Amor y llanto

Part 9

Chapter 94,192 wordsPublic domain

—En efecto —murmuró el rey—: si hay trama aquí, debe ser colosal, porque no se toma en boca como quiera la sangre real de Castilla.

El silencio no volvió a interrumpirse, hasta que ambos personajes llegaron a una casa de gran apariencia, situada cerca de la plaza mayor.

—Aquí es, señor —dijo don Nuño deteniéndose y preparándose a llamar—. Esta casa tiene todas las señas que me ha dado el escudero de don Álvaro.

—Llama pues, y ya sabes lo demás.

Sandoval sacudió fuertemente el aldabón, y a poco, una voz vigorosa preguntó desde adentro:

—¿Quién va?

—Dos caballeros que desean ver al conde de Carrión para un asunto muy importante —contestó don Nuño.

Notose que se alejaba la persona que había preguntado, y un instante después volvieron a sentirse pasos próximos; la puerta se abrió, y dos escuderos precedieron con bujías a don Enrique y su privado, hasta la estancia del conde.

Este se levantó cortésmente para recibir a su visita, y a una seña suya desaparecieron los servidores. El rey se despojó del manto y del sombrero, imitándole don Nuño, y ambos mostraron sus fisonomías al conde.

—¡Ah, señor! —exclamó este—, ¡cuán grande merced me hace V. A. dignándose honrar mi casa!

—Esta honra no debe ser nueva para ti, Álvaro, porque sabes que te la he concedido muchas veces —dijo el rey con dulce gravedad—; además, el caso que ahora motiva mi visita es harto importante también, y yo hubiera dejado a un lado toda clase de consideraciones, aun cuando no te amase como te amo.

—Ya sé yo que, en otro tiempo, me amaba mucho V. A. —dijo el conde con ternura, y fijando en los ojos del monarca los suyos humedecidos.

—Hoy te amo lo mismo, Álvaro, créeme: tu quebrantada salud te impidió permanecer a mi lado, pero hoy, que la creo recobrada, vengo a rogarte que vuelvas a él.

La frente de Sandoval enrojeció de ira, en tanto que la de don Álvaro brilló con un rayo de dicha.

—¡No volverá a ocupar sitio tan alto, por quien yo soy! —murmuró el primero.

—¡Dios os bendiga, señor! —exclamó el segundo con toda la efusión de su alma.

—Pero antes, Álvaro —continuó el rey—, antes es preciso que me aclares un terrible misterio que en vano me afano por comprender. ¿Dónde está esa joven que sacaste desmayada de mi alcázar esta noche?

—Cerca de nosotros, señor.

—¿Por qué le diste el título de infanta de Castilla?

—Permítame V. A. —dijo el conde—, que no le conteste hasta que estemos solos.

Y su severa mirada se posó en don Nuño, que la sostuvo con altanería.

—¿Por qué? —preguntó el monarca, en cuyos ojos chispeaba ya la ira.

—Por razones que luego aprobará V. A.

—Salid, Sandoval —dijo el rey a su favorito, que se mordió los labios hasta hacerse sangre.

—La joven a quien esta noche di el título de infanta de Castilla, lo es efectivamente, señor —dijo el conde así que la puerta se hubo cerrado, y después de asegurarse por sí mismo de que don Nuño no podía oírle—. Es hija, como V. A., de don Alonso XI y de doña Leonor de Guzmán.

—¡Mientes, miserable! —gritó el rey, levantándose con los puños crispados y los ojos brillantes de furor, al oír las terribles palabras que acababa de proferir el conde—. ¡Mientes, sí, y tu solo designio es apartar de mí a esa mujer, que te juro ha de ser mía!

—Berenguela es hermana de V. A., señor, y por la memoria de su padre os juro yo también que jamás será vuestra manceba.

El rey y el anciano conde se encontraron en pie, frente a frente, en actitud amenazadora y lanzándose miradas iracundas.

—¡Pruebas de lo que dices! —murmuró don Enrique con voz sofocada.

—Ninguna existe: vuestro padre me confió la infanta, fiando solo en mi honradez.

—¿Quieres hacerme creer que un padre abandona a su hija, sin darle una seguridad para el porvenir?

—Don Alonso no abandonó a su hija, confiándola a mi cuidado.

