Años de juventud del doctor Angélico

Part 10

Chapter 103,890 wordsPublic domain

Pocos días después dieron comienzo las conferencias filológicas de Moro. Iba todas las tardes una hora antes de la comida. Los primeros días observé en él una actitud silenciosa y concentrada. Parecía gozar de una intensa felicidad mezclada de confusión. A mis preguntas acerca de las disposiciones de Natalia respondía vagamente, eludiendo la conversación. Paulatinamente, no obstante, se fué haciendo más comunicativo; me dió cuenta de los descubrimientos prodigiosos que iba haciendo, no sólo en el carácter, sino en el talento de su joven discípula. Yo no podía menos de reír interiormente de aquel entusiasmo que cada día iba en aumento.

Después principiaron las confidencias transcendentales. Natalia no tenía por costumbre darle la mano ni cuando entraba ni cuando se despedía. Pues bien, una tarde, como la conversación fuese más animada y más íntima, al tiempo de marcharse se la estrechó amablemente. Moro agradeció este favor como si se la hubiese extendido hallándose en un pozo y a punto de ahogarse. Otro día, en vez de llamarle por su apellido, le dió su nombre de pila: «Adiós, Sixto; no deje usted de traerme mañana el periódico donde viene el cuento de que me ha hablado.» Moro mostró la misma alegría que si careciese de nombre y repentinamente le hubiesen bautizado.

Sin embargo, cuando terminó el mes y el General le llamó a su despacho y le puso en la mano dos monedas de oro, llegó a casa con el rostro más encapotado que un día lluvioso de invierno.

--Mira, el General me ha dado estos diez duros por las lecciones del mes--me dijo llamándome aparte y mostrándome las monedas--. Voy a comprar con ellos una cestita de flores y enviársela a Natalia.

--¿Qué estás diciendo?--exclamé sobresaltado--. Si tal hicieras te cerrarían las puertas de la casa.

--Pienso enviársela sin tarjeta.

--Es lo mismo; adivinarían inmediatamente de quién viene.

Comprendió la razón que me asistía y renunció por el momento a su descabellado proyecto, reservándose, no obstante, llevarlo a cabo más adelante cuando no hubiese peligro de ser descubierto.

Un día le encontré particularmente excitado. Brillaban sus ojos de un modo extraño. Parecía que la más pura felicidad traspiraba por todos los poros de su cuerpo. Hice lo posible por arrancarle su dulce secreto, y aunque sin duda se proponía guardarlo y esquivó en un principio mi curiosidad, no tardó mucho en entregarlo. La dicha de un enamorado es un pajarito que se escapa irremisiblemente de la jaula.

--Verás, Jiménez; esta tarde, Natalia, en el curso de nuestra conversación, que suele ser sobre un tema que de antemano elegimos, quedó un instante silenciosa y pensativa y me dijo de repente:

--No sabe usted, Moro, cuánto gusto tendría en oírle hablar en la Academia de Jurisprudencia. Los hermosos discursos me entusiasman tanto o más que los hermosos versos. Papá me lleva alguna vez al Congreso y he gozado mucho oyendo a nuestros más famosos oradores, a Castelar, a Moret, a Cánovas del Castillo. Entendía poco o nada de los asuntos que trataban, pero aquella manera de expresar las ideas tan fácil, tan elegante, me causaba una sensación deliciosa.

--Conmigo llevaría usted un desengaño--le respondí.--Yo no puedo compararme de muy lejos con esos colosos de la oratoria.

--Es usted demasiado modesto. Son varias ya las personas que me han dicho que habla usted admirablemente.

--Además, bastaría que supiese que se hallaba usted entre mis oyentes para que lo hiciese muy mal.

--¿Por qué?

--Precisamente porque es usted la persona ante la cual quisiera hacerlo mejor.

Natalia bajó los ojos y se ruborizó. Luego cambió de conversación.

Moro me narraba este incidente con emoción increíble. Yo lo celebré también, por hacerle placer, como si fuese un magno suceso, y le dije riendo:

--Sigues con aprovechamiento la carrera de Abelardo. Ten cuidado de que al fin no haga contigo el General lo que el canónigo Fulberto hizo con el seductor de su sobrina.

