Amores: elegías amatorias

Part 5

Chapter 54,118 wordsPublic domain

Que cerca de tí mis versos suplan en mí la riqueza. Más de una bella quiere deberme su celebridad. Sé de una que en todas partes va haciéndose pasar por Corina: ¿por serlo efectivamente qué no daria ella? Pero como no se vé correr por un mismo cauce al fresco Eurotas y al Pó guarnecido de chopos, del mismo modo ninguna otra que tú será el objeto de mis cantos: solo á tí está reservado inspirar mi genio.

ELEGIA DÉCIMAOCTAVA.

ARGUMENTO.

A Macer: se justifica de entregarse enteramente á cantos eróticos.

Mientras que juntas en tus versos la cólera de Aquiles, y revistes de sus primeras armas á los héroes encadenados por sus juramentos, yo, Macer, gozo del reposo á la sombra de la indolente Vénus, y el tierno Amor viene á parar el vuelo audaz de mi genio. Más de una vez he dicho á mi señora: «Basta ya, retírate,» y al punto ella se sienta sobre mis rodillas. Frecuentemente le he dicho: «En verdad estoy avergonzado;» y ella, reteniendo con pena sus lágrimas, exclamaba: «¡Qué desgraciada soy! ¡ya te avergüenzas de amarme!» Entónces estrechándome entre sus brazos, me prodigaba mil besos de aquellos que hacen mi perdicion. Estoy vencido; mi espíritu no sueña en los combates: lo que yo canto son mis hazañas domésticas y mis guerras privadas. No obstante he manejado el cetro; mi pluma ha osado abordar la trajedia, y la empresa no era superior á mis fuerzas. El Amor se echó á reir al ver mi noble manto, mi coturno pintado y mi cetro tan bien llevado por manos para las cuales está hecho. Las exigencias de una señora imperiosa me han arrancado de este trabajo, y el poeta de coturno es batido por el Amor.

Puesto que esta es mi suerte, me limito á profesar el arte de amar; y soy el primero ¡ay! abrumado bajo el peso de mis preceptos. O escribo una carta de Penélope á Ulyses, ó pinto tus lágrimas, Phyllis, cuando te ves abandonada. Escribo á Páris y á Macarea, y al ingrato Jason, y al padre de Hippólyto, y al mismo Hippólyto. Repito los lamentos de la infortunada Didon, armada de su amenazante espada, y los suspiros de la heroina de Lesbos, amiga de la lira Eolia.

¡Con qué velocidad mi amigo Sabino ha recorrido el mundo, y traido de mil diversos lugares la respuesta á estas letras! La casta Penélope ha reconocido el sello de Ulyses, y la suegra de Hippólyto ha leido los reproches que él le dirije. Ya el piadoso Eneas ha respondido á la muy desgraciada Elisa; y Phyllis, si con todo eso ella respirara, tambien tiene su respuesta. Las tristes despedidas de Jason han llegado á Hypsipyle; y Safo, querida de Apolo, no tiene mas que depositar á los piés del Dios la Lyra que le tiene consagrada.

Pero tú tambien, Macer, cantando los combates y los trabajos de Marte, tú tambien has hablado, tanto como has podido, del amor y de sus tesoros. En tu poema figuran Páris, y aquel adúltero cuyo crímen ha hecho tanto ruido, y Laodamia acompañando á su esposo que ya no existe. Sí, te conozco bien, tratas estos asuntos tan de buena gana como los combates, y pasas frecuentemente de tu campo al mio.

ELEGIA DÉCIMANOVENA.

ARGUMENTO.

A un hombre cuya mujer amaba.

Insensato, si para tí tú no tienes necesidad de vigilar tu mujer, vigílala al menos para mí á fin de hacérmela desear más. Lo que nos está permitido nos es insípido; lo que nos está prohibido excita más fuertemente nuestra pasion.

Aquel que ama lo que otro le permite amar, tiene un corazon de hierro. En cuanto á nosotros, los que sabemos amar, nos falta esperar y temer á la vez, y, para desear más vivamente, tener que sufrir algunas repulsas.

