Años de juventud del doctor Angélico

Part 13

Chapter 133,737 wordsPublic domain

Naturalmente, aunque mi casa era espaciosa, yo no cabía ya dentro de ella. El desgraciado capitán Pérez de Vargas veíase obligado a estrecharse, estrecharse, y pronto quedó convertido en un despreciable papel de fumar. Los criados no recibían ni acataban otras órdenes que las que salían de la boca de aquellos monstruos herbívoros; a mi mujer se la tragaron como una píldora. Yo no sabía ya si era en efecto Pérez de Vargas, capitán de ingenieros, o un fantasma impalpable y aéreo que se deslizaba furtivamente por las noches en el lecho de su esposa.

A grandes males grandes remedios. Un día me hallaba tan oscurecido y acongojado, tan envuelto en espesas tinieblas, que me resolví a gritar con toda la fuerza de mis pulmones: «¡Hágase la luz! Una de dos: o salen los elefantes de esta casa y se van con la música a otra parte o ahora mismo toma la puerta el capitán.»

Hubo gritos y lágrimas y formidables trastornos sísmicos. La tierra osciló bajo mis pies como un barco sacudido por la tempestad; brotaron llamas; una lluvia de cenizas cayó sobre mi cabeza; estuve a punto de ser tragado por el volcán. Sin embargo, logré escapar de tan grave catástrofe y pude respirar al cabo con libertad.

Como podrás presumir, a este período de trastornos y erupciones sucedió otro glacial muy intenso. Mi mujer no comprendía que yo tuviese necesidad de más espacio y más oxígeno que el que me dejaban sus monstruosas mamá y tía. No traté de convencerla de lo contrario. Contra el frío glacial me refugié en las cavernas, esto es, en la Peña y el Ateneo todo el tiempo que mis ocupaciones me dejaban libre. Al cabo los hielos se fueron fundiendo por sí mismos, la temperatura se hizo más agradable y pude gozar de un período de bonanza.

Hice mal, no obstante, en vivir confiado. La corteza terrestre era aún más delgada: el elemento sólido no se había afirmado y ofrecía poca seguridad. La catástrofe vino cuando menos podía imaginarlo, en el momento mismo en que mi esposa y yo nos hallábamos tranquilamente sentados en una butaca, ella sobre mis rodillas prodigándome mil caricias apasionadas. No recuerdo cómo fue; no hubo ruidos subterráneos ni relámpagos temerosos, ni aurora sangrienta; ninguno de los síntomas precursores y alarmantes del cataclismo. Éste se produjo súbitamente. Ignoro qué palabras le dije yo a propósito de cierta cuenta exorbitante de la modista que el día anterior había pagado; no sé qué palabras vivas me respondió ella; no sé qué palabras un poco más vivas le repliqué yo. Las que recuerdo con admirable precisión son las que salieron entonces de sus labios y sonaron en mis oídos como otros tantos estampidos: «Tú eres un pobre; todo lo que hay en esta casa es mío.»

--En un caso semejante--dije yo riendo--, San Juan Crisóstomo aconseja que se responda a la esposa: «No comprendo lo que dices, amada mía. Nadie puede dudar de que todo cuanto hay aquí es tuyo, porque yo mismo soy tuyo también.»

--San Juan Crisóstomo era un novato. Yo lo hice mejor. En cuanto escuché tales palabras, sin descomponerme poco ni mucho, me alzo de la butaca, voy con paso solemne a mi despacho y escribo una carta a mi casero manifestándole que desde el día siguiente tenía el hotelito a su disposición. Inmediatamente salgo de casa, me entrevisto con el más rico prendero de Madrid, le traigo conmigo, le muestro todos los muebles y se los vendo por una cantidad alzada. Busco un empresario de coches y le traspaso los míos y los caballos. Después ajusto la cuenta a los criados y los despido a todos. Inmediatamente salgo de nuevo y tomo una habitación con dos camas en una modesta casa de huéspedes. Torno a la mía: eran las seis de la tarde. Subo a la habitación de mi mujer, que se hallaba aterrada sin saber a punto fijo lo que todas aquellas marchas y contramarchas significaban, y le dirijo este elocuente discurso:

«--Querida esposa: has hecho bien en recordarme que nada de cuanto hay en esta casa me pertenece, porque lo había ido olvidando. Te pido perdón por mi falta de memoria. Lo único que aquí me pertenece eres tú y por eso es lo único que me llevo.»

