Andanzas y visiones españolas

Part 18

Chapter 183,902 wordsPublic domain

Santa Teresa de Jesús se servía de metáforas caseras y de huerto familiar como Jesús mismo, educado en casa de un maestro de obras, de un constructor de casas--que esto y no carpintero tan sólo es lo que de José dice el Evangelio--se sirvió de metáforas del arte de edificar, como lo de la piedra angular y otras. En la obra de la santa de Ávila se ven esas dulces huertas interiores de esta tierra grave y tan llena de roca, de hueso. Aquí, en esta tierra, se comprende lo que es eso del jardín interior del alma, del jardín cercado y con su humilde noria.

¡Esos jardincillos enjaulados en medio de una ciudad polvorienta y en ruinas! ¡Esos arbolillos presos, domesticados, que alzan su copa por sobre tapias medio derruidas! Y todo ello es metáfora.

«¡Pinta de memoria!»--me dijeron de un pintor, y repliqué: «todo pintor pinta de memoria». Todo pintor pinta de memoria, hasta lo que está viendo; pinta un recuerdo. Lo que hay que ver no es la visión presente; lo que hay que ver es su recuerdo, su imagen. A las veces su recuerdo presente. El artista ve recuerdos y por eso ve anticipaciones y es un profeta. Vamos al museo a recordar el campo, pero vamos al campo a recordar el museo. Todo artista pinta de memoria. Quien no lo hace es una cámara obscura, una máquina fotográfica, pero no lo hace porque no teniendo alma no tiene memoria. Y aun ésta...

Y al decir que todo pintor pinta de memoria no nos referimos al tiempo que pasa de que mira al modelo a que tiene que mirar al papel o lienzo en que traza su imagen, ¡no! Éste es un aspecto demasiado primario y superficial de la cosa. Es que el artista pinta la imagen que recibe del objeto presente y esta imagen es un recuerdo siempre, hasta cuando ve por primera vez el recuerdo. Todo imaginar y hasta todo conocer--lo sabía ya Platón--es un recordar. Y todo recuerdo es una metáfora.

Los pueblos salvajes que no han dibujado nunca, que no han hecho dibujos, no ven nada en los dibujos. Se les da una fotografía y no saben por dónde mirarla. Y es dudoso que un gato que mire la pintura de un gato, su propio retrato, vea nada en él. Y no ve nada en él porque no es capaz de metaforizar. La metáfora es el fundamento de la conciencia de lo eterno. Y la conciencia de lo eterno, el ansia de inmortalidad, es la esencia del alma racional. Alma racional y metafórica.

Y hay paisajes que conviene mirarlos a menudo en ayunas y aun con algo de sed. Sediento contemplaba una vez las espesuras del Zarzoso que se tienden al pie de la Peña de Francia, en la provincia de Salamanca, y aunque la angustia--¡y era grande!--me privara de mirarlas con el sosiego que la contemplación estética exige, nunca comprendí mejor su metáfora. Porque hubo momentos en que creí que se me iba a parar el corazón o a estallárseme o a cuajárseme la sangre. Y a la angustia física se me unió la angustia moral, la angustia religiosa, más aún, la angustia metafísica.

El campo es una metáfora.

EXTRAMUROS DE ÁVILA

Aparecióseme una vez más la ciudad de Ávila, Ávila de los Caballeros, Ávila de Teresa de Jesús, ciudad vertebrada. En aquel campo rocoso, entre los berruecos, que son como huesos de esta tierra de Castilla, toda ella roca, donde la gea domina a la flora y a la fauna, rocambre que es fuego cristalizado. Cincha a la ciudad el redondo espinazo de sus murallas, rosario de cubos almenados, y como un cráneo, una calavera viva--la gloria mayor del rosario--, en lo alto la fábrica de la catedral, cuyo ábside cobija recovecos de misterio interior, allí, entre las bermejas columnas. Ciudad, como el alma castellana, dermatoesquelética, crustácea, con la osamenta--coraza--por de fuera, y dentro la carne, ósea también a las veces. Es el castillo interior de las moradas de Teresa, donde no cabe crecer sino hacia el cielo. Y el cielo se abre sobre ella como la palma de la mano del Señor.

