Años de juventud del doctor Angélico
Part 15
Una tarde de primavera en que se me ocurrió dar un paseo por la _Casa de Campo_ tuve la buena suerte de encontrarle en una de sus avenidas más extraviadas. Marchaba solo a pie y seguido de su coche. Pareció alegrísimo de tropezar conmigo, me abrazó cariñosamente y desde luego nos emparejamos para continuar nuestro paseo. Hablamos de asuntos diferentes y yo le felicité por el discurso que hacía algunos días había pronunciado en el Congreso sobre la ley del trabajo.
--No he leído más que el extracto que traen los periódicos, pero he oído hacer de él muchos elogios. Todo el mundo alaba la forma y el fondo y está de acuerdo en estimar que un hombre de tu fortuna se interese tan vivamente por la suerte de las clases trabajadoras.
No respondió. Caminamos algunos pasos en silencio. Al cabo, mirando distraídamente al cielo, dejó caer estas palabras con acento displicente:
--Y, sin embargo, yo no siento gran cariño por las clases trabajadoras.
Levanté la cabeza sorprendido.
--¿Cómo es eso?
--Sí; te confieso que me cuesta gran trabajo vencer la aversión que me inspiran las masas...
Calló unos instantes y prosiguió después en tono amargo:
--¡Las masas! ¡las masas!... Para mí esta palabra es sinónimo de grosería y barbarie. ¿Por qué denominar pomposamente _pueblo_ a lo que no es otra cosa que la parte más ruin y despreciable de él? Los farmacéuticos llaman «materia muerta» a aquellos productos inertes que añaden a los principios activos al confeccionar sus píldoras. De igual modo en nuestra sociedad existe esa materia muerta que poco o nada contribuye a su progreso.
--Pero las masas trabajan y gracias a ellas se ha llevado y se lleva a término todo lo que existe en el mundo civilizado.
--Ciertamente. También trabajan los saltos de agua, el vapor y los caballos. A nadie se le ha ocurrido, sin embargo, conceder valor espiritual a estos elementos. Los que trabajan, en el noble sentido de la palabra, son el físico, el químico, el matemático, el arquitecto, el ingeniero, los que la plebe llama burgueses. Estos son los depositarios de la civilización, por lo menos en su aspecto industrial.
--Desde luego, y por eso no son ellos el blanco de los tiros de la clase obrera, sino los rentistas.
--Estás en un error; los braceros odian por igual a todo el que no se ensucia las manos. Hace poco tiempo en Jerez los obreros del campo entraron una noche en la ciudad y durante algunas horas fueron dueños de ella. Tropezaron en la calle con un pobre joven que llevaba guantes y le asesinaron por ese delito. No hay justicia en las masas, sino pasión. Su odio a los ricos está fundado en la envidia y si prevaleciese sería la ruina de la civilización. ¿Qué es el género humano en suma? ¿Una raza de animales que nacen y se agitan algunos días y se esfuerzan por nutrirse cada vez mejor? En ese caso no hay duda que la civilización industrial nos basta. Pero si somos algo más, si no son mentiras nuestras aspiraciones espirituales y el fin de este universo enigmático es adquirir una más amplia conciencia de sí mismo, en ese caso precisa que existan la ciencia especulativa y las artes bellas, que jamás han aparecido en nuestro planeta sino acompañadas de la riqueza. El arte exige que vivan en nuestro mundo algunos hombres substraídos a la necesidad de buscarse el alimento, porque el arte en su esencia no es más que una tregua que nuestro cuerpo se impone para gozar del espectáculo del universo. Si no tuviésemos tiempo, como los carneros, a levantar la cabeza, seríamos iguales a ellos. Supongamos que nuestra humanidad se extinguiese y viniera de otro astro un habitante a escribir el resumen de su historia. ¿Imaginas que concedería menos importancia a Atenas que a Chicago? Yo no creo que los ricos han salido de la cabeza de Brama y los pobres de los pies, pero sí estoy seguro de que deben existir pobres y ricos. Y, aunque te parezca paradójico, creo que deben existir hombres ociosos. Los hombres ociosos son los que pueden cultivar libremente su espíritu y embellecer su cuerpo, ofreciendo a nuestras miradas un ideal humano hacia el cual todos debemos tender.
