Años de juventud del doctor Angélico

Part 11

Chapter 114,040 wordsPublic domain

Rodrigo de Céspedes poseía todas las cualidades capaces de seducir a una niña: arrogante figura, modales distinguidos, fama de bravo y una cierta condescendencia displicente que, como signo de elevada alcurnia, rara vez deja de fascinar a las mujeres. Además, era como Natalia un músico consumado. Este nuevo lazo introducido entre ellos contribuía más de lo que pudiera pensarse a estrecharlos. Rodrigo tocaba el violín y poseía una agradable voz de barítono. Las noches se deslizaban gratamente en compañía de estos jóvenes, que cuando no celebraban apartes misteriosos se complacían en hacernos oír hermosos trozos de música. Céspedes interpretaba con el violín algunas piezas de concierto acompañado al piano por Natalia. Otras veces era ésta quien nos dejaba oír las sonatas de Beethoven o los nocturnos de Chopin. Otras, en fin, Rodrigo cantaba alguna romanza de ópera o alguna canción española.

Recuerdo una de éstas cuya letra comenzaba:

Mal haya la ribera del Yumurí y aquella matancera que en ella vi.

Era una canción de la isla de Cuba, graciosa y lánguida. Céspedes la cantaba primorosamente, y como lo sabía y se le festejaba la cantaba a menudo.

Sin embargo, aquel hombre no había logrado hacérseme simpático. Su eterna sonrisa era más sarcástica que amable y sus ojos de un azul acerado carecían de dulzura. Hasta quise observar en ellos, en ciertos momentos, reflejos siniestros como los de las bestias feroces. Pero todo esto podía achacarse, y yo no dejaba de achacarlo sinceramente, a la amistad ya entrañable que me unía a Sixto Moro. El hombre que había venido a destruir sus ilusiones y le había herido tan profundamente en el corazón no debía obtener mi beneplácito.

La casualidad vino a justificar mi antipatía. Una tarde paseando por el Retiro en compañía de un teniente de artillería paisano y amigo mío cruzó a nuestro lado Rodrigo Céspedes galopando en su caballo. Me hizo un ligero saludo y mi compañero me preguntó sonriendo:

--¿De qué conoces a ese _perdis_?

--Es el novio de la hija del general Reyes... No sabía que fuese un calavera.

--Eso consiste en que no frecuentas los burdeles y casas de juego... ¡Te felicito por ello!--añadió riendo--. Rodrigo Céspedes es una «bala perdida». Pertenece a una buena familia. Jugó y perdió el pequeño patrimonio que le dejó su madre, jugó después la herencia algo más cuantiosa de una tía y es capaz de jugarse las pestañas. Además, entre sus compañeros pasa por un mal sujeto.

Quedé sorprendido y contristado.

--Pues se va a casar el mes próximo con la hija única de Reyes.

--Pues es bien lamentable. Como el General no le meta en cintura, seguramente le ha de ocasionar serios disgustos.

Esta noticia, que vino a dar la razón a mis instintivos recelos, comenzó a pesarme en el alma. Ya no se trataba de Sixto Moro, sino de la misma Natalia, a la cual cada día profesaba mayor afecto. Su rectitud y firmeza se aliaban dichosamente a un corazón sensible y tierno como pocos. El defecto que en ella se descubría era una impetuosidad exagerada; pero este defecto, lejos de rebajarla a mis ojos, le prestaba un nuevo atractivo. Su espontaneidad infantil me hacía reír no pocas veces. ¿Cómo no deplorar que aquella delicada criatura cayese en manos de quien no supiese estimarla? Además, si aquel hombre se hallaba arruinado, si no contaba con otros recursos que los de su carrera, Natalia estaba destinada a padecer las molestias de una vida sórdida después de haber gozado hasta entonces de otra lujosa y regalada.

Tales eran los pensamientos mortificantes que me asaltaban mientras proseguían cada vez más activos los preparativos de la boda.

Durante este tiempo Sixto mostraba una actitud singular, que no dejaba igualmente de preocuparme. Le observaba grave, silencioso y más irritable que antes. Pero lo que me disgustaba sobremanera es que parecía huir de mí como si yo hubiese tenido alguna parte en su infortunio amoroso. No me hablaba de Natalia, ni siquiera mentaba su nombre; yo tampoco aludía directa ni indirectamente a lo que en casa del General estaba ocurriendo.