Moro dejó escapar una exclamación de susto; pero entendí que se mostró halagado con mi comparación.

Esta emoción ansiosa que Moro manifestaba en todo lo que se refería a sus funciones didácticas en la casa de Reyes contrastaba con la indiferencia con que allí se miraban. Natalia, cuando por azar salía el nombre de su profesor en la conversación, solía decir que era «muy simpático, muy simpático». Guadalupe la miraba entonces sorprendida, como si dudase de que hablara en serio. Para una mujer del gran mundo es caso sorprendente que se llame simpático a un joven tímido mal vestido. El General se había olvidado de su existencia. Esto prueba una vez más lo enorme distancia que existe entre lo que creemos ser en el espíritu de los demás y lo que somos realmente.

Un día que Natalia pronunció el nombre de su profesor, el General se volvió hacia mí sonriente y me dijo:

--Pero ese amigo tuyo ¿por qué razón gasta tan larga cabellera? Parece un saboyano de los que tocan el organillo por las calles.

--No será por una razón estética--manifestó Guadalupe sonriendo también.

--Es un capricho--respondí yo, contrariado por aquel tono de burla.

--¡Es un capricho original el de dejarse crecer los pelos!--exclamó el General soltando a reír.

Natalia se puso seria.

--Hay otros caprichos--dijo--mucho más extravagantes y el mundo no sólo no se fija en ellos, sino que los aplaude. ¿No es mucho más ridículo hacerse planchar las camisas en París estando en Madrid? Un hombre puede gastar el pelo largo y ser inteligente, trabajador, digno, y otro puede gastarlo corto y ser holgazán, tonto y maligno.

Como la saeta parecía dirigida a Grimaldi, que enviaba, en efecto, sus camisas a París, el General se puso serio a su vez.

--¡Niña, niña, cuidado con la lengua!

Guadalupe se limitó a sonreír.

Yo aprobé de corazón las nobles palabras de aquella niña, pero guardé silencio.

Desde hacía algún tiempo había observado que el temperamento naturalmente impetuoso de Natalia se había irritado un poco. Si en conversación particular conmigo era siempre franca y cariñosa, cuando nos hallábamos reunidos en familia se mostraba más concisa en sus palabras y más dura en sus observaciones. Sobre todo, notaba perfectamente que al dirigirse a Guadalupe lo hacía empleando las menos palabras posibles y muchas veces sin mirarle a la cara. Hacía ya algunos meses que no las había visto juntas en la calle. Guadalupe salía a menudo con una amiga de la colonia americana y Natalia con una señora viuda de un amigo y compañero del General, a quien éste protegía.

Puede inferirse que aunque Natalia me fuese extremadamente simpática y aún hubiera llegado a inspirarme un afecto casi fraternal, no podía menos de reprobar aquella actitud altanera y agresiva que por días iba creciendo. ¿Por qué serán tan pocas veces cordiales las relaciones entre hijastras y madrastras?--me preguntaba--. ¿Será porque este parentesco lleva ya dentro de sí un virus venenoso? Sin embargo, yo imaginaba que tratándose de seres tan bondadosos y amables como aquellas dos mujeres, ningún pretexto podía existir para que su amistad se envenenase.

Mi adoración por la bella Guadalupe no se había extinguido ni aún mermado con la ruina de mis ilusiones. Pero esta adoración había adquirido un matiz más respetuoso aún, la contemplaba como un ser inasequible, perfecto, y me consideraba feliz sólo con aproximarme a ella y saciarme con su vista. Hasta había llegado a perdonarle aquel tono siempre protector que conmigo usaba: antes me parecía impertinente; ahora lo hallaba sabroso. No podía ofrecerme duda que ella, después de lo que había pasado, leía con toda claridad en mi corazón, y esta seguridad despertaba en mí un delicioso sentimiento, mezcla de confusión y ternura. Adivinaba perfectamente que agradecía mi pasión y aunque no la alentase me prodigaba afectuosas atenciones que algunas veces me conmovían hasta privarme del uso de la palabra.