Que no se me hable de una fortuna que me pondria al abrigo de toda decepcion. No sabria amar lo que no pueda inquietarme en ningun tiempo. Este es mi flaco; bien lo habia visto la astuta Corina: demasiado sabia ella por dónde podíaseme cojer. ¡Cuántas veces, ay le tengo visto ¡la mentirosa! fingir un violento mal de cabeza, á fin de despedirme! ¡Cuántas veces he debido, aunque me costase, alejarme á paso lento! ¡Cuántas veces me ha supuesto culpas, y, culpable ella misma, se ha supuesto la inocente! Despues de haberme atormentado, despues de haber así reanimado mis fuegos medio apagados, volvía á estar dulce y sensible á mis deseos. ¡Qué de caricias, qué de ternuras entonces me prodigaba! ¡Cuántos besos y ¡grandes dioses! qué besos!

Tú tambien, que recientemente has embelesado mis ojos, recurre frecuentemente á la astucia, seas á menudo sorda á mis súplicas; déjame tendido en el umbral de tu puerta, sufrir el penetrante frio de una larga noche de invierno. Mi amor no tiene fuerza, únicamente á este precio tiene duracion. Vé ahí lo que le falta, vé ahí lo que alimenta mi pasion. Un amor llano y sin dificultad me llega á ser insípido: es como un manjar muy dulce, que no puede excitarme el corazon. Si nunca Danae hubiese estado encerrada en una torre de metal, jamás Júpiter la hubiese hecho madre. Juno, haciendo vigilar á Io, con la frente cargada de cuernos, la volvió á los ojos de Júpiter más graciosa que antes.

Aquel que limita sus deseos á lo que es fácil y permitido, vaya á cojer la hoja sobre los árboles, y beba en plena ribera. Bellas, si quereis aseguraros un largo imperio, sabed abusar de vuestros amantes. ¡Ay! ¿Para qué es menester que yo dé lecciones contra mí mismo? No importa; ame quien quiera una complacencia sin límites: á mí me sirve de molestia. Yo huyo de quien se detiene á mi paso, y me detengo al paso de quien de mí huye.

Pero tú, que estás tan seguro á la vista de tu bella compañera, comienza desde hoy á cerrar tu puerta desde la caida del dia; comienza á preguntar á quien viene tan frecuentemente á golpearla furtivamente; lo que hace ladrar á tus perros en el silencio de la noche; entérate de los billetes que lleva y vuelve á llevar una diligente sirvienta; y por qué tu bella, tan á menudo, quiere dormir sola en su cama. Deja en fin estos cuidados roedores penetrar alguna vez hasta la médula de tus huesos, y dame lugar para recurrir á la astucia.

Ha nacido para hurtar la arena de las riberas desiertas, quien puede ser amante de la mujer de un tonto. Te prevengo, que si no vigilas más á tu mujer, no tardará en cesar de ser mi señora. Yo esperaba que llegaria dia en que tu atenta vigilancia me obligase á más astucia. Tú no te mueves, tú sufres lo que no sufriria ningun marido. ¡Ah, bien! soy yo quien pondrá fin á un amor que tú permites.

¡Qué desgraciado soy! ¿No es esto lo mismo que decir que jamás me impedirás la entrada en tu casa? ¿Que no estaré durante la noche expuesto á tu venganza? ¿Que jamás tendré nada que temer de tí? ¿Que jamás encontrará mi sueño un suspiro tímido? ¡Qué! ¿no harás nada que me dé el derecho de desear tu muerte? ¿Es á mí á quien conviene un marido fácil, un marido que prostituye á su mujer? Tú acabas de emponzoñar mis placeres con tu complacencia. ¿Por qué no buscas á otro, que se avenga á una tan prolongada paciencia? Si te conviene que yo sea tu rival, prohíbeme serlo.

LIBRO TERCERO.

ELEGÍA PRIMERA.

ARGUMENTO.

La Tragedia y la Elegía se disputan la posesion de Ovidio.

Existe una antigua selva, que durante largos años ha permanecido virgen, y se la cree el santuario de una divinidad. En medio hay una fuente sagrada, que domina una gruta cortada en la roca: el aire resuena al alrededor, con el dulce murmullo de las aves. Paseándome un dia en los espesos sotos de este bosque, pensaba sobre qué género de obra ocuparia mi musa.

Ví venir hácia mí la Elegía con los cabellos olorosos y atados con arte; y, si no me engaño, uno de sus piés era más largo que el otro. Su aire era decente: su ropa, del tisú más lijero; su aspecto, el de una amante. El defecto mismo de sus piés aumentaba su gracia. Ví venir tambien á la Tragedia avanzándose á grandes pasos, la mirada feroz, los cabellos dispersos, la ropa talar. En su mano izquierda llevaba con arrogancia el cetro de los reyes; sus piés calzaban noblemente el coturno Lydio.

