Años de juventud del doctor Angélico

Part 12

Chapter 124,059 wordsPublic domain

Fué dichosa aquella época de mi vida, o al menos así se me representa al través de los años. Todavía alguna vez, cuando paso por la calle del Arenal y levanto los ojos a los balcones de aquel hotel, dejo escapar un suspiro y murmuro con emoción los famosos versos de Espronceda:

¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas de juventud, de amor y de ventura, regaladas de músicas sonoras, adornadas de luz y de hermosura?

Sí; todas las noches me dormía regalado por la música de un piano y un violín. Mi dormitorio tenía una ventana sobre el patio, cubierto de cristales, donde se hallaba establecido un café.

Y mis sueños eran felices también como mis vigilias. Sin haber leído nada de los sueños, había logrado en mi juventud cierto dominio sobre ellos. No que llegase a dirigirlos y conservar dormido mi libertad de espíritu como el ilustre orientalista marqués de Hervey de Saint-Denis, que es quien ha teorizado sobre este asunto; pero sí lograba muchas veces provocarlos apelando a algunos inocentes artificios.

A primera vista parece asombroso y aun disparatado que conservemos dentro del sueño nuestro libre arbitrio. Sin embargo, el esfuerzo tenaz de la voluntad puede llegar a conseguirlo. En el libro curiosísimo del sabio marqués se observa paso a paso cómo se va adquiriendo este dominio.

Inútil es advertir que al buscarlo no me guiaba un fin científico como a aquél, sino puramente el de huir alguna preocupación enfadosa o el de experimentar un placer. Mas como todo placer en este bajo mundo parece que lleva aparejado un dolor, mi manía de provocar sueños agradables me ocasionó una desagradable aventura, que no resisto a la tentación de narrar puntualmente.

Acaeció que un día llegó al hotel y se alojó en él por algún tiempo un matrimonio forastero. Al decir matrimonio no he hablado con suficiente propiedad. No fue un matrimonio, sino la mitad de un matrimonio la causa de mi aventura. El marido podía haberse quedado en la calle, podía haber permanecido en París, de donde llegaba gestionando sus negocios, podía haber ido a pasar unos días a Sevilla en el seno de su familia, podía haberse muerto (mucho mejor, por de contado). Todo esto no hubiera producido en mí la más leve emoción. ¡Pero la esposa! ¡Ah, la esposa! Una cosa increíble, una aparición, un milagro. Jamás he visto ni pienso ver en lo que me resta de vida una belleza más esplendorosa. La piel blanca, nacarada; los ojos negros, rasgados, orientales; los cabellos ondeados; alta y majestuosa como una lady; los dientes africanos, los pies asiáticos.

Cómo aquel hombrecillo menudo, calvo, feo y no muy joven había logrado hacerse dueño de tal portento, es lo que se preguntó inmediatamente todo el personal del hotel, desde el viejo general de Marina hasta el mozo de comedor.

Pronto se averiguó que la dama era rusa y su marido andaluz. Desde entonces se la admiró mucho más a ella y se le despreció mucho más a él. Ignoro por qué, pues la Andalucía es una región española donde abundaron siempre los santos, los héroes y los poetas. Pero es cosa averiguada que en el resto de España se habla demasiado bien de las andaluzas y demasiado mal de los andaluces.

Se hicieron muchos y variados cálculos. Unos pensaban que aquella señora era una nihilista rusa, que perseguida por la policía había logrado escapar uniéndose a nuestro compatriota; otros decían que era una artista ecuestre y su marido un empresario de circo; algunos imaginaban que se trataba de una princesa que viajaba de incógnito y que aquel hombrecillo no era su marido, sino un criado; por fin, hubo quien llegó a suponer que la dama era una esclava circasiana que el andaluz había logrado substraer del _harem_ de un bajá turco.

Fuese lo que fuese, es lo cierto que nos tenía a todos hechizados y que se la miraba y se la volvía a mirar y nadie se hartaba de mirarla.

¿Por qué siendo tantos a contemplarla fuí yo el único que logró alterar los nervios del marido? Seguramente porque era el más joven. Sin embargo, el capitán lo era también en cierto modo y, además, lo confieso sin falsa modestia, me aventajaba en la figura.

