Andanzas y visiones españolas

Part 14

Chapter 144,192 wordsPublic domain

Y la bajada del Teix, ya de noche, a través de la luna que se filtraba por las copas de los olivos y algarrobos, viendo en el fondo, como rojas estrellas, las luces humanas de Valldemosa. Rompí a cantar, aunque sin arte alguno. Y esto de cantar lo hago en rarísimos momentos de mi vida y en la soledad. Sobre todo para que no me lo oigan.

Al día siguiente de la ascensión al Teix fuimos a visitar la ermita de la Trinidad. Los ermitaños es una de las cosas más típicas de Mallorca. Ellos pretenden conservar la más pura tradición de los primitivos ermitaños. Dijéronme que eran de la orden de San Antonio Abad, orden que no sé que hoy exista, reconocida como tal. Son legos y hacen votos perpetuos, pero simples. Tienen en Mallorca una organización, si tal puede llamarse, puramente insular. Carecen de todo lazo ordenancista con los ermitaños de Córdoba, por ejemplo, de cuya existencia han oído. Son gente sencillísima, payeses o campesinos los más, que se retiran a orar y a vivir una vida de extrema pobreza, pero en medio de una naturaleza espléndida que por sí sola enriquece. Allí, en la Trinidad de Valldemosa, se puede muy bien vivir con unas sopas escaldadas y aceitunas, pues el aire cernido por la fronda y la visión del mar que allí abajo tapiza el cielo basta para alimentar no ya sólo el espíritu, sino también el cuerpo. No son más que cinco ermitaños.

A la puerta de cada una de sus celdas hay una pequeña inscripción que dice entre otras cosas que: «el consuelo de morir sin pena--bien vale la pena de vivir sin consuelo». Mas esto de que vivan sin consuelo me parece que no pasa allí de ser un tópico retórico. De todo tenía aire y traza menos de desconsolado el ermitaño que nos atendió, un joven moreno, de cerrada barba negra, con aspecto de «sufí» moro. Al verle, algo remangadas las anchas mangas del hábito, tirar de la cadena del pozo para sacar el balde de agua, en medio de aquel soberbio escenario, de todo menos de desconsuelo y de tristeza. ¡Y aquel pequeño cementerio, colgado sobre el bosque que cuelga sobre el mar, donde duermen, bajo un cielo todo luz y al arrullo de las olas los ermitaños que fueron! Allí la anacoresis, el retiro, es una voluptuosidad; es acaso la manera que tienen de satisfacer una vocación estética los pobres payeses. ¿Quién sabe si en el fondo aquella vida ermitaña no es la más sutil bohemia para aquellos hombres sin literatura?

Blanquerna, el personaje de la novela ascética de Ramón Lull, el filósofo iluminado, el más alto espíritu de Mallorca a quien allí le llaman el beato Ramón Lull, aunque la Iglesia no lo haya beatificado, Blanquerna, después de haber sido papa, renuncia al papado para hacerse ermitaño. Es la vida suprema. Y concibió aquella novela Lull en el retiro de Miramar. Aquel hombre de alma encendida, loco de Dios según él mismo se llamaba, especie de cigarra espiritual ebria del sol de las almas--para él Dios era ante todo luz--cantaba estremecido y la larga oración de sus obras místicas y filosóficas, rosarios de aspiraciones, son como el canto de la cigarra de Miramar. Y fué merced a él la lengua catalana la primera lengua vulgar en que habló la especulación filosófica, a principios del XIV, como hizo notar Menéndez y Pelayo.