Fuera, sin embargo, del redondo espinazo ciudadano alza San Vicente su severidad románica; fuera, Santo Tomás su recogimiento, donde duerme--¿sueña?--el príncipe D. Juan, el que se llevó a la tumba una dinastía que pudo haber sido un porvenir que nunca fué, una realeza entrañadamente española, de roca, que no de cepa castiza. Y fuera de aquellas murallas, un miércoles, 5 de junio de 1465, vióse un acto para siempre memorable. Mas oigamos a nuestro Padre Mariana, el jesuita bravo, nuestro Tácito:

«Los alborotados en Ávila--dice--acordaron de acometer una cosa memorable; tiemblan las carnes en pensar una afrenta tan grande de nuestra nación; pero bien será se relate para que los reyes, por este ejemplo, aprendan a gobernar primero a sí mismos, y después a sus vasallos, y adviertan cuántas sean las fuerzas de la muchedumbre alterada, y que el resplandor del nombre real y su grandeza más consiste en el respeto que se le tiene que en fuerzas; ni el rey (si le miramos de cerca) es otra cosa que un hombre con los deleites flaco; sus arreos y la escarlata, ¿de qué sirven sino de cubrir como parche las grandes llagas y graves congojas que le atormentan? Si le quitan los criados, tanto más miserable, que con la ociosidad y deleites más sabe mandar que hacer ni remediarse en sus necesidades. La cosa pasó desta manera: Fuera de los muros de Ávila levantaron un cadalso de madera, en que pusieron la estatua del rey D. Enrique con su vestidura real y las demás insignias de rey: trono, cetro, corona; juntáronse los señores; acudió una infinidad de pueblo. En esto, un pregonero, a grandes voces, publicó una sentencia que contra él pronunciaban, en que relataron maldades y casos abominables que decían tenía cometidos. Leíase la sentencia y desnudaban la estatua poco a poco, y a ciertos pasos, de todas las insignias reales; últimamente, con grandes baldones, le echaron del tablado abajo».

Así, mediado el siglo XV, en las afueras de Ávila de los Caballeros. Las recias murallas, calentándose al sol desnudo de Castilla, se estremecieron acaso en su meollo viendo ese ejemplo de caballerosidad altanera. Pero antes nos cuenta el padre Mariana también que «despertado el rey de su grave sueño, a solas y las rodillas por tierra, las manos tendidas al cielo, habló con Dios, según se dice, desta manera: «Con humildad, Señor, Cristo hijo de Dios y rey por quien los reyes reinan y los imperios se mantienen, imploro tu ayuda, a Ti encomiendo mi estado y mi vida; solamente te suplico que el castigo (que confieso ser menor que mis maldades) me sea a mí en particular saludable. Dame, Señor, constancia para sufrille y haz que la gente en común no reciba por mi causa algún grave daño». Dicho esto, muy depriesa se volvió a Salamanca».

Desde esta Salamanca, plateresco rosal de otoño, con la encendida amarillez de la tarde del Renacimiento en las hojas; desde esta Salamanca sigo viendo, cerrados los ojos de la carne, el grave sueño de la berroqueña Ávila, de Ávila de granito. Y veo a Castilla, «las rodillas por tierra, las manos tendidas al cielo», pidiendo piedad a Dios. Resquebrajada de sed de justicia el alma. Y es su vida sueño, pero grave sueño de piedra. Un toro de piedra guarda, dentro de Ávila, los callados remotos recuerdos de la noche que precedió al alba romana de su historia.

«¡Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia, porque ellos se hartarán!», suspiró el Cristo (Mateo V. 6). ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? Se hartarán, sí, de consuelo celeste, acaso de sagrada indignación. Los malaventurados los que, faltos de justicia, no sienten ni hambre ni sed de ella, porque están muertos civilmente, duermen grave sueño de piedra, como el del toro de la plazuela de Ávila. El sol le chupa el rocío y no cría ni musgo en sus costillas.

