Part 19
Gabriela subyugaba las almas con la dulzura de su carácter, mejor que con su delicada y elegante belleza. Y era lindísima: fisonomía suave y aristocrática; perfil correcto; labios ingenuos, expresivos, como entreabiertos levemente por una exclamación de sorpresa; las mejillas con los tintes de la rosa: la cabeza artística y gentil; el cuello delgado y donairoso. Poseía la blonda señorita, algo, o mucho, de la singular belleza de dos mujeres muy célebres y admiradas entonces: Adelina Patti y la Emperatriz Eugenia.
Alta, delgada, esbeltísima, «ideal», como acostumbran a decir los poetas, en Gabriela se juntaban maravillosamente la frescura de una arrogante juventud y los encantos misteriosos de una belleza apacible y casta.
Durante los primeros días la joven se mostró conmigo seria y ceremoniosa, lo cual, a decir lo cierto, no fué muy grato para mí. Procuré portarme de la misma manera; correspondiendo así a la reservada actitud de la doncella; pero el trato diario en la mesa, en la tertulia, en el paseo y en las horas de descanso nos acercó poco a poco, y pronto hubo entre los dos cierta confianza decorosa y afable de la cual nació una amistad placentera y cordial.
Entonces pude admirar en Gabriela no sólo la sencillez de su alma, sino lo que en ella valía más, la nobleza de su corazón.
Habituada al trato de personas cultas y distinguidas; educada con esmero; rodeada de cuanto la opulencia y el amor paternal pueden ofrecer a una niña de su clase y condiciones, la señorita Fernández ni estaba engreída con su elegancia, ni pagada de su hermosura, ni satisfecha de sus raras habilidades. Tocaba el piano como una profesora y se creía una pobre aficionada; dibujaba magistralmente, pintaba lindas acuarelas, frutas, flores, pájaros, paisajes, y no se daba cuenta de sus aptitudes artísticas, ni de que sabía robar a la naturaleza la línea, el tono, la expresión, el ambiente que aisla y destaca las figuras, el rasgo oportuno que anima los objetos, la tinta desvanecida, vaga, vaporosa, que hace resaltar las imágenes sin endurecer los contornos.
Obediente, sumisa a la voz de sus padres, jamás se oponía a sus mandatos, como suelen hacerlo las señoritas de las clases elevadas, que gustan de ser caprichosas y se complacen en ser mimadas por los suyos. La vida de Gabriela estaba consagrada a sus padres. Obsequiarlos, tenerlos alegres y contentos era su único deseo, y de seguro que nunca dejó de agradarlos. Sufría con paciencia ejemplar al infeliz jorobadito en quien estaban reunidos todos los defectos morales y todas las desgracias físicas. El pobre niño, lisiado, enfermizo, horrendamente precoz, era ruin, mezquino, insolente, atrevido y deslenguado. Como todos le halagaban y le complacían, y no había capricho que no consiguiera ni falta que no le fuese perdonada, imperaba en aquella casa como soberano absoluto, como señor de vidas y haciendas, siempre dispuesto a hacer el mal, complaciéndose en atormentar a los animales que caían en sus manos, gozándose en insultar y calumniar a los criados, en burlarse de todos, y en repetir las palabras más soeces aprendidas en la calle o de labios de los cocheros. La señorita Gabriela, objeto frecuente de las iras del niño, a causa, sin duda, de que sólo ella le corregía y le castigaba, pasaba ratos muy amargos. El corcovadito la aborrecía de muerte, como a todos cuantos se oponían a sus caprichos y deseos, y a la menor corrección la insultaba con dichos y palabras de taberna.
La joven solía implorar en su defensa la autoridad del señor Fernández.
--¡Papá!--decía suplicante y apenada.--Oye a Pepillo.... Abrió una jaula, atrapó un canario y le ha quebrado las alas.... Le reprendo... y me contesta con Unos dichos y unas palabras....
--¡Perdónale, hija!--respondía el padre.--¡Pobre niño!...
El corcovadito quedaba victorioso, fingía arrepentimiento, se acercaba a la joven para acariciarla y darle un beso, y luego que se iba el señor Fernández volvía a los improperios y a las obscenidades. Reía, se mofaba de su hermana, e inventaba nuevas fechorías.
Una tarde, después de una escena de éstas, fuimos al jardín; Fernández y la señorita se quedaron con el niño en un merendero; Gabriela y yo nos perdimos, a lo largo de una calle de fresnos, en busca de violetas. La niña lloraba y no levantaba los ojos.