—Escúchame, Álvaro —dijo el rey, haciendo un violento esfuerzo para serenarse—: basta lo que has dicho para que yo desista del propósito de hacer mía a esa joven; basta, sí, el haberte oído decir que era hermana mía, para cambiar la naturaleza de mi pasión... Pero nada hay en el mundo capaz de apagarla. Ella es la única mujer que ha hecho latir mi corazón... la única que ha despertado mis pasiones dormidas... Cuando la encontré en mi camino, ya estaba próximo a desistir del propósito de apoderarme del trono de mi hermano, porque ningún monarca cristiano quería ayudarme en mi empresa; pues bien, por esa mujer doblegué mi altivez hasta pedir auxilio a la Francia; por esa mujer, sin dinero, y casi sin soldados, me propuse ser rey: sí, por ornar su frente de grandeza, ambicioné el trono de Castilla, y para conseguirlo hundí mi daga en el pecho de mi hermano. Por ella he arrostrado los remordimientos que sin cesar me persiguen, y estos remordimientos, Álvaro... ¡solo en su presencia se aduermen o se acallan!...

—¡Desdichado! —murmuró el conde de Carrión, cubriéndose el semblante con las manos.

—Sí, tienes razón, Álvaro, soy muy desdichado: no intentes, pues, quitarme el único bien que me resta... Dame esa mujer, Álvaro, dámela; yo te juro que, aunque no creo que es hermana mía, la respetaré como a la madre de Dios: ni aun mi mano tocará a la suya... Solo quiero que viva bajo el mismo techo que yo; tan solo ansío hablarle todos los días, ver cerrar sus párpados al sueño, verla despertar... beber en sus ojos la vida, y en su dulce sonrisa la tranquilidad que falta a mi conciencia... ¡Álvaro, Álvaro..., yo necesito a esa mujer!...

—Yo no puedo dárosla, señor.

—¡Vive Dios!...

—Es vuestra hermana.

—¿Quién me lo asegura?

—Mi palabra de cristiano y caballero.

—¡No me basta! —gritó el rey ebrio de furor—. ¡No me basta, villano, porque tu ambición actual ha ahogado tu antigua hidalguía!...

—¡Ah!... —exclamó el conde, llevando ambas manos al corazón, como si hubiera recibido en él un golpe mortal. Y el infeliz anciano rompió a llorar amargamente.

Mas el rey no pudo reparar en el efecto que su cruel injuria había producido: furioso como el león encerrado en una jaula, daba vueltas por la estancia lanzando sonidos inarticulados.

—¡Berenguela! —gritó al fin—, ¡Berenguela...! ¿Dónde estás que no oyes mi voz...?

Y arrojándose casi falto de razón a la puerta de la estancia, la abrió impetuosamente, y echó a correr por las largas galerías llamando a la infanta con voces descompasadas.

—¡Deteneos...! —gritó el conde que le seguía de lejos, y que le vio pararse junto a una puerta cerrada que ocupaba el extremo de una galería. Pero era tarde: la puerta, sacudida por el frenético Enrique, se abrió de par en par, presentando a la vista el aposento de la infanta.

—¡Hola, Sandoval! ¡Mis ballesteros aquí! —gritó el rey antes de penetrar en la estancia.

Don Nuño salió de otro aposento cercano, atravesó la galería, y desapareció en la escalera, alumbrado por teas de resina.

IV

Dormía la infanta tan profundamente que no oyó entrar al rey, ni a don Álvaro. Su lecho virginal, blanco como las paredes y el pavimento de su dormitorio, estaba débilmente alumbrado por una lámpara de plata; su negra cabellera, recogida en dos gruesas trenzas, hacía inclinar hacia atrás su cabeza; pálido como un busto de mármol estaba su semblante, y solo animado por la riquísima y poblada franja de sus largas pestañas negras; su maltratada espalda y sus magullados brazos estaban modestamente velados por una almilla de finísima tela, al través de la cual se divisaba el vendaje que cubría su hombro herido; veíase en su semblante el sello de un sufrimiento desgarrador, y estaba tan descolorida como la triple diadema de perlas que ceñía su frente.

Don Sancho velaba recostado en un sitial que había a la puerta del oratorio, y medio oculto entre los tapices; el hermoso rostro del infante estaba horriblemente pálido: diríase que en el tiempo que había pasado, desde la revelación de su nacimiento, había vivido una larga existencia de dolor y de pesares.

