Part 17
El Cristo de Santa Clara, el que muchos creen momia, el que ha venido a descansar en manos de las pobres clarisas del convento de Margarita la tornera--la que huyó por sed de maternidad--en este oasis de Palencia, en las frescas riberas del riente Carrión, es el Cristo del Páramo. El Páramo es una escombrera: escombrera del cielo. En días de terrible bochorno, como estos que estamos pasando, las piedras de encima del cielo han ido dejando caer su polvo a que se pose en este suelo. Y no el agua.
Piedras de rayo llaman por todas estas tierras a las hachas prehistóricas, del hombre pre-humano, que a las veces se encuentran en su suelo. Y aquí cerca, en las faldas del Otero, se han encontrado restos paleontológicos, entre ellos una gran tortuga fósil.
Sobre tortugas fósiles de otro género están cimentadas nuestras ciudades cuando ellas mismas no son ya tortugas fósiles. Pero por entre los tapiales de adobes o de barro de los corralillos de las casucas polvorientas y desde su origen ruinosas--hay ruinas de nacimiento--de sus arrabales asoman arbolillos como enjaulados, las hojas empolvadas de alguna higuera doméstica o alguna flor. Y una flor castellana es algo de que no hay idea en los pueblos de ubérrimos jardines. Es la flor del desierto.
Aquí, en Palencia, empezaron los estudios que, trasladados después a Salamanca, de las orillas del Carrión a las del Tormes, llegaron a ser la universidad más célebre, en su tiempo, de España, la de los teólogos y canonistas. Queda en esta ciudad un nombre, el de la calle de los Estudios. El contorno de Salamanca, tierra de dehesas, de encinares, de terreno ondulado, no es tan trágico como el de esta ciudad. Allí no hay páramo cerca. La Armuña--en árabe «almunia» es jardín o huerto--es llanura que en primavera ríe de verdor y en verano se dora con las espigas. ¡Pero la grandeza solemne de estos trágicos campos góticos!
Palencia, agosto de 1921.
EN AGUILAR DE CAMPÓO
En la antigua villa de Aguilar de Campóo, entre ruinas, en esta Castilla en escombros que dijo Senador Gómez, como peregrinos de la historia y de la patria. Hace muchos años, recorriendo con unos amigos alderredores de nuestro Bilbao, un aldeano decía a otro señalándonos: «Éstos, ¿de minas o de aguas...?» y el interpelado, que nos conocía, contestó: «¿Éstos? ¡no! a ver «náa» más; «inosentes». Y así en Aguilar de Campóo, inocentemente, a ver nada más. A ver, a vivir, a morir, a revivir y también a remorir. A apacentar nuestras desesperadas esperanzas entre ruinas.
Por dondequiera escudos heráldicos, muchos en ruinas, de casas y ruinas de nobleza. Aquí, como empresa del escudo: «Qui la sierpe mató con la infanta casó» y un águila sobre un árbol mirando la matanza de la sierpe. Pero la mataron matándole el pasto, matando la tierra y ahora ¡pobre de la infanta! Allí: «Ceballos para vencellos ardid es de caballeros». Sí, se ha cebado de dinero a los moros peligrosos, ¿pero «vencellos»? Más allá: «Belar se deve la vida de tal suerte que quede vida en la muerte». Si en nuestra muerte de hoy, si en esta trágica modorra, si en este acorchamiento del ánimo patrio quedase alguna vida... ¿Pero dónde está?
En los soportales de la plaza de Aguilar de Campóo se lee: «Café siglo XX». Es lo único del siglo XX, el café. ¿Pero eso es de siglo? Todo un mundo aquellos soportales por donde resbala mansamente, como el Pisuerga allí cerca, la historia. Cuando resbala... Allí, al socallo, se duerme la vida y alguna vez se la sueña. Pero es el sueño de siempre, el mismo cada vez. ¿Vez? No hay más que una, el rato inmóvil. «Es un sosiego hediondo, como el del agua corrompida», dice en uno de sus libros Senador Gómez.
