Años de juventud del doctor Angélico
Part 14
--Es verdad; los hombres de Occidente pueden gloriarse de haber dado pasos gigantescos de cien años a esta parte. ¿Pero es todo gigantesco y digno de admiración en Europa? Entre nosotros se inculcan a los niños desde su más tierna edad las reglas de la urbanidad de tal modo, que aun los rústicos campesinos y los obreros se tratan entre sí con un respeto y una cortesía, que aquí no observo ni en las clases más elevadas. Habéis adelantado mucho en el dominio de la naturaleza exterior, pero la interior no pocas veces ha quedado intacta. Tenéis mayores comodidades que nosotros, ¿pero sois más felices? En los años que llevo en Europa observo en la mayoría de las personas un deseo jamás satisfecho de algo más, un afán y un ardor que turba su existencia como si ésta fuese siempre provisional. No se goza aquí del presente. Se diría que todos tienen ganas de morir. Allá en nuestro país el segundo libro clásico que en las escuelas nos hacen estudiar tiene un título que en español significa _El invariable medio_. Este libro se halla basado sobre el principio fundamental de que toda exageración es nociva para la felicidad y que en el medio armónico se halla la fuente del bien, de la verdad y de la belleza. Tal principio parece desconocido en Europa y acaso por eso he hallado aquí más hombres desgraciados que en China. «Tratar ligeramente lo principal--dice Confucio--y seriamente lo secundario es un modo de obrar que jamás se debe seguir.» La gran superioridad que las naciones occidentales han adquirido sobre nosotros desde hace un siglo no consiste en otra cosa, si bien lo examináis, que en haber encontrado y haber utilizado dos fuerzas naturales: el vapor de agua y la electricidad, merced a las cuales fabricáis pronto y bien una multitud de objetos, os alumbráis, os comunicáis y os trasladáis de un punto a otro. Este adelanto es puramente exterior. Para ponerse a vuestro nivel bastan pocos años. El Japón ha comenzado ya a marchar y antes de mucho será tan civilizado, en el sentido que aquí se da a la palabra, como vosotros. Los chinos, más apegados a nuestras costumbres y a nuestros antiguos procedimientos industriales, nos mostramos más reacios, pero al cabo también copiaremos vuestra civilización. Tendremos ferrocarriles y telégrafos, navíos de guerra y máquinas y armas primorosas... ¿Y entonces qué sucederá? ¡Ah! entonces puede suceder que la vieja China se acuerde de los agravios que le habéis hecho, de las crueles humillaciones por donde nos hacéis pasar, de vuestros latrocinios, de vuestros desprecios... Somos cuatrocientos millones y más disciplinados que los europeos y tenemos menos miedo a la muerte porque nos educan en el desprecio de ella; somos sobrios y astutos y sufridos...
El Secretario, que había dado señales de agitación al pronunciar las últimas palabras, se alzó del sofá.
--¡Ah, entonces, quién sabe!--continuó--. Ahora nos dicen en las escuelas los maestros: «Mostraos sumisos, bajad vuestra cabeza hasta la tierra, apretad vuestro corazón y haceos pequeños.» Pero entonces quizá alguno nos diga: «Levantad la cabeza porque sois hijos del Cielo, ensanchad vuestros corazones, haceos grandes, acordaos de vuestros padres... No faltará, no, quien haga la señal... ¡Ah! entonces os gritaremos como los ministros inferiores de la justicia gritan allá en China a los acusados cuando entran en la sala del tribunal: «¡Temblad! ¡temblad! ¡temblad!»
--¡Socorro!--gritó la suegra de Pérez de Vargas lanzándose hacia la puerta.
Su esposa y la hija del General la siguieron presas igualmente de terror pánico. No tenía nada de extraño. La estatura, la fealdad, la voz formidable y el ademán airado del Secretario eran bien capaces de infundir grima a cualquiera.
Acudimos inmediatamente en su auxilio para tranquilizarlas. Los chinos, asustados, se alzaron del asiento. El Secretario, pálido, inmóvil como una estatua, no sabía qué hacer ni decir, mientras el General se desternillaba de risa en la butaca lanzando nuevas carcajadas.