Libertad fué a buscar al claustro Teresa de Jesús, consuelo de deleitarse en aquel castillo interior «pues sin licencia de los superiores--dice--podéis entraros y pasearos por él a cualquier hora». Dentro del cincho de piedra de las murallas de su ciudad nativa soñó la santa, reinando Carlos I, el César flamenco, santa libertad. Seis años tenía la santa de Ávila cuando, cincuenta y seis después de la afrenta que hacía temblar las carnes sólo de pensarla, rendían sus cabezas en Villalar los comuneros de Castilla. Y cayó sobre ésta un grave sueño imperial. Segismundo rezongaba remusgándose dentro de un seto berroqueño. «Y teniendo yo más alma, ¿tengo menos libertad?», clamaba.

A mil varas sobre el ras del mar, cuna de libertad, y todo él sendero, sobre los huesos de esta tierra crustácea de Castilla, duerme y sueña sus recuerdos, dentro del rosario de sus murallas--gloria final la catedral gótica--, Ávila de los Caballeros, de los caballeros que desnudaron la estatua del rey D. Enrique.

VISIONES RÍTMICAS

Vaya, pues, dibujemos y modelemos con la palabra al llamado Tempe tesálico»--decía un genuino griego. Y se dice que los antiguos no tenían el sentimiento del paisaje. Mas en esa expresión se expresa el sentido gráfico y pictórico, o mejor, escultórico del paisaje y no su sentido musical. Que lo moderno es acaso la musicalidad del paisaje, del campo, el sentimiento musical de la naturaleza. Y no en vano Spengler ve en la música la expresión del espíritu actual, del occidental, así como en la escultura la expresión del espíritu clásico helénico.

En música acaso se expresa lo más íntimo del paisaje, su sentimiento rítmico. Y hasta el silencio del campo. Pero yo, lector, aunque pueda tener algo de poeta y de loco, de músico menos que poco tengo. Y, sin embargo...

Sin embargo, mi sentimiento rítmico, en cierto modo musical, del campo y de las cosas de viso, no me ha cabido siempre en prosa y he tenido alguna vez que verterlo en versos. De una música, si acaso la tienen, esquínuda y rígida, angulosa y dura. Pero no todo ritmo se desenvuelve en curvas.

Decía fray Luis de León en _Los nombres de Cristo_ que «algunos hay a quien la vista del campo los enmudece; mas yo, como los pájaros, en viendo lo verde deseo o cantar o hablar». Y una especie de canto hablado, de recitación, de rezo más bien, es el verso. Y al ciego Salinas le habló fray Luis de música y de paisaje, o mejor, de celaje, en versos muy firmes.

En el primero de los escritos de esta colección--o libro--viste, lector, que al hablarte de la granja de Moreruela, pasé de la prosa a versos de unos sonetos que te habrán parecido prosaicos. Prosaicos por su construcción y más por el esqueleto conceptual de ellos. Pensamientos concebidos en prosa y puestos en catorce endecasílabos rimados. Pero otras veces ha sido de primera intención, y desde luego, antes de pensarlo primero en prosa, como me brotó en verso la expresión de un paisaje o de algo que lo valga.

Me decía una vez Vicente Colorado, vuelto ya tierra hace años, que por qué no escribí en verso el final de mi novela _Paz en la Guerra_. Y acaso tenía razón. En prosa ritmoide va a dar a las veces.

Y ahora aquí, lector, quiero darte al cabo de este ramillete de relatos de mis andanzas y visiones de España unas cuantas poesías que de esas andanzas y de esas visiones brotaron. ¿Música? Si se trata de la cantable y bailable, no. Porque hay quien necesita llevar el compás de los versos con los pies.

