Part 13
--Le traeré yo, si no está con el reuma; le traeré yo, y estará muy contento, y para que no tenga que salir a la calle a media noche dormirá aquí. Angelina y él serán los padrinos.... ¿Se aprueba lo que propongo? ¿Sí? Pues.... ¡Aprobado!
¡Qué gratamente que pasamos la noche! A medio día ya estaba listo el nacimiento. El cariño de las tías había conservado mis juguetes, y con ellos bastó y sobró para el nacimiento. Me sentí un chiquillo, como si tuviera yo seis años, a la vista de objetos que fueron para mí, en mejores días, motivo de fiesta y diversión. Con qué cuidado saqué de la gran caja, uno por uno, temeroso de romperlos, aquella multitud de zagalas y rabadanes que tejían danzas cerca del portal, y aquellos magos que seguidos de criados y soldados, tan suntuosos de vestidos como sus señores, y jinetes en caballos, elefantes y camellos, debían ser lo más lindo de aquel belén que tendría chozas y palacios, caminos de hierro y barcos de vapor, volcanes nevados, cascadas de brea, lagunas de cristal pobladas de ánades y garzas, catedrales y mezquitas, feroces beduinos y apuestos charros mexicanos que perseguían con el lazo al aire las reses montaraces. El portal.... ¡Qué portal! ¡Una maravilla!
Fué obra de tía Carmen: era un portal lindísimo, de cristal, con estrellas, soles y cometas, y ángeles, y serafines, y arcángeles que tenían en las manos bandas de seda con letreros dorados que decían: «Gloria in excelsis Deo». Mi tía Carmen le hizo con prismas y candeleros de cristal, y fué el encanto de cuantos le vieron. La enferma no pudo esta vez ponerse a la obra, pero la dirigió, y todo salió a medida del deseo. Desde su sillón atendió a todo. Todo estaba listo al fin del día, y el regocijo era general. Desde tía Carmen hasta señora Juana todos parecían niños en aquella casita. Angelina estaba atareada, friendo los buñuelos, y tía Pepilla iba y venía más alegre que una sonaja. De cuando en cuando nos asaltaba el temor de que la enferma tuviera un ataque, y esto malograra nuestra fiesta, pero felizmente no sucedió así. A las seis salí en busca de don Román. El pobre viejo se envolvió en su raída capa, se apoyó en mi brazo, y, pian pianito, hasta la casa. El pobrecillo vino muy cargado: traía algunas libras de confites, para obsequiarnos. Era el padrino, y debía hacerlo.
A las ocho ya estábamos en la mesa. La enferma accedió a nuestro deseo y vino a presidir el banquete. Al lado de ella se colocó don Román, en el otro tía Pepilla y Andrés. Angelina y yo ocupamos el lugar acostumbrado. Pocos platillos: rica sopa de almendra, «sopa de la pelea pasada», como decía don. Román; un plato de pescado, el afamado «bobo» de los ríos veracruzanos, con la ensalada del día: lechuga con aceite y vinagre y algunos rabanillos, los precoces purpurados de la hortaliza, chiquitines, rechonchos, enredándose en los anillos de la bien desflemada cebolla; fríjoles, (cómo habían de faltar) buñuelos de arroz, los más exquisitos a juicio de las tías, y una tacita de té. No faltó el vino, un par de botellas, obsequio del doctor Sarmiento, escondidas dos o tres años en el fondo de una cómoda.
Reiamos, charlamos, recordaron los viejos sus buenos tiempos, hablamos los jóvenes de nuestra dicha, y la velada se pasó del modo más alegre.
A las diez y media, cuando los campanarios de Villaverde soltaron el primer repique, encendimos el nacimiento, y los padrinos acostaron el niño en su lecho de pajas. Andrés quemó en el patio una docena de cohetes, y el pomposísimo distribuyó sus cucuruchos de confites.
--Ustedes perdonarán la cortedad... pero... ¡los tiempos no están para lujos!
Y agregaba:
--Dios pagará a ustedes este buen rato.... ¡De veras, de veras, si me parece que tengo veinte años!
Angelina y tía Pepilla nos dejaron para atender a la anciana que ya suspiraba por su lecho; don Román buscó el suyo, y Andrés se quedó conmigo en espera de Angelina y de mi tía que irían con nosotros a la misa del gallo. No tardaron en volver.
--¡Vámonos, vámonos,--murmuraba la anciana--que pronto darán las doce! ¡A misa, niños! ¡A misa, Andrés!.... ¡Fiesta completa!