Al cabo logramos sosegar a las señoras y las redujimos a que volvieran al salón. El desgraciado Secretario comenzó a balbucir excusas, y ellas también. Todos estaban avergonzados, pero muy particularmente aquél, como debe suponerse.
El Embajador dió al fin la señal de partida y nuestros chinos se despidieron sensiblemente humillados, aunque por su parte Pérez de Vargas hizo los mayores esfuerzos por disipar su molestia.
IV
UN HOMBRE DEMASIADO FELIZ
Cuando la adversidad se empeña en perseguir a un hombre, todo el mundo sabe que no ceja hasta dar buena cuenta de él. Lo que muy pocos saben es que otro tanto sucede cuando la dicha se propone favorecerle.
Este fué el caso de mi amigo Pérez de Vargas.
Quince o veinte días después de la singular aventura de los chinos, recibí de él una tarjeta anunciándome su partida para los Estados Unidos, adonde le llevaba un asunto de interés. Este asunto, como pude enterarme pronto, era el fallecimiento de un tío de su esposa que había muerto dejándola por única y universal heredera.
La herencia era colosal, según comenzó a susurrarse. Unos hablaban de doce millones de dólares; otros la hacían subir a veinte; y había alguno, puesto a disparatar, que no paraba hasta los cuarenta.
De todos modos se trataba de una fortuna verdaderamente fantástica.
Pocos meses después el afortunado Pérez de Vargas y su esposa arribaban a la bahía de Vigo en un soberbio _yacht_ que reunía, al decir del corresponsal gallego de un periódico de la corte, «la mayor suntuosidad y las más exquisitas y refinadas comodidades que pueden verse en esta clase de navíos».
En cuanto se trasladó a Madrid comenzó a ostentar un lujo escandaloso. Porque el amigo Pérez de Vargas era por temperamento liberal y magnífico. Trenes a la Dumont, fiestas espléndidas, palco en todos los teatros, cacerías, banquetes, etc., etc.
Los revisteros de salones sudaban tinta describiendo tanta opulencia.
Fué en esta ocasión cuando los españoles se enteraron de que Pérez de Vargas era un sabio. Salieron a relucir sus trabajos geológicos, sus libros, y se hicieron de ellos hiperbólicos elogios, aunque nadie los había leído ni pensaba en leerlos.
Naturalmente, la Academia de Ciencias le abrió de par en par sus puertas.
Tengo la satisfacción de declarar que, en medio de tanta grandeza, no me olvidó por completo. Repetidas veces me envió su tarjeta invitándome ora a una _garden-party_, ora a una comida o a un baile. Como el brillo me ofusca y no me agradaba encontrarme en medio de tanto y tanto personaje, rehusé siempre estas invitaciones. Porque la casa de Pérez de Vargas fué durante aquel invierno el sitio de moda donde se daba cita la sociedad más ilustre de Madrid.
Sin embargo, Pérez de Vargas no estaba satisfecho de su casa. Le parecía que ya no cabía dentro de ella. En su consecuencia, determinó edificar otra más amplia, un grandioso palacio en el ensanche de Madrid.
Por esta época fuí a visitarle una mañana. Me dijo que mientras la casa se construía pensaba dedicarse a viajar. Le hallé un poco distraído y agitado. No me sorprendió, pues tantos millones eran bien capaces de marear la cabeza más sólida.
En efecto, salió de Madrid pocos días después acompañado de su esposa, algunos criados y dos o tres parásitos que le servían de secretarios. En un año no se volvió a oír hablar de él. Viajó por Europa y una parte del Asia. Tuve conocimiento de que había estado en la India y había cazado tigres por una fotografía que me envió en traje de musulmán con uno de estos animalitos muerto a sus pies.
Al cabo del año, poco más o menos, se presentó de nuevo en Madrid cargado de objetos raros y preciosos y de una colección de cuadros que desde luego se consideró por los inteligentes como la más rica que un particular poseyera hasta entonces en España. Además, había escrito un libro acerca de sus viajes y lo publicó inmediatamente, revelándose como un escritor ingenioso y ameno. Se hicieron de este libro dos ediciones: una de lujo, otra barata, y las dos se agotaron rápidamente.
