Part 10
—¡Oh, por Dios, señora mía! —exclamó el leal capitán con acento suplicante—. ¡Por Dios, no haga V. A. tal cosa!
—No temáis por mí, don García —dijo la reina con dulce sonrisa—; nada debemos temer cuando ejecutamos una buena acción.
Doña Juana entró en el calabozo, y cerró tras sí la puerta.
VI
Una pequeña lámpara de hierro daba a la prisión una débil claridad, más fúnebre y aterradora que la oscuridad más completa: las columnas de piedra, que sostenían la bóveda, asemejábanse a otros tantos colosales fantasmas de negras y horribles formas; la tenue luz estaba colocada ante una imagen del crucificado fija en la pared y al alcance de la vista de don Álvaro, y una pequeña mesa, situada debajo y cubierta con un paño blanco, indicaba que en breve iba a recibir el preso los sagrados sacramentos de la confesión y comunión.
El valeroso conde estaba sentado en un escaño de madera, único asiento que allí había, y fuertemente maniatado; sus manos, sujetas con gruesos cordeles, no podían moverse, y su cana y venerable cabeza, abierta por la maza del feroz soldado, estaba vendada con un paño blanco, que salpicaban anchas gotas de sangre.
Absorto en amargas meditaciones, o tal vez orando, ni siquiera se apercibió de la entrada de la reina; su cabeza permaneció inclinada sobre el pecho, y sus ojos fijos e inmóviles.
Doña Juana se adelantó silenciosamente: al ver a aquel anciano venerable, conmoviose hondamente su joven y tierno corazón y el llanto se agolpó a sus ojos.
—¡Señor! —dijo con tanto respeto que era imposible reconocer en su acento la voz de la mujer altiva que pocas horas antes había mandado quitar a la infanta de su presencia.
El anciano levantó la cabeza y se puso en pie, reconociéndola al momento.
—¡V. A. aquí! —dijo cediendo a la reina el grosero asiento que acababa de dejar, con la misma grave cortesía que si estuviera en uno de los salones de su magnífico palacio.
—Vengo de parte de... de un joven, que han traído al alcázar hace media hora, mal herido y en calidad de preso —dijo la reina aceptando el asiento, porque sentía que no podía sostenerse.
—¡De parte del infante! —exclamó don Álvaro con indecible alegría—. ¡Conque vive!
—¡Del infante! —repitió la reina llevándose ambas manos a la frente, porque sentía desvanecerse su cabeza con tantas emociones—. Pero, ¡Dios mío!, ¿quiénes son esos infantes, a quienes yo no conozco, y quién sois vos?
—Yo, señora, soy don Álvaro Garcés, conde de Carrión, y el segundo padre de los dos jóvenes que habéis visto esta noche, herido y preso el uno, y la otra maltratada y casi demente: en cuanto a ellos, son hermanos de don Enrique.
—¡Hermanos de mi esposo!...
—¡Sí! —repitió el anciano, cuya calva frente se enrojeció de ira—. ¡Hermanos de don Enrique; hijos, como él, de Alonso XI y de Leonor de Guzmán! ¡Hermanos desdichados, a quienes no quiere reconocer!... ¡Dos infelices criaturas que han vivido bajo mi amparo, para que pierdan la vida el uno, y la otra, además, la honra, que es mil veces peor! ¡Honra y vidas, que con tantos afanes conservé! ¡Es posible que habéis de perecer ahora por ese ingrato a quien tanto he amado, y por quien derramé mi sangre en cien combates!
—¿No sabe el rey que son sus hermanos?
—No quiere creerlo, señora, porque hasta hoy no lo había sospechado siquiera, y porque yo no tengo otra seguridad que darle que mi palabra.
—¡Oh, qué horrible misterio! —murmuró la reina pasando sus manos por la abrasada frente; y luego añadió en voz alta:
—¿Dónde conoció a su hermana?
—En Burgos, y desde entonces la amó con locura.
—¿Y a su hermano?
—Don Sancho pasaba por don Fernando Garcés, mi hijo.
—¿Dónde está la infanta?
—En la que fue mi casa, que ahora está guardada por los soldados del rey.
—¿Luego esa desdichada —dijo la reina con espanto— está en poder de don Enrique?