Pero el capitán se había hecho amigo de Bellido (así se llamaba el marido de la rusa) desde el día siguiente de su llegada. Cuando todos nos levantábamos y nos marchábamos a nuestros cuartos, ellos dos solos se quedaban de sobremesa y departían todavía largo rato. Y en esta sobremesa el andaluz se desahogaba en el seno de su nuevo amigo refiriéndole los mil desabrimientos que experimentaba desde que llegara a España, a causa de la poca educación que aquí había. El infeliz vivía inquieto y sobresaltado. En la calle requebraban descaradamente a su señora, la seguían, la hablaban al oído; en el teatro la enviaban ramilletes de flores; por el correo interior recibía billetes amorosos. Pero si cruzaba por delante de un grupo de albañiles, estos señores no se limitaban a requebrar a su esposa, sino que le injuriaban a él mismo groseramente. Todas estas cosas iban aflojando los lazos que le unían a su patria y hablaba vagamente de romper con ella de una vez y para siempre. Así nos lo contaba riendo el capitán cuando el pobre hombre no estaba delante.

Pues, como decía, el marido de aquella singular mujer me espiaba y apenas podía posar mis ojos sobre ella sin que los de él me clavasen una mirada recelosa. Yo le hurtaba, sin embargo, las vueltas, la devoraba con los ojos y me nutría de sus encantos. Porque los _beesfsteaks_ y los _ragôuts_ del hotel allá se iban casi siempre a la cocina sin que yo los tocase.

Tal régimen alimenticio era muy a propósito para quedar enamorado. Lo quedé a los pocos días de un modo inverosímil y tuve la inocencia de participárselo al capitán, por ser el único huésped con quien todavía se podía departir sobre asuntos de galantería.

Debo confesar, en descargo de mi conciencia, que aquella señora, fuese princesa, esclava o titiritera, jamás alentó mi pasión amorosa ni aun creo que se haya dado cuenta de ella. Era una estatua, era una diosa; se la podían clavar las miradas más rendidas, más inflamadas; las suyas no expresaban más que una tranquila indiferencia.

Entonces me puse a hacer uso de aquellas facultades oníricas de que antes he hablado. Me puse a soñar. He aquí los medios a que apelé para provocar los sueños deseados.

Compré algunas historias y novelas rusas y leía por ellas una vez metido en la cama por la noche. Mi imaginación con estas lecturas se exaltaba y yo tenía buen cuidado de prestar a la heroína más simpática de cada novela los rasgos fisonómicos y la figura de la esposa de Bellido. Al mismo tiempo, en el instante en que me ganaba el sueño llevaba a la nariz un pañuelo empapado en esencia de reseda, que era el perfume que aquélla usaba, ordinariamente. Con estos sencillos artificios y con fijar mi pensamiento tenazmente en la hermosa dama, al tiempo de dormirme lograba, sino siempre, bastantes veces, soñar con ella.