Su palacio estaba terminado. En alhajarlo se tardó todavía algunos meses, pero al cabo resultó una maravilla de suntuosidad y buen gusto. Comenzaron de nuevo las fiestas y a la primera de ellas asistieron los reyes en persona. No se habló de otra cosa en Madrid durante algunos días. Se dijo que sólo en flores se había gastado una suma fabulosa. El rey le concedió el título de conde del Malojal, una finca que poseía no muy lejos de Madrid. Poco después fué elegido diputado por un distrito de la provincia de Sevilla.
Yo no asistía a sus famosos saraos, como he dicho, pero una que otra vez iba a sorprenderle por la mañana. Hallábale siempre cordial y afectuoso, charlábamos placenteramente y recordaba con entusiasmo los _buenos tiempos_ en que repasando nuestras asignaturas nos quedábamos dormidos de bruces sobre la mesa, aunque para evitarlo habíamos ingerido unas cuantas tazas de café puro. Yo no podía menos de sonreír oyéndole calificar de _buenos_ aquellos tiempos. ¡Como si los que ahora atravesaba fuesen malos!
No obstante, su rostro no dejaba traslucir tanta prosperidad como en poco tiempo se había amontonado sobre su vida. Si he de decir la verdad, le hallaba más grave y un poco distraído y fatigado. Se me ocurrió que podría experimentar algún desabrimiento en el seno de su familia; pero muy pronto deseché tal idea. No tenía hijos y su encantadora esposa estaba profundamente enamorada de él. Lisonjeado por grandes y pequeños, rodeado de un respeto sincero, no sólo a causa de sus inmensas riquezas, sino igualmente por su reputación de sabio. Nada, pues, le faltaba. Por fin, leí en los periódicos que el rey le había hecho merced de la grandeza de España añadida a su título de conde.
Al día siguiente recibí de su puño y letra el siguiente billetito:
«Querido Angel: ¿Quieres venir a comer mañana conmigo para celebrar la flamante grandeza? Se trata de una comida íntima. Sólo unos cuantos viejos amigos como tú. Ninguna señora más que la de la casa. Traje de calle. A las ocho. Creo que esta vez no rehusarás.--_Martín._»
Claro está que no podía rehusar. Aunque receloso siempre, y si he de confesar la verdad un poco cohibido, entré en su palacio a las ocho en punto. Un criado con librea y calzón corto me condujo hasta un salón donde ya estaban reunidos con los dueños de la casa los quince o veinte invitados.
En efecto, Pérez de Vargas no me había engañado. Ninguno vestía traje de etiqueta y por lo que pude entender la mayoría de ellos eran oficiales del ejército. Pérez de Vargas hacía ya tiempo que había pedido la licencia absoluta, pero no dejaba de considerarse como militar y mantenía las mismas relaciones de afectuoso compañerismo con los jefes y oficiales de su tiempo. Nos dijo riendo que había tenido particular empeño en invitar solamente a aquellos amigos a quienes tuteaba. A más de estos militares había algunos paisanos como yo, un escultor famoso, un abogado, dos catedráticos y un agente de Bolsa.
Mi amigo Martín parecía hallarse extremadamente alegre. No obstante, como hacía ya más de dos meses que no le había visto, me sorprendió su palidez y el círculo oscuro que rodeaba sus ojos. No quise preguntarle si había estado enfermo por no alarmarle en caso negativo, pero no dejé de sospecharlo.
Después de un corto rato de conversación, pasamos al comedor. La hermosa señora de Pérez de Vargas, que vestía con elegancia, aunque sin ostentar joya alguna, tuvo la amabilidad de sentarme a su izquierda. Desde el comienzo reinó la mayor alegría y cordialidad. Contra lo que esperaba, me hallé completamente libre y a mi gusto. Todos aquellos señores eran personas sencillas y de buen temple. Se comió, se bebió y se rió como en un festín de Homero.