Al evocar mi recuerdo, dormido en el hondón de mi memoria, de lo que era el campo de Albia en lo que hoy es el ensanche de Bilbao, brotóme él a flor de alma en forma rítmica, en versos de meditación poética, de eso que los lakistas ingleses llamaban _musings_. Como en versos vertí mi visión íntima del Nervión. Y en verso la espléndida visión de un atardecer de estío en Salamanca, y en verso la de la Colegiata de Castañeda, a la salida del valle Pas, y en verso el sentimiento que me produjo la contemplación de un solitario camposanto en la paramera castellana, y en verso mi visión de Galicia. En esta poesía dedicada a Galicia creo haber vertido más concentrada y más depuradamente lo que de ella he dicho en otros escritos en prosa.

Incluyo aquí también los versos que hice al Cristo yacente de Santa Clara, o iglesia de la Cruz, en Palencia, ese Cristo que es como un símbolo y resumen del paisaje trágico castellano.

Respecto a la forma externa o tipográfica de estos escritos he respetado en algunos la que al publicarlos por vez primera los di y es ponerlos como si fueran prosa, sin hacer un renglón aparte de cada verso. Lo que por un lado obliga al lector a estar más alerta en su lectura y no dejarse guiar del artificio tipográfico--que a las veces simula versos donde no los hay--y por otra lleva más papel. Y digo esto, porque he podido advertir que si los libros de verso se venden menos que los de prosa, es en buena parte porque el lector se llama a engaño de que le den en igual masa de papel y páginas, y al mismo precio, menor caudal de lectura y de letras. Que no ha desaparecido el criterio con que antaño se hacía la tasa de los libros, por pliegos.

A otras de estas poesías--o visiones en versos--les he conservado, en cambio, la tradicional manera de presentar los escritos medidos en cadencia acompasada.

LAS ESTRADAS DE ALBIA

Aquí, donde hoy esta plazuela, antaño se alzaba el Árbol Gordo, y las que hoy son cuajadas calles eran huerta y verdura. Mi pueblo me es extraño; mi Bilbao ya no existe; por donde un día fueron sus afueras hoy me paseo triste.

Ya en las dulces mañanas sosegadas del amarillo octubre, al que un cielo de plata abriga y cubre, no brindarán su calma las estradas, ni sus setos las verdes zarzamoras; rechinan los tranvías y automóviles, más henchidas transcurren hoy las horas; pero ¿dónde te fuiste, recogimiento? ¿Dónde el fluir aquel de nuestra vida, tan manso y lento, con su marcha tan suave y tan seguida?

Ya tus raíces, mocedad, no encuentro, y cuanto más me adentro, más lejos dejo esta que fué mi cuna.

He traspuesto la cumbre, y están rojos de otoño mis recuerdos, y ya la pesadumbre siento de un porvenir de cuesta abajo; ¡Dios mío, qué trabajo el trabajo sin fin de resignarse!

Van cayendo las hojas, por el otoño rojas, del árbol una a una; bien sé que volverá la primavera, pero no la que fué, no aquella mía que endoseló mi cuna con flores de flexible enredadera.

Llegará acaso un día en que cubran también las zarzamoras este suelo que hoy son plazas y calles; pero no aquéllas; otro todo será sobre mis valles, sólo serán las mismas las estrellas.

Y un día también tú, Carro del cielo, enseña secular de peregrinos, te romperás, y... ¿entonces? ¿Cuando salten los gonces del rincón que llamamos universo?

Tal vez...--sin el _tal vez_ la vida es sombra de pesadilla--tal vez aún más allá del más allá remoto, en el espacio ignoto de tras las más lejanas nebulosas, un día acaso la Tierra vuelva a florecer, la misma, la de espinas y rosas, la ungida con el crisma de Isis y Brama y Júpiter y Cristo. Y allí, en aquella tierra, volverá a ser Vizcaya, sus aguas el Nervión dará de nuevo, resurgirá la Villa y volveré a vivir lo que viviera... ¡Absurda maravilla!