Ya no tenían brillo sus grandes ojos, ni color su seductora boca; fruncidas sus cejas convulsivamente, formaban una ancha cinta de terciopelo y hacían más amarga su desoladora mirada.

Al ver a don Enrique, que se precipitó impetuosamente en la estancia, se levantó, y su hermosa fisonomía se animó con una terrible expresión de ira; temblaron sus labios y aumentó su intensa palidez; pero no dio un paso para acercarse al rey, y permaneció silencioso e inmóvil.

No así el conde, que fue a situarse junto al lecho de la infanta, en actitud amenazadora: esta había hecho un movimiento, sin despertar de su letárgico y doloroso sueño.

En cuanto al rey, detúvose atónito al ver a don Sancho, porque estaba muy lejos de esperar encontrarle en aquel sitio; creíale en Burgos, en el palacio de su padre, porque para él todavía era don Fernando Garcés, hijo del conde de Carrión.

Su sorpresa, pues, al encontrarle allí, fue tan viva que solo se disipó algún tanto cuando el aguijón de los celos hirió su corazón: su mente se iluminó súbitamente, y el amor de aquel joven por Berenguela fue tan claro para él como el motivo que movía a don Álvaro a disputarle la posesión de la doncella. A su modo de ver, el conde la guardaba para su hijo único y querido, para aquel hijo a quien sabía que amaba con tan entrañable pasión que no pocas veces se había admirado de afección tan fuerte, no obstante la que él mismo había debido a su padre, el buen Alonso XI, de quien era el hijo predilecto.

En su terrible obcecación, vio también el motivo de que el anciano conde hubiere imaginado la impostura de asegurar que Berenguela era su hermana; aquel hombre, que había sido el hermano de armas, el confidente y el mejor amigo del rey su padre; que había sido casi un igual de los infantes bastardos, por haber crecido estos a su lado y haberlos tenido siempre encomendados a su guarda, quería, valiéndose de su omnímoda influencia, robar al corazón de Enrique a aquella joven, para satisfacer el corazón de su hijo; y para satisfacer al mismo tiempo su orgullosa ambición, había imaginado hacerle creer que era hermana suya, a fin de que la dotase regiamente y de que los reinos de Castilla y de León supiesen que el joven conde de Carrión se enlazaba a una infanta real.

El alma de Enrique II era noble, aunque su corazón, siempre ligero e inconsecuente, estuviese a la sazón extraviado por la profunda pasión que profesaba a Berenguela; el tejido de infamias que creyó columbrar, iluminado ya de antemano por las pérfidas sugestiones de Sandoval; el recuerdo punzante del escándalo ocasionado aquella noche por el conde, al publicar ante los embajadores su odiosa impostura, y la ruin ingratitud a la sagrada memoria de su padre que patentizaba la conducta de don Álvaro, todas estas consideraciones, en fin, exaltaron más el ánimo del rey, ya furiosamente irritado, y levantaron en su alma un huracán tan horrible que forzosamente debía arrollar cuanto se le pusiera delante.

—¿Qué hacéis aquí, Fernando? —gritó deteniéndose en frente del joven que le contestó solo con una mirada de amargo desdén—. Responded a vuestro rey, villano —exclamó don Enrique poniendo mano a la espada.

—Ya lo veis —contestó fríamente el infante—: guardar a Berenguela.

Al oír aquel nombre, precipitose el rey en el dormitorio: la joven había despertado al ruido de sus voces; pero incapaz de sentarse en el lecho a causa del lastimoso estado en que la habían puesto sus pasados sufrimientos, se incorporaba sobre un brazo al entrar don Enrique en el dormitorio.

—¡Ah... ya sabía yo que vendrías, Florestán! —exclamó, mientras el rey la abrazaba con indecible frenesí.

—Mira —continuó—, ese hombre fue el que me sacó de tu casa y me trajo aquí... ¿por qué me separó de tu lado?

—Nadie volverá ya a separarte de él, Berenguela mía.

—¿No me engañas? ¿Verdad que seré siempre tuya, solo tuya? Porque yo no tenía más que a mi madre, y la abandoné por ti... llévame, llévame contigo, Florestán...

De repente, como herida por un extraño pensamiento, se echó hacia atrás y clavó sus grandes y ardientes ojos en los ojos del rey.

