Andanzas y visiones españolas

Part 15

Chapter 154,113 wordsPublic domain

El espíritu, cuando sufre o goza, cuando odia o ama, cuando recuerda o espera, se hace tierra, se hace agua, se hace fuego o se hace aire; y la piedra, cuando piensa y piensa civilmente, se hace espíritu permanente, cuajado, cristalizado, sustantivado. Esta torre es un diamante de espíritu.

¿Y qué dice? No dice nada que no sea ella misma; se dice a sí misma, se proclama inmortal, se afirma. No importa que un terremoto o un bombardeo de guerra humana--que es otro terremoto--u otro accidente traído por el odio de la naturaleza o el de los hombres, abatiéndote a tierra te derrumbe, esparciendo sin orden ni concierto tus sillares, torre de Monterrey, porque tu visión quedará. Quedará hecha cimiento de las almas que te contemplen.

Y al alma que te contempla le dices, torre de Monterrey, que dice cuanto decir cabe quien se dice a sí mismo, quien acierta a expresar su persona, quien logra ponerse desnudo de espíritu a la luz de helada del mundo civil y se convierte así, para los otros, en estatua. Lo sumo que pueden ver los hombres es a otro hombre, y si una vez le vieran del todo se lo llevarían consigo para siempre.

Y esta torre y otras torres nos meten al ánimo el ansia tormentosa de decir lo indecible, de dejar en la alada palabra que vuela sonora, y pasa, y se pierde, lo que no pasa ni se pierde: la visión que queda. Decir lo que se ve y decirlo de modo que se vea oyéndolo; ver lo que se oye: he aquí todo el secreto del arte. El arte hace ver a los ciegos--y lo son muchos que espejan con los ojos en la mente lo que tienen delante--, y les hace ver con la palabra; el arte hace oir a los sordos--y lo son muchos que resuenan con los oídos lo que les suena en su derredor--, y les hace oir con la visión reproducida. Un poema da vista al ciego; un cuadro da oído al sordo. El arte funde los sentidos, descendiendo a lo que les une a su común cimiento, y ascendiendo a lo que los une también coronándolos.

Mi torre de Monterrey, no ésta que tengo ante los ojos al salir de casa en estas mañanas arrecidas y de sol acendrado, cuando voy a leer con ellos, con mis alumnos--¡lástima de hermosa palabra, degradada por el abuso oficial!--, al divino Platón; mi torre, la que llevo en el cristal de la mente como una visión que, espejada en un lago, al cristalizarse éste, quedase por encantada magia en él para siempre, ésta mi torre me dice que quien se dice queda para siempre también. No te importe, alma mía, lo que digas si te dices. ¿Es que eres más que una frase del pensamiento de Dios?

El pensamiento de Dios es la historia: la historia humana, la historia civil, la historia de esta humanidad civil en que Dios se hizo hombre, y habitó entre los hombres, y proclamó que su reino, el reino de Dios, esto es, el reino del hombre, el reino del Dios-hombre, no es de este mundo de dolores y goces, de odios y de amores, de recuerdos y de esperanzas. Porque el reino de Dios, el reino del hombre, es del pensamiento, que está sobre dolor y goce, sobre odio y amor, sobre recuerdo y esperanza, aunque con ellos se haga, como con piedras se hacen las torres que en la historia quedan. El pensamiento de Dios es la historia; la historia es lo que Dios piensa, lo que va pensando. Y el que vive, de un modo o de otro, más o menos visible y audible, por dentro de ella que sea, en la historia, vive en el pensamiento de Dios y en él se queda, y se queda con el pensamiento en Dios. Y vive en la historia todo el que, queriéndolo o sin quererlo, a sabiendas o no, contribuye a hacerla; todo el que tiene, por oscura y vacilante que sea, conciencia civil. La muerte absoluta es la inconsciencia.