Un día, hallándome un momento a solas con Natalia, ésta me dijo, afectando una indiferencia que no sentía:

--Pero ¿qué es de tu amigo Moro? Hace un siglo que no le veo. ¿Ha perdido su antigua afición al teatro? En ninguno he logrado echarle la vista encima hasta ahora.

--Moro está muy ocupado--le respondí--. El bufete de Ergueta, cuyo peso lleva casi enteramente, y algunos negocios particulares que comienzan a salirle absorben todo su tiempo.

--Pues salúdale de mi parte y dile que tanto papá como yo tendríamos un placer en que asistiese a la ceremonia el día de mi matrimonio.

Yo me sentí repentinamente afligido y no pude menos de replicarle con cierta amargura:

--¡Natalia, esa invitación es la única que no debieras hacer!

Se puso fuertemente encarnada y después de un instante de vacilación me dijo en el tono resuelto que la caracterizaba:

--Tienes razón. No le digas nada.

Y pasó inmediatamente a hablar de otra cosa.

Llegó por fin el día fijado para la boda. Era el 2 de febrero, fiesta de la Purificación. Celebróse por la tarde en la capilla de uno de los asilos que rodean a Madrid adornada para el caso con profusión de luces, cortinas y flores. Bendijo la unión un canónigo de Toledo, amigo íntimo del General. Fué madrina Guadalupe y padrino el presidente del Consejo de ministros. Testigos por parte de la novia, el ministro de la Gobernación y dos generales; por la del novio, el marqués de C... y dos oficiales de caballería pertenecientes a la más alta aristocracia.

Los desposados entraron en el pequeño templo a los acordes de una marcha nupcial. Eran dos figuras interesantes que desde luego atraían la vista y cautivaban los corazones. Natalia, radiante de hermosura y de dicha, sonreía a los asistentes, que se inclinaban a su paso. Céspedes, cuya prócer estatura se destacaba arrogante, vestía el uniforme de gala de su regimiento y estrechaba con militar franqueza las manos que sus amigos le tendían. Mucha gente y muy escogida perteneciente casi toda ella a la política y a la milicia presenció la ceremonia. Después, en uno de los grandes salones del asilo, se sirvió un refresco a los invitados. Natalia y Céspedes se sustrajeron disimuladamente, montaron en coche y se trasladaron a casa para cambiar de ropa y tomar el tren que debía conducirles al Monasterio de Piedra, donde se había convenido que pasarían ocho días.

También se había convenido que transcurrido este tiempo volviesen a Madrid y se hiciesen los preparativos necesarios para trasladarse a la Isla de Cuba, donde Céspedes estaba destinado. Porque el General había logrado que su yerno marchase a la Habana con el empleo inmediato de comandante y a las órdenes del Capitán general.

No dejará de parecer sorprendente que Reyes se desprendiese voluntariamente y tan pronto de su única hija. Sin embargo, las razones son fáciles de comprender. El General había llegado a percibir con toda claridad que existía siempre un odio latente entre Natalia y Guadalupe y que este odio era irreductible. Su pasión desaforada por ésta le impulsaba a librarla de la presencia de su hijastra sacrificando al amor conyugal el paternal. Por otra parte, no podía ignorar la conducta hasta entonces desordenada de Céspedes, sus vicios y sus trampas. Y aunque como hombre de mundo, un poco desarreglado también y aventurero, no diese a esto importancia exagerada y pensase que el matrimonio lograría reformarle, tal vez juzgara oportuno alejarle lo más posible del teatro donde se habían representado sus calaveradas. Además, sabía bien que Céspedes ya no tenía fortuna, que él no podía ayudarle mucho porque la suya pertenecía de derecho a su mujer, y que era de todo punto necesario empujarle en su carrera.

Natalia, por su parte, no había puesto obstáculo alguno. Tanto por el apasionado amor que había logrado inspirarle aquel hombre como por el vivo sentimiento que tenía de sus deberes le hubiera seguido a sitios peores.