—¿Por qué llevabas ayer un manto de púrpura? —preguntó—. ¿Por qué te vi en la cabeza una corona de oro... y estabas sentado en aquel estrado, y por qué había una hermosa joven de largos rizos rubios, sentada junto a ti?

—Porque este hombre —dijo el conde con voz ronca— es Enrique II, rey de Castilla, y aquella joven que visteis es su esposa.

El rey no pensó siquiera en mostrar cólera al anciano, por su terrible revelación: con los ojos clavados en el rostro de Berenguela, espiaba ansioso el efecto que aquellas palabras producían.

Mas la infanta no tembló, ni su palidez tomó aumento: sus ojos, tristes y radiantes de fiebre, no se empañaron con una lágrima ni separó sus brazos del cuello del monarca.

—¡Conque te llamas Enrique! —dijo sin que se notase alteración en el eco dulce de su voz—. ¿Y eres rey? ¿Y tienes esposa a quien amar?... Pero... ¿qué importa?... yo solo pido que me dejes amarte, como amamos al sol que nos ilumina, sin que él nos lo agradezca ni lo sepa siquiera... tú quiérela a ella mucho, Enrique, porque dicen que es una gran falta el que un esposo no ame a su esposa, y yo no quiero que cometas faltas por culpa mía... solo con verte seré muy feliz, porque lejos de ti me moriría.

—¿Me perdonas, amor mío, que sea rey y te lo haya ocultado?

—¿Qué es un rey? —preguntó ella posando sus manos en los hombros de don Enrique y clavándole cándidamente los ojos.

—Un rey es un desdichado a quien está vedada toda ventura; un rey es un hombre a quien casan sin amor, a quien aprisionan, a quien rodean mil ingratos, a quien privan de toda libertad; un rey es el ser más infeliz que existe.

—Pues yo te amaré más ahora que sé que eres rey; en cuanto al nombre, ¿qué me importa que te llames Florestán o Enrique?

—¡Ea, atrás ya, rey de Castilla! —gritó don Sancho, desenvainando su espada, ciego de furor y poniéndose delante de don Enrique—. ¡Paso al infante don Sancho, que guarda a la hermana que vos queréis infamar... Atrás os digo, o envaino mi espada en vuestro ruin corazón!

—¡Viven los cielos, canalla infame! ¿Hasta cuándo vais a sacar ramas del tronco soberano? ¿Pensáis que así se toma en boca mi sangre? —rugió el rey cerrando contra el infante, que paró el golpe con el brazo, recibiendo en él una profunda herida. El noble joven se horrorizó ante la idea de herir al rey, y no hizo otra cosa que defenderse harto débilmente.

Un segundo golpe de don Enrique le hizo caer exánime; la espada había entrado por el costado izquierdo, y un raudal de sangre saltó hasta el pecho del monarca.

Este retrocedió espantado hasta la puerta; mas solo un momento le bastó para recobrarse, y abriéndola gritó:

—¡Ah, de mi guardia!

Don Nuño de Sandoval asomó por la galería a la cabeza de cien ballesteros, y bien pronto se encontraron cerca del rey.

—Rodead ese dormitorio con diez soldados, Nuño —dijo don Enrique señalando el camarín en que yacía Berenguela, rendida a un mortal desmayo desde que don Sancho desnudó la espada.

—¡Atrás, canalla! —gritó el conde apareciendo entre los tapices con la espada en la mano—. ¡Solo pasando por encima de mi cadáver llegarás hasta esa mujer!

—¡No le matéis! —exclamó el rey—. Desarmadle y llevadle maniatado a los calabozos de mi alcázar.

Mas el valeroso anciano blandió su espada, resuelto a perder la vida antes que consentir que llegasen al dormitorio. Durante algún tiempo, se defendió como un león furioso, mas al fin le derribó un golpe de maza que recibió en la cabeza de mano de un soldado. Cuando intentó levantarse, estaba desarmado y maniatado fuertemente.

—Conde de Carrión —dijo el rey con voz lenta—. Todos tus bienes quedan desde este momento confiscados y sujetos a mi corona, por lo que esta casa me pertenece ya; al amanecer, serán rotos tus blasones por la mano del verdugo, y a las doce te cortará la cabeza, por traidor y rebelde a tu rey.