--No llore usted, Gabriela....
--¿Que no llore?--murmuró enjugándose los ojos.--¡Cómo no he de llorar! Quiero a Pepillo con toda mi alma. Día y noche le tengo en la memoria.... Su desgracia es la eterna amargura de mi vida. ¡Deforme, enfermizo, y... malo! Sí, Rodolfo; ese niño es malo. ¿A quién ha salido? ¿De quién ha heredado esa perversidad de corazón? ¿Qué será de él si llega a hombre? Me odia, me detesta, y yo le amo.... Ya usted ha visto cómo me trata.... ¡Y todas las gentes me envidian, y todos dicen que soy la más feliz de las mujeres!... ¿Feliz?--Debe usted perdonar a Pepillo....--Le perdono... pero no puedo permitir que sea así.... La perversidad de ese niño crece de día en día.... ¡Por fortuna no vivirá mucho!... No le deseo la muerte, no. ¡Dios me libre de ello! Pero, ¿a dónde iremos a parar si Pepillo sigue con esos instintos crueles y depravados? Si viera usted cómo tiemblo al pensar que el mejor día, por cualquier motivo, será, usted objeto de las iras de esa infeliz criatura.--No tema usted.... Me quiere, hacemos buenas migas....
--No, Rodolfo; es mi hermano, le quiero mucho, pero le conozco; no hay que fiar de ese niño....
Entonces Gabriela me refieró mil incidentes desagradables, y me hizo comprender, muy claramente, que temía que Pepillo dijera el mejor día algo que me lastimara y me ofendiera, y con este motivo la pobre niña me abrió su corazón.
--Todos me envidian y codician mis riquezas, pero, a decir verdad, amigo mío, ¿de qué me sirven lujo, comodidades y bienestar, si en medio de todo eso soy víctima de ese pobre niño, de mi hermanito, de mi único hermano a quien amo y compadezco?
De pronto, como si aquella conversación le fuese penosa, varió de asunto y deteniéndose al pie de un árbol se puso a contemplar, entre el follaje las últimas luces del día, el cielo dorado, sobre el cual se dibujaban, límpidas y claras las ramas de un gran, fresno desnudo, mientras yo ataba un haz de violetas.
--¡Hermosa tarde! ¡Quién pudiera trasladar al papel el espléndido cuadro que tenemos delante! Usted está triste... ¿por qué? Nosotras deseamos verle contento. ¿A qué ese rostro abatido y melancólico? Papá nos ha dicho que ha sufrido usted mucho....
Ciertamente, me rendía la tristeza. Pensaba yo en los míos, en mi pobre casita, en las buenas ancianas cuyo recuerdo me era tan querido, y en Linilla, en mi dulce Linilla.
--No, señorita...--murmuré sonriendo.--A las veces se me va el pensamiento hacia Villaverde, en busca de los que me aman....
--Y más allá... más allá... detrás de esas montañas que atraen las miradas de usted.
Sonrió la niña, y me señaló a lo lejos los picos más altos de la Sierra, y agregó:
--Diga usted: ¿No es en aquellos valles donde está el pueblo de San Sebastián?
--Sí.
--Pues... ¡allí está Angelina!
LII
De madrugada, antes de salir el sol, monté a caballo y salí de la hacienda camino de Villaverde.
Era domingo. Delante de mí avanzaban lentamente algunos peones y una media docena de rancheros que iban al tianguis, jinetes en malas caballerías. Clareaba el alba en la cima de los montes, y sobre la esplendorosa claridad del sol naciente se dibujaban los perfiles boscosos de los cerros de Villaverde, las grandes moles de la cordillera meridional, y las montañas de Pluviosilla envueltas en los vapores matinales que parecían gasas hechas girones en los picachos. Repicaban alegremente en el campanario de una aldea cercana, y del profundo lecho del Pedregoso, protegido por los ahuehuetes y los álamos, se alzaba espesa y se desvanecía vagarosa blanquecina nube que velaba las arboledas.
¡Qué largo me parecía el camino! ¡Con qué ansia me aguardarían mis tías! ¡Qué anhelo el mío por llegar a la ciudad! La campana de la aldea sonaba festiva, y el viento matinal, fresco e impetuoso, traía hasta allí las mil voces de los templos villaverdinos; música incomparable que repetida por los ecos parecía el canto de los valles y de los bosques. A poco descubrí el caserio, las torres y las cúpulas en cuyos azulejos centelleaba el sol.