Blanquerna, el hijo de Aloma y Evast, después de recorrer estados, viene a quedar como en supremo grado en ermitaño, en cigarra de Dios. Va a hacer penitencia en los altos montes y en compañía de los árboles, de los pájaros y de las bestias, y en rigor no hace más penitencia que los árboles, los pájaros y las bestias. ¿Qué le importa a la cigarra ayunar y que el sol la escalde si tiene el canto? Quería estar y contemplar al Dios de gloria. «Una fuente y muy bella, una capilla antigua y una celda muy bella», nos dice Lull. Y hasta la calavera que hay allí, en la celda, en su caja--nos la mostró el ermitaño y sabía quién era--resulta un objeto bello; debe resplandecer al sol como una joya el hueso desnudo. Pierde allí su horror la muerte. «De noche abría Blanquerna--nos dice Lull--las ventanas de la celda para ver el cielo y las estrellas y comenzaba su oración como más devotamente podía para que toda su alma estuviese con Dios y sus ojos en lágrimas y lloros». Pero no lágrimas ni lloros de dolor, sino de derretimiento, de devoción y amor y de gratitud al ver la obra de Dios. Esto no lo dice Lull, pero lo digo yo. El texto litúrgico que allí, en Miramar, mejor encaja es aquél que dice en el _Gloria in excelsis_ lo de: _gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam_: te damos gracias, Señor, por la grandeza de tu gloria. Es lo que hay que cantar en toda Mallorca y singularmente en el Miramar de Valldemosa. Allí hay que dar gracias a Dios por su obra, sin pedirle nada más. Y se comprende que allí donde los cielos y los montes y los mares narran la gloria del Señor pretendiera Lull racionalizar toda teología, porque allí el arte se hace razón y la razón arte. La fantasía ha tomado cuerpo terrestre y visible, ha cuajado en la roqueta florecida de Mallorca.

Termina el Blanquerna con el encendido _Libro del amigo y del amado_, que son jaculatorias místicas para cada día del año. Libro, dice el mismo Lull, compuesto al modo de los de los «sufíes», que tienen palabras de amor y ejemplos abreviados y que dan al hombre gran devoción. Se ve el abolengo más que oriental, africano, líbico, del encendido chirrido de la cigarra espiritual mallorquina. La inspiración se la trajo viento del mediodía o leveche--_'lleveitx_--, esto es, líbico, acaso el encendido _xaloc_, el viento del suroeste. «Tú que llenas el sol de resplandores, llena mi corazón de amor», le dice el amigo al amado, le dice la cigarra espiritual de Miramar al sol de las almas que bruñe el mar nacarado. Le decía el amigo al pájaro que cantaba en el vergel del amado: «Si no nos entendemos por lenguaje entendámonos por amor, porque en tu canto se representa a mis ojos a mi amado». El vergel del amado en que canta el pájaro es Mallorca, una gran ermita ceñida por el mar de Cristo.

Para digerir y asimilarse el divino regalo de la visión de la isla de oro donde todo narra la gloria del sol, no creo que haya mejor que recogerse en la ermita de la Trinidad de Valldemosa, a vivir unos días nutriéndose de los frutos de la tierra que se pisa y del aire del cielo y el mar cernido por los olivos y leer el Blanquerna mientras se oye el febril chirrido de las cigarras. Y pasearse luego, no caminar, sino pasearse, entre aquellos olivos centenarios de contorsionados troncos que fingen monstruos y vestiglos. Es el árbol que aspira a vida animal, acaso para poder cobrar una voz cualquiera con que decir, aunque inarticuladamente, la gloria del Señor. Aquellos olivos, como aquellas rocas, parecen aspirar a otra vida más alta. Son olivos ermitaños, y tal vez hacen, a su modo, penitencia. Son olivos que tienen fisonomía, personalidad, porque tienen historia, esto es: alma. ¿Quién sabe si no oyeron los suspiros de gracias de Blanquerna? Sólo conociendo algo la obra encendida de Ramón Lull, del juglar de Mallorca, del loco de Dios, de la cigarra del Cristo latino, se puede penetrar en la belleza espiritual de la isla de oro, en lo que quiere decir aquella fantasía divina encarnada en roca florecida y ceñida por el mar de zafiro y de esmeraldas y de topacios y de nácares irisados; pero sólo conociendo la isla de oro y habiendo sorbido con los ojos su esplendor fulgurante y habiendo visto sus rocas y sus olivos, que aspiren a más alta vida, se puede comprender la obra de aquel singular espíritu iluminado que peregrinó en el puente del siglo XIII al XIV, «siglo epiléptico en que todas las pasiones buenas y malas llegaron a su mayor grado de furia y extremosidad, hirviendo toda sangre y toda carne en sed de deleites o en sed de maceraciones infinitas». (Menéndez y Pelayo).