Recuerdo que una vez soñé que me hallaba al servicio de la Policía rusa en Petrogrado. Habiendo tenido la fortuna de descubrir una vasta conspiración de terroristas, logré capturar a algunos de ellos y averigüé que obedecían las órdenes de una condesa muy conocida en la alta sociedad. Me personé una noche en el palacio de esta condesa y la hice detener. Era, como debe suponerse, la hermosa señora de Bellido. Se puso densamente pálida al saber quién era yo y a lo que venía, pero no pronunció una palabra y se dispuso a seguirme. Tanta hermosura y tanta dignidad me cautivaron. En vez de conducirla a la prisión le facilité la huída. Pero uno de mis compañeros me espiaba. Este compañero, que era un sér perverso y despreciable, tenía el rostro de Bellido. Entonces determiné fugarme con ella. Salimos por la noche bien recatados y nos dirigimos al río, donde yo tenía un bote preparado. Empuñé los remos y bogué hacia la desembocadura, donde pensaba hallar un buque español que mandaba un marino amigo mío. Este marino no era otro que el viejo general, mi compañero de hotel. Cuando me hallé en medio del Newa, me creí salvado. Solté un instante los remos y tomé las manos de la hermosa condesa que llevé a los labios con una mezcla de respeto, de admiración y de amor, que parecía transportar mi alma al paraíso. Porque todo el mundo habrá observado que nuestra sensibilidad espiritual aumenta notablemente durante el sueño: el amor, la compasión, el miedo, los celos son mucho más intensos que en la vigilia. Era una noche oscura de primavera. A nuestra izquierda se destacaban apenas las enormes masas del Palacio de Invierno y a nuestra derecha las Fortificaciones, con su iglesia que sirve de panteón a la familia de los zares. Yo me sentía enajenado y me preparaba ya a caer de rodillas delante de la bella conspiradora, cuando acierto a ver entre las sombras el punto negro de otro bote que navegaba rápidamente hacia nosotros; sentí el chapoteo de los remos y escucho una voz que grita: «¡Para!» Era la voz de mi compañero, esto es, de Bellido. En vez de parar, remo con todas mis fuerzas. De nada me valió. Él traía cuatro marineros y en pocos instantes fuimos abordados. Entonces yo, presa de irresistible furor, me arrojé al cuello de Bellido y ambos caímos al agua. La ira me dió tales fuerzas, que logré estrangularlo y salir después a la superficie. Mas cuando salí, los marineros se habían apoderado ya de la condesa y bogaban con ella hacia el muelle. ¡Mi dolor, mi desconsuelo fueron tan grandes, que desperté!

Soñé otra vez que me hallaba agregado a la Embajada española en Petrogrado. Trabé amistad con un príncipe en cierta reunión aristocrática y este príncipe me invitó a visitarle en una de sus tierras que poseía cerca de Moscou. En los días que allí pasé conocí a algunos señores de los contornos amigos suyos. Entre ellos uno pequeñito, calvo y feo... No debo decir más: Bellido. Ver a su esposa y quedar enamorado de ella fué todo uno. Tampoco era preciso advertirlo. Ella correspondió a mi amor ¿cómo no? y decidimos fugarnos. El príncipe, que odiaba y despreciaba como se merecía al marido, aunque se fingía su amigo, me facilitó los medios. Puso a mi disposición un trineo con seis caballos. Heme aquí corriendo sobre la nieve al través de la llanura desierta. Pero esta vez, como la otra, también fuimos alcanzados. El cochero del marido era más experto que el nuestro. ¡Deteneos! Viéndoles muy cerca yo me vuelvo y disparo mi revólver. El cochero de nuestro enemigo cayó muerto del pescante. El coche se detuvo al cabo de unos instantes y pudimos escapar. Pero mi adorado dueño se sintió mal poco después y me dijo sin preámbulos que se moría, que aquella emoción le había roto el corazón. Y en efecto, tal como lo dijo lo hizo. Me echó los brazos al cuello, me besó apasionadamente y dándome en aquellos últimos instantes pruebas del más heroico amor, despidiéndose de mí con las palabras más tiernas expiró en mis brazos como una flor que troncha el vendaval. Entre el cochero y yo levantamos la nieve, abrimos una fosa y la sepultamos. Yo lloraba todas las lágrimas que puede tener un hombre dentro de sí. Al mismo tiempo, sentía un frío tan intenso que pensaba morir. Este frío me despertó. Se me había caído la ropa de la cama y observé que mi almohada estaba empapada de lágrimas.

Pero no siempre soñaba cosas trágicas y lúgubres. En otra ocasión soñé que me hallaba como espectador en un circo, en la primera fila de sillas tocando con la pista. Después de unos gimnastas que trabajaron en la barra fija, apareció una amazona montando un caballo amaestrado. Era mi bella rusa. ¡Qué cambios elegantes!, ¡qué saltos!, ¡qué primores! El público se mostraba entusiasmado (bien se echa de ver que era un sueño, porque jamás le vi entusiasmado en tales ocasiones) y aplaudía frenéticamente. Pero ella no tenía ojos más que para mí. Cada vez que pasaba delante de mí me dedicaba una sonrisa divina. Los espectadores me miraban con curiosidad y envidia. Yo me hallaba en el séptimo cielo. Por fin, al terminar su trabajo la hermosa amazona se apeó de un salto y vino sonriente hacia mí tendiéndome una mano. Yo se la besé con transporte y ella me dió un beso en la frente. El público rompió en un aplauso estrepitoso... Y desperté.