--Siento mucho no poder seguirte en ese camino--le respondí--. Por lo que entiendo, opinas que la humanidad es un rebaño guiado por algunos pastores que benefician su carne y su leche para nutrirse y sus pieles para vestirse. La sociedad ideal es la de Atenas, donde sesenta mil esclavos trabajaban para ocho mil ciudadanos. Yo creo que todos los hombres son iguales ante Dios y ante la Naturaleza.
--Lo primero podrá ser cierto; lo segundo, no. La Naturaleza no hará jamás dos cosas iguales, porque coincidirían en el espacio y el tiempo; por lo tanto, no serían dos cosas, sino una. La teoría igualitaria se apoya en un absurdo físico y en otro metafísico. Las facultades espirituales y corporales de cada hombre son y serán siempre distintas: la suma de sus goces y sus dolores variará infinitamente. Si los hombres destinados a llevarla dejasen caer de sus manos la antorcha de la civilización, las masas darían pronto buena cuenta de ella. Las masas deben ser dirigidas, educadas, castigadas y, si hace falta, deben ser trituradas y fundidas...
--¡Y sin embargo, querido Martín, esas masas se componen de hombres que llevan en su pecho un alma espiritual como tú y como yo!
--Perfectamente; pero las almas son distintas también como los cuerpos. En la mayoría de los hombres no es más que un germen que permanece sofocado hasta la muerte por montañas de apetitos bestiales. Si se desarrolla y crece, sea enhorabuena. Cuando a un hombre le nacen las alas, yo me inclino. Pero bajar la cabeza delante de un montón de brutos, eso no lo haré jamás... Entre las cosas ridículas que ha traído consigo el siglo en que vivimos, una de las mayores es esa admiración sentimental hacia las clases obreras, fomentada por filósofos y novelistas. No hace mucho leía yo la obra más reciente de un ruso muy famoso. Cuenta en ella que hastiado de vivir en el llamado «gran mundo», donde no había hallado más que frivolidad y concupiscencia, acertó a tropezar un día con una cuadrilla de segadores de rostros curtidos y manos callosas. «¡Este es el verdadero gran mundo!», exclama enternecido. Y acto continuo se dispara contra las clases elegantes y se postra ante aquellos rudos trabajadores del campo. Otro filósofo americano, a quien antes había leído, cuenta parecidamente que hallándose en Viena, vió entrar de madrugada en la ciudad una muchedumbre de aldeanas viejas y jóvenes, todas curtidas por la intemperie, llevando en sus cestas la leche, los huevos, las frutas y las legumbres para la capital. Enternecido también exclama: «¡Estos son los verdaderos pilares del mundo!» Poco le falta para doblar la rodilla y besar aquellas manos ennegrecidas y deformadas por el trabajo... Entendámonos, amigo mío. Todo esto es muy sentimental, muy literario, pero no tiene sentido común. Concibo que esos rudos trabajadores inspiren compasión a todos los hombres buenos y sensibles, pero admiración ¿por qué? Sólo debe admirarse lo que es meritorio, y sólo es meritorio lo que es libre. ¿Por ventura esos segadores van a cortar las mieses espontáneamente por hacer un bien a sus semejantes, y las aldeanas austriacas llevan sus mercancías a la ciudad para que no mueran de hambre sus habitantes? No; trabajan hostigadas por la necesidad. Si no lo hiciesen, perecerían inmediatamente. ¿Qué mérito tiene, pues, su trabajo?... Por lo demás, acércate un poco a esos rudos obreros, ponte en relación con ellos, estudia su carácter y sus costumbres y verás cuánto egoísmo, cuánta envidia, cuánta crueldad acompañan a su ignorancia. Los novelistas hoy idealizan a los obreros; ayer idealizaban a los pastores. Tan verdad es la virtud de los unos como la belleza de los otros.