¡Inolvidable Noche Buena! ¡Qué poco necesita el hombre para ser feliz!
XXXI
Por aquellos días recibió Angelina una carta del P. Herrera. En ella le anunciaba que pasadas las fiestas de Navidad le tendría en Villaverde.
«Allá voy, muñeca;--le decía--es justo que después de los trabajos y fatigas del Adviento me dé yo mis verdes. Viejo y enfermo, este pobre cura todavía tiene ganas de subir y bajar. Además, ¡me muero por ver a mi Linilla! Buena falta me haces aquí. Francisca ya no sirve para nada; cada día está más chocha, y todo se le va en gruñir y regañar. Ni yo me escapo. El otro día me echó una loa que ni aquellas con que los inditos te hicieron reir tanto en la fiesta de Xochiapan. La pobre Francisca está más vieja que yo, y ya es tiempo de ello; tiene largos los setenta y cinco, y ha trabajado mucho. Ya es fuerza que descanse. Si tú estuvieras aquí sería otra cosa; ya sabes cuánto te quiere; habría menos gruñidos y menos regaños; los altares tendrían manteles limpios, y las albas menos rasgones; me leerías algo todas las noches, aunque fuera para que los libros no se estuvieran arrumbados en el armario; jugaríamos un partido de ajedrez, y la vida de este cura sería menos fastidiosa en este destierro. Por aquí todo está tranquilo; ni asaltos, ni robos, ni temores de «bola». Me quieren mucho «ciertos bichos» que tú sabes, y no hay temor de que me den un mal rato. Tan seguro estoy de ello, que casi, casi me resuelvo a que te vengas al pueblo. Pienso en ello mucho; seguiré pensándolo, y ¡Dios dirá! Por ahora ve disponiéndome el cuartito; no te metas en lavaduras de suelo, y mientras nos vemos y te doy un abrazo recibe la bendición de este pobre viejo».
Cuando Angelina leyó esta carta se puso pensativa y triste.
--Temo separarme de tí, Rorró. Pero ¡qué he de hacer! No necesito que él me lo diga; comprendo muy bien que hago falta. ¿Te figuras cómo estará aquella casa? Ya me la imagino, desaseada, inmunda. Señora Francisca ya no está para fiestas, y mi deber, mi obligación es estar allá, con el santo anciano que tanto necesita de quien le vea y le mime. Bueno, es cierto, hago falta allá... pero... aquí ¿quién cuidará de tu tia? ¿Doña Pepita? La pobrecita ya no puede.... Sólo de pensar en eso me apeno y me aflijo. Yo sé muy bien que si le digo al señor cura que no quiero ir, no me lo exige, pero....
--Haz lo que él te diga.
--¿Y te dejo, y me separo de tí? ¿Quieres que me vaya?
--No, Linilla mía; pero lo primero es lo primero.
--¡Si no puedo creer en esta separación! ¡Si nunca pensé en ella!... La vida lejos de tí no será vida, no, sino agonía lenta, horrible, desesperante.... Pienso que puedo separarme de tí, y siento que se me hace pedazos el corazón.
--Piensa que tu deber es cuidar del pobre anciano. ¿No te dice claro en esa carta, que si tú estuvieras allá su vida sería más alegre? Pues obedécele sin chistar. ¡No temas por tía Carmen!... Cuanto a mí... cualquier día, el mejor día, tendré que dejarlas....
-Razón de más para que no me separe de ellas....
--No, Linilla; yo te lo agradezco, ganas mucho en mi cariño, pero antes que yo y que mis tías está tu protector, tu padre, que padre ha sido para tí ese buen anciano.
--¡Tienes razón. Será lo que Dios quiera, lo que Dios quiera! Ya no me verás triste. Si el señor cura dice: vámonos,--me iré, y me separaré de tí muy contenta, muy alegre. Ya lo verás: no lloraré; ni una lágrima saldrá de mis ojos, y eso que parezco una chiquitina, y por cualquiera cosa ya estoy llorando.... ¿Me escribirás? Cada semana, todos los días si es posible.... Yo también te escribiré.... ¿Me darás tu retrato? ¿Irás a verme? ¡Con qué ansia he de esperar tus cartas! Y las leeré muchas veces, muchas, hasta que me las aprenda de memoria....
--Y yo, Linilla, no baré más que pensar en ti; pensar en la muñequita, que estará triste, tristísima, porque ¡vive lejos de su Rodolfo!
--Y no pensarás en otra, y no verás a otras muchachas, porque yo lo sabré.... Y no irás a la Plaza a oir a Gabrielita....
--¡Linilla! No pienses mal de mí....
--Gabriela es guapa, elegante, y qué cosa más fácil que tú....
--¡Me enojo, Linilla!...
--¡No; es pura chanza!... Pero, seriamente: ¿verdad que no pensarás en otra, aunque sea linda, hermosa, mejor que yo?
--Te lo juro, Angelina....
Un campanillazo la separó de mí, y yo tomé el sombrero y me fuí a la casa de Castro Pérez.
Aun no llegaba el jurisperito. En la puerta estaban, las señoritas. Salían de arreglar el despacho. Al verme se detuvieron a charlar conmigo.
--Tarde viene usted....
--¿Tarde? Acaban de dar las nueve....
--No, no es tarde;--me dijo la menor, Teresa, una rubia desabrida y vana,--nunca es tarde para los enamorados....
--¡Cállate! ¡Cállate mujer!--¡Qué dirá el señor!--exclamó su hermana, la pianista, una morena vivaracha y parlera.
--Déjela usted, Luisa.... ¡Que diga lo que quiera!... Veamos: ¿a qué viene eso de los enamorados?
Me pareció que habían adivinado mi secreto, lo cual, aunque en cierto modo me contrariaba, tenía para mí algo halagador.
--¿Quiere usted--replicó la rubia--que le endulcemos el oído?
--¡Jesús, mujer!--volvió a exclamar hipócritamente la morena.--¡Qué libertades gastas!
La chiquilla se echó a reir.
--Yo no quiero nada, señorita...--respondí.
A lo cual contestó:
--Como al señor le ha dado por la música.... ¡Así lo cuenta en todo Villaverde!
--¡Cuentan en Villaverde tantas cosas! Sí; me gusta la música... desde que oí tocar a Luisa.
La morena se sonrojó. Teresa se soltó diciendo:
--¡Adiós! Pues ¡no sé cómo, porque ésta toca muy mal! Tocar bien, como una profesora.... Venga usted acá,--y me sacó hasta el zaguán--venga.
--¿Ve usted aquella casa, aquella, la nueva, la que está pintada de gris? Pues ahí vive una persona que toca mejor que Luisa.... ¿No lo sabía usted?
--¡Ah! Sí, la señorita Fernández.
--¡Sí! ¡Esa!...--murmuró maliciosamente la parlanchina.
--¿Y qué?
--¿Qué?
--La señorita Fernández...--repitió con mucha sorna la morena.
--¿Por qué lo niega usted?--dijo la rubia.--¿Qué tiene eso de malo?
--Señoritas, ¡si yo no niego, ni afirmo!...
--¡Sí niega!--exclamaron a una.
--No acierto a comprender a ustedes....
La parlanchina me miró de hito en hito, hasta que no pudo más, y riendo me dijo:
--Vaya, pues, como usted no ha de confesarlo, se lo diré: ya sabemos que usted es novio de Gabriela Fernández.
--Están ustedes engañadas....
--Vea usted que nos lo dijo persona que lo sabe.
--¡Pues no es verdad!
Iba a contestarme cuando apareció al fin de la calle mi señor don Juan. Vióle la rubia y dió el grito de alarma:
--¡Ahí viene papá!
Y las muchachas echaron a correr.
XXXII
Despidióse el año, como suele despedirse en Villaverde y en la vecina Pluviosilla, con nieblas y brumas. Montañas y valles permanecen velados durante algunas semanas, y sólo de cuando en cuando, de mañanita, asoma el sol su rostro paliducho a través de las gasas, como para decir a los villaverdinos que no ha muerto, que ya le tendrán, el mejor día, muy guapo y rozagante.
Acabó Diciembre, nos dijo adiós, y se fué, casi sin ser visto, mientras la gente corría hacia los templos a dar gracias, a pedir mercedes para el año nuevo, o se entretenía, alegre y divertida, jugándose los cuartos en polacas y loterías. Desde la noche de Navidad no fuí a la Plaza. No tardaría en llegar el P. Herrera, y, como era posible que Angelina se fuera con él, quería yo gozar de los pocos días de felicidad que me quedaban. La pobre niña no volvió a hablar de viaje. Se apresuró a disponer la recámara de su protector. Convinimos en que mi habitación era la más cómoda, y, aunque las tías se empeñaron en dejarle la suya, decidióse que el huésped ocupara la mía. En dos por tres quedó arreglada y lista, con su cama que alheaba, y su escritorio, y su lavabo, y cuanto era indispensable. Nada faltaba allí, ni el reclinatorio. El P. Solís nos prestó uno muy elegante, con un crucifijo muy devoto.
--Venga a cualquiera hora;--decía la joven--¡que venga, que todo está listo!
Linilla sonreía alegremente, pensando en la próxima llegada de su protector; pero no podía disimular su tristeza. A cada rato bajaba los ojos, y se ponía pensativa y suspiradora. La atormentaba, sin duda, la idea de que iba a separarse de la enferma, y como si quisiera dejarle grato recuerdo de sus cuidados, la pobre niña se extremaba en todo cuanto a la anciana se refería.
--¿No lo ves, Rorró?--solía decirme al oído la tía Pepa.--¿No lo ves? ¡Esta niña es un ángel! ¡Mira, mira cómo atiende a tu tía!... ¡Qué mimos! ¡Qué paciencia!
No sólo Angelina estaba triste; yo lo estaba también. Sólo de recordar que se iba se me oprimía el corazón, se me obscurecía el mundo. ¿Qué haría yo sin ella? ¿Qué sería de mí sin la palabra consoladora de Angelina? Ella era la única que poseía el secreto de mis tristezas; sólo ella sabía darme aliento y ánimo.
Frecuentemente me encerraba yo en mi recámara para dar rienda suelta a mis cavilaciones y melancolías. Allí pasaba yo horas y horas.
--¿Estás enfermo?--me preguntaban las tías.--Di que tienes....
«¡Vaya si soy desgraciado!--pensaba yo, tendido en el lecho.--Llegué a mi casa descorazonado y abatido, y cuando creía encontrar aquí dichas y alegrías, no hallé más que penas y tristezas. Angelina ha sido para mí como un ángel salvador. A ella he confiado mis pesares; en ella he puesto mi cariño; me amó, me ama, y cuando su amor iluminaba mi alma con celestes claridades; cuando de ella recibía mi corazón vigor y fortaleza, se va, y me deja.... Se irá, y en esta casa se acabará toda alegría.... ¡Adiós amorosas platicas! ¡Adiós gratas lecturas! Las plantas que los dos hemos sembrado prosperarán, se cubrirán de follaje, se llenarán de flores.... ¡Y Linilla no las verá!...» Y volviendo a mi manía poética me daba yo a repetir aquello de nuestro Carpio:
«De qué me sirven los jacintos rojos, el lirio azul y el loto de la fuente....
Pero Angelina no se olvidará de mí; ni yo la olvidaré; me escribirá, y le escribiré, cada semana... ¡todos los días! Pero ¡ay! no la veré en muchos meses, tal vez en muchos años, porque al P. Herrera no le gusta separarse de su parroquia. Puede suceder que Linilla no me escriba; no habrá quién traiga las cartas, y pasarán días y más días, y yo... ¡sin saber de Angelina!»
A decir verdad, estaba yo enamorado como un loco. No era mi amor aquel amor de niño, tímido, vago, ensoñador, que me inspiró Matilde; cariño melancólico, nacido en un juego, alimentado por las predilecciones de una chiquilla graciosa y admirada, y breve y fugitivo en sus anhelos; dulce amor que dulcificó la vida del pobre estudiante; pálido fulgor de la aurora juvenil que inundó de reflejos primaverales los claustros solitarios de un colegio sombrío; amor que no conseguí arrancar de mi alma en muchos años; que aun suele estremecer mi corazón, porque ni atrevidos devaneos, lograron aniquilarle en mí. Ahora todavía, después de tantos años, suspiro a veces por la donairosa niña, objeto de mi primer amor. Matilde ha sido, viva y muerta, temida rival para cuantas me amado. Su nombre se me ha escapado de los labios, involuntariamente, cuando iba yo a decir el de otra mujer, y acaso sea el último que salga de mi boca a la hora de morir.
El amor que Angelina me inspiraba no era ese que nos promete dichas y venturas, lisonjeando nuestra vanidad, halagando nuestro orgullo, y despertando risueñas esperanzas; ni ese otro abrasador, apasionado, que nos encadena a las plantas de soberbia beldad, sumisos a su capricho, esclavos de su hermosura, desesperados si nos desdeña, locos de felicidad si nos favorece con una sonrisa. No; era purísimo y desinteresado afecto; sentimiento de profundo dolor que sólo parece traer desgracias, que sólo nace y vive para llorar, y que libre de sensuales impurezas es una eterna aspiración al cielo. Amaba yo a Angelina, la amaba con toda el alma, y no por hermosa, sino por buena y desgraciada. Creía yo que mi madre bendecía desde el cielo aquellos amores sencillos, puros, inmaculados como el lirio silvestre que abre su nítida corola al borde de un abismo, entre los iris de espumosa cascada, allí donde no ha de tocarle la mano del hombre. Amaba yo a Angelina, y quería yo ser digno de ella, para que la pobre huérfana compartiera conmigo sus desgracias y su orfandad, y tuviera en mí un amigo, un hermano, un compañero de infortunios. Acaso algún día, andando el tiempo, se mudaría mi suerte, y me sería dable ofrecerle cuanto el hombre gusta de poner a los pies de la mujer amada.
Pero hasta allá no iban mis deseos sino vagamente. Amor, abnegación, sacrificio; estos eran los móviles de mi cariño, nobilísimos sin duda, y que no han vuelto a conmover mi corazón. Después... he amado, he amado muchas veces, pero nunca, como entonces, me he sentido capaz de tamaños heroismos.
¡Romanticismo! ¡Locura!--exclamarán muchos al leer estas páginas.--¡Idealismo!--dirán los desengañados, los hijos de esta generación egoísta y sensual. Pero aquellos que hace cinco lustros eran jóvenes, esos dirán que los mozos de entonces eran más felices que los de ahora; que aquella juventud aparentemente melancólica, plañidera y sentimental, valía más por la pureza del sentimiento y la hidalguía del corazón, que ésta de los actuales tiempos, tan alegre al parecer, y en realidad tan triste y desconsoladora, precozmente envejecida y prematuramente codiciosa.
XXXIII
Le ví desde la ventana del despacho, a eso de las diez, jinete en una soberbia mula de magnífico andar. ¡Qué bien que se sostenía el anciano en su caballería! De fijo que el P. Herrera fué todo un charro allá en sus mocedades. ¡Vaya con el simpático viejecillo! Al verle con su blusa blanca que dejaba ver los pliegues de la recogida sotana, con el sombrero de jipi, el paño de sol y el abierto paraguas, se me antojó el tipo más hermoso del cura de aldea. Pálido y expresivo el rostro, naricilla aguileña y muy dulces los azules ojos, el buen sacerdote me cayó en gracia. Seguíale, a guisa de caballerango, un muchacho trigueño, guapo y bien dispuesto, de pantalón ceñido y jarano galoneado, que, por lo arrestado y vigoroso, contrastaba singularmente con el aspecto manso y bondadoso del clérigo.
Iban lentamente. Tal vez habían pernoctado en alguna hacienda, de donde salieron a la madrugada, para llegar temprano a Villaverde. Atravesaron la Plaza con dirección a la Parroquia. No tardé en oír una campanilla que llamaba a misa.
Hasta entonces, fuera porque eso halagaba mis deseos, fuera porque la carta del P. Herrera no era terminante, me había parecido mentira el temido viaje de la joven; pero al ver al clérigo me dio un vuelco el corazón, como si alguno me dijera: «¡Tu Linilla se va!...» Se iría, sin duda. El cura estaba ya muy viejo, no le faltarían los achaques de la edad, y nada más justo que Angelina estuviese a su lado. Tiré la pluma, crucé los brazos sobre la mesa, y me puse a pensar, desalentado y triste, en la partida de la joven. Por fortuna llegó Castro Pérez, y fué preciso ponerse a trabajar. Dos o tres veces escribí una palabra por otra; eché a perder una hoja de papel sellado, y estaba yo a punto de decir: «¡No sigo escribiendo! ¡Estoy enfermo!...» cuando dio la una.
Corrí a la casa. El P. Herrera conversaba en la sala con mis tías, y Angelina arreglaba la mesa en el comedor.
No me sintió al llegar; me tenía a su lado y no me había visto. Me acerqué de puntillas y le tapé el rostro con mi pañuelo.
--¡Jesús!--exclamó.--¡Qué susto me has dado! Ya vino papá... ya vino... y....
--¿Y qué?--pregunté ansioso.
--Dice que viene por mí; que está enfermo; que señora Francisca está más chocha cada día.... En fin, que el viernes nos iremos....
--Y tú... ¡contenta como una sonaja!... ¿no es verdad?
--¿Contenta yo? Sí; tienes razón. Quiero irme para no verte, para olvidarte... porque te odio, ¡te aborrezco!...
Luego, agregó en tono de regaño:
--Vaya usted a la sala: vaya usted a saludar al señor cura. Ya preguntó por usted.
--¿Preguntó por mí?
--Sí; quiere conocer esta buena alhaja.
Y cambiando de acento, festiva y urgente:
--¡Anda, anda! Te verían entrar y dirán que estás aquí, charlando conmigo. Déjame, que deseo acabar.
Fuí a la sala. Allí estaban mis tías. Después de la presentación oí con espanto que Angelina no me había engañado. El anciano tenía resuelto llevársela. Lamentaba la separación, porque, al fin, la «muñeca» estaba allí muy bien. Pero hacía falta, hacía falta en la casa cural.
--Ya estoy viejo,--repetía el sacerdote--el mejor día me da un supiritaco y no tengo quien me vea.... Pancha está peor que yo....
Mis tías lamentaban la ida de la joven, pero no se atrevieron a contrariar al padre. Se limitaron a rogarle que la trajese de cuando en cuando.
El buen señor me trató con mucho cariño. Cuando supo que no volvería yo al colegio, exclamó:
--¡Qué se ha de hacer! ¡Conformarse con la voluntad de Dios! ¿Cuándo me mandan ustedes a este muchacho?... Que vaya a pasar conmigo algunos días. Le mandamos la mula; sale temprano de aquí, y en la noche estará con nosotros.
Acepté la invitación.
--Cualquier día, señor cura... tendré mucho gusto....
Angelina se presentó en la sala.
--¡A comer, papá! ¡Vamos, que sólo tiene usted en el estómago una taza de té!
--Vamos, «muñeca», vamos;--contestó lentamente, levantándose del sillón--dame tu brazo.... Ya tu papá está muy cascado.... ¡Ha trabajado mucho!... Los años no pasan así, como quiera, sin estropear a uno....
Entre tía Pepa y yo llevamos a la enferma a su cuarto. No quiso ir al comedor.
--No estoy para eso.... ¿No ven que he vuelto a la primera edad y que tengo que comer por mano ajena?
Angelina parecía haberse olvidado de mí; no me dirigía la palabra, no me miraba, como temerosa de que el anciano sorprendiera nuestro amor. Charlaba alegremente, con ingenuidad de chiquilla, hacía reir al sacerdote, y no cesaba de recordarle cosas y sucesos de otro tiempo.
--Digo bien, digo bien, «muñeca»: cuando estés allá voy a ser otro.... Tendré con quien hablar, con quien reir.... ¡Ya verás que alegría en aquella mesa! Allá no faltará un buen mozo, algún ranchero rico, y te casaré. Don Rodolfo,--agregó, dirigiéndose a mí y desplegando la servilleta, mientras Angelina servía la humeante sopa,--¡queda usted invitado a la boda!
La joven se encendió. El anciano levantó la cara para verla, y continuó:
¡--Nada más que allí no se estilan vestiditos blancos, ni velos, ni coronas de azahares.
Angelina hizo un mohín.
--¿Me quiere usted tener contenta? Pues no le diga usted a su «muñeca» todas esas cosas....
--¡Vaya, vaya! ¿Enojadita estás? Pues, ¡chitón por ahora! Allá, cuando te cases, (que te casarás, porque ya no hay conventos, y tú no tienes cara de monja) no le faltarán al señor cura de San Sebastián algunos durillos para que vayas al altar hecha una princesa. Cuando para hacer rabiar a Pancha le hablo de esto, gruñe no sé qué perrerías, y dice: «¿Casarse la niña? ¡Dios nos ampare! ¡Si no hay gandul que se la merezca!...» ¿Tú qué dices de eso?
--Pues yo digo,--replicó Angelina con viveza,--¡que lo que señora Francisca quiere, es que su Linilla se quede para vestir santos!
Reía el señor cura y reíamos todos. Tía Pepa observaba en mi rostro el efecto que me causaba aquella conversación. Angelina me vió, como diciéndome con los ojos:
--Y tú ¿qué dices?
XXIV
Cayóme en gracia el viejecito. Fino, afable, cortés, jovial, sin llanezas ni bromas de mal gusto, de fácil palabra y amena conversación, el P. Herrera, a pesar de sus años, parecía un mozo por la frescura de sentimientos. Le hallé tal como Angelina me le pintara.