Part 4
Cipasis, tú que tan bien sabes componer de mil maneras un peinado, tú que eres digna de no peinar mas que á las diosas, tú cuyo mérito conozco por un dulce latrocinio; tú, tan estimada por tu señora, pero más por mí, dime ¿quién ha podido revelar el secreto de nuestros amores? ¿Cómo Corina ha podido sospechar nuestros placeres? Esto me abochorna. ¿Acaso se me ha escapado una sola palabra que pueda descubrir nuestras furtivas voluptuosidades? Por el contrario, ¿no tengo jurado que para querer ser culpable con una sirvienta, era menester no tener sentido comun?
Y por tanto el héroe de Thesalia se ha consumido de amor por la bella Briseidos, que no era más que una sirvienta. Una sirvienta fué la sacerdotisa que supo conquistar al rey Miceno. ¿Soy, pues, más grande que Aquiles, más grande que el descendiente de Tántalo? ¿Lo que fué conveniente para los reyes seria para mí un asunto vergonzoso?
Sin embargo, cuando ella fijó en tí sus airadas miradas, ví colorearse tus mejillas. Para mayor seguridad, si no lo has olvidado, ¡he tomado en testimonio de mi inocencia á la augusta Vénus! Y tú misma, sí, tú, bella diosa, ordena que ese perjurio de un corazon inocente, sea por el ardiente aliento del Noto, llevado más allá de las olas carpathianas.
Por tal servicio, otórgame, morena Cipasis, el dulce favor de encontrarme hoy á solas contigo. ¿Por qué rehúsas? ¿por qué, ingrata, finges nuevas alarmas? Basta haber bien merecido de uno de tus amos. Si eres bastante necia para rechazarme, referiré lo que hemos hecho; yo me convertiré en mi propio acusador, y diré, Cipasis, sí, yo diré á tu señora el lugar y el número de nuestras citas, y también el número y naturaleza de nuestros placeres.
ELEGIA NOVENA.
ARGUMENTO.
A Cupido: le exhorta para que no gaste todas sus flechas contra él solo.
Cupido, oh tú, que siempre te me muestras irritado, tú que nunca permites el descanso á mi corazon, ¿por qué soy objeto de tus golpes, yo que nunca he abandonado tu bandera? ¿por qué herirme en mi propio campo? ¿por qué tu hacha quema á tus amigos? ¿por qué tu arco les traspasa con sus flechas? Habria más gloria en vencer á un rebelde. ¡Qué! ¿el héroe hemoniano despues de haber pasado á Telefo con su lanza, no curó con su lanza la herida de su enemigo? El cazador persigue al animal que huye; y una vez alcanzado le deja para ir siempre á la pista de una nueva presa. ¡Reservas para nosotros, que somos tus semejantes, la fuerza de tus armas; y tu brazo entorpecido no sabe herir al enemigo que te resiste! ¿A qué viene embolar tus afiladas flechas en los huesos descarnados? porque el amor solo me ha dejado el hueso. ¡Sin amor hay tantas jóvenes! ¡Hay tantos jóvenes sin amor! En ellos pues alcanzarás un triunfo glorioso.
Si Roma no hubiese desplegado sus fuerzas por todo el universo, hoy no seria aun sino un conjunto de chozas. El fatigado soldado abandona la guerra por el campo que acaba de dársele. El corcel, libre de su prision, corre á brincar en los prados; extensos muelles resguardan el buque vuelto de nuevo al puerto, y el gladiador recibe en cambio de sus armas, la varilla que le libra de los combates, y yo que puedo contar tantas campañas al servicio del Amor, ¿no seria tiempo de que viviese tranquilo?
Y sin embargo, si un dios me dijese: «En adelante vive sin amor;» yo me defenderia; ¡tan dulce es el mal de amor! No sé qué vértigo arrastra mi mal aconsejada alma cuando estoy bien repuesto de amor, cuando no experimento sus fuegos. Como el caballero, recogiendo en vano las riendas blanqueadas por la espuma, se vé arrebatado en el precipicio por su corcel que no siente el freno; como el esquife, cerca de tocar la tierra y de llegar al puerto, se vé á un tiempo arrojado por un golpe de viento; así yo soy arrastrado aquí y allá por el soplo incierto de Cupido, y el Amor de color de rosa vuelve á tomar contra mí sus acostumbradas tretas.