Y diciendo y haciendo le tomo delicadamente la mano, la coloco sobre mi brazo y un minuto después estábamos en la calle. Quiso protestar, lloró, pidió perdón, prometió... Todo fué en vano. «Soy un modesto, pero pundonoroso capitán del ejército--le dije--y debo vivir con el sueldo que la nación me tiene asignado. Pero tú eres la honrada y fiel esposa de este capitán y debes sustentarte con lo que él gana. Lo que te pertenece por herencia pasará íntegro a tu familia si mueres antes que yo o gozarán de ello en caso contrario. El producto del mobiliario y los coches queda depositado a tu nombre en el Banco de España.»

Tres meses y algunos días permanecimos en aquella pobrecita casa de la calle de San Bartolomé. Renuncio a contarte, porque ya lo supondrás, cuanto allí pasó. Lágrimas, suspiros, profundas humillaciones, un desfile constante de deudos y amigos de la familia de mi esposa que me asediaban y me suplicaban sin cesar. Al cabo, cuando entendí que el arrepentimiento era sincero y profundo y que no volveríamos a empezar, me avine generosamente a abandonar el catre y los garbanzos de la casa de huéspedes para instalarme en el hotel que hoy habito en la Castellana y que pongo a tu disposición. Con esto los hielos se retiraron velozmente hacia las regiones boreales; reina en mi hogar una temperatura deliciosa; los campos se vistieron de una flora casi tropical, y en cuanto a la fauna... ya lo ves, está representada por esta galguita, a la que mi mujer y yo mimamos a porfía.

--¿Y tu suegra?

--Mi suegra, hoy por hoy no es más que un cetáceo inofensivo... Ya te hablaré otra vez porque están saliendo de misa. Ven a verme. De tres a cinco estoy siempre en casa.

En lo alto de la escalera de San José apareció la gallarda figura de la señora de Pérez de Vargas. Era una hermosa mujer vestida con refinada elegancia. Derramó una mirada inquieta y escrutadora por la calle y al divisar a su marido su rostro se dilató con una sonrisa tan dulce y afectuosa que instantáneamente quedé persuadido de que el capitán Pérez de Vargas sabía mucho más que San Juan Crisóstomo en achaques matrimoniales.

III

MÁS TRAVESURAS DE MI AMIGO PÉREZ DE VARGAS

Algunas días después me decidí a hacer una visita a Pérez de Vargas. El hotel en que habitaba era una espléndida mansión y el tren de su vida verdaderamente fastuoso.

Un criado con chaleco rojo y corbata blanca me introdujo en un despachito tan primorosamente decorado, que más parecía el saloncito de una dama que el escritorio de un hombre de ciencia. Contiguo a él había un vasto salón dedicado a biblioteca.

Pérez de Vargas me recibió con extremada alegría. Vestía traje de casa un poco fantástico, como sólo se autorizan aquí los artistas. Cuando hubimos charlado breves momentos de cosas indiferentes y me hubo mostrado su biblioteca, que era verdaderamente excepcional, tanto por la instalación como por el número de volúmenes, me dijo:

--Espero que me permitirás cambiar de traje, pues algunos amigos vendrán dentro de poco a tomar el té con nosotros...

Quedó algunos instantes silencioso y añadió al cabo sonriendo:

--Tú te quedarás también y pasarás un rato divertido. Es una broma que voy a dar a mi suegra, que llegó ayer de Barcelona a pasar unos días con nosotros. Ya sabes que aquí cerca viven los chinos de la Embajada que reside temporalmente en las principales capitales de Europa.

En efecto, yo conocía su hotelito y los había visto repetidas veces en la calle ataviados con su traje nacional y su coleta. En aquel tiempo los chinos no se habían decidido a trocar su típica indumentaria por la nuestra. Uno de ellos llamaba extraordinariamente la atención de los transeuntes por su talla gigantesca y por la fealdad inverosímil de su rostro. Era el secretario, según mis noticias.

Pérez de Vargas hacía unos días que había entrado en relación con ellos y me hizo un elogio caluroso de su discreción y cortesía.

--El embajador es una excelente persona, un político muy respetado en su país, bondadoso, instruído; pero el secretario... el secretario es un sabio.

--¿Quién? ¿Aquel gigante feo marcado por la viruela?

--El mismo. Es original del Tibet, de raza tártara, y ha sido educado en Calcuta. No sólo habla el inglés como su propio idioma sino el francés y español con bastante soltura. Es doctor en medicina, pero sus aficiones son varias y su lectura inmensa. Conoce la moderna literatura europea como cualquiera de nosotros.

