Part 16
--No;--me apresuré a contestar--dí motivo para que usted me reprendiera. Tiene usted razón; el deber es lo primero. No, señor: le aseguro que no es esa la causa de mi separación. No gano aquí cuanto necesito, y, como es natural, estoy obligado a procurar que mis tías no carezcan de nada. Tengo empleo en otra parte.... Allí ganaré más.
Encendióse el jurisperito, se irguió en la poltrona, se compuso las gafas, y mirándome por encima de los cristales me dijo desdeñosamente:
--¡Bien! ¡Bien! Y... sepamos, ¿qué empleo es ese? ¿Va usted a meterse a maestro de escuela?
--No, señor.
--Pues, entonces?
--Voy a la hacienda de Santa Clara....
--¡Ya me lo imaginaba! ¡Lo de siempre! ¡Ese Fernández se ha empeñado en quitarme los escribientes! ¡Bien! ¡Bien! Haga usted lo que guste; haga usted lo que mejor le convenga; pero no diga que aquí ha estado usted mal retribuído, ¡porque no es verdad! Nadie ha ganado aquí más que usted. No diré que le pago un capital, ni mucho menos, porque el dinero no cae con la lluvia, pero... es usted soltero, no tiene usted familia, ni obligaciones.... Con lo que tiene usted aquí... ¡le basta y le sobra! ¡Bien! ¡Bien!
Quise replicar, pero me pareció inútil toda aclaración. Castro Pérez prosiguió:
--No estará usted contento en Santa Clara. Lo anuncio desde ahora. Allí, según noticias, se trabaja mucho, ¡mucho!... Usted no tiene costumbre de matarse así, de sol a sol, como un gañán. Aquí está usted mejor; tiene usted tiempo libre para todo.... ¡Hasta para hacer versos! ¡Bien! ¡Bien! ¿Y cuándo se va usted?
--Dentro de quince días.
--¡Eso sí está malo, malísimo! ¡Bien! Se irá usted cuando guste. Hoy mismo llamaré al sustituto. ¡Queda usted libre desde hoy!
--Yo contaba con seguir aquí, al servicio de usted, hasta el día en que debo estar en la hacienda, y he querido....
--No, joven, no; lo que ha de ser tarde que sea temprano.
Me sentí humillado, y callé.
--Vea usted, joven;--agregó con dulzura--quédese usted conmigo.... Le aumentaré los emolumentos; le daré cinco pesos más. ¡Creo que con eso no tendrá usted dificultades!
--¡Imposible, señor! Acepté ya el destino, y no me parece conveniente rehusarle ahora.
--Tiene usted razón. ¡Bien! ¡Bien!
Abrió el cajón de la mesa, sacó un puñado de monedas, me hizo la cuenta, a tanto por día, como a un criado, y me dió unos cuantos duros. De buena gana me hubiera yo negado a recibirlos, a pretexto de generoso desprendimiento, pero aquel dinero me era necesario; era pan y vida alegre para algunos días.
¡Triste condición la del pobre!--pensé.--¡Triste condición la de quién está obligado a servir a otro! Y entonces recordé, uno por uno, todos los malos ratos que había pasado yo en la casa del jurisperito, y en los cuales no reparé nunca, aunque no fueron pocos. Recelos, malos modos, despótico trato, reprensiones inmotivadas, correcciones estúpidas, alardes de ciencia que tenían por objeto mantener un crédito cimentado en arena, y, sobre todo, esa desconfianza ofensiva, insultante, que hay en algunos ricos para con el desgraciado que les sirve y gana poco, de quien se teme todo lo malo, y a quien se puede ultrajar impunemente, pues se sabe que el ultrajado tendrá que callar, porque si habla y replica, y rechaza con noble energía la infame sospecha, se quedará sin el mendrugo diariamente ganado a costa de un trabajo penoso.
Hasta entonces paré mientes en que el pobre, el que vive de un sueldo mezquino, está a merced de quienes le pagan. ¿Qué hará si le echan a la calle? ¿Qué hará, si, lastimado en su honradez y en su dignidad, protesta de su inocencia, y toma el sombrero, y se va? «¡No hará tal!--dice el amo.--¿Qué come mañana? Tiene hijos, esposa...» Y fiado en esto le ultraja y atropella sin piedad.