Hablaba Pérez de Vargas con exaltación colérica que me sorprendió, pues le suponía muy distante de las ideas reaccionarias y autoritarias que expresaba. Calló unos momentos y continuamos en silencio nuestro paseo. Al cabo, deteniéndose repentinamente y poniéndome una mano sobre el hombro, me dijo:
--Adivino que te hallas sorprendido y tal vez contrariado por lo que acabo de decirte. Mis convicciones, sin embargo, no están fundadas en razonamientos abstractos, sino en la observación y la experiencia... Voy a contarte algo que no he comunicado hasta ahora a nadie más que a mi mujer. Voy a contarte lo que me ha sucedido en el tiempo en que he estado loco.
--¡Hombre, loco no!
--¡Sí, sí! loco de atar... Ya verás... No debo ocultarte que mi locura fué resultado necesario de una idea fija que me acometió súbitamente y que nada tiene de altruísta. Imaginé que, habiendo llovido sobre mí en tan corto tiempo tal número de prosperidades, fatalmente había de concluir todo por una gran catástrofe para dar satisfacción a la fuerza encargada de equilibrar el destino de los hombres. Yo creía entonces en el Destino; leía con ansiedad a los trágicos griegos y me parecía evidente que ningún hombre puede ser feliz hasta el fin de su vida sin hacer sacrificios a las fatales euménidas. Comencé a sentir una viva inquietud que pronto se convirtió en verdadero terror. Vivía en un horrible estado de agitación y vigilancia, haciéndome todo ojos y oídos para espiar los pasos de la desgracia. Por aquel tiempo cayeron en mis manos algunas novelas rusas que no poco ayudaron a trastornarme. Tú las conoces y sabes que se agita en ellas una humanidad inquieta, dolorida, víctima de una sensibilidad enfermiza.
»Como tal estado de inquietud se compadecía perfectamente con el mío, pensé que tenía el mismo origen: el miedo y la compasión. Y así es en efecto. Pero el miedo y la compasión en los escritores rusos procede de un desequilibrio social, no individual como lo era el mío. Si Tolstoi y Dostoiesky hubiesen nacido en un país libre como Inglaterra, es más que probable que no verían a las clases trabajadoras al través de un velo poético.
»De todos modos yo los vi así por su causa. Me sentí acometido de un amor infinito por los obreros y de un desprecio también infinito por los ricos. Como consecuencia de esto comencé a despreciarme a mí mismo.
»Es difícil, como supondrás, que un hombre sufra largo tiempo el desprecio de sí mismo sin que haga esfuerzos por rehabilitarse. Yo los hice tímidamente al principio apartándome de la ostentación, simplificando mi género de vida, reduciendo mis necesidades. Después, como no me tranquilizase, me entregué a una serie de ridiculeces que tú conocerás en parte y que no te cuento por menudo porque aun hoy su memoria me ruboriza. Por la pendiente de la extravagancia se llega pronto a la locura. Yo estoy seguro de haberme internado en ella. ¿Cómo se me ocurrió la idea de abandonar mi casa y a mi pobre esposa para lanzarme en busca de aventuras santificantes? No te lo puedo explicar porque, repito, que estaba loco.
»Heme aquí, pues, una mañana disfrazado de obrero con mi blusa de dril azul, boina y alpargatas, llevando al hombro un morralito con algunas groseras camisas y calzoncillos. Tomo el tren en un coche de tercera y al cabo de doscientos kilómetros, poco más o menos, me bajo de él y comienzo a caminar por los campos a la ventura. No imagino que Don Quijote fuese más gozoso que yo en su primera y heroica salida. Respiraba a grandes bocanadas el aire oxigenado de la campiña y con él entraba en mi alma la paz y la dicha. Me creía en el pináculo de la santidad. Me sentía unido fraternalmente a todos los pobres obreros y cada vez que tropezaba con uno en mi camino me apetecía colgarme a su cuello y besarle.
»Pero era necesario compartir su vida y sufrimientos. Al efecto principié a ofrecerme como trabajador a los labriegos que hallaba en el camino cultivando sus campos. Mis ofertas no obtuvieron éxito satisfactorio. Esto comenzó a enfriar mi entusiasmo. Los campesinos me miraban atenta y recelosamente y bajaban después la cabeza gruñendo un _no_ indiferente.