Tira, niño, he depuesto las armas, y me ofrezco desnudo á tus tiros. Desplega aquí tus fuerzas, y haz ver aquí tu destreza. Vé ahí el punto en que, sin oir tus órdenes, vienen las mismas flechas á clavarse: apenas el carcax le es tan conocido como mi corazon. ¡Triste de quien puede descansar una noche entera, y comprar á gran precio el sueño! ¡Insensato! ¿Qué es el sueño sino la imágen de la fria muerte? Los destinos te reservan un largo reposo.
Quiero que mi señora me engañe alguna vez con promesas falaces: la esperanza por lo menos será para mí una verdadera dicha; quiero que ella ya me acaricie, ya me riña: que frecuentemente se me entregue, que frecuentemente me rechace. Si Mario, (Marte), es inconstante, lo es por tí, Cupido; el amante de tu madre, imitándote, lleva de aquí para allá sus armas. Eres veleidoso, eres cien veces más lijero que tus alas, y, siempre inconstante, dás y rehusas el placer á medida de tu capricho. Si no obstante, tu graciosa madre y tú os dignais atender mis súplicas, ven á reinar como dueño en mi corazon y no lo abandones jamás. Que las hermosas, en veleidoso tropel, acudan bajo tu imperio: tú serás, á este precio, adorado de los dos sexos á la vez.
ELEGIA DÉCIMA.
ARGUMENTO.
A Grecino: se puede muy bien, dígase lo que se quiera, amar á dos mujeres á la vez.
Tú eras, Grecino, lo recuerdo, quien me negaba que pudiese amar á dos mujeres á un mismo tiempo. Gracias á tí he sucumbido; gracias á tí he sido apresado sin defensa, y vé aquí que tengo vergüenza, vé aquí que amo á dos mujeres á la vez, bellas las dos, las dos en estado de buen servicio: seria imposible decir cuál tiene más talento. La primera aventaja en belleza á la segunda, esta á la primera: tan pronto es una como otra la que más me place. Mi corazon, como el esquife batido por los opuestos vientos, marcha á la ventura, dividido entre estos dos amores. ¿Por qué, diosa del monte Erycino, multiplicar así mis eternos tormentos? ¿No era bastante tener que ocuparme de una sola querida? ¿Por qué añadir hojas á los árboles, estrellas al cielo, y nuevas aguas á las olas del inmenso Océano?
Prefiero, no obstante, amar así, á consumirme sin amor. ¡Para mis enemigos una vida sin voluptuosidad; para mis enemigos el sueño en una cama solitaria y la facilidad de descansar contentos en medio de un lecho no dividido! Para mí, quiero que el cruel amor me arranque á las dulzuras del sueño; no quiero ser solo en estrujar el plumon de mi cama. Que solo una mujer apure sin obstáculo mi amor, si una sola puede hacerlo; y si no es suficiente una, que sean dos. Mi cuerpo seco, pero no débil, me dará fuerza; es la gordura y no el vigor lo que le falta. Por otra parte la voluptuosidad me animará con su poder: jamás he quedado en falla junto á una hermosa. Frecuentemente, despues de una noche consagrada al placer, me he encontrado por la mañana lleno de vigor y dispuesto á la accion. ¡Dichoso quien muere en los dulces combates de Vénus! ¡Hagan los dioses que yo encuentre ese dia la muerte!
Que el soldado presente su pecho á los dardos del enemigo, que compre al precio de su sangre una gloria inmortal; que el avaro busque lejos las riquezas, y que, sumergido en los mares que ha cansado su nave, trague las aguas con su boca perjura: por lo que á mí toca, quiero encanecer bajo la bandera de Vénus, quiero morir en medio de la lucha, y que puedan decir llorando sobre mi sepulcro: «Ha muerto como ha vivido.»
ELEGIA ONCENA.
ARGUMENTO.
Trata de disuadir á Corina de su proyecto de ir á las bayas de Campania.
El Argo, despojado del monte Peliaco, es el primero que se abrió en las olas embravecidas un camino peligroso y sembrado de escollos, para traer el toison de oro. ¡Oh! ¡quiera el cielo que Argo haya sido absorbido en los profundos abismos del mar, á fin de que ningun mortal fatigue con su remo la inmensidad de las olas!