Y ésta mi torre de Monterrey me habla de nuestro Renacimiento, del renacimiento español, de la españolidad eterna, hecha piedra de visión, y me dice que me diga español y que afirme que si la vida es sueño, el sueño es lo único que queda, y lo otro, lo que no es sueño, no es más que digestión que pasa, como pasan el dolor y el goce, el odio y el amor, el recuerdo y la esperanza. Sí; la vela sin sueño no es más que digestión y respiración, aliento que se va. Soplo, aliento, _pneuma_, _anima_, _spiritus_, llamaron a lo que sobre nuestro cuerpo no es sueño; y el soplo pasa, pero el sueño queda.

«¡La vida es sueño!», afirmó el hombre español que creía en lo eterno y lo sustancial, y los que no creen en ello dicen en la necedad de su corazón diciendo: «¡la vida es un soplo!». Y la torre de Monterrey, mi torre de Monterrey, mi torre del renacimiento español, de la españolidad renaciente, me dice que la vida no es soplo que pasa y se pierde, sino sueño que queda y se gana.

Cuando al salir por las mañanas la torre me dice: «¡aquí estoy!», yo, mirándola, le digo: «¡aquí estoy!».

Salamanca, 28-XI-1916.

AL PIE DEL MALADETA

En estos seis meses en que nada os he dicho, lectores míos de _La Nación_, he recorrido tierras del Alto Aragón, al pie del Maladeta, el gigante del Pirineo; y luego, bastante después, restregué mi vista con la visión del mar latino, en Valencia la de los naranjos.

Apenas empiezan a sentárseme en la conciencia de la memoria y a la vez en la memoria de la conciencia, las impresiones de aquellos valles del Alto Aragón, de la provincia de Huesca, al pie del contrafuerte de los Pirineos.

Hace poco he leído un librito francés, de un M. Laborde, casi español, hijo de española--de vasca española--y criado en gran parte en España, que se titula _Il y a toujours des Pyrénées_ (_Todavía hay Pirineos_). El empeño del autor es estudiar el hecho y las causas de la incomprensión mutua--siquiera parcial--entre españoles y franceses. Y si aún hay Pirineos en este sentido espiritual, en el otro, en el material, basta llegarse a su pie para percatarse de cuán formidable barrera ponen entre ambos pueblos.

Desde la cumbre del Salvaguardia, encima del portillón de Benasque, y teniendo a un lado el gigante Maladeta, contemplábamos a nuestros pies la llanura de la dulce Francia bearnesa. Debajo de nosotros, casi a plomo, unas lagunas a que bordea el sendero que lleva de Benasque a Bañeras de Luchón; más allá, tras unos macizos de arboleda, este pueblecillo veraniego, y más lejos, esfumada en el llano que se pierde y en lontananza se confunde, brumoso, con el cielo de horizonte, Tarbes, la patria de Foch. Y todo ello tendido dulcemente, acariciador, blando y respirando neblina. A otro lado la procesión solemne de los gigantes de los Pirineos, la escuadra de las peladas cumbres. Y más acá, a nuestros pies también, las tierras ásperas y bravías del Alto Aragón, el valle de Benasque. La vertiente francesa del Pirineo es más risueña, más cultivada, más civilizada, pero mucho menos grandiosa que la española, aunque ésta se halle más calva y despoblada.

La subida al portillón de Benasque, desde esta villa a través de la encañada de su valle, es una inmersión en tierras y tiempos de braveza primitiva. Aquellas cascadas, que no han sido aún presas para menesteres de industria, para saltos de agua negociables, le mueven a uno dentro del espíritu la turbina de los inquietadores pensamientos eternos. Dejaba a mi cabalgadura, rienda al cuello, que fuese a su talante, ya que ella conocía el camino mejor que yo, y lo prudente era que me guiara en vez de yo guiarla, y por entre pinos, abetos, sauces, bojes, frambuesos y avellanos iba, leyendo entre las cumbres y en los desfiladeros la lección eterna de la naturaleza. No lección alegre, no. El campo, y sobre todo la montaña, sólo le alegra al que no tiene la conciencia de la responsabilidad de la vida.