El General, aunque disfrazándola con sus modales bruscos y sus eternas bromas, me parecía que abrigaba en su pecho una pasión no menor que la mía. Cuando se dirigía a ella, aunque fuese para hacerle alguna burla, sus ojos expresaban tan apasionado afecto, que todos nos dábamos cuenta de lo que llenaba su corazón. Ella misma apartaba alguna vez la vista un poco ruborizada.

Tardó Don Luis en advertir la hostilidad de su hija. No era hombre de espíritu complicado ni fino observador. Además, es seguro que le parecía inverosímil y hasta monstruoso, aun más que a mí, que Natalia dejase de amar a una criatura tan angelical como Guadalupe. Porque, en efecto, nadie podía negar a ésta un carácter singularmente blando y apacible. Parecía imposible reñir con ella. Ni aun cuando se la contrariase abiertamente se lograba verla desazonada ni daba señales siquiera de impaciencia. Hacia su hijastra mostraba tan deferentes atenciones, que dada su posición a mí mismo me parecían excesivas. Por eso cuando al cabo comenzó a sospechar que Natalia la aborrecía, debió de quedar estupefacto. A esta estupefacción sucedió una sorda cólera, que pronto se hizo visible. Estaba inquieto, malhumorado; dejó de tener con su hija aquellas expansiones cariñosas en él tan frecuentes; espiaba a una y otra intranquilo y alguna vez le he visto fijar en Natalia los ojos con signos de irritación.

Por su parte la niña parecía no advertir el malestar de su padre y continuaba mostrando hacia su madrastra una indiferencia cada día más desdeñosa. Yo presentía que aquellos dos caracteres tan semejantes tenían que chocar al cabo forzosamente.

La catástrofe se produjo, desgraciadamente, hallándome yo presente.

Acabábamos de comer y Guadalupe había salido para cambiar de vestido, pues íbamos como de costumbre al teatro. El General, Natalia y yo departíamos tranquilamente en el comedor cuando sonó el timbre de la puerta.

--Ahí está Tonico--dijo el General.

Natalia quedó silenciosa. Don Luis y yo seguimos charlando. Transcurrieron algunos minutos y Grimaldi no aparecía. Natalia se puso en pie y salió de la estancia. Poco después volvió a entrar seguida de Guadalupe y Grimaldi. Quise observar en el rostro de los tres señales de turbación. El de Natalia terriblemente fruncido como jamás lo había visto.

El General recibió a su amigo con la misma ruidosa alegría de siempre. Grimaldi estaba un poco pálido y sus manos temblaban ligeramente; pero un instante después recobró su aplomo, y con el tono frío y grave que caracterizaba su conversación la empeñó con Reyes y su esposa. Ésta parecía más turbada y advertí que disimuladamente seguía con la vista a Natalia y su mirada era humilde y tímida.

Cuando nos levantamos y nos dispusimos para marchar, Guadalupe tomó la delantera. Hallándose ya en el pasillo exclamó:

--¡Ah, mis guantes! Se me olvidaron sobre la mesa.

--Natalia, recoge esos guantes y tráelos--dijo el General a su hija, que se había quedado un poco rezagada.

Ésta, como si no oyese, siguió caminando. Don Luis repitió con impaciencia:

--¿No has oído? Trae los guantes de Guadalupe, que están sobre la mesa.

Natalia los tomó con lento ademán, y dirigiéndose a Guadalupe dijo con acento desdeñoso:

--Ahí los tienes.

Y se los arrojó, sin entregárselos en la mano. Los guantes cayeron en el suelo.

Una ola de sangre subió al rostro del General.

--¡Cómo! ¿Qué es lo que acabas de hacer, insolente? ¡Recoge esos guantes!

Natalia permaneció inmóvil y mirando cara a cara a su padre. Una sonrisa sarcástica se dibujó en su rostro pálido.

Los ojos del General chispearon de furor y abalanzándose a ella vociferó:

--¡Recoge esos guantes y entrégalos de rodillas!

Natalia permaneció en la misma inmovilidad orgullosa mirando a su padre con una extraña intensidad que infundía miedo.

--¡De rodillas! ¡De rodillas, malvada!--gritó Reyes agarrándola por el brazo y sacudiéndola furiosamente.

Natalia hizo un gesto de dolor. Los dedos de su padre debían clavársele como unas tenazas; pero inmediatamente comenzó a reír.

--¿Te ríes, infame?... ¿Te ríes?... ¡De rodillas!

Le dió tan fuerte sacudida que la niña chocó ruidosamente con el pavimento.

Tirada en el suelo siguió riendo cada vez con más fuerza.

--¿Ríes, ríes, miserable? ¡Te voy a aplastar como una víbora!

Hizo ademán de levantar el pie sobre ella y entonces nos precipitamos todos a sujetarle. Grimaldi estaba blanco como un papel. La fisonomía de Guadalupe tan descompuesta igualmente que parecía un cadáver.

--¡Dejadme, dejadme!--gritaba el General--. Yo me he tenido la culpa por haber mimado tanto a una criatura ingrata, a una perversa que se goza hiriendo a su padre en el corazón.

La risa de Natalia se fué haciendo cada vez más fuerte y convulsiva. Entonces comprendimos que sufría un ataque de nervios y acudimos a ella. Yo la levanté entre mis brazos y ayudado por Grimaldi y una doncella la transportamos a su cama.

El ataque fué pavoroso. A la risa sucedieron los gritos, las fuertes contracciones, la retorsión de los brazos y la cabeza. Con dificultad podíamos impedir que se destrozase contra la pared y la madera de la cama. La doncella trajo un frasco con éter y empapando un pañuelo se lo hicimos aspirar, pues no era posible en aquel estado que tragase algunas gotas. Guadalupe ordenó a un criado que montase en el coche enganchado a la puerta y envió por el médico.

Mientras tanto, el General, convulso, con el rostro congestionado hasta el punto de hacer temer una apoplejía, desahogaba todavía su cólera no extinguida con palabras incoherentes, dando paseos agitados.

Cuando el médico llegó, el ataque ya había cedido. Ordenó unos sinapismos y una poción calmante y encargó completa tranquilidad, no dando importancia al accidente.

A mi entender la tenía muy grande. Aquella noche me desperté varias veces agitado por tristes presentimientos.

XIII

FIN DESASTROSO DEL IDILIO ROMÁNTICO DE MI AMIGO SIXTO MORO

No quise comunicar a Moro una palabra acerca de tan penosa escena. Ni aun le hice saber que Natalia se hallaba indispuesta para que ésta no sospechase que habíamos hablado de ella. Le dejé ir como todos los días a su tarea y me hice de nuevas cuando me dijo que no se le había recibido por hallarse su discípula enferma.

No lo estuvo más de tres o cuatro días. Sixto volvió a sus conferencias, y ella, que adivinó mi discreción, me lo agradeció visiblemente. Se mostró conmigo tan afectuosa, que no pude menos de perdonarle su feo comportamiento con Guadalupe. Por otra parte, no debo ocultar que ésta se me había hecho sospechosa y que mi adoración descendía rápidamente como la columna de mercurio de un termómetro cuando se le aplica un pedazo de hielo.

Con Moro se mostró también aquellos días, por lo que éste me dejó entender, cariñosa y familiar en extremo. Principió a mantener con él conversaciones más íntimas que las que les proporcionaban los fríos temas que elegían. Le habló de sí misma, de sus años de colegio, le contó algunas anécdotas de aquellos tiempos. Luego mostró también interés por la existencia privada de su profesor, le hacía preguntas acerca de sus estudios, le excitaba a comunicarle sus esperanzas, le alentaba a concebirlas y le auguraba con ostensible satisfacción un brillante porvenir.

Puede alcanzarse la impresión que estas señales de aprecio producían en mi amigo. Vivía en éxtasis perpetuo, y aunque se guardaba de comunicarme sus ocultos pensamientos, yo advertía que éstos subían precipitadamente a las más altas cúspides de la felicidad. ¡Quién sabe lo que soñaba en aquellos días el buen Moro!

Sin embargo, yo conocía las secretas influencias bajo las cuales el corazón de Natalia se abría a un afecto más vivo hacia mi amigo. La pobre niña se sentía menos amada de su padre y cada día más aislada dentro de su propia casa. El General se mostraba con ella reservado: hacía esfuerzos visibles por olvidar la escena pasada, pero como advertía que Natalia no la olvidaba y que sus relaciones con Guadalupe eran cada día más frías, el desabrimiento que esto le producía le brotaba al rostro por momentos. En cuanto a Guadalupe, bien pude observar que la huía y que manifestaba hacia ella, cuando le era indispensable comunicarse, una cortesía exagerada, jamás el natural abandono de la familia.

Nos hallábamos ya en el mes de Mayo. Llegaron los exámenes y de nuevo nos diseminamos. Fuí a reunirme con mi familia. El General con la suya se marchó poco después a veranear, como siempre, a San Sebastián. Moro quedó en Madrid. Desde aquí me hizo saber que se comunicaba a menudo y regularmente con Natalia por medio de cartas redactadas en francés. Era un medio muy adecuado para continuar sus lecciones prácticas sobre este idioma.

Cuando llegué a Madrid en los últimos días de Septiembre la pasión de Moro había crecido tan formidablemente, que me inspiró un poco de temor. El viento que la había hecho adquirir tal violencia era el que soplaba de San Sebastián encerrado en las cartitas mencionadas. Sixto ardía en deseo de comunicármelas, pero me hizo jurar que no me daría por enterado de ellas con Natalia. Las leí con interés y pronto me cercioré de que Moro, utilizando el pretexto de la enseñanza, iba solapadamente deslizando en las suyas lo que guardaba en su corazón.

Las primeras trataban de asuntos indiferentes: Natalia le daba noticias de sociedad, le hablaba del tiempo, de su vida exterior. Después comenzaba a responder ingenuamente a ciertas preguntas un poco más hondas que su profesor formulaba; más tarde daba las gracias por sus frases lisonjeras: «_Monsieur, vous êtes trop aimable. Monsieur, je vous remercie infiniment de votre opinion trop flatteuse_.» Luego correspondía con palabras cordiales al afecto que Moro le daba a conocer en sus epístolas. Por fin, el tono de éstas debió de subir algo de punto porque Natalia se mostraba más reservada y le llamaba dulcemente al orden. En una de las últimas, si no era la última, se advertía que, apremiada por las palabras vehementes de su profesor, se veía obligada a responder a una verdadera declaración de amor. Y lo hacía con un tacto y una indulgencia maravillosas.

Lo que pude colegir de estas cartas, a pesar de sus reticencias afectuosas, fué que Natalia rechazaba la pasión de mi amigo, si bien, con la nobleza que caracterizaba su espíritu, la agradecía y la estimaba. Esto era lo que exigía el orden natural de las cosas. Lo demás sería el comienzo de una novela romántica, a la cual no se prestaba la naturaleza equilibrada de aquella niña.

Pero esto que a mí se me ofrecía perfectamente claro y lo sería para cualquiera persona despreocupada, Sixto lo hallaba envuelto en una gasa mágica al través de la cual divisaba perspectivas grandiosas y paisajes seductores. Aunque hice lo posible por echar un poco de agua al vino y reprimir su entusiasmo, era éste tan vehemente, que mis sensatas reflexiones no lograron más que mortificarle. Su razón perspicaz se hallaba ausente por el momento; hablaba con tanto fuego y tal incoherencia acerca de lo que él suponía ya sus amores, que a cualquiera haría reír. ¡Cuánto hubiera reído él mismo y cuánto donaire hubiera brotado de sus labios, de haber observado aquella locura en otro! Los hombres que advierten velozmente el ridículo en los demás no son los que con menos facilidad caen en él.