He oído afirmar más de una vez que no hay fiesta española donde al final no aparezca una guitarra. Es una especie grosera y calumniosa. Podrá ser esto cierto en Andalucía, pero en el resto de España nadie que estime la verdad osará sostenerlo.
Lo único que surge indefectiblemente en toda la península ibérica es un orador. Entiéndase como cantidad mínima.
El que nos tocó en suerte en la ocasión presente fué un comandante de caballería original de Badajoz. Era un hombre risueño y feliz. Parecía gozar con todas las cosas de este mundo, pero muy particularmente con sus propias ideas, a juzgar por la satisfacción con que las dejaba fluir de sus labios. Su palabra era pintoresca, pero tan débil de complexión que necesitaba apoyarse a cada instante en la muletilla «_¿estamos, señores?_» para no caer.
Otros oradores he conocido que se apoyaban, no en una, sino en dos muletas y, no obstante, así cojeando han llegado hasta el banco azul.
Después de dirigir algunos requiebros subidos de color a la señora de la casa, que tomó el partido de ruborizarse por no verse en el caso de tirarle un tenedor a la cabeza, vino a explicarnos cómo nuestro amigo Pérez de Vargas era un _barbián_ en toda la extensión de la palabra, pariente cercano de María Santísima, que donde ponía el ojo ponía la bala. Por lo tanto, él no se sorprendería demasiado de que un día tuviese el capricho de encajarse una mitra en la cabeza, a pesar de hallarse casado, y obtuviera con aplauso de todos el arzobispado de Toledo. Después de este vaticinio bárbaro y temerario se sentó riendo y todos los demás por complacerle hicimos coro a sus carcajadas.
Otros dos oradores, el uno militar, el otro paisano, que le siguieron en el uso de la palabra, se expresaron en el mismo sentido. Que si la suerte, que si el destino, que si la estrella, etc., etc.
Pérez de Vargas, que había escuchado sus discursos con ostensible displicencia y aun pudiera decir mal humor, se levantó por fin a hablar.
«En efecto, mis queridos amigos, la felicidad ha tomado la resolución de perseguirme con verdadero encarnizamiento. Sobre muy pocos hombres en este mundo habrán llovido tantas prosperidades en menos tiempo como sobre mí. Vosotros conocéis muchas de ellas, pero no todas, y acaso las que no conocéis--añadió dirigiendo una mirada a su esposa--sean las más dulces y penetrantes. A la hora presente disfruto una reputación de sabio superior a mis méritos y que no había soñado alcanzar. Menos aún había pensado en obtener la gloria literaria y por un azar, incomprensible también, me la ha otorgado generosamente el público. Una fortuna cuantiosa me coloca en situación de satisfacer, no sólo mis deseos sino hasta mis caprichos más fantásticos. Me han gustado las obras de arte y poseo la más notable colección de cuadros y objetos preciosos que un particular puede adquirir en España. Quise viajar y he recorrido el mundo en un barco propio y con todas las comodidades apetecibles. Soy aficionado a los libros y mi biblioteca cuenta hoy más de veinte mil volúmenes. Me han apasionado los caballos y sabéis que no hay nadie en Madrid que los posea mejores. Me seduce la caza y he tenido la suerte de cazar osos en Rusia y tigres en la India. Gozo de una perfecta salud, soy conde, soy grande de España, soy académico, soy diputado, mis amigos me quieren, los sabios me estiman, el público me respeta, los reyes vienen a mi casa. ¿No es cierto, queridos amigos, que debe existir a mi lado una hada benéfica y complaciente encargada de satisfacer mis deseos? Apenas nace uno en mi mente, hace vibrar su varita mágica y el capricho se cuaja en el espacio y se transforma en realidad. Soy un Midas moderno que convierte en oro cuanto toca con sus manos... Soy el hombre más feliz de la tierra... Pues bien, amigos míos, soy al mismo tiempo el más desgraciado... No puedo con tanta felicidad... Estoy verdaderamente abrumado... ¡No puedo más! ¡no puedo más!... ¡no puedo más!»