Al volverme de la isla de oro a esta Barcelona venía en el buque diciéndome: «_Gratias ago tibi, Domine, propter magnam gloriam tuam!_»: ¡Gracias, Señor, por haber dado a España esa ermita abrazada por tu cielo y tu mar latinos!

Barcelona, octubre de 1916.

LOS OLIVOS DE VALLDEMOSA RECUERDO DE MALLORCA

_A Pilar Montaner de Sureda._

Esa montaña costera de Mallorca, esa brava sierra florecida con que se yergue la roqueta para mirarse en el mar en que parece mezclarse su sangre, sangre de zafiro, con la sangre nacarada del cielo, es como una ermita en que rocas y árboles hacen la sabrosa penitencia de aspirar, retorciéndose, a Dios. Las cigarras, ebrias de sol, estremecen el cielo y la tierra con su chirrido, brezando la siesta ensoñadora del mar.

Blanquerna renunció el pasado para ir ahí, a Miramar de Valldemosa, a hacer penitencia en los altos montes y en compañía de los árboles, de los pájaros y de las bestias, contemplando la gloria de Dios junto a una capilla antigua y a una bella fuente en una celda bella. De noche abría las ventanas de ésta--así nos lo dice el iluminado Ramón Lull, la cigarra loca del dios del Mediterráneo--para ver el cielo y las estrellas, y comenzaba su oración como más devotamente podía para que su alma estuviese con Dios y sus ojos en lágrimas y lloros. Lágrimas que le brotaban con la pureza con que brota de la roca el agua de manantial; lágrimas que eran lluvia del cielo, del alma. Y Blanquerna entonó allí, al modo de los sufíes que tienen palabras de amor y ejemplos abreviados y que dan al hombre gran devoción, el canto del _Amigo y del Amado_. Y le pedía a Dios que, así como llena al sol de resplandores, le llenase de amor el corazón.

Los penitentes olivos de Valldemosa, los olivos ermitaños de Miramar, se acuerdan de Blanquerna, cuyos suspiros cernieron con su follaje antes de que fuesen a acostarse y anegarse en el mar de zafiro. Y si alguna vez, vencidos por la pesadumbre de los años, los olvidan, recuérdanselos las cigarras, que narran la gloria del Señor. Las cigarras chirrían estremecidas en la ermita de Mallorca, diciendo: _Gratias agimus tibi, Domine, propter magnam gloriam tuam._

Las rocas y los árboles aspiran allí a una vida más alta, a una vida de conciencia contemplativa. Aquellas rocas de las encantadas calas, las que con el canto estremecido de sus colores enloquecieron al pobre Mir, fingen extraños monstruos que no son sino la aspiración a un cuerpo en que encarne un alma contemplativa. Aquellos acantilados que cuelgan sobre el mar y que parecen carnes desolladas al vivo, desgarradas por el cilicio y las disciplinas, hacen la sabrosa penitencia de buscar a Dios. Hanse desollado así para que el sol les penetre en las entrañas. Y esas entrañas rocosas de la roqueta de Mallorca están llenas de ventrículos, de recónditas celdas donde el agua sueña y forja también cuerpos que aspiran a la conciencia.

Aquel olivo que lleva su copa como una enorme cornamenta enramada y se tiene en el suelo con sus cuatro patas; aquel olivo como un monstruo paleontológico, ¿es que se agarra a la roca o es que quiere desprenderse de ella?

Esos olivos han vivido, y como todo lo que ha vivido y no sólo vegetado, tienen su historia. Y como todo lo que ha vivido y tiene historia son yos, son personas, cada una de ellas con su fisonomía, con su carácter, con su alma. Ancianos ermitaños, cobran esos olivos toda su alma como los hombres la cobran, cuando las arrugas les surcan la frente, cuando las mejillas se les retuercen, cuando las barbas les blanquean, cuando tiene cada uno sus pliegues. Que no sin honda razón estética siempre que se representa a un hombre que vivió en la historia y llegó a viejo, represéntasele en su vejez más que en su mocedad. El retrato de mocedad sólo tiene valor para el amor que no entiende de historias y que en vez de vivir vegeta.