¿Por qué cada vez que soñaba con su esposa me dirigía Bellido en la mesa tan agresivas y feroces miradas? Sencillamente, porque el capitán de artillería era un traidor, que le narraba punto por punto mi sueño, pues yo creo haber dicho que tenía la inocencia de contárselos. Era un sér perverso que se gozaba en tostar sobre la parrilla al desdichado andaluz.

Mi último y definitivo sueño en aquella temporada fué como sigue:

Yo era un rico comerciante musulmán que habitaba la ciudad de Kabul en el Afganistán. Una tarde fuí al mercado de esclavos y compré por algunas piastras una hermosísima circasiana, que no necesito decir quién era. En pocos días quedé subyugado por los encantos de aquella mujer; rendido a sus pies hasta el punto de hacerla mi favorita y mi primera esposa, pues era polígamo y confieso que no sentía por ello gran repugnancia. Pero he aquí que al poco tiempo se esparció por la ciudad la fama de la hermosura de mi esclava, aunque yo tenía cuidado de mantenerla encerrada, y que llega a los oídos del emir. Era este emir el hombre más lúbrico de todo su Imperio. No tardó en presentarse en mi casa con pretexto de hacerme una visita, pues éramos amigos. Yo me eché a temblar. Se parecía a Bellido como un huevo a otro y esta circunstancia aumentaba mi aversión infinitamente. Le convidé, le agasajé, me mostré con él humilde y servil hasta un grado indecible, todo por amor de mi esclava. No me valió de nada. Cuando nos hallábamos tomando café, me dijo de pronto:

--Enséñame tus mujeres.

--¡Oh!, no tienen valor alguno comparadas con las tuyas, poderoso señor.

--Quiero verlas--respondió secamente.

-Ya sabes, muy poderoso señor, que los creyentes debemos guardar nuestras mujeres de las miradas de los hombres.

--Quiero verlas--replicó en tono imperioso.

No hubo remedio; le mostré todas mis mujeres, claro está, salvo una.

--¿No tienes ninguna otra?--me preguntó mirándome fija y severamente.

--Ninguna otra, alto y poderoso señor.

--Repara bien lo que dices porque va en ello tu cabeza--profirió mirándome con más severidad aún.

Ahora bien, yo siempre tuve extraordinaria afición a mi cabeza lo mismo soñando que despierto. Así que caí a sus pies diciendo:

--Perdón, señor; tengo, además, una esclava circasiana.

Me ordenó mostrársela, le pareció muy bien, como era natural, y me obligó a enviársela al palacio.

Heme aquí desesperado y respirando atroces deseos de venganza por todos los poros de mi cuerpo. Realizo mis riquezas y me voy al Turkestán. Allí entro en relación con el general-gobernador ruso, le convenzo de que debe atacar al emir y me confía el mando de la expedición. Después de una batalla sangrienta en que las huestes del emir fueron derrotadas, logro entrar en Kabul, me apodero del palacio, rescato a mi bella circasiana y hago prisionero al tirano. Entonces yo, que había adoptado las feroces costumbres de los rusos, le hago azotar en uno de los patios del palacio. Mi esposa favorita y yo contemplábamos desde una terraza tan agradable operación. Por cierto que los gritos del infeliz Bellido la hacían reír a carcajadas, mostrando al hacerlo los dientes nacarados de su boca, que me tenía enloquecido.

Por la mañana almorcé mano a mano con el capitán y le conté este sueño. Por la noche, a la hora de la comida, Bellido me clavó una mirada tan agresiva, que me dejó desconcertado. Nos pusimos a comer y sus ojos encarnizados, cargados de odio, apenas se apartaban de mí. Comprendí que se acercaba la catástrofe y me resolví de una vez a precipitarla y hacerla frente. Clavé mis ojos descaradamente en la bella rusa y mantuve la mirada sobre ella con osadía. De pronto Bellido me interpela alzando enérgicamente la voz:

--¿Qué es lo que usted mira?