Pérez de Vargas se extendió considerablemente en el elogio de aquel extraño personaje excitando mi curiosidad. Después me explicó cómo había sido presentado a los chinos y había ido a tomar el té en la Embajada dos o tres veces.

--Hallé su compañía en extremo grata. La cortesía de los chinos es proverbial y tan exagerada que para nosotros resulta ridícula. Ninguno permanece sentado cuando alguno de los presentes se pone en pie con cualquier motivo. Esta ceremonia termina por hacerse enfadosa, pues nos obliga a no movernos de la silla. Al revés de nosotros los europeos, estos orientales jamás hablan de sí mismos como no se les pregunte, y en cambio, manifiestan vivo interés, natural o afectado, por lo que atañe a los demás. No imagino medio más seguro para hacerse simpático en el mundo. Sin embargo, no he podido menos de observar cierta inquietud y embarazo en sus ademanes, que por lo que vine a entender depende de un sentimiento de temor de ser menospreciados. Piensan al parecer, y no andan descaminados, que los tenemos por un pueblo bárbaro aún y que sólo por condescendencia nos avenimos a tratarlos como iguales. Esta idea les roe el corazón y para sacudirla de sí afectan hallarse al corriente de todos los usos y ceremonias del mundo civilizado. Sus recepciones y sus tes son exactamente iguales a los que se dan en cualquier otra casa particular española: los criados, el servicio, el mobiliario, todo igual y flamante. Te confieso que este sentimiento de humillación, que se les trasluce, me apena y que desde luego hice cuanto me fué posible por desvanecerlo, mostrando respeto y estimación, no solamente a sus personas, sino también a su país. Con esto tuve la fortuna de hacerme simpático y me lo demuestran por cuantos medios están a su alcance. Hoy, por primera vez, les he invitado a tomar el té en mi casa. No he dicho nada a mi mujer ni a mi suegra para divertirme un poco a su costa, sobre todo de esta última, que no los conoce siquiera de vista.

Martín me invitó a pasar a su dormitorio; hizo sonar un timbre y vino su ayuda de cámara, que en mi presencia le ayudó a vestir. Después me llevó al salón, donde ya estaban su mujer y su mamá política, a las cuales me presentó en términos excesivamente lisonjeros. Pero con ellas se hallaba un viejo general, vecino y gran amigo de la familia, acompañado de su hija. Su presencia contrarió bastante a mi amigo, según me hizo saber en voz baja. Este general era una bellísima persona, pero de mayor corazón que inteligencia: cariñoso en el fondo y brusco en las formas, de ideas conservadoras intransigentes, muy religioso, muy bravo y muy apegado a las costumbres y tradiciones de nuestro país.

En efecto, la visita de tal caballero no podía resultar oportuna en la presente ocasión y comprendí la inquietud de Pérez de Vargas.

Como éste tenía ya advertidos a los criados, poco tiempo después de hallarnos reunidos en el salón, uno de ellos levantó la cortina y profirió en voz alta y solemne:

--El señor Embajador del Imperio chino.

El embajador, su secretario y dos agregados penetraron gravemente en la sala haciendo reverencias a la europea. Pérez de Vargas se apresuró a salir a su encuentro y los presentó con toda ceremonia a su esposa, a su suegra y luego al General, a su hija y a mí.

La sorpresa de las señoras fué grande, pero sobre todo la estupefacción de la mamá no tuvo límites y temí por un momento que se pusiera enferma. Quedó pálida, sobrecogida, y cuando su yerno le fué presentando a sus nuevos amigos, no supo qué decir ni hacer otra cosa que abrir los ojos desmesuradamente.

Pasada la primera impresión, que los chinos fingieron no advertir, porque ya estaban acostumbrados a producir tal efecto, nos sentamos y departimos un rato y la anciana señora se fué serenando.

Poco después los criados entraron con sendas bandejas y algunas mesillas volantes y la bella esposa de Pérez de Vargas nos sirvió el té.

Pero los temores que mi amigo me había manifestado no tardaron en verificarse. Porque el General, que conocía a los chinos de vista, como todo Madrid en aquella época, apenas se dignó corresponder a los muchos y reverentes saludos que le hicieron cuando aquél se los presentó, mostrando con sus pocas y bruscas palabras y con todos sus ademanes que no respetaba mucho su Embajada ni los consideraba casi dignos de alternar con la buena sociedad española.

