Angelina (novela mexicana)

Part 23

Chapter 23 984 words Public domain Markdown

«No pienses que el término de nuestros amores se debe a todos esos embustes que corren en Villaverde, que trajeron hasta aquí las Castro Pérez, y de los cuales tú mismo me has hablado; no, Rodolfo: no soy injusta ni ligera. Ya me conoces. Nunca he creído que fueses capaz de engañarme. Tampoco creas si elijo un estado distinto del que prefieren todas las mujeres, que lo hago por despecho o atraída por una falsa vocación. No; considera que si no he querido engañar a un hombre, no he de querer engañarme yo misma, ni engañar a Dios.

«Mucho le pido que te dé fuerzas y resignación para sufrir este golpe, y te dará las dos cosas porque en cambio le he ofrecido mi vida.

«Papá te dará tus cartas; tú le entregarás las mías. ¿Te acuerdas que al despedirme de tí me quité del cuello una medallita, y te la di? Pues deseo que la conserves siempre, para que si un día te casas y tienes hijos se la des al que tú prefieras. ¿Harás lo que te pido? Sí; porque con eso me darás una prueba de que mi memoria es dulce para tí.

«¿Verdad, Rodolfo, que no me guardarás rencor? Eres muy bueno, y me perdonarás.

«No me escribas. ¿Para qué? Acabaron nuestros amores, es cierto, pero en lo de adelante seremos muy buenos amigos.

«Cuida mucho de tus tías. Si algún día necesita papá de tus cuidados, vela por él, y págale, en nombre mío, cuanto le debo yo.--_Angelina_».

Indignado, colérico, estrujé la carta, y yo que no tuve en mis ojos una lágrima ni en los momentos de amortajar a mi tía, a quien tanto amé, a quien tanto debía yo, que tanto me quiso, que fué para mí como una madre, no pude resistir aquel nuevo dolor. Sentí que me ahogaba, y me eché a llorar como un chiquillo.

--¿Qué te pasa?--gritó Andrés asustado.

--¡Nada!--le respondí sollozando.

LXIV

Respeté, con gran dolor de mi alma, los deseos de la joven. Seguro de la sinceridad de sus palabras, oculté mi pena y busqué consuelo en el trabajo.

Luego que Angelina supo el fallecimiento de mi tía, nos escribió una carta muy sentida. El P. Herrera vino a Villaverde pocos meses después, le hospedamos en nuestra casa, y estuvo con nosotros varios días. Entonces le contó a mi tía, muy en secreto, que la «muñeca» quería dejar el mundo y hacerse hermana de la Caridad. El santo sacerdote estaba muy triste. Todos temíamos que aquel monjío le costara la vida.

--¡Hágase la voluntad de Dios!--exclamaba.--Yo me había soñado que Linilla y Rodolfo.... Pero, en fin.... ¡Vaya con la «muñeca»! ¡Dios me la trajo y Dios se la lleva!

Aun conservo las cartas de Linilla. El P. Herrera nunca me dio las mías.

--¡Para qué!--pensaría.--¡Cosas de muchachos!

Angelina profesó en México dos años después. Cuando las Hermanas fueron expulsadas pasó a París, y de allí la mandaron a Cochinchina.

En París la vieron los señores Fernández.

--¡Si usted la viera, Rodolfo!--me decía la señora.--¡Lindísima! Parece una santa.

El P. Herrera murió a fines del 78 en su curato de San Sebastián. Poco antes fué llamado al coro de la Catedral de Jalapa, pero el humilde anciano renunció la prebenda.

--¡No! ¡No!--contestó.--No quiero canongías.... De aquí... ¡al cielo, si Dios Nuestro Señor tiene piedad de este pobre pecador!

Gabriela casó con Ernesto, y es madre de dos niños tan hermosos como ella. ¿Es feliz? Creo que sí. La rubia señorita era muy lista e hizo de su novio un marido discreto, laborioso y de excelentes costumbres.

A mi juicio nunca fué calavera ni jugador. Sospecho que le calumniaron, que para el caso cualquiera ciudad se parece a Villaverde, y en todas partes abunban los amigos como Ricardo Tejeda y los señorones como Castro Pérez.

Mi generoso rival cayó en la red, y se casó con Teresa. Luisa se ha quedado para vestir santos.

Ocaña se metió a tinterillo. Venegas renunció la «Escuela Nacional», se lanzó a la revolución, y ahora es diputado--por obra y gracia de Tuxtepec.

Buena memoria dejaron en Villaverde el doctor Sarmiento y mi buen maestro don Román. Todos se acuerdan de ellos, alaban sus virtudes, y se dicen amigos del uno y discípulos del otro.

Andrés y tía Pepilla vivieron todavía mucho tiempo tranquilos y contentos. Tuve la dicha de cerrarles los ojos, y les dí cristiana sepultura junto a la tumba de mis padres.

En cuanto a mí.... No me he casado, y vivo muy feliz, gozando del fruto de mi trabajo. En él encontré consuelo y fortaleza. El trabajo productivo me apartó de aquellos idealismos románticos que me causaron tantas amarguras. No soy rico, pero estoy contento con mi suerte; ya sé lo que valen los hombres, y no espero de ellos lo que no pueden darme. Tengo pocos amigos, pero, eso sí, muy buenos y merecedores de toda estimación.

No hago versos, ni vivo entregado a los delirios de la fantasía. Creo que no es cuerdo andarse por las nubes cuando hay abajo tantas cosas que reclaman nuestra atención. Sin embargo, no desdeño los libros, he comprado muchos, y con ellos me paso largas horas. Aun suelo leer versos de Lamartine... y... a la verdad... ¡como Lamartine no hay otro poeta para mí!

LXV

Aquí concluye esta novela sencilla y vulgar. He «vivido» otras muchas, (que no merecen ser escritas) muy dramáticas e interesantes, pero ninguna como ésta tan sincera y tan casta, triste flor de mi dolorida juventud.

«Angelina» se llama en memoria de la pobre niña que sacrificó por mí, con sublime heroismo, todas las ilusiones de su vida.

En lo más hondo de mi corazón, como la huérfana lo deseaba, hay un rinconcito que no he profanado con el amor de otra mujer,--y allí vive Linilla.

Orizaba, Diciembre de 1893.

FIN