Vé aquí que, abandonando su cama acostumbrada y sus penates domésticos, Corina se va á confiar al falaz elemento. ¿Por qué obligas á tu desgraciado amante á temer para tí el Zéfiro y el Euro, el viento glacial de Borea y el caliente aliento del Noto? No verás en tu camino ni villas ni selvas dignas de ser admiradas. Por todo espectáculo no tendrás más que la vista de un mar azulado y pérfido. No es lejos donde se encuentran lijeros mariscos y guijarros ricamente matizados, sino en las claras aguas de la ribera. La ribera es, pues, solamente la que debeis, jóvenes bellezas, hollar con vuestros delicados piés: solo allí hay seguridad: más allá existen escondidos escollos. Que otros os cuenten los combates que libran los vientos, qué mares son infestados por Carybdis y Scyla, sobre qué rocas están asentados, amenazantes, los montes Ceranios, en qué lugar están escondidas las Syrtes ó Malea. Que otros os instruyan, cualesquiera que sean sus relaciones, creedlas: creer en la relacion de una tempestad, no es correr riesgo alguno.
Se está mucho tiempo sin ver la tierra, cuando, una vez apartado de la ribera, la nave voga á velas llenas en el vasto mar. El navegante inquieto teme el furor de los vientos, y vé la muerte tan cerca como las olas. ¿Qué vendrás á ser tú si Triton levanta con furia sus agitadas ondas? ¡Cómo entonces palidecerá tu semblante! Invocando á los compasivos hijos de la fecunda Leda, exclamarás: «¡Dichoso aquel que vive en su tierra natal!» Es mucho más seguro dormir en buen lecho, leer algun libro, hacer resonar bajo sus dedos la lira de Thracia.
Pero si el viento de las tempestades se lleva mis vanas palabras, ¡que al menos favorezca Galatea á la nave que te conduce! Si llega á perecer tal belleza, vuestro seria el crímen y de vuestro padre, Diosas y Nereidas. Parte pensando en mí para volver al primer viento propicio, y que su soplo más fuerte hinche entonces tus velas. Que el poderoso Nereo vuelva la mar inclinada sobre esta ribera; que el viento empuje las naves hácia aquí: y por aquí el flujo precipite las aguas. Tú misma ruega á los céfiros soplen de lleno en tus velas, que tus propias manos ayudarán á hacer mover.
Yo seré el primero en descubrir desde la ribera tu nave querida; y diré: «esa nave trae otra vez mis dioses.» Te recibiré en mis brazos, tomaré rápidamente desordenados besos; la víctima ofrecida para tu regreso caerá al pié de los altares. Extenderé en forma de lecho la lijera arena de la playa, y el primer otero nos servirá de mesa. Allí con el vaso en la mano me contarás todas tus aventuras; me describirás tu navío medio engullido por las oleadas; me dirás que viniendo hácia mí no temias ni al frio ni á la noche, ni á los austros impetuosos. Todo esto, aunque fuese fingido, será verdad para mí; lo creeré todo. ¿Y por qué no he de creer yo con complacencia lo que más deseo? ¡Ojalá pudiese la estrella de la mañana, brillando en un cielo sin nubes, traerme desde luego este dichoso dia!
ELEGIA DUODÉCIMA.
ARGUMENTO.
Se goza de haber por fin obtenido los favores de Corina.
Ceñid mi frente, laureles de la victoria. Soy vencedor: Corina está en mis brazos; aquella que un marido, que un guardian, que una puerta de encina, ¡que tanto antemural ponian al abrigo de una sorpresa! La victoria que, ante todas las otras, merece los honores del triunfo, es seguramente aquella que no está manchada por la sangre del vencido. No son humildes murallas, no son plazas cercadas por estrechos fosos, una bella es la que he sabido tomar por asalto.
Cuando Pérgamo cayó, despues de diez años de guerra, ¿qué parte de honor, entre tantos sitiadores, alcanza el hijo de Atreo? Mi gloria, es mia, me es toda personal: ningun soldado puede reclamar su parte, ninguno tiene título para pretenderla. Como jefe y soldado á la vez he logrado mis fines: yo mismo fuí á la vez caballero, infante, abanderado, y en mis hechos no tuvo lugar la casualidad. ¡Para mí, pues, mi triunfo que es premio de mis esfuerzos!