La sangre se me agolpó a la cabeza y contesto rojo de ira:

--Miro lo que se me antoja.

--¡Es usted un joven bien insolente!

--¡Y usted un viejo mamarracho!

Ambos nos alzamos de la silla y quisimos arrojarnos el uno sobre el otro. Pero a él le retuvieron algunas manos y a mí también.

Reinó un silencio angustioso en el comedor. La comida prosiguió, y en vez de la conversación general que solía entablarse cada cual hablaba con su vecino. Cuando hubo terminado, Bellido salió el primero con su esposa y algunos le siguieron. Pero quedamos otros pocos y se hicieron comentarios. El viejo general de Marina los resumió diciendo gravemente:

--Desgraciadamente, esto se arreglará con algunos sablazos.

--¡Cuanto primero mejor!--exclamé yo encolerizado.

Pero aguardé en mi cuarto hasta las diez esperando la visita de sus amigos y nadie pareció. A la mañana siguiente ni por la tarde, tampoco. Por la noche se presentó en el comedor como si no hubiera pasado nada. Lo único que hizo fué obligar al mozo a que les colocase a él y a su esposa al otro extremo de la mesa, volviéndome la espalda. Los comensales me hacían guiños maliciosos y sonreían.

Así se pasaron algunos días sin que yo, por delicadeza, intentase mirar de nuevo a la bella rusa, cuando una noche, después de comer y estando en mi cuarto preparándome para salir, oigo llamar con la mano en mi puerta.

--Adelante.

Se abre la puerta y aparece Bellido. Yo di un paso atrás y dirigí una mirada codiciosa a la mesa de noche donde tenía el revólver.

Pero Bellido sonreía dulcemente y me dió las buenas noches humilde y ruborizado.

--Siento mucho molestar al señor Jiménez...

Nada, nada, el señor Jiménez no sentía molestia alguna.

--El caso es que hoy debía girarme mi representante de Barcelona cinco mil pesetas y la carta no ha llegado, no sé por qué, quizá debido al mal estado de las vías con motivo de las recientes inundaciones. Y como me encontré de pronto sin dinero, me dije: «Tal vez el señor Jiménez tendrá la amabilidad de prestarme cincuenta pesetas hasta mañana o pasado, si no le sirve de molestia...»

El señor Jiménez, sorprendido y edificado, no vaciló en desprenderse de aquellas pesetas que resolvían de modo tan cómico una espeluznante tragedia. Bellido se partió deshaciéndose en gracias y contorsiones.

Pero al día siguiente en la mesa volvió a mostrarse grave y ceñudo como si no me conociese. Entonces yo no pude resistir a la tentación de contar el lance a los pocos comensales que nos quedábamos siempre algunos instantes de sobremesa. Se rió mucho el paso y se hicieron comentarios muy picantes. El viejo general volvió a resumirlos diciendo gravemente:

--Ya le había anunciado a usted, Jiménez que esto pararía en algunos sablazos.

II

LOS PERÍODOS INTERGLACIALES DEL CAPITÁN PÉREZ DE VARGAS

Aunque tenía muchos y buenos amigos, y el primero de todos Sixto Moro, alguna vez acudía a mi memoria la figura de aquel joven geólogo llamado Martín Pérez de Vargas con quien tanto había intimado el primer año que pasé en Madrid. Supe que salió a teniente de ingenieros, que había estado en Cuba, después en Valencia y que allí se había casado con una mujer extraordinariamente rica. Vino después a Madrid cuando lo mismo él que yo nos acercábamos a los treinta años y al encontrarnos nos abrazamos con efusión. Ya no era aquel lindo mancebillo que semejaba el paje de una princesa sueca, de rostro blanco y nacarado, de cabellos rubios ensortijados y ojos como los de Ofelia. Su belleza había adquirido grato tinte varonil.

Su amor al estudio no se había entibiado con la fortuna. Pronto adquirió fama de hombre de ciencia y geólogo distinguido con algunos ensayos que publicó en diversas revistas. Últimamente había dado a luz un notabilísimo libro acerca de algunos fósiles hallados en el terreno jurásico de la provincia de Navarra.