La primera, dirigiéndose á mi, me dijo: «¿Cuál será, cuál será el término de tus amores, poeta infiel á mi culto? En los festines licenciosos cuéntanse tus locuras, cuéntanse en las encrucijadas. Casi siempre que pasas te señalan con el dedo, y dicen: «Ved ahí ese poeta á quien consume el cruel Amor.» Tú eres, sin duda, la fábula de la capital cuando cuentas sin pudor tus espansiones amorosas. Tiempo es ya de que, cediendo á los impulsos del thyrso, trates asuntos más elevados. Por largo tiempo has estado reposado; emprende una nueva obra. El asunto de tus cantos apoca tu génio: celebra los grandes hechos de los guerreros. ¿Soy yo, dirás tú, para servir en esa carrera? ¿Pero tu Musa no ha prodigado bastantes canciones á las bellas? Tu primera juventud está enteramente entregada á esas bagatelas. Sé conmigo ahora; que yo te debo el nombre de Tragedia romana. Tu génio puede bastar para esta noble tasca.» Dijo ella, y, apoyándose con altanería en sus coturnos bordados, sacudió tres ó cuatro veces su cabeza sombreada por una espesa cabellera.

La Elegía, si no recuerdo mal, sonrió mirándome de soslayo. Tenia, si no me engaño, un ramo de mirto en la mano. «¿Por qué, dijo, orgullosa Tragedia, me tratas con tan pocos miramientos? ¿no puedes jamás dejar de ser severa? Esta vez no obstante has tenido á bien combatirme en versos desiguales con mi propia rima. No comparo mis cantos á tus sublimes acentos: tu soberbio palacio aplasta mi humilde morada. Lijera como soy, me deleito con Cupido, no menos lijero que yo. No tengo la vanidad de creerme superior á mi papel. Sin mí, la madre del voluptuoso Amor no tendria tantos encantos: soy la auxiliar y la compañera de esta diosa. La puerta que no sabria forzar tu duro coturno, se abre á los dulces acentos de mi voz; y sin embargo, si mi poder es superior al tuyo, lo debo á la paciencia con la cual sufro bien las cosas que sublevarian tu orgullo. De mí aprende Corina á engañar á su guardian, á forzar la cerradura de una puerta rigurosamente cerrada, á salir furtivamente de su lecho, vestida de una túnica arremangada, y á avanzar con paso sordo, en las tinieblas de la noche.

«¡Cuántas veces me he visto suspendida en una puerta rebelde, importándome poco ser vista por los paseantes! Hay más: recuerdo que la sirvienta de Corina me recibió y tuvo escondida en su seno, hasta que vió alejarse al severo guardian de su señora. ¿Te recordaré que para celebrar el aniversario del nacimiento de tu bella, me enviabas á ella en presente, y que me rasgó y me arrojó despiadada en el agua? Soy yo la primera que ha hecho germinar en tí las semillas fecundas de la poesía: á mí debes el privilegiado talento que reclama para sí mi rival.»

Las dos Musas habian acabado, y, dirigiéndome á ellas, les dije: «Por vosotras mismas os conjuro; acojed sin prevencion mis tímidas palabras. Vosotras me ofreceis el cetro y el noble coturno y ya los acentos sublimes salen de mi boca apenas entreabierta; y vosotras haceis inmortales mis amores. Sé, pues, propicia á mis votos y déjame mezclar entre sí el grande y el pequeño verso: otórgame una poca dilacion, majestuosa Tragedia: tus obras exigen años, y las de tu rival solamente algunas horas.»

No fué sorda á mi ruego: los tiernos amores esméranse en aprovechar la próroga otorgada: he de ultimar una obra mucho más grande que me apremia.

ELEGIA SEGUNDA.

ARGUMENTO.

Los juegos del Circo.