Media hora después estaba yo al lado de mis tías.
--¡Muchacho!--exclamó tía Pepilla.--Entra, entra para que te vea tu madrina.... La pobrecilla ha estado muy mala; buen susto nos dió.... Por eso no te hemos escrito. ¿Quién lo había de hacer? Si Angelina estuviera aquí....
Entré en el cuarto de la enferma. La pobre anciana estaba en un sillón, muy abatida y trémula. Se animó al verme, y cuando me acerqué para abrazarla me miró tristemente, y con voz muy débil, tan débil que apenas la oímos, me dijo:
--Al fin viniste.... ¡Gracias a Dios! Temí que no volvieras a verme.... Pero ¡ya pasó... ya pasó! ¡Ya estoy bien, muy bien! ¿Estás contento? ¿Te gusta la hacienda?
Me apresuré a contestarle que el señor Fernández me trataba muy bien; que toda la familia me distinguía con su afecto; que el trabajo era ligero y agradable, y que tenía yo un sueldo muy bueno, como nunca pensé alcanzarle, como jamás le soñé.
--¡Así lo esperaba yo! ¡Me alegro, hijito, me alegro mucho! ¡Si tú vieras cuánta pena me causaba ver que en la casa de Castro Pérez ganabas poco y trabajabas mucho!... ¡Vaya! A desayunarte, hijo mío.... Y después quítate ese traje de ranchero.... ¡No me gusta! ¡No quiero verte así! Ponte otro vestido, y vete a pasear.... ¿Cuándo te vas, esta tarde o mañana?
--Mañana tempranito....
Tía Pepilla me esperaba en el comedor, en el pobre comedor donde señora Juana iba y venía muy deseosa de atenderme y obsequiarme.
Mientras yo me desayunaba alegremente y con buen apetito, tía Pepilla conversaba.
--Tengo una carta para tí, una carta de Angelina. Ayer la trajeron; hasta ayer vino el mozo.... Ahora te la daré....
--Venga esa carta, tía; venga esa carta....
--¡Impaciente! Come y calla. Para todo hay tiempo.... Y dime: ¿qué tal es la señorita Gabriela?
--¡Lindísima!
--¡No tanto, hijo, no tanto! No es fea... ya me lo sé. Pero, ¿es buena, es simpática? ¿No es orgullosa ni altiva? Vamos: dime, dime....
--¡Antes la carta, tía; antes la carta de Linilla!
--¡Paciencia, niño, paciencia! ¿Qué fugas son esas? Cualquiera diría....
--¿Qué diría?
--¡Nada!...
La anciana sonrió dulcemente, y salió del comedor. A poco apareció en la puerta, mostrándome la carta deseada.
--¿Qué me das por esto?
--Un abrazo.
--¡Es poco!
--Un beso.
--Es poco.
--Pues entonces, ¿qué quiere usted?
--¡Tu cariño! ¡Tu cariño, muchacho, que con eso me basta!
La señora llegó hasta mí, me abrazó, me acarició dulcemente, y puso delante de mí la carta de Linilla, diciéndome:
--¡Ay, Rorró! Anoche soñé una cosa....
--¿Qué?
--La diré.... No; ¡mejor es callar!
--Hable usted, tía.
--Soñé que te habías enamorado de.... Gabriela.
--¿De Gabriela?
--¡Si, de esa señorita que es tan buena, tan amable, tan elegante, tan inteligente, tan linda, y... tan rica!
--No, tía. Mi corazón tiene dueño.
--¿Y quién es?
--Ese es mi secreto.
--¿Secreto?
--Secreto.
--Mira, Rorró; a mí no me engañas....
--¡Ah!
--¡Mira, lee tu carta... y déjame en paz!
En mi cuarto, a solas, leí la carta de Lanilla.