No seré tampoco la causa de una nueva guerra. Sin el rapto de la hija de Píndaro, la paz de Europa y del Asia no se hubiese alterado. Una mujer es quien, con el vino, arma vergonzosamente, unos contra otros, á los salvajes Lapithas y la raza monstruosa de los Centauros. Una mujer es quien en tu reino, justo latino, obligó á los Troyanos á empezar de nuevo desastrosas guerras. Una mujer es quien, desde los primeros tiempos de Roma, fué causa del sangriento combate en que los Romanos tuvieron que defenderse contra sus suegros. He visto pelearse los toros por una blanca vaquilla, que, espectadora de la lucha, animaba su valor. Yo tambien soy uno de los numerosos soldados del Amor; pero es sin efusion de sangre como me hace seguir sus estandartes.
ELEGÍA DÉCIMOTERCIA.
ARGUMENTO.
A Isis: le pide proteja la preñez de Corina.
La imprudente Corina tratando de desembarazarse de la carga que lleva en su seno, se expone ella misma á perder la vida. Ciertamente por haber afrontado, sin saberlo, tan gran peligro, merecia toda mi cólera; pero la cólera cede ante el temor. Pues ó habia concebido por mi causa ó al menos yo así lo creo: porque frecuentemente tomo por un hecho cierto, lo que no es más que posible.
Isis, tú que habitas el Paretonio, y los campos deliciosos de Canope, y Mémfis, y Pharos fértil en palmeras, y aquellas llanuras en donde el Nilo, abandonando su vasto cauce, va, por siete bocas, á llevar sus aguas al mar; yo te conjuro por tu sistro[8], por la cabeza misteriosa de Anubis, (y que á este precio el pio Osiris acepte siempre tus sacrificios, la serpiente amodorrada se arrastre lentamente en torno de las ofrendas, y en medio del cortejo se adelante Apis con su media luna sobre la frente); fija tus miradas en Corina: ahorra en ella sola dos víctimas, porque ambas recibiremos la vida, ella de tí, yo de ella. Muy frecuentemente tú la has visto, en los dias que te son consagrados, celebrar tus misterios, á la hora en que tus sacerdotes coronen sus frentes con laureles.
Y tú, que tienes piedad de las jóvenes esposas en los dolores del parto, cuando el fruto que llevan escondido busca salir de su prisión, Ilithyia, séasme propicia, y dígnate atender mis súplicas: ella merece que tú la cuentes en el número de tus protegidas. Y yo, revestido de una ropa blanca, iré á hacer ahumar el incienso en tus altares: iré á cumplir mis votos, depositar mis ofrendas á tus piés, con esta inscripcion: «Ovidio, por la salud de Corina.» Dígnate solamente dar lugar á mis ofrendas y á esta inscripcion.
Y tú, Corina, si en mi espanto, me es permitido darte un aviso, despues de una tal lucha, no aventuro una segunda.
NOTAS AL PIE:
[8] Instrumento músico.
ELEGIA DÉCIMOCUARTA.
ARGUMENTO.
A Corina: aprovecha su restablecimiento para exponerle más libremente la gravedad de su falta.
¿De qué sirve á las bellas el estar fuera de combates, de no tener que seguir, escudo en mano, nuestras formidables legiones, si, lejos de los peligros de la guerra, ellas se lastiman con sus propias armas, si con sus ciegas manos atentan á sus dias? La que primero ensayó hacer abortar en sus entrañas el tierno fruto que llevaba, merecia perecer en esta lucha empeñada por ella. ¡Qué! ¡para ahorrar á tu vientre algunas arrugas, convendrá asolar el triste campo en que se libró el combate!
Si, en las primeras edades del mundo, las madres hubieran tenido esta viciosa costumbre, el género humano hubiera desaparecido de la tierra; y para repoblar el universo y sembrar las piedras de que nacieron nuestros abuelos, seria menester otra Deucalion. ¿Quién hubiera destruido el imperio de Príamo, si la diosa de los mares, Thétis, no hubiera querido llevar su fruto hasta el término fijado por la naturaleza? Si Ilia hubiese ahogado los mellizos de quienes estaba embarazada, no hubiese existido el fundador de la villa señora del mundo. Si Vénus hubiese hecho morir á Eneas en su seno, la tierra hubiese sido privada de los Césares. Tú misma, que debias nacer tan bella, hubieras perecido, si tu madre hubiese hecho lo que tú acabas de osar. Y yo, más bien nacido para morir de amor, no hubiese jamás existido, si mi madre me hubiese muerto de antemano.