«Si me siento aquí, no es por el interés que tomo en los famosos corceles; y sin embargo, mis votos no son menos para aquel que tú favoreces. Vengo para charlar contigo, para estar á tu lado, para no dejarte ignorar todo el amor que tú me inspiras. Tú miras la corrida y yo te miro á tí. Gocemos los dos del espectáculo que nos agrada, ambos repasemos nuestras miradas holgadamente. ¡Oh, dichoso, sea quien quiera, el competidor que tú favorezcas! tiene la dicha de interesarte. Que semejante dicha me alcance; al instante me lanzaria de la barrera, abandonándome á mis impetuosos corceles. Sabria, aquí, soltarles las riendas; allá, marcar sus flancos con golpes de látigo; más lejos, estrechar el círculo dando vuelta. Pero si, en mi carrera rápida, llegara á divisarte, ¡oh! me detendria, y las riendas se me escaparian de las manos. ¡Ah! faltó poco para que Pelops no cayera en medio de la carrera de Pisa, ocupado como estaba en contemplarte, ¡bella Hippodamia! Y no obstante él debió su victoria á los votos de su señora. ¡Así pudiesen todos los amantes deber su triunfo á los votos de sus bellas!

¿Por qué tratas vanamente de alejarte de mí? la misma grada nos retiene al uno junto al otro: es una ventaja que debo á los reglamentos del Circo. Pero tú, que estás á la derecha de mi bella, sostente bien; la molestas, apoyándote sobre ella. Y vosotros que estais colocados detrás, no extendais tanto vuestras piernas; tened bastante circunspeccion para no ajar sus espaldas con vuestra ruda rodilla. Cuidado, amiga mia, tu ropa demasiado baja arrastra por tierra; levántala como voy á hacerlo yo mismo. Oh ropa, estabas celosa por cubrir tan bellas piernas; tú querias ser sola en verlas; si, tú estabas celosa. Tales eran las piernas de la lijera Atalante, que Milanion hubiera querido tocar con sus manos: tales tambien las de Diana, cuando, levantada la ropa, perseguia en las selvas los venados, menos intrépidos que ella misma. Estoy encendido por aquellas piernas que no he podido ver; ¿qué sucederá al ver las tuyas? tú vienes á añadir fuego á un brasero, y agua al mar. Juzgo, por lo que he visto, lo que pueden ser los otros atractivos tan bien cubiertos bajo tu lijera ropa.

¿Quieres tú, entretanto, que un aire agradable venga á refrescar tu rostro? esta tablilla agitada por mi mano, te dará ese placer; á menos que no sea el fuego de mi amor, más bien que el calor del aire, lo que te ahoga, y que tu corazon no arda con una placentera llama. Mientras que te hablo, una negra polvareda ha empañado el brillo de tu blanca ropa: ¡huye de encima de aquellas espaldas de nieve, polvorosa tierra! Mas vé ahí venir la corte; callad, y prestad toda vuestra atencion. Es llegado el momento de aplaudir: la brillante corte se adelanta.

En primer lugar aparece la Victoria, con las alas desplegadas. Oh diosa, seme favorable, y haz que mi amor sea vencedor. Aplaudid á Neptuno, vosotros los que tanta confianza teneis en sus ondas. Por lo que á mí toca, nada tengo de comun con el mar, y no amo mas que la tierra que habito. Tú, soldado, aplaude á tu dios Marte. Yo huyo de los combates: amo la paz y el amor al que la paz favorece. Que Febo sea propicio á los augures, Febé á los cazadores. Tú, Minerva, recibe el saludo de todos los amigos de las artes. Y vosotros, labradores, saludad á Céres y al tierno Baco. Que Pólux oiga los votos del gladiador, y Cástor los del caballero. Nosotros te aplaudimos á tí, dulce Vénus, á tí y á los Amores armados de flechas. Secunda mis esfuerzos, tierna diosa; dá otro génio á mi amante; que ella se deje amar. Con un signo de cabeza, me predice Vénus el éxito. Lo que ella me ha prometido, prométemelo tú tambien. Atiende mi súplica, y perdóneme Vénus, serás á mis ojos más grande que esta diosa. Te lo juro, y pongo en testimonio de mi juramento á todos los dioses que brillan en esa corte, tú serás siempre mi querida señora. Pero tus piernas no tienen punto de apoyo: puedes, si quieres, apoyar en medio de estos barrotes la punta de tus piés.