Nos veíamos poco, pero cuando esto sucedía nos hablábamos con la cordialidad de siempre y si iba arrellanado en su magnífica berlina arrastrada por un tronco de caballos extranjeros y me veía, nunca dejaba de sacar la cabeza por la ventanilla y hacerme un afectuoso saludo.

Un domingo, a la hora de mediodía, le hallé paseando por la calle de Alcalá delante de la Iglesia de San José. La acera rebosaba de gente en aquella hora y mi capitán, en traje de paisano, como casi siempre, marchaba distraído sujetando por medio de cordón de seda a una galguita inglesa, uno de esos animalitos que parecen montados en alambre, friolentos y temblorosos.

Me detuve a saludarle y me dijo que estaba aguardando a su mujer, que había entrado a oír misa de doce en San José.

--Si no tienes prisa--añadió--podemos pasear hasta que salga.

--Acepté con gusto, y pasándole cariñosamente el brazo por la espalda le dije:

--¡Déjame abrazar a un hombre feliz por ver si se me pega algo!

--¿Feliz?... Así, así...

--¡Cómo! ¿No es feliz un hombre joven, fuerte, que ocupa brillante posición en el mundo y disfruta ya de una envidiable reputación como sabio?

--Nada hay en esta vida sin mezcla--dijo sonriendo.

--¿Acaso en tu matrimonio?...--le pregunté un poco indiscretamente.

Pérez de Vargas calló. Al cabo de unos instantes comenzó con semblante distraído a hablar de esta manera:

--La historia de mi matrimonio semeja un poco a la del planeta en que habitamos. Una vez más el microcosmos repite en cierto modo los períodos evolutivos del macrocosmos... Principió como la tierra por la fase estelar, por el período de incandescencia. Los dos estábamos enamorados y nuestra pasión se mantuvo más de un año en el rojo blanco. Terminó la incandescencia y se inició la fase planetaria, pero aun había bastante calor y continuamos siendo felices. La fauna de la edad primaria, los trilobitas y cefalópodos, representada por los pequeños rozamientos de la vida doméstica, no me causaban graves molestias. Pero llegó el período secundario y con él los grandes reptiles. A mi suegra se le ocurrió que debíamos estar aquí muy mal servidos y nos envió a una antigua doncella de la casa con su marido; un par de monstruosos lagartos ¿sabes tú? Esta doncella había visto nacer a mi esposa y ejercía sobre ella una influencia decisiva que presto se convirtió en declarada tiranía. El marido era un redomado bribón. Comenzamos a ser saqueados de lo lindo; pero mi mujer estaba tan ciegamente prendada de aquella doncella, que a pesar de mis representaciones lo veía o no quería verlo, prefiriendo ser robada a privarse de tan raro tesoro...

Al fin, no tuve más remedio que tomar una decisión. Un día cogí con las manos en la masa a aquel ladrón, le di dos puntapiés y le eché a la calle. Con él, como es lógico, se fué su simpática consorte.

Aquí comienza al primer período glacial de mi matrimonio. Grandes témpanos de hielo se acumulan sobre nosotros. Mi mujer se entristece, llora, se llama desgraciada y su amor hacia mí decrece visiblemente. Duró poco tiempo. Un mes después ocurrió la muerte de su padre. Necesitamos ir a Barcelona y con aquel grave suceso se disipó el malestar que entre nosotros reinaba. Algunos días después regresamos a Madrid. Mi mujer había heredado una fortuna considerable. Con arreglo a ella montamos nuestra existencia: alquilé un hotel en el barrio de Pozas, compramos coches y caballos, tomamos criados, etc., etc. Pero una vez instalados, mi suegra se resuelve a venir a vivir con nosotros y con ella importa a una hermana viuda que desde largos años antes habitaba ya en su compañía.

Mi matrimonio con esto entró en el período mioceno de los grandes mamíferos. Mi suegra pesa ciento seis kilos y semeja bastante bien un mastodonte. Su hermana pesa ciento diez y nueve y es un verdadero dinoterio.