En uno de aquellos vallecitos altos unos pobres hombres segaban, a fines de agosto, centeno, que allí llamaban _blau_. Lo trillarán después acaso a látigo. Y los hombrecitos, abrumados por las montañas, que les quitan luz de sol, parecían hormigas. La montaña achica al hombre, porque se agazapa a vivir a su pie o en sus rinconadas y repliegues. Sólo se engrandece cuando pisa su cumbre; ¿pero qué montañés gusta de subir a ella? El montañés no es hombre de las cumbres, sino el hombre de los repliegues del pie de la montaña; no es el que domina a ésta, sino el que es dominado por ella.

Y seguíamos entre pinabetes, árboles tronchados al borde de las cascadas, que fueron torrenciales, junto al enebro enano. Y llegamos al pie del gigante Maladeta, y en su falda hicimos noche en la Resclusa, a 2.133 metros de altura, donde el Centre excursionista català ha levantado un refugio.

Los catalanes empiezan a rendir una especie de culto al Maladeta o Maleida, a la montaña maldita, que cantó en su poema _Canigó_ su gran poeta mosén Jacinto Verdaguer. Verdaguer, en su poema _La Maleida_, poema pomposo, más elocuente que íntimo, dice que los extranjeros, al verlo de lejos,

Aquell gegant--exclaman--es un gegant d'Espanya, d'Espanya y català.

Los aragoneses, sin embargo, protestan contra eso de que el Maladeta sea montaña catalana. Una de sus vertientes está en Aragón, en la provincia de Huesca, y los que a su pie viven hablan aragonés y no catalán.

El poema que Verdaguer dedicó al Maladeta y que forma parte del _Canigó_, no es, ni con mucho, de lo más exquisito, poético e íntimo del gran poeta. Parece más bien una composición académica, brillante, sí, muy brillante y muy imaginativa, pero compuesta, teniendo presentes preceptos clásicos de retórica, y sobre notas de turista y de erudito y de filólogo. Víctor Hugo y Zorrilla andan en él. Abunda, es cierto, en rasgos de feliz elocuencia, como decir que podría servir de esqueleto a continentes más amplios y al ángel de gradería para volverse al cielo, a Jehová, de trono; que es el Pirineo un cedro de portentosa alzada en que, como las aves, hacen los pueblos en su enramada un nido de que ningún buitre de razas los podrá desalojar; que su yelmo es de dos horas de ancho y de cuatro o cinco de largo, etc., etc. Es, ciertamente, de una poderosa inspiración, pero más oratoria que poética, lo repito, aquello de: «¡Qué gritos más horrorosos debió lanzar la tierra al parir en sus años juveniles esa sierra! ¡Qué días de pataleo! ¡Qué noches de gemir para sacar a la luz pura del sol esas montañas del centro de sus cráteres, de lo hondo de sus entrañas, como olas de la mar!». Y luego nos cuenta, más que nos canta, aunque en verso muy sonoro y acompasado, cómo un día el terremoto resquebrajó su corteza, surgió un río de aguas hirvientes de espumas de granito que, al beso helado de los aires, se fijó en la tempestad. Pero a todo ello, como a lo de que ni las águilas ni las nubes llegan a su cumbre, le falta intimidad lírica. Verdaguer no se metió el Maladeta en el corazón. Ni podía metérsele en él recorriéndole. Para esto era menester verle desde fuera, frente a frente, de donde se le abarcase entero. Y ver a aquel gigantesco diamante como algo espiritual.

Íbamos subiendo, al paso de nuestras caballerías, al Salvaguardia, frente al Maladeta, de noche aún, cuando empezaba a blanquear el alba en el alto cielo. Apareció la aurora, aquella aurora de dedos de rosa--«rododáctilos»--, de que hablaba Homero, y la metáfora sigue tan fresca. Pero la aurora, antes de abrir la puerta del sol con sus dedos de rosa, refrescó éstos en las eternas nieves de la cumbre del Maladeta, acariciándole con ellos. Se «enrosaron» también las nieves. Y empezó a bajar la luz del cielo.

Porque allí, en la alta montaña, entre las cumbres, la luz nos bajaba del cielo y no como aquí, en la grandiosa paramera de Castilla, que es toda ella cumbre, donde el alba brota con el sol, de tierra. Aquí la luz nace del suelo, y el sol, como inmensa amapola encendida, estalla del suelo, en el horizonte. Y todo el campo queda de pronto, y de una vez, iluminado. Se ve nacer la sombra pálida y larga del toro que pasta junto a una encina y la de la encina. Allí, en la montaña, al pie del Maladeta, encendía ya el sol las cumbres y todavía quedaban sumidos en sombra los valles y los hombres que en ellos se afanan por vivir de lo que la montaña les da.

Vimos de una mirada toda el Maladeta, como una inmensa pirámide, como un gigantesco diamante más bien. Pero no se me ocurrió decir: «¡cuánta tierra!», como se me ocurre al descubrir el páramo inmenso que sostiene en redondo al cielo. El mar nos da más la impresión de la grandeza que la más formidable catarata. La llanura, como el mar, es estática; la montaña, como la catarata, dinámica.

Aquel hombre nacido y criado allí, entre montañas--y el que esto os dice nació y se crió también entre ellas, aunque no tan grandiosas como las del Pirineo aragonés--agazapado al pie de ellas, es bravo, pero de una bravura defensiva. Los montañeses aman su independencia, pero una independencia negativa, defensiva. Los grandes conquistadores se formaron en la llanura, fueron hombres del llano, aquí, en España, extremeños. Y esto lo sentí el día en que desde Yuste, donde murió Carlos I de España y V de Alemania, el hijo de la Loca de Castilla y del Hermoso de Flandes, el nieto de los reyes católicos de Castilla y Aragón y de los emperadores del Sacro Romano Imperio Germánico, desde Yuste, al pie de Gredos, espinazo de España, contemplé, bruñida al sol, la recia paramera de Extremadura. Entonces, en agosto de 1911, dije:

Del piélago de tierra que entre brumas tiende a tus pies, aquí, sus parameros, con leras por espumas, volaron del Dorado a la conquista buitres aventureros, mientras hastiado del perenne embuste de la gloria, enterraba aquí a tu vista, su majestad en Yuste, Carlos, Emperador.

Así le decía a Gredos, hace más de ocho años, y en la vanidad de la gloria y en la vida eremítica pensaba hace seis meses, al pie del Maladeta. Y sólo al tocar otra vez el llano, el ancho y redondo llano de Castilla, que es, repito, todo él cumbre, volví a encontrarme el hombre de lucha y de conquista. Pero traía en el corazón, apretada en él, la visión de la gran montaña. De la gran montaña de que nace el Garona. Porque el Garona, el río de la Aquitania, el de los Girondinos, toma sus primeras aguas, las de su raíz más larga, en España, y de una montaña española.

Allí cerca, el valle de Arán, que siendo español, cae por completo en la vertiente francesa o septentrional de los Pirineos. Es un valle en cierto modo cuatrilingüe. La lengua natural de ellos, la casera y familiar, es un patuá bearnés o gascón; entienden y aun hablan, además, el catalán, pues están enclavados en la provincia de Lérida; el español, que es su lenguaje oficial administrativo, y el francés, ya que es con Francia con la que principalmente se comunican, quedando en los meses de invierno incomunicados, por las nieves, con España.

Pero de esta otra barrera, de la barrera lingüística entre España y Francia, y conexionado con ello, de mis observaciones lingüísticas meses después en Valencia, quiero ahora deciros algo.

Salamanca, febrero de 1919.

LA FRONTERA LINGÜÍSTICA

Apenas hay a lo largo de la barrera toda del Pirineo, que separa a España de Francia, un punto en que las lenguas española y francesa vengan en mutuo contacto, y por lo tanto, en conflicto, pero también en cambio recíproco. Lo mismo de un lado que de otro, se hablan patuás, dialectos y lenguas regionales.

Acaso donde más se pueden mezclar o entreverar, por lo menos el español y el francés, es en el extremo occidental de la frontera, en el país vasco, ya que tanto en España como en Francia el vascuence declina, languidece y hasta agoniza. En San Sebastián se oye más español y en Bayona más francés que vascuence, y aun en Irún y en Hendaya, poblaciones fronterizas de un lado y de otro, es más fácil hacerse entender en español o en francés que no en vascuence. En la parte francesa hay comarcas en que el vascuence se ha defendido mejor que en España, lo que se debe a que allí donde acababa el vascuence o eusquera, empezaba el bearnés, que servía así como de cojinete entre aquél y la lengua oficial, que es la invasora, mientras que en España el eusquera se pone en contacto y conflicto inmediato con el español oficial.

Siguiendo el Pirineo de occidente a oriente, vienen de un lado y de otro dialectos no oficiales: de este lado español el cheso, hablado en Echo, valle de Ansó, y luego el benasqués y otros dialectos alto-aragoneses, para entrar en seguida en la región del catalán, hasta el otro extremo de la frontera, y del lado francés háblanse también dialectos: bearnés, gascón y por último catalán, en el Rosellón. Y por cierto que mientras aquí, en España, piden los catalanes-españoles la oficialidad y la obligatoriedad para todo funcionario público que allí ejerza, de su lengua catalana, jamás se les ha ocurrido, que sepamos, pedir una cosa análoga a los catalanes-franceses. A los voluntarios catalanes que han luchado por Francia, no por Cataluña, en las trincheras, se les ha hecho firmar un documento en que piden la soberanía de su Cataluña, en que va como esencial y primordial atributo el de dar la enseñanza pública en catalán; pero si al mariscal Joffre, que es de Rivesaltes, en el Rosellón, donde se habla catalán, se le pidiese que firmara un documento pidiendo a la República Francesa que en su ciudad natal se enseñe en las escuelas en catalán, y el francés como accesorio, ¿qué diría?

El Pirineo es, sin duda, una barrera entre España y Francia, pero lo es mucho mayor esa zona de lenguajes regionales que los separa. Y donde ella se ha adelgazado o debilitado más, la comprensión mutua y la semejanza son mayores. San Sebastián tiene mucho más de francés que Gerona, y Bayona tiene mucho más de español que Perpiñán. Sin que esto quiera decir que Gerona sea más española que San Sebastián o que Perpiñán ser más francés que Bayona.

¿Conseguirán los catalanes, si logran la absoluta autonomía integral, la soberanía de Cataluña que ahora exigen a España, suscitar, llevados de un imperialismo lingüístico, el renacimiento del catalán en el Rosellón francés? Porque en el Rosellón, en la Cataluña francesa, no se siente esas ansias de personalidad colectiva diferencial, a base de una lengua privativa que se siente en la Cataluña española. El catalán francés, como el provenzal y el languedociano, sabe expresar y verter su personalidad toda y la de su región en el más puro francés de Francia. No es Mistral más provenzal que Daudet, por ejemplo. Y es que la revolución, sacudida liberal, si es que no también democrática, unificó los espíritus. La democracia podrá alguna vez despertar y mantener esas diferencias, pero el liberalismo y la libertad misma las borran. Y la democracia no es necesariamente liberal. Puede muy bien ser reaccionaría y esclavista. ¿No eran acaso los secesionistas de los estados del sur de Norte América tan demócratas como los del norte?

No les faltan, en efecto, a nuestros catalanes pujos imperialistas en cuanto al idioma. Pretenden algunos de ellos reconquistar para el catalán los pueblos que está perdiendo o que ha perdido ya. Entre ellos el de Valencia.

El valenciano de hoy es al catalán algo así como el gallego al portugués. (La lengua, quiero decir). El valenciano es un catalán despotencializado y pronunciado bastante a la castellana, así como el gallego ha perdido casi toda la fonética portuguesa para acercarse a la castellana.

En Valencia se habló antaño catalán lo mismo que en Barcelona. El empeño de algunos valencianistas de distinguir el antiguo lemosín de Valencia del catalán es una puerilidad. La lengua en que escribieron en Valencia el libro de caballerías _Tirant lo Blanch_ mosén Johanot Martorell y mosén Martí Johan de Galba, valencianos, es la misma que la de la _Crónica_, de Ramón Muntaner, que era, por cierto, ciudadano de Valencia--nos lo dice él mismo--y la lengua de las torturadoras poesías de Ausías March, valenciano, es la misma que la de Jordi de Sanjordi, poeta catalán. Hasta el siglo XV nadie distinguirá el valenciano del catalán.

Luego el valenciano fué haciéndose un dialecto rural y de artesanos de la ciudad y no le alcanzó el renacimiento literario catalán de hace casi un siglo. Y hoy la prosa literaria de Valencia es la de las novelas de Blasco Ibáñez y su lenguaje poético es el del dulcísimo Vicente Wenceslao Querol. En las _Rimas_ de éste, que son de lo más exquisito, íntimo, sentido, puro y noble que produjo la lírica castellana, en general tan pobre, árida y verbosa, en el siglo XIX, hay unas pocas, muy pocas, en catalán. En catalán, ¿eh?, no en valenciano; en el catalán literario que restauraron Aribau y Rubio y Ors, no en el valenciano que se habla en la Valencia de Querol, no en la lengua de la casa de éste, no en aquella lengua de que el mismo poeta, en una de sus mejores poesías--¡en castellano claro!--la titulada _Ausente_, en que canta a su Valencia, decía:

Canción de amor en el materno idioma por los senderos, cuando el alba asoma...

Cuando Querol quiso cantar al amor, al amor a novia--en sus _Cartas a María_--, al amor a sus hermanas--_A la memoria de mi hermana Adela, Cartas a mis hermanas_--, al amor filial--_La Nochebuena_--, lo hizo en castellano y no en valenciano, y mucho menos en catalán.

La literatura actual valenciana, en el valenciano que se habla y a las veces en bilingüe, es la de los fresquísimos y saladísimos sainetes de Eduardo Escalante, escritos desde 1861 a 1889. En estos sainetes es donde hay que ir a buscar el valenciano que habla y entiende el pueblo. Los personajes hablan ya valenciano, ya español, ya un chapurrado de ambos, ya pretenden hablar español para darse lustre, pero estropeándole, de donde el autor saca efectos cómicos.

En el sainete _Fuchint les bombes_ (Huyendo de las bombas), «Seledonio» tiene con «Martínez» este diálogo: S. ¡Y usté, qu'es de Locairente!--M. ¿Qué quiere desir con eso?--S. Que para darse de lustre--nos habla aquí en extranjero.--M. Yo lo que hablo es l'español--qu'es lengua que da respecto--y estuví pa ser marqués...», y «Seledonio» acaba diciendo: «Y a parlar en valensiá--la lengua dels meus agüelos». Martínez se queja otra vez de que su mujer, Genoveva, esté hablando siempre «valensiano» y a Manuela, que llama a un chico Estanislaro, le corrige: «Pero, ¡qué valensianota!--dí... Estanislado». En otro sainete--_Les chiques del entresuelo_ (que no hay que traducir), Ramona dice a Pura, su hermana: «Parlenli en castellá; may se donen importancia». En _Cheroni y Riteta_ a un pedantuelo que dice de una que no se muestra «artica» a su amor, le dice Miguel: «Con el valensiá--no'l usa molt, la paraula--la té mes espeletiva--en castellano». Es decir, que usan del valenciano «en us de la otoromia...» o autonomía, como dice Mariano en _La Chala_, y por ser su lengua propia, pero así como Escalante escribió en él sus sainetes, a ningún valenciano se le ha ocurrido aún, que yo sepa, escribir tragedia o drama en él. Y es que si pariera un drama en valenciano, el público estaría esperando cuándo salía el chiste y no acabaría por tomarlo en serio. Hasta que no le eduquen a ello...

Por todo esto, cuando Cambó, el «leader catalanista», fué a Valencia a una sociedad popular y se puso a hablar en ella en catalán, le silbaron sin dejarle continuar. No les hablaba en valenciano, sino en catalán, y los valencianos de hoy, del pueblo, no entienden mejor el catalán que el castellano o español. Y es que el acto aquel de Cambó les pareció un acto de imperialismo; iba a reconquistarlos. Y en Valencia, que es más mercantil que industrial, saben que si se puede producir en valenciano o en catalán, no se puede vender en ellos, sino en español o en francés.