—Y yo te juro, rey de Castilla y de León, a quien tantas veces mecí en mis brazos, que no conseguirás deshonrar a tu hermana —repuso el conde con acento firme.

—¡Llevadle! —gritó el rey.

Don Álvaro salió entre un buen número de soldados que le rodearon con sus largas alabardas.

—En cuanto a ese joven, Nuño, continuó el rey, señalando el cuerpo inmóvil de don Sancho, hazle conducir a una habitación desocupada de mi alcázar, haz llamar inmediatamente a mi médico para que le asista, y que le guarden con cuidado. Tú rodea esta casa de una buena guardia y quédate al lado de esa joven, teniendo presente que me respondes de ella con tu cabeza.

El rey salió, dicho esto, escoltado por algunos soldados, y se dirigió al alcázar al tiempo que el reloj de la catedral daba las dos de la mañana.

V

Don Enrique, al llegar al alcázar, se encerró en sus habitaciones al mismo tiempo que la reina se hacía vestir por sus damas, siéndole imposible conciliar el sueño; la escena que había presenciado en el salón de embajadores había impresionado fuertemente su ánimo y afligido su corazón, por más que su amor al rey no tuviese el carácter de una pasión acendrada.

Arrodillose, pues, en su reclinatorio, y se puso a rezar las oraciones de la mañana, segura de conseguir alguna calma para su agitado espíritu; su orgullo era lo que más padecía, y todo orgullo se depone a los pies del monarca de los cielos.

Sus damas arreglaron las luces, pusieron en orden algunos objetos, e iban a salir silenciosamente para no turbarla; mas, al abrir la puerta de la cámara, se oyó una voz en la galería exterior que llamaba a la reina.

Doña Juana se levantó y escuchó atentamente, haciendo una señal a las damas para que se detuvieran: todas permanecieron inmóviles en el umbral de la regia cámara, y solo la reina salió hasta la puerta que daba a la galería.

Algunos soldados avanzaban por ella, rodeando un grupo formado por cuatro de ellos, que conducían a un caballero herido, al parecer, porque un reguero de sangre iba marcando su camino; el desdichado se retorcía entre sus brazos y gritaba con voz desfallecida y congojosa:

—¡La reina!... ¡Quiero ver a la reina!... ¡Llevadme a su cámara, por Dios!

—Vamos al torreón de la derecha —dijo el que parecía que los mandaba, sin hacer caso de las súplicas del herido—, que es donde me ha dicho don Nuño que depositemos a este loco.

Y luego añadió dirigiéndose al herido:

—Os prevengo que si no calláis, voy a poneros una mordaza; la reina duerme, y aunque no fuera así, tampoco consentiría en veros a tales horas.

—¿Qué queréis de la reina, pobre joven? —dijo doña Juana dejando el umbral de la antecámara y adelantándose hacia el herido—. Aquí está para consolaros.

Y dirigiéndose a los ballesteros continuó:

—Id al torreón y colocadle en un lecho, que ya os sigo.

Los soldados prosiguieron su camino, a través de las anchas galerías, mal alumbradas por alguna que otra lámpara, y la reina volvió a su aposento. Echó sobre su blanco traje un largo manto de seda azul recamado de oro, y después de mandar a sus damas que la esperasen hasta su vuelta, se dirigió sola al torreón.

Doña Juana pensaba encontrar alivio al dolor que la afligía en la buena acción que iba a practicar: era noble, sincera y piadosa hasta el extremo. Viviendo sin otro amor que el de sus hijos, porque ya hemos dicho que no amaba al rey, solo aquel tiernísimo afecto podía libertar a su corazón apasionado de sentir un gran vacío: aquella joven dotada de un talento distinguido, de una colosal imaginación y de una sensibilidad exquisita, pasaba la primavera de su vida haciendo castillos en el aire, o entregándose a peligrosos ensueños que hacían más amargo su despertar.

Sin embargo todavía se consideraba feliz, porque su orgullo, ese noble sentimiento que, bien entendido y conducido con tacto, es el origen de todo lo bueno, no había sido lastimado: los amores del rey habían estado rodeados siempre de cierto pudor y velados a veces por un profundo misterio. Don Enrique, hasta que vio a Berenguela, le había profesado el afecto más tierno, afecto que ni aun después se desmintió un solo instante.

