaban. Cuando regresamos, Pérez de Vargas nos propuso que montásemos en su coche y le acompañásemos, a lo cual tanto Sixto como yo accedimos gustosos. Traía un _landeau_ y sólo le acompañaba su secretario; pudimos, pues, acomodarnos los cuatro y yo me hallé sumamente complacido de poner en relación a aquellos dos hombres que habían nacido para entenderse y amarse.
Sin embargo, comenzaron su amistad discutiendo. Como yo recordase la conversación que con Pasarón había tenido algunos días antes de morir, en la cual se lamentaba con amargura de haber agotado sus fuerzas y arruinado su salud en el estudio sin gozar de los placeres juveniles, y trajese a la memoria sus cortos amores con una de nuestras vecinitas, a la cual sacrificó en aras de la ciencia, Moro exclamó con el tono resuelto que le caracterizaba:
--Hacía bien en arrepentirse. Sacrificar el amor a la ciencia es lo mismo que cambiar una barrica de jerez por otra de cerveza.
--¿Tan exagerada importancia da usted al amor sexual?--le preguntó Pérez de Vargas.
--Ninguna otra cosa la tiene mayor. Creo que es el solo presente digno que nos han hecho los dioses, lo único que reconcilia con la existencia. Las relaciones entre hombre y mujer son el jugo sabroso que podemos sacar de nuestro tránsito por la tierra, la ambrosía que le da valor y le perfuma. Cuando el hombre pierde la facultad de interesarse por el amor ha sufrido la máxima _capitis deminutio_; todo lo que le queda no vale la pena de ser vivido, porque todo lo demás es incoloro, fastidioso y triste a su lado. Como los héroes de la antigüedad, cuando descendían a la mansión subterránea de los Campos Elíseos, arrastra desde entonces una vida melancólica y suspira por la que gozaba a la luz del sol.
--Es materialista lo que usted dice, y sin embargo yo sé bien que es usted espiritualista--replicó Pérez de Vargas con amable sonrisa--. El amor, a mi juicio, no es más que un episodio en la vida del hombre, un momento de fiebre, una breve locura durante la cual se desinteresa de todo lo que le constituye como sér independiente para convertirse en un instrumento de la especie.
--Usted me perdonará que rechace ese sofisma que tan válido corre ahora entre los sabios. Si somos instrumentos de la especie cuando gozamos, lo seremos igualmente cuando sufrimos. Nuestra pretendida independencia no es más que una ilusión. Los hombres que como Pasarón se consagran con alma y vida al estudio reciben el impulso de su propia naturaleza como los que se consagran al amor; son seres tan necesitados como ellos. Pero no se trata ahora de eso. Lo que yo he afirmado es que todas las demás emociones placenteras del hombre palidecen al lado de las del amor, mejor dicho, se borran, se desvanecen como las estrellas a la salida del sol.
--¿Tiene usted en nada los goces del místico, del hombre contemplativo que vive comunicándose con la Divinidad, que renuncia a los placeres de la carne, que la mortifica, y en ello logra encontrar alegrías exquisitas mil veces más nobles que las del amor humano? ¿No le inspiran a usted aprecio las puras satisfacciones del sabio cuando después de tenaces esfuerzos, que son para él un manantial de placeres, consigue apoderarse de una verdad y transmitirla al mundo? ¡Qué sensación deliciosa, inefable sería la de Kepler cuando después de haber hecho y rehecho durante largos años infinitos cálculos logra un día descubrir la forma elíptica de la órbita de los planetas! ¿Y la de Bernardo de Palissy, cuando después de arrojar al horno sus muebles y hasta las tablas del entarimado de su casa, al fin consigue fijar el esmalte de sus porcelanas? ¿Y los goces intensos de Agustín Thierry, descifrando infolios para extraer una frase, una palabra que le llevase al conocimiento de los tiempos merovingios que pretendía escrutar? No le quepa a usted duda, Moro; por encima de esos placeres efímeros del amor sexual hay otros más altos y sabrosos a los cuales todo hombre debe aspirar.
Moro se encogió de hombros y dirigió la vista a la ventanilla contemplando el paisaje como si renunciase a discutir. Pero advirtiendo inmediatamente lo que había de descortés en su actitud se volvió sonriente y dijo:
--Ignoro lo que son y hasta dónde llegan las alegrías del hombre contemplativo. En la _Imitación de Cristo_ he leído, en efecto, que si los hombres de mundo las conociesen palidecerían de envidia. Es posible que esto sea verdad. Yo no puedo resolverlo porque no soy místico y me encuentro en la situación de un ciego juzgando de los colores. Pero en lo que se refiere a las sensaciones del sabio puedo hablar con mayor conocimiento de causa. Todas ellas valen bien poco si se las compara a las que proporciona el amor; todas exigen penosos y continuados esfuerzos. En el fondo no significan otra cosa que la satisfacción más o menos intensa que el hombre experimenta cuando ha vencido una dificultad. Usted mismo lo acaba de poner de manifiesto asimilando la de Bernardo de Palissy, un artesano, a la de Kepler, un sabio... Por lo demás, toda la alegría de éste descubriendo la órbita de los planetas es corta si se compara a la de un joven enamorado descubriendo la silueta de su novia al través de la reja en una noche de estío.
Comprendí que a mi amigo Pérez de Vargas no le causaban buena impresión las paradojas de Moro y me apresuré a decir bromeando:
--No vayas a creer, Martín, que el amigo Moro, por lo que dice, es un instintivo o un débil. En lo que se refiere al amor puedo asegurarte que no ha sufrido lo que ahora llaman los sabios «la influencia de lo inconsciente». Por el contrario, te lo presento como un tipo fuerte, en que el amor es verdadero y completo, de corazón y cabeza, de cuerpo y de alma.
--Pues yo confieso--dijo Pérez de Vargas--que soy eso que llaman un _débil_. He sentido siempre gran debilidad por el bello sexo.
Con esto la conversación tomó un giro jocoso, y así departiendo llegamos hasta las calles de Madrid. Allí Moro, que debía hacer una visita, se trasladó a su coche y Pérez de Vargas me condujo hasta el café de Fornos, donde me esperaba mi tertulia vespertina de amables compañeros periodistas. Cuando quedamos solos, le di cuenta de la pasión de Moro por la hija de Reyes y le conté todo aquello que podía contarse sin lastimar su dignidad. Con estas noticias, Martín rectificó la opinión que había formado de Moro después de sus últimas palabras y le estimó, como era justo, más que antes.