¿Por qué despojar á la viña fecunda del racimo que crece? ¿Por qué, con mano cruel, arrancar el fruto antes de su madurez? muerto caerá por sí mismo; una vez nacido, déjale crecer; la vida es bastante buen premio para algunos meses de paciencia.
Mujeres, ¿por qué manchais vuestras entrañas con un hierro homicida? ¿Por qué presentais el cruel veneno al niño que aun no existe? Se maldice á la madrastra de Colquida, que se manchó con la sangre de sus hijos y se compadece á Itis degollado por su madre. Sí, estas dos mujeres fueron bárbaras; pero su barbarie tenia un motivo: se vengaban de sus esposos en los hijos que tenian de ellos. ¿Os escita, decidme, algun Tereo, algun Jason á despedazar vuestras entrañas con sacrílega mano?
Jamás se ha visto tanta crueldad en los tigres de las cuevas de la Armenia; jamás la leona se atrevió á procurar el aborto. Á las tiernas bellezas estaba reservado el intentarlo, pero no impunemente. Ahogando á su hijo en su seno, perece muchas veces la madre. Perece, y se lo lleva toda desmelenada en su lecho de dolor; y todos exclaman al verla: «¡Lo tiene bien merecido!»
Pero que mis vanas palabras se pierdan en el aire; ¡que mis presajios queden sin efecto! Dioses clementes, sufrid que Corina haya cometido impunemente una primera falla, es todo lo que pido. Que el castigo sea reservado para la segunda.
ELEGÍA DÉCIMAQUINTA.
ARGUMENTO.
Al anillo que él habia enviado como presente á su señora.
Anillo, que vas á ceñir el dedo de mi bella señora, tú que no tienes otro precio que el amor de aquel que te dá, sé para ella un presente agradable: ojalá te reciba con placer, ¡y te coloque desde luego en su dedo! Sé hecho para ella, como ella para mí; que tu círculo abrace cómodamente su dedo, sin lastimarlo.
Dichoso anillo, tú vas á ser tocado por mi señora. ¡Ay! yo envidio ya la suerte de mi presente. ¡Oh! que no pueda yo de un golpe transformarme en tí, por el arte del májico de Ea ó del viejo de Carpthos. Entonces yo querría que tú tocaras su cuello, ó te introdujeses con su mano izquierda bajo su túnica. Yo me escaparia de su dedo, por muy apretado y ajustado que estuviese, y me libertaria por encantamiento para ir á caer sobre su seno. Yo tambien, cuando ella querria sellar sus tabletas misteriosas, é impedir á la cera adherirse á la piedra muy seca, yo tocaria ante todo los húmedos lábios de mi bella señora, con tal solamente de no sellar jamás un escrito doloroso para mí. Si ella quiere hacerme colocar en su joyero, rehusaré dejar su dedo; me encojeré para sujetarle más fuertemente.
Que jamás, oh tú que eres mi vida, sea yo para tí un motivo de vergüenza, una carga muy pesada para tu delicado dedo. Llévame, ya te zambullas en un baño tibio, ya te bañes en el agua corriente. Pero quizá entonces viéndote desnuda, el amor despertará mis sentidos, y ese mismo anillo tomará de nuevo su papel de amante.
¡Ay! ¿qué significan estos avisos inútiles? Parte, débil presente, y que mi señora no vea en tí más que la prenda de mi fidelidad.
ELEGIA DÉCIMASEXTA.
ARGUMENTO.
Á Corina, induciéndola á que vaya á verle en su casa de campo de Sulmona.
Estoy en Sulmona, tercer canton del territorio de los Sabinos[9]. Este canton es pequeño, pero el aire es saludable, gracias á frescas fuentes de agua viva. Aunque los rayos más cercanos del sol hienden aquí la tierra, aunque se sienten los ardores funestos de la canícula, límpidos arroyos serpentean á través de los campos Pelignos, y una vejetacion vigorosa cubre el suelo de fresco césped. El pais es fértil en trigo, más fértil aun en uva: produce alguna vez ademas la almendra que viene del árbol de Palas. Las aguas que corren por las praderas las tienen al instante cubiertas de una yerba nueva, y el suelo, siempre refrescado, presenta un espeso tapiz de verdura.