Con esto el embarazo y la timidez de los chinos subió de punto, y Martín, advirtiéndolo, trató de hacer ver al General de un modo indirecto que no se las había con salvajes como parecía presumir, sino con hombres bien cultos y civilizados.

Después de tomar el té quedamos colocados en la siguiente forma: el Embajador acomodado en un sillón y el General frente a él en otro; el Secretario se sentó en el sofá y Pérez de Vargas y yo también; los dos agregados, en sillas próximas a nosotros. En el rincón opuesto del salón, instaladas en lindas butaquitas de colores brillantes, charlaban la hija del General, la señora de la casa y su mamá. Pero esta última no parecía estar muy embebida en la conversación, porque apenas apartaba los ojos del Secretario, que por su estatura y su fealdad sin duda le inspiraba horror.

--¿De suerte que usted, antes de venir a Europa como secretario de la Embajada, ha servido en la administración de Pekín?--le preguntaba Pérez de Vargas con el objeto ya indicado.

--Sí, señor; he servido en algunas provincias como oficial subalterno. Después pasé a Pekín y fuí empleado en la secretaría imperial y allí conocí al señor Embajador y cuando éste fué nombrado presidente del _Hingpon_, que es el supremo tribunal encargado de los asuntos criminales, me llevó consigo.

--¿Pero allá en su tierra hay tribunales?--preguntó bruscamente y sonriendo el General.

El Secretario le miró estupefacto.

--¿Que si hay tribunales? Lo mismo, señor, que en todos los países civilizados. Hay un supremo tribunal, que semeja a vuestro ministerio de Gracia y Justicia, con diez y ocho divisiones, que corresponden a las diez y ocho provincias del Imperio, encargadas de los asuntos criminales de cada provincia. Hay además, un Cuerpo de inspectores, un Consejo que prepara las ediciones del Código penal...

--Yo tenía entendido que allá juzgaban ustedes a los criminales de cuclillas en una estera, les mandaban dar tantos o cuantos palos... y en paz.

El Secretario se inmutó visiblemente, se puso más pálido de lo que era y con esto su fisonomía adquirió un grado de fealdad inconcebible. El Embajador, que apenas conocía el español, no se dió cuenta cabal de aquellas palabras ultrajantes; pero advirtiendo la alteración del Secretario comprendió que se les había ofendido y manifestó señales de abatimiento. Pérez de Vargas estaba verdaderamente corrido y maldiciendo sin duda del momento en que a su agresivo vecino se le había ocurrido venir a visitarles.

El Secretario se mantuvo silencioso algunos instantes haciendo esfuerzos por serenarse y luego principió a hablar en tono firme y reposado de esta manera:

--Desde hace más de tres mil años, esto es, desde el tiempo en que el Occidente se hallaba sumido en la más completa barbarie, el Celeste Imperio es un país civilizado donde funcionan regularmente los tribunales, donde hay una Administración prudente y sabia que provee a todas las necesidades de la vida social. Existe un fuerte poder central necesario para dar unidad a un Imperio que cuenta hoy con cuatrocientos millones de súbditos; pero este poder absoluto asumido por el gran emperador está templado por las costumbres que en China tienen una influencia decisiva. El emperador es para nosotros un gran padre de familia. Su autoridad la delega a sus ministros, que transmiten sus poderes a sus subordinados y así se va extendiendo gradualmente hasta los grupos de familia, donde los padres son los jefes naturales. La familia es el tipo por donde se modela la vasta administración del Imperio. Además, el gran contrapeso que tiene entre nosotros el poder imperial consiste en la corporación de literatos, que existe igualmente desde hace tres mil años. El emperador no puede elegir sus agentes civiles más que entre los literatos y conformándose a las clasificaciones establecidas por el concurso. Todos los chinos tenemos derecho a desempeñar los cargos del Imperio, hasta los más altos, con tal que demostremos nuestra suficiencia en los diferentes exámenes que vamos sufriendo y obtengamos el diploma necesario. Porque en China no existe una aristocracia como ha existido siempre en el Occidente, que vincula para sí los puestos civiles y militares. Nuestra sola aristocracia, o clase privilegiada, la constituye la corporación de los literatos, que se recluta cada año por medio de los exámenes. No existen títulos hereditarios sino para los miembros de la familia imperial; pero estos títulos sólo les da derecho a una módica pensión y a gastar como distintivo un cinturón rojo. Ni aun tienen derecho a desempeñar los cargos públicos sino después de haber sufrido los exámenes y haber obtenido el diploma necesario como cualquiera de nosotros. Los títulos y los honores que un hombre por su mérito ha logrado adquirir no los heredan sus hijos, sino sus padres...