Las ruinas del castillo de Aguilar, entre ruinas de montes. Y no se distinguen las unas de las otras. Diríase que son ruinas de castillos, de castillos de esta Castilla leonesa, aquellos atormentados monolitos, que remedan fábricas arquitectónicas, de la cumbre de las Tuerces, donde un tiempo ramoneaba el ganado entre matorrales y hoy el tasugo (tejón) pasta macucas hozándolas. Del pelo del tasugo se hace brochas para enjabonar la cara al que se afeita y de su piel colleras de lujo para colgar esquilones al ganado... ¡una industria!
¡Las ruinas de Santa María la Real, convento que fué de premostratenses! ¡Ruinas! Ruinas en que anidan gollorios y gorriones, piando alegría de vivir fuera de la historia, y allí cerca discurre sobre verdura el agua clara que baja de los riscos calizos. Y las ruinas siguen arruinándose. Faltan capiteles que han sido llevados al Museo Arqueológico de Madrid. Es la tala de la ciencia. ¿Ciencia? Y del mismo modo va yendo España toda al museo. Y un museo es el más terrible de los cementerios, porque no se le deja en paz al pobre muerto. Y luego ruinas de cementerio, ruinas de tumba.
Allí, junto a las ruinas de Santa María la Real, carretera por medio, en las escarpadas laderas del risco una cueva y en ella una laude, la tapadera de un sepulcro, donde dice: «Aquí yace sepultado el noble y esforzado caballero Bernardo del Carpio», etc. Probablemente una superchería. Que es otra forma de ruinas. Porque las supercherías y las leyendas en piedra, suelen ser ruinas; ruinas de historia, piezas de museo.
Casi toda la tradición tradicionalista de España, la de los falsos cronicones, es superchería; superchería bajo un mítico Santiago--embuste de Compostela--en cuyo día se esperó este año... ¡otra superchería!--. Porque se nos quiere hacer vivir de mentiras, señor, de mentiras. Y a lo mejor--que es lo peor--cree en ellas alguien, señor, las cree... ¡el muy frívolo! Y esto no tiene remedio...
Sentados al socallo, allá en lo alto de las Tuerces, al abrigo de una roca saliente, a este rico sol, henchíamos nuestra mirada con aquella desolación que nos ceñía en redondo--golpes de verdura al borde del agua que corre en el fondo del valle--y entre aquellas ronchas de lo que fué monte y es hoy desierto veíamos a la patria rezumando pus y sangraza por entre agrietadas costras de cicatrices.
¿Quedan entre estas ruinas hombres? ¿Queda en los arruinados hombres hombría? Y pensábamos en esa simbólica sandía, fruto de secano, que saca dulce jugo, frescor de agua entrañada, de la reseca roca. Hay agua en el fondo, en el cogollo del corazón rocoso. Y hasta una ruina puede ser una esperanza.
Pero hay que libertarse del museo; hay que sacudirse del ensalmo de las piezas del museo. Como el testamento de Isabel la Católica, por ejemplo. Nuestras leyendas mismas ya no viven, no hay en ellas vida en la muerte; son ruinas de leyendas, piezas de museo. El troglodítico tradicionalismo español huele a museo donde no entra ni el sol ni el aire. La guerra de África que hizo don Pedro Antonio de Alarcón, v. gr., no es ya ni leyenda; es cosa de erudición literaria, pronto cosa de archivo.
Y esta España arruinada, entre ruinas de leyendas, mandada recoger para el museo, ¿va a arruinarse más aún, arruinando a Marruecos? ¿Pretenderá luego conquistar el Sahara? ¿Fundar allí un imperio sin hombres?
«Belar se deve la vida de tal suerte que quede vida en la muerte», dice Aguilar de Campóo.
FRENTE A ÁVILA
En esto se nos apareció Ávila, Ávila de los Caballeros, Ávila de Santa Teresa de Jesús, la ciudad murada. (Nuestros lectores argentinos la conocerán, si no por otra cosa, por la novela de E. Rodríguez Larreta _La gloria de D. Ramiro_ y acaso por alguna reproducción del retrato que de él hizo Zuloaga y en que aparece como fondo la maravillosa ciudad castellana, la de los castillos que son los torreones o cubos de sus murallas). Se nos apareció Ávila, según a ella íbamos por la carretera que la une con Salamanca, y se nos apareció encendida por el rojo fulgor del ocaso del sol que abermejaba sus murallas, en una rotura de un día aborrascado.