Pero allí no se encuentra mi amor; me engaño de una palabra: allí no se encuentra el objeto de mi amor, mi amor se encuentra solo. Aunque se me colocase entre Castor y Pollux, sin tí yo no querria habitar el cielo.
¡Que la muerte sea cruel y la tierra pesada á aquellos que han trazado los primeros, en sus carreras, lejanos surcos en el globo! Al menos debian mandar á las jóvenes bellezas á acompañar á sus amantes, si fuera menester surcar la tierra por caminos interminables. Por lo que á mí toca, si habia de trepar, helado de frio, los Alpes expuestos á todos los vientos, este viaje, penoso como es, me pareceria dulce con mi señora; con mi señora, no dudaria en atravesar los Sirtes de la Libia, en presentar mi vela al pérfido Noto; con ella no temería ni á los mónstruos marinos que ladran á los lados de Scila, ni tus estrechas gargantas, tortuosa Malea, ni las aguas que el infatigable Caribdis, hartada sin cesar de navíos sumergidos, vomita y engulle de nuevo.
Que si los vientos son más fuertes que Neptuno, si las olas se llevan los dioses que nos protejen, enlaza á mis hombros tus brazos tan blancos como la nieve, yo llevaré fácilmente tan dulce peso. Frecuentemente, para ir á ver á Hero, su jóven amante habia atravesado los mares á nado; no hubiese perecido, sin la oscuridad que ocultó el camino á sus ojos.
Yo, aquí solo sin mi señora, tengo agradable vista de ricos viñedos, de campos en todas partes bañados por límpidos rios; veo al agua, obedeciendo al cultivador, dividirse en numerosos arroyos, y las hojas de los árboles suavemente agitadas por el fresco aliento de los vientos; mas no creo habitar el bello pais de los Pelignos; no encuentro la heredad de mis antepasados, el lugar que me ha visto nacer; me creo en medio de la Scythia, de los bravos cilicianos, de los Bretones con el rostro pintado de verde y entre peñascos teñidos con la sangre de Prometheo.
El olmo ama la viña, la viña se une al olmo; ¿por qué estoy tan á menudo lejos de mi señora? Sin embargo, tú debias no separarte nunca: tú me lo habias jurado, y por mí y por tus ojos que son mis astros tutelares. Más lijeras que las hojas de otoño, las vanas promesas de la belleza huyen siempre á merced de los céfiros y de las aguas.
Si por tanto eres aun sensible á mi desamparo, comienza en fin á cumplir tus promesas; sube sin más tardar en un carro lijero tirado por dos veloces caballos, y sacude tú misma las riendas sobre su clin flotante. Y vosotros, montes orgullosos, humillaos á su paso; y vosotros, tortuosos valles, abridle fácil camino.
NOTAS AL PIE:
[9] Abruzo.
ELEGIA DÉCIMASÉPTIMA.
ARGUMENTO.
Se compadece de Corina, demasiado engreida de su belleza.
Si hay alguno que piense que es vergonzoso el ser el esclavo de una bella, acepto su condenacion. Que me declare pues infame, con tal que la diosa que reina á Paphos y á Cytheres me trate con un poco más miramiento. ¿Por qué no he sido el esclavo de una amante sensible y dulce, puesto que yo habia nacido para ser el esclavo de una bella? La belleza dá orgullo: la belleza de Corina la vuelve intratable. ¡Ay! ¡por qué se conoce tan bien! De su espejo saca su arrogancia; aunque no se mira en él mas que despues de componerse.
Si tu belleza, nacida para hechizar mis ojos, te asegura el imperio de todos los corazones, no debes, comparándome á tí, despreciarme; la inferioridad puede asociarse con la grandeza. Se sabe que la ninfa Calipso, ardiendo en amor por un simple mortal, le retiene contra su voluntad para hacerle su esposo. Se sabe que una de las Nereidas no se abochornaba por tener comercio con el rey de Phthia, Egeria con el justo Numa, Vénus con Vulcano, cojo, y todo sucio como está al dejar su yunque. Estos versos no son de un metro igual, y por tanto el verso heróico se combina muy bien con un verso de más pequeño corte.
Tú tambien, oh alma mia, acójeme á cualquier título que sea. Que de lo alto de tu lecho te plazca dictarme leyes. No verás nunca en mí un acusador pronto á vengarse de su desgracia: no tendrás que negar nuestro amor.