Poco después de los novios me trasladé yo con el General y Guadalupe en su coche a la estación y con algunos íntimos tuve la satisfacción de decirles adiós. Desde allí, por fin, cuando ya había cerrado la noche me volví a pie a casa.

¡Grave, terrible sorpresa al llegar! En la escalera tropecé con alguna gente que bajaba precipitadamente. La puerta de nuestro piso estaba abierta y en ella vi a un guardia de orden público.

--¿Qué pasa?--le pregunté asustado--. ¿Hay fuego?

--Nada de eso. Es un señor que acaba de darse un tiro--me respondió con glacial indiferencia.

No dudé un instante de quién era aquel señor y entré corriendo por el pasillo, donde tropecé con Doña Encarnación, cuyo semblante desencajado denotaba la emoción que la embargaba.

--¿Moro?--le pregunté con ansiedad.

-¡Sí, sí!

--¿Está muerto?

--No, señor; pero su herida es gravísima.

Me dirigí velozmente a su habitación. Estaba llena de gente; el médico de la Casa de Socorro, otro que habitaba en el cuarto principal, el juez, su secretario, los Mezquita, Albornoz y algunos vecinos. Los médicos se hallaban ocupados en extraerle la bala y el herido había perdido el conocimiento. El juez esperaba que lo recobrase para tomarle declaración.

Hacía poco más de una hora, esto es, a la misma poco más o menos en que se celebraba la unión de Natalia, Moro acostado sobre su propio lecho se había dado un tiro apoyando el cañón del revólver sobre el corazón. Felizmente, la bala no penetró en éste: había desviado un poco y quedó alojada en el hombro.

La operación se prolongaba. Afligidos y aterrados por aquel suceso extraño, los huéspedes, sus compañeros, cambiábamos algunas palabras en voz baja.

--Pero ¿por qué se ha querido matar? ¿Tú lo sabes?--me preguntaba al oído Manuel Mezquita.

--No--le respondí.

--No será por la falta de recursos. Su posición ha mejorado en estos últimos tiempos.

--Acaso algunos amores desgraciados--dijo Albornoz apuntando al blanco.

--No le conozco novia.

--Será una mujer casada--replicó apartándose ya mucho.

Al cabo recobró el sentido: la operación estaba terminada. Paseó por la estancia sus ojos extraviados y al tropezar con los míos sus labios quisieron contraerse con una sonrisa triste. El juez le hizo algunas preguntas a las cuales respondió con pocas y espaciadas palabras ratificándose en lo que había escrito en un papel que se hallaba sobre su mesa. Nadie le había herido. Se había querido dar la muerte por su propia voluntad. No quiso explicar los motivos.

Se le dejó descansar, y yo, previa consulta con Doña Encarnación y mis compañeros, telegrafié a su padre. Al día siguiente por la mañana se presentó éste con sus dos cuñados, los mismos que habían subvencionado a la carrera de Sixto.

La escena que se desarrolló en mi presencia fué penosa y risible al mismo tiempo. Su padre, hombre muy rudo, se manifestó sinceramente afectado y le prodigó algunas tiernas caricias; pero sus tíos, alterados hasta un grado indecible, furiosos, comenzaron a recriminarle amargamente.

--¿Es posible que un muchacho de talento como tú, que acaba de terminar su carrera, que ha ganado tantos premios, que tiene un gran porvenir asegurado, cometa la bestialidad de pegarse un tiro?... ¿Por qué, vamos a ver, por qué?

--Cuando comenzabas a ganar algún dinero.

--Nosotros teníamos puesta toda nuestra confianza en ti.

--No es manera de agradecer los muchos sacrificios que por ti hemos hecho.

--Bien sabes que nos hemos quitado el pan de la boca por que tú fueses un caballero.

--Todo cuanto podíamos juntar ha sido para pagarte los estudios.

--No es por echártelo en cara, pero los duros que contigo hemos gastado harían un buen montón si los tuviéramos juntos.

--¿Te ha faltado la buena comida? ¿Te ha faltado la buena cama? ¿Te ha faltado la camisa planchada y la corbata de seda y el reloj de plata y la peseta en el bolsillo?... Entonces ¿por qué quitarse del medio?