Ya la carrera está libre, y los grandes juegos van á empezar: el pretor acaba de dar la señal: los cuádrigas[10], se han lanzado todos á un tiempo, desde la barrera. Miro aquel por que te interesas; quien quiera que sea el que tú favoreces, saldrá vencedor. Los mismos caballos parecen adivinar tus voces. ¡Ay! qué círculo describe alrededor del mojon, desgraciado ¿qué haces? te lleva ventaja tu rival, que ha rasado de más cerca. ¿Qué haces, imprudente? Dejas inútiles los votos de la belleza. Por favor sujeta fuertemente la rienda izquierda. Nos hemos interesado por un torpe. Vamos, romanos, llamad, y dad la señal sacudiendo de todos lados vuestras togas. Hé aquí, que se le llama: pero, por miedo á que el movimiento de las togas no desordene la simetría de tu tocado, puedes ponerle al abrigo bajo la falda de la mia.

Ya la liza se abre de nuevo, la barrera está levantada, y los rivales, á quienes distingue su color, lanzan sus caballos en la arena. Esta vez al menos sé vencedor, y vuela por el espacio que se abre ante tí. Haz que mis votos, y los de mi señora se vean cumplidos. Lo son efectivamente los de mi señora y aun más los mios. Ha conquistado la palma; me resta ganar la mia.» La bella ha sonreido, y su chispeante mirada ha prometido alguna cosa. Por ahora es bastante: en otra parte darás el resto.

NOTAS AL PIE:

[10] Carro de dos ruedas con cuatro caballos. (N. T.)

ELEGÍA TERCERA.

ARGUMENTO.

A su amiga, que habia faltado á sus juramentos.

¿En adelante creeré que hay dioses? ¡Ella ha hecho traicion á la fé jurada, y su belleza es la misma que antes! Tan larga como era su cabellera antes que tomase por testimonio á los dioses, tan larga es hoy día en que los ha engañado.

Las rosas se mezclaban á la blancura de su color, y su tez ostenta aun el matiz de las rosas.

Tenia un pequeño pié, y su pié es aun lo que tiene de más lindo. Su talle era á la vez noble y gracioso; noble y gracioso es aun su talle. Los ojos relumbrantes que tan frecuentemente me han engañado, los ojos, semejantes á dos astros, lanzan aun los mismos fuegos.

Así los mismos dioses permiten el perjurio á las bellas, y la misma belleza es una diosa. No há mucho, no lo he olvidado, ella juraba por sus ojos y los mios; y los mios han vertido lágrimas. ¡Oh dioses! si la perfidia ha podido abusar de vosotros impunemente, decid, ¿por qué me habeis penado de su crímen? pero no temeis en hacer condenar á muerte á la hija de Cefea, para castigar en ella el orgullo de su madre. Si no es bastante que yo haya encontrado en vosotros testigos sin valor, y que ella triunfe hoy dia de haberos engañado, al mismo tiempo que á mí; ¿será menester aun que sufra yo la pena de su perjurio, que yo sea á la vez víctima y responsable de su perfidia?

Ó la divinidad no es más que un nombre sin realidad, una quimera imaginada para espantar la necia credulidad de los pueblos; ó si hay un Dios, no es favorable más que á las bellas y les dá muy exclusivamente el derecho de atreverse á todo. Solo contra nosotros se arma Marte con homicida espada; solo contra nosotros Pálas vuelve su formidable lanza. Contra nosotros solo dirije Apolo sus flechas: contra nosotros amenaza el rayo en la mano soberana de Júpiter. Los dioses no osan penar las ofensas de las bellas, y, no habiendo sabido hacerse temer, son los que las temen. ¿Y aun irán á quemar incienso en sus altares? No, los hombres deben tener más corazon.

Júpiter fulmina contra los bosques y las ciudadelas, y prohibe á su trueno alcanzar á las mujeres perjuras. En presencia de tantos culpables, la desgraciada Semelé es la sola quemada por el rayo: su complacencia es la causa de su suplicio. Si hubiera evitado la visita de su amante, el padre de Baco no hubiese sido cargado del peso que debia llevar su madre.

Mas ¿por qué estos reproches y esta guerra que hago á todo el cielo? Los dioses tienen ojos como nosotros, y como nosotros tienen corazon. Yo mismo, si fuera un dios, no me ofenderia de que una mujer engañara mi divinidad con una mentira. Atestiguaria con un juramento la verdad de los juramentos de una bella, y no pasaria por un dios uraño.

Tú, sin embargo, jóven belleza, usa más moderadamente de la proteccion de los dioses, ó al menos evita la vista de tu amante.

ELEGÍA CUARTA.

ARGUMENTO.

Exhorta á un marido á no hacer vigilar tan severamente á su mujer.