Con gran sorpresa le vimos ponerse rojo y pronunciar estas últimas palabras con creciente exaltación, casi gritando. Sus ojos brillaron siniestros y extraviados y tomando los platos que tenía delante los estrelló furiosamente contra el suelo. Hecho lo cual se precipitó a la puerta y salió del comedor.
Puede cualquiera imaginarse la estupefacción de todos nosotros ante aquel arrebato inaudito. Hubo unos instantes de silencio. El comandante orador soltó una carcajada.
--¡Vaya un vino guasón que tiene nuestro amigo Pérez de Vargas!
Pero los demás no reíamos. Su esposa había salido detrás de él. Al cabo de unos momentos volvió con las mejillas inflamadas y los ojos enrojecidos a decirnos que su marido se hallaba indispuesto. En nombre suyo nos pedía encarecidamente perdón.
Todos nos apresuramos a tranquilizarla no dando importancia alguna al suceso. Era el parecer unánime que sólo se trataba de una exaltación momentánea producida por el alcohol. Con un poco de bromuro y algunas horas de reposo todo quedaría disipado.
Sin embargo, yo salí tristemente impresionado de aquella casa.
V
CÓMO SE REGENERÓ MI AMIGO PÉREZ DE VARGAS
Por desgracia, las sospechas, que yo había concebido la noche en que festejamos la grandeza de España otorgada a Pérez de Vargas, se verificaron.
No fué la influencia del alcohol la que determinó aquella singular escena, como pensaron unánimemente sus invitados, sino la enfermedad nerviosa que en él venía incubando desde hacía algún tiempo. Fuí al día siguiente a enterarme de su estado, pero no pude verle. Su esposa me envió una tarjeta haciéndome saber que, según la opinión de los médicos, Martín sufría una neurastenia aguda y que pensaba trasladarse al campo por una temporada.
Tampoco creí por completo en la neurastenia. Sin duda existía una dolencia física, pero ésta era consecuencia de una depresión moral que yo había observado las últimas veces que había tenido ocasión de hablarle.
Pérez de Vargas era un hombre de elevada inteligencia y excelente corazón. Las riquezas y prosperidades de toda suerte acumuladas sobre él en tan poco tiempo le inquietaban, como sucede siempre que entra algo anormal en nuestra existencia. Este sentimiento de temor, unido al hastío, era lo que había originado la crisis a que habíamos asistido. Tal fué, por lo menos, mi opinión entonces.
Cuando regresó del campo fuí a verle. Le hallé perfectamente tranquilo y de mejor color, pero grave y triste. Había desaparecido aquella alegría ruidosa que le caracterizaba, aquel donaire y agudeza que siempre habíamos admirado en él. Nada de proyectos magníficos ni de fiestas o cacerías. Hablamos de política y literatura. Me pareció que en aquellos últimos tiempos se había dedicado a la lectura de filósofos y místicos.
Otras dos veces fuí a visitarle, pero no le encontré o no quiso recibirme. Por lo tanto me abstuve en adelante de acercarme a su casa. Algún tiempo después tropecé casualmente en la calle con uno de sus parientes, a quien conocía, y me dió de él noticias poco halagüeñas. Martín había comenzado a ofrecer señales de perturbación mental. No solamente había suspendido sus fiestas y recepciones, pero no quería tampoco asistir a los de sus amigos; se negaba igualmente a hacer visitas; había cortado toda comunicación con el mundo aristocrático donde antes tanto figuraba; redujo sus gastos personales de un modo repugnante, no por avaricia, si no por ciertas ideas extravagantes que repentinamente le habían acometido: pasaba la vida leyendo y sólo salía por la noche.
Todo aquello, en verdad, no me parecía suficiente para calificar de perturbado a mi amigo. El sujeto que me comunicaba las noticias era un joven evaporado, para el cual huir del mundo y abstenerse de sus placeres poseyendo gran fortuna era una monstruosa locura. Sin embargo, poco más tarde supe que las extravagancias de Pérez de Vargas habían subido tanto de punto que se hallaban ya vecinas de la demencia si no la habían alcanzado por completo.