Junto a Santa María, en el llano de esa roqueta de Mallorca, vi un almendral que es para el arboricultor una maravilla. Están los almendros en correctísima formación, como un regimiento bien instruido y disciplinado, guardando escrupulosamente la fila. Y todos son iguales, exactamente iguales, aquellos reclutas de la arboricultura. Cada uno con sus tres grandes ramas; todos bien esponjados para que el sol llene sus copas. Puesto uno en una fila y enfilándolos con la mirada sólo ve al primero, que cubre por entero a los demás de la fila. Y dan sus almendras, que no son las aceitunas amargas de los viejos olivos ermitaños de Valldemosa. Y aquellos almendros reclutas, disciplinados, uniformes, alineados, de Santa María, no aspiran a la conciencia. Verdad es que tampoco ven al mar, espejo de los ojos del Señor.

Decía Rusiñol de esos olivos que son como ciertos poetas que se retuercen y atormentan y contorsionan el magín para parir un soneto, y así ellos se retuercen, atormentan y contorsionan para dar aceitunas. Pero es que en una amarga aceituna se sabe más a la conciencia de una vida más alta que no en una dulce almendra. Y en un soneto puede ir toda una alma torturada.

¿Pero sufren al retorcerse así? No, no sufren. Esos retorcimientos son como las penitencias de Blanquerna en los altos montes y en compañía de los árboles, de los pájaros y de las bestias; esos retorcimientos son como la queja del chirrido de las cigarras. Es el amor al sol, que toma formas de penitencia y de maceraciones.

Como aquellos ermitaños envejecidos en buscar a Dios, no les queda a los olivos más que los huesos, la piel y la cabellera. Y tampoco la roqueta, la gran ermita ermitaña que es Mallorca, tiene sino huesos, huesos de roca, atezada piel y frondosa cabellera de árboles. Olivos, almendros, higueras, algarrobos, pinos, encinas... nacen de la roca. Y es la roca como rayos de sol en largos siglos cristalizados. Sorbiendo, embebecido, por los ojos la fulgurante hermosura de las rocas costeñas de Mallorca, ocurrióseme fantasear si no serán esas rocas estalagmitas de la lluvia de rayos de sol que de continuo gotea sobre el mar de la isla de oro.

Aquel enorme dragón de la Foradada, que retorciéndose se vuelve a mirar a tierra cuando va a sumergirse en el mar y así se queda, espiando, receloso, el bosque de Miramar, deja ver en el fondo de su ojo al cielo tocando al nacarado océano. Y nos habla de los monstruos de la _Odisea_. Porque aquél es el mar homérico, el mar de color de vino, el de Escila y Caribdis, no el mar tenebroso de Camoens, el de Adamastor.

Aquellos viejos olivos cenobitas, cartujanos, oyeron los suspiros de Blanquerna y habían oído también los alaridos de las huestes de Jaime el Conquistador. Y oyeron los gritos que lanzaban Cabrit y Basa en el castillo de Alaró cuando a manos de Alfonso de Aragón pereció la breve independencia del fugitivo reino de Mallorca. Aquellos olivos saben Historia. Y no la saben los almendros disciplinados del regimiento arbóreo de Santa María. Los unos son cenobitas, los otros son mercenarios.

¿Se acuerda usted, amiga mía, cuando tendidos allí, sobre la roca, al pie de un árbol, entre aquellos cenobitas vegetales, usted, su marido, Gabriel Alomar y yo veíamos al sol acostarse entre los nácares de la lontananza del mar latino? _¡Mediterráneo!_ Es ya de por sí un verso adónico para cerrar tres sáficos endecasílabos, como decía Alomar. Y un momento parecía como si el último asomo del sol, su coronilla, fuese la cumbre de una roca que se alzase allá, a lo lejos, donde el mar coge por fin y sujeta al cielo y le pone pecho sobre pecho domeñándole. Desde allí, desde donde se oculta a nuestros ojos el Sol, puede parecer, al ocaso, la isla de oro, la roqueta de las cigarras y los olivos, otro sol que se acuesta en su sangre azul.

Dejándose embriagar por la luz del cielo de Mallorca, del cielo más que del Sol--que es un cuajaron de aquella luz--, como de él se embriagan las estremecidas cigarras, ermitañas de los olivos, se comprende que Blanquerna renunciase al papado para darse a la vida de ermitaño.

«Que el consuelo de morir sin pena bien vale la pena de vivir sin consuelo».

Así reza un cartelito a las puertas de las celdas de los ermitaños de la Trinidad en Miramar de Valldemosa. Pero eso no es sino expresión litúrgica ermitaña, porque allí no se vive sin consuelo ni en pena. Allí el alma se retuerce poco a poco, sin retortijones ni dolores, soñando en la muerte, en Dios, en el sueño inacabable.

El pobre Rubén Darío, en acaso su última temporada de alguna paz y de ilusión de enmienda, en la que pasó en la que fué Cartuja de Valldemosa, huésped del generoso Juan Sureda, visitó en la ermita de la Trinidad a un anciano ermitaño que se había ido allí a acostarse, a morir. Y el poeta que tan exquisitas olivas, llenas de óleo de consuelo, nos ha dejado en sus amargos cantos, pensó en lo que pudo haber sido y no fué. Y allí más abajo, junto al mar, en los lomos de la Foradada, queda aún entre unas piedras el humo del fuego que encendió el poeta para cocinar un arroz, ataviado él en tanto de cocinero. El humo ése acabará por borrarse y acabará por desaparecer toda la cocinería del gran poeta, y cuando nadie pruebe de sus arroces literarios, quedarán las generosas aceitunas poéticas, henchidas de óleo de consuelo, que nos ha dejado en cantos como aquél que en Valldemosa, en la que fué morada del abad de la Cartuja, dedicó a ésta.

Sólo el que con el alma recogida ha oído en silencio el chirriar de las cigarras estremecidas de sol en las copas de los viejos olivos cenobitas de Valldemosa, puede aprovechar la lección espiritual de la roqueta de Mallorca, vasta estalagmita de la lluvia de luz del cielo sobre el mar latino.

LA TORRE DE MONTERREY A LA LUZ DE LA HELADA

Hiela, corre un cierzo que corta el respiro; pero desde el azul acerado vierte un sol desleído una luz clarísima que corta también las sombras y dibuja los relieves del campo como si fuesen de arquitectura.

Porque esa luz limpidísima, clara como el hielo, sin brumas, diríase que, no ya luminiza, sino civiliza a la naturaleza; hácela civil, que es hacerla más que humana. Que humanizar es ya mucho; pero civilizar es más. Civilizar, hacer civil--o si queréis, ciudadanizar--, es sobrehumanizar. Humanidad nos parece para el hombre todo; pero civilidad es para él más; es más que todo, porque es el porvenir que jamás acaba de cumplirse, es el ideal. Todo es lo que hay, y lo que hay de permanente; pero más que todo es lo que sobre lo que ha habido y hay habrá. Todo es el pasado que se condensa en el presente; más que todo es la eternidad, que abarca el pasado, el presente y el futuro. Todo es el universo, y más que todo es el pensamiento. Porque el pensamiento sobrepuja a todo lo pensado y a todo lo pensable, y rebasa de ellos.

También la ciudad es naturaleza; también sus calles, y sus plazas, y sus torres enhiestas de chapiteles son paisaje. Y sus líneas son como las líneas de estos campos. Algunos dicen que barrocas. No todas.

Los escarpes de esos arribes que del vasto tablazo de la Armuña bajan a las riberas del Tormes son como contrafuertes de una gigantesca seo, son arquitectónicos. Hay lugarejos que parecen esculpidos en la tierra del páramo, en la roca más bien. Y tal negrillo junto a la espadaña de una iglesiuca lugareña, que a mucho mirar acabaríase por dudar cuál es el árbol y cuál la torre. Y ahora que los árboles en esqueleto, en mondos huesos negruzcos, parecen columnas de templo arruinado al que se le hundió la bóveda.

Corriendo tierras ibéricas, de estas desnudas, de roca, ¿no se os ha ocurrido imaginaros a lontananza que aquel teso es una catedral barroca?

Y aquí, en cambio, en la ciudad, créese uno en vasta formación geológica. Los hombres, como madréporas, levantaron estos pardos corales o estos corales de oro que reverberan al sol desnudo del invierno.