Sixto, tendido en su lecho boca arriba con los ojos cerrados, escuchaba en silencio aquellas groseras recriminaciones y en su rostro pálido y contraído se adivinaba el sentimiento de vergüenza que le embargaba.

Quise concluir con su tormento y dando un paso hacia ellos dije con energía:

--Señores, el estado del enfermo no permite discusiones ni que se le altere poco ni mucho. El médico ha prescrito un gran silencio y yo les ruego, si no quieren ocasionar una funesta complicación, que se retiren y le dejen tranquilo.

Aunque gruñendo todavía, se rindieron a mi dictamen. Cuando iban a traspasar la puerta, Sixto abrió los ojos, inclinó un poco hacia ellos la cabeza y les llamó suavemente con el borde de los labios:

--Pss, pss.

Los dos ebanistas se acercaron al lecho. El padre permaneció alejado.

--Pierdan ustedes cuidado--les dijo con voz apagada--. Sólo por darles gusto llegaré a ministro.

Los periódicos habían dado la noticia aquella mañana. En la mayoría de ellos venía concisa y escueta: sólo la apuntaban como uno de los sucesos del día anterior. Pero en algunos se añadían al nombre de Moro algunas frases lisonjeras; se decía que el joven que había tratado de quitarse la vida era conocido ventajosamente en los Círculos forenses y que gozaba ya de envidiable fama de orador en la Academia de Jurisprudencia.

Por la noche fuí a casa del General a enterarme del viaje de los novios y aquél me interpeló bruscamente con su rudeza simpática:

--¿Pero qué diablo ha sido lo de tu amigo? ¿Por qué ha querido matarse?

Le respondí que se trataba de algunos graves disgustos con su familia. Moro era un hombre exageradamente sensible...

--Espero que curará pronto de la herida y que no volverá a empezar. Sería bien deplorable que un joven tan inteligente y simpático se escape ridículamente de este mundo donde sin duda ha de representar un lucido papel. Los jóvenes de imaginación se figuran las contrariedades de la vida como insuperables. Más adelante vemos que todo puede superarse menos la muerte.

Diez o doce días después me anunciaron que Rodrigo y Natalia llegarían a la mañana siguiente. Fuí a comer a casa del General, donde aquella noche había otros tres o cuatro invitados. Se quería festejar la llegada de los novios. Encontré a éstos risueños y felices en su llena luna de miel. Céspedes estaba más locuaz que de ordinario y usaba bromas con todos los comensales, incluso conmigo. Sin embargo, en aquellas mismas bromas, que sin duda él juzgaba inocentes y chistosas, yo percibía un dejo amargo que continuaba haciéndomelo repulsivo. En vano me recriminaba aquella extraña repulsión achacándola ahora más que nunca al afecto y a la compasión que me inspiraba mi amigo Sixto. Me era imposible vencerla: todas las palabras de aquel hombre me sonaban a falso como monedas de plomo.

Después de comer hubo sesión musical. Natalia tocó algunas tandas de valses alemanes y Céspedes también arañó un poco el violín y cantó varias romanzas, entre ellas, por supuesto, la imprescindible «Mal haya la ribera del Yumurí».

Sin embargo, observé que Natalia, en medio de su alegría, padecía algunas distracciones y me miraba de vez en cuando con cierta curiosidad y como si quisiera hablarme. En un momento en que su marido cantaba vuelto de espaldas a nosotros, vino silenciosamente a sentarse a mi lado, me tomó una mano y me dijo al oído:

--¿Cómo sigue nuestro amigo?

--Ya está bastante bien. Creo que el lunes podrá levantarse.

Guardó un instante silencio y al cabo volvió a preguntarme con la misma voz de falsete:

--¿Tú sabes por qué ha querido matarse?

--Sí; y tú también.

Los rasgos de su fisonomía se alteraron; movió los labios como para decir algo, pero no llegó a pronunciar palabra alguna. Por fin, con enérgica resolución y metiéndome la boca por el oído me dijo.