«Rodolfo mío:
«En vano habrás esperado mi contestación, y ya me imagino tu impaciencia al no recibir noticias mías. Papá ha estado enfermo. Cosa de nada, es cierto, pero nos tuvo muy inquietas, y de más a más el mozo no ha ido a Villaverde. Fué a Pluviosilla a traer muchas cosas para la Semana Santa: cera, ornamentos, y una urna lindísima que será estrenada el jueves. Vamos a tener unos días de mucho trabajo. Figúrate que aquí no se cuenta con nadie para eso de arreglar el altar, y yo tengo que hacerlo todo. He preparado cosas muy bonitas: cortinas, ramilletes, moños, y otras mil chucherías, todo nuevo. Papá está contentísimo, y cuando descansa del confesionario viene a divertirse y a ver cómo trabajo. Ahora no es tiempo de pensar en el novio, señor mió; es mucho lo que falta por hacer, y todo tiene que salir de mis manos. Al fin del día estoy muy cansada; pero yo no te olvido y a todas horas pienso en tí, y además te dedico un rato todas las noches, y a esa hora no hago más que recordarte y ver tu retrato. Son las once de la noche, estoy solita en mi pieza, y con lápiz, porque olvidé traer el tintero y la pluma, te escribo estas lineas, muy de prisa, tan de prisa que no sé cuántos disparates estoy poniendo.
«Me alegro que pienses de otro modo. ¿Qué es eso de creer que la vida es mala? No, señor mío; ni yo que he sido tan desgraciada tengo esas ideas. El otro día leí en un periódico un artículo muy largo en que trataban, de unos filósofos que tienen ideas parecidas a las tuyas. Allí hablan de un alemán, cuyo nombre no recuerdo porque es muy largo y muy revesado, del cual dicen que tiene ideas así como las tuyas. Y yo me dije: ¡vaya! sin duda que Rorró ha leído los libros de ese señor, y en ellos aprendió esas tristezas con las cuales me apena y me congoja. Pregunté a papá si esas obras están prohibidas, y me dijo que sí. De manera que, ya lo sabes, si las tienes, quémalas; si las has leído, no vuelvas a leerlas. ¿No es cierto que así lo harás? Sí, porque me quieres mucho.
«Cuando recibas esta carta ya estarás en Santa Clara. Cuidado te enamores de Gabrielita. Es muy hermosa, y muy simpática, y muy inteligente, y muy buena, y además rica; pero no te querrá tanto como yo.
«Después que leia la carta en que me decías que ibas a colocarte en la hacienda del señor Fernández me puse muy triste. ¿Por qué? ¡Dios lo sabe! Como eso es bueno para tí debía yo ponerme alegre, muy alegre, pues con ese destino ya no tendrás dificultades y tu vida será más tranquila; pero voy a confesarte una cosa, aunque te rías de mí. Me desagradó la noticia; sentí que el corazón se me oprimía y que los ojos se me llenaban de lágrimas. Ya sé la que vas a decir, ya lo sé. Dirás que estoy celosa.... ¿Celosa? No sé lo que son celos. Acaso esto que siento al pensar que vives cerca de esa señorita tan hermosa y tan elegante; acaso serán celos estos temores que me asaltan cuando recuerdo que hace tiempo que Gabriela me preguntó por tí, con mucho interés, con «demasiado interés». Comprendo que en ella encontrarás muchas cosas que yo no tengo; Gabriela es una señorita más digna que yo de ser amada, sí, más digna que yo. No me da pena confesarlo; y óyelo bien, mira que te lo digo sinceramente, como lo siento, como si mi madre me oyera: si te enamoras de Gabriela; si en el amor de esa niña esta cifrada tu felicidad; si ella es para tí dicha y ventura, no vaciles, olvídame, olvida a la pobre Linilla, y ¡se feliz! Ya te lo dije, te lo he dicho muchas veces, todo el anhelo de mi corazón es verte dichoso. Porque lo seas lo sacrificaré todo, me arrancaré del alma tu cariño y procuraré olvidarte. Acuérdate de lo que dice tu tía Carmen: que para tí, «sólo Gabriela». El corazón me dice que nuestros amores no serán dichosos.... ¿Sabes por qué? Porque nací condenada a padecer, y no me conformo con el cariño de mi papá, que es lo único en que debo fiar. Una cosa voy a pedirte: que el día que ya no me quieras me hables francamente, y me digas la verdad, ¡toda la verdad! Tú dirás que estos temores míos son infundados, que son locuras mías.... ¡Dí lo que quieras! Yo cumplo con no ocultarte nada, nada de cuanto pienso y siento. Ya sabes que no tengo secretos para ti, y que cuanto se me ocurre te lo digo, aunque sea en contra mía.