»Al fin, cerca ya de un pueblo de cuyo nombre, como Cervantes, no quisiera tampoco acordarme, tropecé con una casa de señorial aspecto, mitad palacio, mitad granja. Estaba rodeada de hermosas huertas regadas por algunas norias de moderna invención. Había también un jardín con muchas y variadas flores, cuadras, establos, cocheras y una gran calle de robles que conducía a su entrada principal. La puerta enrejada de hierro se hallaba entreabierta y me colé por ella; pero antes de llegar a la casa me salió al encuentro un criado, que en la forma más ruda posible me preguntó:
--¿Dónde va usted?
--Soy un jornalero que busca trabajo.
--¿Y se entra usted por las casas de rondón sin tirar de la campana?... Lo que me parece usted un vagabundo que intenta aprovecharse. ¡Ya se está usted largando de aquí!
Y a empellones comenzó a empujarme hacia la puerta.
--No he visto la campana.
--Lo que usted no ve es lo que no quiere... ¡Fuera, fuera!
--¿Qué es eso, Jaime?--preguntó una voz que salía de entre los árboles.
--Un vagabundo que se ha colado aprovechando que la puerta no estaba cerrada por completo.
Por una calle lateral apareció un caballero anciano, alto, delgado, con los cabellos enteramente blancos ya. Fijó en mí por un instante sus ojos y volviéndose airado hacia el criado le dijo:
--Sea quien sea este hombre, no se arroja a un semejante nuestro como a un perro. Ya te he dicho repetidas veces que guardes más consideración a las personas que llegan a mi casa.
--¡Pero, señor Marqués, éste no es una persona!--exclamó el criado con toda su alma.
Su señor le miró estupefacto; pasó por sus ojos un relámpago de cólera. Al fin, soltando una carcajada, exclamó:
--¡Jaime, por los clavos de Cristo, no seas tan animal!
Y volviéndose a mí con expresión benévola me preguntó:
--¿Qué desea usted, buen hombre?
--Señor Marqués--le respondí dándole ya el tratamiento que había oído--, soy un pobre trabajador que desea colocarse.
El Marqués me examinó durante unos segundos y me preguntó con la misma afabilidad:
--¿Tiene usted algún oficio?
--No, señor; deseo trabajar en cualquier cosa, aunque el jornal sea pequeño con tal de que pueda vivir.
--¿Tiene usted mujer e hijos?
--No, señor; soy solo.
Quedó un momento pensativo y dijo al cabo:
--Está bien. En este momento se halla completa la servidumbre de esta casa y como usted no es labrador no puedo enviarle a las tierras. Pero dentro de pocos días se marcha al servicio militar el hijo del jardinero y éste tiene necesidad de un peón que le ayude. Si a usted le conviene puede quedarse. El jornal es pequeño: dos pesetas; pero tiene usted cuarto para dormir; y como es usted solo y los víveres no son aquí caros, podrá usted arreglarse.
»Acepté inmediatamente y di comienzo con alegría a las humildes tareas que en mi opinión iban a regenerarme, a darme la tranquilidad de alma de que me hallaba tan necesitado.
»El marqués de T... es un rico propietario que habita ocho meses del año en sus tierras y cuatro en Sevilla. No tiene hijos; vive con su esposa, que es tan anciana como él. Los dos viejecitos, amables, bondadosos, se adoran como si en vez de cuarenta años no hiciera más que dos meses que se hubiesen casado. Son una reproducción más de Filemón y Baucis, los hospitalarios esposos que recibieron a Júpiter en su casa cuando todos los habitantes del país le habían rechazado.
»Yo no era Júpiter; pero al cabo de algunos días el Marqués reconoció mi divinidad. Una mañana me llamó a su despacho y me dijo sonriendo bondadosamente:
--Amigo Martín, usted no es lo que parece. Ni sus manos demasiado delicadas, ni sus modales son los de un obrero. Confiésese usted conmigo y dígame francamente cómo ha llegado a situación tan precaria.
»Yo, que tenía preparada una historia para cualquier evento, se la espeté sin vacilar. Le conté cómo había quedado en la miseria a consecuencia de una serie de desgracias, fortuitas unas, engendradas otras por mis faltas. Creyó cuanto le dije, y desde entonces me guardó inusitadas consideraciones.