El General, al oír esto, soltó una insolente carcajada.

--¡Hombre, no deja de tener gracia! Ya me habían dicho que los chinos lo hacen todo al revés, que principian a comer por los postres y concluyen por la sopa.

El Secretario quedó un instante acortado, pero siguió su discurso dirigiéndose siempre a Pérez de Vargas:

--Ya he dicho que todo nuestro sistema político se modela por el tipo de la familia. El respeto a los padres es el más poderoso resorte de nuestra vida y como estamos obligados a tributárselo aún después de muertos por medio de ciertos ritos y ceremonias fúnebres no podríamos hacerlo de un modo decoroso suponiendo que nuestros antepasados se hallaban colocados más bajos que nosotros en la escala social... Por lo demás, convengo en que nuestras costumbres son muy diversas de las de Europa, pero tienen su razón de ser. La vida no es tan mala allá como aquí se supone. No diré que existen los refinamientos de las naciones occidentales, pero vivimos mejor y con más comodidades que gozaban los europeos hace cien años. El Imperio, con ser tan vasto, se halla cruzado de un cabo a otro por magníficas carreteras y lo surcan un número considerable de canales que ponen en comunicación los dos grandes ríos que lo atraviesan, el río Amarillo y el río Azul. Todo nuestro país está cultivado como un jardín y su población en el centro es más densa que la de Bélgica...

--La China es un país bárbaro donde se asesina a los cristianos y se martiriza a los misioneros--profirió de mal talante el General.

--«El malvado que persigue a un hombre de bien es semejante al insensato que escupe al cielo», dice el Buda en sus enseñanzas. Los chinos se guardarían de contristar el corazón de los cristianos que son hombres de bien, si para ello no hubiera un motivo poderoso. Pero es menester que la verdad sea separada del error. La religión cristiana ha gozado repetidas veces de los beneficios celestes del gran Emperador y si ha sido perseguida en ciertas ocasiones débese, más que a otro motivo, a la arrogancia misma de los cristianos, que no han sabido mantenerse en los límites de la moderación y la prudencia. La China es el país más tolerante de la tierra en materia de religión. Un súbdito chino puede ser, a su capricho, discípulo del Buda, de Confucio o de Mahoma. Si no ha podido serlo de Cristo alguna vez se debe a que hemos sospechado con razón que los misioneros cristianos no venían al Oriente con un fin puramente religioso, sino que eran agentes de sus Gobiernos para introducirse y preparar la conquista. ¿No hemos visto a los españoles en las islas Filipinas, a los holandeses en Java, a los ingleses en todas partes? Es natural que nos defendamos. Cuando en los comienzos del siglo anterior el gran emperador Youngtching proscribió la religión cristiana que su antecesor había permitido, tres misioneros de ustedes fueron a suplicarle que revocase el edicto. El gran Emperador, perfectamente enterado de todo, les respondió: «Yo he proscrito vuestra religión de mi Imperio, porque he sabido que algunos de vosotros querían aniquilar nuestras leyes y sembraban el espíritu de rebelión en los pueblos. Vosotros pretendéis que todos los chinos se hagan cristianos, y vuestra religión, al parecer, así lo exige; pero si así sucediese, pronto seríamos todos nosotros súbditos de vuestros reyes. Los cristianos que vosotros hacéis no reconocen más autoridad que la vuestra. En tiempo de revolución no escucharían más que a vosotros... Ya sé que por ahora nada hay que temer, pero vendrán vuestros barcos por cientos y luego por miles y entonces todo se puede esperar. Habláis mucho de tolerancia y la pedís y la exigís, pero ¿qué diríais si yo enviase a vuestro país una partida de bonzos y de lamas a predicar su ley? ¿Cómo los recibiríais vosotros?»

--¡A puntapiés, y con razón!--exclamó el General--. ¡Tendría gracia que viniesen a predicarnos religión y moral unos hombres ignorantes que viven poco menos que en el estado salvaje, sin ferrocarriles, sin telégrafos, sin ejército regular, sin Marina y que se mantienen con algunos granos de arroz!

El Secretario sonrió tristemente y repuso con calma: