Part 12
De mi casa al despacho de Castro Pérez. Terminado el trabajo, a eso de las cinco, nada de tertulia en la botica, nada de oir tocar a la señorita Fernández. A mi casita, a mi pobre casita, que me parecía un alcázar. Si acaso, y eso de cuando en cuando, a visitar al dómine o a charlar con Andrés. Los domingos, de vuelta de misa, a conversar con las tías y con Angelina, a leer, a escribir....
Por la tarde al patio. La doncella y yo regábamos las plantas, y luego nos instalábamos al pie del naranjo. Cortábamos violetas y rosas, y nos entreteníamos en hacer ramilletes, empeñado cada uno en que el suyo fuese el mejor. Angelina solía tejer unas guirnaldas en que mezclaba los helechos de un modo maravilloso. Gran variedad hay de ellos en Villaverde, y en nuestro jardincillo crecían de los más lindos. Cerca de la fuente, en las piedras, y en los troncos viejos, se daban algunos que parecían plumas, cintas de seda, tiras de raso.
Concluída la obra, corríamos a oir el fallo de las señoras. Para la enferma eran mejores los míos; para tía Pepa los de Angelina eran los más bonitos. El premio de aquellos certámenes florales consistía en un abrazo cariñoso de la infeliz anciana, la cual apenas podía alargar la mano para acariciar al vencedor. Pero siempre había para la joven una frase tierna, un halago de aquellos labios trémulos, a las veces contraídos por una sonrisa de dolor.
Los ramilletes servían después para decorar el altarcito de la Virgen, ante la cual ardía a todas horas una mariposilla. Colocada la ofrenda volvíamos al patio. Entonces Angelina hacía otro ramillete, un ramilletín muy cuco, para que alegrara mi recámara, puesto en una copa de cristal en que nunca faltaban, diamelas, capullos carminados o heliotropos fragantes.
Mientras la joven disponía las flores, fiados en que las tías no podían escucharnos y en que señora Juana había salido, hablábamos de nuestro amor. Las misas de aguinaldo nos dieron ocasión de conversar muy a gusto. Salíamos: tía Pepa nos dejaba atrás, yo daba el brazo a la doncella, y desde la casa hasta la iglesia charlábamos que era una gloria.
Más de una vez supliqué a mi tía que me contara la historia de Angelina; le pedí con insistencia que me refiriera cómo había quedado bajo la protección del P. Herrera, un anciano que a la sazón apacentaba en un pueblecillo de la sierra numerosa grey de labradores; pero la señora callaba, sin que ni ruegos ni súplicas le hicieran abrir los labios.
--Pero, tía:--decíale yo--recuerde usted que a mi llegada, hablando de Angelina, me dijo usted: «yo te diré»....
--¡Para qué!--contestaba.--Es una historia muy triste....
No me causaba extrañeza la singular discreción de mis tías. Así fueron siempre todos los de la familia.
De ciertas cosas no se hablaba en mi casa. Esta reserva les fué perjudicial en ciertas ocasiones. Hasta que cumplí los veinticinco años no supe que mi tío Alberto, un bravo militar que murió en Yucatán víctima del vómito, no era hermano de mi madre.
Mis abuelos le recogieron no sé dónde; le dieron crianza, nombre y carrera, y todos le creían hermano de mis tías. Nadie me contó esa historia. Súpela casualmente. Registrando un estante arrumbado me encontré varios documentos, cartas del abuelito y una copia de su testamento. En ellos leí la historia de mi tío, y pude estimar el alma nobilísima del testador, generosa y desinteresada como pocas. ¡Y vaya si el anciano militar era bueno! ¡Y vaya si era inteligente! ¡Qué cartas tan bien escritas! Tan claros los conceptos como aquella su letra española serena y gallarda.
A decir lo cierto, deseaba yo saber la historia da Angelina, pero no me atreví nunca a hablarle de esto. Ella se adelantó a mis deseos, y una tarde, sentada al pie del naranjo, mientras disponía sobre sus rodillas un haz de violetas, separando las que estaban marchitas y comidas de gusanos, cercenándoles el tallo y hacinándolas en grupos, me dijo:
--Mira, mi Rorró: quiéreme mucho, mucho, como te quiere tu Angelina. Te amo con el amor más grande que puede abrigarse en corazón de mujer; como saben amar los pobres y los desgraciados. ¿Nunca te han contado las desdichas de mi vida? ¿Nunca? Pues si no las sabes, si tus tías no han querido referirte mi historia, óyela de mis labios. Acaso debí contártela antes de dar oídos a tu amor, antes de confesarte mi cariño. Muchas veces he querido hablarte de eso; pero o no he tenido valor para hacerlo, o tú, con tus palabras amorosas, has distraído mi pensamiento. Bueno es que lo sepas todo. Así no podrás decir nunca que te engañé. Yo sé muy bien cuánto vales; que, por mil motivos, eres digno de una mujer que te honre, sin que la historia de su familia, o el origen de la que llegue a ser tu esposa sea obstáculo a tu felicidad; yo bien sé, Rorró, que tu tía, doña Carmelita, desea para tí una mujer de brillante cuna, elegante, hermosa... rica. Nada de esto tengo yo. No sé si soy buena o si soy mala. Me basta saber que te quiero, y que te quiero tanto, que por tí, bien mío, seré capaz del mayor sacrificio. Si te conformas con eso, hoy, mañana, cuando quieras, cuando cambie tu suerte, o en cualquier tiempo, que yo a todo me avengo y no busco riquezas ni lujos, y sólo vivo para amarte, dame tu nombre, seré tu esposa, y viviremos felices. ¿No es cierto, mi Rorró, que basta muy poco para que dos que se aman como nosotros sean dichosos? Oyeme: ¡no te apenes si ves que lloro, y déjame, déjame que te cuente todas las tristezas de mi vida!
Quise ahorrarle aquella pena, y le pedí que habláramos de otra cosa; le rogué que no me atormentara, con aquella narración dolorosa. ¡A qué saber la historia de Angelina! ¿No me bastaba saber que vivía para mí?
--¡No! ¡Me oirás! ¡Me oirás, Rorró! Sé muy bien que voy a darte una pena... pero, óyeme...--Y fingiendo disgusto y como amenazándome, tomó una violeta de larguísimo tallo, y con ella me azotó el rostro cariñosamente, agregando:--Me oirá usted, señor mío, o.... ¡No vuelvo a mirarte así, como a tí te gusta! Así....
Y clavó en mis ojos una mirada apasionada y profunda.
--Te oiré, alma mía,--repuse--si así lo quieres....
La doncella suspiró, quedóse pensativa largo rato, bajó los ojos abatida y triste, y sin mirarme dijo con inmensa ternura:
--¡Así te quiero!
Y siguió sin decir palabra, separando flores y cortando tallos. Le arrebaté las tijeras y el ovillo.
--Habla, Angelina....
--¡Quiera Dios,--replicó--que mi historia no sea para tí causa de pena!
En seguida agregó, variando de tono.
--Dame las tijeras y el ovillo.... Mira que si no me los das no tendrás flores en tu mesa... ¡flores puestas por mí!
Le dí lo que pedía. Al dárselo observé que tenía los ojos arrasados en lágrimas. Quedó silenciosa largo rato, hasta que al fin logró dominar su emoción, y riendo, o fingiendo que reía, como un niño que va a contar un cuento, principió:
--«Está usted para bien saber y yo para mal contar...»
XXVIII
--«Está usted para, bien saber, y... yo para mal contar»... que era yo chirriquitina... así... como ese rosal. Tengo buena memoria, de todo me acuerdo, pero me parece que veo las cosas de ese tiempo como entre sombras, como en el fondo de una calle obscura.... ¡Hace ya tantos años! Recuerdo que vivíamos en una ciudad muy grande, no sé si en Puebla o en México. Acaso en México, porque los edificios eran hermosos y altos, y veía yo desde el balcón muchos coches que iban y venían.
Estábamos, sin duda en la miseria; algunas veces pedía yo pan y no había pan para mí. Mi madre, Dios la tenga en el cielo, me abrazaba y se echaba a llorar: «Linilla,--me decía--Dios nos dará pan; vamos a pedírselo». Y me ponía de rodillas, y me hacía rezar, con las manos juntas sobre el pecho, como un angelito de esos que vimos el otro día en la capilla de San Antonio.
Mi padre era militar, andaba siempre en la guerra, o en conspiraciones, y por eso sus enemigos, los del partido contrario, le perseguían de muerte.
No lo ví más que una sola vez. Habían triunfado los suyos y vino a vernos. Trajo mucho dinero, y nos compró ropa y muebles, y a mí dulces y juguetes, y un rorro muy lindo, de cabellos rubios y ojos azules, que decía «papá y mamá». No he olvidado a mi padre: era un caballero alto, de ojos muy hermosos, con unos bigotes muy retorcidos. Me abrazaba cariñosamente, me besaba, y alzándome exclamaba:--«¡Lina! ¡Linilla! ¿Quién es mi encanto? ¿Quién es mi presea? ¿A quién quiero yo mucho, mucho... ¡mu... cho!»
Pero un día se fué a la guerra.... ¡Siempre la guerra y las revoluciones! Se fué muy de mañana, e iban con él oficiales y soldados. Salimos a decirle adiós. Me tomó en brazos, me besó los ojos, abrazó a mi madre, luego montó a caballo, y nos dijo: «¡Hasta la vista!...» y partió. No volvimos a verle. Tres años duró esa guerra. El estaba en no sé qué Estado lejano, y nosotras nos quedamos esperando su vuelta.
Un día recibió mi madre una carta. Mi padre nos llamaba. Fué preciso obedecerle, y después de vender cuanto teníamos, muebles, ropa, todo lo que había en la casa, emprendimos el viaje, solitas, en un carruaje que daba muchos tumbos y que hacía mucho ruido al rodar en los empedrados. Caminábamos de día y de noche, y sólo nos deteníamos en las posadas para dormir y descansar unas cuantas horas. Antes de amanecer, otra vez al carruaje, otra vez a los caminos desiertos, temerosas de los ladrones. Solíamos pasar por algunos pueblos. El coche se detenía, bajábamos para ir a la fonda, comíamos, y vuelta a caminar. Un día mi mamá se quejó diciendo que le dolía la cabeza. Tenía fiebre, y fué preciso quedarnos en un pueblo, en un mesón. Dormía yo con ella, y recuerdo que ardía en calentura, que su cuerpo quemaba como una brasa. Despertaba yo a media noche, y decía yo: ¡Mamá! ¡Mamá! Y no contestaba, permanecía como muerta. Una vez, viendo que no me respondía, me eché a llorar.... Entonces mi mamá volvió en sí, y me arropó diciendo cosas que yo no entendí, cosas muy raras. Papá me ha contado que mi madre tenía tifo. La mesonera llamó al señor cura, y cuando éste llegó la enferma había perdido el conocimiento. Vino el médico del pueblo y declaró que ya era tarde, ¡que la agonía estaba próxima!
--No vivirá una hora...--dijo.--Padre, ¡póngale los óleos!
--Esta criatura no debe estar aquí...--respondió el sacerdote, poniéndose la estola--¡que la lleven a mi casa!
Yo no quería separarme de allí. Resistí, lloré, sollocé... pero ¡en vano! Era yo una chiquitina de siete años, y, sin embargo, comprendí lo que pasaba: que no volvería a ver a mi madre. Lloraba yo y mis lágrimas eran lágrimas de inmenso dolor. Mi madre se moría; no había de verme más. Me llevaron a la casa cural. Allí nada me divertía ni me consolaba; pasé el día sin comer, huraña, renuente a las atenciones del padre y a los obsequios de una anciana, ama de gobierno de aquella modesta casa. Me acurruqué en el sofá, y allí me rindió el sueño, y de allí me llevaron a la cama. A media noche desperté, llorando, llamando a mi mamá. La anciana vino a verme, me arropó y se estuvo acariciándome hasta que me quedé dormida. A la mañana, apenas abrí los ojos, pregunté por mi madre. Me dijeron que estaba en el cielo. La anciana me lavó, me vistió, y me dió el desayuno. Para distraerme me llevaron a la sala, y me dieron juguetes, muñecos de nacimiento, pastores y pastoras, cabras, ovejas, una casita de cartón, un molino, con su rueda que daba vueltas movida por un chorro de arena.
Cuando el sacerdote volvió de la iglesia me sentó a su lado y me hizo muchas preguntas: «¿Cómo te llamas? ¿Cómo se llama tu mamá? ¿Tienes papá?» No sé lo que respondí.... El señor cura dice que de mis respuestas sacó lo bastante para saber quiénes éramos, quién era mi padre. Encontró en el baúl cartas y papeles, documentos que le dieron noticias acerca de la residencia de mi padre. Le escribió inmediatamente, dándole la fatal noticia; pero la carta no llegó a sus manos. Volvió a escribir y no recibió contestación. El autor de mis días había muerto también. Pereció en una escaramuza. Su cadáver fué arrastrado y paseado como trofeo de gloria, al son de músicas victoriosas, por una soldadesca ebria que celebraba un triunfo inesperado. El señor cura se dirigió entonces a unos parientes míos, los cuales se negaron a recogerme... «No queremos niños»;--le contestaron--«no queremos huérfanos; son ingratos, tarde o temprano dan el pago».
Me han contado que cuando el santo anciano recibió la carta de mis parientes, exclamó: «¡Corazones de piedra! ¡Dios los perdone? ¿El trajo esta niña a mi casa? Pues mía es». Luego me llamó, y tomando entre sus manos mi cabeza, me dijo dulcemente: «Muñeca: desde ahora yo soy tu padre; ¡yo soy tu papá!» «Papá le llamo desde entonces; desde entonces me llama «muñeca». Algunas veces me dice «Linilla», como mis padres me decían.
Angelina había terminado el ramillete, un ramillete de violetas, y me le acercó para que aspirara yo el suave aroma de las flores.
--¿Linilla? ¿Linilla te decían? ¡Pues Linilla he de llamarte yo! Siga el cuento....
--¿Cuento? ¡Historia de dolor!
--Prosigue.
--Así, de ese modo, fui a la casa del padre; padre ha sido para mí, y muy tierno y cariñoso. Lo demás ya lo sabes; te lo habrán dicho tus tías....
--¿Y esa es la triste historia de tu vida? ¿A qué decirme, Linilla mía,--repuse--todo esto que me apena y aflige? ¿A qué poner en duda mi cariño, que en duda le has puesto cuando me desgarrabas el corazón, diciendo que no eras digna de mí? ¿Indigna de mi amor, Linilla mía? ¿Por qué? ¿Porque has sido desgraciada, porque eres huérfana? Al contrario, niña mía: ¿qué mayores motivos para ser amada?
Angelina se quedó cabizbaja, como atormentada por un triste presentimiento, como temerosa de decir algo que la avergonzaba.
--¡Habla!... ¡Contéstame!...
La huérfana callaba, baja la frente, mientras abría con la punta de los dedos el apretado seno de una rosa pálida.
--Linilla... ¡no seas cruel!
Suspiró penosamente, sacudió la cabeza para echar hacia atrás una trenza que le caía sobre el hombro, y murmuró bajito, bajito, tal vez deseosa de no ser oída:
--Aun no he dicho todo... y debo decirlo. ¡Oyeme, por piedad! No quiero decirlo... pero el corazón me grita: ¡Habla! ¡Habla!
--Pues, dímelo!
--Sí, Rodolfo: no soy digna de tí. Tú mismo lo has dicho muchas veces, delante de tus tías, delante de mí.
--¿Yo, Angelina?
--Sí.
--¿Yo?
--Sí, y... ¡cómo me has hecho llorar!
--¿Yo, Angelina?
--Muchas veces. ¡Para qué viniste! ¡Para qué te conocí! Rodolfo: ¿porqué me amas? ¿Porqué te amo yo? ¡Qué de lágrimas me cuesta tu cariño! Mira: si no merezco que me ames, olvídame, olvídame; me iré de aquí, llorando, sí, llorando... pero me iré, a la Sierra, a cualquiera parte.... Tú puedes ser feliz. Apenas empiezas a vivir.... El corazón humano es mudable; llegará día en que me olvides.... ¡Amarás a otra, y serás amado, y serás dichoso!
--Angelina:--repliqué suplicante--¿a qué viene todo eso?
Oyeme: este pobre corazón mío, no había amado nunca: llegué a esta casa y me hablaron de tí; me dijeron que eras huérfano, huérfano como yo, y me fuiste simpático; y me dijeron que eras bueno, muy bueno, y me interesé por tí; leí tus cartas, vi tu retrato, y hallé que eras como yo te había soñado; viniste, y me estremecí al oir tu voz; me hablaste... ¿te acuerdas?... y se ahogó la voz en mi garganta, y palpitó mi corazón trémulo de amor. Después... ¡a qué decirlo!... Me dijiste: «te amo», y quise callar, y no pude; y cuando intente matar tu cariño con una palabra desdeñosa, se abrieron mis labios, y dijeron: «¡yo también te amo!»
--Sí, te amo, Angelina!...
--Oyeme. Me has lastimado el corazón; has entristecido mi alma.... Pero te perdono, te perdono, porque lo has hecho sin saber lo que hacías.... Estoy segura de ello.
--¿Cuándo y cómo?
--Dijiste una vez... y lo has repetido muchas veces... «jamás me casaré con quien no sea digna de mí; y no es digna de ser esposa de un hombre honrado aquélla cuyos padres...» Lo diré de una vez.... La unión de los míos no tuvo la bendición del Cielo.
--¡Perdón!...--murmuré.
La huérfana calló, y de sus ojos húmedos se desprendieron dos lágrimas que cayeron en las violetas como dos gotas de rocío.
--¡Perdón!--repetí, estrechando a la joven entre mis brazos, y atrayendo su gallarda cabeza.--¡Perdóname, Linilla!
Y sobrecogida de espanto me apartó dulcemente.
--¡Cómo no perdonarte! Si te amo con toda el alma.... Ya sabes quien soy.... En mi vida no hay nada que me avergüence... pero en los míos.... ¡Ya lo sabes todo!... Te hice sufrir, ¿verdad? Sí, porque estás llorando.... ¡Perdóname!... Era preciso.. Más tarde habrías dicho que yo te había engañado.
Tomé las manos de la joven y las llevé a mis labios. Ella, sonriendo, las retiró, diciéndome graciosamente:
--«Y el cuento que entró por un caminito de plata salió por un caminito de oro».
XXIX
La revelación de Angelina me dejó triste, abatido, avergonzado. Entonces me dí cuenta de ciertas melancolías de la niña, cuando yo hablaba de bodas y noviazgos. Me propuse calmar el ánimo de la doncella, quitarle, en cuanto fuera posible, la mala impresión que mi ligereza y mis imprudentes palabras le habían causado, y lo conseguí. Le hice ver que mi poca reflexión no debía ser motivo de disgusto, y puse todo mi empeño en que comprendiera que cuanto yo había dicho no era más que la repetición de opiniones leídas en no sé qué libro, oídas a no sé qué personas. Nunca pensé que hería a Angelina en lo más vivo; jamás pude imaginar que la pobre niña supiese la historia de su infeliz madre. Yo también la ignoraba, por culpa de mi tía, quien siempre se rehusó a contarme cómo y de qué manera fué Angelina a la casa del P. Herrera, del cariñoso anciano, del santo sacerdote que veía, y con razón, en su hija adoptiva, un ángel bajado del cielo para alegrar las tristes horas de su vida rural. Y no me costó poco trabajo conseguir que mi amada olvidara mis dichos inoportunos y crueles. Fallos, juicios y opiniones oímos en el mundo que nos parecen atinados y justos, y los acogemos ligeramente, los repetimos, los hacemos nuestros, y suele suceder que más tarde caemos en la cuenta de que hemos repetido una tontería.
Linilla--así la llamé en lo de adelante--no volvió a tocar el punto, y siempre se mostró conmigo afable y satisfecha. No salía yo a la calle más que a las horas de trabajo, y al volver del despacho me pasaba las horas al lado de la huérfana, cada día más enamorado de ella. Una o dos veces, en toda la temporada, fui a las rifas de Navidad, que congregaban todas las noches en la Plaza a los pacíficos habitantes de Villaverde. Ni juegos ni músicas me eran gratos; no paraba yo atención en la hermosura de mis paisanas, ni en la elegancia y gallardía de Gabriela.
--¿No vas a las rifas?--decían mis tías.
--No me divierto; prefiero quedarme en casa, leyendo o conversando con ustedes.
--¡No pareces muchacho, Rorró!...--replicaba la enferma.
--Todos los jóvenes de tu edad se perecen por ir allá;--decía tía Pepa--sólo tú, como un viejo chocho, te estás entre las cuatro paredes.
Allí estaba yo bien, cerca de Angelina. No me cansaba de mirarla: cada palabra suya era para mí un poema. Era yo muy dichoso. ¡Qué mayor ventura que no separarme de su lado!
Uno de los boticarios puso a mi disposición todos sus libros, doscientos o trescientos volúmenes de versos y novelas. Entonces leí mucho, en voz alta, mientras trabajaban Angelina y mi tía; entonces hice muchos versos, muchos, diariamente. Angelina era en ellos celebrada con un calor y un entusiasmo tales que la buena niña se sonrojaba al oírlos.
--No digas esas cosas, Rorró,--solía decirme,--porque no las creo. ¡Si me pintas hermosa y gallarda como una virgen de Murillo! Dime en prosa, aquí, hablándome, que me amas mucho, mucho, y me tendrás contenta, satisfecha y feliz.
Angelina no era hermosa como una virgen de Murillo, pero sí lo era como alguna de Rafael, como la Madona de la silla. No puedo ver el famoso cuadro sin recordar a la doncella. Idéntico el óvalo del rostro, y la sonrisa, y la mirada, y los labios dulcemente expresivos.
A las veces, después de pasar en mi cuarto largas horas, salía yo con el papel en la mano, aprovechando el momento en que Angelina se quedaba sola.
--¿Versos? ¿Versos para mí, no es eso?
Y me los arrebataba; los leía en voz baja, sonriente y ruborosa, mientras yo, colocado a su espalda, la iba siguiendo en la lectura.
--¡Bonitos!--exclamaba.--Pero todas estas cosas me gustan más cuando me las dices sin pensarlas. No sé por qué, pero los versos me parecen siempre ¡graciosas mentiras!
Doblaba la hoja, se la guardaba, y me señalaba un asiento:
--Aquí, cerca de mí. Dime, Rorró: ¿me quieres así, tanto como dices, como yo te quiero a tí?
Comenzaba la conversación, y seguía, y pasaba el tiempo, y no sentíamos correr las horas, felices, dichosos, con la dicha de los que aman y son amados.
Nos dio por la jardinería. Preparamos los cuadros y sembramos rosales, claveles, lirios, azucenas, que nos prometían para la próxima primavera abundantes flores. Plantamos en torno de la fuente la flor preferida, la encantadora florecilla azul, la dulce myosotis, tan querida de los enamorados.
¡Qué cuidado con nuestras plantas! ¡Qué deseo de que florecieran pronto! Dividimos los arriates en dos partes. Linilla sembraba una, yo la otra.
--¿Dónde brotará la primera flor? ¿En mis cuadros o en los tuyos?
--En los míos, porque ¡yo te quiero más que tú a mí!
--No; en los tuyos no será porque no me quieres como yo te quiero....
--Ya lo verás.
--Ya lo veremos.
El amor y la dicha de ser amada embellecían a la joven. Nunca más hermosa. Su pálido rostro tomó suaves tintas de rosa; sus labios, antes descoloridos, se encendieron, y sus negros y brillantes ojos fulguraban, húmedos y alegres. Ella, siempre tan modesta y enemiga de galas, se tornó presumidilla. Peinaba graciosamente sus cabellos, y solía adornarse con alguna flor; de ordinario con entreabierto capullo de rosa, purpúreo o blanco, que hacía parecer más intensa la negrura de aquel pelo sedoso, negro como las alas del cuervo. Todas las noches, al despedirnos, le decía yo:
--Linilla: esa flor....
Angelina desprendía de sus cabellos la deseada flor, y me la ofrecía por alto, como se ofrece a un niño el incitante fruto acabado de cortar.
Yo me fingía enfadado:
--¿Así, señorita?
--¡Así, caballero!
--No; como tú sabes....
Linilla sonreía, besaba la flor, y me la daba. ¡Inolvidables besos! ¡Dulces besos recogidos en la corola de una rosa!
XXX
Tuvimos una fiesta de Navidad muy alegre, como nadie se la esperaba. Andrés vino y dijo a mis tías:
--Señoras; es preciso que tengamos fiesta. En años pasados la Noche Buena estuvo para nosotros muy triste.... Ahora no ha de ser así, no, señor, porque quiero que el amito esté contento. Todo corre de mi cuenta. A ustedes les tocará lo más penoso, disponerla, y hacer los buñuelos. ¡Sin buñuelos no hay Noche Buena! ¡Allá usted, Angelina, usted que se pinta para todo eso! Pondremos la mesa en la sala, y usted, doña Carmelita, cenará con nosotros. No habrá nacimiento.... ¿Quién nos mete en dificultades? Yo bien quisiera, para que el amito se acordara de cuando era «coconete». ¿Te acuerdas? Pues ahí, en la bodega, en un cajón, están guardadas las casitas, y los pastores, y los rebaños, y el portal, ¡y todo! Si tus tías quieren, hasta nacimiento habrá, Rodolfito.
Tía Carmen, con su buen humor de siempre, se soltó hablando:
--¿Pues sí, por qué no? Mañana nos ponemos a la obra, y la fiesta saldrá muy lucida. Programa: cena a las ocho de la noche; después acostaremos al niño, y luego: ¡a la misa del gallo! La madrina será....
--¿Quién?--preguntó Andrés.--¿Gentes de fuera? ¡No, no, que todo quede en casa! Pero, en fin, que Rodolfo decida....
--Gente de la casa,--contesté--como quiere Andrés; pero, de cualquiera manera, vendrá mi maestro.
--¿Don Román?--exclamó tía Pepilla.--¡No vendrá, Rorró, no vendrá.... El pobrecillo no está para esas cosas!