—¡Sí! —exclamó el conde, retorciendo con delirante dolor sus manos atadas—. ¡Sí, está en poder de don Enrique, sin que nadie más que yo pueda librarla de él! Y yo... yo estoy aquí atado... yo voy a morir dentro de pocas horas... ¡Oh, si yo pudiese abandonar durante algunos instantes esta prisión!...
—Pero, ¿qué podríais hacer, desdichado anciano? —repuso doña Juana, por cuyas blancas mejillas se deslizaban gruesas lágrimas.
—¡Oh, yo tengo medios para salvarla, si pudiese llegar hasta ella! —exclamó el conde con tanta confianza que la joven reina se levantó involuntariamente.
—¡Oh! —murmuró—: ¡si ella quisiera seguirnos, yo la salvaría también, como a mi querida hermana, y la haría feliz!
Y luego añadió como asaltada por una idea repentina:
—¿Vamos a verla, conde?
—¡A verla! ¿Olvida V. A. que va a amanecer, y que dentro de algunos instantes vendrá a buscarme el confesor?
—No, todavía no: tenemos aún hora y media... mirad —añadió—, mirad, esa puerta de tablas desunidas... debe comunicar con una escalera que da al jardín... una vez allí, la salida es segura, porque yo tengo una llave... vamos, vamos a salvar a esa desdichada.
Y la reina se quitó su toca de encajes, que retorció haciéndola una mecha y humedeciéndola en el aceite de la lámpara; luego la encendió y se arrodilló a los pies del conde, prendiendo fuego a la gruesa cuerda que los sujetaba y que sus delicadas manos jamás hubieran podido desatar.
Cuando los pies del anciano quedaron libres, hizo lo mismo con las manos, sirviéndole de mecha la cuerda que acababa de romper.
—Ea —dijo apartando de su frente los profusos bucles de su rubia cabellera, que había quedado libre de toda sujeción, y echando sobre los hombros su recamado manto—. Vamos, conde; vos, que tenéis mucha fuerza, quitad uno de esos tablones... no perdamos tiempo.
—¡Bendito seas, ángel de Dios! —exclamó don Álvaro, besando las manos de la reina.
—¿Podremos convencerla para que nos siga, conde?
—¡Oh, si nos dejan llegar hasta ella, os juro que la salvaré! —dijo el anciano, al mismo tiempo que echaba abajo de un vigoroso empuje una de las tablas de la puerta; luego descolgó la lámpara, y una oscura y tortuosa escalera apareció, en efecto, a la vista de entrambos.
—¡Esta es la que conduce al jardín! —exclamó doña Juana—: ¡no me había engañado!
Y dejando la lámpara en el primer peldaño, se apoyó en el brazo del conde, y lo arrastró tras sí precipitadamente.
—¡Oh, qué noche! —murmuró la reina.
—¡Noche de tormentos —añadió el anciano—, que va a abrir a dos mártires las puertas del cielo!
VII
La reina de Castilla pudo vencer todas las dificultades que los ballesteros del rey oponían para permitirle la entrada en la casa del conde. Sabían ellos bien que los caprichos de doña Juana eran acatados por su esposo mismo, el cual le profesaba un afecto tranquilo, pero tiernísimo.
Al fin penetraron en la cámara de la infanta: esta había saltado del lecho al volver de su desmayo, y se había puesto únicamente una túnica blanca; estaba sentada en un sitial, y sus pies desnudos se apoyaban en el helado mármol del pavimento.
Sus largos cabellos, cuyas gruesas trenzas estaban medio deshechas, caían en desorden sobre su frente cubierta de intensa palidez; todas sus facciones, desencajadas hasta un extremo increíble, habían perdido su expresión dulce y débil, y sus grandes ojos, casi siempre melancólicos e impregnados de ternura infinita, se veían brillantes de fiebre y giraban a todos lados llenos de espanto.
Cuando vio aparecer a la reina y al conde, se levantó, y de un salto se puso cerca de ellos.
—¿Dónde está Florestán? —preguntó con ansia, devorando al anciano con su ardiente mirada.
—Florestán ha muerto para vos —dijo don Álvaro con voz hueca, y conduciéndola de nuevo a su asiento.
—¡Ha muerto! —gritó la desdichada—: ¿le has muerto tú o tu hijo?... porque ese caballero que me guardaba, me dijo que don García era hijo tuyo... sí... sí... ¡él fue!, yo le vi sacar la espada... y luego... creo que me desmayé...
—¿Queréis venir conmigo, Berenguela? —preguntó la reina acercándose a ella.