¡Absurda, sí! Sólo tal vez lo absurdo, y el que estiméis más burdo, nos libra de la peste de la lógica, de la rueda del tiempo con que el hado inhumano, poniendo en ella su broncínea mano, nos trilla el corazón y la cabeza.

¿No he de volver a verte, campa de Albia? ¿No ha de arrollarse, al fin, en rollo espeso el tapiz del camino de mi vida? ¿Todo ha de ser progreso? ¿No ha de juntarse, al cabo, todo en uno?

* * * * *

¡Oh, qué dulce el correr días iguales; repetición, sustancia de la dicha, lenta fusión de bienes y de males, santa costumbre, de eternidad espejo; ahora, desde la cumbre, cuando siento, por fin, que voy a viejo y empieza ya a agostarse mi verdura, comprendo la locura de anhelar novedades y mañanas, y cómo fueron vanas mis juveniles ilusiones muertas! ¡Ay, mis queridas huertas, abrumadas al peso de estas casas, en que el afán y la carcoma habitan!

* * * * *

Aún queda algún islote de la antigua campiña perdido entre solares, algún rincón no hollado aún por el trote del corcel del progreso, alguna vieja viña del agridulce chacolí, que borra de los cerebros tardos la terca murria de estos cielos pardos. Quedan de lo que fué siempre escurrajas, y estas hurtadas fajas de un verdor que agoniza, simiente son de ensueños de esperanza. Mientras lo nuevo avanza, busca lo viejo en otro cielo abrigo, donde se hace otro mundo para dormir libre del recio hostigo del granizar del tiempo nauseabundo.

¿Acaso esta mi villa no ha de ser la semilla de un mundo eterno de quietud y calma? ¡Ay, pobre de mi alma, desfondándote así en este trasiego de apariencias, visiones y escenarios, sin dar ancla en sosiego, juguete de contrarios vientos que soplan al azar del sino, falta de tino, falta de rumbo, de tumbo en tumbo, qué ha de ser, infeliz, de lo que fuiste? Y así caminas triste, sin poder detenerte en tu carrera, de invierno a primavera, de primavera a invierno, soñando siempre en el descanso eterno.

Cuanto se mueve hacia lo inmoble tiende, y lo único de inmóvil es la idea, la que ilusiones sin reposo crea, y la idea es recuerdo; imagen es de lo que fué; lo cuerdo no es sino recordar, y así, mi alma, recuerda lo que fué. Sea tu gloria, mientras te quede aliento, la memoria.

AL NERVIÓN

A la mejor memoria de Leopoldo Gutiérrez, a quien leí este poema, a raíz de compuesto, delante de la iglesia de Begoña.