Me dijeron que había hecho desaparecer los muebles suntuosos de su habitación y los había reemplazado con unos cuantos miserables trastos, sin cortinas ni tapices, que se alimentaba de un modo grosero e insuficiente, que él mismo se aderezaba la comida y se la servía, que vestía de un modo indecoroso hasta el punto de haberle visto en las afueras de Madrid sin corbata y calzando alpargatas, que sólo frecuentaba el trato de la plebe y huía de sus amigos.
Su pobre mujer estaba aterrada: pasaba la vida llorando. Al cabo, no pudiendo sufrir más tiempo aquel ridículo estado de cosas y cediendo a la presión de sus parientes y amigos, consintió en que Martín fuese trasladado a una casa de salud fuera de España.
Antes de que tal resolución pudiera tener efecto, Pérez de Vargas desapareció repentinamente de su casa.
Se dijo que había dejado escrita una larga carta dirigida a su esposa; pero ésta no quiso comunicarla con nadie. Quizá por virtud de tal carta se abstuvo de dar parte a las autoridades y hacerle buscar por medio de la Policía. Sin embargo, privadamente realizó muchas y activas diligencias, empleando varios agentes, no perdonando medio alguno para averiguar su paradero.
Todo fué inútil. Ninguna de sus pesquisas dió resultado alguno. En las tres o cuatro visitas que le hice la hallé siempre abatidísima, pero no dejó escapar palabra alguna que redundase en desprestigio de su marido. Aquella noble reserva confirmó la opinión que de su carácter tenía formada.
Así transcurrieron algunos meses. Ya todo Madrid se había olvidado de tan extraña aventura cuando he aquí que recibo la noticia de que Pérez de Vargas había llegado, o por mejor decir, le habían traído a su casa gravemente herido. Me personé inmediatamente en ella, pero no pude verle. Me enteraron de que se hallaba un poco aliviado. Supe que sus heridas no eran de cuchillo ni de arma de fuego, sino la fractura de dos costillas y grandes contusiones en diferentes partes del cuerpo. Más tarde averigüé que estas heridas le habían sido hechas en una pelea o motín popular, lo cual, como puede comprenderse, me causó viva sorpresa.
Traté de penetrar aquel misterio, aunque sin resultado. Nadie sabía la verdad: todo se volvía conjeturas.
Su esposa, a la cual pude ver al cabo, nada me dijo respecto al particular ni yo osé hacerle pregunta alguna. La encontré alegrísima; me enteró de que Martín se hallaba fuera de cuidado y en vía de rápida curación; quizá no se pasarían muchos días sin que pudiera recibirme.
No se verificó tal promesa. Antes de que pudiera o quisiera dejarse ver, salieron ambos esposos para el Extranjero y tardaron bastantes meses en regresar.
Bien comprendí que aquel viaje inopinado obedecía a la vergüenza y embarazo que le causaba a mi amigo el presentarse nuevamente en sociedad. A su vuelta todo se había olvidado o por lo menos afectaba olvidarse. Se daba por sentado entre los amigos que el conde de Malojal había padecido una neurastenia grave de la cual ya, felizmente, estaba curado.
Yo fuí uno de los primeros en verle y experimenté gran contento al hallarle como antes alegre y locuaz: la misma vena de humor satírico: idéntico temperamento afectuoso.
Restableció su antiguo tren de vida lujoso y pudo vérsele en todas partes feliz, generoso y espléndido como siempre lo había sido. Sin embargo, aunque no dejó de ofrecer a la sociedad fiestas memorables, eran éstas más raras. Recibía con más frecuencia en su casa a los sabios y literatos que a los mundanos y se le vió interesarse con verdadera pasión por los problemas sociales. Habló en el Congreso diferentes veces acerca de ellos y siempre con lucimiento; gastó mucho dinero construyendo escuelas en la provincia de la cual era originario, dotó de material científico a otras, fundó algunas cooperativas y se significó como ardiente partidario de que se aumentase el presupuesto de instrucción pública aun a expensas de otros servicios del Estado.
En las diferentes visitas que le hice nunca aludió directa ni indirectamente a su enfermedad ni a la extraña aventura que le había restituído a su hogar. Como puede concebirse, yo me guardé también de hacerlo.