—¿Salir yo de este cuarto regado con su sangre? —exclamó la infanta que acababa de arrodillarse en la sangre todavía caliente de don Sancho—. ¿Quién eres tú que me haces esa pregunta? —prosiguió volviendo hacia la reina sus extraviados ojos y mirándola atentamente.
Mas, reconociéndola al instante y poniéndose en pie, la llevó cerca de la lámpara de plata que ardía en su dormitorio, abandonado ya por los ballesteros, desde el momento en que la reina se presentó.
—¡Ah! —dijo Berenguela mirándola con fijeza—. ¡Es la joven de los rizos rubios, que me dijeron era la esposa de Florestán!... ¿Y no llora?... ¿Es que tus ojos se han secado como los míos? ¿Es que no tienen lágrimas que verter? ¿O vienes acaso a morir conmigo sobre esa sangre que derramó por mí?
—¡Oh, Dios mío! ¡Está loca! —exclamó la reina cubriéndose el rostro con las manos.
—¡Loca! —repitió amargamente la infanta, cuyo desvarío crecía por instantes—. ¿También dices tú como mi madre y como aquellos muchachos que me pegaban tanto? Mira... yo huí del lado de mi madre porque me llamaban loca... ¿y sabes por qué?... porque llevaba siempre estas perlas que Florestán ciñó a mi cabeza, y porque todos los días salía al campo a esperarle... luego vine a buscarle a Toledo, ¡y las gentes me maltrataban y me llamaban loca también!... después encontré a Florestán, a mi querido Florestán, a tu lado... y yo... no te aborrecí, ni dejé de amarte... por eso... pero tú mandaste que me arrancaran de sus brazos... tú, que eres tan hermosa... y tienes el rostro tan dulce como los ángeles de mis sueños... ¿por qué fuiste tan cruel conmigo?... ¿por qué me separaste de él si yo no te había hecho ningún daño?...
—¡Oh, desgraciada niña!
—Luego —continuó Berenguela, tomando en sus manos abrasadas las manos de la reina—, luego ese hombre me trajo a esta casa... y me dio por carcelero a su hijo... que me había perseguido un año con su amor, cuando estaba en Burgos... y cuando volvió Florestán a buscarme,... ¡padre e hijo sacaron las espadas y le mataron... ahí... donde está ese charco de sangre!...
Y la infanta señalaba el sitio donde se había arrodillado.
—¡Ah! —gritó desesperadamente el conde—. ¡Mirad ya la luz del día! ¡Nos hemos equivocado en la hora!
En efecto: una blanca cinta empezaba a dibujarse en el horizonte, empujando rápidamente las tinieblas.
—Es menester concluir —dijo la reina con amargo desaliento—. ¡Y esa guardia que se ha doblado en las puertas!... ya es imposible salir... imposible... ¡yo estoy vendida también!
Hubo un rato de solemne silencio: la reina, cubierto el rostro con las manos, sollozaba amargamente; el conde, apoyado en la pared, permanecía yerto e inmóvil. Berenguela, en pie, les miraba alternativamente, sin comprender nada de aquella desesperación.
—¡Ven! —dijo después de un largo rato, queriendo llevar a la reina al sitio donde se había arrodillado—; ¡ven... aquí debemos morir las dos... porque aquí ha muerto él!...
Un confuso sonido de atabales y de trompetas, que desembocaba en la Plaza Mayor, cubrió la debilitada voz de la joven, y poco después se oyó la de un pregonero.
—«¡Oíd, oíd, oíd!» —decía con fuerte acento—: «esta es la justicia que manda hacer nuestro buen rey Enrique II con el traidor y rebelde conde de Carrión, que ha roto su honor, como el verdugo rompe ahora sus blasones, y como, al mediarse el día de hoy, romperá el hilo de su vida.»
Un golpe fuerte y metálico resonó en todos los ángulos de la plaza: era el hacha del verdugo que chocaba contra el blasonado escudo de los condes de Carrión y contra sus armas siempre victoriosas y aún teñidas con su sangre.
El anciano se enderezó como un león herido: hubiérase dicho que el hacha del verdugo había partido su corazón. La reina, olvidando su propia aflicción, le tendió una mano, que él se cuidó de tomar.
—¡Salvémosla, por Dios, conde! —exclamó doña Juana señalando a Berenguela, que permanecía inmóvil.