«Quería decirte una cosa, pero reflexiono y pienso que sería inoportuno hablar de ella. Sin embargo, voy a confesarte mi deseo de no ocultar a papá nuestros amores. Me parece cruel, inhumano, que los ignore. No debí corresponder a tu cariño sin que papá tuviera noticia de que te amo y me amas. Hice mal, muy mal, así lo comprendo, y acaso esta pena que oprime mi corazón es un castigo para mí. ¡Celos! dirás tú. Lo que tú quieras; yo sé que me duele el alma; que no ceso de llorar, y que tengo que ocultar mis lágrimas. No tengo a quien contar lo que me pasa, y acaso el pobre anciano podría consolarme y aliviar mi pena. Si papá supiera nuestro amor con él hablaría yo de tí, de mis temores, de mis presentimientos, de que sólo pienso en tu felicidad, aunque sea a costa de mi dicha. Pero no le diré nada, no, jamás; se apenaría el santo viejecito, y no quiero contristar ese noble y apasionado corazón, corazón de niño, corazón de mujer que fácilmente se lastima. Aunque tú me digas que sí, que le diga todo, no lo haré.
«Pero, ¿verdad, Rodolfo mío, que me amas, que me adoras, que sólo vives para mí? ¿No es cierto que me apeno sin motivo y que no tengo razón para estar celosa? Y aun cuando tú quieras a Gabriela o a cualquiera otra, ¡qué me importa! ¡Te amo, y con eso me basta! No soy egoísta; no te quiero porque tú me quieras, te amo, y en amarte cifro toda mi dicha. ¿Me amas? ¡Feliz de mi! ¿No me amas? ¿Y qué? ¡Me basta con amarte!
Linilla».
LIII
Esta carta me causó profunda pena. Linilla padecía y lloraba, temerosa de que Gabriela le robara mi corazón.... Obscura nube veló de pronto el cielo de mi dicha, y temblé al considerar que me aguardaban nuevas amarguras. Pero, a decir lo cierto, no me causaron extrañeza ni las palabras de Angelina, ni el tono de su carta.
Desde los primeros días, cuando mi cariño era todavía un misterio para la doncella, pude observar mil veces que nunca le fueron gratos los elogios de mi tía para la gallarda señorita. Y no porque la envidia o el orgullo fuesen causa de ello, que tales pasiones no tenían morada en aquel corazón generoso y sencillo, sino porque debido a las torpes murmuraciones villaverdinas o a presentimientos y recelos, muy naturales en una niña que ama y cree que es amada, la pobre Linilla temió, aun antes de corresponder a mi amor, que yo me prendara de Gabriela, cuya belleza y elegancia, no podían ser vistas sin interés por ningún mozo de mi edad. ¡Pobre niña infortunada! El dolor y la desgracia la habían hecho temerosa. Muchas veces me dijo: «Rodolfo: nuestros amores no serán dichosos. Nací condenada al infortunio; nací condenada a padecer, y cuanto es para mí felicidad y ventura perece y se malogra.... ¿Me amas? Sí; pues dejarás de amarme. ¿Te amo? Pues, óyelo bien: este amor que es en mi como la aurora de hermoso día; este amor en el cual he cifrado todas mis ilusiones y todas mis esperanzas, no será coronado por la dicha...»
Y la pobre niña no podía ocultar sus recelos, y me los confiaba sencillamente, como deseosa de conseguir, por este medio, la perennidad de un afecto que le parecía vano y fugitivo. Después se arrepentía de haber dudado de mi constancia, y llorando me pedía que la perdonara. Mas a poco, cuando calmada por mis palabras y mis promesas sonreía dichosa, y en su pálido rostro irradiaba la alegría, tornaba a sus presentimientos: «No me engaño, no quiero engañarme.... Me da pena decírtelo, pero ya sabes que nada te oculto, que no quiero ocultarte nada. Vives engañado; dices que me amas, y no mientes, no, porque eres incapaz de mentir.... Dices que me amas, y, ciertamente, tu corazón es mío, y a toda hora piensas en mí. Pero no es Linilla, la pobre Linilla, la huérfana recogida en un mesón por un sacerdote caritativo, la niña infeliz fruto de amores que el cielo no bendijo, la que será tu esposa. Te conozco, Rorró. Eres ambicioso; deseas una mujer brillante que a todos cautive con su belleza, que deslumbre en los salones.... Sueñas ¡al fin poeta! con dichas que yo no puedo darte.... ¿Me amas? ¡Ya me olvidarás!»