Cada una de estas fábricas de piedra de estos edificios, diríase una inmensa frase arquitectónica, un aforismo de líneas. En una frase culmina y se condensa todo un sistema de ideas, de pensamientos. En el título del drama inmortal de Calderón, de la pareja del _Quijote_, en _La vida es sueño_, está «condensada--acabo de leer que dice justamente Farinelli (en su obra _La vita è un Sogno_)--la sustancia de todas las filosofías mundiales». Por una frase perduraba en la memoria de los suyos, de los de su casta, cada uno de los siete sabios de Grecia; pues estos siete sabios eternizáronse en el pensamiento de su pueblo como padres de siete sendas sentencias. Y una frase, una sentencia civil, civil más que humana, es un edificio de pensamiento, en que la economía de material y de esfuerzo bruto se llevó al colmo del triunfo. Las pirámides son inmensas frases de piedra que se alzan de las arenas del desierto; una inmensa frase, como un período demosteniano, o mejor como un período pericleano, tal y como Tucídides nos los ha legado para siempre, es el Partenón. Y estas torres son frases también, frases civiles, sentencias de civilidad hecha naturaleza.

Yo no sabré traduciros en palabras sonoras, y que aun siendo aladas queden--se queden volando y cerniéndose--, lo que esta armónica frase de piedra tallada que es la torre de Monterrey me dice, nos dice, a la luz cortante y fina de estas mañanas arrecidas de invierno, cuando la helada duerme en vano en las cresterías de su pingorota; pero sé que es una frase cuando se destaca sobre la azulez del cielo. Y si los hombres pasan y quedan, estas piedras quedarán diciéndole a la naturaleza que hubo humanidad, hubo civilidad, hubo pensamiento; quedarán hablándole de plan, y de orden, y de proporción al universo.

¿Y por qué no han de saber geometría, matemática, esos planetas que recorren el espacio según las leyes que ellos mismos le enseñaron a Kepler? ¿No es una gran ciudad, la ciudad de Dios, el Supremo Arquitecto y habitador de ella, esta máquina única del universo mundo?

Todo esto es un sueño, ¡conformes! Pero este sueño de piedra, a la luz cernida por la helada, nos dice que el sueño es lo que queda, lo duradero, lo permanente, lo sustancial, y que sobre él, sobre el sueño, como sobre el mar las olas, pasan rodando nuestros dolores y nuestros goces, nuestros odios y nuestros amores, nuestros recuerdos y nuestras esperanzas. Las olas son del mar; pero las olas pasan y el mar se queda; los dolores y los goces, los odios y los amores, los recuerdos y las esperanzas, son del sueño, del sueño de la vida; pero ellos, dolores, goces, odios, amores, recuerdos, esperanzas, pasan y el sueño se queda. Y se queda así, hecho piedra, piedra terrena, pero civilizada, piedra civil, o piedra espiritual, frase acuñada para siempre, monumento _aere perennius_, más duradero que el bronce.

Este sueño de piedra entra al alma y cae en ella, dentro de ella, más dentro de ella: en el alma del alma, en lo que está más dentro del alma misma, y arrastra a ésta, a nuestra alma, al cimiento de las almas todas, como las olas, pasajeras, al mar de las almas. ¿Es un mar? ¿Es líquido? ¿No es más bien un páramo, una llanada, un cimiento pétreo de toda laya de edificios para albergar el pensamiento humano civil? ¿Y no es cada una de nuestras almas un sillar que la vida talla--la talla a golpes, con dolor y goce, con odio y amor, con recuerdo y esperanza--para que forme en la gran seo humana, civil, en el templo y casa de nuestro Dios civil y humano?

Fué ayer, fué hace un momento; es decir, fué hace más de veinticinco años--el tercio de una vida bien cumplida--cuando te vi por vez primera, torre de Monterrey, y me llevas más allá, mucho más allá de esos veinticinco años, a cuando, sin haber nacido, te contemplaba--¿dónde?--, y con ello me llevas de aquí a dentro de veinticinco años, más allá, mucho más allá, a cuando, después de muerto y bien muerto, te siga contemplando, siga yaciendo y posando en el fondo del mar de las almas esta mi visión de ti que se me acuña en el alma en estas montañas de rayos de sol cernidos por la helada. El sueño queda. Es lo único que queda: la visión queda.