»Esto me acarreó inmediatamente la envidia y la aversión de los demás sirvientes. Había muchos en la casa, porque el Marqués tenía una gran labranza. No tardé en advertir que allí todo el mundo se aprovechaba de la bondad y negligencia de los amos.
»Era una cueva de ladrones. El cochero se hacía rico a costa de la cebada y la paja de los caballos, comprando el silencio del lacayo y del mozo de cuadra con fuertes propinas. Los pastores mataban las reses y fingían que habían muerto de enfermedad, vendiéndolas al carnicero. El mozo de comedor escamoteaba las botellas de vino y las cedía a mitad de precio a un tabernero del pueblo. La doncella manchaba los vestidos de la señora para que se los regalase. El jardinero vendía a escondidas grandes cestas de frutas y legumbres. Y del cocinero huelga decir que se hallaba en connivencia con todos los abastecedores de la villa.
»Cualquiera podría imaginar que aquellos canallas estarían agradecidos a la generosidad de los marqueses y a la consideración y afecto con que se les trataba. Nada de eso. Los detestaban cordialmente. Jamás los llamaban entre sí por sus nombres, sino por un mote ridículo. La marquesa era la _Pelucona_, porque gastaba peluca; el marqués, _Bragas rotas_, porque solían bajársele los pantalones.
»Como no participé de aquel odio brutal e injustificado, se me declaró inmediatamente la guerra; se me supuso un adulador que trataba de medrar. No puedes figurarte la serie de ruindades que ya desde un principio tuve que sufrir por parte de aquellos miserables. Se me hablaba con el mayor desprecio; me llamaban en la casa el _marqués de las alpargatas_; se me arrojaba agua sucia desde el balcón; se me engañaba enviándome a recados que nadie había ordenado...
»Aquella vida nada tenía de idílica. Pronto se convirtió en trágica. Una tarde sorprendí al jardinero detrás del muro de la huerta vendiendo una cesta de fruta. En el momento de aparecer yo la compradora le entregaba el precio. A mi vista se turbó un poco, pero reponiéndose instantáneamente me dijo con forzada sonrisa:
--¡Llegas a tiempo, pillo! Tienes buen olfato. Toma, para que bebas un trago a la salud de esta buena mujer.
Y me alargó una peseta.
--Guárdese usted eso, que yo no quiero más dinero que lo que he ganado honradamente--le respondí rojo de cólera.
»Él también se puso colorado. Calló y me dirigió una mirada de través; una mirada tan maligna, que la sentí como una puñalada.
»Aquella tarde me enviaron con un recado a la villa. Era ya cerca del anochecer. Cuando regresé, noche cerrada. Al atravesar por una callejuela entre paredillas guarnecidas de zarzamora me descerrajaron un tiro que no hizo blanco. Me asusté mucho, como puedes figurarte; pero reflexionando después comprendí que aquello no era un asesinato frustrado, sino una advertencia. Me di por enterado, y al día siguiente me presenté al Marqués solicitando mi cuenta y despidiéndome. Escribió el vale para el administrador y me lo entregó silenciosamente con una sonrisa burlona que me hizo adivinar lo que en aquel momento pensaba de mí. «Este es un gandul de nacimiento--debió decirse--que no puede estar tranquilo en parte alguna porque le duele el trabajo.»
»No quise sacarle de su error: hubiera sido difícil y peligroso. Salí de su casa y tomé el tren para Sevilla, que no distaba muchas leguas.
»Como comprenderás, aquella mi primera y heroica salida me dejó tan malparado y mohíno como a Don Quijote la aventura de los molinos de viento. Sin embargo, no tardé en recobrarme. Estos miserables que acabo de dejar--me dije mientras el tren corría por los campos de Andalucía--no son obreros, sino domésticos, esto es, hombres a quienes la servidumbre ha degradado; participan de la vileza del esclavo. Los verdaderos obreros son hombres libres y por lo mismo dignos. Entre ellos quiero vivir.