—Es inútil pensar en salir; la guardia se ha doblado y tenemos que atravesar la Plaza Mayor, donde están levantando mi cadalso, y la cual estará llena de soldados del rey... ¡Oh! —gritó de repente el conde, acercándose a Berenguela que parecía una estatua de mármol, y desprendiéndole de la frente su diadema de perlas.
—¿Qué vais a hacer? —exclamó la reina.
—¡Salvarla! —contestó el anciano con entereza.
La pobre loca no hizo movimiento alguno; ni siquiera advirtió que le quitaban aquella riquísima alhaja; arrodillada sobre la sangre de su hermano, que ya empapaba su blanca túnica, tenía la boca seca y entreabierta, y tiritaba de calentura.
La reina se acercó a ella y tocó sus manos heladas.
—Va a perder el sentido, conde —dijo volviéndose al anciano, que se había quedado enfrente de la infanta, mirándola con desencajados ojos—. ¡Una copa de agua... pronto, si no, esta pobre joven se muere!... —continuó la reina al ver que Berenguela desfallecía por momentos.
El anciano se acercó impávido a una mesa, tomó una copa de oro con agua que había pedido aquella misma noche para recobrar a Berenguela de su desmayo al volver del alcázar, y se la presentó después de contemplarla cerca de la lámpara. La desdichada apuró ansiosa hasta la última gota el agua que contenía la copa, y luego, por un movimiento natural en su carácter apasionado, besó dulcemente la mano que se la había presentado.
—¡Oh... ya se ha salvado!... —exclamó don Álvaro respirando con fuerza y clavando en el cielo una mirada de ardorosa gratitud.
—¿Qué decís?... —preguntó la reina asombrada; pero el acento expiró en sus labios, y sus ojos retrataron un profundo terror.
Un gran ruido de pasos y de armas se dejó oír en la antecámara: poco a poco fueron aproximándose, y breves instantes después se oyó la voz de Enrique II que gritaba con imperio:
—¡Abrid al rey!
Don Álvaro sacó la llave del aposento, que pocos momentos antes se guardara, y abrió; entonces aparecieron en la puerta el rey y don Sancho, escoltados por una fuerte guardia; el primero estaba pálido y tembloroso; el segundo venía sostenido por dos soldados, envuelto en un ancho manto blanco, y parecía un cadáver escapado de la tumba.
VIII
Algunos momentos después de dejar la reina el aposento del infante, entró el rey en él a tiempo que don Mendo registraba sus heridas. Don Enrique había profesado siempre un entrañable afecto a don Sancho, por la hermosura de su índole, la ternura de su corazón, y su valor a toda prueba.
Al oír decir al conde que Berenguela era hermana suya, su funesto amor se rebeló contra aquella terrible e insuperable barrera; al saber que el hombre a quien creía hijo de don Álvaro quería arrebatarle aquella joven, tomando también el título de hermano suyo, su furor no conoció límites, y se arrojó a él con la espada desnuda; mas al ver que a pesar de su valentía permanecía inmóvil, al mirarle tendido a sus pies, exánime, y al parecer sin vida, un sentimiento desconocido se alzó en su corazón; su afección hacia aquel hermoso joven renació más fuerte que nunca, y ya se ha visto que le mandó conducir al alcázar, y que encargó que llamasen a un médico. Luego que salió de casa del conde, y se aseguró de que este quedaba en la prisión, fue a informarse por sí mismo del estado del herido.
Don Mendo reconocía las heridas con sumo cuidado; al ver al rey quiso incorporarse el pobre joven, mas aquel le hizo señas para que permaneciese quieto, y mandó a don Mendo que prosiguiese la operación, tomando él mismo una luz para alumbrarle.
De repente el rey dio un grito: acababa de ver en el costado derecho del joven, y junto a la herida que don Mendo reconocía, una mancha rosada que él tenía también en el mismo sitio, y que distinguía a todos los bastardos de Alonso XI, que la habían heredado de su madre Leonor de Guzmán; el mismo conde de Carrión ignoraba esta circunstancia, y ninguno de los infantes sabía que cada uno de sus hermanos estaba marcado así.
Don Enrique, con el corazón anegado de ternura, rodeó con sus brazos el cuerpo de don Sancho, y al mismo tiempo exclamó con voz vibrante de emoción:
—¡Hermano mío!
El infante le miró con asombrados ojos, y pasó la mano por su frente para convencerse de que no soñaba.