El ceñidor de las murallas de la ciudad subía a nuestros ojos; a un lado de él, fuera del recinto de la urbe la severa fábrica de la basílica de San Vicente, y en lo alto, dominando a Ávila, la torre cuadrada y mocha de la catedral. Y todo ello parecía una casa, una sola casa, Ávila la Casa.
Viendo a Ávila se comprende cómo y de dónde se le ocurrió a Santa Teresa su imagen del castillo interior y de las moradas y del diamante. Porque Ávila es un diamante de piedra berroqueña dorada por soles de siglos y por siglos de soles. ¿Cuántos?
«¿De qué época datan estas murallas?»--nos preguntó uno de los que nos acompañaba en el auto cuando surgió a nuestra vista la claridad de Ávila.
No supimos contestarle. Además esas murallas datan de muchas épocas. ¡Y no queríamos pensar en tiempo; queríamos, más bien, olvidar el tiempo; íbamos a Ávila a olvidar el tiempo, o mejor dicho, a matarlo! Y matar el tiempo es resucitarlo.
No hace mucho leíamos en una revista argentina esta pregunta que se les hacía a algunas personas: «¿En qué época quisiera usted haber vivido?». Cada cual respondía según sus aficiones y alguno contestó que de aquí a diez años. Nosotros contestaríamos que en todas las épocas. Y mirando a Ávila ceñida por sus murallas, pensábamos vivir en todas las épocas, fuera de tiempo, desde la edad troglodítica hasta la otra edad troglodítica, la que ha de volver para el linaje humano.
¿Conoce el lector el terrible canto de Carducci _Sobre el Monte Mario_ y aquella su visión final del fin del linaje humano? Pero... dejemos esto y volvamos a Ávila.
Una ciudad así, murada y articulada, es una ciudad. Tiene unidad, tiene fisonomía, tiene alma. Londres, en cambio, o Nueva York, no puede ser una ciudad nunca. El que en Londres tenga alma de ciudadano tiene que albergarla en un barrio. Londres no puede ser una casa.
El que esto os dice se sentiría solo y solitario, aislado, en una urbe como la de Londres y aun mucho menor. Hasta en Madrid experimenta la tristeza de la urbe extensa. Es como si se me mandase escribir sobre una mesa puesta en medio de la Galería de Máquinas de París o de la iglesia de San Pedro de Roma. Mejor en medio del campo. En medio del campo, al aire libre, sí, pero no en un tan vasto recinto cubierto. En una choza sí, sintiendo cerca el recinto, bien ceñido.
Abarcábamos toda Ávila de una sola mirada y comprendimos lo que se puede querer a una ciudad así y cómo puede ser patria. Atenas fué patria y no lo fué Babilonia. Y Ávila es, además, un convento. Y aun casi la celda de un convento.
Se entra en la ciudad por puertas, pasando bajo un dintel de piedra, como se entra en una casa. A la puerta principal de entrada le flanquean dos robustos torreones, dos cubos de la muralla. Y cuando dentro del recinto murado, en el centro de la ciudad, se encuentra alguna plaza parece que ésta se ensancha en su pequeñez. ¡Esas plazuelas apacibles y sosegadas que se abren dentro del recinto conventual de una eterna--no ya vieja--ciudad castellana! ¡Esas plazuelas por las que han resbalado siglos de instantaneidad cotidiana!
¡Lo cotidiano! Lo de todos los días, lo que fué de los trogloditas prehistóricos y será de los trogloditas posthistóricos, lo de todos los tiempos, eso sólo se gusta y se paladea en estas viejas ciudades. Y veis al mismo mendigo que pintó Velázquez.
¿En qué época quisiera haber vivido? ¡En todas! Cierto que siento predilección por la Edad Media y por la época de la Revolución Francesa, pero todas las edades son medias y en todas hay revolución.
Cuando se nos apareció de pronto Ávila de los Caballeros, hace pocos días, surgiendo de las berroqueñas tierras de Castilla, íbamos meditando en la revolución que está pasando ahora por España. Y en Ávila, como en un espejo histórico, queríamos descubrir nuestro porvenir revolucionario. Sus murallas eran un símbolo.