»Así que llegué a Sevilla me puse a buscar a estos hombres libres y dignos. Pasando por delante de una casa en construcción vi a un sujeto que daba órdenes a los albañiles y suponiendo fundadamente que era el director o encargado de la obra me acerqué a él y le pedí trabajo. Inmediatamente me lo otorgó y no sólo a mí, sino también a otro pobre diablo que detrás de mí se presentó.
»Me puse a trabajar como peón y no tardé en observar que se me recibía por parte de los demás obreros con manifiesta hostilidad. Entablé conversación con mi nuevo compañero, a quien hallé más benévolo, y me enteró de que era un desgraciado con cinco hijos que había venido de su pueblo a Sevilla bajo la promesa que le hiciera un magnate de colocarle como agente de Orden público. La promesa se difería de una semana para otra y sus recursos habían terminado. Para no fenecer de hambre él y sus hijos ínterin se colocaba, vióse obligado, aunque había sido sargento del ejército, a emplearse en un trabajo tan ruin.
»Al día siguiente vinieron otros dos jornaleros solicitando trabajo y se lo concedieron igualmente. Al otro se presentaron dos más y también se quedaron. Entonces observé señales de agitación en los antiguos: hablaban entre sí con ademanes violentos; nos dirigían miradas iracundas. Por último a la hora de dejar el trabajo, se presentó una Comisión de ellos al encargado solicitando que se nos despidiera a los nuevos «porque no estábamos asociados». El director respondió cortésmente, según me enteré después, que a causa de las muchas obras que había en Sevilla a la sazón los peones asociados pretendían cincuenta céntimos más de jornal y que no estaba dispuesto a someterse a esta exigencia.
»Transcurrieron otros tres días y vi a los antiguos obreros cada vez más desabridos con nosotros. De nuevo se dirigieron al encargado, esta vez en actitud amenazadora, intimándole casi la orden de que nos despidiese inmediatamente. El encargado volvió a responderles con las mismas corteses razones; pero como no bastasen a convencerles terminó por encolerizarse y decirles algunas palabras ásperas. La Comisión se retiró enfurecida y comunicó la respuesta a sus compañeros que igualmente montaron en cólera y no se ocultaron ya para vociferar y amenazar con la huelga.
»Sin embargo, se presentaron al trabajo en la mañana siguiente, y, con sorpresa mía, aparecieron risueños, charlando entre sí alegremente, cambiando algunas palabras embozadas que, a no dudarlo, iban contra nosotros. De vez en cuando nos dirigían miradas burlonas y se hacían guiños maliciosos. Nada bueno auguraba esta actitud. En efecto, media hora después de la entrada al trabajo y cuando circulaba aún muy poca gente por las calles, aparecieron de improviso seis u ocho obreros empuñando formidables garrotes. Sin dar un grito ni pronunciar palabra se arrojaron sobre nosotros. Antes de caer al suelo pude observar que los antiguos nos designaban con el dedo para que no se equivocasen.
»Fué una verdadera caza de ratones. Los que pudimos nos refugiamos debajo de los andamios, pero los antiguos nos echaban ladrillos encima como quien aplasta cucarachas. Cuando nos dejaron medio muertos se retiraron sin estorbo alguno. Ningún guardia se presentó por allí hasta pasado algún tiempo. Nos recogieron y nos transportaron al hospital. Yo llevaba dos costillas rotas y varias contusiones de importancia; pero el pobre sargento, mi compañero, iba moribundo y falleció a mi lado pocas horas después. En su agonía no cesaba de murmurar: «--¡Pobres hijos!, ¡pobres hijos míos!» Me volví hacia él y le dije: «--Pierde cuidado, si vivo yo me encargo de tus hijos.» «--Gracias, gracias por tu buena voluntad»--murmuró sonriendo tristemente. En efecto, ¿qué otra cosa más que buena voluntad podía ofrecer un hombre tan desdichado como él? ¡Oh si pudiese adivinar que sus niños estarían muy pronto en un colegio educados como los hijos de los más grandes señores!...»
Calló unos instantes Pérez de Vargas. Observé que el recuerdo de esta triste aventura le había agitado. Yo también estaba conmovido. Al cabo profirió sonriendo con amargura: