Angelina (novela mexicana)

Part 8

Chapter 8 4,136 words Public domain Markdown

En este momento creo verle aquí, del otro lado de la mesa en que escribo, muy sencillote y franco, muy recatado y pudoroso para cualquier acto de generosidad, y nunca más tímido que cuando quería averiguar si necesitábamos algo. Paréceme que estoy viendo aquel rostro moreno, tipo hermoso de la raza indígena, afinado por el cruzamiento en dos o tres generaciones: obscuro, muy obscuro del color; estrecha la frente; alto el cráneo; salientes los pómulos; la barba escasa, escasísima; los ojos pequeñitos, negros, negros y vivos; la mirada franca; el aire resuelto, como en todo aquel que no tiene en su vida acción que le avergüence, que a nadie teme y de nadie es temido; que así se enternece a la vista de ajenos dolores como rechaza sereno, con dura franqueza, con valerosa resolución, a quien le ofende o desconfía de él. Robusto, ancho de espaldas, dobladote como se dice vulgarmente, tenía una fuerza y un vigor hercúleos. A su edad nadie alardea de vigoroso y fuerte, y Andrés dejaba atónitos a los mozos más fornidos en eso de echarse a cuestas un fardo y levantar y poner en el mostrador un barril de aguardiente. Bajo aquella blusa azul, bajo aquella camisa sin almidones ni planchados ni añiles presuntuosos, se abrigaban una musculatura de acróbata y un corazón de oro. Cada visita de Andrés tenía por objeto hacer bien a la familia de sus amos;--a sus amas,--mis tías;--al amito,--yo.

De ordinario, acabado el desayuno, mientras señora Juana retiraba los platos, Andrés se levantaba y se iba a la cocina:

--Señora Juana: vaya usted por allá; tengo muy buen arroz. Vaya usted, que ahora está todo muy bueno en el changarro. Hay una mantequilla que... ¡qué ya verá usted cómo se chupa los labios el amito!

Volvía, tomaba asiento, y conversaba un rato. Al pasar por la cocina hablaba en voz baja con señora Juana; encendía un puro, y se iba. Jamás se atrevió a fumar delante de mis tías.

Angelina, tan desdeñosa conmigo cuando estábamos solos, en presencia de mis tías se mostraba amable y obsequiosa. Cuando yo no la veía me miraba; cuando yo clavaba en ella los ojos volvía el rostro encendida y ruborosa.

¿Me amaría la doncella? Sí; clarito, clarito que me lo decían su aparente desdén, su cauteloso empeño en mirarme cuando yo parecía distraído y muy atento a la conversación de la anciana.

Después, como de costumbre, seguía la charla con la enferma. Angelina se ponía a coser. A las veces terciaba en la conversación, pero aparentando indiferencia, sin alzar los ojos. Cuando tía Carmen estaba muy débil me costaba trabajo entenderla. Como entonces su voz era trémula y apagada, la enferma se veía obligada a repetir las frases, y no lo hacía sin dar muestras de impaciencia. La doncella, habituada a oirla, se apresuraba a decirme lo que yo no había entendido, y apuraba el ingenio para no entristecer a la anciana.

Ocurrióseme una vez tratar de las muchachas más lindas de Villaverde. Tía Carmen se prestó a la conversación, y estuvo ese día de muy buen humor. En ocasiones como aquella, se complacía en charlar como una polla y en agotar el frívolo y gastado tema de noviazgos y bodas. No dejamos de nombrar a ninguna de las niñas casaderas. ¡Ninguna fué del agrado de mi tía. Unas le parecían tontas, coquetas, feas, sin gracia; otras, aunque bellas, superficiales y vanas; algunas, buenas muchachas, pero de «mala rama»,--como decía la enferma,--esto es, de familias desconceptuadas e incorrectas; cuales simpáticas, pero de mala educación; cuales bien educaditas, pero vanidosas y muy pagadas de su letra menuda. ¡La educación!--decía--¡la educación antes que nada!

Llegamos a la señorita Fernández.

--¡Esa sí!--exclamó la buena señora.--¡Esa sí me gusta! ¡Tan bonita, tan inteligente, tan buena, tan sencilla! Es rica, y tiene la sencillez de una pobre; es inteligente e instruída, y no hace alarde de ello; es hermosa, y no está pagada de su belleza. ¡Ay Rorró!--agregó después de elogiar con mucho entusiasmo a la niña.--Es una perla. Así quiero una mujer para tí. El otro día se lo dije a Pepa: ¡para Rodolfo, solamente Gabrielita! No temas, no temas; yo sé lo que te digo. Ya sabes que para esas cosas tengo yo buenos ojos. Eres pobre... ¡cierto! pues estoy segura de que Gabrielita te preferiría a cualquier villaverdino, así la pretendiera Ricardo Tejeda, tu amigote, o el hijo de don Basilio, ese muchacho que es un bobo, que no sirve más que para contar a todo el mundo cuánto vale el traje que lleva, y cuánto el caballo en que montará dentro de pocos días. ¿No es verdad, Angelina? ¿No es verdad que para Rorró, sólo Gabriela?

La doncella clavó la aguja en el lienzo, y pálida como una muerta, arrasados en lágrimas los ojos, contestó, sonriente:

--Señora... ¡quién sabe! Es buena, muy buena... pero las Tejedas no la quieren; ni tampoco las Castros; ni las Martínez, ni otras. ¡Y yo no sé por qué! Será porque esa señorita es más elegante que ellas, y más bonita, y de muy buen trato. En cuanto a eso.... ¡No hay en Villaverde otra como Gabrielita! Pero yo creo que Rodolfo merece otra muchacha mejor.

--¿Mejor la quieres?

--Sí, porque ninguna me parece digna de él.

¿Era aquello un arranque de soberbia? ¿Era ironía? Me volví para ver a la doncella. Seguía hilvanando.

Tía Carmen prosiguió dulcemente:

--Mira, Rorró: tú eres un buen muchacho, y por eso te queremos mucho. Mira: nosotras deseamos tu felicidad; siempre has oído nuestros consejos... pues oye ahora uno: no seas como tantos otros muchachos de tu edad, que andan, como mariposillas, de flor en flor.... Yo comprendo muy bien que los jóvenes se entusiasmen con las muchachas bonitas. ¡Es natural! ¡La edad lo quiere así! Pero, vamos, hijo mío: ¿por qué engañar a tantas, por qué engañar a tantas antes de fijarse en aquella que ha de ser su esposa? El amor no es un juego; con el amor no hay que jugar. Es cosa muy seria. Para una persona de buenos sentimientos y de alma noble y elevada, no hay más que un amor, sólo uno. En la vida no se ama de veras más que una vez.

La voz de la anciana se iba poniendo trémula. Acaso el recuerdo de un amor malogrado le oprimía el corazón. Observé que por sus mejillas exangües y marchitas rodaban gruesas lágrimas, dos lágrimas seniles, de esas que no se pueden contener. La enferma buscó un pañuelo que tenía en el regazo, y levantándolo difícilmente, con la única mano que tenía expedita, se enjugó los ojos.

--Sí, Rorró,--prosiguió conmovida--así entendía estas cosas tu papá; así las entendía tu abuelito. Mira; oye mis consejos, que no te irá mal. Aunque eres pobre te casarás, sí, porque no te has de quedar soltero, como don Román, tu maestro, ni has de ser sacerdote. Te casarás, y... ¡cuánto le pedimos a Dios que hagas buena elección! Cuando busques esposa atiende a encontrarla fina, bien educada, modesta, prudente, de buena familia. Atiende, sobre todo, a la educación; mira que por falta de ella se pierden muchos matrimonios. Lo sé bien, lo sé bien; yo sé lo que te digo. Ante todo la educación y la prudencia. Una mujer prudente es la bendición del Cielo para su esposo, y la educación suele hacer veces de la prudencia. Por eso Gabriela me gusta para tí. ¿Te ríes? Ya lo veo; te ríes tristemente. Ya te entiendo; piensas que eres pobre, y que por eso no puedes aspirar a ser amado de esa niña. Pues bien, si hoy eres pobre, acaso mañana serás rico. ¡Y aunque no lo seas! Pobre, muy pobre, más pobre de lo que eres, por tu familia, por tu educación, por todo, eres muy digno de ser esposo de Gabriela.

Me sonrojé, pero no quise interrumpir a mi tía.

--No te rías así; mira que tu risa la siento aquí, en el corazón. No te rías; ya sé lo que me vas a contestar; no hables, te lo diré yo. Vas a decirme que eres pobre, y que aunque descendieras de un rey, aunque fueras un sabio, y el primero por lo guapo y buen mozo, de nada te serviría todo esto, de nada, si no tenías dinero....

--¡Eso, tía!

--Tienes razón. Pero, dime: ¿serías el primero que sin poseer caudales se casaba con una rica? No. Pues ya lo ves.

--Sí, tía; pero no siempre en esos casos queda a salvo la dignidad.

--Te engañas: muchos pobres se han casado con ricas, y se han casado sin que su nombre pierda lo más mínimo....

--Tal vez; pero la sociedad murmura....

--Ya lo sé. ¿Crees tú que yo no sé los males que causa la murmuración? Hijo mío: el mundo murmura de todo. Procura que tu conciencia esté tranquila, y deja que el mundo diga lo que quiera. No engañes a ninguna muchacha. ¡A qué mentir amores a quien no será tu esposa!

Angelina seguía cosiendo. Las campanas de la Parroquia soltaron en ese momento alegre repique.

--¡Ah!--prorrumpió la joven.--¡La fiesta de Todos Santos! ¡Ni quien se acordara!

Levantóse y salió.

Cuando quedamos solos tía Carmen me dijo:

--Ven, acércate.

Y mirándome tristemente agregó:

--No seas causa de que una mujer llore un desengaño; no, Rodolfo, ¡no hagas eso! No puedes imaginar qué de males ocasiona un hombre cuando miente amor. Mira, lo sé por experiencia. Cásate con quien quieras....

--Tía: yo no lo haré nunca movido por el interés y la codicia....

--Muy bien. Apruebo ese modo de pensar. Pero si te es posible conciliar (por supuesto que sin mengua de tu decoro) el amor y la conveniencia, ¿por qué desdeñar a una mujer rica? Por eso te decía yo que Gabrielita....

--Sí, tía, sí; tiene usted razón; pero, créame usted: si algún día pienso en casarme, no consultaré más que a mi corazón.

XIX

Charlé media hora en la botica de Meconio. Allí estaban los pedagogos, el P. Solís y don Crisanto.

Adentro, como de costumbre, se tributaba culto a Birján. Oficiaba su gran pontífice don Procopio, y entre los cofrades ví, con sorpresa, al piadoso y manso don Basilio. Era muy aficionado a las cuarenta el señor alcalde; pero nunca pasaban de un duro sus apuestas. Sólo jugaba--palabras textuales--para matar el tiempo.

Célebre ciudad de jugadores fué Villaverde allá en los tiempos coloniales, y sotas, caballos y reyes, se llevaron de allí más dineros que de la Veracruz los piratas de Lorencillo.

Ahora, es decir, en los tiempos en que acaecieron los sucesos que voy narrando, contaba Birján pocos oratorios, pero aun tenía culto en muchos sitios.

Antiguamente se jugaba en todas partes, en trastiendas, talleres, boticas, mentideros, y hasta en la Plaza, durante la segunda quincena de Diciembre. Al anuncio de las «rifas» se regocijaban mis paisanos, y huía de Villaverde la budística tristeza que de ordinario la consume. Monte, ruletas, dados, polacas y lotería de cartones, congregaban todas las noches en la Plaza a los piadosos villaverdinos, que allí dejaban los cuartos para que los ediles nivelaran con el producto de las «rifas» el presupuesto municipal siempre deficiente.

No sé lo que ahora sucede en Villaverde. A ser ciertas algunas noticias que de allí recibo, aun son fieles los villaverdinos a su dios; el culto ha decaído, pero la devoción vive, y vivirá en ellos por los siglos de los siglos.

La tertulia languidecía; los pedagogos estaban displicentes y mal humorados; el doctor disertaba de farmacología indígena, y el P. Solís leía con avidez cierto periódico conservador, el primero que saltó a la palestra después de la catástrofe imperial.

Viendo que los tertulios no reían ni disputaban, me decidí a pasar la velada en la casa del dómine. Además me era insoportable la presencia de los periodistas, desde el día en que me ajustaron las cuentas y pusieron en solfa mis sonetos. Me repugnaba el trato de mis críticos, solamente soportables para mí cuando discutían y se peleaban, cada cual en defensa de sus «ideales».

Nada más triste que Villaverde al fin del día; nada más horrendo que mi ciudad natal después de obscurecer. Todo el mundo se mete en casita, y si el aburrido no acude a cualquier mentidero, es cosa de morirse de fastidio. Las calles desiertas, obscuras, lóbregas, silenciosas. Ni un organillo que alegre aquella espantosa soledad. Casi todas las casas están cerradas. ¿Qué se hacen a esa hora las dulces y modosas villaverdinas? Sábelo Dios. Ahí se están en la sala, acurrucadas en el sofá, columpiándose en las mecedoras, soñolientas y aburridas, en espera del novio, atisbando el momento oportuno para pelar la pava.

Me lancé a la calle. Iba yo perdido en las tinieblas, tropezando a cada paso. Camino de la casa de mi maestro, pasé por la plaza, delante de la morada de Gabriela. La hermosa señorita estaba en el piano. La pobrecilla, para entretener sus fastidios villaverdinos, repasaba el repertorio en boga. No me detuve a escucharla. Me pareció que cometía yo una infidelidad.

La plaza estaba casi a obscuras. Ardían los cinco faroles, pero con luz tan débil y escatimada, que apenas dejaban ver los árboles, la fuente y el barandal. Salían del templo algunos hermanos de la Vela Perpétua; los vicarios departían en el cuadrante con los campaneros, y en la esquina opuesta una vendedora de frutas secas dormitaba en espera de marchantes, a la luz de un farolillo de papel. En un ángulo del cementerio una «garnachera» condimentaba sus fritadas. El airecillo nocturno llevaba calle abajo el picante olor de la cebolla y el hedor de la manteca requemada.

Salí de la botica contagiado de tristeza pedagógica. Pensé en mi situación; me puse a cavilar en mi suerte; en que era yo pesada carga para mis tías, las cuales me habían sostenido por tantos años a costa de extremos sacrificios. Aquello no podía seguir así. Y bien, ¿por qué sólo de tarde en tarde me detenía yo a considerar mi penosa situación? Esto fué el tema constante de mis meditaciones en los primeros días, pero luego puse toda mi atención en la belleza de los campos de Villaverde, en las puestas de sol, en la galanura de mis poetas favoritos, en las visitas de mi maltrecha musa, en el amor de Angelina. ¡Mente maldita la mía, tan divagada e inestable, inquieta como una giraldilla, encariñada con todas las cosas inútiles y frívolas!

Habían pasado los ocho días de plazo señalados por Castro Pérez, y mi hombre no daba señales de vida. Se me cerró el mundo, y me ví solo en él, sin dinero, sin esperanza. Me dieron ganas de morir, un deseo vago y dulce de morir, que entonces, como ahora, surge en mi corazón, no solamente en momentos de angustia, sino también cuando me considero feliz: grata inclinación al suicidio, en la cual no he parado mientes hasta después de cumplir los treinta años, y, que,--como digo para mí, riendo tristemente,--es la nota trágica de mi carácter, de este carácter mío, llevadero, resignado, benévolo y complaciente.

Acaso bebí el germen pesimista en las fuentes románticas: en algunas páginas de Chateaubriand, en el Werther, en las cartas de Fósculo, que repasé mil y mil veces; en los melancólicos versos de mis poetas favoritos. Después he leído las obras de Leopardi, de Schopenháuer y de Hártman, y confieso que me son simpáticos, aunque no acepto sus ideas. Este mundo es un valle de lágrimas, pero la vida del hombre es pasajera, y «algo divino llevamos aquí dentro». No hay grandes caracteres, ni almas grandes, sino a condición de ser templadas en el fuego del dolor. Sin él, ¿qué seria el hombre? Algo así como la planta que vive y muere sin darse cuenta de su existencia; algo como la piedra que reposa en la cantera o rueda en el camino. Conservo íntegras las creencias en que fuí criado; guardo incólume la fe de mis padres, y ella ha sido para mí, en mis horas negras, en mis días tristes, fuente de consuelo, faro salvador; ella alivió mis dolores y restañó siempre las heridas más hondas de mi corazón con el bálsamo de las eternas esperanzas.

--Tenga usted paciencia, Rorró,--me decía Angelina,--vaya usted a la iglesia y pídale a la Virgen amparo y protección.

Entonces recordé estas palabras de la doncella, palabras que resonaron detrás de mí como si ella me hablase al oído.

Enfrente estaba el templo. Desde la calle veía yo la humilde lamparita del Sagrario. Me encaminé hacia la iglesia. Entré en ella. Estaba obscura. Cuatro individuos, de rodillas, con sendos cirios delante, rezaban el rosario. Busqué el rincón más retirado, y allí oré, oré con fervor de mujer, con sencillez de niño. Pero a poco me di a considerar lo augusto del templo, la majestad del edificio, lo suntuoso del altar; el efecto que producían en muros y columnas las luces de los hachones; las sombras que al titilar de las flamas bailaban en las pilastras una danza de endriagos espantables y trémulos, y hasta me reí de la grotesca figura de los devotos, del sonsonete de sus rezos, de un estornudo inoportuno que vino a interrumpir una oración solemnemente principiada.

Y después, por una de esas volubilidades de la fantasía, me imaginé que era el amanecer; que el altar estaba adornado con rosas blancas; que resplandecía iluminado con centenares de luces; y que una joven, en traje de boda, oraba en un reclinatorio; una joven elegantísima, no sé si Angelina o Gabriela, cubierta graciosamente con el velo nupcial. Cerca de ella estaba el caballero que iba a ser su esposo.

Entregado a tales fantasías, no advertí que los devotos se habían ido, hasta que el sacristán pasó cerca de mí, sacudiendo un manojo de llaves.

Salí, y a poco estaba yo en la casa de don Román. El anciano se disponía a cenar.

--¿Quieres chocolate? No es de lo mejor; pero te le ofrezco de buena voluntad. ¿Recibiste mi esquelita?

--No.

--Pues todo queda arreglado. Lee.

Sacó del bolsillo una carta y me la dio. Principié a leerla. A cada palabra, una falta de ortografía. No dejé de sonreirme.

--¿De qué te ríes muchacho? ¡Ah! Ya me lo imagino.... De los disparates de Castro. Pues no te rías. Castro Pérez es un hombre muy instruido.

--Lo será; pero no sabe una palabra de....

--¡Hijo! ¡Defectos de la educación antigua! Pero, mira: prefiero mil veces estos abogados que no saben escribir con propiedad y corrección a esos sabios de nuevo cuño, como Venegas y Ocaña.

Don Román engullía sopas y sopas.

--Bueno: ¿estás contento?

--Sí, señor.

--Pues ya lo sabes; mañana, a las nueve, te presentas en la casa de Castro.

--¿Mañana?

--No, tienes razón; mañana es día de fiesta, y pasado mañana día de Difuntos. Ya irás. Poco vas a ganar, muchacho; pero, ¡algo es algo! Ya veremos si después encontramos cosa mejor.

Castro Pérez había despedido a su escribiente, y en atenta carta avisaba a mi maestro que el empleo estaba a mi disposición. Hacía grandes elogios de mí, y se prometía encontrar en el nuevo amanuense un joven «inteligente, activo y útil»....

Yo dije para mí, cuando leí el párrafo:

--¡Y que gane poco!

XX

Salí de allí muy alegre y regocijado. Angelina salió a encontrarme.

--Doña Carmelita ha tenido un ataque horroroso, ¡como nunca! Hace mucho tiempo que estaba bien: comía con apetito, dormía tranquilamente.... Es cierto que iba perdiendo las fuerzas, pero no tenía esos ataques, esas convulsiones que a mí me asustan....

Corrí al cuarto de la enferma. Halléla sosegada; había tomado alimento y parecía dormitar. ¿Y quién me aseguraba que aquel sosiego no era síntoma de suma gravedad?

La anciana había sufrido uno de esos ataques que caracterizaron el principio de su enfermedad; una convulsión general, mayor en un brazo, y una inquietud que no la dejaba queda cinco minutos. Ni en la cama, ni en el sillón estaba a gusto; era preciso traerla y llevarla de aquí para allá. A cada instante se quejaba, diciendo:

--¡Esta convulsión interior que me mata!

A poco despertó, y quiso levantarse y caminar por la habitación, apoyada en Angelina y en mi tía Pepa. Iba y venía, pero sin fuerza, casi arrastrando los píes. Las extremidades inferiores eran más débiles cada día, la pobre temía caerse, y su angustia aumentaba al considerar que sus enfermeras no podrían sostenerla. Acudí a relevar a mi tía, esperando que la anciana segura de mi vigor, se mostrara más decidida y animosa, pero todo fué inútil.

--Tú no sabes llevarme.

--Sí, tía.

--No, déjame.... Voy mejor con Pepa.

Insistí, rogué, supliqué.... ¡En vano! Quise imponerme dulcemente, fingiendo que no acertaba yo a comprender por qué rehusaba mi ayuda.

--¡Déjame! ¡déjame!--decía angustiada, sollozando.--¡En el sillón! ¡En el sillón!

Era su voz tan débil que apenas la oíamos. En nuestra congoja creímos por momentos que iba a expirar.

En esto llegó el doctor.

--¿Qué tenemos de nuevo? Vamos, vamos.... ¿Qué tal, mi señora? ¡Esos nervios! ¡Esos nervios!

Sentóse cerca de mi tía, y mientras conversaba con nosotros y bromeaba con Angelina estuvo observando a la enferma.

--No hay cuidado....--repetía.--¡Esto pasará, pasará!.... Es un accidente penoso, pero que no debe preocuparnos. Vamos, mi señora doña Carmen: ¡ánimo, ánimo, que ya todo pasó! ¿Dónde está ese valor famoso? Veamos esa lengua.... ¿Y el apetito? ¿Bien? Pues ¡calma, y valor, valor!

Y dirigiéndose a la joven:

--Vaya, niña: una tacita de té de hojas de naranjo, con unas gotas de éter.

La enferma parecía no poner atención a los dichos del médico, y me miraba dolorosamente, como si quisiera decirme. «¡Ya lo ves! ¡No creo en nada de esto!»

Recetó Sarmiento unas cucharadas y una pomada. Le acompañé hasta el zaguán.

--Doctor; dígame la verdad.... ¿Cómo ve usted a mi tía?

--¡Mal muchacho, muy mal! Pero no te aflijas; esto va largo, a menos que cualquier día sobrevenga otra cosa.... La enfermedad sigue su curso.... Es una enfermedad orgánica, y, como lo comprenderás, incurable.

--¿Volverá usted mañana?

--No es preciso. Que observe el régimen que tengo prescrito: reposo, distracción, buenos alimentos, una copita de vino en cada comida, y ¡adelante! Que no esté sentada todo el día; que camine; que se mueva; que salga por aquí, que vaya a la salita. La inmovilidad es perjudicial; que ande, que camine hasta donde pueda. Pronto será completa la parálisis.

Don Crisanto me vió tan apenado, que me puso una mano en el hombro y me dijo cariñosamente:

--Muchacho, no te asustes, no te acongojes.... Y, vamos, dime: ¿qué tal andamos de dinero?

--¡Mal, doctor! Precisamente iba yo a decirle a usted que no podemos pagarle la visita....

Don Crisanto frunció el ceño, manifestando disgusto.

--¿Pagarme la visita?--prorrumpió casi colérico--¿pagarme la visita? ¡Ni ésta, ni cien, ni mil más! ¡Ninguna! ¿Cuándo he cobrado yo en tu casa por mis servicios? Soy amigo viejo de tu familia, fuí condiscípulo de tu padre.... Oyelo bien: ¿sabes a quién debo la carrera? Pues a tu abuelo. Ya verás que no puedo venir a esta casa por interés. Mira, muchacho: no vuelvas a hablarme de eso.

--Pero, doctor....

--¡Qué pero ni qué peras!

¡Cuánto agradecí al facultativo su desinterés! Bien sabe Dios que nunca he olvidado tanta generosidad; pero esa noche me sonrojé, me dio vergüenza aceptar los servicios del médico, sin retribuirlos debidamente.

--Vamos...--prosiguió don Crisanto, en tono afable,--¿ya te resolvió Castro Pérez? ¿Vas a servirle de amanuense?

--El martes estaré por allá. No entiendo nada de esas cosas....

--Bueno; pero todo se aprende. Hijo: ¡eso es el huevo de Juanelo! ¿Cuánto vas a ganar?

--No lo sé todavía.... De seguro que será poco.

Sonrió Sarmiento, me hizo una caricia, y me dijo en voz baja, casi al oído:

--¡Ten paciencia! Yo te buscaré algo mejor. Más bien dicho, ya tengo para tí una colocación. No todo sale a medida del deseo, y no podremos contar con el destino hasta dentro de dos meses, a principios de año. Fernández necesita un empleado en su hacienda de Santa Clara. Allí ganarás un poco más.

--Temo una cosa....

--¿Cuál? ¿No servir para el caso?

--Sí... ¡qué entiendo yo de cosas de campo!

--Aprenderás, muchacho. No seas tímido, porque nunca harás letra. Estarás allí muy contento. Fernández es persona muy fina. Trata muy bien a sus empleados. Y aunque así no fuera, estás obligado a no perder la oportunidad.... ¡Adiós, muchacho! Tengo por ahí un enfermo de suma gravedad, un ranchero, que va que vuela para el otro mundo.

Tendióme la mano, y agregó:

--Nada digas a Castro Pérez de eso del empleo en Santa Clara. ¿Eh? Ya estás advertido. ¡Chitón! No te apenes al ver a tu tía. ¡Eso no es nada!