Pero entonces el corazón de la reina estaba profundamente herido: la desoladora escena que había presenciado aquella misma noche, había dejado en él una huella que no podía borrarse jamás.

Al llegar doña Juana al extremo de la galería que comunicaba con la escalera, oyó en el patio rumor de armas; asomose a una ventana y vio, entre un gran número de soldados, a un caballero anciano que creyó reconocer; en aquel momento, uno de los que le conducían abrió una puerta por la que salió una bocanada de aire que hizo oscilar la luz fúnebre de las teas que llevaban los soldados.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó la joven reina juntando las manos—. ¡Van a sepultar a ese infeliz en una prisión...! ¿Cuál será su delito?

Y volvió a aproximarse a la ventana, pero ya no pudo ver más que la espalda del preso, que desaparecía por la tortuosa escalera seguido de los soldados.

Doña Juana murmuró una corta oración a la madre de Dios para que tuviese piedad de aquel desgraciado, y siguió su camino transida de horror.

Al llegar a la cámara del herido, la vio guardada por muchos soldados que le hicieron los honores, mirándose sorprendidos de ver a la reina sola a tales horas.

Doña Juana penetró en la estancia fría y húmeda, débilmente alumbrada por una lámpara de bronce; acercose al lecho y descorrió los tapices, sentándose a la cabecera.

—¡Despejad! —dijo a los centinelas que había en los cuatro ángulos del aposento.

—Señora —se aventuró a decir uno—: V. A. ignora sin duda que el rey nos ha dado orden de no perder de vista a su señoría el señor conde.

—¡Despejad, os digo! Y si el rey os reconviene, respondedle que la reina os ordenó dejarla sola con el preso.

Los soldados obedecieron, y la joven se volvió al herido.

—¿Qué queréis de mí, conde? —dijo con dulce voz.

—Señora... —balbuceó el infante al que ya faltaba la vista y el aliento—; señora... en una prisión del alcázar... debe haber... sí; debe haber un hombre preso... un anciano...

—¡Sí... sí lo hay! haced un esfuerzo, conde —exclamó la reina—. ¿Ese hombre es vuestro padre?

—¡No... no, señora... mi padre... no...! es aquel que esta noche... en la audiencia...

—¡Ah! —exclamó la reina, dándose una palmada en la frente—; ¡ahora recuerdo, sí, sí; ese preso es el que se llevó a aquella mujer desmayada...!

—¡Sí, ese... mismo, señora... corred a verle... por Dios... abridle la prisión para que salve a mi hermana... que el rey quiere deshon...!

La voz del infante expiró en sus labios: su cabeza cayó yerta y lívida sobre los almohadones, y sus ojos quedaron abiertos y sin luz.

—¡Ha muerto! ¡Socorro! ¡Socorro! —gritó la reina más pálida que el herido, precipitándose hacia la puerta al mismo tiempo que esta se abría para dar paso al médico del rey.

—¡Ha muerto, don Mendo, ha muerto! —repitió juntando las manos.

Aproximose al lecho el médico y puso las suyas en el pecho del herido.

—Vive, señora —dijo—, y tal vez sus heridas no sean mortales; pero necesito reconocerlas al momento.

La reina fijó la intensa mirada de sus grandes ojos azules en el hermoso rostro de don Sancho, y se envolvió en su manto.

—Si le salváis, don Mendo, os haré pesar en oro, —dijo al salir.

Inclinose el médico sin contestar, y la reina salió del aposento.

—Id a decir al capitán de ballesteros que le aguardo en mi cámara —dijo al pasar por delante de los soldados.

Dos de ellos salieron presurosos, y la reina se dirigió a sus habitaciones, llegando casi al mismo tiempo que ella el capitán.

—¿Tenéis las llaves de las prisiones, don García? —preguntó doña Juana.

—Sí, señora.

—De orden del rey, venid a abrirme la que acaba de ocuparse.

Salió el capitán y poco después volvió a buscar a la reina: una escolta de diez ballesteros les esperaba a la puerta, y bajaron inmediatamente la escalera.

—Esperadme aquí fuera, don García —dijo la reina, abierta ya la puerta del calabozo—, y quedad todos al alcance de mi voz.

—¿Pues qué, señora, va a quedar sola vuestra alteza con un reo, condenado a sufrir la última pena dentro de algunas horas?

—Sí.