Linilla se engañaba. La amaba yo con toda mi alma, y bien sabe Dios que mi corazón era todo suyo; que nunca mis ojos se fueron en pos de otra mujer, y que era yo celoso, en bien de mi amada, hasta, de la menor palabra que pudiera salir de mis labios con olvido de Angelina, y fuera para ella como una infidelidad mía. Lo que nunca quiso hacer, y de ello me acuso sinceramente, fué borrar de mi memoria el recuerdo de Matilde, la dulce niña de mi primer amor.
Pero ¡ah! yo aliviaría las penas de mi amada, desvanecería sus tristezas, le escribiría larguísima carta, y pronto estos, temores quedarían disipados.
Me vestí de prisa y me lancé a la calle.
El domingo es alegre en Villaverde; muy alegre si se le compara con los demás días en que las calles y plazas están casi desiertas. La población rural viene a la ciudad con motivo del tianguis, y los villaverdinos salen de sus casillas para ir a misa y al mercado. Las tiendas están abiertas hasta las tres de la tarde, y los rancheros, muy vestidos de limpio, luciendo la camisa planchada y azulosa, suben y bajan por las calles, llenan templos y tiendas, y a eso de las tres se vuelven a sus campos y a sus aldeas.
La misa de doce es la más concurrida; a ella van, las muchachas en privanza, muy emperejiladas y lindas, y en el atrio de la Parroquia, bajo los fresnos y los ahuehuetes, se reune la flor y nata de la pollería villaverdina.
Visité a don Román, el cual se mostró muy afable y cariñoso con su discípulo. Estuve en la casa de Sarmiento; pero no tuve la fortuna de verle, como yo deseaba, para darle las gracias por sus eficaces recomendaciones. Le dejé una carta del señor Fernández, en la cual le consultaba no sé qué acerca de las enfermedades de Pepillo, y me fuí en busca de Andrés hacia su tenducho de «La Legalidad». El pobre viejo se olvidó de sus marchantes, saltó por encima del mostrador, y corrió hacia mi, abriendo los brazos. Charló conmigo unos cuantos minutos, y luego me dijo, poniendo su mano en mi cabeza:
--Ya ves, tengo muchos marchantes... y ya lo sabes: el que tenga tienda que la atienda.... Allá te veré.... Esta noche iré a cenar contigo. Vete a pasear... diviértete, que bastante habrás trabajado desde que te fuiste....
Al pasar frente a la botica de Meconio oí que me llamaban. Allí estaban los pedagogos y Ricardo Tejeda. Me fué entrar. Todos se adelantaron a saludarme, menos mi amigo, el cual fingió que estaba muy engolfado en la lectura de «El Montañés». Mancebos y maestros de escuela me veían, de pies a cabeza, se miraban unos a otros, y sonrían maliciosamente. No dejaron de dirigirme algunas bromas.
--Ya es usted charro...--me decía uno de los mancebos.--Todo Villaverde sabe que hace quince días vieron salir, camino de Santa Clara, al ex-covachuelista de Castro Pérez, jinete en un corcel brioso, hecho un caballero andante. ¡Vaya! Dejó la pluma por la reata....
Venegas y Ocaña coreaban con ruidosas carcajadas las bromas del imberbe galeno, y Ricardo seguía abismado en la lectura. Después me hablaron de Gabriela.
--Chico:--repetían--¡lograste lo que deseabas! Estás en la arena y junto al rio.... ¡Buen partido! Te cayó el premio... te casarás.... ¿Cuándo es la boda? ¿Cuándo nos das el gran día?
Me indignaban aquellas burlas; pero rechazarlas enérgicamente habría sido una tontería. Hice risa de mi cólera; me burlé de mí, repitiendo los dichos del boticario, y así logré que se calmara la tempestad. Luego se habló de una compañía dramática, recién llegada, y que esa noche daría su primera función en el Teatro Pancracio de la Vega.
--¿Irás?...--me decían.--¡Buena compañía! Esta noche nos darán «Fe, Esperanza, y Caridad». No queda una butaca; los palcos estarán llenos, y la temporada será magnífica.
En aquellos momentos pasaron frente a nosotros las señoritas Castro Pérez. Entonces empezó la murmuración y el hacer trizas a las pobres muchachas. Ricardo dejó el periódico y salió a la puerta para ver a las señoritas. Las chicas se detuvieron un instante, saludaron, y la rubia exclamó, dirigiéndose a mí:
--¡Rodolfo! (con permiso de los señores).... Acompáñenos hasta la iglesia.... Tenemos que hablar con usted.