Nos acercábamos a Ávila y al día 25 de este mes de octubre de 1921. ¿Qué es esta fecha? Nada; una superstición.
UNA OBRA DE ROMANOS
Hace cuatro días he vuelto a ver el acueducto de Segovia, esa obra de romanos que es una de las maravillas monumentales de España y uno de sus pocos monumentos de orden civil. Viéndolo se comprende el valor del dicho vulgar: «¡Eso es obra de romanos!», y aquel apelativo que se le dió a Roma llamándole «pueblo rey». Porque es obra de veras regia y verdaderamente popular. Ahora, lo que en ninguno de nuestros viajes a Segovia hemos averiguado es cómo le llama el pueblo. Que de seguro no acueducto. Porque acueducto es un vocablo erudito o culto, cuya forma vulgar es _aguaducho_. Pero _aguaducho_ se le llama a una avenida de aguas, a una inundación, y también, sobre todo en el Mediodía, a un puesto de venta de agua.
Arpa de piedra le llamó Zahonero al colosal aguaducho de Segovia, aunque de seguro no canta el viento, por fuerte que sople, entre sus arcadas. En torno de ellas chirlean los vencejos, que ponen entre sus piedras sus nidos. Porque esas piedras, amontonadas tácticamente sin argamasa alguna, achaflanadas por aguas y soles y vientos de siglos, conservan su individualidad cada una de ellas y son como otros tantos soldados de una legión en orden de batalla quieta. El aguaducho de Segovia tiene algo de un az (no haz) romano armado de todas armas. Y para llevar agua al campamento o a la ciudad.
Hoy no lleva ya agua, lo han jubilado. Lo han jubilado de su función--¡lástima!--para mejor conservarlo como monumento. Pero es fácil que al no sentir sobre su espinazo el riego dulce de las linfas de la sierra empiece a sentirse inválido y decaiga más de prisa. El agua, transportar la cual era su función, ha debido preservarle de la ruina. Porque, ¿qué es lo que ha abatido a tierra, lo que ha aterrado a tantos monumentos? ¿La barbarie de los hombres? Pero los bárbaros suelen ser conservadores. No son ellos los que destruyen lo pasado, sino los que tienen que levantar sobre su suelo el porvenir.
Aquel formidable panfletista que fué Pablo Luis Courier, en su Carta V, escrita en Veretz (Turena) a 12 de noviembre de 1819, escribía: «Los monumentos se conservan donde los hombres han perecido, en Balbek, en Palmira y bajo la ceniza del Vesubio; pero en otras partes la industria, que lo renueva todo, les hace una guerra continua. Roma misma ha destruido sus antiguos edificios y se queja de los bárbaros. Los Godos y los Vándalos querían conservarlo todo. No ha estado en sus manos el que ella quedara y no sea hoy tal como la encontraron. Pero a pesar de sus edictos condenando a muerte a quien estropeara las estatuas y los monumentos, todo ha desaparecido, todo ha tomado una forma nueva».
Hoy ya no se lleva el agua por lo alto, cara al cielo, a solearse y airearse y como en brindis a Júpiter; hoy se la lleva por bajo tierra en canales soterraños. Y aquí, como el secular aguaducho de Segovia, obra de romanos, que enmarca el cielo, cede a nueva táctica de ingeniería y, ejército de reserva, más bien de veteranos inválidos, se acerca a la derrota, a la ruina definitiva. ¡Porque ya no lleva agua!
El mismo día en que llegué a Segovia había pasado--y era la segunda vez--por Madrigal de las Altas Torres, «nombre alto, sonoro y significativo», que diría Cervantes. Pero, ¡ay!, que las altas torres de Madrigal de las Altas Torres--las de los cubos de sus murallas--no son ya ni altas ni muchas de ellas torres. Como no defienden nada, como no soportan nada--salvo algún nido de cigüeñas--las han ido dejando aterrarse. Su falta de función las ha arruinado. Que hasta una tumba se mantiene mientras guarda los huesos de su habitante de queda y reposo--¡y no siempre!--, pero si hasta el muerto emigra de ella la tumba se hace ruina. Y la ruina de una tumba es lo más trágico que hay. Y otras veces se la quiere convertir en cuna. Que si al Cristo recién nacido le acostó su madre en un pesebre, en el comedero de un asno, amigo del pobre y amigo del Redentor, que caballero en él metió en Jerusalén su gloria, a nosotros nos acuestan al nacer no pocas veces en algo como tumbas para brizarnos en ellas el espíritu al eco de leyendas de muertos.
El camino del agua de Segovia, la calzada romana del agua, corre riesgo de arruinarse como se han arruinado en España otras calzadas romanas sobre que peregrinaban los hombres. De la antigua _vía argéntea_, camino de plata, que iba de Mérida a Narbona, queda en esta ciudad de Salamanca una mitad del puente romano. Y si estas arcadas romanas del puente se conservan, es merced al agua sobre que se tienden. El agua que bajo ellas discurre las ha preservado, dándoles función, como el agua que corría sobre las arcadas romanas del aguaducho de Segovia le ha preservado a éste. Y si aún persiste tanto que levantó el pueblo rey, es porque guarda su función, porque lleva o conserva algún género de agua. Como en el derecho mismo.
Las arpas de piedra, como las de oro, acaban por enmudecer y por arruinarse cuando su canto no suena a cosa de entendimiento en los oídos de los hombres; pero los aguaduchos de doctrina corriente, de ideas, y sobre todo de ideas que apagan nuestra sed de justicia, duran más que aquéllas. La _Ilíada_ de Roma es el Código de Justiniano o acaso más bien la Ley de las Doce Tablas. Y el aguaducho de Segovia, obra de romanos, es, a su vez, un código.
PAISAJE TERESIANO EL CAMPO ES UNA METÁFORA
I
Era en un pueblecito de los consagrados por Santa Teresa de Jesús, en un pueblecito serrano de la provincia de Ávila donde ella pasó, en sus mocedades, una temporada en casa de unos parientes y donde leyó algún libro de edificación piadosa, lectura que le sirvió después, con otras, de cimiento para el edificio de su doctrina. Pero como lo leyó en aquel campo, alternando en su visión las letras del texto con las letras también con que Dios había escrito en el que llamamos libro de la naturaleza, aquel paisaje llegó a formar parte de los cimientos del edificio de su doctrina.
¿Libro de la naturaleza? ¿Libro? No, sino más bien cuadro. Y un cuadro enseña como un libro y aún más y mejor. Desde luego, un cuadro bueno más que un libro malo. ¡Y no por su literatura, no! Los cuadros no son mejores o peores por su literatura, y con razón hablan los pintores con desdén de la pintura literaria. Como la excelencia de una caricatura no está en la leyenda y aun la mejor caricatura es la muda, lo que es como una romanza gráfica sin palabras. No, no, no es lo que llamamos asunto lo que hace el cuadro. Lo que no quiere decir ¡claro! que la pintura no inspire literatura. La inspira la de Velázquez, y Velázquez es un puro pintor. Y aquí mismo veréis cómo un cuadro de Dios, un paisaje castellano, nos ha inspirado, buena o mala, literatura.
Los cerros pedregosos que contemplaba desde Becedas--que está al pie de una elevada sierra--parecíanme escombros caídos del cielo y por donde trepaban verdes rebaños, grupos de encinas y de robles. Y en derredor de aquellos picos de Neila y de Gilbuena era un campo robusto y sonriente. A la hora aquélla y en aquel día el paisaje perdía materialidad pareciendo como un mero revestimiento del espacio. O más bien que era una pintura, pero más al fresco que al óleo, y de todos modos sin barnizado, en que se ve la tela y su trama, el tejido sobre que se había pintado el cuadro, acaso la túnica misma del Señor, que se entretuvo en adornarla con aquellos paisajes. Y se veía los brochazos del Señor, se notaba la huella de su pincel. ¡No era una oleografía, no!
Velaba al cielo como una brumilla de platino. Diríase que el cielo era un lago, el de las aguas de arriba de que habla el primer capítulo del _Génesis_, y que ese lago tenía reflejos de la tierra sobre que se redondeaba.
Al recogerme un momento como para rumiar el pasto de aquella visión, fijéme en un helecho que crecía--¡bien pobremente por cierto!--a mis pies y me imaginé una hormiga al pie de aquel helecho y que éste le pareciera como a nosotros una gigantesca palmera. Aunque esto acaso no sea así, ya que una hormiga puede subir y pasearse por un helecho como nosotros no podemos hacerlo por una palmera. Para un macaco trepador, un árbol colosal ha de ser muy otra cosa que es para nosotros.
Miré a Becadas. La villa, a la distancia, aparecíaseme cual una enorme tortuga roja--del color de sus tejados--con un cuerno, que era la torre de la iglesia. Y recordé las calles por las que corre al sol y al aire el agua del arroyo, donde a las veces pican las gallinas, y los tiestos de flores en las galerías de madera y aquellas grandes piedras que sostienen estas galerías, piedras vivas, casi vegetales, que guardan el aire de la cantera. Que en esta tierra de encinas pétreas la piedra suele tomar ternuras de madera.
Se ha dicho que en la literatura castellana apenas hay paisajes, pero sin demasiada paradoja cabría retrucar que apenas hay en ella más que paisaje, que los hombres del «Poema del Cid» o los del «Romancero» son como encinas o como rocas, de recio leño o de piedra tierna. Y de un paisaje sin agua. Pues el agua es como la conciencia del paisaje; las alamedas de la orilla del río, las alisedas, los saucedales, se ven a sí mismos en el agua y se reconocen, y hasta un mogote de roca, un berrueco de granito, se ve y adquiere conciencia de sí en una charca que duerme a su pie. Pero en las tierras sin agua hasta los hombres no son más que paisajes, pintura de Dios. ¡Pero qué pintura!
Mas allí, en Becedas, al pie de la sierra, cerca de las fuentes del Tormes, hay agua. ¡Agua! «¡Mar! ¡mar!», clamaron los diez mil griegos de la famosa retirada que inmortalizó Jenofonte cuando, después de terrible peregrinación por agostados páramos del Asia Menor, divisaron la azul línea serena del Ponto Euxino o Mar Negro. Pero aquí no se trata ya del agua del mar.
En el viejo «Poema del Cid» se habla de las veces que el héroe castellano, enjuto y seco, atravesó el Duero: se nos dice de unos moros muertos en batalla junto a un río que bebían agua _amidos_, es decir, contra su voluntad, y se nos cuenta de cuando a las hijas del Cid, maltratadas por sus maridos que las dejaron atadas a unos árboles, les llevó agua su primo en el sombrero. ¡Agua de beber! Agua no para mirarse en ella, sino para beberla. En estos campos, de ríos no navegables--algunos se secan en el estío--el agua no une a los pueblos, sino que los separa. Y esto cuando no se pelean por su aprovechamiento. Y viniendo a otra cosa, ¿es que no hay paisaje en Santa Teresa? Interior y exterior.
II
Muchas veces se ha hecho notar, y especificándolo con ejemplos, cómo el campo, el paisaje castellano en que se crió y con que se crió entra en la obra de la doctora mística. El castillo de las «Moradas» es la ciudad de Ávila, con sus murallas y los cubos de éstas, es la maravillosa ciudad que tiene que mirar al cielo. Y las metáforas de que suele servirse la santa son metáforas de pequeño campo doméstico, de huerta familiar, no de panorama.
Ningún gran paisajista lo ha sido de vastos panoramas. Quiero decir ningún gran paisajista pintor. Que entre literatos Rousseau y Senancour nos dieron la impresión de los Alpes y Chateaubriand la de las vastas riberas de los grandes ríos de la América del Norte. Pero el genuino paisaje es de pequeños rincones. Allí es donde se coge el alma del campo. Un solo árbol mirándose en una charca en medio de un solemne desierto es algo de lo más grande con que se puede encontrar un hombre que lo sea de veras por dentro. Lo que no le diga aquel ermitaño de leño florido no le dirá ninguno de carne y hueso. Aunque el árbol es de hueso--de leño--y de carne, o sea de hoja, de carne verde y palpitante.
El pequeño campo doméstico y familiar, la huerta casera, le sirvió a Santa Teresa de Jesús para metáforas en que dió carne a su doctrina mística. ¿Pero es que el campo mismo, la pintura de Dios, es más que un ramillete de metáforas o toda una metáfora? El universo visible es una metáfora del invisible, del alma, aunque nos parezca al revés.