Intratable esposo, tú has atado un guardian á los pasos de tu jóven compañera: ¡pena inútil! el guardian de una mujer es su virtud. Es solo casta aquella que no se vé obligada á serlo por el temor y la que es fiel á la fuerza no es verdaderamente fiel. Gracias á tu contínua vigilancia, su cuerpo ha podido quedar intacto; su corazon es adúltero. No se sabria guardar una alma á despecho de ella, y los cerrojos entonces nada valen. Por bien que cierres las entradas de tu casa, el adúltero penetrará: quien impúnemente puede cometer algunas faltas comete menos: el poder de hacer mal enfria el deseo. Cesa, créeme, de incitar al vicio prohibiéndolo: triunfarás mucho mejor por la complacencia.

Yo ví no há mucho un corcel rebelde al freno ponerse furioso y dispararse como el rayo: despues se detuvo de un golpe, desde que sintió las riendas flotar muellemente sobre su larga crin. Nosotros corremos siempre á lo que es prohibido, y deseamos lo que se nos rehusa. Así el enfermo desea el agua que le es vedada.

Argos tenia cien ojos en la cabeza y en la frente, y solo el amor supo frecuentemente engañarle. La roca y la arena componian la imperecedera torre donde Danae fue encerrada vírgen, y allí llegó á ser madre. Penélope, sin estar guardada, quedó pura en medio de tantos jóvenes adoradores.

Cuanto más cuidadosamente se guarda una cosa, más la deseamos: la vigilancia no es más que una provocacion al ladron: pocas gentes aman los placeres permitidos. No es la belleza de tu esposa, es tu amor lo que hace buscarla; se la supone no sé qué atractivos que te cautivan. Una mujer guardada por su marido, no sea virtuosa, sino que sea adúltera, y es codiciada. Los peligros que acompañan á la posesion son más preciosos que la posesion misma. Soy sedicioso, si tú quieres, yo no amo más que los placeres prohibidos. Agrádame solo aquella que puede decir: «Tengo miedo.» Y en tanto está permitido tratar como esclava á la mujer que ha nacido libre, no usamos de esta tiranía más que con las mujeres de naciones extrañas. Tú sin duda quieres que su guardian pueda decir: «Eso es gracias á mí.» ¡Ah, bien! Si tu esposa es casta, que el honor sea todo para tu esclavo.

Es ser muy tonto, ofenderse del adulterio de una esposa: es conocer muy poco las costumbres de la ciudad en donde no nacieron sin crímen Rómulo y Remo, hijos de Marte y de Ilia. ¿Por qué tomarla bella si la quieres virtuosa? virtud y belleza no sabrian ir en compañía.

Si tú haces bien, ten un poco de indulgencia, deja ese aire severo, y no hagas prevalecer tus derechos como un esposo rígido. Acepta los amigos que te dé tu esposa; ella te dará muchos; así es como se obtiene sin trabajo un gran crédito. A este precio tendrás siempre sitio en los banquetes de una juventud juguetona, y encontrarás en tu casa mil objetos que no te habrán costado nada.

ELEGÍA QUINTA.

ARGUMENTO.

Sueño.

Era de noche, y el sueño habia cerrado mis fatigados ojos, cuando una vision vino á traer el terror á mi alma.

Sobre la vertiente de una colina expuesta al Mediodía, habia un bosque sagrado lleno de robles, cuyas frondosas ramas servian de abrigo á millares de aves. Más abajo se extendia un llano, revestido del más verde césped, y regado por un arroyo que allí arrastraba sus aguas con dulce susurro.

A la sombra de un frondoso roble traté de huir del calor; pero este se hacia sentir á la misma sombra de los frondosos árboles. Hé aquí que, paciendo en el césped sembrado de mil diversas flores, se ofreció á mis miradas una blanca vaquilla, una vaquilla más blanca que la nieve caida de reciente y que no ha tenido tiempo de transformarse en agua límpida; más blanca que la tremente espuma de la leche de la oveja que se acaba de ordeñar.

Junto á ella estaba un toro, su dichoso esposo. Se acostó á su lado, sobre el espeso tapíz de verdura. Así muellemente tendido, rumia lentamente la tierna yerba, y se alimenta segunda vez de su primer alimento; luego el sueño le quitó sus fuerzas, y creí verle dejar caer en tierra su cabeza armada de cuernos, no pudiendo sostenerla.