Pero entonces no había caído en mi corazón ni una gota de hiel. La juventud es generosa, es buena, y no cree, no quiere creer que los demás son o pueden ser malos; piensa que sólo hay corazones nobles y almas bondadosas.
No olvido ni olvidaré jamás que cierto día, en el despacho de Castro Pérez, recibí una buena cantidad en metálico; conté y volví a contar las monedas, las revisé con el mayor cuidado, y estaban completas. Contólas después el jurisperito, y le faltó una. No tardó en salir trémulo y colérico.
--¡Aquí falta dinero!...--prorrumpió en voz alta, delante de Porras y Linares.
Volví a contar el dinero en presencia de todos. ¡Cabalito!
--¡Tiene usted razón!--murmuró don Juan.--¡Usted dispense!
Don Cosme no se dió cuenta de lo que pasaba. Porras me detuvo al paso, y, poniendo sus manos en mis hombros, me dijo dulcemente:
--¡Este hombre no tiene remedio! ¿Quién le manda a usted gastar esas corbatas... tan bonitas¡ ¡Paciencia, joven! ¡Paciencia!
Dieron las seis, recogí algunos papeles que tenía yo en el cajón de la mesa, dí las gracias a Castro Pérez por sus bondades para conmigo, y me lancé a la calle.
XLII
Aquellos veinte días fueron muy amargos para mí. ¡Más de medio mes sin ganar un peso! Nuestros gastos habían subido considerablemente; hubo que pagar a una criada, y fué preciso comprar no sé qué medicinas muy caras que recetó Sarmiento, y vino de suprema clase para la enferma. Andrés, generoso como siempre, acudió en mi auxilio.
--No te aflijas,--me decía,--el tenducho da para mucho. ¡Toma!
Y puso en mis manos un rollo de pesos.
Mi salida de la casa de Castro Pérez, salida que además de enojosa me pareció ofensiva para mi buen nombre, me puso abatido y desalentado.
Todos aquéllos que me veían en la calle, sin ocupación ni empleo, y que antes me vieron en el despacho del abogado, pensarían, sin duda, que Castro Pérez me había despedido por algo vergonzoso. Dime a cavilar en esto, y me resolví a no salir de casa. Me pasaba yo el día leyendo, escribiendo y cuidando del jardín. Las plantas que Angelina y yo habíamos sembrado prosperaban a maravilla; los rosales recobraban su lozano follaje; las violetas macollaban que era una gloria, y el cuadro de «no me olvides» parecía una alfombra de felpa.
Cierto día, aburrido de pasar el tiempo entre cuatro paredes, tomé el sombrero y me fuí de tertulia a la casa de don Procopio. Allí estaban los pedagogos y el P. Solís. No bien me vieron mis críticos se pusieron a sonreir como si de mí se burlaran, como si recordaran que me habían puesto de oro y azul en sus periódicos. Los mancebos que trabajaban detrás del mostrador, el uno triturando cierta sustancia fétida, y el otro copiando una receta, se miraron, se hicieron una seña de inteligencia, que no pasó inadvertida para mí, y de buenas a primeras me preguntaron por qué causa me «había despedido» el jurisconsulto. Dominé la cólera que en mí provocó aquel ataque, que ataque era, y muy audaz, puesto que la palabreja usada era ofensiva, y en pocas palabras, con mucha cortesía, expliqué los motivos de mi separación. Ocaña y Venegas me oyeron con indiferencia, casi con desprecio, pero los boticarios dieron muestras de que se interesaban por mí.
--¡Ya!--exclamó el más parlachín.--¡Ya me lo imaginaba yo! Así son las cosas. Se lo dije a éste y a don Procopio. Me alegro de saber la verdad del caso. Ahora ya no daremos crédito a Ricardo ni a don Juan.
De seguro que uno y otro contaban a su manera lo sucedido, y en perjuicio mío. Pronto supe todo; los chicos de la botica no me ocultaron nada. Ricardito les dijo que el jurisconsulto me había despedido por abuso de confianza; «no lo aseguraba... así lo decían... algo habría de cierto; el dinero es pegajoso; no es difícil que al contarlo se le pasen a uno dos o tres monedas falsas, o, lo que es más fácil todavía, que le falten a uno cinco o... más duros». Pero Ricardo repetía que era yo persona honradísima, incapaz de faltar a la confianza que depositaran en mí; éramos condiscípulos, amigos, y él me defendería contra viento y marea.
Me irritó la maldad de mi amigo, me indignó su hipocresía; pero no había remedio, no le había, era justo que agradeciera yo a mi condiscípulo defensa tan brillante.
Don Juan, interrogado en la botica acerca de la causa de mi separación, se limitó a decir:
--Es muchacho inteligente, trabajador, tiene bonita letra, muy bonita, y aunque de cuando en cuando se le escapan algunas faltas de ortografía, escribe bien, muy bien! No sabía nada cuando entró en mi despacho, y pronto se puso al corriente.
--Bueno,--le replicaron.--¿Entonces... por qué se ha separado de la casa de usted?
Castro no respondió, hizo un gesto, y después de un rato de silencio murmuró:
--¡No me convenía tenerle en casa!...
Todos callaron, y nadie se atrevió a inquirir el motivo de mi separación. Unos pensaron que, sin duda, no veía yo con malos ojos a Teresa o a Luisa; otros que, acaso, no cumplía yo con mis deberes; y todos que.... ¡No me atrevo a repetirlo! Todavía, después de tantos años, ahora que de nadie necesito, ahora que si no soy rico, por lo menos vivo cómoda y decentemente, sin pensar en el dinero para el día de mañana, cuando recuerdo la hipócrita calumnia de Ricardo y las reticencias de don Juan, siento que me ahoga la sangre.
Me retiré de la botica triste y afligido. ¿Y si la calumnia aquella, corriendo de boca en boca, llegaba a oídos del señor Fernández? Este me cerraría las puertas de su casa, me negaría el empleo, ordenaría que me vigilasen los demás empleados.... ¿Y si la calumnia llegaba hasta mis tías?... ¡Las pobrecillas se morirían de pena!
Es la calumnia como los miasmas de los pantanos: se levantan del fango en leve, imperceptible burbuja; se extienden, se difunden, envenenan los aires, y llevan la muerte a todas partes. En todas partes nos acechan: en el aire, en el agua, en los frutos incitantes que esmaltan los follajes, hasta en el aroma de las flores.
Muere el calumniado, pero la calumnia sobrevive, como para perseguir a la víctima hasta más allá de la tumba. La calumnia es la fetidez de las almas corrompidas. El corazón del calumniador es un esterquilinio.
Corrí a mi casa, me encerré en mi cuarto, y me tendí en la cama. Mis sienes ardían; el corazón se me hacía pedazos. Volviéndome y revolviéndome en mi lecho pasé dos o tres horas. ¡Odio, odio terrible, deseos insaciables de venganza, que era preciso satisfacer!... Las pasiones más horrendas se agitaban en mi alma; las tinieblas del mal se agrupaban en torno mío, y al entornar los ojos percibía yo fulgores rojizos, relámpagos de sangre. Aborrecí la vida; maldije de ella; pedí la muerte, quise morir, morir, y no para escapar de mis enemigos, sino para libertarme de aquellas pasiones tempestuosas que entenebrecían mi espíritu y batallaban dentro de mí como legiones de irritados demonios. Pensé con alegría en la muerte. Dulce, amable, consoladora, surgió ante mis ojos como una doncella pálida, de rostro tristemente risueño.... Sin darme cuenta de lo que hacía yo, mis labios repetían estos versos de Leopardi, leídos, pocos días antes, en las notas de un libro francés:
«Solo aspettar sereno Quel di ch'io pieghi addormentato il volto Nel tuo virgineo seno.
XLIII
Entró la noche, llegó la hora de la cena, y tía Pepilla vino en busca mía.
--Muchacho: ¿qué tienes? ¿estás enfermo?
Tocóme en la frente y en las mejillas para ver si tenía yo calentura, y acariciándome dulcemente prosiguió:
--¿Qué te pasa? Dímelo, muchacho, dímelo.... No hay en tu rostro la serenidad de siempre. Algo ha pasado que te apena.... Tú padeces.... ¡Habla, Rorró, habla por Dios! ¿Con quién has de quejarte si no es con nosotras?
--¡Nada, tía, nada!... He dormido toda la tarde, y la modorra me tiene así. ¡Vamos a la mesa!
Salté de la cama, ofrecí mi brazo a la anciana, y paso a paso nos dirigimos al comedor. Afectando la más alta corrección, como la de apuesto caballero que asiste y corteja en un baile a gentilísima dama, bromeaba yo con mi tía:
--Señorita... ¡es usted encantadora! Dígnese usted escucharme. Ya no puedo, ni debo callar.... ¡Amo a usted!... ¡La adoro!
La anciana reía, reía a su sabor, y contestaba a mis requiebros con frases entrecortadas, como si fuera presa de profunda emoción. Al entrar en el comedor, exclamó, deteniéndose y separándose de mí:
--¡Basta! ¡Basta! ¡Eres atroz! Ni de muchacha, hice yo esto.... ¡Suelta! ¡Suelta!
Al sentarme a la mesa oí la voz de Andrés el cual conversaba con la enferma. Hablaba de mi y de mi separación. No tardó en venir a charlar conmigo.
--¿Te vas, no? ¿Cosa decidida?--me dijo ocupando su asiento.--¿Te vas? ¡Me alegro! ¡Me alegro! ¡Mejor! No habías de pasarte lo mejor de la vida escribiendo papelotes en casa de don Juan. En la hacienda estarás muy bien; ganarás buen sueldo, porque ese señor sabe pagar a los que le sirven; vendrás a vernos cada quince días, y todos estaremos muy contentos.
Tía Pepa entraba y salía. En momentos en que no podía oírnos me dijo Andrés:
--Las señoras están muy tristes porque te vas, tan tristes que ni el sol las calienta. Pero no tengas cuidado; no tengas cuidado.... Ya se les pasará la aflicción.
Luego prosiguió en alta voz:
--Oye: ¿y tú no sabes montar a caballo, verdad? Ya me parece que te veo. ¡Qué figura! Como la del P. Solís cuando se va a la dominica.... Mira: procura salir buen charro; tu papá se pintaba para eso, y les daba cartilla a muchos de esos que se la echan de buenos cuando no son más que unos «cachaletes». ¡Cuidado, Rorró! ¡Cuidado, amito! ¡No dejes mal puesto el pabellón! Aprende a sentarte bien en la silla; para que no parezcas colegial o sacristán que va diciendo: «¡Para la misa de doce!».... Pon cuidado; te sientas a plomo, naturalmente, sin echarte ni para atrás ni para adelante; nada de estirar las piernas como un gringo, sueltas, sueltas.... Ya veremos. Si lo haces mal me voy a reír de tí, y te harán burla las muchachas. Procura que si las obras son malas la facha sea buena. ¡Siquiera la facha! ¡Ya me imagino al charro! ¡Ja, ja, ja, ja!
El buen servidor gustaba de bromearse conmigo; se complacía en tratarme como a un niño en quien conviene apagar las llamaradas de una vanidad jactanciosa. Acaso no cuadraban con el carácter de Andrés, grave, formal, modesto, casi adusto, ciertas genialidades y ligerezas del mío. Muy parlachín y comunicativo hasta los diez años, volvíme después huraño, reservadísimo y melancólico. Ya he dicho que la vida del Colegio, áspera, fría, monótona, entenebreció mi espíritu; ahora es bueno apuntar que la excesiva severidad de mis maestros, no siempre oportuna y atinada, me hizo desconfiado y receloso. Recelo y desconfianza inútiles y que nunca me salvaron del egoísmo y de las arterías de amigos y extraños. Me creía yo persona de experiencia, conocedor del mundo, y descubría a todos mi corazón, a nadie ocultaba yo mis sentimientos, y así era yo víctima de todos.
Confieso que el buen servidor con sus burlas y fisgas me hizo rabiar muchas veces. Hería mi vanidad en lo más vivo, lastimaba mi amor propio, y provocaba mi cólera. Sólo el cariño me hacía callar, que si no, habría recibido de su «amito» muy dura reprensión. ¡Pobrecillo! Le hubiera yo matado.
--Bueno;--me dijo ese día, al acabar la cena,--acompáñame. Toma tu sombrero y vente conmigo. Tengo que decirte muchas cosas.
Caminando hacia el Barrio Alto, Andrés a la derecha, yo a la izquierda, conté al buen viejo cuanto me pasaba; los dichos de Castro Pérez, la hipócrita calumnia de Ricardo, y por último, le hablé de mis esperanzas.
--No te apenes;--me decía conmovido--no te apenes que no hay para qué; eso es cosa diaria y corriente en Villaverde. Mira, yo podría estar muy bien en cualquiera parte; entiendo de tabaquería, y muchas veces han querido destinarme... pero no, no quiero, en el tendajón estoy mejor; allí mando yo; y como Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como. ¿Crees tú que todos los amos son como tu padre y tu abuelo? No hagas caso de esos falsos testimonios; no, muchacho, no hagas caso de esas cosas; desprecialas, desprecialas, porque nadie ha de creer en ellas. Y vete, vete a Santa Clara, que allí estarás muy bien. Y, oye: ya que de eso hablamos: ¿tienes plata?
--¿Plata?
--Sí, ¿qué si tienes dinero?
--¿Dinero? Para esta semana, y... ¡nada más! Yo contaba con ganar algo en estos quince días... pero ya lo sabes.... Castro Pérez me obligó....
--Hiciste bien. ¡Bien hecho! ¿De modo que necesitarás algo?
--¡La verdad... sí!--respondí sonrojado.
--No te apures, Rorró. Mientras ganas en tu nuevo destino, no te apures. Además... creo que necesitas ropa para ir a la hacienda. No has de ir vestido de catrín. Ahora arreglaremos eso.
En esto llegamos a la tienda de «La Legalidad». Andrés, abrió la puerta, me hizo pasar, encendió una lámpara, me dejó un rato, y volvió con un rollo de pesos.
--Toma, aquí tienes cuarenta grullos. Con esto basta para que te hagas dos trajes de charro, y para que te compres un sombrero jarano. La ropa.... Mira: de dril. El dril es fresco, y se lava. El sombrero... sencillito. No querias lujos. Para que la ropa salga buena, bien cortada, te recomiendo al sastre que vive aquí, a la vuelta, frente a la iglesia; trabaja bien y es baratero. Yo te daré una pistola para que vayas armado. ¿Entiendes de eso de armas? ¿No? Pues yo te enseñaré. Ahora, en cuanto a tus tías... ¡yo me encargo de todo! Después te tocará a tí. Por ahora, ¡déjame, déjame a mí! Y no vuelvas a pensar en esos chismes. Vete a la hacienda, ya verás. Luego que el señor Fernández te conozca te ha de querer mucho, mucho, porque tú te lo mereces todo. Me das lástima; ¡da lástima que vayas a servir en casa ajena! Yo siempre le pedí a Dios que te librara de eso... pero, ya lo ves, ¡no hay remedio! El dispone otra cosa.
Y esto me lo decía impulsándome a salir, y abriendo la puerta.
--Vete; ya es muy tarde.... Tengo que madrugar.... Mientras tú estás roncando... yo tengo que trabajar en el changarro.
Me despedí del buen anciano, y tomé calle arriba, hasta el cementerio de San Antonio. Subí la escalinata, y de codos en la verja me puse a contemplar la ciudad. La noche estaba obscura; negras nubes ocultaban el horizonte. Apenas se descubrían los picachos de la Sierra, dibujándose sobre un claro de cielo, en el cual centellaban con pálidos fulgores unas cuantas estrellas.
Mi pensamiento voló en busca de mi Angelina.
XLIV
Me levanté muy de mañana, y me pasé las primeras horas en el jardincillo. En los rosales, muy hermosos con su nuevo follaje, aun no brotaban los capullos; pero en el cuadro de «no me olvides», sembrado por Angelina, se abrían las primeras flores.
Había triunfado el amor de la pobre huérfana. Mis plantas, lánguidas y tristes, no florecerían en muchos meses, hasta fines de Abril o principios de Mayo. Las de mi niña pronto estarían engalanadas con todos los primores de la próxima primavera.
De repente me sentí acometido de profunda tristeza. Contemplaba yo las cerúleas florecillas, frescas, lozanas, salpicadas de rocío, y pensaba yo en lo efímero de las esperanzas del hombre. Acaso aquel amor que subyugaba mi alma, aquel sentimiento inefable que ennoblecía mi espíritu y dirigía mis pensamientos hacia los propósitos más nobles, sería pasajero como la vida de aquellas flores que no bien fueran arrancadas del tallo se doblarían pálidas y mustias. ¡Sería cierto que el amor de Angelina estaba destinado a vivir eternamente! ¿Sería verdad lo que me dijo la joven, que pronto la olvidaría?... No, que la amaba yo con todo mi corazón, con toda la energía de mi alma. Pero ¡ay! así amé a Matilde, y aunque no había muerto en mi memoria, y aun vivía en mí su recuerdo dulcísimo, ya no era ¡ay! para el pobre mancebo, que le había jurado amor eterno, el ángel benéfico que a todas partes le seguía, que señoreado de su espíritu fué luz en todas las tinieblas, rumor de fuente en la soledad, iris de bonanza que anuncia, a través del nublado, que la tormenta se aleja, que ha cesado la tempestad. No; Angelina vivía para mi, yo vivía para ella; la desgracia y el amor habían unido nuestras almas, almas hermanas, nacidas una para otra, creadas para formar una sola:
«Dos almas con un mismo pensamiento Y palpitando acorde el corazón».
Sentado al pie de aquel naranjo, mudo testigo de nuestro amor, pensaba yo en Angelina, cuando llamaron a la puerta.
Presentí que alguien me traía noticias de mi amada y acudí presuroso. No me había engañado el corazón. Era el caballerango del P. Herrera.
--Aquí tiene usted...--me dijo, sin bajarse del caballo,--esta cajita y estas cartas. Volveré mañana por la contestación. ¡Cartas de Angelina! Una para mis tías; otra para mí.
Corrí a mi cuarto y cerré la puerta. Deseaba estar solo, solo....
«Ya comprenderás--me decía la niña--cuan grata fué tu carta para mí. ¡Qué ansia! ¡Qué impaciencia! Toda la noche estuve pensando en la llegada del mozo, hasta que al fín me quedé dormida. ¡Soñé contigo! Soñé que estaba yo en Villaverde, en tu casa y cerca de tí. Tú leías y yo estaba pintando pétalos de rosa. De pronto cerraste el libro, lo pusiste en la mesa, y pasito a pasito te acercaste a mí, hasta reclinarte en el respaldo del sillón.... Entonces... (como aquella noche ¿te acuerdas?) me dijiste quedito: «¡Angelina.... Angelina... te amo!» Y desperté. Desperté llorosa y apenada, como si ya no me quisieras, como si no hubiera de verte más. Pero ¿verdad que no me olvidas; verdad que a todas horas piensas en mí? ¿No es cierto que estoy siempre en tu memoria? La semana pasada salimos a pasear. La tarde estaba lindísima.... ¡Qué cielo! ¡Qué nubes! ¡Qué celajes! ¡Qué colores tan hermosos los del horizonte al ponerse el sol! Papá me dijo: «Muñeca: ¿quieres venir conmigo?» Lo dije que sí. Salimos hasta el principio de la cuesta, y allí, en una sabanita, nos detuvimos. Abrió papá el breviario y se puso a rezar maitines. Yo me fui a lo largo de una milpa. Crecen entre los surcos ciertas plantas que dan unas flores como margaritas, y yo corté muchas, muchas, tantas que ya no me cabían en el delantal; luego me senté en una roca, y, acordándome de un poema que tú me leíste, me entretuve en preguntar a las flores si me querías. Deshojé todas, y todas me decían, con el último pétalo, que me quieres... «¡mucho!»... «¡mucho!» Ya no tengo ratos de tristeza, ya no. Estoy muy contenta y muy segura de tu cariño. Perdóname; perdóname si alguna vez he dudado de tu constancia y de tu fidelidad.
«Pero a todo esto no te he dicho cómo recibí tu carta. No pude ir hasta el rancho de los Ocotes para encontrar al mozo y me conformé con aguardarle en el corredor. Yo esperaba que papá, no estuviera presente, pero sí estuvo. ¡Qué miedo, Rorro! ¡Qué miedo!. El mozo que llega, y papá que sale. El recibió el paquete, lo abrió, tomó sus cartas y me dio las mías, sin decir palabra. Después no me preguntó nada. Yo me apresuré a leer la carta de doña Pepita. ¡Qué larga se me hizo la velada! Al fin me vi sola en mi cuarto, y entonces leí, y releí, y volví a leer tu cartita. ¿Por qué eres tan perezoso a tu Linilla? ¡Seis plieguitos! ¿No es cierto que ahora será más? Si no es así, voy a castigarte. Y ya verás: una hojita... y... ¡será mucho!