--Supongo que no me juzgarás una despreciable coquetuela que haya procurado con artificios infundir una pasión en Moro sólo para satisfacer la vanidad. Al contrario, me he esforzado, haciéndome violencia, sobre todo últimamente, en mantenerme dentro de una reserva exagerada. Porque tu amigo me ha sido desde el primer día muy simpático: he llegado a cobrarle afecto; le consideraba como un amigo casi tan seguro y fraternal como tú lo eres... Pero otra cosa no podía ser. No necesito decirte por qué. Conoces las circunstancias de mi vida, conoces el carácter de papá... Además, la amistad es una cosa y el amor es otra. Dios no me había destinado para Moro, sino para Rodrigo.

--¿Estás segura de ello?

Apartó su cabeza de la mía como si se hubiese pinchado y mirándome a los ojos con expresión severa dijo secamente:

--Sí; estoy segura.

Se alzó del asiento y se alejó en silencio.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

I

EL MUNDO DE LOS SUEÑOS

Han transcurrido diez años. Graves mudanzas en ellos. «Todo arde y se consume, decía el viejo Heráclito; no se baja dos veces en el mismo río; es otra agua sobre la cual bajamos.» La vida, como el agua, se disipa y se junta, busca y abandona, se aproxima y se aleja. Y a la postre todo, todo se olvida.

¿Quién se acuerda ya del bravo general Don Luis de los Reyes? Dos años después del matrimonio de su hija, al entrar en casa llegando de una cacería, al poner el pie en su dormitorio, cayó al suelo víctima de una apoplejía fulminante. Su viejo criado Longinos vino a darme la noticia. Cuando llegué, la casa estaba llena de amigos. Don Luis no recobró el conocimiento y falleció en la madrugada.

La hermosa Guadalupe dejó a Madrid y se fué a París a vivir con su madre. Algunos meses después tuve noticia de su matrimonio con Grimaldi.

¿Quién se acuerda de aquella famosa casa de huéspedes de la calle de Carretas, mansión deliciosa donde, como en el Olimpo, la risa era inextinguible? ¿Qué se hicieron los primos Mezquita y Albornoz? Salieron de Madrid y los unos deben de estar tomando pulsos y recetando jarabes en algún lugarón de Andalucía y el otro trazando carreteras y erigiendo puentes por algún otro rincón apartado.

¿Adónde había llegado Pasarón? Muy alto. Era ya un hombre célebre. Después de unas resonantes oposiciones que los periódicos comentaron largamente, donde logró aplastar bajo el peso de su erudición a hombres encanecidos en el estudio, obtuvo una cátedra en la Universidad Central. Aquel portentoso joven fué al poco tiempo el ídolo de la Prensa. Escribió algunos libros de crítica retrospectiva que produjeron verdadero asombro entre los doctos. Dondequiera que iba se le acogía con señales de respeto y admiración. Tal vez no existiese a la sazón hombre más festejado en España.

¿Qué se hizo de Doña Encarnación, la simpática y bondadosa patrona que tantos maternales cuidados nos prodigaba? Su misma generosidad la perdió. Quedó arruinada, arrastró después algunos años una vida miserable y hambrienta, durante los cuales tuve ocasión de favorecerla, y, por fin, murió en un pueblecito de la provincia de Guadalajara donde había nacido.

¿Quién se acuerda de aquella gentil Natalia, tan bella, tan franca, tan impetuosa? Nadie más que Sixto Moro. La herida de éste nunca había logrado cicatrizar por completo. Tres o cuatro años después de haberse casado aquélla le vi salir de un portal de la calle de la Montera donde un fotógrafo exhibía sus retratos. Yo sabía que allí había uno grande y perfecto de Natalia, y se lo dije riendo. Se puso un poco encarnado y me respondió:

--Es verdad, querido, cuando paso por esta calle no puedo resistir a la tentación de hacer una visita a su retrato.

--Para decirle cuánto la quieres todavía.

--Justamente... ¡Qué le vamos a hacer! Comprendo que es una locura, pero es una locura inofensiva. Soy un romántico digno de haber vivido en los buenos tiempos de Larra y Espronceda... No me falta todo, pues ya poseo la melena, que tanto preocupa a la atención pública.