—¡Perdón, perdón, Sancho! ¡Oh, perdóname! —continuó don Enrique apoyando en su pecho la cabeza de su hermano.
—¿Y Berenguela? —preguntó tímidamente el infante.
—¡Ah! ¡No sé! Yo la dejé desmayada y vine a verte a ti.
—¡Pobre hermana mía! —murmuró don Sancho con temblorosa voz.
—¡Tu hermana! —repitió don Enrique cuyos ojos lanzaron relámpagos sombríos—. Pues entonces, ¡tú no eres hermano mío!... ¡entonces la señal que yo he visto miente!... ¡Oh, sí, sí... miente... miente!... ¡Porque si ella fuese mi hermana, no hubiera puesto Dios en mi corazón el germen de este fatal amor!...
—¡Es vuestra hermana como yo!
—¡Ven, pues! —exclamó el rey—. ¡Ven, Sancho, o Fernando, o como quiera que te nombres! ¡Quiero que me acompañes a cerciorarme de esta horrible verdad!...
Don Enrique, con el semblante desencajado, llamó al escudero del infante, y le ordenó que le vistiese en cuanto don Mendo acabase de vendar sus heridas; dio orden de preparar una litera, y después de que don Sancho estuvo vestido, le envolvió él mismo en su ancho manto blanco y mandó a dos soldados que lo condujesen a la litera, encaminándose todos a casa del conde.
Su aparición produjo muy diferente sensación en las tres personas que ocupaban la cámara de la infanta: la reina miró a don Enrique con terror, y a don Sancho con asombro. Don Álvaro permaneció sereno e inmóvil, y en cuanto a Berenguela, se precipitó hacia su amante con indecible afán; mas antes que pudiera salvar la distancia que les separaba, cayó exánime a los pies del infante.
—¡Qué veo! —exclamó el rey—. ¡A qué han venido aquí la reina y ese traidor!
—He venido a salvar el honor de esa desdichada —contestó el anciano con firmeza.
En cuanto a la reina, se había arrodillado junto a la infanta, y no se cuidó de contestar a su esposo.
—¡Berenguela! ¡Berenguela! —gritó el rey acercándose a la joven que yacía inmóvil en el suelo, sin hacer caso de las palabras que pronunciara el conde.
—No turbéis los últimos momentos que restan de vida a esa desgraciada —dijo el conde con acento severo.
—¿Qué?... ¡Oh!... ¿Qué has pronunciado? ¿Acaso... habrás sido tú su verdugo?...
—No he sido más que el salvador de su honra.
—¡Tú! ¡Mientes... miserable! —gritó el rey con ronca voz y cogiendo por un brazo al conde; y luego continuó con acento lastimero y suplicante:
—Pero ¡oh, no... no! ¡Eso no puede ser!... ¡Álvaro... dime que me engañas!...
—Un veneno activo, que yo vertí en esa copa, cuyo contenido acaba de beber, circula ahora por sus venas.
—¡Ah!... ¡qué horror!... —exclamaron la reina y don Sancho, que cayó también de rodillas junto a la pobre niña.
El rey lanzó un sordo gemido; levantó a Berenguela entre sus brazos, y fue a sentarse con ella en el sitial en que estaba apoyado don Álvaro.
—¡Llevad a este hombre al cadalso, y que caiga su cabeza inmediatamente! —dijo con lenta y oprimida voz.
La escolta, que había acompañado a los regios hermanos, rodeó al anciano conde, que fue a situarse enfrente del rey.
—Óyeme, Enrique —dijo con su grave y reposada voz—: yo amé a tu madre, como solo se ama una vez en la vida, y, sin embargo, fui el mejor amigo de tu padre, torturando sin piedad mi corazón; a ti y a todos tus hermanos os recibí en mis brazos y oculté el nacimiento de los dos últimos, porque el rey tu padre me lo mandó así; he sido el genio bienhechor de tu familia, y un segundo padre para vosotros... y, sin embargo, ¡he tenido el valor suficiente para matar a esa pobre niña sin sentir el más leve remordimiento!
»Pero lo que más debe asombrarte, rey de Castilla —continuó el anciano—, es saber que tú mismo has puesto en mis manos el medio de darle la muerte. ¡Sí, el joyel que cerraba las sartas de perlas de esa diadema, que tú le diste, contenía el veneno que le quita la vida!