Una vez más, Bilbao, sobre tu seno maternal descansando mi cabeza vuelvo a soñar la vida de esperanzas y ensueños juveniles que me conservas. Esas nubes que embozan las montañas, seto de mi primer visión del mundo, las nubes son en que atisbé visiones de allende el valle humano... ¿Serán de lágrimas? En las sombrías hoces de tus calles, da la lluvia al reflejo ojos humanos con mis ojos mejieron sus miradas, ansiosas de alimento de formas vivas. ¡Oh, mis calles de sombra y de recuerdos, encañadas henchidas de rumores de abismos de la vida; el río humano de que sois hondo cauce tajado a siglos, se lleva derretidos en su curso mis goces y mis penas; vuestras aguas bajo el agua del cielo adormecieron aquella sed eterna, desapagable, único lazo de las horas todas desde el nacer hasta el morir; hoy vuelvo a aquel mañana de mi ayer perdido, a aquella mi otra suerte que con vosotras, nubes de mi niñez y mis montañas, fué a perderse en los cielos del oriente! ¡Oh, mis nubes de ensueños no cumplidos, cómo en lenta llovizna regáis mi alma! ¡Ay, mi triste Nervión, preso entre muros, pobre arteria de enfermo; cada día del corazón desnudo de la tierra, del mar, en ti sentimos el pulso rítmico! También tú fuiste niño, jugueteando al pie de alisos, álamos y mimbres, con vueltas y revueltas indecisas entre los fuertes brazos de las montañas, como ensaya sus pasos vagarosos flanqueado por los brazos de su madre el pequeñuelo que se lanza al mundo con pureza en los ojos sin buscar hito. Gozaste bajo el cielo la verdura del valle en el sosiego, ¡quién me diera ver tu niñez, Nervión, ver estos campos cuando aún no eran la villa, cual Dios los hizo! Cortáronnos el curso, río mío, nos apresaron entre recios muros, os robaron verduras de la orilla, ¡juguetear por el valle ya no nos dejan! Dulces mimbres y sauces que en mis aguas de alborada el follaje retratasteis, ¡cuántas llevé de vuestras hojas verdes, juguete en mis espumas, al mar perdidas! Cual tú, preso entre muros, hoy transporta cargas de pensamientos en mis aguas y en vez de nubes blancas o de rosa reflejo, canal triste, ¡negrura de humos! Son, mi Bilbao, tu corazón los puentes; en ellos, sobre el agua, bate el ritmo de tu trabajo y es donde se te abre de montaña a montaña más ancho el cielo. Tú eres, Nervión, la historia de la Villa, tú, su pasado y su futuro, tú eres recuerdo siempre haciéndote esperanza y sobre cauce fijo caudal que huye. Lengua de mar que subes por el valle a la Villa los pies hasta lamerla, tú nos traes con la sal de la marina sales de las entrañas del mundo todo. En pleamar rizan tu henchido pecho brisas del valle y sobre los metálicos reflejos de tus rizos retorciéndose tus barcos en imagen se descoyuntan. Bosques movibles de enjarciados mastes, cordajes empapados en salina de luengos mares; velas que han vibrado, bajo todos los cielos, a vientos libres; leños a que los témpanos del polo fregaron, y mojaron los chubascos del trópico, descansan en tu seno; del sudor de mil gentes la sal recoges. Y sufres la presión, Nervión sufrido, del recio ceñidor de los pretiles para ser padre de la fuerte villa la de los mercaderes hija del agua. Oh, mi Nervión, tú de mi pueblo el alma, tú que guardas sus dichas y sus penas, los siglos por tu cauce resbalaron llevándose la historia hacia el olvido; hacia el olvido, mar de nuestras vidas, mas, dejando la villa, monumento que durará por siglos de los siglos, colmena de las almas que en ti libaron. Nervión, Nervión de palpitante pecho, fuente de vida de mi pueblo, dame la mansedumbre de tus lentas aguas que al mar indiferente rinden su vida. Dame, Nervión, resignación activa, lava de tu hijo la inquietud ardiente, embalsama en la sal de tu marea para el viaje sin vuelta mi pobre espíritu.

GALICIA

A mis amigos de Pontevedra Torcuato Ulloa, Víctor Said Armesto e Isidro Buceta dedico este poema que ellos vieron nacer.

Tierra y mar abrazados bajo el cielo mejen sus lenguas, mientras él entre montes de pinares tranquilo sueña, y Dios por velo del abrazo corre sobre sus hijos un cendal de niebla.

Ondea palpitando el seno azul del novio, y a su aliento la verde cabellera de la novia se mece; de castaños, de pinos y de robles, de nogueras, y rubio vello del maíz dorado que a la brisa marina se cimbrea.

Frunce el ceño la novia en Finisterre, que broncos mocetones alimenta; yergue desnudo el cuello en el naciente, espalda a espalda con Asturias recia, y alza la frente blanca, cimas de rocas que las nubes besan y que por ver el seno del amante hacia el cielo se elevan.

Vuelto él en nubes hasta el cielo se alza, derrítese de amor, su jugo suelta, y lenta la llovizna va empapando a la tierra, y corre por los ríos fecundantes, ceñidos de alisedas, nuevamente del mar al seno siempre joven, henchido siempre de pujanza nueva.