En efecto, había logrado pronto alcanzar un puesto envidiable entre los abogados de Madrid; pronunciaba discursos en el Ateneo y en otras reuniones públicas, por lo cual empezaba a ser conocido del público. Pero lo que le iba haciendo más popular era su romántica melena. En nuestra nación, exageradamente apegada a la uniformidad, cualquier discrepancia excita la curiosidad. Moro era objeto en la calle de las miradas sorprendidas de los transeuntes. Unos, los que conocían su mérito, le miraban con respeto, pero los más reían. Con el tiempo creció su fama y adelantó en su posición. A la hora presente poseía uno de los bufetes más lucrativos de la capital, acababa de ser elegido diputado y vivía con lujo exagerado, como suele acontecer a los que han atravesado días de penuria y necesitan desquitarse. Ocupaba un magnífico aposento en la calle Mayor, tenía varios criados y recientemente había puesto coche.

Nuestra amistad no se había entibiado nunca. Aunque nuestras ocupaciones eran diversas, nos veíamos a menudo en el Ateneo y apenas se pasaba una semana sin que almorzásemos juntos. Charlábamos mucho del pasado, poco del presente, nada del porvenir. Sin embargo, alguna que otra vez yo le excitaba al matrimonio. Un hombre de su posición debía casarse para consolidarla. Con su nombre, con sus ganancias y su juventud podía aspirar a todo. ¿Por qué privarse de los goces de la familia y del consuelo de transmitir a otros seres el fruto de su esfuerzo y su talento? Moro se ponía serio y me respondía bajando la voz:

--No puede ser, Jiménez. Tú me llamabas Abelardo en otro tiempo y lo soy en efecto. No he quedado como él imposibilitado materialmente para el matrimonio, pero sí moralmente.

Confieso que tanta fidelidad al amor de su juventud me conmovía y me lo hacía aún más estimable.

De Natalia y su marido escasísimas noticias habían llegado a mis oídos durante aquellos diez años. Supe por casualidad que, al cabo de cuatro o cinco, Céspedes había vuelto a la Península y había vivido algún tiempo en Barcelona, después que se había ido a las islas Filipinas. Y nada más. Sixto no debía de tener otras más precisas tampoco y no imagino que tratase de inquirirlas.

En cuanto a mí, después de haber seguido tres carreras diferentes y hacerme doctor en dos, me hallaba a la sazón de redactor en un periódico importante de la mañana. Fuí empujado a ello por la necesidad. Algunos desabrimientos con mi familia me obligaron a prescindir de los recursos que me proporcionaba. Felizmente, la discordia cesó pronto; pude abandonar el periodismo; no lo hice porque me placía. Es alegre la profesión de periodista cuando se ejercita sin apremio de dinero. Yo tenía lo bastante para darme una vida regalada.

Desde los veinticinco a los treinta años de edad estuve alojado en un hotel de la calle del Arenal, que aún subsiste. No sé lo que es hoy: en aquella época era una casa de huéspedes confortable y elegante, con mesa redonda a la cual nos sentábamos quince o veinte comensales, casi todos del sexo masculino. Un general de Marina de la escala de reserva, un senador, un catedrático jubilado, un rentista con su señora y un hijo, un anciano médico, un capitán de artillería. Estos éramos los fijos; los demás, huéspedes que venían por tiempo más o menos largo.

Como yo era el más joven, y aún puede decirse el único joven, pues el capitán, que era quien más se me acercaba, frisaba ya en los cuarenta, se me trataba por aquellos señores con afectuosa predilección. Podría decir sin jactancia que me mimaban un poquito. Joven y periodista sonaba para ellos así como calavera, aturdido, enamorado y trasnochador. No lo era yo por fortuna, pero me embromaban cariñosamente como si lo fuera.

Yo les daba cuenta de los estrenos de los teatros, de las sesiones del Ateneo, de los sucesos de la calle y alguna vez también les anunciaba con anticipación sucesos políticos que el mismo senador ignoraba. Se me dejaba disparatar con toda libertad y yo usaba y abusaba de ella delante de aquel venerable areópago lo mismo que si estuviera en la mesa del café de Fornos entre mis jóvenes camaradas. Aquellos bondadosos señores se limitaban, cuando mi locuacidad subía de punto, a sacudir la cabeza y sonreír con piadosa ironía.