El rey apoyó su frente en la frente helada de la infanta, ceñida aún con la fatal diadema, y dejo escapar un sollozo desgarrador. Don Álvaro continuó tranquilamente:
—Nadie más que yo sabía en el mundo este terrible secreto, porque solo yo estaba presente cuando Alonso XI lo dio a tu madre: «Si alguna vez —le dijo— te ves próxima a perecer bajo el puñal de un asesino, bebe el veneno que contiene esta joya: tu muerte así será más dulce e instantánea.» ¡Oh, al dar esa diadema a tu hermana, debiste saber que ponías en mis manos la defensa de su honor!
El anciano se acercó al infante, que le abrió los brazos sollozando; luego se inclinó sobre Berenguela, y besó sus manos heladas murmurando:
—¡Duerme en paz, ángel de Dios!
—¡Perdón para él, señor! —exclamó el infante volviéndose hacia el rey.
—¡No le quiero! —repuso el anciano pasando el umbral rodeado de soldados—. ¡Dios nos juzgará a los dos!
Salió de la estancia con paso firme, y el rey se quedó como petrificado, con la infanta en los brazos, en tanto que ella le contemplaba sumida en un éxtasis delicioso: la animación de la fiebre había desaparecido de su fisonomía, y sus ojos, dulces como en los tiempos en que conoció a Florestán, se fijaban en los del rey con entrañable amor; empero su palidez crecía a cada instante, y un círculo azulado rodeaba ya aquellos grandes ojos.
—¡Cuán bien estoy así... Florestán!... —murmuró con voz dulcísima, pero tan débil ya, que apenas podía percibirse—; ¡qué dichosa soy... mirando ese hermoso sol!... ¡así lucía... el día primero que te vi!...
El rey ahogó un sollozo; en cuanto a la reina, se ocupaba en sostener la cabeza del infante, que había caído desfallecido en un sitial, situado en frente del que ocupaba el rey con Berenguela.
De repente, la mirada de la joven se apagó, como la luz próxima a extinguirse.
—¡Tengo sueño! —murmuró reclinando su cabeza en el hombro del rey—; ¡déjame... dormir... aquí, Florestán!...
Cerráronse sus ojos; apareció en su boca una sonrisa inocente, y su boca despidió el postrer suspiro.
El rey no lanzó ya un solo gemido: breves instantes permaneció mirando con sombríos ojos el cadáver de Berenguela; de repente exclamó:
—¡Oh, quiero desgarrar yo mismo mi propio corazón! ¡Quiero apurar hasta las heces el amargo cáliz de mi dolor!
Al pronunciar estas palabras, depositó el cadáver en el lecho y rasgó con su daga la túnica de la infanta, apareciendo bien pronto la señal del costado.
—¡Hermana mía! —gritó besando en la frente a Berenguela; después, levantándose con los ojos llenos de lágrimas, prosiguió:
—¡Ruega al señor que me perdone, el no haberte arrancado tu postrera ilusión de amor!
La reina cerró piadosamente los ojos de la joven, y besó sus mejillas, frías ya, en tanto que don Sancho ocultaba sollozando su frente entre las ropas del lecho.
—¡Valor, hermano mío! —dijo el rey abrazándole—; ¡yo la amé con locura, y me consuelo al pensar que está a los pies de Dios!
—¡Valor, hermano! —repitió la reina cubriendo el cadáver con su manto real—; ¡yo la amaba también, y sabré consolar tu dolor!
—¡Oh, Dios mío! —murmuró aquel mártir del corazón, alzando al cielo sus abatidos ojos—: ¡no les hagáis saber nunca hasta qué extremo la amaba yo!
IX
Algunos meses después, presentó Enrique II una batalla a los ingleses, en la cual quedó prisionero el infante don Sancho que mandaba uno de los cuerpos del ejército de su hermano.
El rey de Castilla pagó por el infante un fuerte rescate, y envió a buscarle al primer puerto a una brillante comitiva de los señores más jóvenes y apuestos de su reino.
Pocos días después, llegaron dos heraldos a las puertas del alcázar, solicitando una audiencia del rey, para decirle que habían adelantado a la comitiva con el objeto de prevenirle que su señoría el infante don Sancho venía muy enfermo.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó el rey, en cuyo semblante se retrató un agudo dolor al oír esta triste nueva—; ¿y debe llegar pronto?
—Solo le precedemos algunos instantes, contestaron aquellos.