Sin embargo, hacía ya algunos días que la familia del General había llegado a Madrid y nadie se había ocupado de enviar a Moro un mensaje haciéndoselo saber, reclamando de nuevo sus servicios. Con esto empezó a mostrarse sorprendido e inquieto; no sabía a qué atribuír tal omisión. ¡Ay! yo lo supe bien pronto. El primer día que fuí a comer con ellos me encontré con un joven de agradable figura instalado cerca de Natalia y hablando con ella en íntimos apartes. No dudé un punto que era su novio. Vi también claramente que este novio era aceptado por el General. Después advertí que Guadalupe y el mismo Grimaldi no sólo veían con buenos ojos aquella relación, sino que la aplaudían y la alentaban por todos los medios.

Aquel joven se llamaba Rodrigo de Céspedes. Era aragonés como Reyes y Grimaldi; pertenecía a una aristocrática familia; huérfano de padre y madre y capitán del ejército. Entendí que había sido presentado por Grimaldi en San Sebastián. Por lo tanto, sus relaciones con Natalia databan de poco tiempo. No por eso menos estrechas: entraba en la casa a cualquier hora como prometido oficial y todos en ella le festejaban a porfía. Su figura cautivaba a primera vista. Era alto, esbelto, tenía el cabello rubio y los ojos azules. Su rostro, no obstante, había perdido ya la frescura juvenil. Era hombre que en la apariencia pasaba algunos años de los treinta.

No me atreví a descubrir a mi pobre amigo tan lamentable noticia. Esperé que el azar se lo hiciese saber. Me había encargado el primer día que fuí a comer en casa de Reyes que averiguase discretamente si Natalia tenía pensado continuar sus lecciones. Se lo pregunté a Guadalupe y ésta me contestó riendo:

--¡Oh! Natalia no tiene tiempo ahora a hablar en francés. ¡Habla demasiado en español!

Y me señaló con los ojos a la niña que en un rincón del gabinete charlaba animadamente con su novio.

No se pasaron muchos días sin que Moro se enterase de la ruina de sus esperanzas. Una noche, hallándome ya en la cama, llamó a la puerta de mi alcoba.

--Perdona que te haya despertado--me dijo con voz trémula--. Es cosa para mí importantísima... ¿Tú sabes si Natalia tiene novio?

Quedé confuso sin saber qué responder.

--No te lo puedo decir.

--Sí me lo puedes decir... ¡Habla!

--Pues bien, hay un joven que desde este verano le hace la corte.

--¿Un individuo alto con bigote rubio?

--Sí.

--¿Quién es?

--Un capitán amigo de Grimaldi, que fué quien lo ha presentado en la casa.

Quedó silencioso y pude observar su rostro pálido a la luz de la bujía que yo había encendido.

--Está bien, Jiménez. Muchas gracias y perdona.

Giró sobre los talones y se fué cerrándome la puerta. Yo apagué la luz y me entregué de nuevo al sueño pensando que mi pobre amigo no lograría conciliarlo aquella noche.

Las relaciones amorosas de Natalia se prosiguieron con celeridad sorprendente. Dos meses después de llegar a Madrid hubo síntomas declarados de matrimonio. Observé movimiento inusitado en la casa del General, entrada y salida de viajantes de comercio, dibujos y muestras de bordados sobre las mesas, frecuente aparición de grandes paquetes, etc.

Quise también advertir que se había operado una cierta reconciliación entre Natalia y Guadalupe. Esta tomaba parte activa en los preparativos, recorría los comercios en compañía de Natalia, celebraba conferencias transcendentales con las modistas, con los joyeros. Parecía satisfechísima de aquella boda.

¿Provenía del afecto que le inspiraba su hijastra o por el contrario del deseo de perderla de vista? Esta es la duda que se alojaba en mi mente en presencia de tanta alegría. Porque Natalia acababa de cumplir diez y seis años. Su edad no reclamaba afán por lanzarla al matrimonio: al contrario, me parecía que sus padres debieran considerarlo con cierto recelo y tristeza.

La satisfacción era general y la de Natalia le impedía ver las impurezas que tal vez existiesen en la de los otros. Era imposible dudar de su amor: aquel gallardo joven había conseguido apasionarla con todo el ímpetu de los pocos años y de un temperamento extremadamente afectuoso. Se podía asegurar que ya no vivía más que para él, que el mundo entero había desaparecido delante de sus ojos extasiados.